EridianiRex
hombre - 33 años, Valls, España
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Rubianes, solamente...
Hoy a fallecido uno de los últimos genios del humor, amado y odiado a partes iguales. Puedo decir que fui de los últimos en verlo actuar en Barcelona con su Sonrisa Etípoe y recordare siempre el salir del teatro con la mandíbula casí a punto de caer por la risa continua de sus más de dos horas.
Fantástico Pepe, eres y serás siempre de los mejores. Te recordaremos hasta que nos encontremos allí donde terminemos, en ese salón de baile cubano, rodeados de mulatas que bailan a tu alrededor para seguir riendo contigo y disfrutando de la vida.
Descanse en paz.
El actor y director teatral Pepe Rubianes, falleció este domingo en su domicilio barcelonés a consecuencia de un cáncer de pulmón. Maestro de la ironía y el humor ácido, este gallego (Villagarcía de Arosa, Pontevedra, 1947) afincado desde la infancia en Cataluña fue uno de los primeros autores en atreverse con los monólogos, un género teatral poco explotado en España. La productora de Rubianes apuntó que el funeral se celebrará en la intimidad, por expreso deseo de sus familiares.
Las inquietudes teatrales de Rubianes se iniciaron en la adolescencia. A los 16 años debutó en una obra de la Once, aunque su vocación no explotó hasta que llegó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. En primer lugar se unió al TUC (Teatro Universitario de Cámara), aunque pronto lo dejó por NGTU (Nuevo Grupo de Teatro Universitario). Fue un paso decisivo, ya que entró en contacto con algunos miembros de Dagoll Dagom, la compañía con la que comenzó de forma profesional.
Después de participar en varias obras como figurante, Rubianes da el paso definitivo en 1977: participa como miembro de la compañía Dagoll Dagom en la obra 'No hablaré en clase'. El éxito y el buen papel hacen que decida convertirse en actor profesional. Un año más tarde estrenó 'Antaviana', con gran éxito y lo que le permitió salir al extranjero para dar vida a la obra. En 1981, participa con Els Joglars en 'Operación Ubú' y se produce el segundo punto de inflexión en su carrera: decide volar solo.
Ese mismo año estrena 'Pay-Pay', que lleva desde Barcelona a Centroamérica; después le siguieron 'Ño' (1984), 'Sin palabras' (1987) y 'En resumidas cuentas' (1988), una recopilación de sus mejores textos. Rubianes se consagraba como uno de los mejores monologuistas españoles, una especialización que se 'descubrió' una década después en la televisión gracias a una nueva hornada de cómicos.
Rubianes continúo con sus monólogos en los 90, donde combinaba por igual tanto el castellano como el catalán, e hizo incursiones en la televisión. Su interpretación de Makinavaja hizo que fuera más conocido. Empero, volvió enseguida a los escenarios, donde logró un éxito todavía mayor. En 1995 estrenó su segunda obra recopilatoria ('Rubianes: 15 años'). Dos años después, 'Rubianes, solamente' se convertía en su proyecto más laureado. De negro, con un escenario paupérrimo, el actor logró cautivar a la platea con sus diatribas sobre lo humano y lo divino durante seis temporadas.
En 2006, planteó un homenaje a Lorca ('Lorca eran todos').
Durante su promoción desató la polémica por unas declaraciones en TV3 al criticar la unidad de España. Ante la controversia, Rubianes se disculpó y concretó que sus insultos eran para "la España que mató a Lorca". A pesar de sus palabras, la Asociación de por la Defensa de la Nación Española interpuso una denuncia contra él, que fue archivada en mayo de 2007.
Después de este episodio, prosiguió su gira por España y se embarcó en un nuevo proyecto. En enero de 2008 presentó 'La sonrisa etíope', que dejó de representarse el 21 de abril, cuando le diagnosticaron al artista la enfermedad. Hasta ese momento, Rubianes había atraído a más de 41.000 espectadores en las 83 funciones que realizó en la Sala 1 del Club Capitol de Barcelona.
El último trabajo de Rubianes quería rendir homenaje a la población del país africano, que no deja de sonreír a pesar de las penurias.
Los monólogos clásicos del galaico-catalán (como le gustaba definirse) estaban salpicados por las actuaciones de cinco bailarinas africanas ataviadas con coloristas vestidos. -
Gazapos de Gladiator
En el trabajo, tengo la suerte de poder elegir las películas que se visionan en la tienda, y desde hace unos días llevo viendo "Gladiator". La película me gusta y en su día me cautivó y apenas pude ver la cantidad de fallos que tiene, porque, independientemente de los gazapos, la película para mi sigue siendo genial. Así, que esta tarde (la cuál está siendo larga y aburrida) me estoy dedicando a buscar los gazapos... Ya pude encontrar algunos de los que hay; en la siguiente lista aparecen varios, (sacada de la wikipedia). A ver quien los encuentra todos,
Curiosidades y gazapos
En la versión original del film, Máximo dice que es de cerca de "Trujillo" y no de Emerita Augusta, como se dobló en la versión en castellano. Se ha de señalar además, que en la versión original se comete el error de nombrar a la ciudad cacereña como Trujillo (nombre actual) y no Turgalium (nombre en época romana).
La coraza blanca que lucía Cómodo durante la lucha con Máximo al final, es una reproducción exacta de la famosa coraza de Augusto, el Primer Emperador de Roma. De hecho, éste aparece con ella en su escultura más conocida, pero no pintada de blanco.
Al principio de la película se puede ver que una de las legiones que aparecen dispuestas a la batalla, es la Legio VII que fue la que se asentó en la Península Ibérica sentando las bases para la fundación de la actual ciudad de León.
Al principio de la película, cuando están en el campamento, aparecen unos bustos que en realidad se crearon 1000 años más tarde.
Al principio de la película, cuando está todo el campo de batalla cubierto de cadáveres, uno de esos cadáveres aparece vestido con un pantalón vaquero.
En la pelea en el coliseo, cuando todos estamos muy ocupados contemplando a Russell Crowe, pasa un carro de Pepsi.
Hay dos escenas en las que se pueden ver personas en vaqueros: la primera es en Germania, cuando Máximo está revisando a su caballo tras la batalla, por detrás hay un hombre vestido en vaqueros; la otra es en Zucchabar, cuando Máximo gana la batalla, en las gradas se puede ver una mujer con camiseta blanca y vaqueros.
Cuando Cómodo se presenta triunfalmente ante el Senado a su regreso de Germania, lo acompaña su hermana (cosa insólita: las mujeres no hacían vida pública en Roma si no eran mujeres... públicas, y en todo caso tenían prohibida la entrada en el Senado). Esta hermana lleva además un velo naranja: color en la vestimenta sólo reservado para las novias.
La dinastía Graco en la época que narra la película ya no estaba en el poder sino que gobernaron Roma alrededor del 200 a.C, por lo cual no podía haber ningún senador Graco.
