http://netlog.com/Soledad333Soledad333Soledad333Soledad333http://es.netlogstatic.com/p/tt/018/767/18767614.jpgEspañaMadrid Página de perfil de Soledad333

Soledad333

mujer - 109 años


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Blog 93

Me apasiona la literatura y muy en especial la poesía. Busco a través de la palabra esa mirada oculta, capaz de conmover y arrojarte a tu propio abismo.
Quería compartir una selección de escritores que me impresionan, que me hablan con lucidez y me acercan a mis dudas más profundas, gracias a esa mirada puedo traspasar mi propia frontera en la eterna búsqueda de respuestas.
También quiero compartir algunos comentarios de películas con el mismo ojo crítico y dar a conocer algunos de los relatos que estoy escribiendo. Actualmente, estoy escribiendo una serie de relatos que tratan el tema de la migración, tengo alrededor de 20 y también algunos otros relatos que llevan las obsesiones de la niñez. Algunos de estos relatos están en la etiqueta: Mis cuentos

Esta oración fue escrita por Clarice Lispector la escritora brasileña, aunque soy atea, me parece maravillosa porque expresa sus sentimientos desprovistos de mascaras, aquellas que inventamos para salvaguardar nuestra propia humanidad.

"Alivia mi alma, haz que sienta que Tu mano está cogida de la mía, haz que sienta que la muerte no existe porque ya estamos en verdad en la eternidad, haz que sienta que amar no es morir, que la entrega de sí mismo no significa la muerte, haz que sienta una alegría modesta y diaria, haz que no Te indague demasiado, porque la respuesta sería tan misteriosa como la pregunta, haz que me acuerde que tampoco hay explicación de por qué el hijo quiere el beso de su madre y aún así quiere y aún así el beso es perfecto, haz que reciba el mundo sin temor, pues para ese mundo incomprensible fui creada y yo misma también incomprensible, entonces es como existe una conexión entre ese misterio del mundo y el nuestro, pero esa conexión no es clara para nosotros mientras queramos entenderla, bendíceme para que viva con alegría el pan que como, el sueño que duermo, haz que tenga caridad hacia mí misma pues si no, no podré sentir que Dios me amo, haz que pierda el pudor de desear que en la hora de mi muerte haya una mano humana para apretar la mía amén." Clarice Lispector


  • Cuento La Elegida de Lilian Elphick



    La Elegida
    Por Lilian Elphick

    Un coup de vent sur tes
    yeux et
    je ne te verrais plus
    A. Breton

    I. En Santiago no llueve nunca, pero hoy sucede lo contrario: la mampara de pavos reales está empañada, la casa oscura, un poco fría. Salgo.
    Camino por ciertas calles que no tienen salida directa sino que dan vueltas y vueltas, terminan en plazoletas y luego continúan. Me gusta perderme y caminar sin rumbo bajo esta lluvia. Elijo esta calle y no otra. A pesar de ser lunes no veo gente; no me inquieta, es más, me gusta que sea así.
    Al llegar a una esquina hay una mujer joven. Está parada esperando cruzar. Avanzo hacia ella, no sé por qué no cruza. No hay semáforo ni automóviles. Sigo de largo; finjo comprar algo en un negocito de verduras. Desde allí vuelvo a observarla, sigue donde mismo, balanceándose arriba de la cuneta, las manos en los bolsillos. El olor del zapallo cortado es agradable; el hombre que atiende me habla. Yo asiento mientras observo las grandes pepas del zapallo calado, las hilachas. Al levantar la vista, los bigotes cerdosos del hombre me molestan, podría sentir sus púas clavándose en mi cara. Para acabar la conversación le compro un paquete de cigarrillos y me despido de él para volver a mirarla. Está donde siempre. Retrocedo, voy en su dirección. A unos tres metros me detengo y no sé qué hacer. Parece no verme. De lejos, su abrigo simulaba ser un simple impermeable; pero no, tiene botones dorados, metálicos, grabados con motivos marineros. Me acerco cautelosa, comprobando que el agua le corre por el pelo igual que a mí y que no espera nada de este día imaginario. Ella me mira y apenas sonríe.
    No hablamos del tiempo ni de sus arbitrariedades mientras avanzamos en la misma dirección. Ha estado buscando trabajo desde hace horas y el desánimo le surge feroz de sus ojos grises.
    Yo también le cuento una historia de abandonos y de calendarios inútiles. A ella no le importa que el agua se le meta por el cuello.
    -El mundo se va a acabar- me dice serenamente- pero quedarán algunos, los elegidos, ¿me entiénde?
    Yo no respondo, la invito a tomar un café, al lugar de Rosas.
    Ella acepta y sonríe triste. Me gustan sus ojeras y la tomo del brazo como si la conociera desde siempre.
    Hablamos durante horas y la lluvia no declina. Con el cuerpo tibio salimos a la calle, espero que se despida, retarda el momento, debe tener otras cosas que hacer, seguir buscando trabajo, o tomar el bus de vuelta. Me pregunta: ¿vamos al centro? Por primera vez, la hora no me preocupa. Le digo: sí.
    Caminamos lentamente por calles que yo conozco demasiado, algunas veces ella se detiene a mirar las vitrinas. Sin embargo ella no mira, sus ojos se pierden en un camino recto, interminable, atraviesan los maniquíes, como si quisieran ir más allá de todo. El viento me refresca cuando veo cómo una anciana busca desesperada un taxi, con un pedazo de papel protegiendo su cabeza.
    Después de una hora de peregrinación le propongo entrar a un hotel. No entiendo mi propia invitación, por qué no a mi casa, allí estaríamos a solas, sin interrupciones, además hace tiempo que ya no recibo visitas inesperadas. Pero, ¿por qué este querer estar solas?, sé que ella también lo siente, por eso nuevamente acepta, sin mirarme, aunque le adivine su sonrisa de pecados secretos.
    Es bella cuando se saca el abrigo de paño negro y su cuerpo se refleja mohoso en el espejo. Mi cabeza se asoma detrás de ella. La abrazo.
    Contemplamos esta escena por un tiempo suprimido. Ella no parece darse cuenta de su protagonismo y mira asombrada cómo yo le retiro el pelo húmedo de los hombros y lo ordeno hacia arriba, dejando libre su cuello, soplando despacio para darle más calor a sus orejas frías. Cierra los ojos y permite que le desabroche la blusa. Poco a poco va girando hasta encontrarnos en pechos que se rozan. Quiero que sus pezones aparezcan erectos y enormes. Los adorno de saliva. Sus pezones brillan rosados, ínfimos, como semillas de granada. Ella gime a medida que mi lengua baja hasta su ombligo. Se recuesta en la cama y abre sus piernas. Mi lengua desciende, ella se arquea, las caderas oscilan, me frena y susurra algo.
    La beso. Me busca los labios. Ciega cachorra. Oigo que cantan afuera, los hacen callar, siguen haciéndolo hasta que los cantos se pierden, luego, a lo lejos, oigo el ulular de una sirena.
    Ella se deja ir como en un baile antiguo. Me abraza y echa su cuerpo hacia atrás en un apuro que trato en vano de retener, hasta que grita estremecida por sueños desenfrenados.
    La elegida grita muriendo sobre mi. La elegida dormita con su cara pegada a mi clavícula. La elegida no se da cuenta de que por la claraboya del techo se descuelga la lluvia y que ya da igual este silencio de noche clausurada. La abrazo tratando de buscar calor en toda su humedad y espero que ella se despierte.
    II. Usted no quiso abrir sus ojos, y cuando lo hizo fue como despertar de un mal sueño, algo nuevo, incómodo quizás.
    ¿Habrá oído mis canciones? Sus manos buscan a tientas el espacio que yo he invadido. Silenciosa se toca el cuerpo, intentando reconocerse, se toca las piernas, el vellón triangular de su pubis. Pero sus manos siguen buscando lo que añora, en una nostalgia llena de casualidades.
    Ella me pregunta dónde estoy.
    Usted se refiere a un episodio de su vida, intenta contarme lo que ya sé, un encuentro casual entre dos mujeres. Tartamudea, se arregla la ropa, se alisa el pelo, se palpa las mejillas, sus palabras tropiezan y caen.
    ¿La volveré a ver? usted se esconde frente al espejo para no responder. Su reflejo no puede responder. Yo no la miro a usted, miro a una mujer de mejillas sonrojadas que se alisa el pelo y lo ordena y que palidece y se enfría y que palidece cada vez más, que mira fijamente el contorno de una mujer que palidece frente a un espejo.
    Ella no responde, intenta huir, desasirse del calor fugaz que le recuerda arena en invierno.
    Tengo miedo de que se vaya, que cruce mi soledad por la mitad y se marche, caminando sin prisa, sin mirar hacia atrás, despidiéndose apenas.
    Usted no sabe que el azar irrumpe sin que lo hayan llamado. Usted no sabe cómo durmió sobre mí, que yo la acaricié, que silenciamos la lluvia, la misma que ahora nos insulta, que yo le di calor, usted no sabe porque durmió, cerró los ojos y estrechó mi cintura, se hundió en mí, y soñó con un hombre joven. Ella me mira y en mí no quedan más que prguntas. Abotona lentamente el abrigo de paño negro y es bella, más bella que antes, toma su bolso, su pañuelo floreado, se desorienta, busca en vano la puerta y, por última vez, mira a la mujer del espejo. Por última vez le sonríe, gira hacia mí y sonríe.
    ¿Cómo se llama? le pregunto a usted, usted que sale y se macha hacia la calle, alejándose.
    Usted no sabe que yo me quedo aquí y que vuelvo al espejo. Antes de legar a él, un escalofrío recorre la hendidura de mi espalda. Pero al fin llego y descubro. Me acerco hasta rozar mi cuerpo con el vidrio opaco.Usted no sabe que se ha llevado mi reflejo.
    III. Su nombre es Miriam. Dijo: Mi nombre es Miriam. No conoc{ia tan bien su voz como ahora, voz que existe sólo en el recuerdo. Miriam. Nunca más volví a verla. Se fue, tomó su bus o un taxi o caminó, desapareciendo. Quise seguirla, acompañarla. Negó con la cabeza, puso su mano blanca en mi hombro para detenerme. La puso y la sacó con la misma lentitud con que se arregló el pelo, antes de partir, mucho antes, cuando me sonrió.
    He vuelto a aquel lugar, he vuelto tantas veces a mirar el pequeño letrero que sólo dice Hotel Andes, la vieja puerta siempre cerrada, como si nadie entrara o saliera.
    No ha llovido e Santiago. E sol se ha quedado quieto, casi a punto de estallar. Siento nostalgia por usted, Miriam, pero ya no la busco, sólo la sueño cuando me miro desnuda, sentada en una slla frente a mi espejo, sólo la extraño cuando mi mano descansa entremedio de los musos, tibia y húmeda, sólo la deseo y la nombro en la sencillez d ste rito que cumplo, Miriam, por toda esta nostalgia, acariciándome a la hora de las siesta interminable, por usted, Miriam, beso mi propia sombra y la muerdo y la beso nuevamente, lamiéndola, inventándole lujuria a sus pechos y a su sonrisa de museo, recorriéndola, mi elegida sin memoria, hasta que las palomas que anidan en el entretecho me despiertan, hasta que sus arrumacos me trizan.
    Ratas con alas.
    Entonces, ahí la olvido.
    Miriam.

