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  • Semana Santa: ¡La mayor del año! ¿Cómo la vivís?

    LA SEMANA MAYOR DEL AÑO

    Así llama la Liturgia de la Iglesia a la Semana Santa, la más cargada de contenidos significativos a través del apasionante Año Litúrgico.

    Es la que transcurre entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua.

    Una parte pertenece a la Cuaresma. Otra es el corazón del Año Litúrgico: el Triduo Pascual, que desemboca en el momento más emocionante de la historia: La Resurrección Gloriosa de Jesús con su propio cuerpo glorificado, festejado luminosamente a través de los 50 días del Tiempo Pascual, cargado de Aleluias, incienso, cantos y Cirios conmemorativos, reafirmando la fe cristiana de que nuestros cuerpos también resucitarán gloriosos de las cenizas, y que con nuestros propios ojos y oídos glorificados veremos y escucharemos a Jesús.

    El Domingo de Ramos comienza con esta Santa Semana.
    Color rojo de sangre para la Liturgia. Se lee el Evangelio de la Pasión que corresponde al Ciclo Litúrgico Dominical del Año que transcurre, sea éste A, B o C. Los Ramos de Olivo aclaman personal y comunitariamente a Jesús que entra en Jerusalén, signo y figura de nuestro corazón, en el que quiere establecerse como Rey y Señor del mismo. En vano es agitar o colgar ramitos si Jesús no es el dueño de nuestra vida.
    O regalarlos a aquellos a quienes Jesús no significa nada en su existencia.

    El lunes, martes y miércoles santo vuelve el color lila o morado de la cuaresma en la liturgia.
    Es importante acompañar a Jesús en las celebraciones litúrgicas de estos tres días. Solemos ir el Domingo de Ramos a Misa y no aparecemos hasta festejar la Cena del Señor el jueves por la tarde. Pareciera el cruel, triste e impío abandono del Señor Jesús igual al de los momentos históricos de la Pasión.

    En las celebraciones litúrgicas de estos tres días, más la del viernes santo, se leen los cuatro Cánticos del Siervo Sufriente de Yahvéh del Profeta Isaías (Is 42,1-7; 49,1-9; 50,4-9; 52,13-53,12).

    Seis siglos antes de Cristo ve Isaías la pasión y glorificación de Jesús de tal manera, que con razón es llamado el 5º Evangelista, aparte de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, contemporáneos de los acontecimientos celebrados.

    La Misa Crismal quiebra la monotonía cuaresmal (ya rota en el gozoso cuarto domingo, el de las vestiduras de color rosado), y con blanco color litúrgico, el Obispo se congrega en la Catedral con su presbiterio y fieles, a fin de renovar sus promesas de fidelidad, y consagrar los óleos que se usarán en los sacramentos cristianos: el de los catecúmenos, el de los enfermos y el santo crisma.

    Se celebra la Misa Crismal el Jueves por la mañana, salvo donde las distancias son extensas, por lo que para que los presbíteros puedan estar en sus comunidades celebrando la Misa del Jueves por la tarde, se adelanta al miércoles anterior.

    Con la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo por la tarde, exclusive, termina la cuaresma.

    Las vestiduras son blancas festivas y se reaviva la memoria de la Institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial, y el mandamiento nuevo del amor, al estilo de Jesús, “hasta dar la vida”.

    Terminada ya la cuaresma, con esta celebración comienza el Triduo Pascual, centro y corazón del Año Litúrgico.

    El viernes de la “Pasión del Señor” no hay Misa, pero sí una importante Celebración Litúrgica, Pública y Oficial Oración de la Iglesia, con ornamentos rojos, en que se lee siempre la Pasión según San Juan (18-19), en la que Jesús Dios (“Yo Soy”: Jn 18,5.6.8; cfr. Ex.3,14) y Rey (Jn 18,33.37; 19,3) parece dominar y dirigir su propio proceso.

    Se adora la Cruz, se hacen oraciones universales por todos los hombres, de cualquier condición, raza, cultura y credo, culminando con la recepción de la Eucaristía.
    Es el segundo día del Triduo.

    El sábado santo es un día muy especial de silencio contemplativo y expectante ante la tumba abandonada del Señor, si es que nuestro corazón no está velando en su compañía.
    Ese día no solo no hay Misa, sino que ninguna celebración litúrgica.
    Incluso la Eucaristía como sacramento de la partida, solo puede llevarse a los moribundos en forma de viático, porque sanos y enfermos esperamos la explosión jubilosa del universo en la Resurrección del Señor Jesús, y recién después de ella, entrado ya el domingo con la Vigilia Pascual, recibiremos el sacramento del cuerpo resucitado del Señor.

    En esta Augusta Vigilia, en que comienza a celebrarse el domingo de Pascua de Resurrección, llega a su cumbre el Triduo Pascual, que culmina al finalizar el Domingo de Resurrección..

    Nuevamente la gloria de las vestiduras blancas.
    La Vigilia despunta con el Fuego Nuevo que es Cristo Resucitado: La Liturgia de la Luz.
    Se enciende el Cirio Pascual, que ilumina con la Luz del Señor toda nuestra vida, y que permanecerá 50 días con su resplandor en el presbiterio, y del cual todos tomaremos su claridad, y tomarán luego sus luces los que renazcan a la vida de la gracia por el Bautismo, y los que se eleven a la vida de la gloria al partir de este mundo temporal.
    Dos nacimientos en los que el Cirio deberá hacerse presente en el Altar aunque hayan terminado los 50 días de la Pascua.
    Cirio en el que el Señor Jesús se muestra como Señor de la historia, dueño del tiempo y de la eternidad, principio y fin de todas las cosas.
    Liturgia de la Luz que culminará con el canto o recitación del Pregón Pascual, anunciando la noche de la Resurrección del Señor, precedida en el tiempo por la noche de otra Pascua, la de la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, figura de ésta, la de Jesús, con la total y definitiva liberación de todo mal, incluida la muerte.

    Sigue en esta Noche Santa, la Mayor de todas, la Liturgia de la Palabra: Siete lecturas con sus respectivos salmos y oraciones, que preceden el anuncio de la Resurrección y lo preparan.
    Por motivos pastorales pueden reducirse, aunque nunca se puede omitir la lectura de la primera pascua, figura de ésta, la de Moisés al frente de su Pueblo atravesando el Mar Rojo y pasando de la esclavitud a la libertad.

    Con el anuncio de la Resurrección y el Canto del Aleluya, apagado durante la Cuaresma, y el sonido de las campanas, culmina la Liturgia de la Palabra.
    Si hay Evangeliario, es llevado en procesión “levemente elevado” (IGMR 172) desde el altar (donde fue dejado al inicio de la celebración: IGMR 122.173) hasta el ambón, y es incensado (IGMR 175).

    Sigue la Liturgia Bautismal, en la que se bendice el agua del Bautismo (conviene que haya algún Bautismo como signo), y en la que renovamos las promesas bautismales.

    Excelente ocasión para renovar conciente y fructuosamente el Bautismo que quizá recibimos como un regalo de la Iglesia y de nuestros padres cuando carecíamos del uso de la razón, pero no de la posibilidad de recibir la gracia de hijos de Dios y de comenzar a ser miembros de la Iglesia.

    Culmina la celebración de esta Magna Solemnidad, la Mayor del Año Litúrgico, con la Liturgia del Sacramento por excelencia, la Eucaristía, fuente y cumbre de toda vida espiritual cristiana.