En la grada del coliseo los hombres y las mujeres están juntos pero en Roma no se permitía que ambos se mezclasen, solo las vestales podían hacerlo.
Uno de los gladiadores dice que es de Rumania, cuando en esa época todavía no existía como tal, el territorio se llamaba Dacia.
En una de las escenas, Cómodo aparece firmando un papel con un lápiz con goma.
Después de acabar la batalla contra los germanos, mientras Maximus habla con sus compañeros, se ve detrás de ellos un caballo con la pata atada al suelo con una cuerda para que no se salga del plano.
En el Coliseo, durante la pelea con carros, un romano les dispara con una ballesta de cuatro astas. Sin embargo, las ballestas no se inventaron hasta el siglo XII.
En la escena cuando los senadores comentan el reinicio de los juegos de circo, se ve cómo se reparte propaganda impresa sobre este hecho. La imprenta se inventó muchos siglos más tarde.
En aquella época sólo las prostitutas llevaban el pelo suelto. Las dos figuras femeninas de la película lucen espléndidas melenas.
Se utiliza el término "hora" como medida temporal. En realidad los romanos no medían así el tiempo
En el despliegue de la infantería durante la batalla contra los barbaros en Germania, se pueden contar cuatro ejes transversales, cuando la formación de la legión romana se acostumbraban tres ejes de formación y los manipulos eran aún más grandes. Triple Axis.
En la pelea con carruajes, se puede ver claramente un balón de gas en la parte trasera, así como un camarógrafo de rodillas.
En une escena en el coliseo, Comodo le dice a Máximo que su hijo lloró como niña cuando lo clavaron en la cruz, cuando en la película, el niño fue arrollado por los caballos de los soldados, y en la escena cuando Máximo llora a los pies de su esposa e hijo, sus pies están suspendidos en el aire y no clavados dando a entender que si fueron cruxificados no fue en una cruz. -
AMOR BAJO CERO
¿Qué és el amor? Algo difícil de describir, incluso de medir. El amor es voluble, nos hace cometer locuras, perder el rumbo... saca lo mejor que hay de nosotros. Este puede ser duradero, sincero, apasionado... pero pocas veces eterno, aunque una cosa es segura; el amor es impredecible. Nunca sabes que esperar de él, es escurridizo y muy astuto, cuando crees que lo encuentras... el muy xxxx va y se esconde, se fuga o definitivamente te da una patada en el trasero por no decir una parte más noble.
Pero dudo mucho que pudieramos vivir sin su compañia. El amor es bello por encima de todas las cosas, aunque mal llevado puede ser un arma de destrucción masiva y aun así no podemos negarnos a su embrujo.
No me arrepiento de ninguna de las veces que he dicho "te quiero" a alguien y juro que todas ellas fueron dichas con la sinceridad más absoluta, solo me arrepiento de las que no me dijeron, pues puedo decir que ame con todas mis fuerzas, esperando que esa fuera la última vez, que por fin tuviera la dicha de encontrar mi "completo", ser todo en la otra persona. Creo que ahora puedo afirmar que encontre a la persona que me hace sentir así, en paz, lleno de jubilo cada mañana por ver su sonrisa y poder fundirme con ella en un profundo y cálido abrazo. Espero que dure eternamente, mientrás llega ese momento de eternidad, yo seguire disfrutando cada instánte.
Espero que la firma de Arturo Pérez-Reverte sea de vuestro agrado, como a sido del mío.
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AMOR BAJO CERO
Los llamaremos Paco y Otti. Fueron amigos míos hace mucho tiempo, y no sé qué será hoy de sus vidas. Los recordé anoche, cenando con otros amigos a los que, al hilo de diversas cosas, conté su peripecia. Y mientras lo hacía, caí en la cuenta de que se trata de una de las más pintorescas historias de amor de las que tengo noticia, y que nunca la he contado por escrito. Lo mismo les apetece leerla hoy a ustedes. Ya me dirán.
Primero, situémonos. Marbella, final de los años sesenta. Otti es una guía turística finlandesa, rubia y escultural, que pastorea a un grupo de guiris. La noche antes de regresar a Helsinki, se va de marcha y en una discoteca conoce a Paco. A él también lo pueden imaginar sin esfuerzo: moreno, guapo aunque bajito y un poquillo tripón. Chico de buena familia y sin un duro, que toca la guitarra por los bares. Simpático, golfete y con una cara dura absoluta, muy española. La noche sigue como resulta fácil imaginar: apartamento de Paco, un par de canutos, mucha guitarra y una dura campaña entre sábanas arrugadas, toda la noche dale que te pego, hasta que, ya amaneciendo, ella le da un beso, se despide sonriente y se larga al aeropuerto. Fin del primer acto.
Mientras Otti vuela de regreso a su tierra, Paco se queda en la cama, pensando, y concluye que se ha enamorado como un becerro. Necesita volver a verla, pero hay un par de problemas. Por una parte, ella no tiene previsto volver a Marbella. Por la otra, él no tiene un duro. Y para rematar la cosa, no sabe de la finlandesa sino su nombre y apellido –supongamos que éste es Kaukonen–. Ni una dirección, ni un teléfono. Nada. Pero como digo, está enamorado hasta las trancas. Y tiene veintiocho años. Así que se levanta de la cama, vende su Seat 124, le pega un sablazo a un amigo –doy fe de que era su especialidad–, compra un billete de avión –sólo tiene dinero para pagar el viaje de ida– y coge el primer vuelo a Helsinki, vía Londres. Aterriza allí un viernes a las cinco de la tarde, con su guitarra y ciento quince dólares en el bolsillo. Ya es de noche y hace un frío que pela. En el mismo aeropuerto, cambia dólares por moneda local, se mete en una cabina, coge una guía telefónica y busca el apellido Kaukonen. Hay como veinte, así que lo toma con calma. Ring, ring. «Hola, buenas. Ai am Paco. ¿Otti is dere?» Cuando va por el decimosexto Kaukonen, y a punto ya de acabársele las monedas, localiza a un fulano que conoce a la pava. Es su tío paterno. Otti no tiene teléfono, le dice el otro, o no lo conozco. Tampoco vive en Helsinki, sino en Hyvinkaa, que está a cincuenta kilómetros. Y le da la dirección. Sillanpaa número 34, una casita de madera. No tiene pérdida.
