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  • La Pascua de Jesús: ¿Cómo es un cuerpo resucitado?

    LAS CUALIDADES DE LOS CUERPOS RESUCITADOS
    ¿Cómo es el Cuerpo Resucitado de Jesús, y cómo serán los nuestros?

    De acuerdo a los datos bíblicos, podemos determinar lo siguiente;

    A) Es el propio cuerpo:

    Los muertos resucitarán con el mismo cuerpo que tuvieron en la tierra (idéntica y numéricamente el mismo).

    Tanto mi cuerpo como tu cuerpo, serán los mismos cuerpos, aunque transfigurados, glorificados, inmortalizados, resucitados.

    El concilio de Letrán (1215) declara: “Todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan” (Dz 429).

    Referencias Bíblicas:

    La Sagrada Escritura da testimonio implícito de esa identidad material por la palabra que emplea: “despertarse”.
    Solamente habrá verdadero despertamiento cuando el mismo cuerpo que muere y se descompone sea el que reviva de nuevo:

    a) 2 Mac 7,11: “De él [de Dios] espero yo volver a recibirlas [la lengua y las manos]”
    :) 1 Cor 15,53: “Porque es preciso que lo corruptible se revista de la incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad”.
    c) Flp. 3,21: “ Él [Jesucristo] transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
    d) Cf. Lc 24,39, en la aparición de Jesús resucitado a los Apóstoles, Él les dice que no es un espíritu, pues posee carne y huesos, y les muestra sus manos y sus pies.

    Los cuerpos resucitados estarán libres de deformidades, mutilaciones y achaques.
    Estarán en su máxima perfección natural (plenitud del ser)

    Con respecto a la edad: será una edad madura pero joven, como la de Cristo, aproximadamente 36 o 37 años ( 6 a. C . - 30 d. C).

    Tendrán diferencias sexuales y órganos de la vida sensitiva, pero no se ejercerán las facultades biológicas y vegetativas, como comer, beber, procrear.
    Cfr. Mt. 22,30 “En la resurrección todos serán cómo ángeles en el cielo”.

    :) Cualidades del Cuerpo Resucitado:

    Según el modelo de Jesús Resucitado que aparece en los Evangelios: Serán semejantes a Su cuerpo: Mt 28ss, Mc 16, Lc 24, Jn 20ss, Flp. 3,21:

    I. Impasibilidad:

    Es decir, la propiedad de que no sea accesible a ellos mal físico de ninguna clase, es decir, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Definiéndola con mayor precisión, es “la imposibilidad de sufrir y morir”.
    Ap. 21, 4 : “Él enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado”.

    Lc 20, 36: “Ya no pueden morir”.

    La razón intrínseca de la impasibilidad se encuentra en el perfecto sometimiento del cuerpo al alma que es inmortal.

    II. Sutilidad, sutileza o penetrabilidad:

    Es la propiedad por la cual el cuerpo se hará semejante a los espíritus en cuanto podrá penetrar los cuerpos sin lesionarse ni lesionar, es decir, podrá atravesar otros cuerpos.

    No se debe creer que por ello el cuerpo se transformará en sustancia espiritual o que la materia se enrarecerá hasta convertirse en un cuerpo “etéreo”.

    Veamos ejemplos conforme al cuerpo resucitado de Cristo:
    Jesús resucitado atravesó las sábanas (Jn 20, 5-7).
    Salió del sepulcro sellado por la piedra (Mt 28,2).
    (Un ángel movió la piedra, no para que Jesús saliera, sino para que las mujeres que fueron a visitar el sepulcro pudieran entrar allí y ver que el Señor ya no estaba).
    Entra en el Cenáculo aún estando cerradas las puertas –atrancadas, dice el original griego- (Jn 20, 19.26).

    La razón intrínseca de esta espiritualización la tenemos en el dominio completo del alma glorificada sobre el cuerpo ( en cuanto es la forma substancial del mismo).

    III. Agilidad:

    Es la capacidad del cuerpo para obedecer al espíritu en todos sus movimientos con suma facilidad y rapidez, es decir, en forma instantánea.

    Esta propiedad se contrapone a la gravedad y peso de los cuerpos terrestres, de acuerdo a la ley de la gravitación.

    El modelo de la agilidad lo tenemos en el cuerpo resucitado de Cristo, que se presentó de repente en medio de sus apóstoles y desapareció también repentinamente:
    Lc 24, 31: “Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista”.
    Lc 24, 34: “ Es verdad, ¡El Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”
    Lc 24, 36: “Todavía estaban hablando de esto cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo <>”.

    La razón intrínseca de la agilidad la hallamos en el total dominio que el alma glorificada ejerce sobre el cuerpo, en cuanto es el principio motor del mismo, por lo que este no le opone resistencia.

    IV. Claridad:

    Es el estar libre de todo lo ignominioso y rebosar hermosura y esplendor.

    Jesús nos dice: “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 43)

    Un modelo de claridad lo tenemos en la glorificación de Jesús en el monte Tabor (Mt 17, 2)
    Y después de su resurrección (Cf. Hch. 9,3).

    La razón intrínseca de la claridad la tenemos en el gran caudal de hermosura y resplandor que desde el alma se desborda sobre el cuerpo.

    Es menester aclarar que el grado de claridad será distinto – como se nos dice en 1 Cor 15, 41, haciendo referencia a la condición de los cuerpos resucitados: “Cada cuerpo tiene su propio resplandor: uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor”- y estará proporcionado al grado de gloria con el que brille el alma; y la gloria dependerá de la cuantía de los merecimientos.

    Ahora, ¿Cuándo sucederá esto?:

    En el fin del mundo, donde se realizará el Juicio Final, la Parusía o Nueva Venida de Cristo.

    Recordemos que Jesús dejó incierto el momento en que verificaría su Segunda Venida: Al final de su discurso sobre la Parusía, declaró: “En cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32).

    Finalmente, siguiendo las recomendaciones del apóstol Pablo, procuremos que nadie devuelva mal por mal.
    Por el contrario, esforcémonos por hacer siempre el bien entre nosotros y con todo el mundo.

    Estemos siempre alegres.

    Oremos sin cesar.

    Demos gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos nosotros, en Cristo Jesús (Cf. 1 Tes 5, 15-18).

    Estemos preparados, vigilantes, en vela (despiertos, alertas), pues el Señor esta cerca:

    ¡Amen, ven Señor Jesús! (Ap. 22, 20).

