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hombre - 19 años, Tarongersmix, España


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  • SORPRÉNDETE

    Sorpréndete. ¿Qué te esperabas?
    Si piensas que la fortuna iba a llegar acompañada de pétalos blancos, entre cantarines trompetas...

    Fracasaste. Otra, otra puta vez.
    Mudo, ahorcando tus deseos o dejándolos dormir, que más da, si en el patíbulo o en la cama ya están muertos…

    Si eres un endeble; y lo sabes.
    Baja ya, deja de pensar, deja de mirar, deja de sentir mentiras, todo mentiras de, falsas palabras de falsos corazones en, falsos momentos de pasión…

    Déjalo ya. ¡Déjalo ya, déjalo ya...!
    ¿Quién te crees ser, su luz? Ni la estrella que brilla ni el sol que calienta; las luces de emergencia, eso es lo que eres…

    Das pena. Aborreces.
    Terminarás abatido en un torbellino desesperado, por no arrancarte el alma; y mírala ahora en tierra de nadie, ni tuya ni suya, ni suya ni tuya, de nadie…

    ¿Aún no?
    Sorpréndete coño.

  • SOMBRAS DE LA SOCIEDAD

    No eran más de las siete de la mañana y Juan se despertaba en el parque, la baba le había empapado las mangas del grueso jersey y los elásticos mocos se le habían pegado en el bigote, las legañas le hacían pegote y su pelo rizado se había enmarañado formando truños de fino espesor. Abrió los ojos y la luz cegadora del amanecer le rebeló que era otro mismo día de siempre, estaba equivocado. Rascándose la barba con una mano y con la otra la panza miró al infinito. Tenía que desayunar, cogió lo primero que tenía a mano, la petaca de whisky, un buen trago para calentar el cuerpo y el alma. Se puso en pie y se dirigió a su rutinario trabajo, mendigar. Giraba la esquina cuando oyó su nombre, se giró y vio correr como un pato a Ralph. Lo había conocido varios años antes, dándole un puñetazo en la cara porque había ocupado su banco del parque, el chico no sabía que ese era su banco, y a Juan le dio lástima. Primero porque era novato en la ciudad y segundo porque le hizo trizas la nariz y sangraba a borbotones. Así que le limpió la sangre y le puso un poco de cinta adhesiva para que la nariz no se le moviera. Charlando descubrió que Ralph era escocés -eso daba explicación a su falda- y que lo habían abandonado en España a los seis años –eso daba explicación a su ligero acento inglés-. Le preguntó como había conseguido sobrevivir a esa edad en la soledad de la ciudad.
    - Muy fácil –le contestó-, una gitana me vio y loca de amor me acogió en sus brazos, no tenía dinero para mantenerme pero yo robaba un poquito de aquí y de allá y la ayudaba. Cuando se murió muy vieja ya, me quedé sin nadie y deambulé de una ciudad a otra, hasta llegar aquí, a este banco.
    Así comenzó una amistad en la baja sociedad. Poco a poco se dio cuenta que aparte de ser un buen chaval, era un lerdo y su único tributo a la ciudad era el gran animal que llevaba entre las piernas, era un fornicador nato, y no se lo explicaba porque tenía la cara plana como si le hubieran dado un mamporro contra una pared, además siempre andaba afeitado y le contrastaba la larga melena hasta la cintura con una gran calvicie en la parte superior de la cabeza, estaba rechonchito y su cuerpo era muy peludo, así que por descarte lo único que podía atraer a la gran variedad de mujeres a los oscuros callejones era el rumor de la enorme bestia, que al rato era confirmado por las complacidas caras y los andares de las hembras. Pero Juan se había acostumbrado a verle balanceando el miembro de un lado a otro entre la falda ya que el muy cochino no gastaba calzones. No se explicaba que hacía en invierno para que no se le congelase, tampoco se lo preguntó nunca. Así que con ese balanceo lo vio acercarse.
    - Dime Ralph.
    - Juan te tengo preparado una sorpresa.
