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La cripta, los guías y el pistolero
Visito con frecuencia el Escorial. Desde hace veinticuatro años vivo cerca, y es un paseo agradable, sobre todo en las mañanas soleadas de invierno, cuando el monasterio se recorta impasible bajo el cielo limpio de la sierra, sin que la especulación, la estupidez urbanística o la bellaquería nacional hayan podido, todavía, destruir los cuatro siglos de memoria que encierran sus muros venerables de granito gris. Después de tanto tiempo paseando por sus salas, escaleras y corredores, es normal que cualquiera acabe familiarizándose con el edificio y su historia. Por eso, cuando vienen amigos a casa o me encuentro con ellos en los alrededores, acostumbro a acompañar a quienes no han visitado aún el monasterio. A unos los impresiona la sobriedad de las tres pequeñas estancias desde las que Felipe II dirigía el imperio más vasto y poderoso de la tierra, y a otros la sala de batallas o la biblioteca; pero cuando todos quedan estupefactos, y en especial los guiris, es al bajar a la cripta donde, desde el emperador Carlos hasta ahora, reposan los restos de todos los reyes de España.
Como siempre hay gente y visitas guiadas que van de acá para allá, intento ir los días y horas de menos bulla, evitando a los grupos mediante maniobras tácticas perfeccionadas a lo largo de los años. También, a la hora inevitable de las explicaciones, procuro hablar en voz baja, de conversación normal, para no molestar ni incomodar a nadie. Ni se me ocurre darme aires de guía o profesor, entre otras cosas porque nada carga más que un listillo o un pedante dándoselas de perito en la materia. Me limito a contar a mis amigos, con toda la sobriedad posible, que aquí dormía el rey, aquí la reina, o que ésta es la estatua yacente de don Juan de Austria, que por no morir en combate tiene los guanteletes quitados, etcétera. Así ocurrió el otro día con mi compadre Óscar Lobato y Maribel, su mujer. Y estando en eso, en la cripta, justo cuando les explicaba que a un lado están los reyes y a otro las reinas que fueron madres de reyes, incluida la única reina varón –Francisco de Asís de Borbón, a quien con mucho esfuerzo de voluntad suponemos padre del rey Alfonso XII–, un vigilante jurado se acercó a preguntarme si tenía carnet o tarjeta de guía. Le dije, sorprendido, que no tenía nada que me acreditase como parte de tan respetable gremio, y el hombre –algo incómodo, todo hay que decirlo– me dijo que en tal caso no podía explicar a nadie cosas sobre el monasterio. «Sólo los guías oficiales –añadió– pueden hablar aquí.»
Cuando, a los diez segundos de mirarlo fijamente para asimilar aquello, caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo, bajé la voz cuanto pude y le dije, casi al oído, que estaba enseñándoles aquello a mis dos amigos, que ningún guarda jurado podía inmiscuirse en mis conversaciones, y que, como hombre libre que soy, tanto en el Escorial como fuera de él, tenía intención de seguir hablando de lo que me saliera de los cojones. «Es que no puede usted hacerlo», opuso el hombre, ya un poco nervioso. «Claro que puedo –respondí–, a menos que me eche del monasterio o me pegue un tiro.» Y así quedó la cosa. El vigilante se estuvo quieto en su sitio, yo terminé de contar a mis amigos la historia de la cripta, y empezamos a subir las escaleras, de camino a donde están los infantes, reinas sin hijos y demás. Pero me había quedado el ánimo removido, a ver si me entienden. Dicho de otra forma, tenía un cabreo de los que piden sangre. Así que dije a mis amigos que siguieran adelante, que los alcanzaba en un minuto, y volviendo sobre mis pasos me fui derecho al guardia. «Llevo más de veinte años visitando esto y nunca me había ocurrido algo así», dije. Por la cara compungida que puso, me di cuenta en seguida de la situación. «No es cosa suya, ¿verdad?», concluí. Negó con la cabeza. «Es que había una guía detrás de usted mirándome con mala cara», dijo al fin. Entonces caí en la cuenta. «¿Qué pasa? –pregunté–. ¿A los guías no les gusta que un particular les haga la competencia?» El guarda me miraba, confuso. «Son las órdenes que tengo», murmuró. «Pues dígale a quien le dé esas órdenes estúpidas que son anticonstitucionales, porque la palabra es libre», le aclaré. «Y añada además, de mi parte, que se vaya a hacer puñetas.» Al oír aquello sonrió el hombre, al fin, y movió la cabeza. «No puedo decirles eso», respondió. «Tiene usted razón –le dije–. Pero yo sí que puedo.»
Y aquí me tienen ustedes hoy, con su permiso. Pudiendo.
Firma de Arutro Pérez-Reverte en el XLSemanal
Nota: Y por poder que siga haciéndolo duratne muchos años. -
Ocho hombres y un cañón
He pensado muchas veces, y algunas lo he escrito, que los españoles no somos los de antes. Para bien y para mal. Casi siempre, más para bien que para mal; aunque en ciertos aspectos la peña haya perdido virtudes que, como en todas partes, son arrastradas por el tiempo, el confort, los cambios en la educación y la maldita tele. A los que nos gusta la gente con su toquecito espartano, la vieja estampa del español sobrio y duro, hecho lo mismo a la sequía y al pedrisco que a los infames gobiernos y desgracias que la vida le echa encima desde los tiempos de Indíbil y Mardonio, nos produce simpatía y una cierta ternura. Sin que por eso nos ciegue la pasión, claro. Algunos opinamos que, en esta vieja y rezurcida piel de toro, el número de hijos de puta por metro cuadrado es superior al de otros países de parecidas latitudes o longitudes. Lo dará la tierra, supongo. El clima, quizás. Un país seco y difícil como éste, con el currículum que tiene en la chepa, es normal que tenga tan mala leche.
