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Confianza hombre - 23 años, Fuenlabrada, España


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  • La naranja y la flauta travesera.

    El cielo estaba precioso, azul y colmado de nubes esponjosas que dejaban pasar los rayos del sol como cortinas luminosas sobre los campos de trigo. Juan siempre había sido muy débil ante la belleza de las cosas, y como era normal, vislumbrar ese paisaje después de llevar tanto tiempo andando por el bosque cerrado lo colmó de alegría. Se sentó en una piedra junto al camino a mirar y meditar sobre el futuro próximo. Sintió hambre, y sin querer buscar un sitio mejor para comer sacó de la mochila un bocadillo, la cantimplora de agua fresca y una naranja. No llevaba ni cinco minutos comiendo cuando un niño apareció por el sendero del bosque, el mismo que había utilizado Juan para llegar desde su pueblo hasta esa amplia campiña. El niño se detuvo a su lado. Debía tener ocho o diez años, era moreno y delgado; no mostraba ningún miedo de acercarse al joven alto y de complexión fuerte que era Juan.

    -¿Qué quieres?- preguntó Juan cuando se cansó de ver como el niño lo miraba.
    -¿Me podrías dar esa naranja? Llevo mucho sin comer nada y de todas formas con ese bocadillo no tendrás ganas de comer nada más...
    Juan se lo pensó un momento.
    -¿Acaso no tienes padres que te alimenten chico? Me espera una caminata larga hasta la estación de trenes que hay más allá de esas colinas, necesito toda la energía que esta fruta me pueda dar. Lo siento.
    -Te entiendo, pero te estaré muy agradecido si me das esa naranja. Dime, ¿para que vas a la estación de trenes?
    -Aunque no te lo creas es para tomar un tren, ¿sorprendente eh?
    -Jaja ya, pero qué tren, no creo que te haga ningún mal decírmelo.
    -El tren que va a Toledo, quiero comprar algo alli.
    Normalmente Juan odiaba hablar sobre sus cosas, pero ese niño le parecía agradable.
    -¿Qué vas a comprar?-insistió el niño.
    -Pues... una flauta. Una flauta travesera.
    -Ohh ¡esas flautas suenan muy bien! ¿Asi que por eso viajas? Haremos un trato, yo te doy una flauta travesera mejor que cualquiera que puedas encontrar en Toledo y tú me das esa simple naranja a cambio. ¿qué te parece?
    Juan estalló a reír. Era sin duda un niño muy raro.
    -Deja de reírte Juan.
    Éste se calló de inmediato. No le había dicho su nombre.
    -¿Como puedes...
    -¡Sígueme por favor!- exclamo el chico, que echó a correr internándose en los campos de trigo. Juan lo siguió con dificultad, el trigo estaba crecido y le hacia tropezar. Cuando por fin paró habían llegado a la sombra de un viejo olivo que no recordaba haber visto nunca. Era enorme, lleno de nudos y agujeros que infinidad de animales habían aprovechado para construir nidos.
    El niño se acercó al tronco y metió la mano en un agujero rodeado de telarañas. Era tan profundo que tuvo que meter el brazo hasta el hombro y hurgar para sacar triunfante una flauta travesera de madera.
    -¡Aquí la tienes! ¿qué te parece? te aseguro que no encontraras una igual aunque vayas a la misma Viena.
    -Bueno...- Juan cogió la flauta de las manos del niño, imaginó que el chico robaba de vez en cuando y que aquél árbol era su escondite- desde luego es un gran trabajo de artesanía, pero no es lo que busco. Las flautas traveseras han de ser de metal para sonar como es debido, una de madera no es adecuada.
    El niño lo miró perplejo.
    -¡Vaya tontería! ¿Acaso los pájaros tienen que tener pico de metal para cantar mejor? Mira.
    El niño recuperó la flauta de las manos de Juan y sin mucha ceremonia sopló por la boquilla, una melodía clara y armoniosa brotó del instrumento. Juan se quedo sin habla mientras el niño con la cara muy seria y los ojos cerrados tocaba. Cuando acabó le dedicó una sonrisa al asombrado joven.
    -Jeje no es tan difícil... bueno, ¿que me dices? ¿Me das esa naranja?
    El joven no podía creérselo. A cambio de una naranja ese niño le ofrecía un instrumento digno de reyes, tal vez incluso mágico.
    Juan extendió la mano en la que llevaba la naranja sin molestarse siquiera en cerrar la boca. El niño cogió la fruta y se la comió vorazmente, sin mondar la piel.
    -Oh... es la mejor naranja de la temporada- dijo el niño cuando acabó con ella-. Dulce y ácida, recordaré su sabor varios días...
    Luego observó a Juan, que miraba hipnotizado la flauta.
    -¡Casi se me olvida! Me has dado tu naranja y como acordamos yo te daré esta cosa, espero que te sirva y no necesites ir a Toledo a por otra.
    Le entregó la flauta travesera. Luego se despidió alegremente y desapareció entre el trigo. Juan se quedó un buen rato junto al árbol, inspeccionando el fabuloso instrumento pero sin valor para hacerlo sonar. Cuando por fin sopló por la boquilla de la flauta, supo que podría tocar cualquier melodía. No habría nota demasiado aguda o grave para que su instrumento no lo pudiese reproducir con claridad cristalina. Era de verdad una flauta mágica, que le otorgaba el don de ser un genio de la música.