    - No, no, no… La última vez casi me mato salvándote del tren.
    - Si, si, casi me mato –se rió.
    - ¡Casi me mato yo!
    - Eso decía Juan, no te ofusques.
    - Uff –se cogió de la cabeza- vamos que tengo hambre, cuéntamelo yendo – no hubo respuesta de su acompañante-. ¡Ralph!
    - ¿Qué?
    - Que me lo cuentes.
    - Ah, siii… -se quedó prolongando la sílaba.
    - Joder, ya te has vuelto enganchar –le dio un cachete en la nuca.
    - Gracias, no se que haría sin ti Juan –se rió rascándose donde le había golpeado.
    - Dios, ¿quieres contármelo de una vez?
    - Vaya, ahora no me acuerdo –se volvió a reir.
    - Estás empanao, no me cansaré de repetírtelo nunca.
    - Mmmm, mira ese pan que buena pinta tiene.
    - Eso, eso, tú a lo tuyo. Espérame aquí que voy a comprarlo – entró dentro de la panadería y vio a través del cristal como su amigo se levantaba la falda y se rascaba el culo plácidamente, las niñas que se dirigían al instituto lo vieron y salieron gritando despavoridas. Juan se tapó los ojos y dio un respiro, salió a fuera al encuentro del exhibicionista con la barra de pan bajo el brazo-. Vamos tira palante seductor, tira palante…
    - ¿Te he dicho que tengo una sorpresa para ti?
    - ¿Por qué? –le preguntó lloriqueando a nadie- ¿Por qué yo?
    - ¿Qué te pasa Juan? Cada vez haces cosas más extrañas.
    - Haber, dime –se armó de paciencia esperándose lo peor.
    - Me he comprado unos calzones –dijo alegre.
    - ¿Qué? No lo he escuchado bien. ¿Qué dices? No habrás vuelto a tomar droga de esa rara.
    - Que no, que no. Lo digo de verdad, ayer me di cuenta de que asusto a la gente con eso, ya sabes… Y zas, vi en la basura unos calzoncillos rosa, casi nuevos.
    - ¿Y por qué no los llevas ahora? –aún sorprendido.
    - Porque me los puse y aparte de que no podía respirar muy bien, me escaldé mucho y hoy me estoy despidiendo de la libertad.
    - Lo que hay que oír. Pues chico me alegro, por fin podré mirarte tranquilo. Y yo que pensaba que querías hacer otra de las tuyas – Ralph se rió plácidamente.
    Decidieron irse al centro, por si encontraban algo de valor en aquella gente humilde. Conversaban sin preocuparse de las miradas furtivas, los cambios de acera y los susurros despectivos. Eran perros por el día, rebuscando entre los cartones, zigzagueando como zombis borrachos y tirados como inmundicias en el suelo; por la noche eran ratas de la sociedad. Acostumbrados estaban a todo eso, pero conscientes de que su existencia era igualada por los ricos con la rutina, parados en un punto de la vida que era sazonada por el aburrimiento.
    Los dos compañeros cruzaban un oscuro parque cuando detrás de un árbol vieron una mujer vestida con un poncho, unas botas de tacón, unas medias de redecilla más bien arañadas y un pañuelo rojo en el cuello; una masa alborotada de rubio tintado y el rimel corrido por su cara destacaban. Se empolvaba la nariz con caballo y tenía una respiración agitada cuando les dijo:
    - ¿Qué es lo que veo? Que dos chicos más atractivos –se ponía en pie dificultosamente-, acercaros chicos, no tengáis miedo. Y os aré una limpieza de bajos.
    - No, no, no. Me parece que no hace falta, o por lo menos hasta que te pongan un tabique de platino, entonces, nos pasaremos ¿vale? Búscate otro tubo de escape mientras – replicó Juan despectivamente mientras seguían caminando.
    - ¡Qué te den!
    - ¡Zorra! –dejaba atrás el parque y aún se escuchaban las quejas.
    - Juan, a mí no me hubiera importado quedarme –con total sinceridad se lo dijo Ralph.
    - Siempre pensando en lo mismo, venga va, camina.
