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  • San Pablo perseguido.

    San Pablo perseguido.

    San Pablo y los no judíos que querían hacerse cristianos

    Los paganos (no judíos) pudieron, merced a la ardua labor de Pablo y otros discípulos, luego del concilio que se llevó a cabo en Jerusalén en el año 51, entrar a formar parte de la Iglesia sin verse obligados a hacerse judíos previamente.

    De todos modos, no fue fácil para Pedro y los demás apóstoles judíos dejar de lado las costumbres judías y aceptar las de los demás pueblos, o al menos no lo era cuando estaban entre otros judíos.

    Así, una vez, Cefas (San Pedro) fue a visitar la comunidad cristiana de Antioquía, y en circunstancias en que su conducta fue reprensible, Pablo le hizo frente, pues se había apartado de los cristianos no judíos, llevando a los demás a imitar su actitud, por temor a lo que pensarían los judeo-cristianos allegados a Santiago, Obispo en Jerusalén.

    La Ley y la fe.

    Entonces Pablo confirmó algo que ellos ya sabían: que el hombre no llega a ser justo por la observancia de la Ley, sino por su fe en Cristo Jesús. Solamente con la fe en Él, y no con las prácticas de la Ley, se puede ser gratos a Dios. Las obras siguen a la fe que justifica, y no al revés, aunque pueden ser un camino de apertura para la misma.

    Persecuciones.

    Toda la actividad misionera de los Apóstoles y demás discípulos no fue una tarea fácil, y estuvo muy obstaculizada por las persecuciones que los cristianos tuvieron que sufrir.

    Pablo continuó sus viajes y su misión evangelizadora, hasta que aproximadamente en el año 61, fue tomado preso en Jerusalén y entregado por los judíos en manos de los romanos.

    Los judíos, al ver a Pablo visitar el Templo de Jerusalén, decían: "-Israelitas, ayúdennos. Este es el hombre que en todas partes predica a todos contra el pueblo, contra la Ley y contra este lugar. Incluso ha introducido a unos griegos en el Templo, profanando este lugar santo".

    Los romanos lo interrogaron y querían dejarlo en libertad, porque veían que no había en su caso nada que mereciera la muerte. Pero como los judíos se oponían, Pablo se vió obligado a apelar al Cesar, en virtud de su ciudadanía romana.

    Pablo prisionero.

    Lo embarcaron rumbo a Italia, entregándolo junto a otros presos al cuidado de un capitán del batallón Augusto, llamado Julio.

    Al otro día llegaron a Sidón. Julio fue muy humano con Pablo y le permitió visitar a sus amigos y ser atendido por ellos.

    De allí navegaron al abrigo de las costas de Chipre, porque los vientos eran contrarios. Durante varios
    días navegaron lentamente, y a duras penas llegaron frente a Cnido.

    Como el viento no les permitía entrar en ese puerto, navegaron al abrigo de Creta, dando vista al cabo Salmón.

    San Pablo con el Rey Agripa.

    Estando ante el rey Agripa se defendió diciendo que podía justificarse ante él, pues él conocía sus costumbres y sus inquietudes, y pasó a contar como, yendo hacia Damasco, para perseguir a los cristianos, había recibido la revelación de Jesucristo Resucitado.

    También replicó que, fruto de su ardua evangelización entre los habitantes de Damasco, de Jerusalén y Judea, y en las naciones paganas, y por las enseñanzas que transmitía, sobre el arrepentimiento y la conversión a Dios, por medio de Jesucristo, los judíos lo habían detenido y tratado de matarlo.

    Agripa lo escucha y comprende, pero lamentablemente, no podía dejarlo libre porque Pablo había esgrimido su ciudadanía romana, apelando al Cesar, y debía ser remitido al Emperador.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • San Pablo, discípulo y misionero de Jesús Resucitado.

    San Pablo misionero.

    Así, Pablo emprende la actividad misionera de la primitiva comunidad cristiana, y es enviado como ayudante de Bernabé a difundir la Palabra de Dios, llevando consigo a Juan, por sobrenombre Marcos.

    Pablo y sus compañeros navegaron desde Pafos hasta Perge de Panfilia. Ahí Juan se separó de ellos y regresó a Jerusalén.

    Pasados algunos días, dijo Pablo a Bernabé: “-Volvamos para visitar a los hermanos en todas aquellas ciudades donde hemos anunciado la Palabra del Señor, para ver cómo se encuentran”.

