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Confianza hombre - 37 años, León, España


Blog / Paseo

miércoles, 16 de abril del 2008 a las 16:45

Si los pasos fueran golpes de un metrónomo, Dylan estaría ejecutando un moderato con sus pies sobre el resbaladizo empedrado. El ritmo justo para dejarse mecer por él y que resultara tan hipnótico como el rumor de un coche en una larga autopista o el cloqueo intermitente de un tren a toda velocidad. Y precisamente hoy necesitaba esa seguridad, ese entorno neutro que le dejara no tener que fijarse demasiado en el y ocupar sus fuerzas en si mismo y en su tristeza. El Barrio húmedo le proporcionaba esa íntima seguridad, tipo manta, que tiene los lugares habituales. Aquí, sentía que podía expresar sus emociones, gesticular sus pensamientos, sonreír bobalicón a sus recuerdos y anestesiar su sentido del ridículo un par de grados, Justo aquello que él consideraba que entraba dentro de la denominación genérica de “ser yo mismo”.
Se cruzó con un grupo de chicas, alborotadas y ansiosas, y las desechó de mano por parecerle demasiado jóvenes. Por supuesto, el rechazo fue mental e íntimo, como todo lo que escogía. La imaginación fraudulenta de Dylan siempre trataba de recrear apasionadas aventuras sexuales con las mujeres con las que entraba en contacto, casi siempre visual. Eran aventuras tórridas e instantáneas, de las que apenas tienen su paralelismo en las películas pornográficas. Siempre tenían en común el hecho de que eran expresiones de un deseo, o de una actitud, o de una personalidad que siempre quiso tener y que nunca fue capaz de sacar. En concreto las tres muñequitas que acababan de entrar en el “Michi” lo que hicieron fue activar su alarma interna de pederastia (no tendrían más de 16) que culpabilizaba cualquier ensoñación de muslos, pezones, pubis afeitados, nalgas vibrantes o lengüitas sonrosadas que hubiera aplicado inmediatamente a cualquier otra mujer de más edad. Por eso las olvidó pronto y siguió pensando en su segundo tema favorito mientras los adoquines de la plaza de San Martín desaparecían bajo sus pies: En si mismo y en sus problemas de personalidad. Precisamente acababa de decidir por tercera vez la estrategia psicológica a seguir para poder por fin controlar sus ansiedades y su necesidad de cerveza mientras atravesaba el umbral del “Pozo” y se acercaba a la barra, ojeando las tapas y levantando el índice al camarero.
¡Ponme una caña! – su voz se rompió justo al final de la frase al volver a sentirse como un mierda sin voluntad y, como para curar su herida mental, añadió – y una bolsa de Chitos…

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Comentarios 1

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    Kike Confianza  (martes, 22 de abril del 2008 a las 02:13)

    Ay....si es que el que es vicioso, es vicioso y punto. Y si no puede pensar en mujeres, por muy formadas que estén, por el freno censor de su conciencia....al menos siempre le queda el recurso de tomarse una cañita, y así ahogar sus penas en el dorado líquido.

    Un saludo,
    Kik :)

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