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hombre - 34 años, España
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but when was that?
Pero, ¿Cuando fue eso? El viejo ya había puesto la merceria y mamá hacía marchar el fonógrafo para copiar la letra de Melenita de oro mientra yo enfriaba mi trasero en alguno de los cinco escalones de marmol que daban al fondo; Antonia Pereyra, la maestra particular de los lunes, miercoles y viernes trazaba una insultante raya roja sobre mi inocente quebrado violeta y a veces rezongaba: "¡Ay, Jesús, doce años y no sabes lo que es un común denominador!".
Doce años. De modo que era 1924. -
Se acabó la rabia
Aunque la pierna del hombre apenas se movía, Fido, debajo de la mesa, apreciaba grandemente esa caricia en los alrededores del hocico. Esto era casi tan agradable como recoger pedacitos de carne asada directamente de las manos del amo.
Hacia dos años ya que, en contra de su vocación y su contextura (patas gruesas y firmes, cogote robusto, orejas afiladas), Fido se había convertido en un perro de apartamento, condición que parecía avenirse mejor con los cuzcos afeminados, histéricos y meones, que desprestigiaban el segundo piso.
Fido no pertenecía a una raza definida, pero era un animal disciplinado, consciente, que por lo general aplazaba sus necesidades hasta mediodía, hora en la que lo sacaban a la vereda para que efectuara su revista de árboles. Sabía, además, como aguantarse en dos patas hasta que recibía la orden de descanso, traer el periódico en la boca todas las mañanas, emitir un ladrido barítono cuando sonaba el timbre y servir de felpudo a su dueño y señor cuando este volvía del trabajo. Pasaba la mayor parte del día echado en un rincón del comedor o sobre las baldosas del cuarto de baño, durmiendo o simplemente contemplando el verde sedante de l a bañera.
Por la general, no molestaba. Cierto que no sentía un afecto especial hacía la mujer, mas como era ella quien le preparaba el sustento y de renovarle el agua, Fido, hipócritamente, le lamía las manos alguna vez al día, a fin de no perturbar servicios tan vitales. Su preferido era, naturalmente, el hombre, y cuando este, después de almorzar, acariciaba la nuca o la cintura o los senos de la mujer, el perro se agitaba, celoso y receloso, en el rincón mas sombrío del comedor.
Los grandes momentos del día eran, sin duda: las dos comidas, el paseo diurético por la vereda, y especialmente, este solaz después de la cena, cuando el hombre y la mujer charlaban, distraídos, y él sentía junto a su hocico el roce afectuoso de los pantalones de franela.
Pero esta noche Fido estaba extrañamente inquieto. El golpeteo de la cola, no era como en otras sobremesas, una señal de mimo y reconocimiento, una treta habitual de perro viejo. En esta noche el pasado inmediato pesaba sobre él. Una serie de imágenes, bastante recientes, se habían acumulado en sus ojitos llorosos y experimentados. En primer término: el Otro. Sí, una tarde en que estaba solo en el apartamento, durmiendo su siesta junto a la bañera, la mujer llego acompañada del Otro. Fido había ladrado sin timidez, se había comportado como un profeta. El tipo lo había llamado repetidas veces en un falsete cariñoso, pero a el no le gustaban, ni aquellos cortantes pantalones negros ni el antipático olor del hombre.
Dos veces o tres pudo dominarse y se acerco husmeando, pero al final se había retirado a su rincón del comedor, donde el olor de la frutera era más fuerte que el del intruso.
Esa vez la mujer solo había hablado con el Otro aunque se había reído como nunca. Pero otro día en que ella estaba sola con Fido y apareció el tipo, se habían tomado de las manos y terminaron abrazándose. Después, aquella cara redonda, con bigote negro y ojos saltones, apareció cada vez con más frecuencia. Nunca pasaban al dormitorio, pero en el sofá hacían cosas que le traían a Fido violentas nostalgias de las perritas de cierta chacra en que transcurriera su cachorrez.