    El caso de San Marcos.

    El apóstol Bernabé quería llevar también con ellos a Marcos.

    Pablo en cambio pensaba que no debían llevar junto a ellos al que se había separado en Panfilia y no los había acompañado en su misión.

    Se produjo un entonces gran desacuerdo entre ellos y acabaron por separarse el uno del otro.

    Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó rumbo a Chipre; por su parte, Pablo eligió por compañero a Silas y partió encomendado por sus hermanos a la protección de Dios.

    Recorrió Siria y Cilicia, fortaleciendo las Iglesias y entregando las decisiones de los presbíteros en el Concilio de Jerusalén.

    Marcos se fue con Pedro, el encargado de toda la Iglesia.

    Esto se descubre al leer la primera carta de Pedro, que escribe luego del concilio de Jerusalén, donde al finalizarla manda saludos de parte de la comunidad que Dios congregó en Babilonia (Roma), y también de parte de Marcos, su hijo espiritual.

    La formación de San Pablo y los Primeros Escritos del Nuevo Testamento.

    Luego Pablo continuó sus viajes por distintas ciudades, y fue formando distintas comunidades.

    En ellas enseñaba todo lo que sabía del Antiguo Testamento, pues había aprendido la Ley según las enseñanzas del teólogo fariseo Gamaliel, el mejor de su tiempo, pero lo hacía a la luz de Jesús Resucitado, según la revelación que recibió de Él mismo, más la tradición que manifestó haber recibido de los primeros apóstoles.

    También celebraba en ellas la renovación incruenta del sacrificio de Jesucristo, y les enseñaba a hacerlo de la manera correcta, comunicándonos el primer relato escrito de la Última Cena y de las Palabras de la Consagración:

    Esto podemos comprobarlo leyendo la primera carta que Pablo escribe la comunidad de Corinto, donde dice: "Yo recibí esta tradición del Señor, que, a mi vez, les he transmitido: Que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias lo partió, diciendo: <Tomad y comed...esto es mi Cuerpo...>.

    De la misma manera, tomando la copa después de haber cenado, dijo: <Tomad y bebed...ésta es mi sangre...>.
    Así, pues, cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están proclamando la muerte del Señor hasta que vuelva".

    De él son los primeros escritos del Nuevo Testamento, avalados luego por Pedro en una de sus cartas.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • El Año de San Pablo

    El año de San Pablo.

    La Iglesia Católica, convocada por el Sumo Pontífice Benedicto XVI, comenzó a celebrar desde las vísperas del día 29 de Junio (festividad de San Pedro y San Pablo), al gran Apóstol de todos los pueblos, el judeo-cristiano Pablo de Tarso.

    Pablo habría nacido entre los años 10 y 7 antes de Cristo, por lo que se estaría celebrando el bimilenario de su nacimiento, que culminaría el 29 de Junio de 2009.

    Debido a la figura insigne del gran Apóstol, este año ha sido enriquecido con gracias especiales que la Iglesia abre del tesoro de méritos de Jesucristo y de los santos que lo han seguido, principalmente su Madre, “la primera y la más perfecta discípula del Señor”.

    Estas gracias ofrecidas a los fieles se denominan “indulgencias”: Según la teología católica, el apartarse de los caminos de Dios conlleva dos consecuencias: la culpa del individuo y la pena que debería soportar.

    La culpa Dios la perdona con el arrepentimiento, y en el caso del fiel católico cuando, arrepentido, también se acerca al sacramento de la reconciliación que instituyó Jesús cuando otorgó a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados concediéndoles el Espíritu Santo (Juan 20,21-23), servicio que continúan los sucesores de los Apóstoles que son los Obispos, y con quienes colaboran los presbíteros de la comunidad.

    Pero en toda transgresión perdonada en cuanto a la culpa, queda una pena por cumplir, ya que Dios es misericordioso pero también justo, y no es lo mismo hacer siempre el bien que hacer el mal y arrepentirse.

    Esta pena Dios la va condonando a medida que se realizan obras buenas, de caridad material o espiritual, como ayudar al necesitado, dar un buen consejo, enseñar al que no sabe, acompañar al que está solo, deprimido, preso o enfermo, orar por los demás, etc.

