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Confianza hombre - 37 años, León, España


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  • El buen avío

    El principio de un cuento que tengo ahí aparcado...

    El gallo rajó la madrugada alborotando el corral. La mísera luz se abría paso allá tras el otero Maillo y desperezaba progresivamente la naturaleza de las granjas de los aledaños. Las que más bulla hacían, las golondrinas. El chillido picaba en los oídos de los durmientes del pueblo, aunque Joaquín el panadero llevaba ya un rato amasando.

    Macario abrió el ojo al tercer canto, lo paseó por la mesita y lo fijó en el reloj que fosforescía serio. Las seis y diez. “¡cagüen...!”. Cinco horas de sueño no le habían cundido nada y seguía baldado. Pero había que levantarse, que hoy venía el proveedor de Villaza y había que pasar antes por la huerta.
    Rebulló un poco entre las sábanas y echó la mano atrás hasta palmearle el culete para que dejara de roncar. Fermín soltó un quejido de entresueño y se empezó a desperezar.

    - “¡Venga..!, ¡P’arriba, ostia...!” – Macario ya se estaba incorporando y Fermín se dio la vuelta para abrazarle en plan juguetón.
    - “Vente pa’acá un ratín, anda...”
    - “No empieces, que estoy hecho polvo.” – Fermín ya se le había enganchado al cuello y se dejó hacer, divertido. Su morro raspó como el belcro entre las dos caras sin afeitar. – “Que estoy baldao, joer..” – Fermín le metió la mano en el calzoncillo.
    – “Deja que te haga yo...”

    Tras la faena y el arrumaco, ambos se fueron levantando, cada uno por un lado de la cama. La rutina de todos los días. “Dónde está mi calcetin”, “Voy yo primero, que me meo”, “¿Vas pa la era?”, “ Luego, ahora voy arriba”, “Dale un besín a Merce y al niño de mi parte y si ves a Valentina, dile que me traiga mudas, que ya no me quedan”, “Vaale, ya se lo digo”, “Joder que bestia eres, macho.. me diste ayer una hostia aquí en la cadera...”, “ Fue sin querer, no seas nenaza”.
    Mientras Macario se pegaba una ducha, Fermín, abrochándose el pantalón, subió al piso de arriba a despertar a las mujeres.

    Se las encontró haciendo la cama entre las dos. Merche se dio la vuelta y besó en la mejilla a Fermín.
    – “¿qué hay cielo?, Uff.. que peste” – se separó violentamente, - “habeis estado dándole ¿eh?. Apestas a cama. Anda.. date una ducha ahora mismo que ya te hago yo el café”.
    Fermín se rió:
    – “Cagüento... como si vosotras fuerais aquí las santas del pueblo, no te jode..”
    – “a ti te vamos a decir lo que hacemos o no, gañán” - remedó Valentina dándole un azotito cariñoso según pasaba a su lado.

    -“Ah, por cierto, Valen...” – le dio el recado de Macario. – “¿Mas mudas?, Pero ¿qué hacéis con ellas?, ¿os las coméis?” - Fermín carcajeó aprovechando la oportunidad
    - “¡A ti te lo voy a decir.. gañana!”.

    Merce le acompaño la carcajada pero Valentina siguió como si no hubiera dicho nada, a lo suyo.
    -“Le compro luego un par donde Manuela, según baje ¿me acompañas Merce?”
    -“Venga, vale, que tengo que ir a por un par de lechugas y pescao. Ayúdame ahora con el café”
    -“Calla, que Macario tiene que estar ya bufando por el cola–cao” – Las chicas se besaron golosamente y se alejaron mirándose a los ojos. Merche terminó de recoger la ropa y le puso un traje limpio a Fermín encima de la cama, para cuando saliera.

    Mientras tanto, el día seguía estirándose y despabilando bostezos en la vieja meseta castellana. El rugido de los tractores y de los motores de las acequias le iban dando el pulso acelerado a la mañana y el sacristán ya saltaba abrazando la soga de la campana de la primera misa. Las comadres trotaban apuradas esquivando las reses de Damián y el calor del sol avivaba los olores del heno y las boñicas que se mezclaban con el del humo, el café con leche y los primeros sofritos de las cocinas.

