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Yenna85

mujer - 23 años, Serenisima República de Sankris, España


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Literatura y otas cosillas


  • El Guardavía, de Charles Dickens

    EL GUARDAVÍA (Charles Dickens)

    - ¡Hola! ¡Ahí abajo!
    Cuando oyó la voz que le llamaba, estaba de pie en la puerta de su caseta, con una bandera enrollada en su corto astil en la mano. Uno hubiera pensado, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no podía dudar del lugar de donde procedía la voz; pero, en vez de alzar la vista hacia donde estaba yo, encima de la empinada pared de la zanja cercana a su cabeza, se dio la vuelta y miró hacia la vía. Había algo notable en su forma de hacer aquello, auque no hubiera sabido decir qué. Pero sé que fue lo suficientemente notable como para atraer mi atención, pese a que su figura se veía en sombras y empequeñecida allá abajo, en la profunda zanja, y yo estaba muy arriba por encima de él, tan de cara al resplandor de un intenso atardecer que tuve que protegerme los ojos con la mano antes de poder verle.
    -¡Hola! ¡Ahí abajo!
    Dejó de mirar la vía, se volvió y, alzando los ojos, vio mi figura allí en lo alto.
    - ¿Hay algún camino por el que pueda bajar a hablar con usted?
    Me miró sin responder, y yo le devolví la mirada sin querer presionarle demasiado con la repetición de mi vana pregunta. Justo entonces llegó una vaga vibración del suelo y del aire, que cambió rápidamente a una violenta pulsación y a una acometida que me hizo retroceder, como si temiera que me arrastrara hacia abajo. Cuando el vapor que se elevó hasta mi altura desde aquel rápido tren que pasó por debajo se hubo desvanecido lentamente en el paisaje, miré de nuevo, y vi al guardavía enrollando de nuevo la bandera que había mostrado al paso del tren.
    Repetí mi pregunta. Tras una pausa, durante la cual pareció mirarme con fija atención, señaló con su bandera enrollada hacia un punto a mi nivel, a doscientos o trescientos metros de distancia. Respondí “¡De acuerdo!” y me dirigí hacia allí. Tras examinar atentamente a mi alrededor, hallé un tosco sendero zigzagueante donde habían labrado unos escalones: lo seguí.
    La zanja era extremadamente profunda, de paredes muy inclinadas. Había sido abierta en una piedra viscosa que se volvía más húmeda y rezumante a medida que bajaba. Por esas razones, hallé el camino lo suficientemente largo como para darme tiempo a recordar el singular aire de reluctancia u obligación con el que me había indicado el sendero.
    Cuando hube bajado lo suficiente por el camino en zigzag para verle de nuevo, observé que estaba de pie entre los raíles por los que acababa de pasar el tren, en una actitud como si estuviera esperando verme aparece. Tenía la mano izquierda apoyada en la barbilla, y el codo izquierdo descansaba sobre su mano derecha cruzada ante el pecho. Su actitud era de tal expectación y vigilancia que me detuve por un momento, sorprendido.
    Reanudé mi descenso y, cuando llegué al nivel de la vía y me acerqué a él, vi que era un hombre de piel cetrina, barba oscura y cejas pobladas. Su puesto se hallaba en el lugar más solitario y deprimente que jamás haya visto. A ambos lados, un chorreante muro de desconchada piedra excluía toda vista excepto una franja de cielo; la perspectiva por un lado era sólo una curvada prolongación de aquel gran calabozo; la perspectiva más corta en la otra dirección terminaba en una sombría luz roja y la más sombría entrada a un negro túnel, en cuya sólida arquitectura se reflejaba un aspecto bárbaro, deprimente y repulsivo. Tan poca luz del sol llegaba hasta aquel lugar que desprendía un olor letalmente terroso: y a su través soplaba un viento tan frío que me estremecí, como si hubiera abandonado el mundo natural.
    Antes de que se moviera, me había acercado lo suficiente como para poder tocarle. Sin apartar ni un momento sus ojos de los míos, retrocedió un paso y alzó una mano.
    Aquél era un puesto solitario (le dije), y había llamado mi atención cuando lo vi desde allá arriba. Un visitante era una rareza, debía suponer, y una rareza bienvenida, esperaba. En mí debía de ver simplemente a un hombre que había permanecido encerrado toda su vida dentro de unos límites estrechos y que, liberado al fin, tenía un recién despertado interés en esas grandes obras. En este sentido le hablé; pero disto de estar seguro de los términos que usé para ello, porque, aparte de no ser bueno en iniciar una conversación, había algo en el hombre que me intimidaba.
    Dirigió una muy curiosa mirada hacia la luz roja cerca de la boca del túnel; la miró largo rato, como si le faltara algo, y luego me miró a mí.
    Esa luz formaba parte de sus obligaciones, ¿Verdad?