    El domingo de Pascua continúa durante el día esta alegría comenzada en la Vigilia, y se prolonga como Octava durante ocho días, hasta el Domingo siguiente, como si fuera la misma fiesta, y luego en el blanco glorioso de los aleluias de Pascua hasta el día de Pentecostés inclusive.

    ¿Con qué conciencia y fructuosidad vivimos la Semana Mayor del Año y, dentro de ella, el Triduo-Corazón del Año Litúrgico? ¿Soy un hombre, varón o mujer, de la Pascua, resucitado, luminoso y vivo, o arrastro una lúgubre y pesada existencia, habiéndome quedado en la hora nona del viernes santo y no habiendo sabido dar el Paso hasta la Vigilia Pascual, hacia la Luz esplendorosa donde la Palabra brilla con propio fulgor junto al Padre y al Espíritu Santo, resucitada corporal y gloriosamente para siempre, primicia de lo que seremos nosotros?

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • Un "Vía Crucis" bíblico.No dejes de leer y med

    El Vía Crucis Bíblico..

    El diario pontificio L´Osservatore Romano publicó hace tiempo la nueva ordenación de las catorce estaciones del piadoso ejercicio del Vía Crucis, tan aconsejable en el Tiempo de Cuaresma y los viernes en general, que es día penitencial para la Iglesia.

    Quien lo estrenó fue el Papa Juan Pablo II en el Coliseo de Roma.

    La característica de este nuevo Vía Crucis es su referencia bíblica, ya que de las catorce estaciones hablan los Evangelistas.

    Estas referencias enriquecen el ejercicio del “Camino de la Cruz”, y las hacen más útiles al pueblo cristiano que quiere meditar los pasos de Jesús desde Getsemaní hasta el sepulcro.

    Se han suprimido, aunque quedan para la devoción de los fieles por su raigambre en la secular tradición popular, las tres caídas, el encuentro de Jesús con su Madre y con la Verónica. No porque nada de esto haya ocurrido, sino para darle un fundamento evangélico y bíblico, ya que los Evangelios no pueden llegar a contener todo lo que Jesús hizo y dijo (Jn 20, 30-32.21, 25).

    En cambio se recuerdan la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní, la traición de Judas, la condena del Sanedrín, las negaciones de Pedro, María y Juan al pie de la Cruz, entre otras.

    Así el ejercicio del “Vía Crucis” adquiere también el valor de un mayor contacto con las fuentes de la Revelación en la Sagrada Escritura.

    Quedaría ordenado en las siguientes estaciones con su correspondiente cita y meditación bíblica:
    1) Jesús en el Huerto de los Olivos (Mt 26, 36-46).
    2) Jesús es detenido traicionado por Judas (Mt 26, 47-50).
    3) Jesús es condenado por el Sanedrín (tribunal religioso judío) (Mt 26, 57-59). 4) Jesús es negado por Pedro (Mt 26, 69-75).
    5) Jesús es juzgado por Poncio Pilato (Mt 27, 24-26).
    6) Jesús es azotado y coronado de espinas (Mt 27, 27-31).
    7) Jesús es cargado con la Cruz (Mt 27, 24-26.31).
    8) Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la Cruz (Mt 27, 32)
    9) Jesús se encuentra con las mujeres de la ciudad de Jerusalén (Lc 23, 27-32)
    10) Jesús es crucificado (Mt 27, 33-35)
    11) Jesús promete su Reino al Buen Ladrón (Lc 23, 39-42)
    12) Jesús en la Cruz, la Madre y el discípulo amado (Jn 19, 25-27)
    13) Jesús muere en la Cruz (Mt 27, 48-50)
    14) Jesús es colocado en el Sepulcro (Mt 27, 60)

    Hemos colocado solamente una cita bíblica de cada “Estación”, pero se pueden buscar las paralelas correspondientes en los Evangelios.

    Esto provoca también un acercamiento ecuménico para la meditación común del Camino de la Cruz para los creyentes cristianos, tanto católicos, como evangélicos y ortodoxos.

    Y como el seguimiento de Jesús no culmina en el viernes santo, sino en el amanecer de la Pascua, el Vía Crucis no es el fin de la vida de Jesús ni de la vida del cristiano.

    En el amanecer pascual contemplaremos el Vía Lucis, el Camino de la Luz, las escenas de Jesús Resucitado, quien corporalmente resurge de la muerte con su cuerpo inmortalizado y repleto de claridad, tal como sucederá con los nuestros en su Segunda Venida Gloriosa.

    El Camino de la Luz es aconsejable para meditar durante los 50 días del tiempo de la Pascua, en los días Domingo, en que resucita el Señor, y siempre que uno encuentre gusto y consuelo en hacerlo. Lo veremos más adelante.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • Preparando la Pascua.

    Preparando la Pascua.

    La Fiesta más grande de la cristiandad es la Pascua, en la que Jesús resucita corporalmente de entre los muertos, como primicia de que también nosotros resucitaremos corporalmente como Él en el Juicio Final, en su Segunda Venida Gloriosa.

    Ésta, la Pascua cristiana, va precedida por un Tiempo de preparación, llamado Cuaresma, pues consta de cuarenta días que comienzan con el miércoles de Ceniza y terminan con el Triduo Pascual.

    El Papa Benedicto XVI en uno de sus mensajes de preparación, centrando la reflexión en el texto de Jn 19,37, en el que se nos invita a “mirar al que traspasaron”, es decir, a Jesús en la Cruz, atravesado su corazón por la lanza del soldado romano. Con la mirada contemplativa de María y de Juan que estaban acompañando al Señor al pie de la Cruz.

    De este Corazón traspasado brota el Amor de Dios, tratado en la Carta “Deus Caritas est” como agapé y eros: El agapé es el amor generoso y oblativo que busca exclusivamente el bien del otro. El eros anhela lo que le falta del otro, y busca la unión con aquel que ama. Ambos forman parte del Corazón de Dios, que nos quiere con pasión, a pesar de darnos todo y no necesitar nada de nosotros (Os 3,1-3; Ez 16,1-22)

    El hombre se ha cerrado muchas veces a este amor, pero Dios no se dio por vencido, y con toda su fuerza manifestó su amor redentor.

    Esta fuerza irrefrenable del amor misericordioso del Padre Celestial se manifiesta en la Cruz de su Hijo Jesús, quien muere amorosamente por su creatura perdida. Muerte libre y divina en la que manifiesta también su amor de “eros”, buscándonos para unirnos a Él, aún sin necesitarlo.

    Jesús traspasado en la Cruz es la revelación más impresionante del amor de Dios, en el que el eros y el agapé se iluminan y complementan mutuamente, sin contraponerse. Jesús es “mendigo” de nuestro amor, y “tiene sed” del amor de cada uno de nosotros.
    El Apóstol Tomás creyó en Jesús Resucitado como Señor y Dios cuando colocó su mano en ese costado traspasado y glorioso ya de Jesús.

    Eros y agapé se unen en Jesús: Búsqueda apasionada de nuestro amor y donación total de sí mismo hasta el extremo de morir por amor.

    Jesús desea que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Luego hay que corresponder y comunicarlo también a los demás, ya sea en su forma de eros apasionado que busca lo que le falta y su complementariedad, o de agapé oblativo y generosamente desinteresado.

    Del costado de Jesús traspasado brotó sangre y agua (Jn 19,34). Siempre se han considerado estos dos elementos como signos del Bautismo y de la Eucaristía. Por el uno nace la Iglesia, y por el otro se alimenta. Al hablar de la Iglesia hablamos de los cristianos.