Quiero decir con esto que, si en España cada cual tiene su patriotismo –caspa nacionalista paleta, nostalgia imperial, matices intermedios o ausencia absoluta de todo ello–, el mío es una especie de solidaridad vaga y agridulce; un sentimiento melancólico hecho de viajes, de libros, de viejas piedras y de años infantiles escuchando, con paciencia y respeto, la memoria –por suerte amplia y liberal– de mis abuelos. Mi patriotismo, en resumen, es la certeza de que la gente con la que comparto suelo, lengua –cuando me dejan– e Historia, remó junta en la misma galera, sufrió idéntica miseria bajo reyes imbéciles, obispos siniestros y funcionarios corruptos, y se dejó la piel, cuando no hubo más remedio, en hazañas increíbles o empresas infames, según salía el naipe de la baraja. Hazañas y empresas casi todas inútiles, por cierto. Cada vez que abro un libro de Historia habría preferido ser inglés, o francés. A veces, hasta italiano –allí tienen, al menos, sentido del humor–. Pero esto es lo que hay. Cada cual baila con la que le toca.
Debo confesar que hace unas semanas me sentí patriota, a mi manera. O me rozó el puntito. Estaba en la exposición que hemos montado en Madrid sobre el Dos de Mayo, que seguirá abierta hasta septiembre. Unos trabajadores desmontaban y volvían a montar un cañón de artillería que pesa más de media tonelada. Eran chicos duros, obreros madrileños hechos al trabajo manual, serio, de verdad. Tan parecidos a un metrosexual de mantequita suave como un cisne maricón a un pato de infantería. Gente de manos encallecidas y brazos fuertes, jóvenes todos, que arrimaban el hombro con la alegre energía de la gente vigorosa y sana cuando emprende algo por lo que le pagan bien o le interesa mucho. La tarea los divertía, pues no siempre hay oportunidad de que el curro consista en montar una pieza de artillería de 1808. La cureña y el pesado tubo de bronce estaban en el suelo, y había que levantar una y colocar encima el otro. No había otra que hacerlo a pulso, entre los ocho que eran. Hablamos de traer a más gente, pero ellos decidieron que no, que podían hacerlo solos. Y a ello se pusieron.
La faena fue larga y difícil, peligrosa a veces. Le realizaron todos a una, animándose entre sí con el tono que pueden ustedes imaginar entre gente joven y de buen humor, bromeando con el pesado cañón, con Napoleón y con los franceses, mientras acompañaban la operación con comentarios y chulerías castizas propias de los barrios de Madrid. Y viéndolos esforzarse una y otra vez, apretados los dientes, dejándose allí los riñones hasta que lograron su objetivo, algo fanfarrones, tenaces, recios y masculinos como lo fueron siempre los tíos de toda la vida, no pude menos que pensar que si en ese mismo instante, doscientos años atrás, a esos jambos les hubiesen dicho hay franceses en la calle dando por saco y ahí tenéis unas navajas, colegas, era facilísimo imaginarlos saliendo afuera en grupo, alentándose unos a otros, a sacarles las asaduras. Por España o por sus cojones, tanto da. Y es que eran ellos, concluí. Los mismos fulanos, en otro tiempo y en otras circunstancias. Fusilados o sin fusilar. De pronto resultaba tan fácil reconocerlos que me estremecí en los adentros; y a pesar de mis resabios –pesa mucho haber sido lumi antes que monja–, no pude menos que sonreír, conmovido. Se secaban el sudor de la frente y bromeaban entre sí, orgullosos del esfuerzo, mirando satisfechos el cañón puesto sobre la cureña. Esos ocho hombres jóvenes no sabían que en ese momento eran mi patria. Y que el mejor homenaje a la gente que salió a pelear a la calle doscientos años antes, acababan de hacerlo ellos.
Firma de Arutro Pérez-Reverte en el XLSemanal -
UN POCO DE HISTORIA - NUESTROS ALIADOS INGLESES
Esta semana que viene toca de nuevo conmemorar batallita. Y no se trata de una cualquiera: en Bailén, el 19 de julio de 1808, dos meses y medio después del 2 de Mayo, a las águilas de Bonaparte les hicieron cagar las plumas. Por primera vez en la historia de Europa, un ejército napoleónico tuvo que rendirse después de un partido de infarto, en el que nuestra selección nacional –tropas regulares, paisanos armados y guerrilleros– aguantó admirablemente los dos tiempos y la prórroga. También es verdad que fue la única vez que ganamos la copa, pues luego los franceses nos dieron siempre las del pulpo; o ganamos, cuando lo hicimos, con ayuda de las tropas inglesas que operaban en la Península. Si algo demostramos los españoles durante toda la campaña fue que para la insurrección y el dar por saco éramos unos superdotados, pero que a la hora de ponernos de acuerdo y combatir organizados no había quien nos conciliara. Paradojas de la guerra: por eso los gabachos nunca pudieron ganar. Acostumbrados a que alemanes o austriacos, por ejemplo, después de derrotados en el campo de batalla, se pusieran a sus órdenes con la policía y todo, preguntando muy serios a quién había que meter en la cárcel por antifrancés, no comprendían que los españoles, derrotados un día sí y otro también, no terminaran de rendirse nunca; y encima, en los ratos de calma, se incordiaran y mataran entre ellos mismos.