    Respondió con una voz muy baja:
    - ¿Acaso no lo sabe?
    Mientras observaba sus ojos fijos y su saturnino rostro, cruzó por mi mente el monstruoso pensamiento de que era un espíritu, no un hombre. Más tarde he especulado si no habría algún problema en su mente.
    Entonces fue mi turno de retroceder. Pero al hacerlo detecté en sus ojos un miedo latente de mí. Aquello hizo huir el monstruoso pensamiento.
    - Me mira como si me tuviera miedo – dije, forzando una sonrisa.
    - Dudaba de si lo había visto antes – respondió.
    - ¿Dónde?
    Señaló la luz roja que había estado mirando.
    - ¿Ahí? – exclamé.
    Sin dejar de observarme profundamente, respondió (pero sin ningún sonido): Sí.
    - Mi buen amigo, ¿qué podría hacer yo allí? De todos modos, puedo jurarle que nunca he estado allí.
    - Le creo – respondió -. Sí, seguro.
    Su actitud se relajó, como la mía. Respondió a mis observaciones con rapidez y eligiendo bien las palabras. ¿Había mucho que hacer allí? Sí; es decir, tenía bastantes responsabilidades; pero lo que se requería de él era exactitud y vigilancia: en cuanto al auténtico trabajo – trabajo manual-, era casi inexistente. Cambiar esa señal, arreglar esas luces, accionar esa palanca de hierro de tanto en tanto, eso era todo lo que tenía que hacer manualmente. Respecto a las muchas y solitarias horas que parecían preocuparme tanto, sólo podía decir que la rutina de su vida se había moldeado a esta forma, y había acabado acostumbrándose. Había aprendido una lengua allá abajo, si sólo conocerla por la vista y haberse formado sus propias y toscas ideas sobre su pronunciación podía llamarse aprender. También había trabajado con fracciones y decimales, y probado un poco de álgebra; pero desde niño nunca había sido muy bueno con las cifras. ¿Era necesario, cuando estaba de servicio, permanecer siempre en aquel canal de aire húmedo, sin poder subir nunca a la luz del sol desde debajo de aquellas altas paredes de piedra? Bueno, eso dependía del tiempo y de las circunstancias. En algunos momentos había menos movimiento en la línea que en otros, y lo mismo podía decirse de ciertas horas del día y de la noche. Con buen tiempo, escogía algunas ocasiones para salir un poco de aquellas sombras inferiores; pero, puesto que en cualquier momento podían llamarle por la campanilla eléctrica, y en tales ocasiones estaba atento a ese sonido con redoblada ansiedad, el alivio que recibía era menos del que yo podía suponer.
    Me llevó a su caseta, donde había una chimenea, un escritorio para un libro oficial en el que tenía que anotar ciertas entradas, un instrumento telegráfico con su dial y sus agujas, y la pequeña campanilla de la que había hablado. Al indicarle, rogando que me disculpara por la observación, que me parecía muy bien educado e incluso (esperaba poder decirlo sin ofenderle) quizá educado por encima de su cargo, observó que no era raro encontrar casos de tales incongruencias en este aspecto entre los grandes grupos humanos; que había oído que se presentaban en lugares como talleres, en las fuerzas de policía, incluso en un último y desesperado recurso, el ejército; y que sabía que era así, más o menos, con el personal de cualquier gran ferrocarril. Cuando era joven, había estudiado (si yo podía creerlo, al verlo sentado en aquella caseta; él apenas podía) filosofía natural, y asistido a conferencias; pero se había desbocado, había empleado mal sus oportunidades, había caído y no había vuelto a levantarse. No tenía ninguna queja al respecto. Él se había hecho la cama, y se acostaba en ella. Ya era demasiado tarde para hacerse otra.
    Todo lo que acabo de condensar aquí lo dijo de una forma tranquila, con sus graves y oscuras miradas divididas entre mi persona y el fuego. Dejaba caer la palabra “señor” de tanto en tanto, en especial cuando se refería a su juventud: como si me pidiera que comprendiera que no reivindicaba ser más que lo que yo había encontrado allí. Fue interrumpido varias veces por la pequeña campanilla, y tuvo que leer algunos mensajes y enviar respuestas. Una vez tuvo que salir y desplegar su bandera a un tren que pasaba, y establecer alguna comunicación verbal con el conductor. Observé que era notablemente exacto y cuidadoso en el cumplimiento de sus deberes, interrumpiendo su conversación en medio mismo de una palabra si era necesario y guardando silencio hasta que lo que tenía que hacer estaba hecho.
    En una palabra, hubiera podido considerar que era el hombre idóneo para aquel empleo de no ser por la circunstancia de que, mientras me hablaba, se interrumpió dos veces palideciendo, volvió su rostro hacia la pequeña campanilla que no sonó, abrió la puerta de la caseta (que mantenía cerrada para impedir la entrada de la malsana humedad), y contempló la luz roja cerca de la boca del túnel, En ambas ocasiones volvió junto al fuego con un aspecto inexplicable que ha había observado, sin ser capaz de definirlo, cuando nos vimos por primera vez desde lejos.
