Dialogando
hombre - 56 años, San Juan, Argentina
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Soy Profesor de Teología.
Espero que te sirva lo que aquí encuentres.
Del otro lado de la línea estoy si me precisas.
Que Dios te bendiga!
-
Las reliquias de San Juan Bosco nos visitan.
Las reliquias son frágiles signos que nos conectan con Dios.
Dios se nos hace presente, nos habla y actúa a través de la vida de los santos, testigos y seguidores suyos.
Y también sigue haciéndose presente, hablándonos y actuando a través de ellos después de su muerte terrenal.
Las reliquias de un santo canonizado como San Juan Bosco, tan querido por nosotros, es una presencia particular de Dios en nuestras vidas a través de su actuación en la vida de él.
¿Cuál es la importancia de estas reliquias, cuál su significado, y qué relación tienen con nuestra vida?
La Iglesia, desde sus inicios, supo brindar especial cuidado a la veneración de los santos, tanto que sus mismas tumbas se convirtieron rápidamente en lugar de peregrinación.
Es que, bautizados, sus cuerpos habían recibido a Jesús Resucitado en la eucaristía, y habían tenido una presencia y experiencia especial de Él.
Y así todo lo que entra en contacto con ellos, principalmente sus vestidos y objetos de su uso.
La veneración a los santos, en este caso de San Juan Bosco, y de sus despojos mortales, no nos distraen de Dios, sino que más bien nos acercan a Jesús, del cual él estaban repleto.
Las reliquias son solo signos pobres y frágiles de lo que fueron sus cuerpos y pertenencias, y a través de estos signos tenues y pequeños Dios quiere manifestar su Presencia, su Poder y su Gloria salvadoras.
Como narran los Hechos de los Apóstoles de los pañuelos y vestidos “que habían tocado el cuerpo de Pablo”, que curaban a los enfermos (Hch. 19, 12).
Él actúa a través de signos. Las reliquias de los santos son signos de su seguimiento incondicional de Jesús, que transfigurará ése su cuerpo mortal, como esperemos también los nuestros, en un cuerpo glorioso semejante al Suyo.
Esas reliquias manifiestan también nuestra fe en la Resurrección: Esos pobres vestigios son los signos sensibles de la futura transfiguración corporal.
Y por las reliquias nos remontamos a aquel de quien fueron (Juan Bosco en este caso), y a través de él, su ejemplo, sus palabras, su intercesión, a Aquel a Quien siguió, al Señor Jesús, término de todos nuestros desvelos y afanes de felicidad, consuelo, prosperidad y dicha.
Es una de las maneras en que los santos y santas de Dios siguen evangelizando y estando sensiblemente entre nosotros, acompañándonos en nuestros caminar.
Manifiestan su cercanía y, a través de ella, la Presencia transfigurante de Jesús.
Nos recuerdan y enseñan que si ellos pudieron llevar una vida acorde con la Voluntad de Dios e inspirados por su Espíritu le supieron decir que sí, ¿por qué no vamos a poder hacerlo nosotros, que somos seres mortales, caducos y peregrinos igual que ellos?.
Sólo tenemos que tener la audacia de que, a pesar de nuestras limitaciones, nos abandonemos en los brazos del Padre y confiemos absolutamente en su bondad salvadora, tal como ellos lo hicieron y experimentaron.
San Juan Bosco nos lo conceda en su visita a nuestras tierras americanas.
Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica -
Santa Teresita del Niño Jesús
Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las Misiones.
Teresita del Niño Jesús, que tiene una Parroquia especialmente dedicada en San Juan en el Barrio Güemes, y cuya imagen está expuesta para la veneración de los fieles en multitud de templos, iglesias y capillas, es muy querida por el pueblo cristiano por su gran amor a Jesús y por el “caminito” de la infancia espiritual que descubrió y enseñó a partir de las Palabras del Maestro en el Evangelio (Mateo 18,3). Se la celebra el 1º de Octubre, el día posterior a su partida hacia el cielo.
Falleció a los 24 años víctima de la tuberculosis en un convento carmelita, similar al de las hermanas del Carmelo de María, en Villa Independencia, Caucete, ofreciendo su vida como ofrenda de amor a Jesús por todos.
De pequeña, Jesús le dio un signo claro de que la escuchaba, cuando llegó a sus manos un periódico que anunciaba la condena a muerte, de un peligroso delincuente de aquella época apellidad Pranzini.
Aunque era impenitente y se declaraba ateo, Teresita le pidió a Jesús un signo de conversión antes de su muerte.
Y he aquí que, en el momento previo a la ejecución, Pranzini besó con devoción la cruz que le aproximó el capellán.
Descubrió en la primera carta de San Pablo a los Corintios, en el capítulo 13, que, a pesar de querer ser “todas las vocaciones”, por lo importante que es cada una, su vocación más específica era ser, para todas, el “amor”:
Una frase la caracteriza en su pequeña Autobiografía titulada “Historia de un alma”: “En el corazón de la Iglesia, que es mi Madre, yo seré el amor”.
Y es que es el amor el que hace que den la vida por Jesús los mártires, por amor entregan su vida los misioneros a anunciar el mensaje de Jesús, por amor los matrimonios cristianos tratan continuamente de reconciliarse y ser santos, por amor los laicos tratan de seguir a Jesús a través de las vicisitudes de este mundo, por amor los sacerdotes colaboran con su Obispo en la edificación de la Iglesia diocesana, por amor religiosos y religiosas lo abandonan todo para seguir a Jesús.
Decía que ella misma quisiera estar en el infierno para que desde allí alguien ame a Jesús también.
Fue declarada Doctora de la Iglesia por su doctrina innovadora y su manera de vivir la infancia espiritual, como un camino que a todos nos puede ayudar para acercarnos a Dios:
Solía decir que era la pelotita de Jesús, que es arrojada y pisoteada por el suelo, y como hacen todos los niños con sus juguetes, la rompió “para ver lo que había dentro” (haciendo referencia a sus numerosas pruebas, enfermedades y dificultades, que no lograron extinguir la fidelidad y el amor que encerraba su corazón).
También utilizaba la semejanza del ascensor: Decía y escribía que el hacerse como niños y abandonarse en las manos de Dios era el camino más rápido para llegar a Él, como un ascensor que nos eleva sin ningún esfuerzo.
En los momentos previos a su muerte, las hermanas que la acompañaban en la enfermería del Convento, y en los momentos en que la fiebre se hacía más alta, sin darse cuenta de las palabras que salían de sus labios, la oyeron decir varias veces: -“Están atendiendo a una pequeña santa”.
Cuando volvía en sí, y las hermanas le comentaban lo que había dicho, ella lo negaba humildemente...
