EridianiRex
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Historia de un elfo
LAMENTOS EN LA NOCHE
HISTORIA DE LAITHALAS DANA’EL
El bosque siempre había sido un ser vivo para Laithalas Dana’el, pero hasta ese mismo instante nunca hubiera llegado a imaginarse el temor que sentía en cada una de las fibras de su cuerpo.
Con paso sigiloso y con todos sus sentidos agudizados que su sangre élfica le habían otorgado, se interno en las profundidades de la creciente oscuridad teñida de verde.
Hacia semanas o quizás meses, que seguía la pista de ese demonio. Siempre moviéndose en lo más profundo del Bosque Extenso, era difícil decir el tiempo que había pasado recorriendo cada claro, cada uno de sus cientos de caminos que como venas se extendían por el interior de esa inmensa zona boscosa y que había formado parte de una gran bosque que cubrió gran parte de las Tierras Centrales en los albores del nacimiento de Faerun.
Se sentía algo perdido y desorientado, pues la magia que residía en el lugar, alteraba la percepción del tiempo, era como bajar por el Limbo y quizás estuviera en el; pero no dejaba de pensar que su misión era de vital importancia, el alma de su padre estaba en juego, quizás la suya propia y ese pensamiento le hizo aferrar con más fuerza su inseparable arco y con el suave contacto de la madera perfectamente tallada, obtuvo la respuesta; no abandonaría a los suyos y mucho menos se rompería su férrea voluntad. De sus labios salió una silenciosa oración a Corellon Larezhian el padre de todos los elfos, rogándole las fuerzas suficientes para terminar con su misión.
Hacia casi un año que había abandonado la secreta isla de Eternôska, hogar de los elfos, para encontrar su destino en las Tierras Centrales de Faerun, dejando atrás a familia y amigos, empujado por el infortunio que hace siglos cayó sobre su ancestros, cuando su abuelo, que por aquel entonces era un joven arquero de la Guardia de Cormanzhor, conocido como Eldiarath “Browkenarrow” Dana’el. Durante sus primeros años combatió al lado del Capitán Fflar, un humano honorable y valiente que fue elegido por el pueblo de Cormanzhor para defender sus muros.
Strongbow, aunque consciente del peligro que le acechaba en las sombras, no podía dejar de recordad la historia de su familia, la leyenda que les otorgo fama entre los suyos, honor y gloria... y la maldición que durante más de dos generaciones elficas les perseguía. No podía evitar que sus recuerdos lo transportaran al pasado lejano, ni el frío intenso que le congelaba los músculos, o la incesante lluvia que le empapaba la ropa le impiden revivir el momento en que su padre Atheras “Arcocertero” le reveló su terrible carga; había cumplido 60 años y apenas era un adolescente pero su habilidad y fuerza con el arco ya le hacían destacar entre la mayoría de jóvenes elfos, incluso entre los de más edad y así fue como decidieron que ya había llegado el momento de que conociera su destino.
Se encontraban al lado del fuego, en el comedor de su casa señorial en uno de los grandes árboles de la isla refugio Eterniôn, su padre sentado en su mesa como siempre taciturno y acariciando entre sus manos el cuerpo de madera del arco de sus antepasados, cuyo nombre era el mismo que usaba como apodo su querido abuelo, Strongbow.
Lentamente Atheras, fue narrando la historia de su más celebre antepasado Eldiarath y como fue su flecha la que desterró de Toril al demonio Aulimpiter el más poderoso de los Nycaloths del maléfico trío Nefario.
- Escucha bien mis palabras querido hijo, pues en ellas se encierra la terrible verdad que perturba mis sueños por las noches. – Atheras Arcocertero aferro con firmeza su preciado arco, sus nudillos se emblanquecieron por la fuerza con la que sostenía el arco de su padre.
Laithalas no dejaba de mirar con atención a su padre, que lo miraba fijamente con unos ojos sumidos en la tristeza, su aspecto ya no era el de un apuesto elfo, desde la desaparición de la primera de Ancalimë, siempre había sido taciturno y aunque había oído retazos de la historia, nunca antes la había escuchado de los labios de su padre, el cual delante de él estaba abriendo no solo su corazón, si no una herida profunda que ni todo el poder de los elfos podía curar.
- Padre ya se la historia de Ancalimë y como sufriste su perdida como lo hizo el abuelo Eldiarath...- no pudo seguir al ver las lágrimas en el rostro de su padre y haciendo el gesto para levantarse y consolar a su amado padre, se acerco con cautela extendiendo su mano para consolarle, cuando este la aparto de un golpe.
- No!!! Hijo no sabes la verdadera historia, nadie la sabe. La ocultamos para nuestra desgracia. Es nuestro castigo y maldición que aceptamos con el consuelo que nuestro sacrificio salvo a muchas vidas en aquella sangrienta noche... no hijo, no sabes la verdad y ahora escucha mi relato y siéntate, pues esta es la historia de tu familia como ocurrió en realidad y no la que relatan nuestros bardos..