    El Bautismo nos otorga el Amor pleno de Dios. Esta preparación para la Pascua nos invita a renovar nuestro Bautismo para abrirnos con confianza al abrazo misericordioso del Padre.

    La Sangre de Jesús se nos da en la Eucaristía como símbolo de su amor pleno y oblativo, repleto de entrega generosa.

    Esta preparación para la Pascua tiene que ser un tiempo en que aceptemos el Amor pleno de Jesús, y lo difundamos a nuestro alrededor, con o sin palabras, con nuestros gestos, incluso a través de nuestros poros.

    Mirar a Jesús, “al que traspasaron”, nos llevará a abrir el corazón a los demás, principalmente a aquellos que son heridos en su dignidad humana; nos llevará a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y explotación de los demás, y a aliviar los dramas de la soledad y el abandono de muchos, asistiendo al que sufre y al necesitado.

    Es la manera de participar plenamente de la alegría de la vida Pascual, llena de Resurrección y de Gloria.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    (Pontificia Universidad Católica)

  • ¿Por qué crucifican a Jesús?

    ¿ Por qué crucifican a Jesús?

    El Proceso de Jesús (CEC 596)

    Antes de abordar el tema, y para sumergirnos en él, debemos recordarnos que el territorio de los judíos estaba dominado en tiempos de Jesús por los romanos, por lo que, si bien los judíos podían ejercer su religión, no tenían ciertos derechos, como el de condenar y ajusticiar a alguien (Jn 18,31).

    El juicio y la sentencia corrían por parte de los romanos, expertos en leyes además, aunque se escuchaba el alegato de los que acudían a ellos para solicitar sentencia.

    Los judíos deciden la muerte de Jesús por envidia (así lo atestigua Herodes, el procurador romano, en Mt 27,18, donde asevera el evangelista que Pilato sabía bien el motivo de la entrega).

    Pero debían presentar una acusación que tuviera cierto peso jurídico y legal, para llevar a cabo sus planes de exterminio del Nazareno.

    Por eso se ejecutan dos juicios: Uno religioso, ante el tribunal judío, y otro civil, ante el tribunal romano.

    Ante el tribunal judío, basta la acusación de blasfemia (Mt 26,66): Siendo un hombre, Jesús se hace pasar por Dios, ya que manifiesta un poder de perdonar los pecados, cosa que solo es atribuible a Dios.

    El razonamiento es sensato. Jesús cura y manifiesta explícitamente que lo hace como un signo de que tiene el poder de perdonar los pecados. Es más, al curado, le dice que sus pecados les son perdonados (Lc 5,20-24; 7,48-50).

    Ahí estaría la blasfemia. Presentada así es verdad. Un hombre no puede perdonar los pecados. Es prerrogativa solamente de Dios: Y en cualquier religión, sea ésta judía, cristiana, musulmana o hindú. Uno puede predisponerse, pero solo perdona Dios.

    La salvedad es que para el cristianismo posterior a la Resurrección, este hombre de Nazareth resulta ser el mismo Dios, el mismo Yahvé, el Yo Soy del Antiguo Testamento (Ex 3,14; Jn 8,24).

    Pero una acusación de blasfemia, no era de peso ante un tribunal romano. Delitos religiosos no eran condenados con severidad.

    Entonces cambian el motivo de la condena: Jesús quiere hacerse rey, es un revolucionario político (Lc 23,2). Y ellos, que odiaban al César y a su Imperio, manifiestan que el César es su único rey (Jn 19,15c). Extraña conducta del hombre que traiciona, no solo a los demás, sino sus propios principios e ideales.

    Viendo Pilato que la cosa iba de mal en peor, y que el pueblo amenazaba con acusarlo de complicidad con el supuesto revolucionarlo, al no condenarlo por querer usurpar el lugar que corresponde solo al César, y viendo peligrar su puesto (Jn 19,12), decide entregarlo para ser crucificado (Jn 19,16).

    Pilato, actuando en contra de su conciencia en el proceso contra Jesús, decide colocar una inscripción encima de la cruz: INRI, que en latín quiere decir: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Ésta atrae la atención de éstos, que quieren impedirlo (Jn 19,21), a lo que el gobernante proclama que “lo escrito, escrito está”, reafirmando la realidad no solo de la sentencia, sino de la condición real de Jesús (Jn 19,22).

    Además, como a Jerusalén acudían peregrinos religiosos de toda lengua y nación, hizo colocar además del hebreo, también la inscripción en griego y en latín, de modo que todo el que pasaba podía contemplarla (Jn 19,20:).

    Jesús muere con el cargo de blasfemo para los judíos (siendo un hombre común se hacía pasar por Dios), y con el cargo de revolucionario político ante las autoridades romanas:

    Sin embargo, el motivo inscripto en su condena, es que es el Rey:
    ¿Lo es en nuestras vidas?
    ¿Le damos lugar en el trono de nuestro corazón?
    Sin duda las cosas nos irían mejor, personal y comunitariamente, si así lo hiciéramos.

    Los idiomas bíblicos.

    Estos idiomas originarios (hebreo, latín y griego), que señalan la condena de Jesús en el patíbulo, son los que cimientan la base de la realeza mesiánica de Jesús todo el cristianismo.

    En efecto, el cristianismo nace bajo el imperio romano, en el que todavía se hablaba la lengua griega de Alejandro Magno, el gran guerrero helénico. El griego popular era la “koiné”, lenguaje utilizado en el Nuevo Testamento y en la traducción bíblica del Antiguo Testamento al griego en el siglo II a.C., la versión llamada Alejandrina o canon (lista de libros bíblicos) largo de 46 libros. 7 libros del Antiguo Testamento escritos directamente en griego son aceptados como inspirados por los católicos, con el nombre de deuterocanónicos (“nuevos” en el canon).

    Por supuesto que el hebreo es cuna también del cristianismo, donde se gestan la mayoría de los libros del Antiguo Testamento aceptados por el canon católico, el llamado canon corto de Palestina, de 39 libros.,

    Y poco a poco el griego es reemplazado en el Imperio por el latín, culto en las cortes, vulgar entre el pueblo.
    En el siglo IV el Papa Dámaso pide a San Jerónimo, el más grande biblista de todos los tiempos, y el más grande hebraísta de su época, que traduzca los libros originales del hebreo al latín.
    Así lo hace él, completando luego la traducción latina también de los libros griegos. Así aparece el tercer canon típico de la Biblia, el traducido al latín vulgar, llamado “Vulgata”.
    39 libros hebreos del Antiguo Testamento, 7 libros griegos del Antiguo Testamento, y 27 libros del Nuevos Testamento. Un total de 73 libros para la Biblia católica.

    Estos tres idiomas originarios en el cristianismo, que sentenciaron con la realeza la condena de Jesús, aparecen también reinando en la Palabra de Dios encarnada en las Sagradas Escrituras.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor Universitario y Bachiller en Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • ¿Quién es Jesús?

    ¿Quién es Jesús?
    (Mt. 16, 13-15; Mc. 8, 27-29; Lc. 9, 18-20)

    Seguiremos a Marcos:

    Es la pregunta que Jesús hace a sus discípulos al llegar a Cesarea de Filipo, allí donde nace el río Jordán.

    El Señor va a comenzar su “subida” a Jerusalén, y quiere ver qué tal le ha ido con su predicación y milagros, qué resultados ha obtenido, tanto en sus discípulos como en las demás personas.

    Es una pregunta sobre su “identidad”.