Con sus últimos dólares, Paco compra una botella de vodka, coge un taxi hasta Hyvinkaa, se baja con su guitarra en el 34 de la calle Sillanpaa y llama a la puerta. Nadie. Ya son casi las diez de la noche y el frío parte las piedras. Desesperado, se sube el cuello del chaquetón y se acurruca en el portal, calentándose con el vodka. A las once y cuarto, un coche se detiene ante la casa. Es Otti, y la trae su novio Johan, en cuya casa ha pasado la tarde. Ella se baja del coche, camina unos pasos y se para en seco al ver a Paco sentado en el portal, con media botella de vodka vacía en una mano y la guitarra apoyada en la puerta. Estupefacta. Cuando al fin recobra el habla, exclama: «¡Paco!...». «¿Qué haces aquí?» Y él, temblándole los labios azules de frío, la mira a los ojos y dice: «He venido a casarme contigo». Con dos cojones.
Ahora háganse cargo de la psicología de la pava. Finlandesa, o sea. La tierra de la alegría y los hombres apasionados, risueños y con una gracia contando chistes que te partes. Y en ésas aparece allí, con su guitarra y quemando las naves, un fulano bajito, moreno y simpático que la tuvo en Marbella toda una noche dale que te pego, despierta y gritando: «Oh-yes, oh-yes, oh-yes» mientras él, sudando la gota gorda, decía: «Que sí, mujer. Te oigo, te oigo». Y claro. Pasando mucho del novio, que mira pasmado desde el coche, Otti se tira encima del visitante y se lo come a besos y lametones. Y lo mete adentro. Y los dos tardan cuatro días y varias botellas de Suomuurain y Mesimarja, además de la media de vodka que quedaba, en salir de la cama, con los vecinos asomados a la ventana para averiguar de dónde proceden esos alaridos inhumanos. Y después de muchas peripecias –Paco tocando la guitarra por los restaurantes de allí–, vienen a España, se casan y tienen dos cachorros rubios, Kristina y Alexis, con pinta de vikingos.
Pondremos aquí el colorín colorado. Lo que sigue, quince años de convivencia de Otti y Paco, no termina del todo bien. Los años pasan, cambian a la gente. Nos cambian a todos. Hoy Otti vive otra vez en Finlandia. En cuanto a Paco, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Pero hubo un momento en que fueron mis amigos y pude compartir un poco de su historia. La más simpática historia de amor que conocí nunca. -
ESAS MADRES PERVERSAS Y CRUELES
No tiene nada que ver con que este domingo sea día de los Inocentes. En absoluto. Ni con los niños degollados, ni con las bromas tradicionales hechas al prójimo incauto. El caso es real como la vida misma –la vida española misma, maticemos– y sale en los periódicos: madre condenada a cuarenta y cinco días de cárcel y a un año de alejamiento de su hijo de diez años, porque hace dos, en el curso de una refriega doméstica, le dio una colleja al enano, con tan mala suerte que éste se dio contra el lavabo y sangró por la nariz. Y claro. En este faro ético de Occidente donde moramos, tan salvaje agresión doméstica no podía quedar sin castigo. El hecho de que hayan pasado dos años desde entonces, y de que el menor fuese un poquito gamberro y desobediente, se negara a hacer los deberes y acabara de tirar a su madre una zapatilla, corriendo a encerrarse a continuación en el cuarto de baño, de donde no quería salir, no fue considerado atenuante por la dura Lex sed Lex. Tampoco se tuvo en cuenta que se trataba de un incidente aislado, y no de malos tratos habituales; ni el hecho obvio de que, en un pueblo pequeño como es el de esa familia, una orden de alejamiento supone que uno de los dos, madre o hijo, debe hacer las maletas y largarse del pueblo.
Pero no importa, oigan. Estoy con la juez que entendió el asunto: no hay atenuante que valga. Es más: tengo la certeza moral de que a ustedes, como a mí –siempre de parte de la ley y el orden–, la de esta cruel madre torturadora les parece sentencia justa y ejemplar. Como bien ha argumentado no sé qué asociación de derechos infantiles, «a los niños no se les pega». Y punto. Así de simple. Y menos en estos tiempos, cuando tan fácil es sentarse a dialogar con ellos a cualquier edad y afearles su conducta con argumentos de peso intelectual. A ver qué le habría costado a esa madre pagar a un cerrajero para que abriese la puerta del cuarto de baño y después, mirando muy fijamente a su hijo de diez años a los ojos, decirle: «Hijo mío, ya dijeron Sócrates y San Agustín que a las madres no se les tiran zapatillas. De seguir así, el día de mañana la sociedad te expulsará de su seno. Así que tú mismo. Atente a las consecuencias».
En mi opinión, la Justicia se queda corta. Una madre capaz de perder el control de esa manera brutal e inexplicable debería ser castigada con más contundencia. Y no con una pena mayor, como solicitaba la fiscalía –la juez fue clemente, después de todo, quizá por solidaridad de género y génera–, sino con medidas drásticas e implacables. Porque, so pretexto de no haber antecedentes penales ni constancia de malos tratos anteriores, la madre se ha ido de rositas. Asquerosamente impune, o casi. Y si de mí dependiera, esa delincuente sin escrúpulos ni conciencia habría ingresado inmediatamente en prisión para comerse cinco años de talego, por lo menos. O más. Y cuando saliera –aunque procuraría aplicarle la doctrina Parot para impedirlo–, le calzaría una pulsera con Gepeese y una orden de alejamiento, no del hijo y de su pueblo, sino de España. Al puto exilio. Por perra. Y por supuesto, le retiraría la custodia del niño y se lo daría a alguna familia modélica, como por ejemplo a los Albertos. Para que aprenda.
Pero no hay mal que por bien no venga, oigan. Todo esto me ha dado una idea. De pequeño me sacudieron las mías y las del pulpo; y va siendo hora, creo, de que los culpables de aquel infierno paguen lo que hicieron. Yo también exijo justicia. Mi padre, sin ir más lejos, me dio una vez cuatro bofetadas que hoy le habrían costado, por lo menos, un destierro a Ceuta. Y mi madre, hasta que tuve edad suficiente para inmovilizarla con hábiles llaves de judo, no vean cómo nos puso con la zapatilla, durante años atroces, a mi hermano y a mí. Guapos, nos puso. Por no hablar de los Maristas, donde el hermano Severiano nos torturaba bestialmente dándonos capones en clase, y donde el Poteras –a quien Dios haya perdonado–, cada vez que le pegábamos fuego a una papelera o escribíamos El Poteras es un cabrón en la pizarra, nos aplicaba la intolerable violencia de endiñarnos con el puntero y la chasca sin respeto por nuestros derechos humanos. Como en Guantánamo. Y así ha salido mi generación, perdida. De trauma en trauma. Por eso va siendo hora de que los culpables rindan cuentas a la Justicia. Memoria histórica para el nene y la nena. Barra libre. Así que voy a pedirle al juez Garzón que abra una causa general que los ponga firmes a todos. Que encierre en la cárcel a los que sigan vivos, que alguno queda –tiembla, Severiano–, y desentierre a los otros para escupir sobre sus huesos. A mi padre, por ejemplo, ya no lo pillan. Lástima. Pero mi madre sigue ahí, tan campante. Sus ochenta y cuatro años no tienen por qué ponerla a salvo de su cruel salvajismo de antaño. En esta España, líder moral de Occidente, lo de la zapatilla no puede quedar impune. O sea. Más vale tarde que nunca.