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor Universitario de Teología
    Pontificia Universidad Católica
    http://es.catholic.net/gustavodaniel
    http://gustavodaniel.autorcatolico.org

  • La Semana Santa, La Mayor del Año.

    LA SEMANA MAYOR DEL AÑO

    Así llama la Liturgia de la Iglesia a la Semana Santa, la más cargada de contenidos significativos a través del apasionante Año Litúrgico.

    Es la que transcurre entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua.

    Una parte pertenece a la Cuaresma. Otra es el corazón del Año Litúrgico: el Triduo Pascual, que desemboca en el momento más emocionante de la historia: La Resurrección Gloriosa de Jesús con su propio cuerpo glorificado, festejado luminosamente a través de los 50 días del Tiempo Pascual, cargado de Aleluias, incienso, cantos y Cirios conmemorativos, reafirmando la fe cristiana de que nuestros cuerpos también resucitarán gloriosos de las cenizas, y que con nuestros propios ojos y oídos glorificados veremos y escucharemos a Jesús.

    El Domingo de Ramos comienza con esta Santa Semana.
    Color rojo de sangre para la Liturgia. Se lee el Evangelio de la Pasión que corresponde al Ciclo Litúrgico Dominical del Año que transcurre, sea éste A, B o C. Los Ramos de Olivo aclaman personal y comunitariamente a Jesús que entra en Jerusalén, signo y figura de nuestro corazón, en el que quiere establecerse como Rey y Señor del mismo. En vano es agitar o colgar ramitos si Jesús no es el dueño de nuestra vida.
    O regalarlos a aquellos a quienes Jesús no significa nada en su existencia.

    El lunes, martes y miércoles santo vuelve el color lila o morado de la cuaresma en la liturgia.
    Es importante acompañar a Jesús en las celebraciones litúrgicas de estos tres días. Solemos ir el Domingo de Ramos a Misa y no aparecemos hasta festejar la Cena del Señor el jueves por la tarde. Pareciera el cruel, triste e impío abandono del Señor Jesús igual al de los momentos históricos de la Pasión.

    En las celebraciones litúrgicas de estos tres días, más la del viernes santo, se leen los cuatro Cánticos del Siervo Sufriente de Yahvéh del Profeta Isaías (Is 42,1-7; 49,1-9; 50,4-9; 52,13-53,12).

    Seis siglos antes de Cristo ve Isaías la pasión y glorificación de Jesús de tal manera, que con razón es llamado el 5º Evangelista, aparte de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, contemporáneos de los acontecimientos celebrados.

    La Misa Crismal quiebra la monotonía cuaresmal (ya rota en el gozoso cuarto domingo, el de las vestiduras de color rosado), y con blanco color litúrgico, el Obispo se congrega en la Catedral con su presbiterio y fieles, a fin de renovar sus promesas de fidelidad, y consagrar los óleos que se usarán en los sacramentos cristianos: el de los catecúmenos, el de los enfermos y el santo crisma.

    Se celebra la Misa Crismal el Jueves por la mañana, salvo donde las distancias son extensas, por lo que para que los presbíteros puedan estar en sus comunidades celebrando la Misa del Jueves por la tarde, se adelanta al miércoles anterior.

    Con la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo por la tarde, exclusive, termina la cuaresma.

    Las vestiduras son blancas festivas y se reaviva la memoria de la Institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial, y el mandamiento nuevo del amor, al estilo de Jesús, “hasta dar la vida”.

    Terminada ya la cuaresma, con esta celebración comienza el Triduo Pascual, centro y corazón del Año Litúrgico.

    El viernes de la “Pasión del Señor” no hay Misa, pero sí una importante Celebración Litúrgica, Pública y Oficial Oración de la Iglesia, con ornamentos rojos, en que se lee siempre la Pasión según San Juan (18-19), en la que Jesús Dios (“Yo Soy”: Jn 18,5.6.8; cfr. Ex.3,14) y Rey (Jn 18,33.37; 19,3) parece dominar y dirigir su propio proceso.

    Se adora la Cruz, se hacen oraciones universales por todos los hombres, de cualquier condición, raza, cultura y credo, culminando con la recepción de la Eucaristía.
    Es el segundo día del Triduo.

    El sábado santo es un día muy especial de silencio contemplativo y expectante ante la tumba abandonada del Señor, si es que nuestro corazón está velando en su compañía.
    Ese día no solo no hay Misa, sino que ninguna celebración litúrgica.
    Incluso la Eucaristía como sacramento de la partida, solo puede llevarse a los moribundos en forma de viático, porque sanos y enfermos esperamos la explosión jubilosa del universo en la Resurrección del Señor Jesús, y recién después de ella, entrado ya el domingo con la Vigilia Pascual, recibiremos el sacramento del cuerpo resucitado del Señor.

    En esta Augusta Vigilia, en que comienza a celebrarse el domingo de Pascua de Resurrección, llega a su cumbre el Triduo Pascual, que culmina al finalizar el Domingo de Resurrección..

    Nuevamente la gloria de las vestiduras blancas.
    La Vigilia despunta con el Fuego Nuevo que es Cristo Resucitado: La Liturgia de la Luz.
    Se enciende el Cirio Pascual, que ilumina con la Luz del Señor toda nuestra vida, y que permanecerá 50 días con su resplandor en el presbiterio, y del cual todos tomaremos su claridad, y tomarán luego sus luces los que renazcan a la vida de la gracia por el Bautismo, y los que se eleven a la vida de la gloria al partir de este mundo temporal.
    Dos nacimientos en los que el Cirio deberá hacerse presente en el Altar aunque hayan terminado los 50 días de la Pascua.
    Cirio en el que el Señor Jesús se muestra como Señor de la historia, dueño del tiempo y de la eternidad, principio y fin de todas las cosas.
    Liturgia de la Luz que culminará con el canto o recitación del Pregón Pascual, anunciando la noche de la Resurrección del Señor, precedida en el tiempo por la noche de otra Pascua, la de la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, figura de ésta, la de Jesús, con la total y definitiva liberación de todo mal, incluida la muerte.

    Sigue en esta Noche Santa, la Mayor de todas, la Liturgia de la Palabra: Siete lecturas con sus respectivos salmos y oraciones, que preceden el anuncio de la Resurrección y lo preparan.
    Por motivos pastorales pueden reducirse, aunque nunca se puede omitir la lectura de la primera pascua, figura de ésta, la de Moisés al frente de su Pueblo atravesando el Mar Rojo y pasando de la esclavitud a la libertad.

