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  • San Pablo en Roma.

    San Pablo en Roma.

    Aún estando preso en Roma, San Pablo continuaba su actividad evangelizadora, pero necesitaba la ayuda de los discípulos, por eso escribe a Timoteo y le pide que se apresure en ir a socorrerlo, pues algunos de los suyos lo habían abandonado, otros los había mandado él mismo a distintas comunidades, y solamente Lucas quedaba con él.

    También, olvidando los antiguos entredichos con Marcos, le pide que lo llame y le diga que vaya con él, pues sería muy útil para el ministerio.

    Evidentemente, la gracia y el amor con que Dios asiste a los cristianos, les permite no endurecer su corazón, sino antes perdonar y tratar de comprender los errores de los demás.

    Así, Marcos, apóstol del Señor, también olvida la discusión con Pablo y en cuanto se entera que él lo necesita, se dirige a ayudarlo.

    Esto lo podemos comprobar al leer la epístola de Pablo a Filemón, cuando al finalizar lo saluda también de parte de Epafras, Aristarco, Demas, Lucas y por su puesto Marcos, ayudantes suyos.

    Todo sea en pos de la misión Evangelizadora.

    Sobre Pablo.

    Por otro lado, Pablo se muestra como un hombre sumamente inteligente y capacitado, un poco duro a veces tal vez.

    Es impresionante la transformación que experimenta merced a la gracia y al amor del Señor.

    Al final, deja entrever en sus palabras que tanto él, como los demás elegidos por Dios, no son nada en sí mismos, sino que reciben toda su fuerza y el sentido de sus vidas de Aquel que se hizo nada por nosotros, nuestro Señor Jesús.

    A través de las limitaciones, tanto temperamentales como físicas, descubrimos de qué manera la Gracia Divina actúa en nosotros y nos va transformando con todo su poder, haciéndonos cada vez mejores.

    De este modo, Dios va llevando a cumplimiento su plan de salvación en cada uno de nosotros y en el mundo entero, eligiendo de entre los hombres a aquellos en los que, aunque quizá imperfectos, pueda demostrar que todo el poder y toda la gloria pertenecen a Él, y que de Él recibimos todo lo que somos y tenemos.

    Demos por todo ello gloria a Dios.

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

  • Monseñor Claus o Papá Noël.

    SIGNOS POPULARES NAVIDEÑOS

    Santa Claus.

    Es otro personaje semi-folclórico que acompaña nuestros nacimiento o pesebres, generalmente junto al Árbol.

    No es más que San Nicolás, obispo de Mira, Asia; quedó como San Nicolás de Bari cuando los italianos se llevaron sus reliquias para esa ciudad.

    Personaje más que legendario del siglo IV, su nombre fue en alemán Nicolaus.

    Los anglosajones le sacaron la N, la i y la o, y quedó Claus. De allí Santa Claus, que suena mejor que San Claus, así como mejor que San Tomás queda Santo Tomás. Cuestión de pronunciación y fonética.

    Se lo vinculó a la Navidad porque su memoria litúrgica se celebra en pleno tiempo de Adviento, y su nombre de Noel viene del francés, que quiere decir Navidad.

    Las personas llamadas Noelia tienen mucho que ver con este nombre francés. Es el femenino de Navidad, Noel.

    Monseñor Claus fue de familia pudiente, y se cuentan las siguiente anécdotas de su vida, por lo cual muy pronto se lo veneró como santo:

    Según muchos, el primer día que nació, cuando fue bañado, se paró solito en la tina, signo de que la fuerza de Dios ya estaba con él.

    Luego, lactante, rehusaba el pecho materno los miércoles y los viernes, días penitenciales en la iglesia, figura también de la gracia de Dios que actúa aún en los seres que aún no han llegado a la madurez de juicio, y que se comprueba en estudios recientes con bebés bautizados sin uso aún de la razón discursiva, que tienen una especial inclinación y sensibilidad para con los objetos religiosos.

    De joven, se entregaba a la oración, y rehusaba las diversiones mundanas y banales.

    Ya Obispo, se enteró de que un feligrés suyo, apretado por sus deudas económicas, enviaría a un prostíbulo a sus tres hijas vírgenes para salvar su vivienda.

    Durante tres noches seguidas, Monseñor Claus pasó con sus vestiduras episcopales (rojas antes de la Coca Cola), arrojando sendas bolsas con monedas de oro, con lo que el atriubulado padre puso saldar sus deudas, salvar su casa, y obtener una buena dote para dar en casamiento a sus hijas.

    De allí su representación con la bolsa en una de sus manos (con regalos para los pobres, que nunca deben faltar cuando él está), y en la otra la Luz de Cristo, signo del Evangelio que debe anunciar el Pastor de la Diócesis como primer evangelizados y catequista de la misma.

    Se le adjudican además la resurrección de tres niños, y un hecho singular que lo constituye también en patrono de los marineros.

    En cierta ocasión, llegó un barco cargado de víveres a Misa, Asia, diócesis de Monseñor Claus. Su feligresía estaba hambrienta por una carestía general, por lo que el Santo Obispo pidió a los marineros que dejen parte de sus provisiones para alimentar a su grey.

    Así lo hicieron éstos, y al zarpar y llegar luego a destino, siendo revisado el barco por sus dueños, nada faltaba.

    Devolviéndoles el favor, Monseñor Claus se apareció a estos marineros en una tempestad en alta mar, calmándola así como Jesús, el Maestro y Señor, la calmaba en el tempestuoso Mar de Galilea, participando de los poderes de Éste.