    Podríamos decir que pregunta sobre la “esencia” de su persona, qué se ha entendido de Él.

    Cuando se habla de qué han entendido los demás, se lo hace en tercera persona: “Dicen...”. Pero al grupo de los discípulos la pregunta va en segunda persona: “ustedes, qué dicen...?”

    Hay un movimiento del amor en la develación de la identidad, en llamar al otro por el nombre.

    Implica conocerlo.

    Y es recíproco: Y así se da, de Pedro a Jesús y, correspondiéndole, de Jesús a Pedro.

    Uno en esto se expone: “-¿Qué dicen los demás de mí?”. Implica abajamiento y riesgo. Juegan mucho las apariencias.

    En la segunda persona, es más realista, implica un compromiso personal y una involucración con el otro, sujeta a replanteos y explicaciones.

    Este episodio tiene un origen inmediato en el capítulo 6 (14-16).

    Luego de una serie ininterrumpida de milagros de Jesús que dejan a todos pasmados, hasta al mismo rey Herodes, quién se preguntaba por Jesús, pensando que era Juan el Bautista, al que había mandado decapitar, resucitado y operando en él poderes milagrosos. Otros decían que era Elías o algún profeta.

    Seguidamente Jesús hace más milagros, pero es significativo para nuestro tema la curación de un sordomudo (7, 31ss.) y de un ciego (8. 22ss.).

    Cura a alguien que no escucha y que no puede hablar, y luego a otro que no puede ver.

    Enseguida hace la pregunta a sus discípulos: “-¿Quién dice la gente que soy Yo?”. “-Y ustedes, quién dicen que soy Yo?”.

    Como para ver, después de tantos milagros y curaciones, si ellos ahora también pueden ver y oír, y proclamar lo que sus ojos ven y sus oídos oyen.

    Los de “afuera”, los otros, para los discípulos, creen ver en Jesús a Juan el Bautista, Elías o un profeta, tal como había ya aparecido en el episodio de Herodes.

    Son personajes positivos, pero del pasado.

    Nadie se imagina en Jesús a Dios, que “viene del futuro”.

    Podríamos agregar otras cosas, generalmente positivas, que dicen muchos sobre Jesús:

    El fundador del comunismo.

    Un guerrillero ejecutado.

    Un filántropo, predicador de la paz y del amor.

    El súper-star (la súper-estrella).

    Un maestro (rabí judío), un profeta.

    Un gran hombre.

    Un entretenimiento histórico, hacedor de prodigios (Herodes: Lc. 23, 8-12).

    Un entretenimiento científico: si existió o no existió, si murió en la India, si se casó y tuvo hijos, si se puede comprobar tal o cual cosa, aunque la respuesta sea positiva... –el canal “Infinito”-).

    Un multiplicador de comida, de pan, de prosperidad. Un Jesús ecónomo.

    Alguien que arregla los problemas de pareja: Jesús psicólogo o sexólogo.

    Un personaje que ejerce el curanderismo, aún ahora.

    Pedro hace una confesión de fe adecuada acerca de la identidad de Jesús, pero no completa.

    Jesús a su vez profesa su amor a Pedro devolviéndole el reconocimiento.

    Para Pedro es el Mesías (el Cristo), el Ungido de Dios, el Hijo de Dios.

    Jesús es Uno de la Trinidad. Manifiesta también la pluralidad de Personas en Dios.

    Y Jesús, en el Evangelio de Mateo, le devuelve el piropo, y le dice a Pedro quién es él y su misión en la vida.

    Le da las llaves del Reino, lo que implica dominio de las situaciones y de la vida.

    Ubicación en ella.

    Conocimiento del Plan de Dios sobre la vida personal, y sobre la misión que tiene para cada uno. Orden de prioridades y de afectos.

    Plan de vida para entrar en el Reino. Seguimiento de Jesús incondicional para abrir las puertas del Cielo.

    Pero inmediatamente Jesús anuncia el camino de la pasión para su glorificación, y Pedro rechaza el Plan de Dios.

    ¿Se quedó en el plano de las ideas, y no lo bajó a las obras?

    Hay que reconocer la divinidad de Jesús, pero también su plan y su forma de vivir.

    No hay gloria, resurrección, vida abundante, sin cruz y sufrimiento entregado y por amor.

    Son como las dos caras de una misma moneda:
    De un lado está la cruz, del otro la Resurrección y la Vida en abundancia.
    Aquí se dan mezclados, no podemos, aunque queramos, dejar de sufrir.
    En la eternidad sólo se dará una moneda de dos caras: La de la resurrección y la gloria.

    Podemos decir que Jesús es el rey de mi vida y de mi corazón, mi amigo, mi Señor y Salvador.

    ¿Pero llevo la vida que a Él le gusta?

    ¿Le soy agradable?

    ¿Encuentro en Él, como Dios, la fuente de mi felicidad?

    ¿Experimento la Vida en abundancia que me vino a traer?

    ¿Soy testigo de lo que digo creer sobre la identidad de Jesús, tanto con mis palabras como con mis obras?

    Terminamos con lo que Jesús dice de Sí mismo:
    “-Yo Soy el Mesías” (Jn. 4, 25-26).

    “-Yo Soy el Pan de vida” (Jn. 6, 35, 41. 48, 51)

    “-Yo Soy la Luz del mundo” (Jn. 8. 12; 9, 5)

    “-Yo Soy la Puerta” (Jn. 10, 7.9).

    “-Yo Soy el Buen Pastor” (Jn. 10, 11. 14-15)

    “-Yo Soy la Resurrección y la Vida” (Jn. 11, 25)

    “-Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6)

    “-Yo Soy la Vida verdadera” (Jn. 15, 1. 5)

    “-Yo Soy Jesús” (Hch. 9, 5)

    “-Yo Soy el Alfa y la Omega” (Ap. 22, 13)

    “-Yo Soy” (Jn. 6, 20; 8, 24. 28; 13, 19; 18, 5-6.8)

    Es el mismo Nombre de Dios que YHWH le revela a Moisés, cuando éste le pregunta su Nombre en Ex. 3. 14.

    Jesús tenía plena conciencia de su identidad divina.

    Gustavo Daniel D´Apice - Teólogo
    (Pontificia Universidad Católica Argentina)
    http: www.es.catholic.net/gustavodaniel

  • La Película "La Pasión". Comentario a una hist

    LA PELÍCULA DE “LA PASIÓN”.

    Es evidente que no se puede hacer una "historia" de Jesús de Nazareth.

    Si bien los Evangelios y la misma Resurrección se enraízan en la historia, ambos van más allá de ella. Los primeros, como su nombre lo indican, son Anuncios, Buenas Noticias ("evangelium" en griego); La Resurrección se escapa de la historia y la trasciende, penetrando ya en el "octavo día", el de la eternidad.

    Por lo que mucho dependerá la recreación cinematográfica o literaria de la sensibilidad del autor, su sicología, su experiencia y grado de elevación religiosa, nivel de perfección del mismo, estudio de las circunstancias históricas que rodearon a Jesús de Nazareth, etc.

    Sin duda que alguna recreación literaria o cinematográfica ayuda a comprender o iluminar o esclarecer algún o algunos misterios de Jesús.

    Con referencia al aspecto teológico, está muy bien logrado, por ejemplo, el hecho del cumplimiento de la profecía bíblica cuando Jesús pisa la cabeza de la serpiente, según lo anuncia el protoevangelio (primera “buena noticia” bíblica de salvación) de Génesis 3, 15, sobre la descendencia de la mujer, que vencería al demonio tentador, luego del pecado original de nuestros primeros padres (Génesis 3, 1-8).