    Esa chulería innata de Juan, era debida a su turbio pasado que lo había curtido en los barrios más pobres y peligrosos. Siempre había sido un ser solitario, respetado y temido por todos; aquellos que se habían acercado a él lo más mínimo habían desaparecido, muerto o alguna otra cosa horrenda. La gente se quedó sorprendida cuando Ralph pasó a ser su compañero del día a día, nadie se lo creyó. Pero solo uno buscaba la verdad de todas sus incógnitas, el comisario Mariano. Juan se lo encontraba cuando menos se lo esperaba -siempre enrollándose con la mano su enorme bigote- y con las preguntas más certeras, pero Juan sabía evadirse con respuestas más inteligentes o simplemente le hacía caso omiso cuando no estaba aburrido. Con esta persecución había vivido más de media vida y nunca había podido tener suficientes datos para acusarle de los innumerables delitos, y los macabros crímenes. Así que su vida había pasado a ser la de un miserable obseso, el rencor y la rabia nunca paraban de aumentar. De esto poco sabía Juan, pero se lo imaginaba sufriendo segundo a segundo y con eso disfrutaba. Entonces no le sorprendió verlo en su esquina favorita, con su cigarrillo de liar y su pelo engominado hacia la derecha.
    - ¿Qué, planeando otra de las tuyas? –lo miró con eso ojillos que no dejaban de temblar por el tic.
    - Comisario Mariano… ¿por qué no me come el ano? –le dibujó una cara de payaso.
    - Eso es una falta a la ley, así que acompáñame a la comisaría o será arrestado –ahora él le dibujó una cara de desquiciado.
    - Lo siento, pero… hoy no está de servicio, imbécil.
    - ¡Arrg! ¡Cómo le odio! –había tirado el cigarrillo y lo pisaba furiosamente.
    - Camina Ralph, dejemos a este con sus cosas –se alejaron.
    - No entiendo porque siempre va detrás de ti.
    - Yo tampoco lo entiendo, yo tampoco –se rió.
    Al fin llegaron a su destino, y empezaron a merodear por las calles menos transitadas, allí rondaban los más ingenuos de todos. Caminaron con disimulo, como unos transeúntes más, pero eran leones al acecho de cualquier presa. Se fijaron primero en un grupo de niños pequeños que llevaban unas cestas llenas de comida, eso era de deshonrados; luego vieron una chica que venía de compras, muy mona ella, con su vestido fashion y sus bolsas de ropa, pero iba acompañada por un novio el doble que ellos dos juntos; divisaron mucha más gente a la que poder robar pero todos tenían sus contras; finalmente desistieron, y al irse vieron en el desierto de la noche una viejecita. Parecía un regalo entregado por un éter divino ya que esta señora iba en galardonada por cientos de collares, perlas, anillos, y por un bolso que debía tener un fardo de billetes a rebosar dentro. Se lo pensaron por ser una anciana, por ser una anciana que iba con bastón, con bastón porque su columna vertebral estaba doblegada hasta el infinito, doblegada por sus dos grandes pechos que colgaban hasta la cintura. Con disimulo se acercaron y Juan le mandó a Ralph que le sisara. Este se acercó hacia la viejecita y le tiró del bolso, pero sorprendentemente tenía más fuerza de lo que se imaginaba, la mujer le daba mamporros en la cabeza con el bastón y Ralph no conseguía el bolso.
    - ¡Vamos Ralph, estira, estira!
    - No puedo joder, lo tiene enganchado en pegamento por lo menos.
    - Cabronazo. Hurón. Sinvergüenza. ¡Maldito! –los azotes aumentaban. Juan se acercó corriendo hacia la anciana y de un fuerte tirón le quitó el bolso.
    - Vamos corre, corre. ¡Ya lo tengo! –salieron pitando de aquella escena, la viejecita ahora marchaba detrás de ellos con un paso aceleradísimo, era sorprendente.
    Ellos la dejaron atrás unos cien metros, y al cruzar la calle el camión de la basura los arroyó a los dos. El frenazo del conductor fue tremendo, y absorto por la situación se había quedado paralizado. Juan estaba bien, simplemente un poco dolorido y unos rasguños recorrían su cuerpo, Ralph en cambio había sufrido la peor parte, había sido propulsado contra el parabrisas de un coche, tenía sangre en la cabeza y lloriqueaba. Juan vio como la anciana se acercaba rápidamente, no lo pensó dos veces: recogió el bolso que estaba a unos metros de él y dificultosamente se escapó escondiéndose entre los coches aparcados.