Al hilo de todo esto, un historiador británico se lamentaba hace poco de que aquí conmemoremos el bicentenario de aquella guerra con poco agradecimiento al papel que las tropas inglesas tuvieron en ella; ya que fueron éstas las que proporcionaron ejércitos disciplinados y coordinaron, con Wellington, las más decisivas operaciones. Y tiene razón ese historiador. En batallas y asedios, Bailén y los sitios aparte, la contribución británica fue decisiva. Lo que pasa es que de ahí a que los españoles deban agradecerlo, media un trecho. En primer lugar, los ingleses no desembarcaron para ayudarnos a sacudir el yugo francés, sino para establecer aquí una zona de continuo desgaste militar para su enemigo continental. Además, y salvo ilustres excepciones, su desprecio y arrogancia ante el pueblo español que se sacrificaba en la lucha fueron constantes, compartidos por la mayor parte de los historiadores británicos de entonces y de ahora. Por último, las tropas inglesas en suelo español se comportaron, a menudo, más como enemigas que como aliadas, cebándose en la población civil. Eso, manifestado ya durante la desastrosa retirada del general Moore en La Coruña, se evidenció en los saqueos de Ciudad Rodrigo, Badajoz y San Sebastián.
Y no hablo de trincar unas monedas y un par de candelabros. Historiadores españoles contemporáneos como Toreno y Muñoz Maldonado, por aquello de la delicadeza entre aliados, pasan por el asunto de puntillas; pero los mismos ingleses –Napier, Hamilton, Southey– lo cuentan con detalle. Sin olvidar la memoria local de los lugares afectados, donde todavía recuerdan los tristes días de la liberación británica. En Ciudad Rodrigo, por ejemplo, la toma de la ciudad a los franceses fue seguida de una borrachera colectiva –extraño, tratándose de ingleses–, asesinatos, saqueo de las casas de quienes salían a recibir alborozados a los libertadores, y violación de todas las señoras disponibles. Wellington atribuyó los excesos a que era la primera vez que sus tropas liberaban una ciudad española, y estaban poco acostumbradas; pero la cosa se repitió, aún peor, en la toma de Badajoz, donde 10.000 ingleses borrachos saquearon, violaron y mataron españoles durante dos días y dos noches, y culminó en San Sebastián, donde al retirarse los franceses y salir los vecinos a recibir a los libertadores, éstos se entregaron a una orgía de violencia, saqueos y violaciones masivas que no respetó a nadie. Luego vino el incendio de la ciudad: de 600 casas, de las que sólo 60 habían sido destruidas durante el asedio, quedaron 40 en pie. Habría sido ahí muy útil la feroz disciplina que, más tarde, Wellington impuso a las tropas que lo acompañaron en la invasión de Francia, cuando fusilaba sin contemplaciones a todo español que cometía algún exceso como revancha contra los franceses.
Puestos a eso, la verdad, simpatizo un pelín más con los gabachos. Al menos ellos saqueaban, mataban y violaban porque eran enemigos, tomando al asalto ciudades donde hasta los niños te endiñaban un navajazo. Los súbditos de Su Graciosa son harina de otro costal: iban a lo suyo y los españoles les importaban un carajo. Así que, en lo que a mí se refiere, que a Wellington y las tropas inglesas los homenajee en Londres su puta madre.
Firma de Arturo Pérez-Reverte en el XLSemanal
Nota propia: Manda huevos, parece ser que los ingleses tienen higadillos, siempre reclamando su momento de gloria, cuando esta les salía de las tripas a nuestros tatarabuelos y las madres que los parieron. Pero es más de lo mismo, aquí paz y después gloria y Gibraltar con sobirania inglesa hasta que el infierno se congele con los cantos de sirena de el puñetero primer ministro británico de turno. Pero seguimos bajando la cabeza y sin recordad que los españoles teniamos unas pelotas más grandes que las de un miura. Siempre he tenido la sensación personal que llegado el momento, soy capaz de arrasar con todo lo que se ponga por delante, si alguien toca como no debe la tierra que amo, empezando por Cataluña y siguiendo por el resto del territorio. El esprítiu patriótico nos sale en los momentos más raros, somos españoles y muchos de los nuestros se ganaron el derecho de maldecir nuestra tierra y llegado el momento romperse los puños para defenderla, aunque parezca contradictorio (que muchas veces es así), esta es la pasta de la que estamos hechos y a mucha honra que es de las mejores, aunque nos olvidemos.
A los ingleses les meteria yo la flema por ese orificio oscuro que solo ve brillar el sol cuando lo pasean por nuestras playas. -
UN FACHA DE SIETE AÑOS
Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas.
La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y que cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen. Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo. La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie. España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira. Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada. A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos.
Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando. Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda. Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anésdota anesdótica. Una de tantas.
Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío. Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario.
Siete años, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasconi en Cataluña, ni en Galicia. En la Manga del Mar Menor, provincia de Murcia. Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.»
Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda.