Prometió que desde el cielo derramaría una lluvia de rosas, significando las gracias que concedería a los que se acogieran a su intercesión para ir hacia Jesús, y por Él al Padre.
Y, aún estando en la clausura de un Convento contemplativo y sin salir, fue declarada Patrona Universal de las misiones, junto a San Francisco Javier, jesuita y predicador misionero.
Si observamos sus fotos, desde que tenía 8 años hasta los 24 en que falleció víctima de la tuberculosis, vemos que, en el momento de su muerte, recobró la lozanía y luminosidad que tenía a los quince años, cuando la enfermedad todavía no había hecho su aparición.
Así mueren los santos: No hay desesperación ni rostros desencajados:
Una leve sonrisa luminosa y la tez suave y tersa para ir al encuentro de Jesús.
Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica
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Año sacerdotal: El Cura de Ars, patrono de los sacerdotes.
Año sacerdotal especial: El Santo Cura de Ars.
San Juan María Vianney, más conocido como el Cura de Ars, pequeño pueblito de Francia donde fue destinado como sacerdote, es el patrono de todos los presbíteros de la Iglesia Católica.
De familia modesta, nacido en Francia en 1786, tuvo que luchar contra la resistencia de su padre para seguir el camino sacerdotal, ya que deseaba que su hijo siga el oficio de cuidar las ovejas del rebaño que tenía, aunque Dios lo tenía destinado para cuidar otro tipo de rebaño.
Pocas esperanzas se tenían de él debido a su escasa lucidez intelectual, que tantos problemas le daba con el latín, por el que casi deja los estudios, ya que las clases superiores se dictaban en ese idioma, y no llegaba a entender ni las mínimas preguntas que se le hacían.
Un sacerdote al que acudieron para su formación tomó el encargo de prepararlo en el idioma universal de la Iglesia para que pudiera continuar, y superado ese escollo, se encontró con los problemas de la filosofía.
El padre Balley, que lo preparaba, toma entonces al candidato y lo prepara en la filosofía y la teología.
Aunque con notas bastante bajas, el Obispo consulta por su comportamiento, y enterado de que, a pesar de sus escasas luces intelectuales, es una buena persona, de excelente conducta moral, y que sabe resolver con sabiduría los problemas de conciencia, decide ordenarlo, confiando en que “Dios hará el resto”.
En 1818 llega a un pueblito perdido de Francia, Ars, con escasos 200 habitantes y pocos practicantes de la religión católica, más famoso por sus bares y cabarets, por la vida licenciosa de sus habitantes y la falta de piedad y amor a Dios.
El cura se arrodilla y pide a Dios que lo ilumine en su misión. Reza y hace penitencia por su pueblo. Un solo hombre acude a la Misa. Al final de su ministerio en la comunidad, uno solo no acudirá.
Varias veces fue tentado a abandonar su ministerio presbiteral y refugiarse en algún monasterio contemplativo, y hasta había emprendido la huída algunas veces, pero su capacidad de pedir a Jesús que se “haga Su Voluntad” en él, hizo que desistiera en todas las ocasiones.
El demonio lo tentó y azotó muchas veces, pero el santo cura permanecía inalterable en su puesto, a pesar que solía azotarlo, moverle la cama por las noches y hasta incendiarle el dormitorio.
Las predicaciones las preparaba por la noche y ante el Santísimo Sacramento en el Sagrario.
Las escribía y las recitaba muchas veces para aprenderlas de memoria.
Pero luego desde el púlpito se olvidaba de todo ello, y las palabras salían claras y los pensamientos sonoros, y la gente se volcaba a la conversión y el seguimiento de Jesucristo, haciendo honor a la Palabra de Jesús en los Evangelios de “no preocuparse por lo que se vaya, ya que el Espíritu Santo pondrá sus palabras en nuestras bocas”.
Pronto los bares y centros de diversión comenzaron a perder adeptos, y la Iglesia antes desierta se abarrotaba de gente para escucharlo y para oír sus sabios consejos en el confesionario.
Ars se convirtió en un centro de peregrinación religiosa para ver, escuchar, y si fuera posible confesarse con el santo cura, que pasaba entre 12 y 16 horas atendiendo a los que llegaban en el confesionario, del que llegó a decir que era su “pequeña tumba”, en la que pasaba la mayoría del tiempo. Los turnos para verlo se repartían anticipadamente.
Los pasajes de tren comenzaron a agotarse con semanas de anticipación, y varios hoteles alrededor de la Iglesia albergaban a los peregrinos.
Leía las conciencias y manifestaba los pecados de sus penitentes antes de que los pronunciaran a sus oídos, y muchas veces recordaba algunos ya olvidados pero no confesados a Jesucristo a través del sacerdote.
Compartía lo escaso que tenía si alguien padecía más que él, y su generosidad y bondad ganaron los corazones con alegría.
41años estuvo en ese lugar y todo lo transformó.
La fuerza del Espíritu Santo actuaba en él, y Jesús Resucitado era su guía y su poder.
Los problemas y dificultades de todo tipo los colocaba confiadamente bajo la providencia del Padre Celestial.
Murió el 4 de agosto de 1859 a los 73 años de edad.
Fue canonizado en 1925 y proclamado por Pío XI “patrono de todos los sacerdotes” en 1929.
Ejemplo acabadamente cristiano de ministros y ministrados.
Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica
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Año sacerdotal en la Iglesia Católica.
Indulgencias en el Año Sacerdotal en honor del Santo Cura de Ars.
El Papa Benedicto XVI decidió convocar un Año sacerdotal especial con ocasión del 150 aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, cura de Ars, modelo luminoso de pastor, entregado completamente al servicio del pueblo de Dios, quien partió al encuentro del Señor el 4 de Agosto de 1859.
Durante este Año sacerdotal, que comenzó el 19 de junio de 2009 y se concluirá el 19 de junio de 2010, se concede el don de indulgencias especiales.
Dado que su ejemplo ha impulsado a los fieles, y principalmente a los sacerdotes, a imitar sus virtudes, el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha establecido que, con esta ocasión, desde el 19 de junio de 2009 hasta el 19 de junio de 2010 se celebre en toda la Iglesia un Año sacerdotal especial, durante el cual los sacerdotes se fortalezcan cada vez más en la fidelidad a Jesucristo, con piadosas meditaciones, prácticas de piedad y otras obras oportunas de caridad y entrega virtuosas.
Este sagrado tiempo comienza con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de santificación de los sacerdotes, cuando el Sumo Pontífice celebra las Vísperas ante las reliquias de san Juan María Vianney, traídas a Roma por el obispo de Belley-Ars.
Benedicto XVI concluirá el Año sacerdotal en la plaza de San Pedro, en presencia de sacerdotes procedentes de todo el mundo, que renovarán su fidelidad a Cristo y su vínculo de fraternidad y servicio a la comunidad humana.