  • Mis cuentos: Visitante Nocturno



    Henri Fox Talbot - The Open Door - 1844

    Visitante Nocturno

    El resplandor de la luna ilumina la madrugada fatigada, el reloj marca la una, atravieso la ciudad, estoy de guardia. Las rutas como arterias se bifurcan, estoy perdido, tengo a penas quince minutos para llegar a mi próxima visita. Intento salir del atolladero, giro a la derecha por una carreta auxiliar, y de pronto, una turba de muchachas de todos los colores viene hacia mí, tengo que frenar, han inmovilizado mi coche. Contonean sus cuerpos con el descaro de la competencia voraz, van ligeras de trapos, ceñidos cual maniquíes de seda, llevando a cuestas los colores de la precariedad. Estoy en la Casa de Campo, todas me hablan a la vez: un griego, un francés, un completo… les pido que me dejen marchar: “Soy médico de urgencias”, tengo prisa, los pacientes me esperan. El coche no tiene ninguna acreditación, les muestro mi carnet. Uf, me liberan.
    De vuelta por la carretera, el pitado de la blackberry anuncia el décimo aviso. Cada día incrementan los avisos, como si la noche se estirara o las distancias se acortaran, hay noches en que recorro 400 kilómetros, a veces el coche ladra, a pesar de que es nuevo. Ellos, los coches, tienen todos los turnos, nunca descansan, a duras penas aguantan unos cuantos meses. He llegado a la dirección indicada, toco, me abren la puerta, me recibe un hombre con el rostro de la ansiedad y me guía hacia una habitación donde se encuentra su mujer, una crisis de asma. Me detengo, la examino, reviso sus medicamentos, le hablo, la escucho, la tranquilizo, lo tranquilizo, extiendo la receta, pronto estará mejor.
    Van quince días y aún no tengo noticias de mi salario, estoy cabreado. He hablado con Fernández, me dice: hay meses que tardan en pagar, y otros, te pagan dos meses juntos, o tres. No sé que hacer tengo que enviar dinero a mis hijos, no podré esperar tanto tiempo.
    Continúo mi periplo por Madrid. El silencio y la quietud casi fantasmal imperan en las calles de los barrios elegantes, mientras que en los barrios populares prevalece el ritmo rebelde de la juventud, también están los barrios marginales donde las almas deambulan en busca de droga marcando su propio ritmo rastrero. Más anuncios, más niños, el invierno tiñendo los hogares de gripe. Llego, examino al peque, su tierno cuerpecito caliente, hablo con los padres, los calmo y extiendo por enésima vez la receta, mientras la blackberry sigue pitando. Van quince anuncios, toda la noche transitando de norte a sur y de sur a norte. Estoy agotado.
    El pálido cielo de las primeras horas anuncia que pronto amanecerá, por fin terminará mi turno. Una empresa intermediaria nos emplea, casi todos somos extranjeros, cubrimos los anuncios de varias aseguradoras privadas, estamos solos, la empresa nos envía señales a través de la blackberry y el teléfono móvil, los pelos y señales necesarios para cada visita, un GPS nos guía, el inmaculado plano de Madrid llega vía satélite.
    Ayer despidieron a Redondo, un colombiano, se fue a dormir un par de horas a su casa, llevaba varios días haciendo el turno de la tarde y de la noche. González tuvo un accidente la otra noche, afortunadamente no le pasó nada, pero el coche quedo herido de muerte. Aguilar, otro peruano los dejó plantados, consiguió otro trabajo.
    Cada mañana antes de regresar a casa, voy al bar a tomar desayuno, una tasa de café con leche y unos churros, cojo el periódico y paso la vista por las noticias, mi vista baila confusa las imágenes. Vuelvo a casa y me siento frente a la pantalla, hago zapping de un canal a otro hasta que la noche se retira de mí y el sueño me invade, me voy a dormir. A las tres de la tarde, me despierto, vuelvo al zapping, mi mente se atosiga de imágenes que van y vienen, voces que invocan marcas, la ilusión me endulza, me trasporta, una brecha que taladra mi pensamiento, ¿me libera?
    Otra vez llega la noche. La blackberry comienza a emitir mensajes. Bebo café, mi cerebro se acelera, estoy listo para iniciar mi recorrido. Voy en busca del primer aviso. Toco la puerta, no me abren, al cabo de un momento una muchacha abre la puerta, de aspecto descuidado, muy delgada, su rostro esta pálido, casi blanco; según indica la blackberry, ha llamado pidiendo ayuda, lleva un par de intentos de suicidio. Me recibe con la mirada ausente, intento hablarle y arrancarle algunas palabras pero en su casa solo se escucha mi voz, se le han terminado los ansiolíticos, lleva varios días dando vueltas, me muestra la caja de medicamentos vacía, a modo de súplica me pide más ansiolíticos: “solo quiero dormir” añade. No puedo prescribirle ansiolíticos, tiene que venir alguien, me quedo, le hablo con el corazón y siento su miedo como una ventana que se precipita al vacio, luego llora y me da el nombre de su hermana, la llamo, hablamos, vendrá inmediatamente, llega, la recibo y hablamos, le doy la receta, se quedará a cuidarla. Vuelvo a mis pacientes, tengo un retraso importante, me he quedado casi 2 horas con la muchacha. No importa, hay que seguir.
    La blackberry no ha dejado de sonar, más niños, más ancianos, la gripe ha cubierto la ciudad, mientras el cansancio se asoma en un bostezo. Me paro un momento, bebo más café, cuando el sueño me asalta aspiro su aroma y me reconforta, después de haber saboreado un largo trago, el cansancio me abandona, me reincorporo a mis anuncios, la noche se dilata.
    No me pagan, sigo sin enviar dinero a mi familia, también tengo que pagar mi piso. He llamado a la empresa, dicen que tienen problemas de liquidez, que pronto harán la transferencia. Cojo nuevamente el móvil, marco el número de Fernández, seguro que sabe algo más. Su voz está alterada y antes que pregunte, me dice:
    Han comprado una nueva residencia geriátrica, acabo de enterarme.

    María Germaná Matta - En Madrid, a 10 de julio de 2009

  • Mis poemas

    Poema

    La niebla desdibuja
    A lo lejos
    Sus batallas de sirena,
    Pájaros sin rastro vuelan
    El jardín de la incertidumbre.

    El otoño ha llovido
    Sus silencios,
    Mientras, un ápice de luz
    Reclama pensamientos.