    - Casi me hace pensar usted que he encontrado a un hombre feliz – dije al levantarme para irme.
    (Me temo que debo reconocerque dije aquello para impulsarle a seguir hablando.)
    - Supongo que solía serlo – respondió con la misma voz baja con la que había hablado la primera vez-. Pero me siento trastornado, señor, me siento trastornado.
    Hubiera borrado aquellas palabras de poder hacerlo. Sin embargo las había dicho, y las recogí de inmediato.
    - ¿Por qué? ¿Qué es lo que lo trastorna?
    - Es muy difícil de explicar, señor. Es muy, muy difícil hablar de ello. Si alguna vez me visita de nuevo, intentaré contárselo.
    - Me comprometo ya a hacerle otra visita. ¿Cuándo puede ser?
    - Salgo de servicio mañana a primera hora de la mañana, y tengo que estar de vuelta a las diez de la noche, señor.
    - Vendré a las once.
    Me dio las gracias y salió conmigo.
    - Le iluminaré con mi luz blanca, señor – dijo con su peculiar voz baja- hasta que haya encontrado su camino de subida. Cuando lo haya encontrado, ¡no me llame! Y cuando llegue arriba, ¡no me llame!
    Aquella actitud me pareció un tanto fría, pero no dije más que:
    - Muy bien.
    - Y cuando baje mañana por la noche, ¡no me llame! Déjeme hacerle una pregunta antes de irse. ¿Qué le hizo gritar “¡Hola” ¡Ahí abajo!”?
    - Dios lo sabe – respondí-. Supongo que grité algo parecido…
    - No algo parecido, señor. Exactamente esas palabras. Las conozco muy bien.
    - Admito que estas fueron las palabras. Las dije sin duda porque lo vi a usted ahí abajo.
    - ¿Por ninguna otra razón?
    - ¿Qué otra razón podía tener?
    - ¿No tuvo la sensación de que le eran transmitidas de alguna forma sobrenatural?
    - No.
    Me deseó buenas noches y me alumbró con su luz. Caminé junto a las vías del ferrocarril (con la muy desagradable sensación de que venía un tren a mis espaldas) hasta que hallé el camino. Fue más fácil subirlo que bajarlo, y llegué de vuelta a mi albergue sin ninguna aventura.
    Puntual a mi cita, puse el pie en el primer escalón del zigzagueante camino de descenso cuando los distantes relojes dejaban sonar once campanadas. Me estaba aguardando abajo, con su luz blanca encendida.
    - No le he llamado – dije cuando nos acercamos -. ¿Puedo hablar ahora?
    - Por supuesto, señor.
    - Buenas noches, entonces, y aquí está mi mano.
    - Buenas noches, señor, y aquí está la mía.
    Con esto, caminamos lado a lado hasta su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos sentamos junto al fuego.
    - Me he decidido, señor – empezó, inclinándose hacia delante apenas nos hubimos sentado y hablando con un tono tan sólo un poco más alto que un susurro-, que no tiene que preguntarme usted dos veces qué es lo que me trastorna. Ayer por la tarde lo confundí con alguien distinto. Eso es lo que me trastorna.
    - ¿Ese error?
    - No. Ese alguien distinto.
    - ¿Quién es?
    - No lo sé.
    - ¿Se me parece?
    - No lo sé. Nunca he llegado a ver su rostro. Se lo cubre con el brazo izquierdo mientras agita el derecho. Violentamente. Así.
    Seguí su acción con mis ojos, y fue la acción de un brazo gesticulando con la mayor pasión y vehemencia: “¡Por el amor de Dios, despeje el camino!”.
    - Una noche de luna – dijo el hombre-, estaba sentado aquí cuando oí una voz gritar: “¡Hola! ¡Ahí abajo!”. Me levanté sobresaltado, miré desde la puerta, y vi a ese Alguien de pie junto a la luz roja cerca del túnel, agitando el brazo de la forma que le he mostrado. La voz parecía ronca en su grito, y exclamó: “¡Cuidado! ¡Cuidado!”. Cogí mi lámpara, la puse en rojo, y corrí hacia la figura gritando: “¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde?”. Permanecía de pie justo fuera de la oscuridad del túnel. Avancé tan cerca de él que casi choqué con el brazo que mantenía alzado ante sus ojos. Tendía ya la mano para apartar su manga cuando desapareció.
    - Dentro del túnel – dije.
    - No. Corrí dentro del túnel, quinientos metro. Me detuve y alcé la lámpara por encima de mi cabeza, y vi las cifras de la distancia medida y vi las manchas de humedad que se deslizaban por las paredes y goteaban desde la bóveda del techo. Salí de nuevo, más rápido de lo que había entrado (porque sentía un aborrecimiento mortal hacia aquel lugar), y miré a todo alrededor de la luz roja con mi propia luz roja, y subí por la escalerilla de hierro a la galería que hay encima, y volví a bajar, y regresé corriendo aquí. Telegrafié en ambos sentidos: “He recibido una alarma. ¿Va algo mal?”. La respuesta llegó desde ambos lados: “Todo va bien”.