    O lo bien que superpone la entrega en la Cruz al sacramento de la eucaristía, con el Cuerpo entregado y la Sangre derramada, anticipado en la Última Cena (I Co. 11, 23-25): "-Acabada la figura, comenzó lo figurado", reza un himno litúrgico cristiano, y lo que en la Cena se realiza incruentamente (sin derramamiento de sangre), en la Cruz se cumple cruentamente (con derramamiento de sangre).
    El autor habrá estudiado la época y los personajes..., y desde allí compone de acuerdo con su subjetividad personal.

    Es importante también ver como al matar a Jesús, el Diablo muerde su propio veneno (apareciendo desesperado desde un abismo su grito), algo que es bíblico también (matando a Jesús bebe su propio veneno de condenación), y cómo el demonio y los agentes del mal acompañan el proceso de la pasión y crucifixión del Señor.

    De todas maneras, nunca podremos llegar a que fue de tal o cual manera de forma exacta, aunque se corresponderían las llagas y cicatrices con los signos de la resurrección en la sábana que cubría su cuerpo.

    Recordemos que la sábana santa (Jn. 20, 6-7) muestra las huellas de la resurrección de Jesús, que “atravesó” las mismas (por eso se desinflan), imprimiendo en ellas, por la luz de su glorificación, como un negativo fotográfico, que al ser revelado, muestra su cuerpo y rostro ya gloriosos, aunque con las cicatrices de la pasión, a modo de trofeo y prueba de amor por los hombre que salvó.

    Las siete palabras desde la cruz, haciendo una síntesis de los cuatro evangelios, muestran la grandeza divina y humana del Salvador.

    Y, si bien los dirigentes judíos de la época fueron los responsables de la “tragedia” de Jesús como acontecimiento histórico (“el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado”, dice Jesús a Pilatos -Jn. 19, 11b-), de ninguna manera puede adjudicarse la misma a los judíos de nuestro tiempo (Catecismo Iglesia Católica, Nº 597).

    Por último, el libro de las revelaciones de la pasión de Catalina Emerich, mencionado en la elaboración de la película de Gibson, no pertenece a la revelación pública de la Iglesia. Son revelaciones privadas, que pueden ayudar a vivir mejor, a determinadas personas y en determinada época, el misterio de la salvación que comunican las Sagradas Escrituras (Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 67). Nunca pretenden corregir o mejorar la Revelación definitiva de Cristo, y no pertenecen al depósito de la fe.

    De aquí que el fruto objetivo (externo) de la obra cinematográfica en cada persona, dependa de la riqueza subjetiva (interior) que cada uno pueda aportarle.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología

  • La Difunta Correa y las almas del Purgatorio.

    Siempre el ser humano ha tenido necesidad de apoyarse en algo que esté más allá de las cosas, más allá de lo sensible, material y palpable, que le brinde seguridad y protección, principalmente en los momentos difíciles de su vida.

    Esto se ve principalmente en las culturas más pobres, carecientes y sencillas.

    Además de la adoración a Jesús, y la veneración brindada a la Virgen, a San José y a los santos y ángeles, la devoción popular venera almas no inscriptas en el catálogo de los santos (no “canonizadas”).

    Esto pertenece a la devoción a las almas del Purgatorio, las benditas “ánimas”, que por alguna característica o virtud especial, atrae también sus miradas (defensa de la justicia, de la vida, solidaridad, fidelidad, amor).

    Sobre la devoción a las benditas ánimas del Purgatorio, se pueden consultar en el Catecismo de la Iglesia Católica, los números 954, 958 y 962.

    Con respecto a la devoción popular o religiosidad popular, se pueden consultar los números 1674, 1676 y 1679 del mismo Catecismo.

    En el Compendio del Catecismo está en los números 195 y 353 respectivamente.

    En el Nº 958 dice que nuestra oración por ellos hace más eficaz su intercesión por nosotros.

    En el caso de la Difunta, nuestra oración por ella y por su alma, hace más eficaz y fecunda su intercesión por nosotros, pudiendo obtenernos de Dios multitud de gracias.

    Éstas expresiones de fe popular hacia las almas del purgatorio alterarían la fe de la Iglesia cuando se les brindara un culto desmedido y público, por lo que la devoción y culto a ellos debe ser siempre privado, y así lo es para la Institución Eclesial.

    A los santos y a las benditas almas se les rinde un culto de veneración, ya que el de adoración sólo es referido a Dios, a Jesús, pero sin que entre en esto la superstición ni la magia, como el querer “manejarlos” para lograr nuestros objetivos.

    Ellos, a nuestro pedido, interceden libremente ante Dios, principalmente para que se haga “Su Voluntad” (Cat. 2822-2827 y 2860), que es lo que más nos favorece a nosotros. Esta Voluntad no siempre coincide con lo que nosotros pretendemos.

    Sobre la superstición y la magia se pueden consultar en el Catecismo los números 2111, 2113, 2116 (la evocación de los muertos es el espiritismo, distinto de la devoción a las ánimas), 2117 y 2138.

    Una creencia errónea muy extendida en este tipo de culto popular, es que el alma es “cobradora”: Si no se le cumple la promesa de alguna forma se lo “cobrará” (¿se vengará:).
    Los santos son toda bondad y nunca causarían ningún mal a quienes acuden a ellos, por más que no lo hagan con la mayor pureza de intención.

    Además, la promesa no asegura el cumplimiento del pedido, siempre sujeto a que se cumpla la Voluntad de Dios (“Su Voluntad”).

    Se introduce la causa por su fama de santidad (es “siervo de Dios”). Al reconocerse sus virtudes cristianas heroicas, en grado sumo su justicia, religiosidad, oración, laboriosidad, etc., pasa a ser “venerable”, pero aún no se le rinde culto público.

    Este culto público comienza en los lugares autorizados luego de que el “venerable” realiza por su intercesión ante Dios (Dios es el que “realiza”), algún milagro no explicable naturalmente, principalmente alguna curación debidamente documentada y comprobada. El culto entonces es autorizado pero no aún universalmente ni se celebra públicamente en todos los lugares, sino donde tuvo mayor influencia. Y el Siervo de Dios pasa a ser “beato”.

    Cuando Dios, a través de la intercesión del beato realiza un nuevo milagro, confirma que está junto a Él en el cielo, y es canonizado, declarado santo, y su culto se extiende públicamente a todas las regiones de la tierra donde está la Iglesia.

    El santo ha vivido en grado heroico las virtudes cristianas.
    Muchos de los devotos de las santa ánimas son católicos, y rezan ante ellos las tradicionales oraciones aprendidas.

    Frente al Santuario de la Difunta Correa en San Juan, se ha erigido un Templo bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, precisamente la patrona de las benditas almas del purgatorio, a fin de encauzar, evangelizar y catequizar esa devoción popular.

    Esta es una forma de buscar a Dios y lo sobrenatural, y muchas veces se combinan y entrecruzan con la formas públicas de oración de la Iglesia y con la devoción a santos ya reconocidos y venerados en ella.

    Muchos de estos fieles frecuentan también los sacramentos y llevan una vida piadosa y santa.