    María Germaná Matta - En Madrid, a 21 de octubre de 2009


    Nathalie Stutzmann, contra-alto - cantando: Agnus dei de Bach, Misa en si menor

  • Cine: Entrevista a Pier Paolo Pasolini

    Fuente: www.rebelion.org
    18-10-2009
    Entrevista a Pasolini publicada en 1971
    Pier Paolo Pasolini: Edipo y yo

    Louis Valentin
    Revista Confirmado

    Pier Paolo Pasolini nació en Bolonia hace cuarenta y siete años. Para el público italiano, tal vez ha merecido más que nadie el doble sobrenombre tradicional de su ciudad natal: “Bolonia la docta”, que hizo de él un universitario culto, y “Bolonia la roja”, que ve en él a un representante de la revolución. El escándalo parece ser la dimensión necesaria de este hombre sorprendente que se define a sí mismo como escritor–cineísta. Mientras algunos lo acusan de caer en la pornografía, la Oficina Católica Internacional de Cine (OCIC) le otorgó dos premios, el primero por El Evangelio según San Mateo y el segundo por Teorema. Por un voto estuvo a punto de obtener ese premio por tercera vez por Pajarracos y Pajaritos.

    Desde entonces, Edipo Rey y, más recientemente, Porcile confirmaron la ambigüedad del personaje y de la obra: marxista convencido y cristiano “moderno”, Pasolini no teme ni la contradicción ni la paradoja. Utiliza la mitología, la Biblia, Sófocles, Eurípides, sin el menor complejo para hacer un camino peligroso jalonado de oprobios y de elogios. Si es capaz de vagar por los suburbios romanos para buscar nuevos talentos, también lo es para domesticar a María Callas, elegida para interpretar el papel de esa mujer bárbara y mortal que fue Medea. Es que no es precisamente una de las características menos importantes de este realizador adorado y odiado esa atracción por los desafíos difíciles.
    Este hombre de múltiples rostros, cuya obra sacudió al cine contemporáneo, confiesa ingenuamente que tiene un solo ídolo: la verdad, cualesquiera sean las trampas que acechan a quienes tienen ese culto. El reportaje que sigue es una tentativa para esclarecer en algún grado un mito actual: el suyo.

    A menudo usted ha sido acusado de pornografía, ¿eso le irrita?

    Las personas que dicen que mis films son pornográficos resultan sospechosas. De todas maneras, no tengo nada contra los films pornográficos. Corresponden a una especie de subcultura, pero por eso no corresponde prohibir a los realizadores o a los productores de hacerlos, ya que eso sería represión. Puede ser que algún día, si son demasiado numerosos o están demasiado mal hechos, nadie vaya a verlos. Es la política de lo peor, de la saturación…

    Muchas veces se dijo que usted tenía tres “ídolos”: Cristo, Marx y Freud… ¿Qué piensa de eso?

    Esas no son sino fórmulas… De hecho, mi único ídolo es la realidad. Si elegí ser cineísta al mismo tiempo que escritor es porque, más que expresar esa realidad por medio de los símbolos que son las palabras, preferí el medio expresivo que es el cine, a fin de expresar la realidad por la realidad.

    ¿Podría usted, sin embargo, expresar con las palabras, y tal como la percibe subjetivamente, esa realidad constituida por la juventud actual y que parece apasionarlo?

    La juventud, o por lo menos cierta juventud que representa la mayoría, la masa gris de nuestra sociedad, ha perdido toda sed de cultura. Es ignorante y no quiere admitirlo. Lo que resulta peligroso es que ha hecho de su propia ignorancia una ideología, una barrera detrás de la cual se esconde entonando slogans. No hay más que un porcentaje mínimo de estudiantes que han leído a Proust, Sartre o Marcuse. La cultura ha llegado a su punto de saturación. Toda literatura es una literatura “de papá”. En esta sociedad, sólo la productividad tiene fuerza de ley, y toda productividad tiende a negar la cultura. Para producir no es necesario cultivarse. Los jóvenes que quieren entrar en ese mundo industrial y paleo–industrial siguen las líneas de fuerza impuestas por la tecnología y rechazan las artes, la literatura. Es ésa una ley mecánica, automática, a la cual la juventud adhiere, inconscientemente. Toda alteración, toda contestación, aún no violenta, no representa nada si se consideran el conjunto de la juventud y el número de los contestatarios. La rebelión es el producto de una pequeña élite. El conjunto no tiene más que una finalidad: la industrialización total, mundial. La juventud, al rechazar la sociedad pero rechazando al mismo tiempo toda cultura, a menudo no hace sino aceptar esta situación.

    ¿Por qué ese rechazo a la cultura?

    Porque la cultura coincide con el padre, la madre, la Iglesia, con todos los tabúes familiares y sociales. Ha sido así en todos los tiempos. La juventud siempre ha renovado la cultura aparte de la del padre. Ella atacaba entonces al padre, lo que implicaba un sentimiento de angustia, un pregusto de muerte, un fabuloso masoquismo. Matar al padre, aún bajo esa forma, representa un masoquismo absoluto, una culpabilidad constante. La civilización era todavía agrícola, y el hombre no era este aprendiz de hechicero que iba a forjar su soledad al mecanizarse. Hoy, sólo una élite se atreve a atacar todavía la cultura de papá. Su sentimiento de muerte se ha decuplicado [sic] en este mundo bárbaro, hecho de ciudades–cárceles, auto–rutas implacables, de mal cine, de malos programas de televisión, de falsas o triviales informaciones. La técnica niega al arte. Debe ser servida; si no, se producen la angustia, la muerte. Se impone y aniquila todo sentimiento que no quiera servirla. Mata la humanidad, es decir, lo humano en el hombre.

    Detenerse, rechazar, buscar, plantearse cuestiones, en una palabra, cultivarse, representa sentir tal tensión, una marcha tal contra la corriente, que sólo una élite (y mañana una super–élite) podrá todavía permitirse, aceptando la muerte, la presión social, abocarse al problema. Por eso la juventud se calla. Marcha con los ojos fijos sobre la estela que deja la máquina. Progresa al son de una marcha compuesta de mala música, visualizada por una televisión retrógrada, alentada por un cine que no tiene nombre y por una sexualidad anárquica. Eso no es ni música, ni arte, ni amor, sino un menjunje estéril que fuerza a la juventud a refugiarse en la productividad. He allí por qué la juventud se calla…, y sin embargo es ella quien escribe la historia.

    ¿El amor podría mejorar esta penosa situación?

    La sociedad no quiere más amor. Lo rechaza, porque el amor se opone al trabajo y absorbe tiempo al tiempo para la producción. Había que ensuciar al amor, al amor propio, al auto–respeto. Pero, como contrapartida, el amor puede ser utilizado para expandir la productividad. ¿Se venden coches? ¡No! Se vende la representación de las parejas que se abrazan sobre los asientos. Eso es lo que muestran los afiches, lo que propone la publicidad. Una mujer desnuda sobre el capot de un coche, y el coche se comprará. ¿Color? Rojo. Nadie se acuerda más de la marca. En EE.UU., país técnicamente más avanzado, la juventud protesta contra la técnica por medio de la antitécnica. Y se produce el fenómeno hippie, los cabellos largos; la comunidad se puede convertir en concentracionaria, la cólera en flores, en no–violencia, en no–acción.

    Entonces, ¿no es necesario revivir el amor? ¿No se podría tratar de sublimar la pareja?

    ¿Para qué? Jamás he visto a la pareja tan triunfante, tan sublimada como hoy: “Ella” y “Él”, por todas partes, la imagen de Epinal erigida en principio. Incluso cuando los movimientos estudiantiles, en París, Roma o Milán, jamás he visto en la calle tantos contestatarios besarse, a los hombres mostrar su amor por otros hombres y a las mujeres por otras mujeres. La juventud es profundamente moralista. Reproduce el moralismo del padre, de la sociedad. El eros liberado, hetero u homosexual, anárquico, libre, existe posiblemente en la alta burguesía, pero todavía no es sino una desviación hipócrita.

    Puesto que para usted la pareja no existe, ¿es preferible vivir solo o en grupo?

    Es una falsa alternativa. Esa es bien claramente una noción hipotética, arcaica, calcada sobre modelos antiguos. La soledad representa el ascetismo, la santidad. Y no es más que una manera de huir de la sociedad. Es una reacción feudal, egocéntrica, un miedo de afrontar el problema. Vivir en grupo es el suicidio, es a menudo la droga, especie de foso fáctico que uno instala entre sí mismo y el otro. Es otra soledad para reencontrar la soledad en la tumba, porque, en tanto que uno no está muerto, jamás está solo. Amar la droga es también rechazar la cultura. Una persona culta también podrá drogarse, pero lo hará por razones más plausibles, sea porque está enferma, sea porque tiene necesidad de ella para dar nueva agudeza a su espíritu. Los jóvenes lo hacen por automatismo, por autodestrucción y para inventar excusas a su subcultura.

    Cocteau se drogaba, pero era por razones culturales. No creo que la capilla de Saint–Jean–Cap–Ferrat hubiera sido construida jamás si el no se hubiera drogado… Los jóvenes que se drogan nunca aman lo que tiene calidad. En el delirio del haschich o de la marihuana, enarbolan la mala pintura o el cine underground de segundo orden… El único consejo que puedo dar a la juventud es el de que se cultive; después, que se drogue, si todavía puede. No es vistiéndose como una rata de cueva de Saint Gérmain que uno se convierte en Sartre, ni drogándose se convierte en Aldous Huxley…

    Pero usted, ¿cómo era a esa edad? ¿Cuál fue su juventud?