    La anciana a punto de un infarto, llegó al accidente y el conductor ya había bajado. Estaba ayudando a Ralph que extraordinariamente podía mantenerse en pie, y si no era así, era más que nada por el susto. La anciana observó que el otro ladrón se había esfumado y su preocupación desapareció cuando recordó que en el bolso solo había caramelos para su nieto, y al recordar esto sintió pena por el otro que lloraba como un niño pequeño.
    - ¿Cómo está?
    - No se, menos mal que iba despacio. ¿Lo conoce?
    - Ehhh… nos hemos conocido hace un rato. ¿Cómo estás chico?
    - Mareado… -verdaderamente lo estaba.
    - ¿Pero te encuentras bien?
    - Ehh… si, si. Me tengo que ir, tengo prisa.
    - ¿Pero qué dice señor? ¿Dónde va a ir usted así?
    - Mmm, a casa, si a casa.
    - Yo te acompañaré al ambulatorio –se ofreció la anciana-. Señor, usted siga trabajando, no se preocupe, yo lo llevo. Está ahí al lado.
    - Como quiera señora. Recupérese chico, lo siento de veras. Ciao – el basurero, subió al camión y marchó. Mientras tanto, la anciana cogía del brazo a Ralph y caminaban por la acera. Alejándose del suceso.
    - Te voy a llevar a mi casa y te limpiaré esas heridas.
    - Pero… Si… Eh…
    - Cállate, mejor no digas nada. No todos somos iguales. Te curaré y te irás, y no quiero veré más, ¿entendido?
    - Si, pero ¿dónde está Juan?
    - ¿Tu amigo? Salió corriendo.
    - Eso no lo haría él –sintió una punzada en su interior, ¿porqué su amigo lo traicionaba? ¿no eran amigos? ¿y todo el tiempo que habían pasado juntos? Ahora lo apuñalaba la conciencia.
    Por detrás los seguía Juan, la rabia le había inundado al ver el bolso lleno de caramelos. Y más rabia le dio que Ralph se mantuviera por su propio pie, y si ahora lo delataba al comisario Mariano, seguro que la viejecita lo había convencido para que lo hiciera y se dirigían al cuartel. Tenía que impedirlo. Su cabeza era ahora una locura de pensamientos, sabía que no tenía nada, pero ese mundo que había creado durante tantos años era su reino, él era el rey, la rata más grande. Si lo metían en la cárcel sabía que ya no saldría, demasiados delitos, demasiados enemigos. Tenía que impedirlo. Cruzaban la oscura vía del tren cuando se acercó rápidamente hacia ellos por la espalda con un cuchillo, lo alzó para acabar con la anciana y se oyó una voz.
    - ¡Alto! O le agujereo la espalda Juanito – el comisario había estado presente durante todo lo ocurrido.
    - Si es mi amigo Mariano –se dio la vuelta despacio, el cuchillo aun en la mano y con una sonrisa bastante forzada.
    - Suelta el cuchillo.
    - ¿Por qué tendría que hacerlo?
    - Porque yo tengo una pistola y tú no –la cara del comisario era de lo más feliz.
    - Pero yo pu… - fue interrumpido por Ralph que le había cogido el cuchillo de la mano y había saltado encima del comisario hundiéndole la punta en la garganta, este había disparado y le había dado en la sien de la anciana que se desangraba al igual que al comisario en la vía.
    - ¿Qué has hecho? –Juan se cogía de la cabeza.
    - Salvarte, te iba a disparar.
    - Joder, que marrón. Te has cargado un policía –se arrodilló ante Mariano y este le escupió en la cara sangre mientras no paraba de temblar.
    - Mamón –cesó el temblor. El cuchillo aún permanecía en el cuello, lo sacó, se levantó y a un palmo tenía a Ralph. Seguidamente le acuchilló en el vientre.
    - Lo siento.
    - ¿Por qué?
    - Lo siento, de veras –Ralph cayó de espaldas al suelo y de repente un pitido, una luz. Se giró rápidamente para ver como el tren se lo llevaba hacia otro mundo, otro mundo dónde él no sería nada más que nada.