FIRMA DE ARTURO PÉREZ-REVERTE EN EL XL-SEMANAL -
LO QUE DEBE SABER UN TERRORISTA
FIRMA DE ARTURO PEREZ-REVERTE EN EL XLSEMANAL
Oído al parche, terrorista. O terroristo. A ti te lo digo, sí. Quítate un momento la capucha o la kufiya, tío. Lo que lleves puesto. Deja el cuchillo de degollar infieles, el Corán sin notas a pie de página, el teléfono móvil conectado a la mochila bomba, la pistola del tiro en la nuca, el coche trampa y las mentecatas obras completas de Sabino Arana que, encima, analfabeto como eres –hasta las cartas de extorsión las escribes con faltas de ortografía, colega–, no has abierto en tu vida. Deja todo eso un momento y atiende. Tengo unos bonitos consejos para regalarte por la patilla, a fin de que puedas ser un terrorista eficaz y prudente, de los que nunca caen en manos de la policía. En un país serio, esto me llevaría delante de un juez: colaboración con banda armada, apología del terrorismo o qué sé yo. Cualquier cosa lógica. Pero estamos en España, oyes. Nada de lo que voy a decir es cosa mía, sino tomado de los periódicos después de que altos responsables policiales larguen en la prensa con pelos y señales. Es de dominio público, vamos. Al alcance de cualquiera. Así que tú mismo, tronqui. Lee y aprende, porque parece mentira. No os enteráis. Los periódicos llevan años contándolo, y vosotros seguís dejándoos coger como capullos en flor.
Para empezar, ¿sabes por qué palmó Cheroqui, o Txeroki, o como se escriba? Entre otras cosas, porque los etarras usan cibercafés para comunicarse, y las fuerzas represoras del Estado fascista vigilan esos sitios. Por si no habías caído en la cuenta, lo señaló el ministro del Interior el otro día. Cibercafés, dijo. Con todas sus letras. Y la policía no es tonta. Ya sé que el nivel intelectual de los gudaris ha bajado mucho, y que los liberados, los legales, los kaleborroka y otros heroicos luchadores vascos y vascas seguirán acudiendo a esos sitios cual pardillos, a ponerse correos electrónicos como locos. Quien no da más de sí, no da más de sí. Pero en fin, tío. Por el ministro, que no quede. El que avisa, no es traidor.
Otro detalle, pringao: que no se te ocurra más, en tu terrorista y puta vida, llevar encima ordenador portátil ni lápiz de memoria con datos de la peña. ¿Vale? Tampoco robar un coche nuevo y ponerle una matrícula vieja: un Peugeot 207 con letras ZL canta la Traviata. Así que elige otras letras, porque si no te van a pillar seguro, como explicó amablemente el jefe de los txakurras a cuanto periodista se interesó por el detalle. Porque una cosa es el secreto policial y otra la transparencia informativa habitual en una democracia madura y diáfana como la nuestra. Ojito con eso. Ya sé que contar minuciosamente cómo y por qué se ha trincado a un terrorista es forma segura de alertar a otros para que no cometan el mismo error, pero qué se le va a hacer. Las policías extranjeras alucinan en colores con lo nuestro, pero aquí nos encogemos de hombros. No passssa nada, coleguis. Cuando se es referente moral y reserva ética de Occidente, como es el caso de España, nobleza obliga.
Podría contarte un montón de cosas más, terrorista de mis carnes. De este y otros episodios. De etarras patosos y de islamistas chapuceros. Explicarte por lo menudo cómo se los detecta, sigue, vigila y detiene mediante tal o cual instrumento, o porque cometen determinado error. Advertirte sobre cómo debes revisar los bajos de tu coche y localizar la chicharra que le pusieron, eludir el equipo direccional de sonido que graba tus propósitos, evitar aquella autopista porque tiene videovigilancia, no registrarte nunca con tu chica o chico en hoteles así o asá, olvidar tal cafetería, restaurante, carnicería islámica, bar, piso o sucursal bancaria. Pero no me necesitas. Tú mismo podrías, leyendo tres o cuatro periódicos, establecer la identidad del confite que se berreó a la madera sobre tu colega Gorka, o Edurne, o Mohamed, o Manolo. Porque ésa es otra. Hasta las identidades de infiltrados y chivatos salen a relucir, a veces con familia y domicilio incluidos, en este país donde acogerse a la condición de testigo protegido –y no digamos testigo a secas– es jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor. Como para que colabore la Niña de la Venta. Aquí te venden a cambio de un minuto de telediario, y no sería la primera vez que confidentes o infiltrados tienen que abrirse a toda leche porque una llamada telefónica les advierte que, en media hora, el ministerio del Interior, el portavoz tal o cual, van a detallar ante la prensa hasta la talla de faja que usa la madre que los parió.
Resumiendo, chaval. En este país de cantamañanas no necesitas un manual titulado Lo que no debe hacer el perfecto terrorista. Basta con leer los periódicos. Pero, claro. Aquí la prensa tiene derecho a saber. Los ciudadanos tienen derecho a saber. Incluso los terroristas –ya te digo que España no es opaca, autoritaria y poco democrática como Gran Bretaña, Alemania o Francia– tienen derecho a saber. En consecuencia, saben. Y aun así, los trincan. Calcula el nivel, Maribel. -
NOSTALGIA DEL AK-47
Ayer estuve limpiando el Kalashnikov. No porque tenga intención de presentarme en algún despacho municipal, nacional, central o periférico, preguntar por los que mandan y decir hola, buenas, ratatatatá, repártanse estas bellotas. No siempre las ganas implican intención. El motivo de emplearme a fondo con el Tres en Uno y el paño de frotar es más pacífico y prosaico: lo limpio de vez en cuando, para que no se oxide.
No me gustan las armas de fuego. Lo mío son los sables. Pero el Kalashnikov es diferente. Durante dos décadas lo encontré por todas partes, como cualquier reportero de mi generación: Alfonso Rojo, Márquez y gente así. Era parte del paisaje. De modo que, una vez jubilado de la guerra y el pifostio, compré uno por aquello de la nostalgia, lo llevé a Picolandia para que lo legalizaran e inutilizaran, y en mi casa está, entre libros, apoyado en un rincón. Cuando me aburro lo monto y desmonto a oscuras, como me enseñó mi compadre Boldai Tesfamicael en Eritrea, año 77. Me río a solas, con los ojos cerrados y las piezas desparramadas sobre la alfombra, jugando con escopetas a mis años. Clic, clac. La verdad es que montarlo y desmontarlo a ciegas es como ir en bici: no se olvida, y todavía me sale de puta madre. Si un día agoto la inspiración novelesca, puedo ganarme la vida adiestrando a los de la ONCE. Que tomen nota, por si acaso. Tal como viene el futuro, quizás resulte útil.