    Explicarse, rehacer el mundo hablando de sí mismo, encontrar excusas mirando muy lejos por detrás del hombro, decir “yo he nacido”, “yo vivía”, conjugarse en pasado imperfecto… no puedo hacer eso. No tengo ni la fuerza física ni la fuerza moral necesarias. Sería necesario poder revivir cada segundo, volver a sentir las sensaciones de entonces. Las autobiografías son siempre falsas. Son o complacencia o suicidio. Las biografías contienen por lo menos una verdad: la apariencia que se ha querido dar a los demás.

    Sin embargo, usted dijo de su film Edipo Rey que era el más autobiográfico…

    Es exacto. La diferencia profunda entre Edipo y mis otras películas reside en que ésa es autobiográfica, mientras que las otras no lo eran o lo eran menos. Por lo menos, lo eran casi inconscientemente, indirectamente. En Edipo, yo contaba la historia de mi propio complejo de Edipo. El chico del prólogo soy yo, su padre es mi padre, veterano oficial de artillería, y la madre, una institutriz, es mi propia madre. Yo contaba mi vida; mitificada, sin duda, convertida en épica por la leyenda de Edipo. Pero, pese a ser el más autobiográfico de mis films, es el que considero con mayor objetividad y distanciamiento; porque si es cierto que contaba una experiencia personal, era una experiencia terminada y que prácticamente no me interesaba más. Pero me interesaba, por lo menos, como elemento de conocimiento, de reflexión. Ya no era una lucha ni un drama. Mientras en mis films precedentes afrontaba problemas siempre vivos para mí, allí trataba un tema alejado de mí.

    ¿Qué elementos autobiográficos, qué recuerdos utilizó para ese film?

    En las primera imágenes se ve un prado, y ese prado corresponde netamente al lugar donde mi madre me mandaba de paseo cuando era niño. Ciertas vestimentas, como el vestido y el sombrero amarillo de la madre, las hice reproducir de viejas fotografías. Hay también un traje de oficial que es idéntico al de un oficial de la década del 30… Lo que me impresiona, también, era reencontrar la gran plaza de Bolonia, en la actualidad, colmada de gente, y sentirme allí como en un sueño…

    ¿Por qué en Edipo Rey usted mismo interpretó el papel del abuelo? Su réplica es la más larga de todo el film…

    Por dos razones. Ante todo, porque en el momento no encontré a nadie que fuera conveniente para el papel. Y después, porque esa frase es la primera del texto de Sófocles, y me gustaba ser yo mismo, como autor, quien introdujera a Sófocles en el interior de la película.

    Algunos críticos han hablado, a propósito de ese film, de “colores oníricos”. ¿Podría decirnos si usted sueña en colores o en blanco y negro?

    Sueño de las dos maneras. De todos modos, debo decir que no creo haber soñado jamás los colores que se ven en ese prólogo. Los sueños que he tenido… Por ejemplo, recuerdo un sueño de hace diez años, en que la explosión de un volcán ponía en fuga a una muchedumbre espantada… Mis sueños me han inspirado sobre todo los colores de los episodios de la peste y de los funerales. La idea de amortajar a los muertos con oropeles coloridos fui yo quien la tuvo, y es una idea que tiene los colores de mis sueños…

    ¿Cuál es su definición del amor?

    Por falta de amor, las gentes mueren, se asfixian. Es la melancolía, la muerte. La sociedad lo siente, y es por eso que se tiende de tal modo a glorificar el amor. Es una de las claves de la productividad. Sin amor, el hombre no puede producir. Luego, todas las sociedades son sexualmente represivas, porque la energía que el hombre consume para hacer el amor escapa al provecho del capital. Toda sociedad es ante todo puritana, y es preciso no creer que vivimos un período de plena libertad sexual. Es ilusorio. El día que la sociedad haya realizado la industrialización completa, se verá nacer a un tipo de moralista absoluto, como a los de las sociedades más retrógradas. Si se han inventado las horas suplementarias, no es para impedir el amor, sino para canalizarlo a través de reglas sociales. El amor se transforma, entonces, en la recompensa por el trabajo proporcionado en beneficio de la industrialización.

    ¿El amor se transformaría en el símbolo del fruto prohibido?

    La sociedad prohíbe conocer la potencia de nuestro amor y aplicarla de verdad. Enseña a los individuos a tener una falsa idea de sus propios deseos, de su propia libido. La sociedad quiere reafirmar en el hombre la falsa idea que tiene de su propio amor, como la que tiene en sí mismo.

    ¿No piensa usted que el hombre busca por desesperación conocer sus límites sexuales?

    Si se quiere ir más allá de los límites sexuales, uno se pierde en el infinito. El más allá del amor es la locura. Felizmente, la economía sexual existe. Allí hay un mecanismo de bloqueo, de corrección. Eros se bloquea a sí mismo.

    ¿Existe el amor sin relaciones sado–masoquistas?

    Es inconcebible. Pero, ¿quién comenzó? ¿Sade o Masoch? Es la historia del huevo y de la gallina. El equilibrio de esas dos fuerzas es la resultante del equilibrio humano.

    Al hacer sus películas, y especialmente Teorema, ¿tuvo usted la impresión de hacer una obra útil?

    En todo caso, no es mi finalidad. No quiero ser ni paternalista, ni pedagogo, ni propagandista, ni apostólico… Cuando una obra cultural se hace ciencia, ya no es más cultura. El psicoanálisis no es cultura, sino ciencia aplicada. Hacer estudios atómicos y construir la bomba H no es la misma cosa. Sólo la esencia de una obra es útil: he allí por qué toda obra auténtica antes que útil es terapéutica.

    Usted decía, hace un rato, que la pareja no existe. Pero, fisiológicamente, ¿cómo es posible negar su existencia?

    No se puede, fisiológicamente, negar la cupla, el acoplamiento. Es como núcleo familiar que la pareja no existe más. El neo–capitalismo ya no necesita de la familia, como no necesita de la Iglesia. Si los conserva todavía, no es más que como supervivencias. La educación de los niños ya no depende de la familia, sino del grupo. Sí, vivimos el fin del mundo. El fundamento de la sociedad se ha desplazado. Ahora es la relación entre producir y consumir. ¿Por qué los jóvenes producen fugas? Conozco bien ese problema. Encontré cantidad de jóvenes escapados de sus casas. Los interrogué. La motivación es la misma que hace veinte años: miseria, desacuerdo entre los padres. En suma, razones clásicas, retardatarias, anárquicas, arcaicas, retrógradas. Pero ellos esconden, por falta de conocimiento, la verdadera razón detrás de las razones colocadas delante: libertad, búsqueda de lo absoluto, contestación. Conocí a un muchacho de veinte años que se había escapado de su casa. Escuché lo que habló. Le dije: “Te fugaste porque estabas enamorado de tu suegra y querías hacer el amor con ella”. Se derrumbó. Rehusó confesarlo. Decía que lo había hecho para venir a Roma a participar de la protesta estudiantil. Escondía su revolución freudiana detrás de una revolución social. Sin embargo, aparte de este aspecto, se había fugado por una razón más moderna, para insertarse en la vida del grupo y sufrir su educación. Había elegido otra familia. La familia había sido reemplazada por el grupo. El muchacho, para imponerse al grupo, protesta con y contra los otros. Hecho eso, aporta consigo todos los viejos hábitos: moralismo, utilitarismo. Ahora bien, para un verdadero revolucionario, nada es útil ni inútil. Sólo cuenta la acción. La utilidad es todavía una noción burguesa, y los cánones mismos de la utilidad son el moralismo, la hipocresía, la represión, la violencia. Todo acto sirve en sí mismo, en tanto que acto. Es autosuficiente. Es preciso actuar por instinto y cultura. La cultura se suma al instinto; es la cultura lo que nos diferencia del animal.

    ¿Cuál es su posición respecto de la homosexualidad?

    –Ya lo dije: la pareja considerada como núcleo familiar es una herejía, una alienación. Desde el momento en que la pareja es codificada, no puede menos que destruirse. Y bien, la sociedad rechaza lo que no está codificado y que podría poner en cuestión sus estatutos. La homosexualidad amenaza a la sociedad. Es inconcebible en todo organismo o comunidad aun muy libre. Traten solamente de imaginar la homosexualidad en la Fiat. ¿Por qué, desde el momento en que se acepta la noción de no–pareja, de no–familia, se rechazaría el amar al otro, de cualquier raza o sexo que se presente? La mujer siempre fue considerada como un ser inferior en la sociedad. Ella detenta su función social en el nacimiento: hace niños. Si los nazis no hubieran tenido necesidad de la mujer para cumplir esa función, si la sociedad hubiera estado completamente industrializada, es probable que hubieran encerrado en sus campos de concentración a los polacos, a los judíos, a los gitanos y a las mujeres. Habrían encerrado también a los homosexuales, puesto que son una amenaza en una sociedad moralista. Si no lo han hecho, es por una razón práctica: para construir niños; construirlos, no ponerlos en el mundo. La mujer existía en tanto que máquina. ¿Pero el homosexual socialmente improductivo? Su suerte es peor todavía que la de la mujer. Es un marginado y como tal sus reacciones pueden ser o aceptar el rechazo social y sufrir, o marchar contra la corriente y sufrir lo mismo. La normalidad y la anormalidad son también nociones burguesas. La única anormalidad que la sociedad capitalista tolera todavía es la mujer. La mujer busca y consigue raramente extraerse de su condición de excluida. Son raras las mujeres libres y que viven como el hombre. ¿Cuántas magistradas? ¿Cuántas directoras de teatro o de cine? La sociedad hace todo lo posible por impedir a la mujer liberarse, y si de pronto acepta dejarles el lugar de los hombres, ¿de qué hombres se trata y cómo están considerados? Basta con mirar los programas de televisión. ¿Pueden liberar a la mujer? La única libertad que se les concede es una libertad sexual que, de hecho, es lo contrario de una libertad y más bien se trata de una represión sádica. La serie de películas eróticas lo ilustra suficientemente. No sirven más que para entretener los instintos freudianos más bajos y, al mismo tiempo, para hacer prosperar la productividad con el envilecimiento, las horas suplementarias, el ahorro, etc. La mujer será la resultante de ese trabajo aplicado. Será el receptáculo de las necesidades creadas por la sociedad. Es por eso que yo trato y trataré siempre de idealizar a la mujer, a fin de convertirla en ella misma, sin ningún condicionamiento. Para mí, una mujer se debe a sí misma el ser liberada y pura, idealizada como lo es mi propia madre.