    También la pena se va remitiendo a medida que la persona se configura con la mente de Cristo (Cat.133) a través de la lectura de las Sagradas Escrituras, principalmente su corazón, que son los Evangelios (Cat.125), y a través del estudio espiritual, teniendo como base el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, compendio de todos los temas que interesan saber.

    Y por supuesto, la pena de nuestros pecados Dios la va perdonando a medida que nos unimos a Él por medio de la oración, ese contacto amoroso y sabroso con Quien sabemos que nos ama hasta dar la vida por nosotros.

    Si faltaba algún medio, aquí vienen a tallar también las indulgencias: Éstas remiten la pena que merecemos por nuestros pecados perdonados en cuanto a la culpa.

    Éste año paulino el Obispo de San Juan ha bajado la reglamentación general establecida por el Sumo Pontífice, y varios Templos han sido favorecidos con la gracia del otorgamiento de indulgencias, si en ellos se lee ante la imagen de San Pablo algún capítulo de los Hechos de los Apóstoles que haga mención al Apóstol Pablo o algún capítulo de sus Cartas.

    También se puede hacer esta lectura en casa con el grupo familiar o con amigos, en clima de oración.

    O diversos actos o celebraciones sobre el Apóstol en que se otorgue esta gracia, en otros templos y lugares.

    Se une siempre a esta “obra prescripta” (hay más, basta con hacerse del Decreto Nº 49/2008 del Sr. Arzobispo de San Juan de Cuyo), el desapego del pecado, la oración por el Sumo Pontífice, factor de unidad eclesial, la comunión eucarística y la confesión sacramental.

    Se pueda ganar una indulgencia diaria (parcial o total según la obra prescripta cumplida y las disposiciones), en favor de la persona que realiza las obras o en favor de alguna persona difunta. Nunca puede ser por otro que está vivo, que la puede ganar por sus propios medios.

    El Apóstol Pablo nos conduzca por los caminos de Jesús, a quien siguió hasta dar la vida, nos conceda la unidad a todas las Iglesias cristianas (Cat.822 y 838), fruto pedido para este año de gracia, y con un corazón santo nos haga anunciadores de Aquel a Quien experimentó Vivo y Resucitado.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor Universitario de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • El martirio en la vida cotidiana de Santa Teresita.

    El martirio en la vida cotidiana de Santa Teresita

    La fortaleza.

    La fortaleza de su alma fue una de las características de la fisonomía espiritual de Santa Teresita del Niño Jesús, a pesar de su camino de la “infancia espiritual”, que, lejos excluirla, la presupone.

    Amaba profundamente a Jesús crucificado, y el amor no deja de imitar a Aquel a Quién se ama.

    “-Recuerda que cuando alguien te invita a su mesa, luego deberás prepararle algo semejante”, dice la Sagrada Escritura.

    Jesús nos invita a su mesa con amor y se entrega a Él mismo como alimento.

    De la misma forma pide nuestra entrega y amor incondicionales, semejantes al suyo.

    Pues el amor con amor se paga.

    La fuerza del Dios Omnipotente.

    En su proceso de canonización, los testigos insisten en el vigor heroico de Teresita.

    El espíritu de fortaleza anima toda su espiritualidad, sin el cual, sin duda, no se puede lograr la santidad.

    Se puede decir que pasaba entre las dificultades de la vida, como jugando, haciendo honor a su espiritualidad, pero apoyándose en la misma fuerza de Dios, que es omnipotente e invencible para la lucha.

    San Pablo lo decía de esta manera: “-El poder de Dios se muestra perfecto en mi debilidad. Porque cuando soy débil, soy fuerte”.

    Y esto se veía en Teresita tanto en la lucha contra sus pasiones e inclinaciones, como en las contradicciones de la vida comunitaria, y en su enfermedad que la llevaría a la muerte.

    Anécdotas de fortaleza.

    “No quejarse, salvo que no se pueda más”, era uno de sus lemas.

    Muy lejos de los que se quejan, desde el principio de las dificultades, temores, dolores, enfermedades y problemas.

    Escogía los lugares o trabajos más incómodos para evitárselos a otros.

    En el lavadero se colocaba en el lugar justo alrededor de la pileta en el que una hermana salpicaba cuando enjuagaba y retorcía sus prendas.

    Otra se veía aliviada por esta situación: No le tocaría ese lugar.

    Todas buscaban los lugares ventilados.

    Ella, en cambio, podía soportar aquel por donde corría menos aire.