    Resistiendo el lento contacto de un helado dedo que descendía por mi espina dorsal, le dije que aquella figura debió de ser un engaño de su vista, y que era sabido que esas figuras, que se originan en una enfermedad de los delicados nervios que gobiernan el funcionamiento de los ojos, han trastornado a menudo a sus pacientes, algunos de los cuales son conscientes de la naturaleza de su aflicción, que ha quedado demostrada incluso con experimentos sobre ellos mismos.
    - En cuanto al grito imaginario –continué-, ¡escuche por un momento el viento en este valle innatural mientras hablamos en voz tan baja, y el sonido que provocan los hilos del telégrafo!
    Todo aquello estaba muy bien, me contestó, después de permanecer sentado escuchándome por un momento, y él sabía algo acerca del viento y los hilos del telégrafo, tras pasar a menudo largas noches de invierno allí, solo y vigilando. Pero me suplicó que recordara que todavía no había terminado.
    Le pedí perdón, y añadió lentamente estas palabras, con una mano apoyada sobre mi brazo:
    -Al cabo de seis horas de la Aparición, se produjo el conocido accidente en esta línea, y a las diez horas los muertos y heridos eran traídos a través del túnel al lugar donde había permanecido de pie la figura.
    Un desagradable estremecimiento se apoderó de mí, pero hice todo lo posible por superarlo. No debía negarse, admití, que se trataba de una notable coincidencia, calculada profundamente para impresionar su mente. Pero era incuestionable que constantemente se producen notables coincidencias, y que es preciso tenerlas en cuenta cuando se trata de un tema como aquél. Aunque a buen seguro debía admitir, añadí (porque creí ver la objeción que iba a plantearme) que los hombres con sentido común no tienen en cuenta las coincidencias al efectuar sus cálculos habituales sobre la vía.
    De nuevo me suplicó que recordara que todavía no había terminado.
    De nuevo le pedí perdón por haberle interrumpido.
    - Esto- dijo, apoyando de nuevo su mano sobre mi brazo y mirando por encima de mi hombro con unos ojos vacíos- fue hace exactamente un año. Pasaron seis o siete meses, y me había recobrado ya de la sorpresa y la conmoción cuando una mañana, al amanecer, de pie junto a esta puerta, miré hacia la luz roja y vi de nuevo al espectro.
    Se detuvo, mirándome fijamente.
    - ¿Gritó algo?-pregunté.
    -No. Guardó silencio.
    - ¿Agitó su brazo?
    - No Estaba apoyado contra el poste de la luz, con ambas manos delante de su rostro. Así.
    Una vez más seguí su acción con la mirada. Era una acción de dolor. He visto esa misma actitud en esculturas de piedra sobre tumbas.
    ¿Fue hasta él?
    - Entré y me senté, en parte para aclarar mis pensamientos, en parte porque me sentía repentinamente débil. Cuando salí de nuevo a la puerta, la luz del día estaba ya sobre mi cabeza, y el fantasma había desaparecido.
    - ¿Pero no ocurrió nada? ¿No hubo consecuencias?
    Me tocó el brazo dos o tres veces con el índice, asintiendo pálidamente cada vez.
    - Aquel mismo día, cuando un tren salió del túnel, observé, en la ventanilla de un vagón de mi lado, lo que parecía una confusión de manos y cabezas, y algo que se agitaba. Lo vi justo a tiempo para señalar al conductor: ¡Alto! Paró y aplicó los frenos, pero el tren recorrió todavía unos ciento cincuenta metros o más antes de detenerse. Corrí tras él y, en mi camino, oí terribles gritos y chillidos. Una hermosa y joven dama había muerto bruscamente en uno de los compartimentos, y fue traída aquí y depositada en este mismo suelo que hay entre nosotros.
    Involuntariamente eché la silla hacia atrás, al tiempo que desviaba la vista de las planchas que señalaba a él.
    - Cierto, señor. Cierto. Se lo cuento exactamente tal como sucedió.
    No supe qué decir, en ningún sentido, y mi boca estaba muy seca. El viento y los hilos del telégrafo subrayaron la historia con un prolongado lamento.
    - Ahora, señor – prosiguió -, observé eso, y juzgue hasta qué punto está trastornada mi mente. El espectro volvió hace una semana. Desde entonces ha estado aquí, una y otra vez, de una forma irregular.
    - ¿Junto a la luz?
    - Junto a la luz de peligro.
    - ¿Qué es lo que parece hacer?
    Repitió, si es posible con mayor pasión y vehemencia, aquella anterior gesticulación de “¡Por el amor de Dios, despeje el camino!”.
    Luego prosiguió:
    - No tengo ni paz ni descanso desde entonces, Me llama, durante varios minutos consecutivos, de una forma agónica: “¡Ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Cuidado!”. No deja de hacerme señas. Hace sonar mi pequeña campanilla…
    Me aferré a aquello.