El Papa pide a los sacerdotes que se esfuercen, con oraciones y obras buenas, por obtener de Jesús, sumo y eterno Sacerdote, único mediador entre Dios y los hombres, la gracia de brillar por la fe, la esperanza y la caridad, y otras virtudes, y muestren con su estilo de vida, pero también con su aspecto exterior, que están plenamente entregados al bien espiritual del pueblo, que es lo que la Iglesia siempre ha buscado por encima de cualquier otra cosa, principalmente en la persona de los pobres, pero sin descuidar los demás.
Para conseguir mejor este fin, ayudará el don de las indulgencias que se otorgan durante el Año sacerdotal:
A los sacerdotes realmente arrepentidos, que cualquier día recen con devoción al menos las Laudes matutinas o las Vísperas de la tarde ante el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, en el Sagrario o expuesto en forma simple o solemne, y, a ejemplo de san Juan María Vianney, se ofrezcan con espíritu dispuesto y generoso a la celebración de los sacramentos, sobre todo al de la Penitencia, se les otorga misericordiosamente de parte de Dios indulgencia plenaria (remisión total de las penas que merecen por sus pecados perdonados en cuanto a la culpa por medio del arrepentimiento y la confesión sacramental), que podrán aplicar también a los presbíteros difuntos, si además se acercan a la confesión sacramental y al banquete eucarístico, y oran según las intenciones del Sumo Pontífice.
A los sacerdotes se les concede, además, la indulgencia parcial, (remisión parcial de la pena que merecen por sus pecados perdonados en cuanto a la culpa por el arrepentimiento y la confesión sacramental) también aplicable a los presbíteros difuntos, cada vez que recen con devoción oraciones aprobadas, para llevar una vida santa y cumplir con amor casto las tareas a ellos encomendadas.
A todos los fieles cristianos realmente arrepentidos que, en una iglesia u oratorio, asistan con devoción a la Santa Misa y ofrezcan por los sacerdotes de la Iglesia oraciones a Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, único mediador entre Dios y los hombres, y ofrezcan también cualquier obra buena realizada en ese día, para que santifique a los sacerdotes y los modele según su Corazón, se les concede la indulgencia plenaria, debiendo estar en gracia de Dios por medio de la penitencia sacramental, y también elevar a Dios oraciones según la intención del Sumo Pontífice.
Esta indulgencia plenaria será:
En los días en que se abre y se clausura el Año sacerdotal (19 de Junio), en el día del 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney (4 de Agosto), en el primer jueves de mes o en cualquier otro día establecido por el Obispo de cada lugar para utilidad de los fieles.
Será muy conveniente que, en las iglesias catedrales y parroquiales, sean los mismos sacerdotes encargados del cuidado pastoral quienes dirijan públicamente estas prácticas de piedad, celebren la santa misa y confiesen a los fieles.
También se concederá la indulgencia plenaria a los ancianos, a los enfermos y a todos aquellos que por motivos legítimos no puedan salir de casa, si con el espíritu desprendido de cualquier pecado y con la intención de cumplir, en cuanto les sea posible, las tres acostumbradas condiciones (confesión, eucaristía y oración por el Papa), en su casa o donde se encuentren a causa de su impedimento, en los días antes determinados rezan oraciones por la santificación de los sacerdotes, y ofrecen con confianza a Dios, por medio de María, Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y las molestias de su vida.
Por último, se concede la indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que recen con devoción en honor del Sagrado Corazón de Jesús cinco padrenuestros, avemarías y glorias, u otra oración aprobada específicamente, para que los sacerdotes se conserven en pureza y santidad de vida.
Este Decreto comentado tiene vigor a lo largo de todo el Año sacerdotal.
Sepamos aprovecharlo en beneficio nuestro y de nuestros sacerdotes.
Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica
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La Fiesta de Corpus Christi y el pensamiento de Benedicto XV
Qué mejor que prepararnos para la Fiesta de Corpus Christi
con algunos pensamientos homiléticos de Benedicto XVI:
CORPUS CHRISTI: EL SEÑOR ESTE PRESENTE EN NUESTRA VIDA
El Santo Padre afirma que en esta fiesta , "la Iglesia revive
el misterio del Jueves Santo a la luz de la Resurrección.
También en el Jueves Santo hay una procesión eucarística, con la que la Iglesia repite el
éxodo de Jesús del Cenáculo al Monte de los Olivos. (...)
Jesús entrega
realmente su cuerpo y su sangre.
Atravesando el umbral de la muerte, se
convierte en Pan vivo, auténtico maná, alimento inagotable por todos los
siglos.
La carne se convierte en pan de vida".
"En la fiesta del Corpus Christi –continúa el Papa actual-, reanudamos esta procesión,
pero con la alegría de la Resurrección.
El Señor ha resucitado y nos
precede. (...) Jesús nos precede ante el Padre, sube a la altura de Dios y
nos invita a seguirle. (...) La verdadera meta de nuestro camino es la
comunión con Dios".
El Sumo Pontífice señala que en el sacramento de la Eucaristía "el Señor se
encuentra siempre en camino hacia el mundo.
Este aspecto universal de la
presencia eucarística está presente en la procesión de nuestra fiesta.
Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra
ciudad.
Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida cotidiana, a su
bondad. ¡Que nuestras calles sean calles de Jesús!
¡Que nuestras casas sean
casas para él y con él!
Que en nuestra vida de cada día penetre su
presencia.
Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los
enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los
miedos, toda nuestra vida.
La procesión quiere ser una bendición grande y
pública para nuestra ciudad: Cristo es, en persona, la bendición divina para
el mundo.
¡Que el rayo de su bendición se extienda sobre todos nosotros!".
Refiriéndose al mandato de Cristo: "Tomad y comed... Bebed todos de él",
Benedicto XVI subraya que "no se puede "comer" al Resucitado, presente en la
forma del pan, como un simple trozo de pan.
Comer este pan es comulgar, es
entrar en comunión con la persona del Señor vivo.
Esta comunión, este acto
de "comer", es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse
penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y
Redentor.
El objetivo de esta comunión es la asimilación de mi vida con la
suya, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por ello,
esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo,
de seguir a quien nos precede. Adoración y procesión forman parte, por
tanto, de un único gesto de comunión; responden a su mandato: "Tomad y
comed".
El Vicario de Cristo concluye poniendo de relieve que "nuestra procesión acaba ante la
basílica de Santa María la Mayor, en el encuentro con la Virgen, llamada por
el querido Papa Juan Pablo II "mujer eucarística". María, la Madre del
Señor, nos enseña realmente lo que es entrar en comunión con Cristo. (...)