    Con el anuncio de la Resurrección y el Canto del Aleluya, apagado durante la Cuaresma, y el sonido de las campanas, culmina la Liturgia de la Palabra.
    Si hay Evangeliario, es llevado en procesión “levemente elevado” (IGMR 172) desde el altar (donde fue dejado al inicio de la celebración: IGMR 122.173) hasta el ambón, y es incensado (IGMR 175).

    Sigue la Liturgia Bautismal, en la que se bendice el agua del Bautismo (conviene que haya algún Bautismo como signo), y en la que renovamos las promesas bautismales.

    Excelente ocasión para renovar conciente y fructuosamente el Bautismo que quizá recibimos como un regalo de la Iglesia y de nuestros padres cuando carecíamos del uso de la razón, pero no de la posibilidad de recibir la gracia de hijos de Dios y de comenzar a ser miembros de la Iglesia.

    Culmina la celebración de esta Magna Solemnidad, la Mayor del Año Litúrgico, con la Liturgia del Sacramento por excelencia, la Eucaristía, fuente y cumbre de toda vida espiritual cristiana.

    El domingo de Pascua continúa durante el día esta alegría comenzada en la Vigilia, y se prolonga como Octava durante ocho días, hasta el Domingo siguiente, como si fuera la misma fiesta, y luego en el blanco glorioso de los aleluias de Pascua hasta el día de Pentecostés inclusive.

    ¿Con qué conciencia y fructuosidad vivimos la Semana Mayor del Año y, dentro de ella, el Triduo-Corazón del Año Litúrgico? ¿Soy un hombre, varón o mujer, de la Pascua, resucitado, luminoso y vivo, o arrastro una lúgubre y pesada existencia, habiéndome quedado en la hora nona del viernes santo y no habiendo sabido dar el Paso hasta la Vigilia Pascual, hacia la Luz esplendorosa donde la Palabra brilla con propio fulgor junto al Padre y al Espíritu Santo, resucitada corporal y gloriosamente para siempre, primicia de lo que seremos nosotros?

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • La Cuaresma, camino hacia la Pascua.

    La cuaresma, camino hacia la Pascua de Resurrección.

    Duración.

    La Cuaresma dura cuarenta días. Comienza el miércoles de ceniza y termina el jueves santo por la tarde-noche, antes de la Misa “en la Cena del Señor”.

    También cabe decir que la liturgia considera el Jueves a la noche, con el Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de resurrección, como el Corazón del Año Litúrgico, lo que llamamos el "Triduo Pascual".

    Comienza este Triduo con la Misa “en la Cena del Señor”, y culmina con la Vigilia Pascual el sábado a la noche y el domingo de Resurrección. No olvidemos que la costumbre judeo cristiana considera el día comenzado en sus vísperas.

    Inicialmente, la Cuaresma iba desde el Primer Domingo de Cuaresma al Jueves Santo, pero a raíz de una reforma litúrgica, se descontaron los domingos, por considerarlos pascuales. Para redondear nuevamente el número 40, se añadió a la Cuaresma los días que van del Miércoles de Ceniza hasta el Primer Domingo de Cuaresma. De esta manera salen los 40 días.

    Por lo que, actualmente, la Cuaresma va, según lo dicho más arriba, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo excluida la noche con la Misa de la Cena del Señor, donde comienza el Triduo Pascual.

    Sentido de la Cuaresma.

    A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios. La cuaresma es un gran ejercicio espiritual para ponernos en forma para festejar los 50 días pascuales.

    La Cuaresma es un medio, nunca un fin. El fin es la Pascua, la Resurrección, la Vida Feliz y para siempre.

    El color litúrgico de este tiempo es el lila, que significa preparación.
    Es un tiempo de reflexión, de silencio y retiro si es posible, de desapego de las cosas, de conversión espiritual a Jesús; tiempo de preparación al misterio pascual, a lo definitivo, a la realidad total a la que tendemos..

    La Cuaresma es un camino hacia la Pascua, que es la fiesta más importante de la Iglesia por ser la resurrección de Jesús, la experiencia fundamental del ser cristiano. La novedad cristiana.

    La Cruz es una cara de la moneda. La otra es la Pascua. No hay cruz sin resurrección, ni resurrección y gloria sin sufrimiento ni dolor. Pero la gloria es lo definitivo. El sufrimiento, la enfermedad y el mal son pasajeros.

    Ésta, temporal, es la etapa penúltima. Aquella, la eternidad, será la definitiva, y no sólo con el alma, sino con nuestro propio cuerpos glorificados así como está glorificado el cuerpo de Jesús. Cosa que sucederá en el día final.

    El número cuarenta en la Biblia.

    La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia.

    En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio (Gén. 8, 6), de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto (Éx. 12, 40-41), de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto del Sinaí (Números 33, 40), de los cuarenta días de Moisés (Éx. 24, 18) y de Elías (I Reyes 19, 8) en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública (Mateo 4, 2; Marcos 1, 3; Lucas, 4, 2).

    En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo, y seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida terrena, seguido de pruebas y dificultades, que culminan o desembocan en un lugar o momento feliz.
    Es, por lo tanto, tiempo de prueba, de espera y preparación, para algo nuevo, mejor y mayor que nos espera y que alcanzamos.

    Uno de los caminos, como el de los 40 días de Jesús en el desierto, es el desapego: de las riquezas, de los honores y de la fama vanidosos, y de los placeres desordenados.

    Apegados a Jesús, obtenemos todo eso multiplicado y purificado, sin el desorden que implica la pasión y el deseo.

    ¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?
    El Año litúrgico no se ciñe estrictamente al año calendario, sino que varía de acuerdo con el ciclo lunar.

    Cuenta la Biblia, que la noche en la que el pueblo judío salió de Egipto, había luna llena y eso les permitió prescindir de las lámparas para que no los descubrieran los soldados del faraón.

    Los judíos celebran este acontecimiento cada año en la pascua judía o "Pesaj", que siempre concuerda con una noche de luna llena, en recuerdo de los israelitas que huyeron de Egipto pasando por el Mar Rojo.

    Podemos estar seguros, por lo tanto, de que el primer Jueves Santo de la historia, cuando Jesús celebraba la Pascua judía con su discípulos en la “Última Cena”, era una noche de luna llena.

    Por eso, la Iglesia fija el Jueves Santo y el día de la Pascua, en la luna llena que se presenta entre el mes de marzo y abril y, tomando esta fecha como centro del Año litúrgico, las demás fechas se mueven en relación a esta y hay algunas fiestas que varían de fecha una o dos semanas: El miércoles de ceniza 40 días antes sin contar los domingos. La Ascensión del Señor Jesús, 40 días después de la fecha de su Resurrección el Domingo de Pascua, Pentecostés, 10 días después de la Ascensión y 50 después de Pascua, etc.