    Si bien la Difunta Correa es muy querida, no solamente en San Juan, el Templo erigido frente a su “Santuario”, ya lo explicamos anteriormente, trata de encauzar y catequizar esta devoción.
    Se valoran en ella la fidelidad a su esposo, el amor a la familia (esposo e hijo), y el haber amamantado a su hijo ya muerta de sed en el desierto al ir tras su esposo para no exponer su fidelidad conyugal ante quien la asediaba en su pueblo y que trasladó a su esposo a fin de poseerla (ver biografías de la Difunta Correa, y consultar en la Biblioteca del Arzobispado de San Juan de Cuyo sobre el “Santuario” y la edificación del Templo de Nuestra Señora del Carmen enfrente).

    Lamentablemente no se encuentra documentación fehaciente sobre ella, su bautismo, etc., como para corroborar un proceso serio de canonización.

    La devoción popular siempre es tenida en cuenta por la Iglesia (Catecismo Nros. 1674 al 1676), y es punto de partida muchas veces para mejor formar fieles y mejores cristianos.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • Los Magos de Oriente.

    SIGNOS POPULARES NAVIDEÑOS. EPIFANÍA.

    Significado de la Fiesta. Los Reyes Magos: ¿Eran Reyes? ¿Eran tres? La Estrella. La Rosca de Reyes.

    La Epifanía.

    Epifanía quiere decir manifestación. En este caso manifestación de Dios. Ya en el Antiguo Testamento se habla de manifestaciones de Dios, es decir, de epifanías. Sin duda que la más grande fue a Moisés en el Monte Sinaí, entre rayos, truenos y relámpagos (Ex. 19, 6 ss.). Pero no menos importante fue la acaecida a Elías, en el suave murmullo del viento (I Re 19, 12b-13).

    En el Nuevo Testamento o Alianza hay una teofanía singular en la Transfiguración de Jesús en el Monte (Mt. 17, 1-5), cuando sus vestidos resplandecían de luz y su rostro brillaba como el sol. Sin duda significaba el nuevo y definitivo Moisés que, haciendo Alianza con Dios, nos conduce a la verdadera Tierra de la libertad, a la Resurrección y la Vida.
    Testigos de esta Transfiguración fueron Pedro, Santiago y Juan, por el Nuevo Testamento, y por el Antiguo Testamento Moisés (la Ley) y Elías (los Profetas) que se aparecieron con Jesús (¿resucitados:).

    ¿Qué es, entonces, esta Fiesta de la Epifanía que se celebra el 6 de enero, en pleno tiempo de Navidad y antes de él concluir?

    Popularmente quedó como la Fiesta de los Reyes Magos, como una manifestación de Jesús a pueblo que no lo conocían ni habían sentido hablar de Él.

    Pero vayamos por partes.

    Qué se celebra en la Epifanía.

    Si bien ha tomado preponderancia popular lo que señalábamos antes, en este día se celebran tres acontecimientos o manifestaciones de Jesús, que están hermosamente señaladas en las
    antífonas de los Cánticos Evangélicos de Laudes (oración de la mañana) y Vísperas (oración de la tarde).

    1. La manifestación a sus discípulos.

    El primero de ellos es la manifestación de Jesús al círculo íntimo de sus discípulos.
    Fue en las Bodas de Caná, cuando fue invitado con su Madre y discípulos, y ante el pedido de aquella, cambia el agua en el mejor vino (ya que estaba faltando), la Antigua Alianza por la Nueva, y la Escritura dice que entonces sus discípulos creyeron en Él” (Jn. 2, 11).

    De una simple relación de amistad o de maestro a discípulos, éstos pasan a ver en Jesús algo más, manifestado en el signo que acaba de realizar.

    2. La manifestación al Pueblo de Israel.

    El segundo acontecimiento que se celebra en este día es la manifestación de Jesús al Pueblo de Israel en su Bautismo.

    Si vamos al texto de Mateo 3, 16-17, contemplamos que cuando Jesús es bautizado por Juan (solidarizándose con la raza humana y santificando con su descenso a las aguas todo el universo), varios signos lo acompañan.

    Desde el cielo desciende una paloma, signo del Pueblo de Israel, corporalización del Espíritu Santo (Mt. 3, 16c) que lo unge para la misión de la vida pública.

    También una paloma soltó Noé en el final del Diluvio para ver si las aguas habían bajado (Génesis 8, 8-12), hasta que se posó en Tierra Firme para no regresar.

    Ahora regresa sobre la Nueva Tierra del Cuerpo limpio del Señor, libre de las aguas borrascosas de la inestabilidad.

    Los cielos cerrados a nuestros primeros padres (Génesis 4, 23-24) se abren (Mt. 3, 16:), y la voz del Padre (Mt. 3, 17) da testimonio de que Jesús de Nazareth es su Hijo muy amado, igual a Él, a Quien debemos escuchar para ser hijos en el Hijo, para que siguiendo el proceso inverso, por nuestro Bautismo (sumergirnos en Cristo) recibamos el Espíritu Santo que nos hace hijos amados del Padre Celestial.

    Es de notar, a manera de ilustración, como el Padre profesa su amor a su Hijo, signo de que toda paternidad debe manifestar su amor explícitamente a los hijos que engendra para la vida, y decírselo.

    3. La manifestación a todos los hombres.

    Los Magos venidos de orientes significa la más amplia manifestación de Jesús.
    No ya a sus discípulos, ni al Pueblo de Israel, sino a lo que no tenían la fe del Pueblo elegido ni esperaban al Mesías Prometido.

    Está hermosamente detallado en el Evangelio de Mateo (2, 1-12), recibido posiblemente por el evangelista de la familia de José, ya que es en Mateo donde las comunicaciones del Ángel del Señor se hacen a José, mientras que en Lucas se hacen a la Virgen (posiblemente entrevistada por el médico griego).

    Vayamos ahora directamente a la cuestión de los Magos de Oriente, tratando de responder si eran Reyes, cuántos eran, qué significación tienen las ofrendas, dones o regalos que entregaron a Jesús y la cuestión de la estrella. Finalmente, el fruto del encuentro con Jesús.

    a. ¿Eran Reyes?

    La Escritura nada dice al respecto. En el v. 1 del cap. 2 de Mateo sólo se habla de unos Magos de Oriente.

    Pareciera que a los primeros teólogos no les cerraba esta cuestión de unos “magos” que visiten al Mesías, ya que el término podía parecer emparentado con el oscurantismo, la magia, la brujería o la hechicería.

    Además, en los dones que le traían a Jesús, vieron cumplido el Salmo 71, o 72, según sea la tomado del hebreo o del griego, mesiánico, en que dice que los “reyes de Tarsis y de las islas, los de Arabia y de Sebá, le traerán regalos”, y “que se postren ante él todos los reyes” (vv. 10-11).

    En realidad, serían sacerdotes persas, astrólogos, que habían visto una constelación que ya pasaremos a explicar.

    Buscaban a Dios en el sagrario de su conciencia, y allí se encontraron con la Verdad que cambió el rumbo de sus vidas (Mt. 2, 12:).

    :) ¿Cuántos eran?.

    Nada dice la Escritura acerca del número.

    Como tres eran los obsequios, pronto se identificó un rey mago por regalo, y así se introdujo el número de tres, aunque a veces se han hablado de cuatro y hasta de dos.

    Y para hacerlo “más redondito”, se colocó uno por cada continente conocido: el blanco europeo, el amarillo achinado asiático y el negro africano.

    c) El significado de los dones.

    El oro era propio de los reyes, por eso se lo ofrecen a Jesús, Rey de Reyes y Señor de Señores. Rey de la vida y del corazón, de la historia y del universo. Del tiempo presente y del tiempo final. El que es, el que era y el que va a venir.

    El incienso es propio de la divinidad. A ella se ofrece su aroma.