    - ¿Sonó su campanilla ayer por la tarde cuando yo estaba aquí y fue usted a la puerta?
    - Dos veces.
    - Bueno –exclamé-, creo que su imaginación le está engañando. Mis ojos estaban puestos en la campanilla y mis oídos atentos a su sonido, y como estoy vivo que no sonó en aquellas dos ocasiones. No, ni tampoco ninguna otra vez, excepto dentro del curso natural de las cosas físicas, cuando la estación se comunicó con usted.
    Sacudió la cabeza.
    - Nunca he cometido todavía un error, señor. Nunca he confundido la llamada del espectro con la llamada del hombre. La llamada del espectro es una extraña vibración en la campanilla que no viene de ninguna parte, y en ningún momento he dicho que la campanilla se agite ante los ojos. No me sorprende que usted no lo oyera. Pero o sí la oí.
    - ¿Y parecía estar allí el espectro cuando miró fuera?
    - Estaba allí.
    - ¿Las dos veces?
    - Las dos veces – repitió con voz firme.
    - ¿Querría venir conmigo hasta la puerta y mirar ahora?
    - Se mordió el labio inferior como mostrándose reacio de alguna forma, pero se levantó. Abrí la puerta y me detuve en el escalón, mientras él permanecía en el umbral. Allá estaba la luz de peligro. Allá estaba la lúgubre boca del túnel. Allá estaban las altas paredes de húmeda piedra de la profunda zanja. Allá estaban las estrellas arriba en el cielo.
    - ¿Lo ve usted? – pregunté, observando particularmente su rostro. Sus ojos estaban tensos y prominentes; pero no mucho más, quizá, de lo que lo hubieran estado los míos si los hubiera dirigido ansiosamente hacia aquel mismo punto.
    - No – respondió-. No está ahí.
    - De acuerdo – admití.
    Entramos de nuevo, cerramos la puerta y ocupamos otra vez nuestros asientos. Estaba pensando en la mejor forma de aprovechar aquella ventaja, si puede llamarse así, cuando él reanudó la conversación de una forma tan casual, como suponiendo que de hecho no podía haber ninguna cuestión seria entre nosotros, que yo me sentí en la posición más débil.
    - Ahora comprenderá usted, señor –dijo- que lo que me trastorna tan profundamente es la cuestión de cuál es el significado del espectro.
    Le dije que no estaba seguro de entenderle por completo.
    - ¿Contra qué me está advirtiendo? – dijo pensativo, con los ojos clavados en el fuego, y volviéndose hacia mí sólo de tanto en tanto-. ¿Cuál es el peligro? ¿Dónde está el peligro? Existe un peligro en alguna parte en la línea. Va a ocurrir alguna terrible calamidad. No puedo dudarlo esta tercera vez, después de lo que ha ocurrido antes. Pero esto es una cruel obsesión para mí. ¿Qué puedo hacer?
    Sacó su pañuelo y se secó las gotas de sudor de su frente.
    - Si telegrafío “Peligro”, a cualquiera de los dos lados, o a ambos, no puedo dar ninguna razón para ello –siguió, secándose las palmas de las manos-. Me meteré en problemas y no conseguiré nada. Pensarán que estoy loco. Así es como funcionaría. Mensaje: “¡Peligro! ¡Cuidado!”. Respuesta: “¿Qué peligro? ¿Dónde?”. Mensaje: “No lo sé. ¡Pero por el amor de Dios, cuidado!”. Me despedirán. ¿Qué otra cosa pueden hacer?
    El dolor de su mente era algo lamentable de ver. Era la tortura mental de un hombre consciente, oprimido más allá de lo soportable por una inteligible responsabilidad que implicaba vidas.
    - Cuando apareció bajo la luz de peligro- continuó, echándose el negro pelo hacia atrás y pasándose las manos por las sienes una y otra vez, en una extrema angustia febril-, ¿por qué no me dijo dónde iba a ocurrir ese accidente, si es que iba a ocurrir? ¿Por qué no me dijo cómo evitarlo, si es que podía evitarse? Cuando en su segunda aparición ocultó su rostro, ¿por qué no me dijo en cambio: “Ella va a morir. Hagamos que se quede en casa”? Si en las dos ocasiones apareció tan sólo para mostrarme que sus advertencias eran ciertas, y prepararme así para la tercera, ¿por qué no advertirme claramente ahora? ¡Dios me ayude! ¡Sólo soy un pobre guardavía en un puesto solitario! ¿Por qué no advierte a alguien que pueda ser creído y con responsabilidades para actuar?
    Cuando lo vi en aquel estado comprendí que por su bien, así cómo para la seguridad pública, lo que tenía que hacer por el momento era tranquilizarle en lo posible. En consecuencia, dejando a un lado toda cuestión de realidad o irrealidad entre nosotros, le indiqué que cualquiera que cumpliese con su deber tenía que hacerlo forzosamente bien, y que puesto que al menos tenía el consuelo de que comprendía su deber, debía hacerlo bien, aunque no comprendiera esas confusas apariciones. En este esfuerzo tuve más éxito que en el intento de razonar con él para hacerle abandonar su convicción. Se calmó; las ocupaciones de su puesto empezaron a hacerse más exigentes a medida que avanzaba la noche y a requerir más de su atención; y lo dejé a las dos de la madrugada. Me ofrecí a quedarme toda la noche, pero no quiso ni oír hablar de ello.