    En cambio, otras fechas son según el calendario ordinario y nunca cambian de fecha: Por ejemplo la Navidad, el 25 de diciembre, Reyes o Epifanía, el 6 de enero, y otras fiestas según el calendario del santoral litúrgico (Asunción, San José, San Pedro y San Pablo, Todos los Santos, Los Ángeles Custodios, Los Arcángeles, etc.)

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
    http://es.catholic.net/gustavodaniel
    http://gustavodaniel.autorcatolico.org

  • Los Motivos de la Encarnación

    Los motivos de la Encarnación.

    (Cat. Nº 456-463. Comp. 85-86)

    Primero diremos algo sobre algunos términos parecidos antes de definir qué es la Encarnación.

    No es “re-encarnación”.

    Éste es un término utilizado por religiones no cristianas, principalmente de oriente, usado actualmente por algunos movimientos religiosos libres como la new-age, para indicar ideas griegas y platónicas antiguas, por las cuales las almas preexisten en el “mundo de las ideas”, y se encarnan sucesivamente en diversos cuerpos en distintas vidas terrenas hasta lograr su total purificación o “nirvana”, es decir, su disolución en el Absoluto, para volver nuevamente al mundo ideal (algo parecido a lo que llamaríamos cielo, pero sin identidad personal, ni del alma ni del Absoluto en el que se disuelve la misma: de aquí surgen las ideas del mundo o del alma como “emanación de Dios”, “chispa divina”, etc., que en nada tienen que ver con la idea cristiana de creación única, personal e irrepetible de la nada).

    Tampoco es resurrección temporal.

    Como las que Jesús realizó de su amigo Lázaro (Jn. 11, 1-44), de la hija de Jairo (Mt. 9, 18-26) o del hijo de la viuda de Naín (Lc. 7, 11-17.

    También Pedro resucitó a Tabitá o Dorcas (en griego, “gacela”), muy querida por sus allegados (Hch.9,36-42), y Pablo a Eutico, alguien que se había quedado dormido en una ventana de un primer piso mientras el Apóstol predicaba (Hch. 20,7-12).

    Estas resurrecciones temporales implicaban el volver a morir. Algo así como la donación de órganos. Sin restar importancia a la entrega solidaria y generosa, implican el morir de una o de otra manera, antes o después. Ninguna asegura vida eterna. Pertenecen a esta etapa caduca y temporal, etapa penúltima, pero no a la definitiva y la que realmente importa. Sirven a modo de signo.

    Y tampoco es la resurrección gloriosa y eterna de Jesús, de la cual todos participaremos al final de los tiempos con nuestros propios cuerpos resucitados. La que sí verdaderamente importa. La única y definitiva. (cfr. Mt. 28; Mc. 16; Lc. 24; Jn. 20-21; I Tes. 4, 13.17).

    Sentido de la Encarnación:

    El término Encarnación hace referencia a que Dios se hace carne, se hace hombre en la Persona de Jesús.

    La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo de Dios, la Palabra (el Logos griego), el Verbo (Verbum latino), se hace sarx (gr, carne), toma naturaleza humana y se hace uno de nosotros para salvarnos.

    Significa que Dios está en la Persona de Jesús de Nazareth, desde el instante de su concepción en el seno de la Santísima Virgen María y por toda la eternidad, pues se mantiene a través de su Cuerpo Resucitado por siempre.

    Motivos de la Encarnación. (relación interdisciplinar científica)

    1º) Motivo Soteriológico (perteneciente a la economía de la salvación): Para reconciliarnos con Dios, para volvernos a la amistad con Él. Salvados y liberados de nuestra esclavitud de estar lejos de Él.

    2º) Motivo gnoseológico-bíblico –antropología teológica- (conocimiento experiencial): Para que conociéramos así el Amor de Dios, que en Jesús se entrega hasta dar la vida por nosotros.

    3º) Motivo pedagógico-divino: Para ser nuestro modelo de santidad (lo que Jesús hizo y dijo).

    La imitación de Cristo como Camino seguro de santidad cristiana.
    Los Evangelios traslucen su Persona y las bienaventuranzas de Mateo 5-7 dibujan su Rostro divino. Jesús habla de “aprender de Él...”.
    El Padre Celestial dice en la Transfiguración desde la Nube Luminosa: -“Escúchenlo”.
    Y el mismo Jesús dice de Él mismo que es el Camino, más aún, la Verdad y la Vida en abundancia para todos.
    Como Él hizo, también debemos hacer nosotros.

    4º) Motivo teológico-espiritual: Para hacernos partícipes de la naturaleza divina.

    Jesús es Hijo por naturaleza, Dios por naturaleza.
    Nosotros lo somos por participación. Esa participación en esta vida se llama “gracia”.
    En la vida eterna (escatología, en el tiempo final), se la llamará gloria.

    “El Hijo de Dios se hizo hombre, para que el hombre, a través suyo, se haga dios”. (San Atanasio, Santo Tomás de Aquino).
    Es decir, se divinice, se transforme, sea feliz, posea el Sumo Bien y la Suprema Felicidad.
    Asumió nuestra naturaleza humana para que nosotros asumiéramos, por participación, su naturaleza divina.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor Universitario de Teología
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  • San Pablo perseguido.

    San Pablo perseguido.

    San Pablo y los no judíos que querían hacerse cristianos

    Los paganos (no judíos) pudieron, merced a la ardua labor de Pablo y otros discípulos, luego del concilio que se llevó a cabo en Jerusalén en el año 51, entrar a formar parte de la Iglesia sin verse obligados a hacerse judíos previamente.

    De todos modos, no fue fácil para Pedro y los demás apóstoles judíos dejar de lado las costumbres judías y aceptar las de los demás pueblos, o al menos no lo era cuando estaban entre otros judíos.

    Así, una vez, Cefas (San Pedro) fue a visitar la comunidad cristiana de Antioquía, y en circunstancias en que su conducta fue reprensible, Pablo le hizo frente, pues se había apartado de los cristianos no judíos, llevando a los demás a imitar su actitud, por temor a lo que pensarían los judeo-cristianos allegados a Santiago, Obispo en Jerusalén.

    La Ley y la fe.