El caso es que estaba limpiando el chisme. Y mientras admiraba su diseño siniestro, bellísimo de puro feo, me convencí una vez más de que el icono del siglo que hace ocho años dejamos atrás no es la cocacola, ni el Che, ni la foto del miliciano de Capa –chunga, aunque la juren auténtica–, ni la aspirina Bayer, ni el Guernica. El icono absoluto es el fusil de asalto Kalashnikov. En 1993 escribí aquí un artículo hablando de eso: de cómo esa arma barata y eficaz se convirtió en símbolo de libertad y de esperanza para los parias de la tierra; para quienes creían que sólo hay una forma de cambiar el mundo: pegándole fuego de punta a punta. En aquel tiempo, cuando estaba claro contra quién era preciso dispararlo, levantar en alto un AK-47 era alzar un desafío y una bandera.
Se hicieron muchas revoluciones cuerno de chivo en mano, y tuve el privilegio de presenciar algunas. Las vi nacer, ser aplastadas o terminar en victorias que casi siempre se convirtieron en patéticos números de circo, en rapiñas infames a cargo de antiguos héroes, reales o supuestos, que pronto demostraron ser tan sinvergüenzas como el enemigo, el dictador, el canalla que los había precedido en el palacio presidencial. Víctimas de ayer, verdugos de mañana. Lo de siempre. La tentación del poder y el dinero. La puerca condición humana. De ese modo, el siglo XX se llevó consigo la esperanza, dejándonos a algunos la melancólica certeza de que para ese triste viaje no se necesitaban alforjas cargadas de carne picada, bosques de tumbas, ríos de sangre y miseria. Y así, el Kalashnikov, arma de los pobres y los oprimidos, quedó como símbolo del mundo que pudo ser y no fue. De la revolución mil veces intentada y mil veces vencida, o imposible. De la dignidad y el coraje del hombre, siempre traicionados por el hombre. Del Gran Combate y la Gran Estafa.
Y ahora viene la paradoja. En este siglo XXI que empezó con torres gemelas cayéndose e infelices degollados ante cámaras caseras de vídeo, el Kalashnikov sigue presente como icono de la violencia y el crujir de un mundo que se tambalea: este Occidente viejo, egoísta y estúpido que, incapaz de leer el destino en su propia memoria, no advierte que los bárbaros llegaron hace rato, que las horas están contadas, que todas hieren, y que la última, mata. Pero esta vez, el fusil de asalto que sostuvo utopías y puso banda sonora a la historia de media centuria, la llave que pudo abrir puertas cerradas a la libertad y el progreso, ha pasado a otras manos. Lo llevaban hace quince años los carniceros serbios que llenaron los Balcanes de fosas comunes. Lo empuñan hoy los narcos, los gangsters eslavos, las tribus enloquecidas en surrealistas matanzas tribales africanas. Se retratan con él los fanáticos islámicos cuyo odio hemos alentado con nuestra estúpida arrogancia: los que pretenden reventar treinta siglos de cultura occidental echándole por encima a Sócrates, Plutarco, Shakespeare, Cervantes, Montaigne o Montesquieu el manto espeso, el velo negro de la reacción y la oscuridad. Los que irracionales, despiadados, hablan de justicia, de libertad y de futuro con la soga para atar homosexuales en una mano y la piedra para lapidar adúlteras en la otra; mientras nosotros, suicidas imbéciles, en nombre del qué dirán y el buen rollito, sonreímos ofreciéndoles el ojete.
Lástima de Kalashnikov, oigan. Quién lo ha visto. Quién lo ve.
Firma de Arturo Pérez-Reverte -
La farlopa de Kate Moss
Hay que ver lo que inventa el hombre blanco. Y lo que le gusta hacer el chorra. Hojeaba una revista de arquitectura y diseño, en su versión española, cuando me tropecé con un reportaje sobre cómo un profesional del asunto tiene decorada su casa. Vaya por delante que en casas de otros no me meto, y que cada cual es libre de montárselo como quiera. Pero en esta ocasión la casa del antedicho la habían sacado a la calle, por decirlo de alguna forma. Su propietario la hacía pública, abriendo sus puertas al fotógrafo y al redactor autores del reportaje. Quiero decir con esto que si, verbigracia, un fulano va a mi casa a tomar café y luego cuenta en una revista cómo está decorada la cocina, tengo perfecto derecho a mentarle los muertos más frescos. Otro asunto es que yo pose junto a las cacerolas y el microondas consciente de que van a ser del dominio público. Cada cosa es cada cosa, y ahí no queda sino atenerse a las consecuencias. Que luego digan, por ejemplo, que de decorar cocinas no tengo ni puta idea. O que mi gusto a la hora de elegir azulejos es para pegarme cuatro tiros.
Y, bueno. En ese reportaje al que me refería antes, un diseñador, que por lo visto está de moda, posaba junto a un elemento plástico de su vivienda. Ignoro si el objeto en cuestión era permanente, como cuando se cuelga un cuadro o se pinta una pared, o si era de quita y pon, y estaba puesto allí sólo para la ocasión; aunque el texto que acompañaba la imagen daba a entender que era decoración fija: «Fulanito –decía el pie de foto– escaneó esta imagen de Kate Moss que dio la vuelta al mundo y que a él le impactó de forma poderosa. Luego la fotocopió ampliada y la pegó a trozos en el salón». Lamento que esta página no permita añadir ilustraciones, pues les aseguro que ésta merecía la pena: unos cojines como de tresillo de sala de estar, y encima, donde suele colgarse el cuadro cuando hay cuadro, o las fotos de la familia, troceada en seis partes y sujeta a la pared con cinta adhesiva, la imagen de Kate Moss –que como saben ustedes es una top model algo zumbada, a la que suele moquearle la nariz– sentada en un sofá, toda rubia, maciza y minifaldera, en el momento de prepararse unas rayitas de cocaína.
Yo no he ido a buscar esa escena, que conste. Me la han puesto delante de las narices en una revista que he pagado. Tengo derecho a decir lo que opino de ella, pues supongo que, entre otras cosas, para eso la publican. Lo mismo hacen ustedes con mis novelas, cuando salen. Opinar. O en el correo del lector, con estos artículos. Hablamos, además, de un elemento ornamental situado estratégicamente en lugar destacado de una casa modélica, o sea. O que lo pretende. La de un diseñador conocido, profesional del ramo, quien considera que, para su propio hogar, la imagen más adecuada, junto a la que posa, además, con pinta de estar en la gloria fashion, es la de una pedorra dispuesta a darse, en público, un tiro de farlopa. Y no hablo del aspecto moral del asunto, que me importa un rábano: Kate Moss y sus aficiones son cosa de ella y de su chichi. Lo que me hace gotear el colmillo mientras le doy a la tecla, es que mi primo el diseñata, que por lo expuesto va de original y esnob que te rilas, colega, nos venda el asunto como el non plus ultra de lo rompedor y la vanguardia torera.
