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Confianza hombre - 23 años, Fuenlabrada, España


Blog / La plaza

miércoles, 26 de agosto del 2009 a las 19:07

La Plaza Mayor se encontraba llena de gente, nadie se quería perder la coronación del nuevo rey. Entre la multitud se encontraba Mosquito y el resto del Comando Azul. “Mosquito” era el apodo con el que habían bautizado los miembros del Comando Azul al pobre campesino que había llegado hace tres meses. El apodo se debía a la extrema delgadez y a la prominente nariz que adornaba su rostro. Mosquito estaba muy nervioso, con el rostro pálido escondido bajo una bufanda azul demasiado grande. Todos los miembros del Comando Azul llevaban una prenda azul. Mosquito pudo ver con un chaleco azul a Oso, unos metros delante de él, que vigilaba los movimientos de los guardias reales que protegían el palacio. Oso sería uno de los encargados de acabar con ellos en cuanto el Jefe diera la señal. A la izquierda de Mosquito estaba el Largo, con su corbata azul. Se percató del nerviosismo de Mosquito y lo intentó tranquilizar con un gesto que pasó inadvertido para el resto. El Largo era el encargado de suministrar los rifles y demás arsenal, que escondía en el carro en el que se apoyaba. Mosquito no pudo ver a más, pero por las reuniones las que había estado sabía que lo acompañaban más de cincuenta hombres en aquella plaza. Ese hecho lo tranquilizó un poco, pero no lo suficiente. Para empezar, no sabía muy bien por qué se había metido en ese lío.

En su pueblo, a pocos kilómetros de la ciudad, trabajaba sin descanso en la granja familiar. Una de las cosas que hacia agradable su vida era una chica también campesina, a quién siempre había querido. Con el tiempo se habían conocido bien; pero antes de que pudiera confesarle su amor, ella decidió marcharse a la ciudad. Cuando se lo dijeron ya era tarde. Estaba desconsolado, se hallaba al borde de la desesperación pensando en los peligros que corría. Estuvo dos meses sin apetito ni momentos de felicidad, sólo deseando volver a verla. Después de ese tiempo decidió actuar: escapó a la ciudad. Allí pasó hambre y frío, y sufría pensado en lo que le habría podido pasar. La buscó durante un mes sin éxito, pero al fin la vio. Daba un paseo por la plaza agarrada al brazo de un hombre. Mosquito apenas podía contener el llanto. Dio media vuelta, pero la joven ya lo había reconocido y lo llamaba a gritos. Puso su mejor sonrisa mientras ella le presentaba a su prometido, del que se había enamorado poco después de llegar a esa maravillosa ciudad. Dijo también que se alegraba mucho de verle, el único amigo que tuvo en aquél pueblucho. El joven prometido se declaró feliz de conocer a una persona tan cercana a su futura esposa y le invitó a cenar aquella misma noche en su casa. Mosquito no pudo decir que no.

En la cena apenas abrió la boca, no le hizo falta. El novio de la chica hablaba por los tres. Su monólogo pasó de temas sencillos a complicados dilemas políticos y sociales en menos de diez minutos. Mosquito ya no entendía nada, solo asentía mientras miraba de soslayo a su amada, que tanto parecía admirar a su prometido. Al final de la cena, la joven se despidió deseándole buena suerte. El prometido en cambio lo acompañó a la puerta, allí le retuvo un momento y le dio una dirección donde él y unos amigos debatían de forma clandestina el futuro del país. Le estaba invitando a formar parte de algo grande.

Mosquito aceptó enseguida. No por el bien del país sino por la esperanza de poder volver a ver a la joven que amaba, de demostrarle que podía ser igual de bueno o mejor que su pomposo prometido. Para entrar en la casa en la que se celebraba la reunión a la que le habían invitado Mosquito debía recordar no decir nunca su nombre real. Había que llamarse por seudónimos, y el del prometido era el Jefe.

Mosquito se pasó dos meses y medio escuchando los discursos del Jefe y el resto de la singular banda. El objetivo del Comando Azul -que era como se hacían llamar- era derrocar a la aristocracia que regía con mano de hierro mientras el pueblo se moría de hambre. El Jefe, mencionaba a menudo que él mismo pertenecía a una familia noble, pero que había renegado en favor de la causa del pueblo. A Mosquito todo esto le seguía pareciendo una estupidez; en esos dos meses y medio solo fue feliz las cuatro o cinco ocasiones en las que vio a la joven, siempre en compañía de su prometido.

Y ahora se encontraba allí, esperando en la plaza, arriesgando su vida por una causa que no era la suya.