    Entonces Pablo confirmó algo que ellos ya sabían: que el hombre no llega a ser justo por la observancia de la Ley, sino por su fe en Cristo Jesús. Solamente con la fe en Él, y no con las prácticas de la Ley, se puede ser gratos a Dios. Las obras siguen a la fe que justifica, y no al revés, aunque pueden ser un camino de apertura para la misma.

    Persecuciones.

    Toda la actividad misionera de los Apóstoles y demás discípulos no fue una tarea fácil, y estuvo muy obstaculizada por las persecuciones que los cristianos tuvieron que sufrir.

    Pablo continuó sus viajes y su misión evangelizadora, hasta que aproximadamente en el año 61, fue tomado preso en Jerusalén y entregado por los judíos en manos de los romanos.

    Los judíos, al ver a Pablo visitar el Templo de Jerusalén, decían: "-Israelitas, ayúdennos. Este es el hombre que en todas partes predica a todos contra el pueblo, contra la Ley y contra este lugar. Incluso ha introducido a unos griegos en el Templo, profanando este lugar santo".

    Los romanos lo interrogaron y querían dejarlo en libertad, porque veían que no había en su caso nada que mereciera la muerte. Pero como los judíos se oponían, Pablo se vió obligado a apelar al Cesar, en virtud de su ciudadanía romana.

    Pablo prisionero.

    Lo embarcaron rumbo a Italia, entregándolo junto a otros presos al cuidado de un capitán del batallón Augusto, llamado Julio.

    Al otro día llegaron a Sidón. Julio fue muy humano con Pablo y le permitió visitar a sus amigos y ser atendido por ellos.

    De allí navegaron al abrigo de las costas de Chipre, porque los vientos eran contrarios. Durante varios
    días navegaron lentamente, y a duras penas llegaron frente a Cnido.

    Como el viento no les permitía entrar en ese puerto, navegaron al abrigo de Creta, dando vista al cabo Salmón.

    San Pablo con el Rey Agripa.

    Estando ante el rey Agripa se defendió diciendo que podía justificarse ante él, pues él conocía sus costumbres y sus inquietudes, y pasó a contar como, yendo hacia Damasco, para perseguir a los cristianos, había recibido la revelación de Jesucristo Resucitado.

    También replicó que, fruto de su ardua evangelización entre los habitantes de Damasco, de Jerusalén y Judea, y en las naciones paganas, y por las enseñanzas que transmitía, sobre el arrepentimiento y la conversión a Dios, por medio de Jesucristo, los judíos lo habían detenido y tratado de matarlo.

    Agripa lo escucha y comprende, pero lamentablemente, no podía dejarlo libre porque Pablo había esgrimido su ciudadanía romana, apelando al Cesar, y debía ser remitido al Emperador.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • San Pablo, discípulo y misionero de Jesús Resucitado.

    San Pablo misionero.

    Así, Pablo emprende la actividad misionera de la primitiva comunidad cristiana, y es enviado como ayudante de Bernabé a difundir la Palabra de Dios, llevando consigo a Juan, por sobrenombre Marcos.

    Pablo y sus compañeros navegaron desde Pafos hasta Perge de Panfilia. Ahí Juan se separó de ellos y regresó a Jerusalén.

    Pasados algunos días, dijo Pablo a Bernabé: “-Volvamos para visitar a los hermanos en todas aquellas ciudades donde hemos anunciado la Palabra del Señor, para ver cómo se encuentran”.

    El caso de San Marcos.

    El apóstol Bernabé quería llevar también con ellos a Marcos.

    Pablo en cambio pensaba que no debían llevar junto a ellos al que se había separado en Panfilia y no los había acompañado en su misión.

    Se produjo un entonces gran desacuerdo entre ellos y acabaron por separarse el uno del otro.

    Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó rumbo a Chipre; por su parte, Pablo eligió por compañero a Silas y partió encomendado por sus hermanos a la protección de Dios.

    Recorrió Siria y Cilicia, fortaleciendo las Iglesias y entregando las decisiones de los presbíteros en el Concilio de Jerusalén.

    Marcos se fue con Pedro, el encargado de toda la Iglesia.

    Esto se descubre al leer la primera carta de Pedro, que escribe luego del concilio de Jerusalén, donde al finalizarla manda saludos de parte de la comunidad que Dios congregó en Babilonia (Roma), y también de parte de Marcos, su hijo espiritual.

    La formación de San Pablo y los Primeros Escritos del Nuevo Testamento.

    Luego Pablo continuó sus viajes por distintas ciudades, y fue formando distintas comunidades.

    En ellas enseñaba todo lo que sabía del Antiguo Testamento, pues había aprendido la Ley según las enseñanzas del teólogo fariseo Gamaliel, el mejor de su tiempo, pero lo hacía a la luz de Jesús Resucitado, según la revelación que recibió de Él mismo, más la tradición que manifestó haber recibido de los primeros apóstoles.

    También celebraba en ellas la renovación incruenta del sacrificio de Jesucristo, y les enseñaba a hacerlo de la manera correcta, comunicándonos el primer relato escrito de la Última Cena y de las Palabras de la Consagración:

    Esto podemos comprobarlo leyendo la primera carta que Pablo escribe la comunidad de Corinto, donde dice: "Yo recibí esta tradición del Señor, que, a mi vez, les he transmitido: Que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias lo partió, diciendo: <Tomad y comed...esto es mi Cuerpo...>.

    De la misma manera, tomando la copa después de haber cenado, dijo: <Tomad y bebed...ésta es mi sangre...>.
    Así, pues, cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están proclamando la muerte del Señor hasta que vuelva".

    De él son los primeros escritos del Nuevo Testamento, avalados luego por Pedro en una de sus cartas.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • El Año de San Pablo

    El año de San Pablo.

    La Iglesia Católica, convocada por el Sumo Pontífice Benedicto XVI, comenzó a celebrar desde las vísperas del día 29 de Junio (festividad de San Pedro y San Pablo), al gran Apóstol de todos los pueblos, el judeo-cristiano Pablo de Tarso.

    Pablo habría nacido entre los años 10 y 7 antes de Cristo, por lo que se estaría celebrando el bimilenario de su nacimiento, que culminaría el 29 de Junio de 2009.

    Debido a la figura insigne del gran Apóstol, este año ha sido enriquecido con gracias especiales que la Iglesia abre del tesoro de méritos de Jesucristo y de los santos que lo han seguido, principalmente su Madre, “la primera y la más perfecta discípula del Señor”.