Y no me expliquen el argumento, por favor, que lo conozco de sobra. Iconos del mundo en que vivimos, y demás. Kate Moss, muñeca rota de una sociedad desquiciada e insegura, etcétera. El símbolo, vaya. El icono y tal. La soledad del triunfador y otras literaturas. De esos iconos conocemos todos para dar y tomar, para escanear y pegar con cinta adhesiva y para proyectar en cinemascope. A otro cánido con ese tuétano. Nuestra estúpida sociedad occidental tiene la tele, y las revistas, y las casas, y los cubos de la basura atiborrados de toda clase de símbolos. De iconos, oigan. Hasta el aburrimiento. Se me ocurren, de pronto, medio centenar de iconos mucho más representativos del vil putiferio en que andamos metidos. Pasé gran parte de mi vida coleccionándolos para el telediario. Por eso, lo que más me pone es lo del impacto. La imagen de Kate Moss «que a él le impactó de forma poderosa», dice el texto. Hay que ser elemental, querido Watson, para sentirse poderosamente impactado por la imagen de una frívola soplacirios a pique de meterse una raya. Y encima colgarla en el salón para que la admiren las visitas y le sirva a uno como escaparate de lo que profesionalmente lleva dentro. Así que, una de dos: o ese diseñador se lo cree de verdad, lo que sería revelador sobre su criterio estético y su trabajo, o se maquilla la cara con cemento, tomándonos a todos por gilipollas. Aunque entreveo, también, una tercera posibilidad: que él mismo sea un poquito gilipollas, alentado por un mundo que aplaude a los gilipollas.
Firma en el XL semanal por Arturo Peréz-Reverte -
Fallece Michael Crichton
... un momento de silencio por Michael Crichton... autor de un sinfin de sagas, libros y momentos mágicos, tanto en las novelas como en los guiones... sin su innegable genio, nunca hubieramos podido ver está pelicula... basada en "Los devoradores de Cadáveres"... Siempre se mantendrá vivo en nuestra memoria y sus novelas.
Michael Crichton (Chicago, Illinois, 23 de octubre de 1942 - Los Angeles, California, 4 de noviembre de 2008) fue un médico, escritor y cineasta estadounidense, considerado el iniciador del estilo narrativo llamado tecno-thriller.
Ha vendido más de 100 millones de libros, los cuales han sido traducidos a más de treinta lenguas, y doce de ellas se han convertido en películas de cine. También es el creador de la serie de televisión, ER (Urgencias). Ha sido la única persona que ha tenido el libro número uno, la película número uno y la serie de televisión número uno en el mismo instante.
Crichton nació en Chicago, Illinois, de John Henderson Crichton y Zula Miller Crichton, y se crió en Roslyn, Long Island, Nueva York. Tiene dos hermanas, Kimberly y Catherine, y un hermano menor, Douglas.
Asistió a Universidad de Harvard como estudiante, graduándose summa cum laude en 1964[2] . Perteneció a la fraternidad Phi Beta Kappa. Se graduó con el título de Doctor en Medicina en 1969, y realizó el postgrado en el Instituto Salk para estudios biológicos de La Jolla, California, entre 1969 y 1970. En 1988, fue escritor invitado en el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts).
En la escuela de medicina, escribió novelas bajo los seudónimos de John Lange y Jeffery Hudson. Un caso de necesidad , escrito bajo el seudónimo de este último, ganó el 1969 el Premio Edgar a la Mejor Novela. También es co-autor de Dealing con su hermano menor, compartiendo con él el seudónimo Michael Douglas. La contraportada de ese libro contiene una foto de Michael Douglas a una edad muy temprana sostenido por su madre.
Crichton falleció el 4 de noviembre de 2008 en Los Ángeles a la edad de 66 años, "tras una valiente y privada batalla contra el cáncer", según declaraciones de su familia publicadas en un comunicado que publicó en la página web del noticiero televisivo Entertainment Tonight . En el texto, la familia de Crichton afirma que "el mundo lo conoció como un gran narrador que cuestionó nuestras ideas preconcebidas sobre el mundo que nos rodea, y nos entretuvo mientras lo hacía". Crichton tenía previsto publicar una nueva novela en diciembre de 2008, pero la editorial HarperCollins había informado que el libro quedaba indefinidamente postergado debido a la enfermedad del escritor. El comunicado de su familia sintetiza bien el impacto que tuvo la obra de Crichton, A través de sus libros, dice, el escritor "sirvió de inspiración para estudiantes de todas las edades, desafió a científicos en muchos campos e iluminó los misterios del mundo de un modo que todos pudimos entender"
Seudónimos: Sus dos seudónimos fueron ideados para reflejar su altura por encima de la media. Según sus propias palabras, medía 2.06 metros de altura en 1997. Lange es un apellido en Alemania, que significa «uno alto» y Sir Jeffrey Hudson, fue un famoso enano del siglo XVII en el tribunal de la reina consorte Henrietta Maria de Inglaterra.
Crichton ha admitido haber plagiado una vez una obra de George Orwell, siendo estudiante, presentándola como suya propia. Según Crichton el documento fue puntuado por su profesor con una nota de «B-». Crichton ha afirmado que el plagio no fue con intención de engañar a la escuela, sino más bien como un experimento: Crichton sospechaba que el profesor en cuestión le daba notas anormalmente bajas intencionadamente, lo que confirmó el experimento.
Matrimonios [editar]Crichton se ha casado cinco veces y divorciado cuatro. Ha estado casado con Suzanna Childs, Joan Radam (1965-1970), Kathy St Johns (1978-1980) y Anne-Marie Martin, la madre de su única hija, Taylor Anne. Crichton está actualmente casado con Sherri Alexander.
Michael Crichton muere de cáncer el día 4 de noviembre de 2008.
Su obra [editar]Intencionadamente o no, su carrera ha sido paralela a la de Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. Al igual que Doyle, Crichton era médico, pero desarrolló su carrera como escritor. Además, Crichton ha investigado lo paranormal y las tendencias de su tiempo desde un punto de vista científico. Tanto Crichton como Doyle escribieron sobre dinosaurios vivos en los tiempos modernos (Jurassic Park y El mundo perdido, este último en homenaje a la novela homónima de Conan Doyle El mundo perdido).
Argumentos reales para desarrollar fantasía [editar]Pese a su predilección por las novelas tecnocientíficas, Crichton carece de formación científica fuera de la medicina y en las materias de algunos de los argumentos de sus novelas. No obstante, Crichton ofrece siempre en ellas una voluminosa cantidad de material real informativo, tanto a nivel de investigaciones como prensa y estudios, a modo de base para sus argumentos desde los que desarrolla la fantasía.