  • CANTICOVÉRDAD

    Escúchame.
    Escúchame y cierras los ojos.
    Ciérralos.

    Las blandas nubes blancas te transportan, hacia el tiempo imperecedero, no transcurre ni por asomo infinito; lugares finosos, donde te escabulles con bondad, con excelsa ventura, a tu más monoso monoso interior.

    El riachuelo cantaba, suave, plácido; pomposo líquido elemento.
    Entre abruptas rocas blancas, fluía, lenta y armoniosa.
    Ligera cascada traqueteaba; alrededor, silencio. Ni aire, ni naturaleza, solo se acariciaba agua.
    El pequeño lago estaba vivo, se balanceaba, sin prisa, con pausa. En la orilla, las ramitas de pino y acebo se fraguaban alegremente con la hojarasca y la húmeda hierba. Las tranquilas olas, inundaban apacibles el lecho blando del bosque. Ssssss, el sol arrancaba las gotas de agua de ese lecho, de ese lago, el sonido de un alma que ascendiendo bailaba, ssssss… Resplandeciente espiral surgía del estanque, en dueto con el alma que divertida no cesaba de danzar, pronto se les sumó la suave brisa, los altos árboles hacían corro, observándolos tan felices; el fantástico trío empezó a apretarse, miradas cómplices entre el coro. Gozaban abrazados, sinceras caricias encerradas de esperados secretos, cánticos de verdadero amor, juntos, de verdad, juntos.
    Tan dichosos se hallaban en esa esfera de experiencia, que una fulgurante luz nació en el centro, hermoso color, indescriptible, único, canticovérdad.
    Distintos cuerpos entrelazados, fresh, de adorable agonía, ggh, contiguos, freshggh.

    ¿Y esa luz? Con sus colores únicos, vivos, pájaros que abrían las alas y dejaban paso, a brillantes crustáceos que dejaban paso, a vida. Rumba en la esfera en movimiento en suspensión, encantada tensión. ¡Explosión! Aquella alegre bomba, explotó explotó. La brisa, se convirtió en fresco viento; la espiral acuosa, en lluvia fina; el alma, planeó hasta el cielo; los coloridos pájaros echaron a correr, y los crustáceos volaron desmembrando así la luz, en mil trocitos, por el paraíso.

    Escúchame.
    Escúchame y abre los ojos.
    Ábrelos.