    Estas gracias ofrecidas a los fieles se denominan “indulgencias”: Según la teología católica, el apartarse de los caminos de Dios conlleva dos consecuencias: la culpa del individuo y la pena que debería soportar.

    La culpa Dios la perdona con el arrepentimiento, y en el caso del fiel católico cuando, arrepentido, también se acerca al sacramento de la reconciliación que instituyó Jesús cuando otorgó a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados concediéndoles el Espíritu Santo (Juan 20,21-23), servicio que continúan los sucesores de los Apóstoles que son los Obispos, y con quienes colaboran los presbíteros de la comunidad.

    Pero en toda transgresión perdonada en cuanto a la culpa, queda una pena por cumplir, ya que Dios es misericordioso pero también justo, y no es lo mismo hacer siempre el bien que hacer el mal y arrepentirse.

    Esta pena Dios la va condonando a medida que se realizan obras buenas, de caridad material o espiritual, como ayudar al necesitado, dar un buen consejo, enseñar al que no sabe, acompañar al que está solo, deprimido, preso o enfermo, orar por los demás, etc.

    También la pena se va remitiendo a medida que la persona se configura con la mente de Cristo (Cat.133) a través de la lectura de las Sagradas Escrituras, principalmente su corazón, que son los Evangelios (Cat.125), y a través del estudio espiritual, teniendo como base el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, compendio de todos los temas que interesan saber.

    Y por supuesto, la pena de nuestros pecados Dios la va perdonando a medida que nos unimos a Él por medio de la oración, ese contacto amoroso y sabroso con Quien sabemos que nos ama hasta dar la vida por nosotros.

    Si faltaba algún medio, aquí vienen a tallar también las indulgencias: Éstas remiten la pena que merecemos por nuestros pecados perdonados en cuanto a la culpa.

    Éste año paulino el Obispo de San Juan ha bajado la reglamentación general establecida por el Sumo Pontífice, y varios Templos han sido favorecidos con la gracia del otorgamiento de indulgencias, si en ellos se lee ante la imagen de San Pablo algún capítulo de los Hechos de los Apóstoles que haga mención al Apóstol Pablo o algún capítulo de sus Cartas.

    También se puede hacer esta lectura en casa con el grupo familiar o con amigos, en clima de oración.

    O diversos actos o celebraciones sobre el Apóstol en que se otorgue esta gracia, en otros templos y lugares.

    Se une siempre a esta “obra prescripta” (hay más, basta con hacerse del Decreto Nº 49/2008 del Sr. Arzobispo de San Juan de Cuyo), el desapego del pecado, la oración por el Sumo Pontífice, factor de unidad eclesial, la comunión eucarística y la confesión sacramental.

    Se pueda ganar una indulgencia diaria (parcial o total según la obra prescripta cumplida y las disposiciones), en favor de la persona que realiza las obras o en favor de alguna persona difunta. Nunca puede ser por otro que está vivo, que la puede ganar por sus propios medios.

    El Apóstol Pablo nos conduzca por los caminos de Jesús, a quien siguió hasta dar la vida, nos conceda la unidad a todas las Iglesias cristianas (Cat.822 y 838), fruto pedido para este año de gracia, y con un corazón santo nos haga anunciadores de Aquel a Quien experimentó Vivo y Resucitado.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor Universitario de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • Evangelio

    EVANGELIO.

    Levantaste al paralítico
    y al leproso lo curaste,
    a la samaritana calmaste
    la sed que te adjudicaste.

    Vino Nicodemo a verte
    en la noche de su vida,
    y tu le alumbraste el camino
    renaciendo a nueva vida.

    Te enterraron con los muertos
    tumba de ricos te dieron,
    por ejercer tu reinado
    te vieron resucitado.

    Te levantaste de la tumba
    ante soldados absortos,
    que mintieron temerosos
    lo que vieron con sus ojos.

    Por unos 40 días
    estuviste con los vivos
    en estado ya glorioso
    instruyendo a los discípulos.

    Llegó al fin Pentecostés,
    el Espíritu descendió,
    y es testigo por siempre,
    que Jesús resucitó.

    Llega el tiempo de la Iglesia,
    en el mundo con fervor,
    anuncia el misterio de Cristo
    que murió y resucitó.
    (va y proclama que el Cristo,
    si murió, resucitó.)

    Se acerca la Parusía,
    Cristo vuelve para juzgar,
    a los vivos transfigurados,
    y a los muertos ha de resucitar.

    Unos irán con Su Padre,
    otros lejos se colocarán.
    Lo que sí es que Cristo ha venido,
    Todo en Todo lo será.

    Por siempre contemplaremos
    la Vida, Verdad y Amor,
    al fin nos saciaremos
    y nuestra sed calmaremos
    sin dejar de beber.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • Las cualidades de los cuerpos resucitados.

    LAS CUALIDADES DE LOS CUERPOS RESUCITADOS ¿Cómo es el Cuerpo Resucitado de Jesús, y cómo serán los nuestros?

    A) Es el propio cuerpo:

    Los muertos resucitarán con el mismo cuerpo que tuvieron en la tierra (idéntica y numéricamente el mismo).

    Tanto mi cuerpo como tu cuerpo, serán los mismos cuerpos, aunque transfigurados, glorificados, inmortalizados, resucitados.

    El concilio de Letrán (1215) declara: “Todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan” (Dz 429).

    Referencias Bíblicas:

    La Sagrada Escritura da testimonio implícito de esa identidad material por la palabra que emplea: “despertarse”.
    Solamente habrá verdadero despertamiento cuando el mismo cuerpo que muere y se descompone sea el que reviva de nuevo:

    a) 2 Mac 7,11: “De él [de Dios] espero yo volver a recibirlas [la lengua y las manos]”
    :) 1 Cor 15,53: “Porque es preciso que lo corruptible se revista de la incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad”.
    c) Flp. 3,21: “ Él [Jesucristo] transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
    d) Cf. Lc 24,39, en la aparición de Jesús resucitado a los Apóstoles, Él les dice que no es un espíritu, pues posee carne y huesos, y les muestra sus manos y sus pies.

    Los cuerpos resucitados estarán libres de deformidades, mutilaciones y achaques.
    Estarán en su máxima perfección natural (plenitud del ser)

    Con respecto a la edad: será una edad madura pero joven, como la de Cristo, aproximadamente 36 o 37 años ( 6 a. C . - 30 d. C).

    Tendrán diferencias sexuales y órganos de la vida sensitiva, pero no se ejercerán las facultades biológicas y vegetativas, como comer, beber, procrear.
    Cfr. Mt. 22,30 “En la resurrección todos serán cómo ángeles en el cielo”.