    Las hermanas jóvenes, recordándola, se colocaban en ese lugar para imitar a sor Teresa.

    Medicamentos de feo sabor, los tomaba sorbo a sorbo, como degustando con amor la pasión de Jesús a través de esos sorbos, cuando la hermana enfermera la instigaba a terminarlo de golpe y acabarlo de una vez.

    Evitaba cruzar los pies (¡ni qué decir las piernas, que se ha hecho un hábito
    para nosotros cruzarlas en cualquier momento y lugar!)

    No se frotaba las manos cuando hacía frío, y cuando hacía calor no andaba desesperaba secándose el rostro con el pañuelo y haciendo exclamaciones.

    Decía que nada valía tanto (orar, escribir vida de santos, predicar), como responder cuando la llamaban: No temía que la estorbaran, que la interrumpieran en lo que estaba haciendo.

    Esto pertenece a una parte de la fortaleza que es la paciencia, en ella en grado heroico, es decir, superlativo, lo que no quiere decir que nosotros no estemos llamados a ello.

    Una vez le quisieron sujetar el hábito, y una hermana le atravesó la carne con un alfiler.

    Pudiendo aguantarlo, no se quejó, y anduvo varias horas con el alfiler así.

    Finalmente desistió porque le parecía que estaba faltando a la obediencia, ya que cosas extraordinarias de penitencia deben ser en la comunidad religiosa con permiso de la superiora.

    Actos “microscópicos” de heroísmo.

    Santa Teresita del Niño Jesús hace presente entre los cristianos, para admiración y ejemplo, el heroísmo de lo pequeño:

    Actos “microscópicos”, podríamos decir, de fortaleza y martirio (entrega de su vida a cada instante, que culminaría con el acto de entrega al Amor misericordioso de Dios), pero valiosísimos a los ojos de Dios, si se hacen con una caridad cada vez más creciente.

    En ello consiste el misterio de la santidad:
    Hacer el acto posterior con un poco más de amor que el acto anterior:
    Así se crece en gracia y en espíritu.

    Practica las virtudes ocultas, aquellas que no llaman la atención, que no pueden ser vistas por los hombres. “-Cuando nadie te ve”.

    Es grato rezar cuando nos observan, o hacer un acto de virtud o de aparente caridad o desprendimiento cuando nos están mirando y calificando.

    La cuestión es hacerlo en la presencia del Padre Celestial, lejos de las miradas aduladoras de los demás.

    Rezar a solas en la Iglesia o en un parque o en una habitación.
    Dios sabe y escucha.

    Como dice Jesús: “-Tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará” (Mt. 6, 6:).

    Teresita solía a los 8 años ir a pescar con su papá.
    Pronto se aburría y se sumergía solitaria en el campo, en una contemplación profunda de las cosas de Dios y de Él mismo.

    O dar a escondidas, sin que nadie se entere y sin hacer alarde (Mt. 6, 3-4).

    Levantar un papelito o un alfiler del suelo y colocarlo en su lugar sin que nadie se de cuenta, sólo teniendo presente a Dios o a Jesús, como Teresita solía hacerlo, es fundamental para el desarrollo de la virtud.

    Una mortificación “muy amable” de los sentidos.

    Una de sus novicias la describía como una hermana que tenía una mortificación “muy amable”, que no se hacía notar. Nada parecía extraordinario.

    Tampoco buscaba los manjares más sabrosos, como para que el gusto no se sienta totalmente satisfecho .

    Recordemos la ascesis cristiana de la mortificación de los sentidos, en la primera etapa de la vida espiritual, para no vivir según el exterior, y despertar a la vida interior:

    Cuidado de la vista, de lo que se oye, huele, saborea, toca, ve.

    No dando lugar a todo lo que los sentidos quieren y desean (“no se cansa el ojo de ver y el oído de oír”, dice la Sagrada Escritura), se va logrando el autodominio con la ayuda de la gracia, y el alma se va entrenando en la fidelidad a las mociones del Espíritu Santo (a la actuación de sus dones).

    Cuándo se está sólo en los sentidos, se está en la vida según la carne, y no según el Espíritu.

    Estas cosas de control y dominio de los sentidos por amor a Jesús, solía decir que no dañan la salud, no son vistosas ante los ojos de los demás como para llamar su atención, y mantienen el alma en un estado permanente de fervor sobrenatural.