A pesar de la credibilidad de dichos argumentos, Michael Crichton especifica siempre en sus libros que se trata de una novela de ficción, que parte de estudios o hechos reales en la mayoría de los casos, y que por lo tanto, no hay que tomárselo al pie de la letra.
Fantasías sobre ciencia real: Algunas de las fantasías desarrolladas por Crichton sobre hechos científicos más famosas son:
La posibilidad de recuperar el genoma completo de un dinosaurio en «Parque Jurásico» se basa en supuestos científicos desarrollados por amigos científicos cercanos aunque la base son experimentos reales genéticos.
Las teorías matemáticas de Parque Jurásico desarrolladas por Ian Malcolm (matemático en el libro) pueden ser consideradas en parte fantasiosas o parte de la propia Teoría del Caos en que se basan.
Novelas
La amenaza de Andrómeda The Andromeda Strain (1969)
El hombre terminal The Terminal Man (1972)
El gran robo del tren The Great Train Robbery (1975)
Devoradores de cadáveres Eaters Of The Dead (1976) en la que se basó más tarde, 1999, la película «The 13th Warrior (El guerrero número trece)»[8] .
Congo (1980)
Esfera Sphere (1987)
Parque Jurásico Jurassic Park (1990)
Sol Naciente Rising Sun (1992)
Acoso Disclosure (1994)
En 1994 se estrenó la película basada en esta obra de la que Crichton, como en otras tantas versiones fílmicas de sus obras, fue co-productor. Estuvo protagonizada por Michael Douglas y Demi Moore.
El mundo perdido The Lost World (1995)
Twister Twister (1996)
Punto crítico Airframe (1996)
Rescate en el tiempo Timeline (1999)
Presa Prey (2002)
Estado de miedo State of Fear (2004)
Next (2007)
Novelas llevadas al cine o televisión
Obras de Crichton que han sido llevadas al cine, a la televisión, ya sea serie o película para TV, o que han servido de base para películas.
La amenaza de Andrómeda (1971, miniserie de TV en 2008).
Devoradores de cadáveres (1999 como «El guerrero número trece» - John McTiernan).
Congo (1995 - Frank Marshall).
Esfera (1998 - Barry Levinson).
Parque Jurásico (1993 - Steven Spielberg).
Sol Naciente (1993 - Philip Kaufman).
Acoso (1994 - Barry Levinson).
El mundo perdido (1997 - Steven Spielberg).
Twister (1996 - Jan de Bont).
Timeline (2003 - Richard Donner). -
TRES VESTIDOS ROJOS
Cuando leo estás firmas del gran Arturo Pérez-Reverte, no puedo más que morir de envidia... que dicha tiene de vivir estos momentos, que tan lejanos nos parecen a los mortales... poder sentarme en una terraza de bar a dos metros de Meryl Streep... o cruzarme con un mito como Sophia Loren... manda huevos! Dos grandes mujeres del cine... buf, seguramente me quedaria helado con la boca abierta, intentando, inútilmente... darles las gracias por esos momentos mágicos que duran 90 minutos, más o menos, que nos han brindado y espero sigan haciéndolo durante muchos años más.
FIRMA DE ARTURO PÉREZ-REVERTE EN EL SEMANAL - TRES VESTIDOS ROJOS
Alos cincuenta y siete tacos, uno conserva pocos mitos. La vida los liquida uno tras otro. Sin embargo, algunos individuos tienen, o tenemos, cierta facilidad para aferrarse a los suyos, defendiéndolos como gato panza arriba. De tales mitos, los procedentes del cine sobreviven en la gente de mi generación; quizá porque cuando nos alimentábamos con programas dobles y bolsas de pipas, sólo el cine y los libros inflamaban la imaginación hasta el punto de marcar vidas y destinos. Esa magia terminó hace tiempo. El cine ya no es así, y la televisión es otra cosa. Tampoco los espectadores son los mismos. Ni siquiera los niños, esos pequeños cabrones de lógica demoledora, llegan al momento oportuno con la parcela de inocencia y territorio en blanco virgen, lista para ser cubierta, que traían antes. Los nuevos mitos vienen de otros sitios, no del cine. O apenas de él. Como me dijo una vez en San Sebastián Pedro Armendáriz hijo, el cine sólo fue de verdad cuando era mentira.
Precisamente en el bar legendario del hotel María Cristina reflexionaba yo sobre esto hace unas semanas, durante los últimos días del festival de este año, con Meryl Streep sentada a dos metros y medio. Adolfo, el barman perfecto, viejo amigo mío, me estaba poniendo una piña colada –es un genio para mezclar mariconadas alcohólicas–, y yo dije: Adolfo, colega, este bar ya no es lo que fue. El cine de siempre se ha ido a tomar por saco. Ahí la tienes. Un mito de Hollywood, y nadie se fija en ella. Parece una turista guiri educada, con sus gafas de lectora de Philip Roth y su plano de la ciudad, a punto de irse al casco viejo en busca de un tablao flamenco. Tiene el mismo glamour que una concejal de ANV. Esta pava ha sido novia de Robert de Niro en El cazador, y mujer del teniente francés; y el barón Blixen, o uno de ésos, le pegó un sifilazo en Memorias de África mientras se la trajinaba Robert Redford. Y aquí me tienes, chaval. Tócame el pulso. Ni siquiera siento las piernas. El mundo se derrumba, Adolfo. Y tú y yo nos enamoramos. De Kim Novak.
Aquella misma noche, sin embargo, los viejos mitos del cine vinieron en mi auxilio. Estaba en el rincón de siempre, la mesa de la esquina, con el director de cine Imanol Uribe y mi productor de toda la vida, Antonio Cardenal, que además es casi mi hermano. Hablando de otros tiempos y otras películas. El bar estaba desolado, sin un mito que llevarse al diente, y además acababa de cruzar el pasillo, rodeado de enloquecidas y aullantes treceañeras, un chico jovencito que, dicen, hace una serie en la tele. O sea. La España analfabeta y cutre que le negó un Goya a Viggo Mortensen, por ejemplo. Y Antonio dijo: esto se ha terminado, colega. El último, que apague la luz. Y yo estaba a punto de decirle vámonos al Museo del Whisky, compañero, y que le den por saco al cine, cuando se sienta con nosotros Lucía Jiménez, encantadora como siempre, guapísima, estupenda actriz, con un vestido rojo pasión y escote palabra de honor que le sienta de maravilla. Y de pronto ese rincón del bar del María Cristina vuelve a ser lo que fue, como si un foco de gran estreno acabara de encenderse en el techo.