    :) Cualidades del Cuerpo Resucitado:

    Según el modelo de Jesús Resucitado que aparece en los Evangelios: Serán semejantes a Su cuerpo: Mt 28ss, Mc 16, Lc 24, Jn 20ss, Flp. 3,21:

    I. Impasibilidad:

    Es decir, la propiedad de que no sea accesible a ellos mal físico de ninguna clase, es decir, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Definiéndola con mayor precisión, es “la imposibilidad de sufrir y morir”.
    Ap. 21, 4 : “Él enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado”.

    Lc 20, 36: “Ya no pueden morir”.

    La razón intrínseca de la impasibilidad se encuentra en el perfecto sometimiento del cuerpo al alma que es inmortal.

    II. Sutilidad, sutileza o penetrabilidad:

    Es la propiedad por la cual el cuerpo se hará semejante a los espíritus en cuanto podrá penetrar los cuerpos sin lesionarse ni lesionar, es decir, podrá atravesar otros cuerpos.

    No se debe creer que por ello el cuerpo se transformará en sustancia espiritual o que la materia se enrarecerá hasta convertirse en un cuerpo “etéreo”.

    Veamos ejemplos conforme al cuerpo resucitado de Cristo:
    Jesús resucitado atravesó las sábanas (Jn 20, 5-7).
    Salió del sepulcro sellado por la piedra (Mt 28,2).
    (Un ángel movió la piedra, no para que Jesús saliera, sino para que las mujeres que fueron a visitar el sepulcro pudieran entrar allí y ver que el Señor ya no estaba).
    Entra en el Cenáculo aún estando cerradas las puertas –atrancadas, dice el original griego- (Jn 20, 19.26).

    La razón intrínseca de esta espiritualización la tenemos en el dominio completo del alma glorificada sobre el cuerpo ( en cuanto es la forma substancial del mismo).

    III. Agilidad:

    Es la capacidad del cuerpo para obedecer al espíritu en todos sus movimientos con suma facilidad y rapidez, es decir, en forma instantánea.

    Esta propiedad se contrapone a la gravedad y peso de los cuerpos terrestres, de acuerdo a la ley de la gravitación.

    El modelo de la agilidad lo tenemos en el cuerpo resucitado de Cristo, que se presentó de repente en medio de sus apóstoles y desapareció también repentinamente:
    Lc 24, 31: “Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista”.
    Lc 24, 34: “ Es verdad, ¡El Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”
    Lc 24, 36: “Todavía estaban hablando de esto cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo <>”.

    La razón intrínseca de la agilidad la hallamos en el total dominio que el alma glorificada ejerce sobre el cuerpo, en cuanto es el principio motor del mismo, por lo que este no le opone resistencia.

    IV. Claridad:

    Es el estar libre de todo lo ignominioso y rebosar hermosura y esplendor.

    Jesús nos dice: “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 43)

    Un modelo de claridad lo tenemos en la glorificación de Jesús en el monte Tabor (Mt 17, 2)
    Y después de su resurrección (Cf. Hch. 9,3).

    La razón intrínseca de la claridad la tenemos en el gran caudal de hermosura y resplandor que desde el alma se desborda sobre el cuerpo.

    Es menester aclarar que el grado de claridad será distinto – como se nos dice en 1 Cor 15, 41, haciendo referencia a la condición de los cuerpos resucitados: “Cada cuerpo tiene su propio resplandor: uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor”- y estará proporcionado al grado de gloria con el que brille el alma; y la gloria dependerá de la cuantía de los merecimientos.

    Ahora, ¿Cuándo sucederá esto?:

    En el fin del mundo, donde se realizará el Juicio Final, la Parusía o Nueva Venida de Cristo.

    Recordemos que Jesús dejó incierto el momento en que verificaría su Segunda Venida: Al final de su discurso sobre la Parusía, declaró: “En cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32).

    Finalmente, siguiendo las recomendaciones del apóstol Pablo, procuremos que nadie devuelva mal por mal.
    Por el contrario, esforcémonos por hacer siempre el bien entre nosotros y con todo el mundo.

    Estemos siempre alegres.

    Oremos sin cesar.

    Demos gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos nosotros, en Cristo Jesús (Cf. 1 Tes 5, 15-18).

    Estemos preparados, vigilantes, en vela (despiertos, alertas), pues el Señor esta cerca:

    ¡Amen, ven Señor Jesús! (Ap. 22, 20).

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
    www.es.catholic.net/gustavodaniel
    //gustavodaniel.autorcatolico.org
    www.sfn.org.ar/dialogando

  • Semana Santa: ¡La mayor del año! ¿Cómo la vivís?

    LA SEMANA MAYOR DEL AÑO

    Así llama la Liturgia de la Iglesia a la Semana Santa, la más cargada de contenidos significativos a través del apasionante Año Litúrgico.

    Es la que transcurre entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua.

    Una parte pertenece a la Cuaresma. Otra es el corazón del Año Litúrgico: el Triduo Pascual, que desemboca en el momento más emocionante de la historia: La Resurrección Gloriosa de Jesús con su propio cuerpo glorificado, festejado luminosamente a través de los 50 días del Tiempo Pascual, cargado de Aleluias, incienso, cantos y Cirios conmemorativos, reafirmando la fe cristiana de que nuestros cuerpos también resucitarán gloriosos de las cenizas, y que con nuestros propios ojos y oídos glorificados veremos y escucharemos a Jesús.

    El Domingo de Ramos comienza con esta Santa Semana.
    Color rojo de sangre para la Liturgia. Se lee el Evangelio de la Pasión que corresponde al Ciclo Litúrgico Dominical del Año que transcurre, sea éste A, B o C. Los Ramos de Olivo aclaman personal y comunitariamente a Jesús que entra en Jerusalén, signo y figura de nuestro corazón, en el que quiere establecerse como Rey y Señor del mismo. En vano es agitar o colgar ramitos si Jesús no es el dueño de nuestra vida.
    O regalarlos a aquellos a quienes Jesús no significa nada en su existencia.

    El lunes, martes y miércoles santo vuelve el color lila o morado de la cuaresma en la liturgia.
    Es importante acompañar a Jesús en las celebraciones litúrgicas de estos tres días. Solemos ir el Domingo de Ramos a Misa y no aparecemos hasta festejar la Cena del Señor el jueves por la tarde. Pareciera el cruel, triste e impío abandono del Señor Jesús igual al de los momentos históricos de la Pasión.