    No veo ninguna razón para ocultar que volví la vista más de una vez hacia la luz roja mientras ascendía el sendero, que no me gustaba aquella luz roja, y que dormiría muy mal si mi cama estuviera debajo de ella. Como tampoco me gustaban las dos secuencias del accidente y de la muchacha muerta. Tampoco veo ninguna razón para ocultar eso.
    Pero lo que más ocupaba mis pensamientos era la consideración de cómo debía actuar, una vez hecho depositario de aquellas revelaciones. Había comprobado que el hombre era inteligente, vigilante, meticuloso y exacto; ¿pero cuánto tiempo seguiría así, en aquel estado mental? Aunque en un puesto subordinado, tenía confiada una importante misión, y ¿me gustaría (por ejemplo) depositar mi vida a la posibilidad de que siguiera ejecutándola con precisión?
    Incapaz de superar una sensación de que sería algo parecido a una traición el comunicador a sus superiores de la compañía lo que me había contado, sin sincerarme primero con él y proponerle otro curso intermedio de acción, decidí al final ofrecerme a acompañarle (manteniendo el secreto por el momento) al médico de mayor reputación de aquella zona para recabar su opinión. El cambio de su turno se produciría la noche siguiente, me había dicho, y estaría libre desde una o dos horas después del amanecer hasta poco después del anochecer. Decidí regresar de acuerdo con ello.
    La tarde siguiente fue una tarde agradable, y salí temprano a dar un paseo para gozar de ella. El sol no estaba todavía demasiado bajo cuando atravesé el campo cercano a la parte superior de la profunda zanja. Prolongaría mi paseo durante una hora, me dije, media hora de ira y media de vuelta, y luego bajaría a tiempo a la caseta de mi guardavía.
    Antes de proseguir mi paseo me detuve al borde de la zanja y miré mecánicamente hacia abajo, en el punto desde el cual lo había visto la primera vez. No puedo describir el estremecimiento que se apoderó de mí cuando, cerca de la boca del túnel, vi la aparición de un hombre, con su manga izquierda cubriendo sus ojos y agitando apasionadamente el brazo derecho.
    El horror sin nombre que me oprimió pasó en un momento, porque al cabo de un momento vi que aquella aparición de un hombre era realmente un hombre, y que había un pequeño grupo de otros hombres de pie a corta distancia, a los que parecía estar indicando el gesto que hacía. La luz de peligro todavía no estaba encendida. Contra su poste se había construido con algunos soportes de madera y una lona embreada una especie de pequeña cabaña baja, completamente nueva para mí.
    Con una irresistible sensación de que algo iba mal –con un destello de autorreproche y miedo de que una fatal desgracia hubiera ocurrido tras dejar aquel hombre allí, sin enviar a nadie que supervisara o corrigiera los que hacía-, descendí los escalones del sendero con toda la velocidad que pude reunir.
    - ¿Qué ocurre? – pregunté a los hombres.
    - El guardavía murió esta mañana, señor.
    - ¿Acaso el hombre que ocupaba esa caseta?
    - Sí, señor.
    - ¿No el hombre que conozco?
    - Lo reconocerá usted, señor, si lo conocía – dijo el hombre que hablaba por los demás, quitándose solemnemente el sombrero y alzando una esquina de la lona embreada-, porque su rostro ha quedado intacto.
    - ¡Oh! ¿Cómo pudo ocurrir esto, cómo pudo ocurrir? –pregunté, mirando de uno a otro mientras bajaban de nuevo la lona embreada.
    - Fue atropellado por una máquina, señor. Ningún hombre en Inglaterra conocía mejor su trabajo. Pero de alguna forma no se apartó del raíl exterior. Fue a plena luz del día. Había apagado la luz, y llevaba la lámpara en la mano. Cuando la máquina salió del túnel le estaba dando la espalda, y la máquina se le echó encima. Ese hombre la conducía, y podrá decirle cómo ocurrió. Muéstraselo al caballero, Tom.
    El hombre, que llevaba un arrugado traje oscuro, retrocedió al lugar que había ocupado anteriormente en la boca del túnel.
    - Al tomar la curva del túnel señor –dijo-, lo vi al final, como si lo viera a través de una lente óptica. No había tiempo de disminuir la velocidad, y sabía que era un hombre muy cuidadoso. Puesto que no parecía prestar atención al silbato, dejé de hacerlo sonar mientras nos precipitábamos contra él y le grité tan fuerte como puede.
    - ¿Qué es lo que dijo?
    - Dije: “Ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Por el amor de Dios, despeje el camino!”.
    Me sobresalté.
    - ¡Oh! Fue un momento terrible, señor. Nunca dejé de gritarle. Me llevé el brazo ante los ojos para no ver, y agité este brazo hasta el último momento; pero no sirvió de nada.