  • He aquí el hombre

    “Triste día para la muerte de un hombre”, pensaba para si.. Le miró al rostro ensangrentado por las espinas y sintió una pena infinita. Una profunda melancolía acompañada de un cierto sentimiento de afecto por el rostro sereno de ese profeta barbado. Durante unos segundos se quedó embobado mirando la cara que en su imaginación lavaba con agua y despojaba de sangre y de sudor. Las lágrimas no habían lacerado la perfección de esas mejillas. “Ya es suficiente” siguió pensando, su mirada disimulaba vistazos fugaces a las aberturas que la postura postra y cansina del reo dejaba en la túnica. Músculos, piel brillante por el sudor... Entonces Jesús alzó los ojos y le miró fijamente. La erección fue fulminante. Hasta tal punto que le cubrió de rubor las mejillas. Miró a su alrededor. Quizá los soldados hubieran apercibido el bulto debajo de la toga. Impensable, decía la razón.
    Avergonzado trató de salir de la situación. Miró al público. Sintió el odio de decenas de ojos clavados en sus labios, esperando el resultado de su sentencia romana. La voz se le engoló en un gallo al mandar silencio. Se sentía desnudo frente a ellos, desnudo y con un pene erecto y desafiante, prueba indiscutible de su pecado. Su mirada seguía enviando huidizas pasadas al flanco ensangrentado del Mesías.
    “¡No encuentro falta en el!” – anunció en voz menos alta de lo que desearía, - “Este hombre es libre. ¡Soldados, lleváosle, curadle las heridas y dejadlo marchar!”.
    De pronto, todo se transformó. La cara dulce y tranquila del Nazareno empalideció en cuestión de segundos. Sus ojos le miraron desorbitados y su mandíbula comenzó a temblar. “¿¿Qué??” parecía decir “¿qué estás haciendo, insensato?”. Por unos instantes el despojo humano pareció desorientado, como si hubiera recibido una bofetada. A la confusión le siguió el odio, que se disparó por doquier. El reo lanzó un grito agónico. Mucho más escalofriante del que hubiera proferido de haber sido condenatoria la sentencia. Así no debían ser las cosas, algo iba mal. Algo se había roto.
    En la mente del Salvador comenzaron a pasar, como en una proyección vertiginosa, siglos de historia futura. Los primeros cristianos, las persecuciones de Roma, la consolidación, los primeros concilios, las herejías, el proselitismo, la hegemonía medieval, el vaticano, los jesuitas, el poder, los rezos, la beatería, los santos, los papas, el control, las iglesias, los reyes, las traiciones, las órdenes, el Santo Designio... todo se iba disolviendo en una neblina vacía por unas palabras de un procurador romano.

    El maldito maricón no sabe lo que ha hecho. Sobre el Gólgota, una cruz se iba desmenuzando y conviertiendo en polvo del desierto.

  • Un día cualquiera de diciembre

    Mediodía entre vinos y quimeras. Sobre un papel de estrecha cuadrícula se ven aparecer pequeñas manchas de tinta en el fondo claro.

    “Anoche pude sentir el perfume de la luz de la luna.”

    Me zambullo huidizo en viejas veletas y me uno al tiempo en su trabajo de avanzar; ahora me alimento de él, luego me envenena el día, más tarde volveré a alcanzarle...
    Da la impresión de que escupo las ideas desde el fondo de la pluma como si fuera la única forma de deshacerme de ellas, y doy vueltas, y giro sobre mi mismo envuelto en vino blanco. Esta es una de tantas impresiones que puedo dar. De lo que estoy seguro, y estoy lleno de ello, es de que anoche pude sentir el perfume de la luz de la luna.

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    Miro desde el otero enrojecido de mi cara. Saboreo los cabellos más cortos de mi bigote. Me revuelvo, roto y me inhibo en circunferencias para estallar de pronto en luz, sonrisa y espacio. ¡Anoche fue! No siento ya, por supuesto, ningún olor, ningún aroma; ANOCHE fue sin querer, sentado a oscuras en mi habitación sin mirar a ningún punto, recordando solamente. PUDE Poco a poco, la ventana entreabierta fue destilando una gotita de luz del disco mágico que estaba casi lleno; SENTIR me fue envolviendo muy dulcemente, como envuelve una gasa al cuerpo de una modelo en televisión. Fue como el despertar de un sentido. EL Se acercaba y me cubría como si un rayo de luz se pudiera tocar, como si pudiera palparlo como algo real; y llegó a acariciarme PERFUME la cara. Entonces penetró ese chorrito blanquecino en mi nariz y se abrió paso como un susurro DE hacia lo más profundo de mi alma; hablándome de blanco y de luz tenue, y de negro. Yo no quise entonces sentir otra LA cosa. ¡Era maravilloso! Y entonces soñé que todo era luna, que yo era la luna y que su luz me embriagaba como LUZ un licor ligero y dulzón. Pronto se fue retirando. Parecía una marea entre olas que se iban alejando DE lentamente de mi. Me continuaba acariciando en su huida pero la habitación parecía LA más sola que antes. Terminó de apagarse el último fulgor. Me quedé sentado, como estaba. Miré a la ventana y con un guiño cómplice le sonreí a la LUNA.

  • Mirada

    Se asoma detrás de sus ojos y desde allí te observa, te recorre de arriba abajo y se vuelve a esconder donde siempre, detrás del tabique de la nariz. Allí le susurra cuál es su opinión sobre ti y ella movida por tal o cual impresión, se acerca o se aleja de ti.
    Es pequeño y oscuro. Casi siempre del mismo color de los ojos y del corazón de aquella en quien vive. A veces, juguetón y malicioso, en lugar de contarle tus secretos, se divierte cosquilleándole la oreja desde dentro, para que ella te desee sin querer, sin comprender, sin pensarlo...
    Tú por supuesto, no lo ves. No puedes verlo porque eres necio y grandote, como todos los demás, como el resto del mundo. Yo si puedo. No me resulta difícil descubrirlo a simple vista. Normalmente, cada vez que me asomo detrás de tus ojos para observarla de arriba abajo para después esconderme donde siempre, tras tu tabique nasal para susurrarte mis impresiones sobre ella.