Firma de Arturo Pérez-Reverte en el XLSemanal
Nota propia: Este es el país que tenemos, maldita la gracia... nunca llueve cuando uno lo desea, quiero decir, que esta España, que con tanto esfuerzo hemos levantado, se cae a cachos y al final cada uno mira a lo suyo. Envidia me dan los perros que pueden lamerse las pelotas cuando nadie más se tercia para hacerlo, aquí, en esta tierra cada vez más yerma y olvidada de la mano de dios, cada uno se cuida lo que puede, como humanamente puede. Al final nuestro patriotismo quedo olvidado en los inicios de una España tan grande, como pequeña... que miraba más allá de sus tierras y olvidaba las que realmente deben cuidarse.
Es triste que por ponerse una camiseta a uno le digan facha, o nazi por llevar la camiseta de la selección alemana o independentista por llevar la catalana... debo añadir que yo tengo las dos últimas... menudo bicho debo ser... y no tengo la española porque no me gusta su diseño y prefiero los tonos blancos, en verano son más practicos que el rojo sangre.
Bueno cierro la entrada que ya me voy a invadir jardín ajeno y no toca. -
MIEMBRAS Y CARNE DE MIEMBRILLO
A la ministra española de Igualdad y Fraternidad, Bibiana Aído, que pasará a los anales de la estupidez nacional por lo del miembro, la miembra y la carne de miembrillo, le han dado en las últimas semanas las suyas y las del pulpo, así que no quiero ensañarme. Podría, puesto a resumir en dos palabras, llamarla tonta o analfabeta. Supongo que, ateniéndonos a su estólida contumacia cuando fue llamada al orden por gente respetable y docta, a esa ministra podrían irle como un guante ambos epítetos. Pero no lo creo. Quiero decir que no tengo la impresión de que Bibiana Aído sea tonta ni analfabeta. Por lo menos, no del todo. O lo justo. Lo que pasa es que está muy mal acostumbrada.
Bibiana Aído, que es de Cádiz, procede de esa nueva casta política de feministas crecida en Andalucía a la sombra del régimen chavista; que así, dándoles cuartelillo, las tiene entretenidas y goteando agua de limón. Esas pavas, que han convertido una militancia respetable y necesaria en turbio modo de vida y medro, no tienen otra forma de justificar subvenciones y mandanga que rizar el rizo con piruetas cada vez más osadas, como en el circo. La lengua española, que en este país miserable ha resultado ser arma política útil en otros ámbitos, les viene chachi. Por eso están embarcadas en una carrera de despropósitos, empeñándose, cuatro iletradas como son, en que cuatrocientos millones de hispanohablantes modifiquen, a su gusto, un idioma donde cada palabra es fruto de una afinada depuración práctica que suele ser de siglos, para adaptarlo por la cara a sus necesidades coyunturales. A su negocio.
Lo que pasa es que, en el cenagal de la política española, cualquier cosa viene de perlas a quienes buscan votos de minorías que, sumadas, son rentables. Sale baratísimo. Sólo hay que destinar unas migajas de presupuesto y darle hilo a la cometa. Así andan las Bibianas de crecidas, campando a su aire en una especie de matonismo ultrafeminista de género y génera donde, cualquiera que no trague, recibe el sambenito de machista. Y así andamos todos, unos por cálculo interesado y otros por miedo al qué dirán. Los doctos se callan con frecuencia, y los ignorantes aplauden. Incluso hay quienes, después de cada nueva sandez, discuten el asunto en tertulias y columnas periodísticas, considerando con gravedad si procede decir piernas cuando se trata de extremidades en una mujer, y piernos cuando se trata de un hombre. Por ejemplo.
En todo esto, por supuesto, la Real Academia Española y las veintiuna academias hermanas de América y Filipinas son enemigo a batir. Según las feminatas ultras, las normas de uso que las academias fijan en el Diccionario son barreras sexistas que impiden la igualdad. Lo plantean como si una academia pudiera imponer tal o cual uso de una palabra, cuando lo que hace es recoger lo que la gente, equivocada o no, justa o no, machista o no, utiliza en su habla diaria. «La Academia va siempre por detrás», apuntan como señalando un defecto, sin comprender que la misión de los académicos es precisamente ésa: ir por detrás y no por delante, orientando sobre la norma de uso, y no imponiéndola. Voces cultas, y no sólo de académicos –Alfonso Guerra se unió a ellas hace poco–, han explicado de sobra que las innovaciones no corresponden a la RAE, sino a la sociedad de la que ésta es simple notario. En España la Academia no inventa palabras, ni les cambia el sentido. Observa, registra y cuenta a la sociedad cómo esa misma sociedad habla. Y cada cambio, pequeño o grande, termina siendo inventariado con minuciosidad notarial, dentro de lo posible, cuando lleva suficiente tiempo en uso y hay autoridades solventes que lo avalan y fijan en textos respetables y adecuados. De ahí a hacerse eco, por decreto, de cuanta ocurrencia salga por la boca de cualquier tonta de la pepitilla, media un abismo.
Así que tengo la obligación de advertir a mis primas que no se hagan ilusiones: con la Real Academia Española lo tienen crudo. Ahí no hay demagogia ni chantaje político que valga. Ni Franco lo consiguió en cuarenta años –y mira que ése mandaba–, ni las niñas capricho del buen rollito fashion lo van a conseguir ahora. En la RAE somos así de chulos. Y lo somos porque, desde su fundación hace trescientos años, esa institución es independiente del poder ejecutivo, del legislativo y del judicial. Su trabajo no depende de leyes, normas, jueguecitos o modas, sino de la realidad viva de una lengua extraordinaria, hermosa y potente que se autorregula a sí misma, desde hace muchos siglos, con ejemplar sabiduría. De forma colegiada o particular, a través de sus miembros –que no miembras–, siempre habrá en esa Docta Casa una voz que, con diplomacia o sin ella, recuerde que, en el Diccionario, la palabra idiotez se define como «hecho o dicho propio del idiota».