    Sin prolongar la narración para detenerme en cualquiera de sus curiosas circunstancias más que en cualquier otra, debo señalar sin embargo, para terminarla, la coincidencia de que la advertencia del conductor de la máquina incluía no sólo las palabras que el desgraciado guardavía me había repetido que le trastornaban, sino también las palabras que yo mismo –no él- había asociado, y eso tan sólo en mi mente, a la gesticulación que él había imitado.

  • EL GATO NEGRO de Edgar Allan Poe

    EL GATO NEGRO: Edgar Allan Poe

    No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir. Loco estaría, de veras, si lo esperase, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Sin embargo, no estoy loco, y ciertamente no sueño. Pero mañana moriré, y hoy quiero aliviar mi alma. Mi propósito inmediato es presentar al mundo, clara, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de estos episodios me han aterrorizado, me han torturado, me han destruido. Sin embargo, no trataré de interpretarlos. Para mí han significado poco, salvo el horror; a muchos les parecerán más barrocos que terribles. En el futuro, tal vez aparezca alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes, una inteligencia más tranquila, más lógica y mucho menos excitante que la mía, capaz de ver en las circunstancias, que detallo con temor, sólo una sucesión ordinaria de causas y efectos muy naturales.

    Desde la infancia me distinguía por la docilidad y humanidad de mi carácter. La ternura de mi corazón era incluso tan evidente, que me convertía en objeto de burla para mis compañeros. Sobre todo, sentía un gran afecto por los animales y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba la mayor parte de mi tiempo con ellos y nunca me sentía tan feliz como cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter crecía conmigo y, cuando ya era hombre, me proporcionaba una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que han sentido afecto por un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza ni la intensidad de la satisfacción así recibida. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la mezquina amistad y frágil fidelidad del hombre.

    Me casé joven y tuve la alegría de descubrir que mi mujer tenía un carácter no incompatible con el mío. Al observar mi preferencia por los animales domésticos, ella no perdía oportunidad de conseguir los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un mono pequeño y un gato.

    Este último era un hermoso animal, notablemente grande, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era un poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir que lo creyera en serio, y sólo menciono el asunto porque lo he recordado ahora por casualidad.

    Pluto –tal era el nombre del gato- era mi predilecto y mi camarada. Sólo yo le daba de comer, y él me acompañaba en casa por todas partes. Incluso me resultaba difícil impedir que me siguiera por las calles.

    Nuestra amistad duró, así, varios años, en el transcurso de los cuales mi temperamento y mi carácter, por medio del demonio Intemperancia (y enrojezco al confesarlo), habían empeorado radicalmente. Día a día me fui volviendo más irritable, malhumorado e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Me permitía usar palabras duras con mi mujer. Por fin, incluso llegué a infligirle violencias personales. Mis animales, por supuesto, sintieron también el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Pluto, sin embargo, aún sentía el suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, como hacía, sin escrúpulos, con los conejos, el mono y hasta el perro, cuando por accidente, o por afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi enfermedad empeoraba –pues ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y al fin incluso Pluto, que entonces envejecía y, en consecuencia, se ponía irritable, incluso Pluto empezó a sufrir los efectos de mi mal humor.

    Una noche, al regresar a casa, muy embriagado, de uno de mis lugares predilectos del centro de la ciudad, me imaginé que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y, asustado por mi violencia, me mordió levemente en la mano. Al instante se apoderó de mí la furia de n demonio. Ya no me reconocía a mí mismo. Mi alma original pareció volar de pronto de mi cuerpo; y una malevolencia, más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, sujeté a la pobre bestia por la garganta y ¡deliberadamente le saqué un ojo! Siento vergüenza, me abraso, tiemblo mientras escribo de aquella condenable atrocidad.

    Cuando con la mañana mi razón retornó, cuando con el sueño se habían pasado los vapores de la orgía nocturna, experimenté un sentimiento de horror mezclado con remordimiento ante el crimen del que era culpable, pero sólo era un sentimiento débil y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me hundí en os excesos y pronto ahogué en vino todo recuerdo del acto.

    Entretanto, el gato mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido tenía, sin duda, un aspecto horrible, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa; pero, como era de esperar, huía presa del pánico cuando me acercaba a él. Aún quedaban en mí, al principio, gran parte de mis antiguos sentimientos como para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que una vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la irritación. Y entonces se presentó, como para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo, estoy tan seguro de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primitivos del corazón humano…, una de las facultades o sentimientos primarios indivisibles, que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha encontrado cien veces cometiendo una acción malvada o tonta por la simple razón de que sabe que no debía cometerla? ¿No tenemos una tendencia permanente, en contra de nuestro buen sentido, a transgredir lo que constituye la Ley, simplemente por el hecho de serlo? Este espíritu de la perversidad, como he dicho, causó mi derrota final. Era aquel insondable anhelo que tenía el alma de acosarse, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, lo que me empujó a continuar y finalmente a consumar el agravio que había infligido al inocente animal. Una mañana, a sangre fía, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol, lo ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque sabía que me quería, y porque creía que no me había dado motivos para sentirme ofendido; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que pondría en tal peligro mi alma, que la llevaría si ello fuera posible más allá del alcance de la misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

    La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de “¡Fuego!”. Las cortinas de mi cama estaban en llamas. La casa entera ardía. Con gran dificultad pudimos escapar del incendio mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y, desde entonces, me resigné a la desesperación.

    Estoy por encima de la debilidad de intentar establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y la atrocidad que cometí. Me limito a detallar una cadena de hechos, y no quiero dejarme ni un posible eslabón. Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todas las paredes, salvo una, se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique, de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba la cabecera de mi cama. El yeso del tabique había resistido, en gran medida, la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una apretada muchedumbre se había reunido alrededor de esta pared y varias personas parecían examinar parte de la misma atenta y minuciosamente. Las palabras “¡extraño!, ¡raro!” y otras expresiones semejantes despertaron mi curiosidad. Me acerqué al lugar y vi, como grabada en bajorrelieve sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen mostraba una precisión verdaderamente maravillosa. Había una cuerda alrededor del pescuezo del animal.