    La vuelta a casa fue feliz para Juan, podía hacer sonar la melodía que quisiera con solo desearlo y se pasó toda la tarde correteando por el campo mientras su música llenaba el aire. Llegó a la granja y fue a visitar a su abuelo, a quién tenía en muy alta estima, para contarle su sorprendente anécdota. Él escuchó su relato sin pronunciar palabra ni demostrar demasiado asombro, y cuando Juan acabó su feliz historia el abuelo le dijo que se calmara mientras miraba la ventana.
    -Vaya, han pasado muchos años desde la última vez-dijo el abuelo tras un largo suspiro-. Yo era aun joven cuando el duende del cambio dejó de aparecer. Él te dio la flauta Juan, y me temo que pronto lamentarás el trato.
    -¿Qué? Eso es imposible abuelo, ¡he probado la flauta y funciona de veras! Además, si no hubiera sido asi y aquel ser me hubiese engañado solo habría perdido una naranja, no es una gran pérdida se mire como se mire.
    -No es la naranja lo que importa querido nieto, ese duende siempre otorga grandes regalos, pero al cabo de unos días los objetos se transforman en el trozo de madera podrida que han sido siempre. Tan solo es un hechizo que acabará con tus esperanzas de ser músico. Antes ocurría mucho en este pueblo, era común que un día alguien se cruzara con un niño y éste le diera un arco que nunca erraba a cambio de un trozo de pan, un espejo que otorgara belleza a quien lo mirase a cambio de un bastón o un sombrero que hacía sabio a quien lo llevaba a cambio de un cinturón. Eran cosas que daban aquello que más deseaban a sus poseedores, pero estos, en cuanto se empezaban a acostumbrar a esta magia, descubrían que esta se había convertido durante la noche en nada, y ya nunca volvían a ser los mismos, pues sabían que nunca serían tan virtuosos como lo fueron gracias al hechizo. Y a ti te pasará lo mismo Juan, cuando te despiertes un día y veas que la flauta no es más que una rama te robará la ilusión y ya no volverás a soñar. Debes tirarla.
    Mucho meditó Juan en ese momento. La flauta era lo mejor que le había pasado nunca; le garantizaba todo lo que deseaba. Pero sabia que su abuelo no le mentía y Juan siempre habia sido un chico prudente.
    A la mañana siguiente se acercó al pozo de la granja y tiró la flauta. No pudo evitar llorar al ver como la flauta mágica desaparecía en la oscuridad.

    Cuando por fin se compró una flauta travesera normal, se sintió muy deprimido al oír como sonaba, no era nada en comparación con la flauta que le dio el duende. Pero no dejó la música, pues el hechizo apenas había influido en su corazón y mantenía la ilusión intacta. Años después Juan se convirtió en un gran flautista; desde luego no tan bueno como aquella única tarde en su pueblo, pero si lo bastante como para poder reírse mientras recordaba como el niño devoraba esa naranja sin mondar.

    FIN.