Firma de Arturo Pérez-Reverte en el XLSemanal -
Vístete de novia y no corras
Me van a volver diabético, entre tanto gilipollas. Nunca hubo tal cantidad de soplacirios en la política, el sindicalismo, la cultura, el feminismo, la sociedad. Empieza a alterarme la salud tanto buen rollo y buenas intenciones, tanta mermelada a todas horas, tanta propuesta de besarnos masivamente en la boca para que las cosas vayan bien, tanta certeza de que con demagogia y corderitos de Norit triscando saltarines por el prado conseguiremos una España, un mundo, un universo mejor y más justo. Eso está bien para los jóvenes, cuya obligación antropológica, por edad y hormonas, es batirse en defensa de todo eso y de algunas cosas más. En tales lides se desbrava uno, y con el derroche de energía, si sobrevives a ello, y con la estiba que la realidad sacude en el morro, al final terminas madurando, camino de la serenidad, la experiencia y el razonable respeto a ti mismo, a lo que fuiste, eres y acabarás siendo. Ni más ni menos que la vida, en suma. El trámite obligatorio.
Por eso me hace echar la pota el comportamiento y discurso de tanto simple, de tanto cantamañanas y de tanto golfo apandador entrado ya en experiencia y años. Toparte en cada telediario, en cada programa de radio, en cada titular de prensa, con simplezas propias de colegas de bachillerato dichas por pavos con canas en la barba, o por tordas con edad de ser abuelas, lleva a la inevitable conclusión de que, o estamos rodeados de retrasados mentales, o se trata de que los resortes sociales han sido secuestrados por una legión de embusteros y sinvergüenzas. Aunque también puede ocurrir que todo sea lo mismo: con frecuencia, un tonto al que nadie pone límites termina convirtiéndose, por puro hábito del ejercicio, en resabiado y contumaz sinvergüenza. Y más cuando, como ocurre ahora con triste frecuencia –antes sólo ocurría con la política–, es posible hacer de cualquier ideología un rentable medio de vida.
No se trata sólo de España, claro. Lo nuestro es simple contagio. El mundo –el occidental, al menos– apunta por ahí: cantamañanismo como espíritu universal. Eso, con la que está cayendo; aunque tal vez la que está cayendo –y la que va a caer– provenga precisamente de que, cada vez más, los resortes que mueven la vida y la sociedad están en poder de perfectos tontos del haba en el sentido parmenidiano –me parece que era ése– del asunto: redondos, compactos y sin poros. Hasta no hace mucho, teníamos el consuelo de saber que, en el fondo, nadie se creía de verdad lo que circulaba como moda o tendencia; más o menos lo que pasa en Italia con la política. El problema es que ahora ya no es así. Ahora, la gente empieza a creérselo todo en serio. Y a actuar en consecuencia. En la sociedad actual, la línea más corta entre dos puntos es la estupidez. Y la dictadura que, a la larga, nos impone.
Hay un símbolo reciente de todo eso. Pensaba en ello hace un momento, cuando empecé a teclear estas líneas: Pippa Bacca, la artista italiana de treinta y tres años que hace dos meses decidió viajar, vestida de novia y haciendo autostop, por algunos de los lugares más peligrosos del planeta, en nombre de la paz, para demostrar, decía, que «cuando uno confía en los demás recibe sólo cosas buenas». Lo del traje nupcial, ojo al dato, era «metáfora de un matrimonio con la tierra y con la paz, del blanco y del femenino»; y lo del autostop, «ponerse en manos de otros viajeros y fiarse de la gente». Con tales antecedentes, a lo mejor a alguien le sorprende que, a poco de empezar el viaje, Pippa Bacca fuese violada y estrangulada en la frontera entre Turquía y Siria por un fulano con antecedentes penales. A otros, que somos unos cabrones suspicaces y mal pensados, no nos sorprende en absoluto. A los sitios peligrosos se los llama así precisamente porque hay peligro. Y el principal peligro se llama ser humano, sobre todo cuando nos empeñamos en creer que los valores que predicamos en nuestras confortables salitas de estar, discursos políticos y tertulias de la radio y la tele, son los mismos que manejan un talibán cabreado con un Kalashnikov, un africano hambriento con un machete, o cualquier hijo de puta con pocos escrúpulos y ganas de picarle el billete a una señora. Por ejemplo.
Dice el recorte de prensa que tengo sobre la mesa que a esa pobre chica la mató un turco desaprensivo. Pero, en mi opinión, el recorte se columpia. La mató la estupidez. La suya y la de la sociedad occidental, cada vez más idiota y suicida, que la convenció de que el mundo, en el fondo, es un lugar simpático que sólo necesita un traje de novia para convertirse en el bosquecito de Bambi.
Firma de Arutro Pérez-Reverte en el XLSemanal -
Fallece Don S. Davis.
Hace apenas 1 hora GateWorld ha confirmado oficialmente una triste noticia, en especial, para todos los fans de "Stargate SG-1". Don S. Davis, que dio vida al entrañable General Hammond, falleció ayer, 29 de Junio de 2008, de un ataque al corazón.