    Vencía sus pasiones llevando en silla de ruedas a una de las hermanas más enfermas y repulsivas, a la que nadie quería atender (principalmente por su mal temperamento, muy “cascarrabias”, se decía), y haciendo que se sienta querida por ella, hasta tal punto que esta hermana llegó a preguntarle a Teresita: “¿Qué ves en mí, sor Teresa, para apreciarme o quererme tanto?”.

    Y Teresita veía y experimentaba a Jesús en ella, porque a nivel de piel también ella sentía rechazo por la mencionada hermana.

    Recordemos que el pecado no está en “sentir”, sino en “consentir”; no es un acto del sentimiento, sino de la voluntad.

    Y lo mismo podemos decir de la virtud:

    No está en el mero sentimiento, sino en una inteligencia lúcida y en una voluntad decidida y entregada.

    La lámpara.

    Cuando le mandaron preparar una lámpara, tenía tales tentaciones de rebeldía contra quién se lo había solicitado, y de protesta por considerarlo una pérdida de tiempo, que tuvo que vencerse heroicamente.

    Le pidió calma y serenidad a Jesús.

    Y lo hizo como si la preparara para Jesús, María y José.

    Y así su corazón quedó consolado y sosegado, dispuesto a más.
    Ganó la batalla.

    Y de ésta manera Dios nos mantiene en la humildad, conscientes de nuestras limitaciones.

    Recordemos la Escritura que dice: “Lo que hagan, háganlo con toda el alma, como para servir al Señor, y no a los hombres”.

    “Guerrera del Señor”.

    Y recordando a Santa Juana de Arco, a quién varias veces representó en el convento en su lucha por la liberación de Francia al frente de sus ejércitos, le pedía a Dios que la armara para la lucha (el “buen combate” paulino), y que ardía en deseos de combatir para su gloria.

    Le prometía a Jesús batallar hasta el fin de su vida por amor a Él.

    Y así lo hizo.

    En su enfermedad (la tuberculosis a través de la cual el Señor la vino a buscar), trataba de no proferir quejas, y de no ser una carga y estorbo para sus hermanas.

    A la vez, tenía la humilde fortaleza de dejarse atender en todo lo necesario y conveniente.

    Siempre continuaba con sus quehaceres todo lo que podía, ofreciendo sus sacrificios por alguien, a pesar de sus dificultades y debilidades, principalmente de salud.

    Confesó que, a pesar de sus travesuras, desde los tres años, en que despertaba su conciencia, nada le había negado a Jesús.

    Amar, sufrir y sonreír.

    Y siempre con una sonrisa, sin hacer gestos ni caras ante la contrariedad. Sin menear la cabeza:

    Podemos decir que amaba, sufría y sonreía, lo que hacía más valiosa y acrisolada su virtud y santidad ante Dios, y luego lo sería ante los demás al descubrirla.

    Cuando llegaron los grandes sufrimientos, Dios la encontró dispuesta y entrenada:

    El heroísmo de las cosas pequeñas y cotidianas habían formado en ella la personalidad de una mártir, de alguien que daba la vida por Jesús.

    El heroísmo de lo “microscópico”, la había preparado para el heroísmo en las cosas grandes.

    Su fidelidad silenciosa a Jesús, le abre el camino estrecho que lleva a la vida, y que son pocos los que lo encuentran, porque la mayoría prefiere el camino ancho y espacioso que lleva a la perdición.

    Escogiéndolo todo.

    Vivió y venció en el buen combate de la fe, y fue coronada por el Señor.

    Le dijo a Jesús que lo escogía todo, y que no quería ser santa a medias:

    “-No me da miedo padecer por Vos”.

    Y cercana a su muerte exclamaba:

    “-No quisiera haber sufrido menos por Jesús”.

    Y también:

    “-No puedo sufrir, porque el sufrir me ha llegado a ser muy dulce”.

    “-No me arrepiento de haberme entregado al Amor”.

    “-Tan sólo, cuenta el amor”.

    Y así dio su vida, cada día, por amor, inmolándolo todo por amor, entregándolo todo por amor.

    Jesús es el Amor.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
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  • La maternidad espiritual de Santa Teresita del Niño Jesús.

    La maternidad espiritual de Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz.

    Teresita quería ser, por su unión con Jesús, madre de las almas.

    Y Dios se lo concedió.

    ¿Qué es una madre o un padre naturalmente hablando?:
    Aquellos que dan la vida al hijo.