Pidámosle que nos ayude a abrir cada vez más todo nuestro ser a la presencia
de Cristo; que nos ayude a seguirle fielmente, día tras día, por los caminos
de nuestra vida. ¡Amén!".
LA HOSTIA CONSAGRADA ES REALMENTE EL PAN DEL CIELO
En otra circunstancia relativa al Corpus, el Benedicto afirma que la Hostia consagrada es "el alimento de los pobres" y "fruto de la tierra y del trabajo del hombre".
Sin embargo, "el pan no es simplemente y solo un producto nuestro, algo hecho por nosotros; es fruto de la tierra y por tanto, un don. (...)
Presupone la sinergia de las fuerzas de la tierra y de los dones del cielo, es decir, del sol y de la lluvia".
"En un período en que se habla de la desertificación y oímos denunciar cada
vez más el peligro de que hombres y bestias mueran de sed en las regiones
que no tienen agua, nos damos cuenta de la grandeza del don del agua y de
que somos incapaces de conseguirla por nosotros mismos.
Entonces, mirando
desde más cerca este pequeño trozo de Hostia blanca, este pan de los pobres,
es como una síntesis de la creación".
El Santo Padre pone de relieve que "cuando al adorar miramos la Hostia
consagrada, nos habla el signo de la creación.
Entonces encontramos la
grandeza de su don; pero también encontramos la Pasión, la Cruz de Jesús y
su resurrección".
"En la fiesta del Corpus Christi vemos sobre todo el signo del pan, que
nos recuerda también la peregrinación de Israel durante los cuarenta años en
el desierto.
La Hostia es nuestro maná, con el que el Señor nos nutre; es
realmente el pan del cielo, mediante el que se dona a sí mismo.
En la
procesión seguimos este signo y así le seguimos a El mismo".
Benedicto XVI pide al Señor:
"¡Guíanos por los caminos de
nuestra historia!
¡Muestra a la Iglesia y a sus pastores siempre de nuevo el
justo camino!
¡Mira a la humanidad que sufre, que vaga insegura entre
tantos interrogantes; mira el hambre físico y psíquico que la tormenta!
¡Da a los seres humanos pan para el cuerpo y para el alma!
¡Dales trabajo, dales
luz, dales Tú mismo!
Purifícanos y santifícanos!".
"Haznos comprender que sólo mediante la participación en tu
Pasión, mediante el "sí" a la cruz, a la renuncia, a las purificaciones que
nos impones, nuestra vida puede madurar y alcanzar su verdadero
cumplimiento.
¡Reúnenos de todos los confines de la tierra! ¡Une a tu
Iglesia, une a la humanidad lacerada! ¡Danos tu salvación!".
Adaptación de Gustavo Daniel D´Apice
Profesor Universitario de Teología
Pontificia Universidad Católica
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La Eucaristía y el "Corpus Christi"
Para celebrar con frutos espirituales y totales esta Fiesta, nos conviene recorrer brevemente algunos conceptos básicos de la Eucaristía y del Culto Eucarístico.
¿Qué celebra la Iglesia en ese día?
La Fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Jesús Resucitado entregados por nuestra salvación, y su intención de quedarse hecho pan hasta su Segunda Venida Gloriosa, en la Parusía o Juicio Final.
¿Dónde contemplamos esta presencia de Jesús hecho pan?
Principalmente en los Sagrarios, donde se “reserva” la eucaristía para ir a adorarla en soledad, silencio y contemplación.
¿Cómo se produce esta conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús?
Por la Sucesión Apostólica, nuestros Obispos tienen el poder servicial de consagrar el pan y el vino, y Jesús actuando en ellos transforma esas especies en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en su estado actual, es decir, Resucitado, dador de Vida en Abundancia y de Poder en el Espíritu.
A esta transformación se la llama “transubstanciación” (CEC 1375-1376): Cambia la substancia del pan, que no es ya más pan, sino el Cuerpo Resucitado de Jesús, y lo mismo con el vino.
Permanecen lo que filosóficamente se llaman los “accidentes”: el color del pan, su gusto, su aroma, su rugosidad al tacto, su sonido cuando lo partimos. Pero no su substancia, que es ya el Cuerpo del Señor.
En esta tarea, colaboran con ellos los presbíteros, ya que los Pastores no podrían atender a todos, como en los primeros tiempos del cristianismo, en el que el rebaño era muy pequeño, hasta la conversión del Imperio Romano a principios del siglo IV.
¿Qué es la adoración eucarística?
Sí, decimos bien. Adoración. Porque se le tributa el mismo culto que a Dios, ya que el Hijo no solamente quiso hacerse hombre en Jesús de la Villa de Nazareth, sino que incluso se hizo una cosa inanimada, un vegetal, es decir, pan, en la cumbre de la humildad y del anonadamiento (el hacerse “nada”).
¿Qué formas de adoración existen fuera de la Misa, que es el lugar de consagración del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús?
1. Como ya dijimos, la soledad contemplativa y silenciosa ante el sagrario, donde también se reserva el Cuerpo para ser llevado a los moribundos, a los enfermos y a quienes lo pidan con justa causa fuera de la Misa (NRRS, notas prel. 5).
Es decir, lo que llamamos las Visitas al Santísimo Sacramento.
En la tradición espiritual cristiana, ellas se caracterizan por ser actos fervorosos y breves ante el Sagrario, elevando el alma hacia Jesús Sacramentado y tratando de unirse a Él.
Son actos fervorosos y breves porque, de mediar más tiempo, ya sería algún tipo de meditación u oración, pero no la Visita.
Puede acompañar alguna jaculatoria que enardezca el alma, principalmente el pronunciar el Santo y Dulcísimo Nombre de Jesús.
Y pueden repetirse durante el día.
Estas visitas se pueden hacer, en caso de no poder lograrlo físicamente, también espiritualmente, al pasar junto a un templo o cercano a él, encontrándose el mismo cerrado, o habiendo imposibilidad cierta de entrar por alguna causa justa (tiempo, hay otra celebración, etc.).
O desde el hogar, no pudiendo acercarse al templo por enfermedad u otras circunstancias.
2. La exposición con el Copón, abriendo el tabernáculo o bien depositándolo sobre el altar.
3. La exposición con la Custodia (ostensorio en forma circular de Sol, cuyos rayos rectos representan la luz y el calor del Señor, y sus rayos ondulados el amor y la ternura de Dios). Colocada sobre el altar.
¿Qué otras formas hay de culto eucarístico fuera de la Misa?
1. Las procesiones eucarísticas (NRRS, íbid 86ss.).
Aquí se enmarca la Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor (“Corpus Christi”) celebrada cada año, de acuerdo a las circunstancias y costumbres de cada lugar.