    ¿Por qué eligió usted a la Callas para Medea?

    María Callas es una trágica extraordinaria. Es la única que podía expresar, aun sin actuar y sin decir un palabra, la catástrofe espiritual. Sabe mostrarse como una gran enamorada, una mujer violenta y atormentada, lo contrario de la mujer vencida. Es suficiente ver las mujeres en mis films, lo que ellas son más allá de las apariencias, para saber lo que soy yo, Pier Paolo Pasolini. No soy creyente, pero estoy muy cerca del mito del Evangelio. Si se entiende por eso un mito religioso en el sentido más amplio del término, el de la posibilidad de un diálogo entre marxistas y cristianos, yo estoy más cerca del mito edípico, es decir, del amor del hijo por la madre y del odio por el padre. Estoy más cerca, en la medida en que lo he sobrepasado, mientras que no he superado mi “pertenencia” a toda la mitología cristiana.

    ¿Ama usted la vida?

    –Amo la vida ferozmente; desesperadamente también. Y creo que esta ferocidad y esta desesperación no me llevarán sino a mi destrucción. Amo el sol, la vegetación, la juventud. Ha llegado a ser para mí un vicio más espantoso que la cocaína. Devoro mi existencia con un apetito sin límites. ¿Como terminará esto? No lo sé…

    ¿Por qué sus películas son tan escandalosas?

    Porque yo soy escandaloso, como lo expliqué antes. Soy escandaloso en la medida en que tiendo una cuerda, un cordón umbilical, entre lo profano y lo sagrado.

    Entrevista publicada en Confirmado, N º 331, 19 de octubre de 1971, Buenos Aires: 40–43

    Fuente: http://www.adversus.org/indice/nro4/dossier/do...

  • Mis Cuentos: El ángel de la desesperanza


    Filia solar - Xul Solar

    El ángel de la desesperanza

    "Le combat spirituel est aussi brutal que la bataille d’hommes; mais la vision de la justice est le plaisir de Dieu seul." Arthur Rimbaud

    Hablar de París y no recordar a Roberto y a su madre resulta una ingratitud. Ella: una bella y tropical mulata Colombiana producto de olas migratorias de otros tiempos y de esclavos traídos del África cuando América era aún una esperanza; el padre, también colombiano, había regresado a su país en un ataque de pánico dejándolos solos con los sueños y la precariedad a cuestas.
    Vanesa, de 24 años, vivía con su pequeño en una buhardilla de 10 metros cuadrados en la 7ª planta de un lujoso edificio del Campo de Marte al lado de la Tour Eiffel. Unos pocos rayos de luz iluminaban la habitación gracias a un gran ojo que hacia función de ventana, ubicado en la parte superior de la pared. Muebles viejos y deteriorados recogidos de aquí o de allá, su triste desarmonía describía las carencias sufridas por Vanesa y Roberto. El invierno era rudo: un pequeño radiador que a duras penas calentaba las frías paredes de la habitación, el agua era helada y cuando te lavabas las manos se te congelaban, la ducha, un proyecto que nunca llegó; el wáter quedaba afuera en el pasillo y lo compartían con el resto de habitantes de las buhardillas.
    El optimismo de Vanesa era contagioso. También contaba con una inagotable fuerza de voluntad, la ilusión de ofrecer una vida mejor a su pequeño y su anhelada carrera de arquitectura le abriría nuevas puertas a la vida, salvo que, apenas lograba sobrevivir con su escaso sueldo de camarera a tiempo parcial en el MacDonalds. Su risa era contagiosa y su sentido del humor perspicaz. Iba por el segundo año de arquitectura y nos tenía a nosotras, sus amigas, que la ayudábamos como podíamos. A mí me tocaba recoger a Roberto de tres años en la guardería tres veces por semana. También contaba con la solidaridad de algunos de sus compañeros de clases, era algo tácito, si Vanesa no aparecía, uno de ellos fotocopiaba sus apuntes y se los entregaba en la clase siguiente.
    Antes de cumplir con mi deber de amiga, limpiaba una casa en las afueras de París, era mi único trabajo, yo también era colombiana y tenía que enviar dinero a mi mamá. Siempre salía huyendo de dicha casa para recoger a Roberto. Llegaba con la respiración acelerada, después de haber corrido desde el metro, casi siempre era la última en llegar a la guardería. La cuidadora me recibía con el sermón de la puntualidad en el rostro e inmediatamente el nerviosismo se apoderaba de mí, era incapaz de responder con un discurso coherente, los labios me temblaban y sólo bajaba la mirada. Roberto me recibía con un beso de cansancio y muy a su pesar emprendíamos el regreso a casa. Caminábamos un par de calles antes de llegar a la boca del primer metro; luego bajábamos sus largas escaleras tomados de la mano, cuidando de no chocar con la muchedumbre que se apartaba de nosotros al no llevar el ritmo acelerado de la gran ciudad e íbamos abriéndonos camino entre empujones hasta llegar al anden; subíamos como asustados al vagón con un imperceptible suspiro de victoria; pero nuestra hazaña aún no había terminado; mirábamos con ojos de faro buscando un rincón donde ponernos a salvo de la multitud. Cinco eternas estaciones para conseguir el tan ansiado objetivo: llegar a casa.
    Nos aguardaba la siguiente prueba de fuego: subir las escaleras de servicio de las siete plantas cuyo ascenso se hacia en una interminable ceremonia, suavizada por la vista de la majestuosa Tour Eiffel, su luz de neón iluminaba las estrechas e inclinadas escaleras. Íbamos subiendo lentamente y en silencio, tomados de la mano. Yo trataba de acelerar el ritmo pero cuando Roberto se cansaba se sentaba en un peldaño y extendía sus bracitos en señal de suplica. Lo miraba con firmeza y le decía: ¡no! A pesar de la expresión suplicante de sus chispeantes ojos negros, mantenía mi negativa. Tan sólo descansábamos unos minutos y luego seguíamos un nuevo trecho. Repetíamos la misma operación innumerables veces hasta que con un suspiro de alivio llegábamos a la séptima planta.
    Una vez en la buhardilla había que cumplir con las tareas habituales de la tarde. Bañarlo era toda una proeza. Utilizaba una tina de plástico, calentaba agua en una cocinita de camping gas, luego tapaba el desagüe del gastado lavabo de porcelana blanco y mezclaba el agua fría del grifo con la que acaba de calentar: a Roberto le gustaba el agua caliente. Después, con la ayuda de una esponja, humedecía su cuerpecito; lo jabonaba con un gel de ducha y con una pequeña jarra vertía el agua para enjuagarlo; repetía la operación hasta que todo el gel había desaparecido, tratando de hacerlo lo más rápido posible para que el niño no se encogiera de frío. No solía quejarse, aceptaba su baño con resignación, pero a veces le castañeaban los dientes con fuerza por eso tenía que apretar el acelerador y terminar con el bendito baño. Inmediatamente lo envolvía en una toalla, lo abrazaba mientras lo iba secando y le cantaba procurando esconder con mi voz el tiritar de su cuerpecito mojado. Si no era suficiente, ensayaba disparatados juegos; en caso de urgencia utilizaba las cosquillas hasta la carcajada final; luego le ponía el pijama, preparaba la cena. Roberto comía con apetito. Mientras esperábamos a Vanesa, jugábamos o le leía un cuento.
    Llevaba casi un año asumiendo mi rol de amiga abnegada y lo cierto es que las tardes con Roberto me parecían interminables, no soportaba su mirada suplicante, el niño se me iba desmoronado poco a poco entre melancolías y rabietas que a duras penas lograba calmar y cuando esto sucedía, sólo ansiaba que su madre apareciera por la puerta. Por eso, también los abandoné en un acto de sorda lucidez.