Una tarde-quién sabe por qué-volvieron a notar su presencia. Desde el comienzo, Fido había comprendido que no debía acercarse, que los ladridos proféticos del primer día no podían repetirse. Por su propio bien, por la continuidad de los servicios vitales, por el ansiado paseo a la vereda. No lamía la mano a nadie, pero tampoco molestaba. Y, sin embargo, ellos habían advertido su presencia. En realidad, fue la mujer; y era natural, porque con el tipo no tenia nada en común. Acaso ella tuvo especial conciencia de que el perro existía, de que estaba presente, de que era un testigo, el único. Fido no tenía nada que reprocharle, mejor dicho, no sabia que tenía algo para reprocharle, pero estaba allí en el baño o en el comedor, mirando.
Y bajo esa mirada húmeda, legañosa, la mujer acabó por sentirse inquieta y no tardó en ser atrapada por un odio violento, insoportable.
Naturalmente, poco de esto había llegado a Fido. Pero una cosa lo alcanzaba, y era el rencor con el que se le trataba, la desusada rabia con que se admitía su obligada vecindad.
Y ahora que recibía la diaria cuota de afecto, ahora que sentía junto al hocico el roce y el olor preferidos, se sabía protegido y seguro. Pero, ¿y después? Su problema era un recuerdo, el más cercano. Hacía un día, dos, tres – un perro no rotula el pasado- el tipo había tenido que irse con apuro, (¿por qué
Y había dejado olvidada la cigarrera, una cosa linda, dorada, muy dura, sobre la mesita del living.
La mujer la había guardado, también con apuro, (¿por qué
, bajo una cortina de la despensa. Y allí, no bien estuvo solo, fue a olfatearla Fido. Aquello tenía el olor desagradable del tipo, pero era dura, metálica, brillante, una cosa cómoda de lamer, de empujar, de hacerla sonar contra el piso.
La pierna del hombre no se movió mas, Fido entendió que por hoy la fiesta había concluido. Perezosamente fue estirando las patas y se levantó. Lamió todavía un pedacito del tobillo que estaba al descubierto, entre el calcetín raído y el pantalón. Después se fue sin gruñir ni ladrar, con paso lento y reumático, a su rincón tranquilo.
Pero sucedió entonces algo inesperado. La mujer entro en el dormitorio y regresó enseguida. Ella y el hombre hablaron, al principio relativamente calmos, después a los gritos. De pronto la mujer se calló, descolgó el bolso de la percha, se lo puso a los tirones-sin que el hombre hiciera algún ademán para impedirlo-salió a la calle, dando un portazo tan violento que el perro no tuvo mas remedio que ladrar.
El hombre quedó nervioso, concentrado. A Fido se le ocurrió que éste era el momento.
Nada de venganza, en realidad no sabía que era. Pero el instinto le indicaba que éste era el momento.
El hombre estaba tan ensimismado, que no advirtió enseguida que el perro le tiraba de los pantalones. Fido tuvo que recurrir a tres cortos ladridos. Su intención era clara, y el hombre, después de vacilar, lo siguió con desgana. No fue muy lejos. Hasta la despensa. Cuando el perro aparto la cortina, el hombre solo atinó a retroceder, después se agachó y recogió la cigarrera.
En realidad Fido no esperaba nada. Para él, su hallazgo no tenia demasiada importancia, de modo que cuando el hombre dio un bárbaro puñetazo contra la pared y se puso a gritar y a llorar como un cuzco del segundo piso, no pudo menos que, también, el, retroceder asustado ante la conmoción que provocara. Se quedo silencioso, pegado al marco de la puerta, y desde allí observo como el hombre, con los dientes apretados, gritaba y gemía. Entonces decidió acercarse y lamerlo con ternura, como era su deber.
El hombre levantó la cabeza y vio aquel rabo movedizo, aquel cargoso que venia a compadecerlo, aquel testigo. Todavía Fido jadeó satisfecho, mostrando la lengua húmeda y oscura. Después se acabo. Era viejo, era fiel era confiado. Tres pobres razones que le impidieron asombrarse cuando un puntapié le reventó el hocico.