El plan que trazaron era bastante sencillo, consistía en asesinar al príncipe en la ceremonia de coronación y tomar el palacio real. Para ello tendrían que escalar el balcón por el que se asomarían los reyes. Tenían dos escaleras escondidas cerca de la plaza, cuando el Jefe diera la señal dos hombres irían a buscarlas. Antes de que las escaleras llegaran, Oso y sus hombres habrían neutralizado a todos los guardias. Más tarde, diez hombres rodearían el palacio para bloquear cualquier otra salida que no fuese la de la fachada principal. Después de la sorpresa inicial vendría lo más duro: Mosquito y veinte afortunados cogerían rifles y cuchillos y entrarían al palacio para abrir desde dentro la puerta acorazada. Los ciudadanos, viendo las puertas abiertas a un suculento saqueo, darían el golpe de gracia a la monarquía y, con los bolsillos llenos, recibirían entusiasmados a la nueva república.
Ya solo había que esperar la señal. Consistía en que el Jefe, que debía estar en las primeras filas, haría ondear un pañuelo azul a la vista de todos. Pero no aparecía. Mosquito ya había reconocido muchas prendas azules, y todos buscaban al Jefe.

¿Qué podía haber pasado? El nuevo rey ya había sido coronado y ahora daba un discurso.

Hablaba acerca de las debilidades que representa un reino cuando el poder pasa a otras manos, del peligro de traición que en los días de transición como aquel tanto afloraba. Acto seguido susurró algo a su esposa, y esta se fue con el resto del séquito dejando solo al rey. El rey, aún con la sonrisa en los labios, se sacó de un bolsillo un pañuelo azul y se lo entregó a un joven que en ese momento salía al balcón. No cabía duda de quién era ese joven. Había traicionado al Comando Azul.

Antes de que nadie pudiese creérselo el Jefe arrojó el pañuelo azul, y eso causó una reacción nueva: de todas las callejuelas que salían de la plaza aparecieron soldados armados, por lo menos había cien hombres del rey. Mosquito vio con horror como dos soldados se acercaban por detrás al Largo, que seguía petrificado, y le atravesaban con sus bayonetas matándolo al instante. Después, dejaron a la vista el arsenal escondido. Volvió a hablar el rey. Agradecía al vizconde de XXXX el haberle salvado de una gran conspiración en la que incluso se tuvo que infiltrar, la corona nunca olvidaría ese favor. En cuanto a los traidores, todos serían capturados en ese mismo momento, y los que siguiesen vivos serían ejecutados a la mañana siguiente. Mosquito vio como capturaban uno a uno a sus camaradas. Algunos, como Oso, oponían algo de resistencia, pero la mayoría se quedaron congelados, sin esperanzas. Ahora se daba cuenta de por qué el Jefe se había empeñado en que llevasen una prenda azul: hacía más sencillo el trabajo de los captores.

Mosquito reaccionó tirando la bufanda e intentando escabullirse, pero ya era tarde, un soldado le agarró. Le dio un golpe en el estómago y mientras se retorcía de dolor le quitó la navaja que guardaba en el cinturón, su única arma. El soldado le arrastró hacia los calabozos de la ciudad. Fue entonces cuando Mosquito se dio cuenta de que todo había acabado.
En su cabeza destrozada solo entró un pensamiento: nunca la volvería a ver. Fue eso lo que le hizo gritar con todas sus fuerzas. Se le oyó en la plaza entera provocando un silencio contagioso. Tan desgarrador era el grito que hasta los ajetreados soldados giraron la cabeza.

Mosquito gritaba de dolor.

Luego el dolor se convirtió en ira, que descargó contra el soldado que lo custodiaba. Derribó al soldado, y con una furia salvaje le quitó la navaja de las manos y se la clavó muchas veces, hasta romper la hoja. El grito de guerra de Mosquito, y su violencia desquiciada hizo que los ciudadanos, hasta entonces insensibles a los traidores descubiertos, se convirtieran en una masa furiosa que atacó a los soldados con uñas y dientes. El dolor de Mosquito inundó el corazón de todos. Las revueltas se extendieron por toda la ciudad como una epidemia.

Y así comenzó la revolución.


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1 – 2 de 2
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    Chiru (martes, 1 de septiembre del 2009 a las 12:08)

    Nuevo blog! nuevo blooog!!
    Bieeeen!! Hurraaa!!

    Es un poco putu el jefe. Me cae mal, se folla a la mujer a la que ama el pobre hombre y despues lo intenta matar... que cabroncete...


  • http://netlog.com/Nirve88AlmuAlmuNirve88http://es.netlogstatic.com/p/tt/013/231/13231875.jpgEspañaMadrid Nirve88 21

    Almu (jueves, 27 de agosto del 2009 a las 13:42)

    :)

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