En San Juan, Argentina, se suspenden todas la Misas de la mañana en las Parroquias y se reúnen todos con el Pastor Arzobispo Arquidiocesano para tributar culto conjunto al Misterio Eucarístico de Nuestro Señor Jesús, Rey de Reyes y Señor de Señores.
Es conveniente que primero se celebre la Misa, y con la hostia recién consagrada se realice la procesión como manifestación sacramental de ese signo de fe.
2. Los Congresos Eucarísticos.
Es una “concentración cristiana” en la que se pueda conocer más profundamente algún Misterio de la Eucaristía, y venerarla públicamente como vínculos de caridad unitiva.
Se tiene muy en cuenta la elección del TEMA a tratar, con el que se avanzará en el conocimiento del Misterio Eucarístico, y para el cual se harán oportunas y exhaustivas consultas al Pueblo Santo de Dios. Debe favorecer los estudios teológicos y el bien de la Iglesia local.
Las tareas en el Congreso serán :
a) Una catequesis más intensa acerca de la Eucaristía.
Una participación más activa de la Liturgia, escuchando la Palabra de Dios y estrechando lazos de fraternidad.
c) Investigación de recursos y obras sociales para los más necesitados, en vistas a su promoción humana y a la comunicación de bienes, aún temporales, como hacían las primeras comunidades cristianas.
Las Normas del Congreso serán las siguientes:
a) La Eucaristías celebrada será el centro y la cumbre de todas las formas de piedad.
Las celebraciones de la Palabra de Dios, encuentros catequísticos y conferencias, deberán tender a la profundización del tema propuesto
c) En lo referente a las preces y adoración, deberá darse precedencia a las Iglesias más aptas parta estos cometidos.
d) En la procesión eucarística, deberán tenerse en cuenta la condición social y religiosa de cada lugar.
Gustavo Daniel D´Apice
Profesor Universitario de Teología
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La Pascua de Jesús: ¿Cómo es un cuerpo resucitado?
LAS CUALIDADES DE LOS CUERPOS RESUCITADOS
¿Cómo es el Cuerpo Resucitado de Jesús, y cómo serán los nuestros?
De acuerdo a los datos bíblicos, podemos determinar lo siguiente;
A) Es el propio cuerpo:
Los muertos resucitarán con el mismo cuerpo que tuvieron en la tierra (idéntica y numéricamente el mismo).
Tanto mi cuerpo como tu cuerpo, serán los mismos cuerpos, aunque transfigurados, glorificados, inmortalizados, resucitados.
El concilio de Letrán (1215) declara: “Todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan” (Dz 429).
Referencias Bíblicas:
La Sagrada Escritura da testimonio implícito de esa identidad material por la palabra que emplea: “despertarse”.
Solamente habrá verdadero despertamiento cuando el mismo cuerpo que muere y se descompone sea el que reviva de nuevo:
a) 2 Mac 7,11: “De él [de Dios] espero yo volver a recibirlas [la lengua y las manos]”
1 Cor 15,53: “Porque es preciso que lo corruptible se revista de la incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad”.
c) Flp. 3,21: “ Él [Jesucristo] transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
d) Cf. Lc 24,39, en la aparición de Jesús resucitado a los Apóstoles, Él les dice que no es un espíritu, pues posee carne y huesos, y les muestra sus manos y sus pies.
Los cuerpos resucitados estarán libres de deformidades, mutilaciones y achaques.
Estarán en su máxima perfección natural (plenitud del ser)
Con respecto a la edad: será una edad madura pero joven, como la de Cristo, aproximadamente 36 o 37 años ( 6 a. C . - 30 d. C).
Tendrán diferencias sexuales y órganos de la vida sensitiva, pero no se ejercerán las facultades biológicas y vegetativas, como comer, beber, procrear.
Cfr. Mt. 22,30 “En la resurrección todos serán cómo ángeles en el cielo”.
Cualidades del Cuerpo Resucitado:
Según el modelo de Jesús Resucitado que aparece en los Evangelios: Serán semejantes a Su cuerpo: Mt 28ss, Mc 16, Lc 24, Jn 20ss, Flp. 3,21:
I. Impasibilidad:
Es decir, la propiedad de que no sea accesible a ellos mal físico de ninguna clase, es decir, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Definiéndola con mayor precisión, es “la imposibilidad de sufrir y morir”.
Ap. 21, 4 : “Él enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado”.
Lc 20, 36: “Ya no pueden morir”.
La razón intrínseca de la impasibilidad se encuentra en el perfecto sometimiento del cuerpo al alma que es inmortal.
II. Sutilidad, sutileza o penetrabilidad:
Es la propiedad por la cual el cuerpo se hará semejante a los espíritus en cuanto podrá penetrar los cuerpos sin lesionarse ni lesionar, es decir, podrá atravesar otros cuerpos.
No se debe creer que por ello el cuerpo se transformará en sustancia espiritual o que la materia se enrarecerá hasta convertirse en un cuerpo “etéreo”.
Veamos ejemplos conforme al cuerpo resucitado de Cristo:
Jesús resucitado atravesó las sábanas (Jn 20, 5-7).
Salió del sepulcro sellado por la piedra (Mt 28,2).
(Un ángel movió la piedra, no para que Jesús saliera, sino para que las mujeres que fueron a visitar el sepulcro pudieran entrar allí y ver que el Señor ya no estaba).
Entra en el Cenáculo aún estando cerradas las puertas –atrancadas, dice el original griego- (Jn 20, 19.26).
La razón intrínseca de esta espiritualización la tenemos en el dominio completo del alma glorificada sobre el cuerpo ( en cuanto es la forma substancial del mismo).
III. Agilidad:
Es la capacidad del cuerpo para obedecer al espíritu en todos sus movimientos con suma facilidad y rapidez, es decir, en forma instantánea.
Esta propiedad se contrapone a la gravedad y peso de los cuerpos terrestres, de acuerdo a la ley de la gravitación.
El modelo de la agilidad lo tenemos en el cuerpo resucitado de Cristo, que se presentó de repente en medio de sus apóstoles y desapareció también repentinamente:
Lc 24, 31: “Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista”.
Lc 24, 34: “ Es verdad, ¡El Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”
Lc 24, 36: “Todavía estaban hablando de esto cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo <>”.
La razón intrínseca de la agilidad la hallamos en el total dominio que el alma glorificada ejerce sobre el cuerpo, en cuanto es el principio motor del mismo, por lo que este no le opone resistencia.
IV. Claridad:
Es el estar libre de todo lo ignominioso y rebosar hermosura y esplendor.
Jesús nos dice: “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 43)
Un modelo de claridad lo tenemos en la glorificación de Jesús en el monte Tabor (Mt 17, 2)
Y después de su resurrección (Cf. Hch. 9,3).