Así era el cine, me digo. Así debería ser todavía, pardiez. Es el vestido rojo de Lucía el que ha obrado el milagro –no todas pueden llevarlo como ella lo lleva–, y por un momento parece que el bar esté otra vez en tiempos del cine de verdad. Son los viejos mitos los que funcionan a favor, ayudando a reconstruir el ambiente. Así, trasegando brebajes adolfeños entre bendito humo de cigarrillos, Antonio y yo recordamos el año en que vimos bajar despacio por la escalera, espléndida dentro de un vestido rojo fascinante, a una joven bellísima que nos dejó petrificados en el vestíbulo cuando nos disponíamos a ir al estreno de El Zorro; y al preguntar cómo se llamaba aquella aparición de carnes tan adecuadas nos dijeron que era una chica nueva, recién llegada al asunto. Una tal Catherine Zeta-Jones.
Pedimos ahora alcoholes más contundentes, cambiando la seda por el percal. Lucía se va a un estreno. Antonio, Imanol, Adolfo y yo nos quedamos recordando películas, nombres, momentos del cine que son tan reales como nuestras vidas. El vestido rojo ha obrado el milagro de devolver a nuestro rincón, un año más, el encanto de otro tiempo. Bendita sea esa chica, pienso. Bendito sea el cine que sólo fue de verdad cuando era mentira. Entonces cuento la última. Una historia mía, reciente. Nápoles, hotel Vesubio, hace unos días. Voy camino de mi habitación, se abre la puerta del ascensor y sale Sophía Loren morena, peinadísima, maquillada, siempre perfecta. Vestida de rojo. Te lo estás inventando, dice Antonio. No invento nada, respondo. Tienes mi palabra de honor. Entonces sonríe bonachón, feliz, y apura el quinto White Label con cocacola. Tres vestidos rojos esta noche, amigo. Tres. El cine todavía guiña un ojo a quienes creyeron en él. -
EL MINADOR ENMASCARADO
Me gusta mucho Cádiz, quizá porque se parece a la Cartagena de mi infancia y mis nostalgias: una ciudad del XVIII con tres mil años de memoria portuaria y marinera, meridional, africana, surrealista como ella sola. Estos días, para mi felicidad, ando por allí de amigos, librerías y bibliotecas, preparando un ciclo de conferencias sobre el bicentenario de 1812. Ése es un pretexto estupendo para patear de nuevo esas calles, hacer el viacrucis de mis bares favoritos –los más cutres del barrio de la Viña–, y ver pasar a la gente sentado en una terraza de la calle Columela o la plaza de San Francisco. También para encontrarme de nuevo con mi viejo enemigo El Minador Enmascarado.
Cádiz es una ciudad limpia, en principio. No como otras cuyo nombre callo por caridad cristiana. Quizá porque está llena de señoras mayores que van a la plaza por las mañanas o pasan la fregona por el portal y su cacho de acera, Cádiz es una ciudad pulcra y reluciente, habitada por gente como Dios manda. Gente de toda la vida, que a veces tiene perro, o perros. Perros y perras, que diría el político soplapollas –o la político soplapollas– de turno. Pero, como he dicho antes, los gaditanos son aseados y responsables. Es imposible, por tanto, que la cantidad de deposiciones y excrementos caninos que alfombra su casco histórico desde Puerta de Tierra a La Caleta, sea culpa de sus habitantes. Ningún gaditano sería capaz de permitir a su mejor amigo, el cánido, aliviarse en mitad de la acera sin agacharse luego a recoger el producto con la bolsita correspondiente y tirarlo a una papelera. Eso no me lo puedo de creer, pishas. Ni de coña. Es, por tanto, imposible que las innumerables minas defecatorias plantadas sistemáticamente a lo largo y ancho de toda la ciudad vieja –una cada diez metros, más o menos–, a la espera de que un transeúnte incauto coloque la suela del zapato encima, plas, provengan del esfínter flojo de perros locales con diferentes amos. Y que el Ayuntamiento –Teófila, dama de hierro– lo permita. Una ciudad como Cádiz, poblada por ciudadanos ejemplares de limpia ejecutoria, no puede tener tanto hijo de puta con perro. No me salen las cuentas.
Es ahí donde, estoy seguro, interviene El Minador Enmascarado. Eso ya es más razonable, fíjense. Trabajo con la hipótesis de que en Cádiz hay alguien que me odia personalmente. Alguien que tiene cuentas pendientes conmigo. Lo mismo le desagrada mi careto, o mi prosa dominical, o prefiere las novelas de Javier Marías, o no le gustan mis corbatas. Los caminos del odio defecatorio pueden ser infinitos e inescrutables. Y estoy seguro de que ese enemigo invisible, El Minador Enmascarado, es quien, cada vez que se entera de que estoy allí, recorre las calles al acecho, sigiloso y malévolo, precediéndome con una jauría de perros con desarreglo intestinal, procurando sembrar de minas mis itinerarios habituales, a ver si me descuido, piso el artefacto y zaca. Me pilla. El Reverte blasfemando en arameo mientras salta a la pata coja. Emitiendo opiniones controvertidas sobre el copón de Bullas y la virgen del Rosario.
Pero verdes las siegan, canalla. A menudo, como en Cádiz hace buen tiempo y callejea tanta gente, cuando llego a una de esas trampas mortales de necesidad compruebo que ya pasó por encima cierto número de transeúntes que, dicho en jerga golfaray, se comieron el marrón. A veces es un tropel de guiris, recién desembarcados de un crucero, el que paga el pato; otras, cualquier ciudadano, vecino de calle o funcionario rumbo al cafelito de las once. La ventaja, en tales casos, es que casi todas las minas ya están pisadas: explotaron bajo otros incautos. Las huellas de patinazos, raaaas, son elocuentes. Además, la gente usa ahora poco zapato con suela de material y mucha deportiva con dibujo, y ésa se lo lleva casi todo. Chof, chof. Aun así procuro ir atento, avanzando en zigzag. Cauto. Una vida dura como la mía enseña un huevo. Incluso enseña dos. Sobreviví al temporal de la Navidad del 70, a Beirut, a Sarajevo y a esa individua sectaria –antigua jefa de Informativos de TVE– rebozada en resentimiento y mala leche que ahora escupe bilis en la tele con el nombre de María Antonia Iglesias. Figúrense cómo tengo el colmillo de retorcido, a estas alturas del Coyote y el Correcaminos. En Cádiz no leo diarios por la calle, ni miro balcones o ventanas. Por no mirar, ni miro a las mujeres guapas. Avanzo prudente, estudiando el suelo como Rambo en territorio enemigo. Previendo la emboscada. A ver en qué acera me la van a endiñar, si me descuido. Dónde está la siguiente plasta intacta, aguardándome como una cita letal con el Destino proceloso. No podrás conmigo, cabrón, mascullo entre dientes. Minador Enmascarado, o como te llames. O Minadora. Los viejos reporteros nunca mueren.
Firma de Arturo Pérez-Reverte