  • DEJAR VOLAR

    Dicen que el hombre es el único animal que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir. Pero yo digo que también ama sin tener la necesidad de amar. Por eso el alma florece y marchita tantas veces como lágrimas derramadas por amor. Hoy he mirado a través de una de esas lágrimas cristalinas, y he visto la crudeza de la pasión, el desespero por aferrarse a la fantasía que turbia al llorón.
    Ese llorón se llama Raúl, y está sentado en el banco de la antigua estación, parece ser que solo le alumbra una pequeña pero potente bombilla y luego todo es oscuridad… o eso le parece a nuestro apagado Raúl. Pero él antes brillaba entre la multitud como la luna en la noche, como esa bombilla en la estación, no havia ninguna bruma espesa para entristecer-le, era la alegría andante de toda Barcelona. Pero, ¿que sería de esta vida sin un vaivén? A veces es positivo, y por lo tanto agradable. Pero en esta historia mucho me temo que llega a ser catastrófico.
    Todo empezó ese día, el típico día que no sabes que hacer, que te aburres en casa y decides salir, no por visitar un sitio, sino porque quieres marcharte de casa y si puede ser no regresar. Pero Raúl ya se temía que algo inesperado iba suceder e iba a ser algo bueno, porque era el típico día y eso quería decir fortuna. Y así sucedió que en la cafetería Royal un joven apuesto y de pelo desaliñado que se sentaba a medio metro de él le pidió un cigarro y si podía ser el mechero porque casualmente tampoco lo llevaba encima. Reaccionó a esa melosa voz después de haber observado sus cristalinos ojos verdes, que para el gusto de Raúl con juntaban fantásticamente con el pelo azabache del joven.
    - Ehh, ¡Claro claro toma!
    - Gracias – le dibujó una sonrisa armonizada por un guiño, Raúl se terminó el bombón de un trago.
    - ¿Por casualidad no serás de Barcelona? – le arroyó la pregunta como si toda la vida hubiera estado conteniéndola.
    - Mmm, si lo soy, vivo a dos manzanas de la cafetería, suelo pasarme por el Royal a tomarme un bombón, ah, gracias – y le devolvió el mechero.
    - De nada, yo también suelo pasarme por aquí a tomarme un… bombón, – los dos se rieron – que extraño que nunca te haya visto – y más extraña fue la cara que dibujó Raúl al decir esto, el joven se rió - ¿Qué pasa? – dijo amablemente.
    - No nada, nada. ¿Y cómo dices que te llamas? – tragó saliva.
    - Raúl, Raúl ¿y como dices que te llamas tú? – le sonrió.
    - Salva – se estrecharon las manos con tierna mirada.
    El sol se escondió en el horizonte y ellos ahora charlaban en la misma mesa. Decidieron marcharse a casa y tomar unos bombones juntos otro día. Aunque el sol huyera de la luna ahí estaba Raúl iluminando las calles de Barcelona y al llegar a casa se dejó caer en el mullido sofá, cerró los ojos y soñó. Porque los sueños recompensan a sobrevivir.
    Fueron muchas las tardes acompañadas por Salva en la cafetería, así que un día decidieron cenar en casa de Raúl. Este se lució con su lubina con salsa de oricios y los dos bebieron del vino blanco que Salva trajo para acompañar la animada velada, al terminar el postre prolongaron la cena con unas copas y un poco de Jimmy Hendrix. Se hizo tarde y Salva se dispuso a marchar a casa, Raúl sinceramente no sabía que hacer por alargar esos buenos momentos pero la solución se la dio su amigo al cogerle de la mano, acercarlo a su pecho, y con la mirada a su corazón, le susurró unas palabras al oído y le dio un profundo beso. La dulzura y la pasión inundaron el céntrico piso durante toda la noche. Al despertarse Salva por la mañana, miró al otro lado de la cama y vió una nota que ponía “Hoy me he dado cuenta de que en mi corazón hay habitaciones reservadas con tu nombre”. Al levantarse vio a Raúl preparando el desayuno y corrió hacia él y le dio un bonito beso de buenos días.