    La mirra es propia de la condición mortal. Con ella se ungen los cuerpos para la sepultura, y era un signo de la pasión redentora que nos salvaría por Jesús.

    e) La estrella.

    Según estudios del renombrado astrofísico Kepler, corroborado luego por muchos más y por los padres jesuitas, que se dedican con pasión muchos de ellos a la ciencia astrológica, alrededor del año 7-6 antes de Cristo, fecha en que según los historiadores se coloca su nacimiento, se produjo una conjunción de Saturno y Júpiter en la constelación de Piscis.

    Esta conjunción se repetiría varias veces luego en el transcurso de nuestra era. Hace aparecer una estrella brillantísima que, yendo de Jerusalén a Belén, pareciera que se moviera (cfr. v. 9b.c de Mt. 2)

    Según el significado antiguo de las conjunciones de planetas y constelación, quería decir lo siguiente, y por eso los Magos se ponen en camino hacia Palestina, a pesar de la distancia (2 años hacía que habían visto aparecer el fenómeno, según los datos proporcionados a Herodes ):

    Saturno era la estrella que guiaba al pueblo que estaba en Palestina.

    Júpiter indicaba un gran Rey que habría de nacer.

    Y la constelación de Piscis significaba la estrella del Final de los Tiempos.

    Por lo tanto quedaría así: “El Gran Rey del Final de los Tiempos iba a nacer en Palestina”.

    Y acuden a adorarlo, ya que una lumbre mayor esclarecía sus mentes y corazones.

    f) El cambio de rumbo.

    Un apartado simple y final para la epopeya de los magos.

    Habiendo encontrado a Jesús, no siguen ya sus camino, sino que cambian de rumbo para seguirlo a Él.

    Nadie que se encuentre con Jesús puede seguir por el mismo camino que andaba hasta que lo encontró (Mt. 2, 12:).

    Significado de la Fiesta de Epifanía.

    I. Los buscadores de la luz. Los magos representan a todos aquellos que sin una revelación explícita del Dios judeo-cristiano, sin embargo buscan la luz, la verdad, la vida, la paz, la justicia, el amor, lo bello, el bien, ya sea porque está revelado en sus religiones por las “semillas del Verbo esparcidas en ellas (Concilio Vaticano II), o bien porque son fieles al Dios que les habla en el Sagrario de su conciencia, aún sin creer en Él o sin buscarlo explícitamente; pero sí implícitamente en los valores señalados.

    II. La entrega generosa y alegre. Los magos se llenan de alegría al ver la estrella sobre la Gruta de Belén (Mt. 2, 10), y le entregan con generosidad y desprendimiento sus dones de oro, incienso y mirra (v. 11:).

    III. El cambio de rumbo. Ya mencionado, el encuentro sincero con Jesús produce el retornar desde Él por camino distintos (v. 12:). Recordemos que Jesús es el Camino (Juan 14, 6).

    IV. La estrella. Significa todos aquellos signos que nos llevan hacia Dios, incluso naturales, pero que en última instancia son también mensajes y creación suya. La Sagrada Escritura completa y perfecciona este mensaje (Mt. 2, 4-6), pero hay que saber descubrirlos porque la vida está llena de ellos.

    V. Dejarlo todo. Las dificultades. Los magos dejaron todo para ir hacia lo desconocido ante el mensaje de Dios. Lo mismo hizo en otro tiempo Abraham, el padre de la fe (cfr. Génesis 12, 1-4a). Dejaron sus comodidades, sus palacios, sus familias, su entorno conocido, para ir hacia lo que no sabían. No temieron las dificultades del larguísimo camino ni, al llegar o antes de irse, pasaron por la posada a descansar o se quejaron ante María y José de las seguras callosidades y dolores de los pies. Van y vienen guiados por esa luz interior que no les hace desviarse un ápice de su camino (cfr. Lucas 10, 4: “no se detengan...por el camino”).

    VI. El pesebre y el palacio. Venían a adorar a un Rey. Lo lógico es que estuviera en un Palacio. Jesús es de la descendencia de David, Salomón, etc., cuna de los esplendores de Israel, por parte de su padre virginal, por la que la misma le correspondía (mateo 1, 6.16). Era una casa real venida a menos, pobre. Que para y pare en un establo. Los magos seguramente vendrían de sus palacios de oriente, pero no se escandalizan al ver al Rey en el establo, ya que una Luz mayor los ilumina.

    VII. El ser “estrellas”. No quiere decir esto el ser o creernos los mejores, según lo entiende el mundo vanidoso. Significa el ser estrella para los demás como lo fue la estrella para los magos. Que sepamos conducirlos a donde está Jesús y luego desaparecer sin querer hacer notar el fulgor que tuvimos al conducirlos (cfr. el testimonio de Juan Bautista en Juan 3, 20: “es necesario que Él crezca y que yo disminuya” –y me apague- (n.a.).

    La rosca de reyes.

    Según sabemos, Herodes mandó a matar a todos los niñitos menores de 2 años, según era la fecha en que había aparecido la constelación astronómica (Mt. 2, 16:).

    Jesús se salvó por el mensaje del Ángel a José (Mt. 2, 13), yendo para Egipto como anteriormente lo había hecho su Pueblo.
    (No hay fecundidad apostólica ni vida en abundancia sin antes haber pasado por “Egipto”, signo y realidad del desierto, el sufrimiento, la esclavitud, la marginación, la opresión injusta, manteniendo la fidelidad al Señor que nos llamó).

    Las mujeres hebreas de Belén, para no perder a sus niños, los escondían en tinajas de harina.

    Más adelante, celebraban los judíos la salvación de muchos ese día haciendo y comiendo panes asimos para esa fecha.

    La tradición cristiana, celebrando la liberación de Jesús niño en su huída que dejó desairado al perseguidor, elaboró una rosca de gustosos ingrediente. La forma circular de la misma significa la eternidad de Dios, que no tiene principio ni fin, Quien fue el liberador de Jesús.

    Dentro de esta rosca signo del Dios eterno que salvó a Jesús de la muerte prematura, se colocan uno o dos muñequitos que representan al Niño Dios, inmerso en el Dios eterno.

    Las confituras, pasas, cerezas, nueces, frutas abrillantadas, que tanto nos gustan y la decoran, significan las distracciones banales del mundo, que nos alejan y separan del encuentro con Jesús.

    El que encuentra al Niñito en su interior, es celebrado y se transforma en el centro de la reunión (ganó, diríamos en criollo).

    Tiene esto un profundo significado: Las distracciones y tentaciones del mundo no deben apartarnos del encuentro con Jesús, por muy bonitas y dulces que parezcan ser.

    Y Jesús está inmerso en la eternidad de Dios, por más que se comunica salvadoramente en el tiempo y el espacio de este mundo.

    Gustavo Daniel D´Apice - Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

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    • 4 de diciembre del 2007
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  • Monseñor Claus o Papá Noël.

    SIGNOS POPULARES NAVIDEÑOS

    Santa Claus.

    Es otro personaje semi-folclórico que acompaña nuestros nacimiento o pesebres, generalmente junto al Árbol.

    No es más que San Nicolás, obispo de Mira, Asia; quedó como San Nicolás de Bari cuando los italianos se llevaron sus reliquias para esa ciudad.

    Personaje más que legendario del siglo IV, su nombre fue en alemán Nicolaus.

    Los anglosajones le sacaron la N, la i y la o, y quedó Claus. De allí Santa Claus, que suena mejor que San Claus, así como mejor que San Tomás queda Santo Tomás. Cuestión de pronunciación y fonética.