    ¿Qué es una madre o un padre espiritual?:
    Aquellos que dan la vida de Dios, la gracia, que engendran un hijo o una hija espiritual (que puede ser también el hijo engendrado naturalmente, ya que los padres deben ser los primeros comunicadores de la vida de la gracia) y lo alimentan en el camino de la santidad, en la comunidad familiar que llamamos Iglesia doméstica.

    Jesús le dio a Teresita un signo claro de que la escuchaba y de que la iba a convertir en madre de muchos, cuando llegó a sus manos un periódico que anunciaba la condena de Pranzini a muerte, un peligroso asesino y delincuente de aquella época.

    Aunque era impenitente y se declaraba ateo, Teresita le pidió a Jesús un signo de conversión antes de su muerte.

    “Probó” a Jesús en su unión con ella. Probó la eficacia de su maternidad e intercesión. (Recordemos la lucha de Jacob con el Ángel de Yahvéh, a quien vence y éste cambia su nombre por el de Israel).

    Y Jesús se lo concedió.

    Y he aquí que, en el momento previo a la ejecución, Pranzini besó con devoción la cruz que le aproximó el capellán en tres oportunidades.

    La vocación al Amor.

    Es característica de la espiritualidad de Teresita, el tratar de reconocerse dentro del Cuerpo Místico de Cristo en su propia vocación, y tratar de buscar qué es lo que Dios quería de ella.

    Anhelaba ser misionera, mártir, sacerdote...

    Y I Corintios le dio la respuesta:

    Ella quería ser el compendio de todas las vocaciones:

    Entonces, en el corazón de la Iglesia, que es nuestra Madre, ella decidió ser el Amor.

    Y el Amor engendra hijos para el Amor, para Jesús, para Dios.

    Porque la Iglesia tiene un corazón, y por el Amor que hay en Él, dan la vida los mártires, se entregan los misioneros, los laicos son santos, los religiosos tratan de seguir más de cerca a Jesús.

    Tenía una frase que es imposible vivirla: una hipótesis imposible, pero que manifestaba su encendido amor por Jesús:

    Le decía que desearía irse al infierno, para que al menos un alma (la de ella), Lo ame desde allí.

    Doctora de la Iglesia.

    Fue declarada Doctora de la Iglesia (la tercera mujer, después de Santa Catalina de Siena y de Santa Teresa de Jesús), por su doctrina innovadora y su manera de vivir la infancia espiritual, como un camino que a todos nos puede ayudar para acercarnos a Dios, que engendra y hacer crecer la vida de Dios en nosotros.

    Es fruto de su maternidad espiritual.

    Una doctora o un doctor de la Iglesia es un santo o santa canonizado, que por supuesto no tiene error en su doctrina, que su doctrina es eminente, elevada, y que la expresa o vive de manera especial u original.

    Y que ésta doctrina sirve para que la pueda entender y practicar cualquier persona del Pueblo de Dios, cualquier miembro de la Iglesia, desde el Sumo Pontífice hasta el último feligrés.

    Así fue ella con la doctrina de la infancia espiritual como medio para engendrar y hacer crecer la vida espiritual en las almas, propio de una madre o un padre espiritual:

    Lo novedoso fue cómo expresó y vivió esta doctrina que es tan antigua como el Evangelio de Jesús (Mc. 10, 13-16. Mt. 19, 13-15. Lc. 18, 155-17).

    Algunas parábolas teresianitas.

    Solía, en este aspecto, decir que era la pelotita de Jesús (recordemos que su nombre era Teresa del Niño Jesús –y de la Santa Faz-), y como hacen los niños con la pelota, lo mismo hizo Jesús.

    La pelotita es tirada y pateada por el suelo.
    Significando sus sufrimientos, dificultades y problemas, incluso de fe.

    Y, como hacen todos los niños con sus juguetes, el “Niño Jesús” la rompió “para ver lo que había dentro” (haciendo referencia a sus numerosas pruebas y enfermedades, y a la fidelidad interior demostrada en ellas).

    Si Jesús nos sacara el corazón para ver “lo que hay adentro”, ¿encontraría la fidelidad y el amor incondicional que tenía Teresita, a pesar de nuestros sufrimientos y dificultades?