    La vida nos concede momentos especiales, no se sabe cuando van a llegar ni cuando se van a ir, pero afortunadamente existen. Pero no es tan sencillo, la vida nos los da para que nosotros los moldeemos, los moldeamos para bien o para mal, a veces los dejamos pasar y si nos damos cuenta nos arrepentimos para toda la vida. Pero lo que es verdad, es que para bien o mal son momentos inolvidables, de los cuales nos hacemos a nosotros mismos. Para Raúl su momento especial era haber conocido a Salva y afortunadamente para Salva haber conocido a Raúl. Su amor se elevaba por los edificios más altos de la ciudad y parecía incansable, realmente lo era. No había ningún día sin una feliz sonrisa, sin una mirada sincera, sin un sensual beso y sin unas palabras amables. Y si se querían tanto, ¿Qué mejor idea que cogerse unas vacaciones en sus atareadas vidas, e irse a algún paradisíaco sitio? Y ese sitio fue Hawai.
    Pasajeros del vuelo treinta y siete, destino a Molokai. Ese era su vuelo, maletas preparadas y billetes en mano, todo escrupulosamente pensado para esta escapada de fogosos amantes. Motores en marcha y el avión en el cielo. Planeaban sus merecidas vacaciones en el avión, algún que otro beso de entusiasmo creaba miradas y murmureos que ya asumidos tenían la pareja. Porque desde bien pequeñitos, en la escuela cuando algún chico les atraía y ellos no sabían porqué, no veían en eso nada vulnerable. Más tarde las discriminación social hacia los homosexuales no les impidieron, como ellos odian nombrar, “salir del armario” y vivir sin ninguna cáscara que no permitiese ver la ternura que esas frutas contenían. Realmente eran felices y eso es lo que de verdad importa.
    - Perdona señorita, ¿me podría decir cuanto falta? – le preguntó impaciente Salva a la azafata.
    - No más de quince minutos – le contestó desagradablemente amable la postiza de la azafata.
    - ¡Gracias! – no se oyó contestación de la “Barbie”- Raúl, solo quince minutos, tengo ganas de llegar al hotel y hacerme un relajante baño de espuma, a poder ser con sales… - se sumergía en el sueño como si del propio baño se tratase.
    - No te importará que entre en la burbujeante fiesta contigo – le insinuó sonriente Raúl.
    - Para nad… – el avión dio un gran salto que hizo parar a Salva.
    - En todo el viaje no hemos tenido turbulencias para que a… – otra más movió entero el avión y en el techo se encendieron las luces de los cinturones, rápidamente todos los pasajeros hacían caso a la señal, el temblor aumentaba y algunos sonoros gritos se dejaban escapar entre la confusión De repente una voz se alzo entre las otras, “Señores pasajeros, tenemos un problema en el motor izquierdo, me veo obligado a realizar un aterrizaje forzoso, no se alarmen”. Sus conmovedoras palabras aterrorizaron más al personal, Raúl se asomó por la ventanita que tenía a su lado y un hilito de humo se escapaba por el motor y más adelante Molokai ya se divisaba. El terror se apoderó de su cuerpo al igual que el de toda la tripulación, pero entre la desesperación una suave mano cogió la suya y una tranquilizadora voz le habló como si venida del cielo.
    - Raúl, en este mundo yo soy un chico normal, pero si de verdad me amas, junto a tu a corazón me siento especial – su verde mirada le decía te quiero a gritos.
    - De verdad te amo – así sus manos cogidas y sus miradas entrechocadas gritando amor cayeron en el más hondo túnel de la inconsciencia.

    Pasajeros del vuelo treinta y siete, destino a la perdición. Eso es lo único que recordaba Raúl, no recordaba el accidente en la playa, ni los bañistas de Papohaku intentando salvarles, ni los equipos de rescate, ni cuando tapaban a Salva con la manta y lo llevaban junto a los demás fallecidos. Solo esa voz que se repetía, destino a la perdición. La vida nos concede momentos especiales, no se sabe cuando van a llegar ni cuando se van a ir y ahora que se han ido, Raúl recuerda en la estación las palabras que su amante le susurró al oído antes de el primer beso… Con un beso cálido viajaremos por la oscuridad de la noche hasta la luna, hasta la luna.

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