Sin duda el palmarés de Don es bastante más que ser el General Hammond pues ha participado en multitud de series de TV desde principios de los ochenta hasta la actualidad, entre ellas MacGyver, Twin Peaks y algunos episodios de Expediente X y Andrómeda. Actualmente tiene pendiente de estreno la película que supone el broche de oro a las peripecias del famoso SG-1: "Stargate: Continuum".
Descanse en paz. -
Kobetasonik - Crónica de un Festival
20 de Junio - Operación Salida
La cosa empieza bien...a Anna le dan fiesta en el trabajo por la tarde y podemos salir antes... parece que la suerte nos acompaña...
Antes de salir llenamos el depósito, claro que lo hacemos en una gasolinera de autoservicio con un precio más bajo de la Sin Plomo que aquí nos funden con impuestos, y vamos a la autopista escuchando algo de música para entrar en ambiente "Sweet Home Alabama" de los Lynyrd Skynyrd para empezar.
La Autopista esta muy poco transitada y podemos llegar a una buena velocidad de crucero, no más de 120 que el maligno se esconde XD hay más radares que áreas de servicio
Poco hay que decir del viaje, solo que el sol nos funde, pero resistimos como jabatos hasta nuestra primera parada en un área de servicio... bueno, decir servicio es mucho... estaba abandonada, así que sólo quedaba la gasolinera y su minitienda, donde compramos donuts y unas bebidas refrescantes para el viaje.
Nos reímos durante todo el viaje, sobretodo al ver el pueblo de Garrapinillos y el de Cenicero (vamos unos fumadores de cuidado)... tiene cosa el nombre.
Las horas fueron pasando, el tiempo es lo que tiene, que nunca se detiene... y llegamos finalmente a Bilbao... era noche cerrada y las señales no ayudaban mucho a orientarse... de hecho salimos por la que no era, no contare la história de Iterra porque tiene tela, pero el caso es que nuestro destino era Portugalete, donde estaba el hotel y terminamos en Barakaldo/Sestao... no preguntéis como, es un secreto y debería eliminaros si lo contara... preguntamos a un Policía... que no tenía ni puñetera idea de donde se encontraba el Hotel El Palacio de Oriol (que le vas a preguntar... si es de Barakaldo)... bueno llamamos al Hotel, porque en la reserva aparecen dos direcciones (les gusta acaparar pueblos) y no sabiamos si el Hotel estaba en Portugalete o Santurce... al final en los dos o en ninguno de ellos... ya que era la última casa de Portugalete y la primera de Santurce (maldita tonadilla que aparece en mi cabeza cada vez que pronuncio o escribo Santu... aaahhhh!!!!). Gracias a las indicaciones del recepcionista Tom Tom, entrar directos por la primera calle cruzar 7 semáforos y girar a mano derecha para entrar en el Hotel, encontramos el edificio en un tiempo relativamente corto... ya era la madrugada del sábado, las 12 de la noche y habíamos salido a las 17:45 de la tarde.
El Hotel estaba poco iluminado... pero prometia mucho y la zona era privilegiada, un gran jardín, una bonita vista del puerto... fantástico.
Sábado 21
Nos levantamos que no es poco, aunque desde recepción nos preguntaron si teniamos algún inconveniente en dejar la habitación Premium para una pareja de recién casados, al parecer les regalan la primera noche y tampoco pusimos muchas pegas, ya que la dirección del Hotel nos había dejado esa habitación por tener todo completo, nos reubicaron en una Habitación Superior (la que estaba antes de la Premium) y seguimos con nuestra suerte (siempre me preguntare como seria la habitación que en un principio reserve... seguramente muy pequeña
). Fuimos a desayunar porque ya era tarde y el buffet libre del hotel estaba cerrado, así que salímos a la calle para buscar algo donde llenar el estómago y encontramos un bar muy apacible y lleno de tapas que rápidamente atacamos con furia y más al ver su reducido precio XD.
Después de algunas indicaciones básicas, llegamos hasta la estación de tren para ir a Bilbao con tiempo para hacer algo de turismo... aunque el día, tan caluroso como uno cualquiera en el mismo infierno, no era el más indicado para pasear por las calles de cualquier ciudad de Bilbao.
Al llegar a la estación, mis piernas ya reclamaban un pantalón corto... así que recorrímos las calles en busca de alguna tienda económica de ropa... desgraciadamente los precios eran totalmente inalcanzables, hasta que encontramos un H&M y pude comprar algo, además de una gorra (consejo de Anna) para no caer muerto de insolación; Anna no encontro nada de su gusto, pero algo más tarde se desquito en una tienda especializada en productos de baño y aromas varios, en las que compro bolas explosivas.... de rosas!!! que es Bilbao no un almacén de explosivos C-4.
Como tardamos lo indecible para decidirnos, al salir ya era la hora de comer y tardamos en encontrar algo decente... me refiero a un restaurante con menú y no tapas, a esas horas no apetecen. Finalmente los dioses estuvieron de nuestro lado y encontramos un bar adecuado para llenar el buche.
Deseo remarcar que las calles de Bilbao estaban tomadas por fans de Kiss y Heavys de todos los grupos que asistían en el festival, era muy curioso ver tanto melenudo suelto entre los turistas
Después de comer devidamente y combatir el sueño de Morpheo, decidimos ir hasta la Catedral del Bilbao, para subir a los autobuses gratuitos que facilitaba el festival y que nos tenian que llevar hasta el recinto. Por suerte no tuvimos que hacer mucha cola y pudimos subir en uno de los últimos autobuses que salían a las 4, tardaban unos 15 minutos en llegar aproximadamente.