    ¿Cuándo nos revuelcan por el suelo como la pelotita al jugar los niños (cuando nos difaman, calumnian, dicen o hacen cualquier clase de injusticia contra nosotros), se rebela nuestra soberbia y nuestro orgullo, o consideramos que realmente lo merecemos,
    haciendo un ejercicio de humildad?

    También nuestra madre Teresita utilizaba la parábola del ascensor, para engendrar la vida de Dios en nosotros:

    Decía y enseñaba que el hacerse como niños y abandonarse en las manos del Padre Celestial era el camino más rápido para llegar hasta Él, como un ascensor que nos eleva sin esfuerzo.

    El camino más rápido para llegar al cielo es como apretar un botoncito que nos eleva automáticamente:

    Éste botoncito es el abandono confiado y filial en nuestro Buen Padre Dios, que nos lleva como sin esfuerzo hasta la eternidad por el camino para nosotros más fácil.

    Cerca del final:
    La pequeña santa.

    Dándose cuenta de que engendraba la vida de la gracia en los demás, vamos a recordar también algunos episodios cercanos al final de su corta pero fecunda vida, que sigue siendo fecunda aún en nuestros días, y lo seguirá siendo sin duda hasta el Final de los Tiempos, en el que todos estaremos resucitados con Jesús.

    Algunas cosas del momento anterior a su partida a la eternidad, y que hacen a su maternidad espiritual:

    La atendían en la enfermería del Convento, y en los momentos en que la fiebre hacía que no se diera cuenta de lo que decía para afuera de sus labios, repitió varias veces a quienes la atendían: -“Están atendiendo a una pequeña santa”.

    El santo, la santa, engendran la vida.

    Esto consta en el proceso de canonización por el testimonio de varias hermanas que la escucharon.

    Cuando volvía en sí, y retornaba su conciencia, las hermanas le comentaban lo que había dicho, y ella lo negaba humildemente..., o por humildad...

    “Una lluvia de rosas y de fragancias rojas”.

    Prometió que desde el cielo derramaría una lluvia de rosas, significando las gracias que concedería a los que se acogieran a ella para ir hacia Jesús, y por Él al Padre.

    Quería continuar su maternidad desde el cielo, haciéndola más potente todavía, liberada de las limitaciones del tiempo y del espacio terrenos.

    “-Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”, solía decir ya célebremente.

    Y son numerosas las gracias que recibimos a través de ella, lluvias de pétalos de rosas y fragancias rojas:

    Ternura y consuelo espiritual.
    Aliento en nuestras luchas y fortaleza en nuestras empresas.
    Inspiración en nuestros proyectos y alegría en nuestro llanto.

    Gracias que engendran en nosotros la vida que viene de Dios, vida eterna que sana, cura, reconcilia y libera, dándonos plenitud de salud y salvación espiritual.

    Nos entrega la Vida de Jesús, la que Él ha venido a traer.
    Y que es Vida Total y en Abundancia (Jn. 10, 10:).

    La “gran misión universal”.

    Y, aún estando en la clausura inviolable de un Convento contemplativo, fue declarada Patrona Universal de las misiones, junto a San Francisco Javier, jesuita.

    Y ciertamente misionó después de su partida hacia la Casa del Padre, y no sólo con su doctrina e intercesión, sino que visitó los más diversos países (incluyendo Rusia, y, por supuesto, la Argentina) con sus reliquias, que la hacían presente, paseadas en una réplica de vidrio de la Basílica construida en Lisieux, su lugar de origen, en Francia, que asemejaba un pequeño y hermoso castillo.

    Yo tuve la gracia de llevarla desde la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús, en Banfield, al lado de la cual viví hasta los 12 años, hasta el Convento carmelita de Rafael Calzada, en el sur del Gran Buenos Aires, cuando nos visitó.

    Por eso para mí no sólo es madre espiritual, sino también amiga en el Espíritu.

    Una última perlita espiritual:

    Transfiguración final.

    Si observamos sus fotos, desde que tenía 8 años hasta los 24 en que falleció víctima de la tuberculosis, vemos que, al morir, recobró la lozanía y luminosidad que tenía a los quince años, cuando la enfermedad todavía no había hecho su aparición.

    Así mueren los santos.

    Mueren de amor y por amor a Jesús.

    No hay desesperación, ni rostros desencajados:

    Una leve sonrisa luminosa, y la tez suave y tersa para ir al encuentro del Señor.

    Gustavo Daniel D´Apice - Profesor de Teología Pontificia Universidad Católica
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