    María Germaná Matta, en Madrid a 19 de febrero de 2006

  • Djuna Barnes, poesía

    Foto de Berenice Abbott
    Djuna Barnes, escritora. Nació en Nueva York en 1892, tuvo una vida agitada rompiendo con lo convencional. Educada por su padre y abuela. En sus inicios trabajo como ilustradora y periodista lo que le permitió conocer a gente interesante del panorama intelectual de su época tanto de la vanguardia americana como francesa. En 1915 publicó The Book of Repulsive Women. En 1922 publicó una interesante y conocida entrevista con James Joyce en Vanity Fair, luego publicó un libro titulado A Book, en 1928 publica Ladies Almanack y la novela Ryder. Gracias al apoyo de Peggy Guggenheim deja el periodismo y se dedica a escribir exclusivamente y da inicio a su conocida novela El Bosque de la Noche, publicada en Londres de 1936 con prologo de T. S. Eliot. En 1958 publica The Antiphon y en 1962 publica 10 relatos Spillway escritos en 1929. Bajo el título de Selected Works reúne: Nightwood, Spillway y The Antiphon, publicados también en 1962. De ahí en adelante se dedicó a escribir poesía hasta su muerte en 1982.
    Su poesía es exquisita. Os dejo con una muestra:

    Ocaso de lo ilícito
    Tú, con tus largas y vacías ubres
    Y tu calma,
    Tu ropa blanca manchada y tus
    Fláccidos brazos.
    Con dedos saciados arrastrándose
    En tus palmas.

    Tus rodillas muy separadas como
    Pesadas esferas;
    Con discos sobre tus ojos como
    Cáscaras de lágrimas,
    Y grandes lívidos aros de oro
    Atrapados en tus orejas.

    Tu pelo teñido cardado a mano
    Alrededor de tu cabeza.
    Labios, mucho tiempo alargados por sabias palabras
    Nunca dichas.
    Y en tu vivir todas las muecas
    De los muertos.

    Te vemos sentada al sol
    Dormida;
    Con los más dulces dones que tenías
    Y no has conservado,
    Nos afligimos de que los altares de
    Tu vicio reposen profundos.

    Tú, el polvo del ocaso de
    Un amanecer húmedo de fuego;
    Tú la gran madre de
    La cría ilícita;
    Mientras las otras se encogen en virtud
    Tú has dado a luz.

    Te veremos mirando al sol
    Unos cuantos años más;
    Con discos sobre tus ojos como
    Cáscaras de lágrimas;
    Y grandes lívidos aros de oro
    Atrapados en tus orejas.

    (DE El libro de las mujeres repulsivas, 1915)

    ¡Ay, Dios mío!
    ¡Ay, Dios mío, qué es lo que amamos!
    ¿Esta carne puesta en nosotros como un guante arrugado?
    Huesos tomados deprisa de alguna lujuriosa cama,
    Y por ímpetu, el empujón del diablo.

    Qué es lo que besamos con prisa,
    Esta boca que busca la nuestra, o aún más ese
    Pequeño ojo lastimoso en la engañada cabeza,
    Como si lamentara aquello que a nosotros nos falta.

    Este pálido, este más que anhelante oído atento
    Que oye de la lastimosa boca el suave lamento,
    Para marcar la silenciosa y la angustiada caída
    De aún otra caliente y deformada lágrima.

    Brazos cortos y magullados pies muy separados
    Para caminar eternamente con nosotros desde la salida.
    ¿Ay Dios, es esta la razón que amamos
    -No son tales cosas golpes mortales al corazón?

    (The Little Review, 1918)

    Llorado (Y otros preguntan…)
    Y otros preguntan. ¿Cómo es ser poseída
    Por una que no puedes retener, al ser ella vieja?
    No hay pájaro en mi ojo construyendo un nido
    Para una novia que tiembla contra el frío,
    Ni hay allí una garra que pueda detenerla
    -Yo evito que la pezuña pise su aliento-
    La enmarañada señal que cuelga ensuciando un hilo,
    El que la une al mundo terrenal. Yo contesté
    en un suspiro
    Mantengo una mujer, como todos lo hacen,
    nutriendo la muerte.

    Versión de Osías Stutman y Rosa Lentini.

  • Otro de mis cuentos: Hero y Leandro


    Hero, cuadro de Frederic Leighton

    Quiero compartir este cuento: Hero y Leandro, este cuento se me ocurrió mientras estaba en el taller de Mª Ángeles Maeso, hablamos sobre mitos y actualizarlos. La primera vez que escribí la historia no me gustó, le faltaba alma, después de un tiempo, leí Medea de Christa Wolf y fue como un clic, volví a mi historia y la reescribí, era la misma historia pero ya tenía "eso" que siempre que escribo viene a mi, como una obsesión.

    El mito dice que Hero era una sacerdotisa de Afrodita y un día Leandro viene a rezar al templo y ambos quedan prendados, sólo que sus padres se oponían....
    Los dejo con mi historia, también de migración. Con esta historia participe en el concurso de cuentos que organizó el consulado peruano en Madrid y quedé finalista, lo publicarán, según dicen.
    Espero les guste:

    Hero y Leandro
    «… por tu amor, cruzaría hasta las olas salvajes.»
    (Leandro a Hero. Mus.203)

    Levanto mi mano con torpeza para acallar el impaciente silbido del despertador. Mientras atravieso la bruma de mi despertar y es ahí cuando la imagen de Leandro viene a mí, doy media vuelta, sonrío y aspiro desde el umbral de mis recuerdos su olor. Me desperezo lentamente y luego aterrizo como cada mañana en las cuatro paredes de mi buhardilla. Sobo mis parpados con la yema de mis dedos y de un solo brinco me levanto de la cama. De prisa, más deprisa, son las seis de la mañana, pronto tendré que comenzar a trabajar.
    He llegado a tiempo, son las siete, abro la puerta con mi propia llave. Trabajo en casa de los Poulet, una simpática pareja, tienen dos pequeños: Antoine y Hugue, de seis y ocho años respectivamente. Como todas las mañanas tengo que preparar rápidamente el desayuno: lavo las naranjas y las exprimo, coloco el zumo en una jarra, luego caliento la leche, pongo el baguete en la panera y preparo el café. El aroma me transporta nuevamente a Lima y la imagen de Leandro vuelve a iluminarme, un suspiro arremete, trato de disimular mi turbación, no vaya a ser que alguien abra la puerta, me ruboriza la ternura que asoma por mi rostro y con esa emoción revoloteándome vuelvo a la cocina de los Poulet. Extiendo el coqueto mantel sobre la mesa, coloco la panera, el bote de chocolate para los niños, la mantequilla y la mermelada. Pronto todos partirán, los niños al colegio y ellos dos a sus trabajos. Me quedo sola hasta las cinco, a esa hora recojo a los críos del colegio. Algunas veces voy al supermercado, me dejan una lista escrita. Es mucho más fácil, aún me cuesta hablar en francés, los franceses siempre andan de mal humor y alzan la voz por cualquier cosa, por eso temo dirigirles la palabra. Mi día transcurre entre la interminable rutina de la casa y los niños. Por la tarde; ellos son el bullicio alegre que me arropa. Y cuando el reloj anuncia las ocho y los Poulet ya están en casa, me marcho.
    Una vez a solas en mi buhardilla, pienso en Leandro y sin darme cuenta siento su presencia, mi piel se escarapela, percibo la mueca de sus labios dibujando una sonrisa. A veces también creo escuchar su voz, mantengo su recuerdo pegado a mí como a un segundo aliento. Sé que pronto se reunirá conmigo.
    Conseguí mi buhardilla gracias a la amiga de mi amiga, ésta me la cedió a cambio de una pequeña comisión. El edifico es del siglo XIX, impresionante, lujoso, contrasta con las cuatro paredes descoloridas de mi habitación, tan sólo nueve metros y sus muebles son una radiografía del paso del tiempo, el baño se encuentra al exterior, pero felizmente tengo un lavabo dentro que me permite asearme y cocinar, una mesita de madera, una cama individual y un armario de plástico reluciente, mi última adquisición.
    A finales de mes habré terminado de reunir el dinero para comprar su billete de avión, el calvario llega a su fin, llevo meses ahorrando para traer a Leandro y también enviando dinero a mi madre para ayudar a mis hermanos. Había días en que pensaba que nunca lo conseguiría, afortunadamente eso ya no importa. Mi sueño de traerlo se está convirtiendo en realidad.
    Leandro y yo nos escribimos a diario, todos los domingos lo llamo por teléfono para escuchar su voz susurrando: Hero; mi nombre y mi corazón se acelera, puedo sentir sus latidos sacudiendo mi pecho y agitando mis senos. Y, mi piel un rocío unísono de deseo.
    Es fin de mes, esta noche me remuneran. Mañana iré a pagar la última cuota de su billete, si todo sale bien pronto estaremos juntos. Con ese billete podrá tramitar una visa de turista y como casi todos a nosotros, quedarse a trabajar.
    No he podido dormir, ayer hablé con Leandro, él también estaba ansioso y al mismo tiempo feliz. Llegará a mediodía. Es inútil permanecer más tiempo en la cama. Me levanto, arreglo mi habitación y preparo algo de comer para recibir a mi chico. Aún queda suficiente tiempo para arreglarme. El espejo refleja mi imagen y repaso lentamente mi rostro, doy color a mis mejillas, aliso mi pelo, me colocó un gancho vistoso para liberar el pelo de mi rostro, luego cojo el pintalabios para acentuar el carmesí de mi boca, arqueo mis lacias pestañas y con un poco de rímel lucen más espesas. He elegido el vestido rojo, ese que tanto le gusta, me pongo los botines de tacón alto y me miro por última vez al espejo, ahora sí, vuelvo a ser la coqueta Hero de siempre.
    Me dirijo al aeropuerto, tengo que tomar el metro y luego un tren, el aeropuerto queda fuera de la ciudad. Es inmenso, no sé donde se encuentra el terminal, los pasillos son muy largos, no dejo de caminar de un lado a otro, sigo la señalización y leo los tablones, tengo miedo de perderme. Por fin, he encontrado el terminal. Me acerco a la pantalla electrónica y todavía no figura el aterrizaje de su vuelo. El reloj parece detenerse, he comprado una bolsa de papas fritas para calmar mis nervios. Una vez más me acerco a la pantalla electrónica. Al fin, ha aterrizado.
    Los primeros pasajeros comienzan a salir, se encuentran con sus familiares y la emoción intercambiada se refleja en sus tersos rostros. Continúan desfilando personas, parece que todos los latinos han salido, menos Leandro. Ahora todos son franceses, puede que se haya despistado y siga por ahí adentro. Ha pasado más de una hora, han salido todos los pasajeros, no entiendo que ha pasado, me acerco a preguntar, pero no me dan respuesta.
    Al cabo de una hora, un hombre con pinta de latino se me acerca, supongo que me vio preguntando.
    -¿Espera a alguien, señorita?
    -Sí, a mi novio.
    - y yo, a mi mujer.
    Nos acercamos nuevamente a informes y esta vez nos dicen:
    -En el vuelo había pasajeros ilegales, los han detenidos.
    El hombre y yo nos miramos. Y, en la repentina palidez de nuestros rostros se dibuja la ansiedad.
    Los días van pasado y Leandro sigue incomunicado. Lo van a regresar, estará detenido algunos meses, eso hacen con los ilegales. Me lo ha dicho la abogada de una asociación, ella es amable, pero según dice, su caso no tiene solución.
    Se ha cumplido el plazo, hoy lo regresan.
    Estoy agotada, mejor me acuesto. Me acurruco en la cama con esta manta calientita, miro al techo, una cumbre y sus cuatro muros me oprimen el alma. Desde la penumbra de mi conciencia un llanto entrecortado aflora con fuerza, viene desde adentro como un manantial agitado. Cierro mis ojos y trato de dormir, mañana será otro día.