Nada más bajar, pudimos comprovar la magnifica vista del lugar y dirigir nuestros pies hacia la entrada, el corazón latía con fuerza ¡¡¡estaba a pocas horas de ver varios de mis grupos preferidos, Eurpoe, Blind Guardian y los Kiss!!!
El lugar era perfecto, mucho cespéd para descansar el trasero sin tener que soportar el duro suelo, varios puntos de bebidas y ya sonaban varios grupos. Era muy pronto, pero apetecía estar en el lugar y pude compartir muchas risas con Anna, además de anécdotas como el pobre chaval que le gastaron una broma mientrás andaba y del susto se tiró toda la cerveza encima (más de medio litro)... y muchas más que me guardo para mi.
La cosa no se animo hasta la salida de Tesla, poco antes "tocaron" un grupo mexicano de narco metal... Brujeria... para mi gusto infumables, era un horror, todavía me duelen los oídos y lo que es peor... fueron los únicos que consiguieron hacer llover en todo el festival, lo juro por Odín que mientras gritaban (lo suyo no era cantar), el cielo se ensombreció, anunciando la ira de los dioses del rock ante tal sacrilégio. Tesla puso paz con su sonido y todo volvió a la normalidad.
A las 9 bajamos de la "Colina que tiene ojos" porque todo el mundo estaba mirando el festival desde ese punto, al escenario 2 para tener una buena vista de Europe... fue apoteósico, ¡increible! Si mi rodilla no me impidiera saltar, lo hubiera hecho durante toda su actuación, así que cante como nunca antes lo había hecho, fue genial... incluso Anna que no le gusta mucho "The Final Countdown" canto todas las letras que conocía y lo disfrutamos juntos de una forma que no puedo describir, fue fantástico compartir ese momento con ella y siempre guardare el festival en mi memoria como algo mágico, que más podía pedir... estaba con la persona que más quiero en un festival irrepetible, dudo mucho que vuelvan a unirse todos esos grupos en otro festival.
Cuando termino el concierto, cenamos, descansamos y volvímos a la Colina para ver el resto, aunque empezó a refrescar, no podíamos irnos sin ver a Kiss y estos no defraudaron, son realmente un show digno de ver, saben como llevar un concierto y no dejar que nadie se aburra. Simplemente indescriptible, hasta hablaron en Español, al no dominar el idioma autóctono
Nos retiramos a las 3 de la mañana, con mucho sueño y alejándonos del festival, mientras las canciones de Kiss nos acompañaban, hasta que finalmente las dejamos de escuchar. Era muy tarde y no pude quedarme hasta el final, a primera hora de la mañana teniamos que volver a Valls y son 6 horas de duro viaje... además... jugaba España vs Italia ¡¡¡con el resultado que todos ya conocéis!!!
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ERAN LOS NUESTROS
De Arturo Pérez-Reverte
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Todavía no he visto 300, la película de Zack Zinder sobre la batalla de las Termópilas. Pero he seguido con atención la polémica sobre la corrección o incorrección social del asunto, los pareceres encontrados sobre el supuesto retrato artero y malévolo de los orientales persas, y los tópicos sobre el honor y la gallardía de los occidentales espartanos. Ha sido interesante asistir a ese contraste de opiniones entre los partidarios de una visión tradicional del acontecimiento, la prohelénica y heroica, frente a la de quienes se expresan desde un enfoque más orientalista o menos eurocéntrico y lamentan que Jerjes y su gente todavía figuren en la Historia como los malos del episodio.
En el debate no han faltado, naturalmente, las alusiones a la crisis entre los valores de la democracia occidental y los que otras culturas sostienen, las alusiones al islam, etcétera. En el que podríamos llamar sector crítico frente a la versión transmitida por las fuentes clásicas, hay opiniones muy respetables, versiones de historiadores que, con el peso de su autoridad y con más o menos eficacia según el talento de cada cual, revisan tópicos, iluminan rincones oscuros, deshacen o cuestionan interpretaciones tradicionales; pero junto a ese análisis serio, académico, se ha dado también, como era de esperar en los tiempos que corren, una intensa agitación del gallinero mediático, empeñado en aplicar al año 480 antes de Cristo los habituales clichés de lo social o políticamente correcto. De manera que junto a ciertos finos analistas, intelectuales de pasta flora, eruditos cutres, tertulianos charlatanes y políticos analfabetos, sólo ha faltado alguien que denuncie a Leónidas y sus trescientos hoplitas ante el tribunal internacional de La Haya por militaristas y xenófobos. Que casi. De modo que van a permitirme, también, opinar al respecto. Eso sí: con un criterio contaminado por el hecho poco objetivo de haber leído en su momento –cada cual tiene sus taras– a Herodoto, a Diodoro de Sicilia y a Jenofonte. A lo mejor ése es mi problema. No hay nada mejor, lo admito, para la objetividad, la equidistancia y la corrección política que no haber leído nunca un puto libro.