    En las celebraciones litúrgicas de estos tres días, más la del viernes santo, se leen los cuatro Cánticos del Siervo Sufriente de Yahvéh del Profeta Isaías (Is 42,1-7; 49,1-9; 50,4-9; 52,13-53,12).

    Seis siglos antes de Cristo ve Isaías la pasión y glorificación de Jesús de tal manera, que con razón es llamado el 5º Evangelista, aparte de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, contemporáneos de los acontecimientos celebrados.

    La Misa Crismal quiebra la monotonía cuaresmal (ya rota en el gozoso cuarto domingo, el de las vestiduras de color rosado), y con blanco color litúrgico, el Obispo se congrega en la Catedral con su presbiterio y fieles, a fin de renovar sus promesas de fidelidad, y consagrar los óleos que se usarán en los sacramentos cristianos: el de los catecúmenos, el de los enfermos y el santo crisma.

    Se celebra la Misa Crismal el Jueves por la mañana, salvo donde las distancias son extensas, por lo que para que los presbíteros puedan estar en sus comunidades celebrando la Misa del Jueves por la tarde, se adelanta al miércoles anterior.

    Con la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo por la tarde, exclusive, termina la cuaresma.

    Las vestiduras son blancas festivas y se reaviva la memoria de la Institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial, y el mandamiento nuevo del amor, al estilo de Jesús, “hasta dar la vida”.

    Terminada ya la cuaresma, con esta celebración comienza el Triduo Pascual, centro y corazón del Año Litúrgico.

    El viernes de la “Pasión del Señor” no hay Misa, pero sí una importante Celebración Litúrgica, Pública y Oficial Oración de la Iglesia, con ornamentos rojos, en que se lee siempre la Pasión según San Juan (18-19), en la que Jesús Dios (“Yo Soy”: Jn 18,5.6.8; cfr. Ex.3,14) y Rey (Jn 18,33.37; 19,3) parece dominar y dirigir su propio proceso.

    Se adora la Cruz, se hacen oraciones universales por todos los hombres, de cualquier condición, raza, cultura y credo, culminando con la recepción de la Eucaristía.
    Es el segundo día del Triduo.

    El sábado santo es un día muy especial de silencio contemplativo y expectante ante la tumba abandonada del Señor, si es que nuestro corazón no está velando en su compañía.
    Ese día no solo no hay Misa, sino que ninguna celebración litúrgica.
    Incluso la Eucaristía como sacramento de la partida, solo puede llevarse a los moribundos en forma de viático, porque sanos y enfermos esperamos la explosión jubilosa del universo en la Resurrección del Señor Jesús, y recién después de ella, entrado ya el domingo con la Vigilia Pascual, recibiremos el sacramento del cuerpo resucitado del Señor.

    En esta Augusta Vigilia, en que comienza a celebrarse el domingo de Pascua de Resurrección, llega a su cumbre el Triduo Pascual, que culmina al finalizar el Domingo de Resurrección..

    Nuevamente la gloria de las vestiduras blancas.
    La Vigilia despunta con el Fuego Nuevo que es Cristo Resucitado: La Liturgia de la Luz.
    Se enciende el Cirio Pascual, que ilumina con la Luz del Señor toda nuestra vida, y que permanecerá 50 días con su resplandor en el presbiterio, y del cual todos tomaremos su claridad, y tomarán luego sus luces los que renazcan a la vida de la gracia por el Bautismo, y los que se eleven a la vida de la gloria al partir de este mundo temporal.
    Dos nacimientos en los que el Cirio deberá hacerse presente en el Altar aunque hayan terminado los 50 días de la Pascua.
    Cirio en el que el Señor Jesús se muestra como Señor de la historia, dueño del tiempo y de la eternidad, principio y fin de todas las cosas.
    Liturgia de la Luz que culminará con el canto o recitación del Pregón Pascual, anunciando la noche de la Resurrección del Señor, precedida en el tiempo por la noche de otra Pascua, la de la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, figura de ésta, la de Jesús, con la total y definitiva liberación de todo mal, incluida la muerte.

    Sigue en esta Noche Santa, la Mayor de todas, la Liturgia de la Palabra: Siete lecturas con sus respectivos salmos y oraciones, que preceden el anuncio de la Resurrección y lo preparan.
    Por motivos pastorales pueden reducirse, aunque nunca se puede omitir la lectura de la primera pascua, figura de ésta, la de Moisés al frente de su Pueblo atravesando el Mar Rojo y pasando de la esclavitud a la libertad.

    Con el anuncio de la Resurrección y el Canto del Aleluya, apagado durante la Cuaresma, y el sonido de las campanas, culmina la Liturgia de la Palabra.
    Si hay Evangeliario, es llevado en procesión “levemente elevado” (IGMR 172) desde el altar (donde fue dejado al inicio de la celebración: IGMR 122.173) hasta el ambón, y es incensado (IGMR 175).

    Sigue la Liturgia Bautismal, en la que se bendice el agua del Bautismo (conviene que haya algún Bautismo como signo), y en la que renovamos las promesas bautismales.

    Excelente ocasión para renovar conciente y fructuosamente el Bautismo que quizá recibimos como un regalo de la Iglesia y de nuestros padres cuando carecíamos del uso de la razón, pero no de la posibilidad de recibir la gracia de hijos de Dios y de comenzar a ser miembros de la Iglesia.

    Culmina la celebración de esta Magna Solemnidad, la Mayor del Año Litúrgico, con la Liturgia del Sacramento por excelencia, la Eucaristía, fuente y cumbre de toda vida espiritual cristiana.

    El domingo de Pascua continúa durante el día esta alegría comenzada en la Vigilia, y se prolonga como Octava durante ocho días, hasta el Domingo siguiente, como si fuera la misma fiesta, y luego en el blanco glorioso de los aleluias de Pascua hasta el día de Pentecostés inclusive.

    ¿Con qué conciencia y fructuosidad vivimos la Semana Mayor del Año y, dentro de ella, el Triduo-Corazón del Año Litúrgico? ¿Soy un hombre, varón o mujer, de la Pascua, resucitado, luminoso y vivo, o arrastro una lúgubre y pesada existencia, habiéndome quedado en la hora nona del viernes santo y no habiendo sabido dar el Paso hasta la Vigilia Pascual, hacia la Luz esplendorosa donde la Palabra brilla con propio fulgor junto al Padre y al Espíritu Santo, resucitada corporal y gloriosamente para siempre, primicia de lo que seremos nosotros?

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

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