Consciente de la importancia que adquiría la conversación despejo de un golpe las acuciantes preguntas que tenia sobre las doncellas de su familia. ¿El porque todos eran hombres, excepto sus hermanas gemelas Ainundale y Earedia ? ¿Por que su madre habían desaparecido tanto tiempo atrás siguiendo el sueño de los dioses? ¿Cómo falleció realmente su abuela? Y se las guardó para pronunciarlas a su debido tiempo.
Arcocertero bebió una copa del suave y reparador vino élfico antes de proseguir con su historia, suspiro mirando hacia techo de su casa con tal fuerza en su mirada que cualquiera podría pensar que realmente estaba viendo las estrellas que cubrían ya el cielo de Toril.
- Fue en las calles de la ciudad Myt Drannor, con el resto de los Ahk’Velar y los restantes Ahk’Faern, magos muy poderosos formados por elfos y humanos que vivían en la cuidad estudiando la del Mythal, donde frenaron el avance de los demonios; así fue como la flecha encantada por el último de los Magos, un humano de las tierras del sur llamado Khalid’shea y que fue lanzada con toda la maestría de sus incontables años de practica por Eldiarath, tu abuelo, fue la que destruyo a Aulimpiter y lo devolvió al Abismo, no sin antes lanzar una maldición al elfo que provoco su caída y le deshonra a los ojos de los otros demonios. Fue entonces, en el punto más álgido de esa terrible noche en que la sangre de los Dana’el fue maldita por Aulimpiter General Nycaloths y fundador del Khov’Anilessa el Trío Nefario, al mando del Ejército de las Tinieblas, una horda de criaturas integrada por orcos, ogros, trolls, y capitaneada por demonios menores, cuyo único propósito era la total aniquilación de la ciudad élfica de Myt Drannor o conocida como Cormanzhor. Con un alto precio pagado con la sangre de los inocentes, con la muerte del Capitán Fflar y la destrucción de la ciudad y de toda su historia encerrada entre sus muros. Fue en las empedradas calles de la bella Myt Drannor donde se liberó la última batalla y en la desesperación del que es consciente de su muerte, las fuerzas de Myt Drannor frenaron el avance de las hordas del mal.
- Conozco ese trozo de la historia padre. Su cuerpo se removía inquieto en su silla, esperando el momento en que su padre le revelará la verdad.
Arcocertero asintió levemente con la cabeza ante las palabras de su hijo, aunque parecía que se encontrara en otro lugar, ausente de la estancia siguió con su relato.
- Aulimpiter castigo la sangre de los Dana’el, pues vaticinó que todas las hijas descendientes de los Dana’el caerían en sus garras, para que sus almas fueran corrompidas en los interminables fuegos del infierno para toda la eternidad y la gracias de los elfos fuera mancillada por el mal creciente de su corazón. Fue así como la primogénita de Eldiarath, la bella y dulce Ancalimë, la Estrella Radiante, partió una noche, abandonando todo para viajar a lo desconocido, solo dejando una nota en la que rogaba a los suyos que no la siguieran pues iba en busca de su destino, pues en sueños se le había aparecido Sehanine Lunârco, la diosa de los sueños y también de la muerte, en su nota dijo que tenia que iniciar una búsqueda pero no indicaba cual era su objetivo. Meses más tarde, en un claro encontraron el cuerpo inerte de Ancalimë en unas ruinas cercanas a la ciudad maldita de Myt Drannor, cerca de la Colina Quemada, al sur del Bosquecillo del Yelmo un lugar donde se libró una de las últimas batallas contra el trío Nefario.
Con estas palabras se levanto y se derrumbo de rodillas en el suelo, tirando el arco a un lado y agarrándose la cabeza como afectado por un gran dolor, las lágrimas golpeaban el suelo con un tono de tristeza. Lentamente levantó el rostro, mientras pronunciaba estas palabras
- Los sacerdotes determinaron que Ancalimë murió por que le robaron el alma y que esta no descansaría jamás. Pero la cruda realidad es que fui yo quien le dio descanso, pues salí en su búsqueda a la mañana siguiente de su partida... yo la maté.
Su llanto era tan fuerte como la tormenta que justo en ese momento estallaba en el exterior, como si el mismo tiempo obedeciera al espíritu torturado de su padre.
- ¡Padre....no! ¡que ocurrió esa noche, me niego a creer que dieras muerte a tu hermana, no pueden ser ciertas tus palabras...!
- No hijo, entiende cual es nuestro destino... es cierto que mi hermana no tenia alma, ya que se la habían arrebatado antes, yo solo destruí el ser en que se había convertido, un demonio vil y cruel... pero mi penitencia es no haber echo nada por intentar salvar su alma... no fui lo bastante fuerte. – con ojos sumidos en la desesperación levanta su mirada hacia su hijo y le ofreció el arco de sus antepasados. – Toma el arco de tu abuelo, aprende a usarlo... se el mejor de nuestros arqueros, pues llegó el día en que tienes que abandonar estas tierras y cumplir con tu misión, salvar a tus hermanas o destruirlas... este es nuestro sino y maldición... ahora vete, necesito estar solo.