    Por eso allí donde está Monseñor Claus con sus regalos, nunca debe faltar la solicitud por el que menos tiene, para darle verdadero sentido a aquello que puede distorsionarse con tanta facilidad por nuestro pecado y egoísmo.

    La esencia de Claus era el compartir, y por eso está entre los signos de la Navidad, compartiendo la Venida de la Palabra enviada por el Padre.

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    Gustavo Daniel D´Apice - Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

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    • 5 de diciembre del 2007
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  • El ciego, el obispo y el gobernador.

    El mendigo, el obispo y el gobernador.

    La fiesta del Corpus en la Iglesia Católica reúne a todos.

    En el atrio de la Iglesia Catedral, sobre las escalinatas, y más aún en la Procesión posterior.

    El Obispo con sus ornamentos solemnes, el gobernador y/o el vice con el intendente y otras autoridades con impecables trajes y corbatas, y uniformes; los ministros de la Iglesia engalanados con sus vestiduras blancas, casullas hermosas para los concelebrantes principales, estolas bonitas para los sacerdotes, cruzadas y bellas para los diáconos, albas níveas para seminaristas y otros ayudantes o ministros (monaguillos y no sabemos si algún acólito o lector instituido).

    Hasta un fotógrafo sobre lo que sería el presbiterio en torno al altar parecía un ministro más con sus coloretes rojos (tal vez la bufanda), y había que hacer esfuerzos al verlo con su camarita trasladándose de un lugar a otro y distrayendo las miradas de aquellos que querían concentrarse en la celebración.

    Las banderas nacionales y vaticanas portadas por los representantes de las escuelas católicas ponía un colorido marco al evento, junto a los diversos uniformes de las instituciones educativas.

    El palio para la procesión con el Santísimo Sacramento, seguida con devoción por muchos, con curiosidad por otros que se asomaban a las ventanas y vidrieras de bares, cafés, y hasta de la Iglesia Universal del Reino de Dios.

    Todo un acontecimiento.

    Incienso en cada esquina para Jesús Eucaristía trasladado en una venerable custodia alrededor de la Plaza. Parlantes con audio acompañando la celebración alrededor de la misma.

    Algunos van por Jesús, otros para ser vistos y tenidos en cuenta, ya sea por el obispo, ya sea por las autoridades civiles u otras.

    Unos buscan sus puestos de ventas y pasean sus mercancías: al principio de viva voz, como en un estadio.

    Luego, emulando a alguno más prudente, mostrando sus productos en silencio con la mercancía en lo alto de su mano.

    Las mamás del ruego de limosna acarreando a los bebés-niños que portan buscando posición estratégica para el pedido.

    Justo este año la colecta anual de Cáritas para los más necesitados coincidía con la fiesta de Corpus.

    Las señoras de la colecta, con su correspondiente identificación para evitar la avivada criolla de alguno que pasara por su cuenta, recorrían todos los rincones, con importantes bultos en sus canastas de tela, habiendo sido sensibilizado el pueblo creyente por los anuncios televisivos y la prédica perseverante de su Obispo pastor, desde varios días antes, manifestando la solidaridad en un día y acontecimiento especiales, transformado también, como debiera ser toda Eucaristía, en ayuda fraterna contundente.

    No faltaba el mendigo ciego. Con su silla y su cabeza blanca. El mismo al que ayudamos a vivir en los semáforos y calles de nuestra ciudad. Parecía intuír algo más que su capacidad de pedir. Escuchaba. Su rostro se dirigía constantemente hacia el lugar donde el Obispo dirigía la oración.

    Si hasta parecía Bartimeo, el hijo de Timeo, el mendigo ciego del Evangelio, que sentado junto a la comunidad cristina (el “camino” del evangelista Lucas), al escuchar que pasaba Jesús se quedó para relacionarse con Él (Lc. 18, 35-43; Mc. 10, 46-50), incluso hasta dejando el manto, lo único valioso para él que llevaba.
    Y lo hizo hasta el final.

    Y también los oportunistas de siempre que querían aprovechar el alboroto, incluso en los saludos y apurones finales, para atrapar algún incauto: la receta trucha para el medicamento que no existe, el viaje para el colectivo que nunca llegará.

    Jesús en el Corpus reúne no solamente a su fieles de todos los domingos.
    En torno al Obispo se hace presente su presbiterio y los fieles todos, laicos y religiosos, manifestando la unidad del Pueblo de Dios.

    Y la unidad de este Pueblo reúne al mendigo, al obispo y al gobernador (o al vice), y con ellos a la gran gama de componentes del mismo, santos y pecadores, curas, diáconos, monjas, seminaristas, ministros, ayudantes, autoridades civiles y militares, profesionales, amas de casa, operarios, empleados públicos y privados, empresarios, gerentes, desocupados, vendedores, mendigos, oportunistas, ciegos, discapacitados en sillas de ruedas, ancianos, jubilados, jóvenes, bebés y niños.

    ¿No es esta Iglesia universal (católica) en su variedad, además de por su extensión en todos los lugares?

    Es la Iglesia de Jesús, la familia de Jesús en torno a la mesa del altar, donde se parte el pan de la Palabra y el de la Eucaristía (Cat. 103.830-831)

    Él preparó esta mesa de la misma forma y manera en su caminar por la Palestina:
    Todos se sentarían en ella (Lucas 19, 1-10).

    Gustavo Daniel D´Apice
    Teólogo y Filósofo