La razón intrínseca de la claridad la tenemos en el gran caudal de hermosura y resplandor que desde el alma se desborda sobre el cuerpo.
Es menester aclarar que el grado de claridad será distinto – como se nos dice en 1 Cor 15, 41, haciendo referencia a la condición de los cuerpos resucitados: “Cada cuerpo tiene su propio resplandor: uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor”- y estará proporcionado al grado de gloria con el que brille el alma; y la gloria dependerá de la cuantía de los merecimientos.
Ahora, ¿Cuándo sucederá esto?:
En el fin del mundo, donde se realizará el Juicio Final, la Parusía o Nueva Venida de Cristo.
Recordemos que Jesús dejó incierto el momento en que verificaría su Segunda Venida: Al final de su discurso sobre la Parusía, declaró: “En cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32).
Finalmente, siguiendo las recomendaciones del apóstol Pablo, procuremos que nadie devuelva mal por mal.
Por el contrario, esforcémonos por hacer siempre el bien entre nosotros y con todo el mundo.
Estemos siempre alegres.
Oremos sin cesar.
Demos gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos nosotros, en Cristo Jesús (Cf. 1 Tes 5, 15-18).
Estemos preparados, vigilantes, en vela (despiertos, alertas), pues el Señor esta cerca:
¡Amen, ven Señor Jesús! (Ap. 22, 20).
Gustavo Daniel D´Apice
Profesor Universitario de Teología
Pontificia Universidad Católica
http://es.catholic.net/gustavodaniel
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La Semana Santa, La Mayor del Año.
LA SEMANA MAYOR DEL AÑO
Así llama la Liturgia de la Iglesia a la Semana Santa, la más cargada de contenidos significativos a través del apasionante Año Litúrgico.
Es la que transcurre entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua.
Una parte pertenece a la Cuaresma. Otra es el corazón del Año Litúrgico: el Triduo Pascual, que desemboca en el momento más emocionante de la historia: La Resurrección Gloriosa de Jesús con su propio cuerpo glorificado, festejado luminosamente a través de los 50 días del Tiempo Pascual, cargado de Aleluias, incienso, cantos y Cirios conmemorativos, reafirmando la fe cristiana de que nuestros cuerpos también resucitarán gloriosos de las cenizas, y que con nuestros propios ojos y oídos glorificados veremos y escucharemos a Jesús.
El Domingo de Ramos comienza con esta Santa Semana.
Color rojo de sangre para la Liturgia. Se lee el Evangelio de la Pasión que corresponde al Ciclo Litúrgico Dominical del Año que transcurre, sea éste A, B o C. Los Ramos de Olivo aclaman personal y comunitariamente a Jesús que entra en Jerusalén, signo y figura de nuestro corazón, en el que quiere establecerse como Rey y Señor del mismo. En vano es agitar o colgar ramitos si Jesús no es el dueño de nuestra vida.
O regalarlos a aquellos a quienes Jesús no significa nada en su existencia.
El lunes, martes y miércoles santo vuelve el color lila o morado de la cuaresma en la liturgia.
Es importante acompañar a Jesús en las celebraciones litúrgicas de estos tres días. Solemos ir el Domingo de Ramos a Misa y no aparecemos hasta festejar la Cena del Señor el jueves por la tarde. Pareciera el cruel, triste e impío abandono del Señor Jesús igual al de los momentos históricos de la Pasión.
En las celebraciones litúrgicas de estos tres días, más la del viernes santo, se leen los cuatro Cánticos del Siervo Sufriente de Yahvéh del Profeta Isaías (Is 42,1-7; 49,1-9; 50,4-9; 52,13-53,12).
Seis siglos antes de Cristo ve Isaías la pasión y glorificación de Jesús de tal manera, que con razón es llamado el 5º Evangelista, aparte de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, contemporáneos de los acontecimientos celebrados.
La Misa Crismal quiebra la monotonía cuaresmal (ya rota en el gozoso cuarto domingo, el de las vestiduras de color rosado), y con blanco color litúrgico, el Obispo se congrega en la Catedral con su presbiterio y fieles, a fin de renovar sus promesas de fidelidad, y consagrar los óleos que se usarán en los sacramentos cristianos: el de los catecúmenos, el de los enfermos y el santo crisma.
Se celebra la Misa Crismal el Jueves por la mañana, salvo donde las distancias son extensas, por lo que para que los presbíteros puedan estar en sus comunidades celebrando la Misa del Jueves por la tarde, se adelanta al miércoles anterior.
Con la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo por la tarde, exclusive, termina la cuaresma.
Las vestiduras son blancas festivas y se reaviva la memoria de la Institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial, y el mandamiento nuevo del amor, al estilo de Jesús, “hasta dar la vida”.
Terminada ya la cuaresma, con esta celebración comienza el Triduo Pascual, centro y corazón del Año Litúrgico.
El viernes de la “Pasión del Señor” no hay Misa, pero sí una importante Celebración Litúrgica, Pública y Oficial Oración de la Iglesia, con ornamentos rojos, en que se lee siempre la Pasión según San Juan (18-19), en la que Jesús Dios (“Yo Soy”: Jn 18,5.6.8; cfr. Ex.3,14) y Rey (Jn 18,33.37; 19,3) parece dominar y dirigir su propio proceso.
Se adora la Cruz, se hacen oraciones universales por todos los hombres, de cualquier condición, raza, cultura y credo, culminando con la recepción de la Eucaristía.
Es el segundo día del Triduo.
El sábado santo es un día muy especial de silencio contemplativo y expectante ante la tumba abandonada del Señor, si es que nuestro corazón está velando en su compañía.
Ese día no solo no hay Misa, sino que ninguna celebración litúrgica.
Incluso la Eucaristía como sacramento de la partida, solo puede llevarse a los moribundos en forma de viático, porque sanos y enfermos esperamos la explosión jubilosa del universo en la Resurrección del Señor Jesús, y recién después de ella, entrado ya el domingo con la Vigilia Pascual, recibiremos el sacramento del cuerpo resucitado del Señor.
En esta Augusta Vigilia, en que comienza a celebrarse el domingo de Pascua de Resurrección, llega a su cumbre el Triduo Pascual, que culmina al finalizar el Domingo de Resurrección..
Nuevamente la gloria de las vestiduras blancas.
La Vigilia despunta con el Fuego Nuevo que es Cristo Resucitado: La Liturgia de la Luz.
Se enciende el Cirio Pascual, que ilumina con la Luz del Señor toda nuestra vida, y que permanecerá 50 días con su resplandor en el presbiterio, y del cual todos tomaremos su claridad, y tomarán luego sus luces los que renazcan a la vida de la gracia por el Bautismo, y los que se eleven a la vida de la gloria al partir de este mundo temporal.