    Se lo vinculó a la Navidad porque su memoria litúrgica se celebra en pleno tiempo de Adviento, y su nombre de Noel viene del francés, que quiere decir Navidad.

    Las personas llamadas Noelia tienen mucho que ver con este nombre francés. Es el femenino de Navidad, Noel.

    Monseñor Claus fue de familia pudiente, y se cuentan las siguiente anécdotas de su vida, por lo cual muy pronto se lo veneró como santo:

    Según muchos, el primer día que nació, cuando fue bañado, se paró solito en la tina, signo de que la fuerza de Dios ya estaba con él.

    Luego, lactante, rehusaba el pecho materno los miércoles y los viernes, días penitenciales en la iglesia, figura también de la gracia de Dios que actúa aún en los seres que aún no han llegado a la madurez de juicio, y que se comprueba en estudios recientes con bebés bautizados sin uso aún de la razón discursiva, que tienen una especial inclinación y sensibilidad para con los objetos religiosos.

    De joven, se entregaba a la oración, y rehusaba las diversiones mundanas y banales.

    Ya Obispo, se enteró de que un feligrés suyo, apretado por sus deudas económicas, enviaría a un prostíbulo a sus tres hijas vírgenes para salvar su vivienda.

    Durante tres noches seguidas, Monseñor Claus pasó con sus vestiduras episcopales (rojas antes de la Coca Cola), arrojando sendas bolsas con monedas de oro, con lo que el atriubulado padre puso saldar sus deudas, salvar su casa, y obtener una buena dote para dar en casamiento a sus hijas.

    De allí su representación con la bolsa en una de sus manos (con regalos para los pobres, que nunca deben faltar cuando él está), y en la otra la Luz de Cristo, signo del Evangelio que debe anunciar el Pastor de la Diócesis como primer evangelizados y catequista de la misma.

    Se le adjudican además la resurrección de tres niños, y un hecho singular que lo constituye también en patrono de los marineros.

    En cierta ocasión, llegó un barco cargado de víveres a Misa, Asia, diócesis de Monseñor Claus. Su feligresía estaba hambrienta por una carestía general, por lo que el Santo Obispo pidió a los marineros que dejen parte de sus provisiones para alimentar a su grey.

    Así lo hicieron éstos, y al zarpar y llegar luego a destino, siendo revisado el barco por sus dueños, nada faltaba.

    Devolviéndoles el favor, Monseñor Claus se apareció a estos marineros en una tempestad en alta mar, calmándola así como Jesús, el Maestro y Señor, la calmaba en el tempestuoso Mar de Galilea, participando de los poderes de Éste.

    Por eso allí donde está Monseñor Claus con sus regalos, nunca debe faltar la solicitud por el que menos tiene, para darle verdadero sentido a aquello que puede distorsionarse con tanta facilidad por nuestro pecado y egoísmo.

    La esencia de Claus era el compartir, y por eso está entre los signos de la Navidad, compartiendo la Venida de la Palabra enviada por el Padre.

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    Gustavo Daniel D´Apice - Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

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    • 4 de diciembre del 2007
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  • El árbol, los adornos, las luces, el pesebre de Navidad.

    SIGNOS POPULARES NAVIDEÑOS: El árbol, las luces, los regalos, el pesebre o nacimiento.

    El árbol.

    Juan Pablo II ha evangelizado sobre él en sus últimas intervenciones, haciendo referencia al follaje siempre verde del abeto.

    Si buscamos en el diccionario, el abeto pertenece al género de las coníferas, cuyo forraje está siempre verde.

    No buscamos para Navidad un árbol que se seca en invierno o en determinadas épocas del año se pone mustio, sino que tanto el abeto como el pino permanecen siempre verdes, florecidos.

    Esto nos lleva al árbol también siempre verde de la cruz, que por medio de Jesús Resucitado no deja de dar frutos de Vida, y de Vida en Abundancia.

    Las luces.

    Otro signo popular navideño son las luces que adornan nuestro árbol siempre verde de la Cruz.

    Ellas no son más que destellos de la Luz del Cristo Resucitado.

    Así como en la Pascua encendemos el Cirio, y de él toman la Luz los padrinos de los bautizandos, siendo el símbolo de la Luz de Jesús que da sentido e ilumina nuestro camino, así también las luces del Árbol Navideño son destellos de la Luz de Cristo Resucitado que da sentido e ilumina nuestra existencia.

    Los regalos.

    Jesús es el Gran Regalo del Padre.

    El Regalo Prometido, como reza el título de un conocido film, aunque con distinto significado.

    Por eso nos hacemos regalos los unos a los otros. Son pequeños regalos y atenciones que participan del Gran Regalo del Padre.

    Así como el Padre se fijó en nosotros para darnos lo mejor que tenía y lo que más podía satisfacernos, así también nosotros nos fijamos en nuestros hermanos para obsequiarles cosas que puedan disfrutar entregadas con amor.

    Los compramos con dinero de nuestros bolsillos, pero el Gran Regalo del Padre no se puede comprar con nada. Es puro Don del Dios Celestial.

    El pesebre.

    El pesebre fue creación de Francisco de Asís, alrededor del año 1100.

    Pertenece al género de los auto-sacramentales, esas representaciones evangélicas que sirven para instruir en la devoción y en la fe.

    Algunas son con movimiento, vivientes, como los Vía Crucis y Pesebres o Belenes vivientes.

    Otros son estáticos; otras son representaciones en pinturas hechas de distintos modos o en distintos lugares, como los vitrós o los dibujos de los misioneros.

    Se empleaban principalmente para evangelizar a aquellos que no sabían leer ni escribir, o que no entendían el idioma.

    Hoy han quedado incluso para las personas cultas y formadas, que no cesan con ellos de crecer también en la fe y en la devoción.

    De allí que es interesante explicar el significado de cada figura a fin de evangelizar en la familia principalmente que se reúne y entre los fieles en general.

    Por supuesto que la figura excluyente es el Mesías que puso su morada entre nosotros.

    Luego María y José, sus papás virginales que nos acompañan en la contemplación del Enviado del Padre.

    Los Ángeles (Lc. 2, 9), mensajeros de Dios para los miembros del Pueblo Elegido, que conocían la revelación y las promesas, prefigurados en los pastores (Lc. 22, 15).

    También los astros del universo se conmueven y se acercan atraídos instintivamente por el Rey y Señor de todo, y una estrella (Mt. 2, 10), simple instrumento natural, sirve para indicar a los magos de oriente, encargados de escrutar los astros, el nacimiento de un ser excepcional que colmará sus expectativas de salvación.

    A tal punto que, después de adorarlo en la gruta de Belén, y ofrecerle incienso como a Dios, oro como a Rey, y mirra como a hombre mortal que nos salvará con su pasión, cambian sus caminos por el encuentro con el Mesías esperado (Mt. 2, 15 ss.)

    Por último, el burrito y el buey. Responden a la cita de Isaías 1, 3, donde el Profeta dice que el buey conoce a su amo, y el burrito a aquel que le da de comer, pero que el Pueblo de Dios no conoce a su Señor.

    Queda como mensaje que, así como el burrito y el buey, seres sin inteligencia, conocen a sus dueños y a quienes los alimentan, nosotros también conozcamos a Aquél que es nuestro Dios y Señor, nuestro amo que tiene Providencia sobre nosotros.

    Gustavo Daniel D´Apice - Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

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    http://sfn.org.ar/dialogando

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    • 4 de diciembre del 2007
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