    Por María Germaná - En Madrid, a 24 de junio de 2007

  • Rojo Oriental (Satin Rouge), una película de Raja Amari

    Rojo Oriental (Satin Rouge),

    Directora: Raja Amari
    Intérpretes: Hiam Abbass, Maher Kamoun, Hend El Fahem, Monia Hichri, Faouzia Badr
    Fecha de estreno en España: 31 de julio de 2009

    Lilia es viuda, tiene una hija adolescente y desde que enviudó su hija y su casa son el centro de su mundo. De pronto teme por su hija y va a verla a sus clases de baile, sigue al profesor y va a parar a un cabaret o sala de baile. Es así como su vida da un giro, entra en el cabaret y el ambiente la marea, la envuelve. Las bailarinas la invitan a bailar, su cuerpo se desliza y va transformándose gracias a la danza, una vez recuperada la confianza, baila frenéticamente, se libera y siente como su cuerpo se mueve al ritmo de la música. La danza es la llave de su liberación. Poco a poco va penetrando en ese mundo prohibido de la noche, con sus propias reglas, la doble vida representada por el día y la noche. La hipocresía de una sociedad donde las mujeres tienen que seguir unos códigos estrictos.
    Danzar es un medio de expresión que sirve como ente liberador no sólo del cuerpo sino también del alma. Interesante película de la directora tunicina Raja Amari, una visión del mundo de mujeres en una sociedad machista.

  • Magdalena Chocano, poesía


    Foto de: Rosa Basurto

    Magdalena Chocano, poesía

    Nació en Lima en 1957. Estudió historia en la Universidad Católica de Lima, realizó una maestría en Ecuador y se doctoró en Estados Unidos. Actualmente es investigadora en la Universidad de Barcelona. Ha publicado diversos libros de historia y también artículos sobre la historia del Perú y México en revistas especializadas.
    En el Perú conocemos la trayectoria de Magdalena Chocano como poeta, su poesía está cargada de simbolismo, indaga y trasciende buscando significados más allá de la palabra. Ella escribe al margen de la poesía peruana, tanto de su generación como de género. Lamentablemente, el esfuerzo editorial en el Perú no es suficiente y siempre ha estado en crisis, por eso es difícil encontrar sus libros. Su poesía siempre me gustó por eso he revisado varias antologías, artículos diversos y revistas para realizar una pequeña selección de poemas que espero os guste.
    Ha publicado: Poesía a ciencia incierta, Lima: Safo ediciones, 1983. Estratagema en claroscuro, Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1986. Contra el ensimismamiento (partituras), Barcelona: ediciones insólitas, 2005 y su último libro Otro Desenlace editada por Veer Books.
    Julio Ortega, crítico nos dice: Magdalena Chocano es reconocida como una de las voces más ciertas de la poesía joven latinoamericana. Contra el ensimismamiento (partituras), publicado en Barcelona, es un intrigante poemario que imbrica la palabra exploratoria en imágenes que grafican el alfabeto. Estos poemas configuran, así, una secuencia reflexiva sobre los poderes de la palabra. Por ello, se presentan como partituras del habla, de su nacimiento, dinámica y articulación. El habla poética como ritmo y melodía, a su vez, conforman el cosmos del lenguaje que habitamos. El poema es la revelación de ese lugar milagroso donde somos dichos plenamente, de paso, entre lo oscuro y el fuego, en el tránsito del verbo hecho cuerpo: "la melodía sin freno en la agonía de la luz." La poeta, quizá a nombre de las escritoras y sus lectores en esta hora de relevo narrativo, anuncia que "la mujer negativa es toda esencia/ la mujer en transacciones celestiales y desalmadas." Y reclama: "leamos estos nombres, veneremos la piedra incisa, el tacto."

    Os dejo con una selección de poemas:

    Todavía siento esta melodía en la oscuridad
    una partitura hecha trizas por familias
    de músicos que ejecutan una justicia
    sumaria en cada recodo de la urbe
    ¡cuánto castigo cabe en sus notas lejanas!

    Esta augusta catalepsia tiene oídos
    para olés y llantos

    doquier reinan y dividen las leyes draconianas
    contra el tararear furtivo

    las reapariciones son
    un remolino de hojas
    que se revuelca
    en el gris del otoño

    duelo y vuelo en la santa madrugada,
    ojeras de un sueño repleto de agitados acordes
    de rencillas con el más allá porque la belleza
    no cierre el paso a otras bellezas que se niegan
    a marcar el compás,
    que niegan el compás,
    la maquina de incidentes entreteje
    ¡tantos ayes!
    ¡tantas manos retorciéndose en desesperados regazos!

    esas voces atlánticas se agigantan por los ríos del aire
    vuelve una rumba insomne a inundar la orilla del durmiente
    nadie debe aferrarse así
    a un estribillo
    de palabras que no existen
    nadie que no esté de más

    de más y respirando el acontecimiento
    que se extingue en la lejanía de un sonido
    has de creer para sentir que tienes algo,
    siendo el tener cada vez más decisivo,
    y el sentir, apenas sombra del tener,
    y no prosigo

    es
    evitar la sombra
    tanto como
    evitar la luz

    De: Contra el ensimismamiento (partituras)

    la locura de ser aún cuando ya ser imposible
    ¡redunda, hosco río de remembranza,
    Sobre el bello desequilibrio que introduce
    La irreflexión en el paisaje!

    Por dentro del negro tímpano de Dionisio
    Basculan las voces atenienses conspirando
    Ignoto oír-
    -turbulentos espejos

    Música extraviada en cerebral trastabilleo
    Girando sobre el abdomen
    Que escapa hundido ante un pubis
    exaltado
    tras una ráfaga de codos
    esa broma de ser otro inaudible

    la pincelada submarina
    navega por ese cuerpo
    un oleaje del sistema
    ramificado de penumbra
    recompone el esbozo

    juegan los prisioneros a dar voces
    rasgan la curvatura solitaria
    ese oído se pierde en aquellas visiones
    ese oído se escurre
    tras el ansioso coro
    manotea la perfección
    del agua que agazapa
    para asaltar
    ese inane respiro
    permitido
    en la orilla

    De: Contra el ensimismamiento (partituras)

    25
    en un parque largas horas
    cuando tras la ventana oval
    una sombra espíe y tiemble
    crearme
    crearte
    esa textura de piel bajo mi mano acaba
    y desliza sobre mi pensamiento
    la prodigiosa diafanidad de un cuerpo
    mi caminata abrazando tu cintura
    nuestros pasos resuenan
    en la blanca avenida mental de esta memoria
    todas las calles se detienen al filo del océano
    y allí estás tú
    los ojos bajo el ala del sombrero
    el luminoso regazo
    las plantas de los pies apenas húmedas
    mi blusa blanca henchida por la brisa
    te cubre los hombros
    cuando escuchas mi serenata
    cantada en este puerto terrible de la historia
    este júbilo es real porque no existe
    y digo estas palabras
    en las orejas de marineros ebrios y neuróticos
    a los que he apartado a puntapiés
    para que tú transites levemente
    por las esquinas indecibles de la noche
    De: Otro Desenlace

    VERDADERAMENTE los planetas
    Nemea y Salamina
    bellísimos
    ante los ojos almados
    se dispersan los no mumerosos hijos
    esa noche paseé con la parentela disminuida
    que había quedado allí
    diezmados durante ese viaje interestelar
    a millones de años luz, de años sombra
    la lava furbunda y belicosa
    atrofiaba largamente los caminos
    era difícil avanzar con medios de transporte tan arcaicos
    cual es el bendito itinerario de los vientos
    que trazan el camino de regreso
    secreto que conoce el navegante portugués
    ha jurado callar, callar, callar
    imperio el suyo de silencio y tiempo.