Dos nacimientos en los que el Cirio deberá hacerse presente en el Altar aunque hayan terminado los 50 días de la Pascua.
Cirio en el que el Señor Jesús se muestra como Señor de la historia, dueño del tiempo y de la eternidad, principio y fin de todas las cosas.
Liturgia de la Luz que culminará con el canto o recitación del Pregón Pascual, anunciando la noche de la Resurrección del Señor, precedida en el tiempo por la noche de otra Pascua, la de la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, figura de ésta, la de Jesús, con la total y definitiva liberación de todo mal, incluida la muerte.
Sigue en esta Noche Santa, la Mayor de todas, la Liturgia de la Palabra: Siete lecturas con sus respectivos salmos y oraciones, que preceden el anuncio de la Resurrección y lo preparan.
Por motivos pastorales pueden reducirse, aunque nunca se puede omitir la lectura de la primera pascua, figura de ésta, la de Moisés al frente de su Pueblo atravesando el Mar Rojo y pasando de la esclavitud a la libertad.
Con el anuncio de la Resurrección y el Canto del Aleluya, apagado durante la Cuaresma, y el sonido de las campanas, culmina la Liturgia de la Palabra.
Si hay Evangeliario, es llevado en procesión “levemente elevado” (IGMR 172) desde el altar (donde fue dejado al inicio de la celebración: IGMR 122.173) hasta el ambón, y es incensado (IGMR 175).
Sigue la Liturgia Bautismal, en la que se bendice el agua del Bautismo (conviene que haya algún Bautismo como signo), y en la que renovamos las promesas bautismales.
Excelente ocasión para renovar conciente y fructuosamente el Bautismo que quizá recibimos como un regalo de la Iglesia y de nuestros padres cuando carecíamos del uso de la razón, pero no de la posibilidad de recibir la gracia de hijos de Dios y de comenzar a ser miembros de la Iglesia.
Culmina la celebración de esta Magna Solemnidad, la Mayor del Año Litúrgico, con la Liturgia del Sacramento por excelencia, la Eucaristía, fuente y cumbre de toda vida espiritual cristiana.
El domingo de Pascua continúa durante el día esta alegría comenzada en la Vigilia, y se prolonga como Octava durante ocho días, hasta el Domingo siguiente, como si fuera la misma fiesta, y luego en el blanco glorioso de los aleluias de Pascua hasta el día de Pentecostés inclusive.
¿Con qué conciencia y fructuosidad vivimos la Semana Mayor del Año y, dentro de ella, el Triduo-Corazón del Año Litúrgico? ¿Soy un hombre, varón o mujer, de la Pascua, resucitado, luminoso y vivo, o arrastro una lúgubre y pesada existencia, habiéndome quedado en la hora nona del viernes santo y no habiendo sabido dar el Paso hasta la Vigilia Pascual, hacia la Luz esplendorosa donde la Palabra brilla con propio fulgor junto al Padre y al Espíritu Santo, resucitada corporal y gloriosamente para siempre, primicia de lo que seremos nosotros?
Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica -
La Cuaresma, camino hacia la Pascua.
La cuaresma, camino hacia la Pascua de Resurrección.
Duración.
La Cuaresma dura cuarenta días. Comienza el miércoles de ceniza y termina el jueves santo por la tarde-noche, antes de la Misa “en la Cena del Señor”.
También cabe decir que la liturgia considera el Jueves a la noche, con el Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de resurrección, como el Corazón del Año Litúrgico, lo que llamamos el "Triduo Pascual".
Comienza este Triduo con la Misa “en la Cena del Señor”, y culmina con la Vigilia Pascual el sábado a la noche y el domingo de Resurrección. No olvidemos que la costumbre judeo cristiana considera el día comenzado en sus vísperas.
Inicialmente, la Cuaresma iba desde el Primer Domingo de Cuaresma al Jueves Santo, pero a raíz de una reforma litúrgica, se descontaron los domingos, por considerarlos pascuales. Para redondear nuevamente el número 40, se añadió a la Cuaresma los días que van del Miércoles de Ceniza hasta el Primer Domingo de Cuaresma. De esta manera salen los 40 días.
Por lo que, actualmente, la Cuaresma va, según lo dicho más arriba, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo excluida la noche con la Misa de la Cena del Señor, donde comienza el Triduo Pascual.
Sentido de la Cuaresma.
A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios. La cuaresma es un gran ejercicio espiritual para ponernos en forma para festejar los 50 días pascuales.
La Cuaresma es un medio, nunca un fin. El fin es la Pascua, la Resurrección, la Vida Feliz y para siempre.
El color litúrgico de este tiempo es el lila, que significa preparación.
Es un tiempo de reflexión, de silencio y retiro si es posible, de desapego de las cosas, de conversión espiritual a Jesús; tiempo de preparación al misterio pascual, a lo definitivo, a la realidad total a la que tendemos..
La Cuaresma es un camino hacia la Pascua, que es la fiesta más importante de la Iglesia por ser la resurrección de Jesús, la experiencia fundamental del ser cristiano. La novedad cristiana.
La Cruz es una cara de la moneda. La otra es la Pascua. No hay cruz sin resurrección, ni resurrección y gloria sin sufrimiento ni dolor. Pero la gloria es lo definitivo. El sufrimiento, la enfermedad y el mal son pasajeros.
Ésta, temporal, es la etapa penúltima. Aquella, la eternidad, será la definitiva, y no sólo con el alma, sino con nuestro propio cuerpos glorificados así como está glorificado el cuerpo de Jesús. Cosa que sucederá en el día final.
El número cuarenta en la Biblia.
La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia.
En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio (Gén. 8, 6), de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto (Éx. 12, 40-41), de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto del Sinaí (Números 33, 40), de los cuarenta días de Moisés (Éx. 24, 18) y de Elías (I Reyes 19, 8) en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública (Mateo 4, 2; Marcos 1, 3; Lucas, 4, 2).
En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo, y seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida terrena, seguido de pruebas y dificultades, que culminan o desembocan en un lugar o momento feliz.
Es, por lo tanto, tiempo de prueba, de espera y preparación, para algo nuevo, mejor y mayor que nos espera y que alcanzamos.
Uno de los caminos, como el de los 40 días de Jesús en el desierto, es el desapego: de las riquezas, de los honores y de la fama vanidosos, y de los placeres desordenados.
Apegados a Jesús, obtenemos todo eso multiplicado y purificado, sin el desorden que implica la pasión y el deseo.
¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?
El Año litúrgico no se ciñe estrictamente al año calendario, sino que varía de acuerdo con el ciclo lunar.
Cuenta la Biblia, que la noche en la que el pueblo judío salió de Egipto, había luna llena y eso les permitió prescindir de las lámparas para que no los descubrieran los soldados del faraón.