A ver si lo resumo bien: eran los nuestros, imbéciles. Aunque siempre sea mentira lo de buenos y malos, lo de peones blancos y negros sobre el tablero de la Historia, lo que está claro, películas y paralelismos modernos aparte, es el color de los trescientos lacedemonios y los setecientos tespieos que libraron el último combate contra los doscientos mil persas que los envolvieron y aniquilaron en el paso de las Termópilas. Pese a su militarismo, a las crueles costumbres de su patria, a que los enemigos no eran afeminados o malvados, sino sólo gentes de otras tierras y otros puntos de vista, los soldados profesionales que peinaron con calma sus largos cabellos antes de colocarse encima treinta y cinco kilos de bronce y cerrar filas dispuestos a cenar en el Hades –Leónidas sólo llevó a los que tenían en Esparta hijos que conservaran la estirpe–, riñeron aquel día como fieras, hasta el último hombre, conscientes de que su hazaña era un canto a la libertad: la demostración suprema de lo que el ser humano, seguro de lo que defiende, puede y debe hacer antes que someterse.
Y claro que eran héroes. Da igual que los historiadores magnificaran su hazaña, o que los enemigos fuesen de una u otra manera. Lo que esos espartanos rudos y valientes defendieron bajo la nube de flechas persas –como bromeó uno de ellos, eso permitía pelear a la sombra–, no era el diálogo de civilizaciones, ni el buen rollito ni el pasteleo para salvar el pellejo poniendo el culo gratis. Enaltecidos por los clásicos o desmitificados por los investigadores modernos, lo indiscutible es que, con su sacrificio, salvaron una idea de la sociedad y del mundo opuesta a cualquier poder ajeno a la solidaridad y la razón. Al morir de pie, espada en mano, hicieron posible que, aun después de incendiada Atenas, en Salamina, Platea y Micala sobrevivieran Grecia, sus instituciones, sus filósofos, sus ideas y la palabra democracia. Con el tiempo, Leónidas y los suyos hicieron posible Europa, la Enciclopedia, la Revolución Francesa, los parlamentos occidentales, que mi hija salga a la calle sin velo y sin que le amputen el clítoris, que yo pueda escribir sin que me encarcelen o quemen, que ningún rey, sátrapa, tirano, imán, dictador, obispo o papa decida –al menos en teoría, que ya es algo– qué debo hacer con mi pensamiento y con mi vida. Por eso opino que, en ese aspecto, aquellos trescientos hombres nos hicieron libres. Eran los nuestros.
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Kansas no es solo un estado
Kansas no es sólo un estado de los EE.UU, es un estado de ánimo, es un grupo increible de rock progressivo de los 70, es la expresión de una época del rock que para muchos está olvidada, por suerte no para todos.
Kansas llegó a Barcelona como un huracán, sin avisar, sin anunciarse, simplemente aparecieron en una pequeña sala de Barcelona, ante un grupo tan reducido que la mayoría ya nos conocíamos... tocaban entre amigos... llegaron con la fuerza del viento y arrasaron; los años sin duda afectan su aspecto físico, pero su talento sigue intacto y sus manos intratables, la velocidad en la que se sucedían los temas y la fuerza con la que eran interpretados nos impresiono... nos cautivó su amor por la música, por que en cada uno de ellos se podía ver una sonrisa, el placer de hacer lo que más les gusta, lo que mejor saben.
Tengo que sincerarme, conocía a Kansas por dos canciones; Carry on my wayward son y Dust in the wind... pero hay tanto que escuchar, aunque ahora tengo la suerte de poder decir que los escuche en directo, que viví un momento perfecto... gracias a Nil mi amigo, que en el último momento descubrió que Kansas tocaba en Barcelona, que tuvo el detalle de regalarme la entrada por mi cumpleaños y al cual estare eternamente agradecido por ese detalle.
Kansas es una banda norteamericana de rock progresivo que alcanzó la popularidad en los '70 al encuadrarse dentro del arena rock, con éxitos como "Carry On Wayward Son" o "Dust in the Wind". Gracias a esto, Kansas se ha convertido en un fijo de las radios de rock clásico, y suele dar giras por Europa y los Estados Unidos. Fue fundada en 1970 por el bajista Dave Hope, el batería Phil Ehart y el guitarrista Kerry Livgren, a quienes se unieron el vocalista Lynn Meredith, los teclistas Don Montre y Dan Wright y el saxofonista Larry Baker. Después de una serie de cambios en su formación, el grupo se asienta con Hope, Ehart, el voilinista Robby Steinhardt, el teclista y vocalista Steve Walsh y el guitarrista Rich Williams. Esta alineación grabó los mayores éxitos de la discografía de Kansas, que constituyeron además los mayores éxitos de público con éxitos como "Carry On Wayward Son" o "Dust in the Wind".
Dust in the wind (interpretando ideas no palabras, no es una traducción literal)
Cierro mis ojos, sólo por un momento
y el momento ya es parte del pasado.
Todos mis sueños, pasan ante
mis ojos en ese instante de curiosida.
Polvo en el viento, todo ello se reduce
a mero polvo flotando en el viento.
Incluso la canción de siempre, es apenas
una gota de agua en un mar interminable.
Todo lo que hagamos, regresa a la tierra
aunque nos cueste trabajo aceptarlo.
Polvo en el viento, todo lo que somos
es simple y llanamente polvo en el viento.
Ya, no se aferren, que nada dura
para siempre excepto la tierra y el cielo.
Eso quizás se escabulle. Y ni todo su dinero
comprara ningún momento más de su existencia.
Polvo en el viento, todo lo que somos
es simple y crudamente polvo en el viento.
Polvo en el viento, cada cosa que existe
es puro polvo volando en el viento.