    36
    este es el vacío vívido y poderoso que ningún aliento empaña
    ante su áurea membrana
    la especie titubea
    en la sangre
    está reencarnado
    se extiende movedizo bajo ninguna nave
    en su incandescencia inexplorable
    el brillo de la mirada palidece
    cuán remoto este olor
    cuán infinito
    este es el sobresalto
    la osadía
    lo que sin desear se ha deseado
    la bienvenida muerte
    De: Otro Desenlace

  • Elizabeth Bishop, poesía


    Elizabeth Bishop, poeta norteamericana (1911-1979)
    Su vida estuvo marcada por la muerte de su padre cuando tenía ocho meses, su madre sufrió una enfermedad mental y estuvo recluida en un psiquiátrico, ella tenía cinco años. Vivió con sus abuelos pero su poesía refleja la orfandad. Tuvo una vida tormentosa.
    Gracias a la poeta Marianne Moore quien la disuadió de estudiar medicina y la apoyó como poeta, decide dedicar su vida a la poesía, su amistad duró hasta la muerte de Moore. Estudió en Massachusetts y luego en Vassar Colloge en Nueva York. En 1932 entrevistó a T.S. Eliot y comienza a publicar artículos. También tradujo a Rimbaud, Baudelaire y se interesó por el movimiento surrealista. Números viajes por Europa, España, África, Brasil donde vive varios años. Conoció a Pablo Neruda, Robert Lowell, Ezra Pound. En 1956 recibe el premio Pulitzer de poesía.
    Podemos resaltar que Bishop era contraria a cualquier división artística y nunca quiso aparecer en una antología de “poesía femenina” por eso también es difícil encontrarla en una antología de poesía lésbica.



    Dejemos que su poesía hable por sí misma. Os dejo con algunos poemas que he seleccionado y espero os gusten.

    El monumento
    Puedes ver ahora el monumento? Es de madera
    construido un poco como una caja. No. Construido
    como varias cajas una encima de la otra
    de mayor a menor.
    Cada una está girada a medias para que
    las esquinas queden en dirección de los lados
    de la que está debajo y los ángulos alternen.
    Y sobre el cubo más alto hay
    como una flor de lis de madera desgastada,
    largos pétalos de tabla atravesados por hoyos desiguales,
    un cuadrilátero ceremonioso, eclesiástico.
    De él salen cuatro palos finos combados
    (colocados al sesgo, como varas de pescar o astas de bandera)
    y de éstos cuelga una construcción aserrada,
    cuatro líneas de adorno vagamente tallado
    sobre los bordes de las cajas
    hasta el suelo.
    El monumento está instalado una tercera parte contra
    un mar; dos terceras partes contra un cielo.
    La escena está montada
    (esto es, la perspectiva de la escena)
    tan baja que no hay «distancia»,
    y estamos situados a mucha distancia con respecto a su interior.
    Un mar de tablas estrechas y horizontales
    sobresale detrás de nuestro monumento solitario,
    sus largas vetas alternando a derecha e izquierda
    como las tablas de un piso —manchadas, agitadas-tranquilas
    e inmóviles. Un cielo corre paralelo
    y es una empalizada más áspera que la del mar:
    sol astillado y nubes de fibras alargadas.
    « qué no produce sonidos ese extraño mar?
    ¿Será que estamos bien lejos?
    ¿Donde estamos? ¿En Asia Menor
    o en Mongolia?»

    Un antiguo promontorio,
    un principado antiguo cuyo príncipe-artista
    pudo haber querido construir un monumento
    para marcar una tumba o un límite, o para expresar
    una escena melancólica o romántica...
    «Pero ese extraño mar parece hecho de madera,
    brillando a medias, como un mar de tablas flotantes.
    Y el cielo parece de madera veteado de nubes.
    Es como un escenario; ¡todo es tan plano!
    ¡Esas nubes están llenas de briznas relucientes!
    ¿Qué es esto?
    Es el monumento.
    «Son cajas apiladas,
    con un borde calado de mala calidad y desprendiéndose,
    agrietado y sin pintar. Parece viejo.»
    —El sol intenso y el viento del mar,
    todas las condiciones de su existencia,
    pudieron haber descascarado la pintura, si es que en algún momento estuvo pintado,
    y lo han hecho más acogedor.
    « qué me trajiste a verlo?
    Un templo de tablas en un escenario apretado y entablado,
    ¿qué prueba?
    Estoy harta de respirar este aire malsano,
    esta sequedad que agrieta el monumento.»

    Es un artefacto
    de madera. La madera retiene su forma mejor
    que el mar o una nube o la arena,
    mucho mejor que ci mar o una nube o la arena reales.
    Decidió crecer de ese modo, sin moverse.
    El monumento es un objeto pero esos adornos,
    claveteados con descuido, que no se parecen a nada,
    revelan que hay vida y que desea,
    quiere ser monumento, demostrar el aprecio de algo.
    La más cruda inscripción dice: «conmemorar»,
    mientras una vez al día la luz lo rodea
    acechándolo como un animal,
    o la lluvia cae sobre él, o el viento lo sopla.
    Quizá esté lleno, quizá vacío.
    Los huesos del artista-príncipe pudieran estar adentro
    o lejos en un suelo más seco.
    Pero mínima pero adecuadamente ampara
    lo que está adentro (que después de todo
    no está destinado a ser visto).
    Es el comienzo de una pintura,
    una escultura, o poema o monumento,
    y todo, hecho de madera. Obsérvalo atentamente.

    Versión de Orlando José Hernández

    Visitas a St. Elizabeths

    Esta es la casa de los locos.

    Este es el hombre
    que está en la casa de los locos.

    Este es el tiempo
    del hombre trágico
    que está en la casa de los locos.

    Este es un reloj pulsera
    que da la hora
    del hombre conversador
    que está en la casa de los locos.

    Este es un marinero
    que lleva el reloj pulsera
    que da la hora
    del hombre laureado
    que está en la casa de los locos.

    Esta es la rada toda de madera
    a la que llegó el marinero
    que lleva el reloj pulsera
    que da la hora
    del hombre viejo y valiente
    que está en la casa de los locos.

    Estos son los años y las paredes del dormitorio,
    los vientos y las nubes del mar de tablas
    por el que navegó el marinero
    que lleva el reloj pulsera
    que da la hora
    del hombre cascarrabias
    que está en la casa de los locos.

    Este es un judío con gorro de papel periódico
    que baila sollozando por el pasillo
    sobre el crujiente mar de tablas
    más allá del marinero
    que le da cuerda a su reloj
    que da la hora
    del hombre cruel
    que está en la casa de los locos.

    Este es un mundo de libros desinflados.
    Este es un judío con gorro de papel periódico
    que baila sollozando por el pasillo
    sobre el crujiente mar de tablas
    del marinero chiflado
    que le da cuerda a su reloj
    que da la hora
    del hombre laborioso
    que está en la casa de los locos.

    Este es un muchacho que da golpecitos contra el piso
    para ver si el mundo está allí, si es plano,
    para ayudar al judío enviudado con gorro de papel periódico
    que baila sollozando por el pasillo
    valsando con pasos del tamaño de una tabla de tejer
    al lado del marinero callado
    que escucha en su reloj
    el tictac del tiempo
    del hombre tedioso
    que está en la casa de los locos.

    Estos son los años y las paredes y la puerta
    que se cerró a un muchacho que da golpecitos contra el piso
    para ver si el mundo está allí y si es plano.
    Este es un judío con gorro de papel periódico
    que baila alegremente por el pasillo
    hacia los mares de tabla que se van
    más allá del marinero de la vista fija
    que sacude su reloj
    que da la hora
    del poeta, e hombre
    que está en la casa de los locos.

    Este es el soldado que regresó de la guerra.
    Estos son los años y las paredes y la puerta
    que se cerró a un muchacho que da golpecitos contra el piso
    para ver si el mundo es redondo o si es plano.
    Este es un judío con gorro de papel periódico
    que baila alegremente por el pasillo
    caminando sobre la tapa de un ataúd
    con el marinero loco
    que muestra su reloj
    que da la hora del hombre malvado
    que está en la casa de los locos.

    Versión de Orlando José Hernández

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