Laithalas miraba a su desvalido padre, roto por el dolor, mientras acariciaba el cuerpo de roble de su arco una fuerza inesperada, nacida de la determinación le hizo levantar el puño y con una mueca de rabia pronunciando las siguientes palabras.
- Padre, no te culpes de su muerte... juro por el nombre de los Dana’el que no permitiré que le ocurra nada a Ainundalë y a Earedia.
De nuevo esos recuerdos le atormentaban, le distraían de su cometido y misión, las imágenes se sucedían una y otra vez, su juramento ante el llanto de su padre, la consternación al a mañana siguiente al conocer su funesto destino, las lágrimas de sus hermanas durante el funeral. Todo se arremolinaba a su alrededor a una gran velocidad, mezclándose con la vegetación que se abría a su paso.
Podía ver el rastro dejado por su hermana Ainundalë, las ligeras marcas de sus pies en el sotobosque humedecido por el rocío de la mañana, pequeñas ramas rotas al paso en carrera de alguien ligero que se internaban en la espesura.
Pero las brumas de los recuerdos le atenazaban su alma, su mente se desvió al pasado de nuevo, mientras su carrera se reducía, las imágenes del pasado se hacían cada vez más claras...
Habían transcurrido 1 año desde esa conversación al lado del fuego, cuando el secreto fuera revelado; pero el recuerdo seguía vivo en la mente de Laithalas, como solo podía ocurrir en la mente de un elfo, como lentamente abandonaba la habitación y miraba por última vez a su padre, arrodillado delante del fuego con las manos en la cabeza y murmurando el nombre de Ancalimë, en un sollozo lamento. A la mañana siguiente encontraron el cuerpo sin vida de Atheras, esa noche había decidido reunirse con sus ancestros... no quitándose la vida como los humanos, los sacerdotes determinaron que simplemente murió de la tristeza que durante años le aprisionaba el corazón y el espíritu. Ya no podría formularle las preguntas que tanto me atormentaban.
Durante ese tiempo abrazo la senda del Mielikki, Diosa de la Naturaleza. Aprendiendo el lenguaje de las plantas y como apaciguar la ira de los animales salvajes, mientras que la habilidad con el arco fue perfeccionándose día a día, hasta que terminó el adiestramiento como el mejor arquero de su generación.
Pero en su mente resonaban las palabras de su padre, y con el corazón herido por no haber estado esa noche a su lado, vigilaba muy de cerca de su querida hermana Ainundale, la cual tenia 20 años menos que él y ya era una de las elfas más bellas y novicia del templo de la diosa Sehanine Lunârco, donde fue acogida poco después de la muerte de su padre, allí recibió educación y fue adoptada por la Gran Sacerdotisa Alhianna Sheenstars, que era la hermana de su abuela la cual murió al dar a luz a su padre y tía de la que apenas sabía nada visto los secretos guardados por su familia.
Earedia hacia tiempo que había sido otorgada con el mayor don para un elfo, convirtiéndose en Paladín de Corelon Laraezhian y apenas unos meses atrás había abandonado la ciudad, pues al parecer tuvo una extraña visión otorgada por Corelon al terminar su prueba de acceso a la orden de Paladines. Quizás sabía de la maldición, incluso es posible que en una noche de melancolía le hubiera sido revelado el secreto por su padre, aunque era algo altamente improbable... pero entonces se fue por algún motivo desconocido que Laithalas ignoraba por completo.
Cada noche estudiaba como romper el maleficio y liberar a su hermana, pero los años seguían su curso y no habían surgido contratiempos, parecía que la maldición era solo una pesadilla que no les afectaba, aunque en su interior era consciente de la verdad; llegaría el día en que abandonaría las tierras de los elfos en la búsqueda de sus hermanas y debería elegir... ¿pero podría hacerlo? La maldición ya termino con la vida de su padre muerto de tristeza y de su tía Ancalimë, ocurriría lo mismo con él... lograría salvar a sus hermanas.
Pero poco tiempo para reflexionar sobre las revelaciones de Atheras, su padre; pues a la semana siguiente y cuando preparaba todo lo necesario para salir en busca de Earedia, Ainundale desapareció de forma misteriosa de la isla. Los guardias creyeron ver partir un bote de vela, envuelto en una niebla mágica y maligna que se dirigía a la costa.
Estaba claro cual era el siguiente paso a seguir para Laithalas, escribió varias misivas para anunciar a su hermana el prematuro y trágico final de su padre y la desaparición de su hermana. Rogándole además de que regresara al hogar, donde los sacerdotes y hechiceros elficos quizás pudieran romper la maldición.
Poco después se puso en camino en busca de su hermana mayor, Ainundale.
Ahk’Vela: la fuerza de elite de la ciudad
Ahk’Faern: Orden de Magos de distintas razas que residían en la ciudad de Cormanzhor.
Khov’Anilessa: Trío de grandes demonios que ataco la ciudad de Myt Drannor. Vulgarmente conocidos como Trío Nefario.