Los judíos celebran este acontecimiento cada año en la pascua judía o "Pesaj", que siempre concuerda con una noche de luna llena, en recuerdo de los israelitas que huyeron de Egipto pasando por el Mar Rojo.
Podemos estar seguros, por lo tanto, de que el primer Jueves Santo de la historia, cuando Jesús celebraba la Pascua judía con su discípulos en la “Última Cena”, era una noche de luna llena.
Por eso, la Iglesia fija el Jueves Santo y el día de la Pascua, en la luna llena que se presenta entre el mes de marzo y abril y, tomando esta fecha como centro del Año litúrgico, las demás fechas se mueven en relación a esta y hay algunas fiestas que varían de fecha una o dos semanas: El miércoles de ceniza 40 días antes sin contar los domingos. La Ascensión del Señor Jesús, 40 días después de la fecha de su Resurrección el Domingo de Pascua, Pentecostés, 10 días después de la Ascensión y 50 después de Pascua, etc.
En cambio, otras fechas son según el calendario ordinario y nunca cambian de fecha: Por ejemplo la Navidad, el 25 de diciembre, Reyes o Epifanía, el 6 de enero, y otras fiestas según el calendario del santoral litúrgico (Asunción, San José, San Pedro y San Pablo, Todos los Santos, Los Ángeles Custodios, Los Arcángeles, etc.)
Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica
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San Pablo, el predicador, fue también un gran escritor.
Pablo escritor.
En el Nuevo Testamento, la parte de la Biblia escrita después de la Venida de Jesús, contiene 13 cartas del Apóstol San Pablo. Algunas de ellas son auténticas, escritas realmente por él, y otras se presentan con su nombre, pero en realidad pertenecen a sus discípulos, quienes transmiten el pensamiento de su maestro.
Hasta hace no tanto, se hablaba de 14 cartas paulinas, porque se añadía la llamada “Carta a los Hebreos”. Sin embargo, debido a los más recientes estudios bíblicos, hoy ya nadie admite que este texto sea de San Pablo. Además, este texto a los Hebreos, no presenta ninguna indicación de que el autor pretenda presentarse como el Apóstol San Pablo, por lo que ya no se proclama ni se estudia como “carta paulina”, sino aparte.
En cuanto escritos bíblicos, las cartas auténticas de San Pablo son los primeros textos del Nuevo Testamento, es decir, los más antiguos en cuanto a su escritura vistos desde nuestra época. Su fecha de realización se estima entre los años 50 y 67 de nuestra era, apenas pasando la mitad del primer siglo y poco después de la resurrección corporal y gloriosa de Jesús.
Pero, en cuanto a su edición pública, se realizó cuando los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, y el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito también por Lucas y que formaba un solo bloque seguido a su Evangelio, vieron la luz, y se encontraban ya circulando por las distintas comunidades cristianas. Esto estaría sucediendo alrededor del año 100, antes de que aparezca el Evangelio de San Juan, o simultáneamente con su descubrimiento.
Las cartas de San Pablo, eran cuidadosamente guardadas y leídas en las iglesias o comunidades a las que eran dirigidas (romanos, corintios, efesios, etc.). Las otras comunidades las conocieron después de su recopilación y edición, es decir, después del año 100.
A fines del siglo primero, algunos recopiladores, desconocidos hoy para nosotros, recogieron, fusionaron y separaron las cartas paulinas para su edición y publicación, a fin de que sean leídas en todas las comunidades cristianas, y no solamente en aquellas a las que el Apóstol se dirigía, generalmente luego de alguna fundación o visita.
Y editaron tanto las cartas auténticas y personales del Apóstol, como las escritas por sus discípulos bajo la guía de su pensamiento.
La segunda carta de Pedro, escrita a mediados del siglo II (a. 150 aprox.) menciona ya “todas las cartas de Pablo” (2 Ped 3,15-16), lo que indica que ya en esta edad temprana de nuestra era y a pocas décadas de la resurrección de Jesús, la colección de cartas paulinas ya estaba editada y publicada, mientras seguían incorporándose escritos neotestamentarios.
La colección de sus cartas fue rápidamente aceptada por toda la Iglesia de los cristianos como Palabra de Dios inspirada, es decir, como Sagrada Escritura, y pasó a formar parte directamente de la Biblia. En el texto indicado de San Pedro, moderador de la Iglesia en su tiempo, se mencionan “todas las cartas de Pablo...con el resto de la Escritura”, poniendo a ambas en el mismo rango.
De las trece cartas atribuidas a San Pablo, sólo siete son reconocidas como indiscutiblemente auténticas, lo que no quita la inspiración divina de las otras y su ineludible incorporación a las Sagradas Escrituras.
Estas otras seis sostienen los especialistas bíblicos que fueron escritas por los discípulos más o menos directos del Apóstol, que después de la decapitación de éste por las autoridades romanas, debieron actualizar su doctrina ante nuevos problemas pastorales y conceptuales que se presentaban en las comunidades recién formadas, o de corregir errores o desviaciones que surgían en las mismas.
Recurrían entonces a lo que era costumbre en la antigüedad: la Pseudonimia, es decir, la utilización de un pseudónimo que hiciera referencia al pensamiento de un autor del pasado (reciente en este caso), para volcarlo en una obra presente a fin de zanjar dificultades y problemas actuales.
Las cartas reconocidas como auténticas y escritas directamente por San Pablo son: Primera a los Tesalonicenses, Filipenses, Filemón, Primera a los Corintios, Segunda a los Corintios, Gálatas y Romanos, su obra magna, el gran testamento o herencia de Pablo para percibir su riqueza y hondura particular.
Entre las cartas atribuidas a sus discípulos bajo la guía de su pensamiento para actualizar respuestas a problemas posteriores a su vida, figuran: Segunda a los Tesalonicenses, Efesios, Colosenses, Primera y Segunda a Timoteo y la carta a Tito.
A veces las cartas tienen una unidad aparente, ya que en ciertas ocasiones son recopilaciones de fragmentos de cartas, encontradas por los recopiladores en las distintas comunidades o Iglesias, algunas como páginas sueltas también, y que no quisieron perder sino conservarlas, por lo que las incorporaron en cartas ya armadas y más extensas, como capítulos aparte o en coordinación con algún tema de un pasaje.
San Pablo, el predicador, es también el teólogo escritor profundo.
Inmortaliza la Sagrada Escritura en el Nuevo Testamento su pensamiento, guía perenne de las comunidades cristianas hasta el encuentro definitivo con Jesús Resucitado en su Segunda Venida Gloriosa o Parusía, en el Juicio Final.
Gustavo Daniel D´Apice
Profesor Universitario de Teología
Pontificia Universidad Católica
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