    Al mirar por primera vez esta aparición –porque apenas podía considerarla otra cosa-, mi asombro y mi terror eran extremos. Pero al fin la reflexión vino en mi ayuda. El gato, como recordé, había quedado ahorcado en el jardín, cerca de la casa. Cuando sonó la alarma del incendio, este jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre y alguien debía de haber cortado la cuerda y tirado el animal en mi habitación por la ventana abierta. Seguramente lo habían hecho con la intención de despertarme. La caída de las otras paredes habían empotrado a la víctima de mi crueldad en la masa de yeso recién aplicada, cuya cal, junto con las llamas y el amoníaco desprendido del cadáver, había producido entonces la imagen tal y como yo la vi.

    Aunque así, fácilmente, a estas explicaciones calmaron mi razón, si no enteramente mi conciencia, sobre el asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido no dejó de impresionar profundamente mi imaginación. Durante meses no pude librarme del fantasma del gato y en todo este período mi espíritu experimentó un vago sentimiento que recordaba, sin serlo, el remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del gato y a buscar en los envilecidos lugares que habitualmente frecuentaba otro animal de la misma especie y de una apariencia semejante, que pudiera ocupar su lugar.

    Una noche, mientras estaba sentado, medio borracho, en una más que infame taberna, de pronto me llamó la atención un objeto negro que yacía sobre la tapa de uno de los enormes toneles de ginebra ode ron, que constituían el principal mobiliario del lugar. Durante algunos minutos yo había estado mirando fijamente la parte superior de ese tonel y lo que me sorprendió entonces fue el hecho de no haber visto antes el objeto que se hallaba encima. Me acerqué a él y lo toqué con la mano. Era un gato negro, un gato muy grande, tan grane como Pluto y con un gran parecido a él en todos los aspectos, salvo en uno. Pluto no tenía ni un pelo blanco en el cuerpo, pero este gato mostraba una mancha blanca, grande, aunque indefinida, que le cubría casi todo el pecho.

    Cuando lo toqué, se levantó enseguida, empezó a ronronear con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Éste era, pues, el animal que andaba buscando. Inmediatamente propuse comprárselo al tabernero, pero esa persona me dijo q no era el dueño, que no sabía nada del gato, y que nunca antes lo había visto.

    Seguí acariciando el gato y, cuando me levanté para marcharme a casa, el animal se mostró dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, y a ratos me inclinaba y lo acariciaba mientras venía a mi lado. Cuando estuvo en casa se acostumbró enseguida y pronto llegó a ser el gran favorito de mi mujer.

    Por mi parte, enseguida descubrí que surgía en mí una antipatía hacia el animal. Era exactamente lo contrario de lo que yo había esperado, pero, sin que sepa cómo ni por qué ocurría, su evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba. Lentamente tales sentimientos de disgusto y molestia se transformaron en la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; una cierta vergüenza y el recuerdo de mi acto de crueldad me prohibían abusar de él físicamente. Durante algunas semanas no le pegué ni lo maltraté con violencia; pero gradualmente, muy gradualmente, llegué a sentir una inexpresable repugnancia por él y a huir en silencio de su odiosa presencia, como si escapara de la emanación de la peste.

    Lo que, sin duda, aumentaba mi odio hacia el animal fue el descubrimiento, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, de que aquel gato, igual que Pluto, había perdido uno de sus ojos. Sin embargo, precisamente esta circunstancia lo hizo más querido de mi mujer, quien, como ya he dicho, poseía en algo grado esos sentimientos humanitarios que una vez había sido el rasgo distintivo de mi temperamento y la fuente de muchos de mis más simples y puros placeres.

    Con mi aversión hacia el gato, su cariño por mí parecía a la vez aumentar. Seguía mis pasos con una pertinacia que me sería difícil hacer comprender al lector. Dondequiera que me sentara venía a agazaparse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me levantaba a pasear, se metía entre mis pies y así, casi, me hacía caer, o clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y de esa forma trepaba hasta mi pecho. En aquellos momentos, aunque ansiaba destruirlo de un golpe, me sentía, no obstante, refrenado; en parte, por la memoria de mi crimen anterior, pero principalmente –déjenme confesarlo ya- por un terrible temor al animal.

    No era exactamente aquel temor miedo a un mal físico, y, sin embargo, no sabría cómo definirlo de otro modo. Me siento casi avergonzado de admitir, sí, incluso ahora, desde esta celda para criminales, casi me siento avergonzado de admitir que el terror y el horror que aquel animal me causaba había sido alimentado por una de las más insignificantes quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez, mi mujer me había llamado la atención sobre el aspecto de la mancha de pelo blanco, de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia visible entre esa extraña bestia y la que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande, había sido al principio muy indefinida, pero, gradualmente, casi imperceptiblemente, de forma que mi razón luchó durante largo tiempo para rechazar ese cambio como imaginario, la mancha fue adquiriendo una rigurosa nitidez en sus contornos. Era ya la imagen de un objeto que tiemblo al nombrar – y por ello sobre todo odiaba, temía y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido a hacerlo-, era, digo, la imagen de una cosa atroz, horrible, ¡la imagen del PATÍBULO! ¡Oh, fúnebre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

    Y entonces sentía de veras sobre mí una desgracia mayor que la simple desgracia humana. ¡Y pensar que una bestia, cuyo semejante yo había destruido desdeñosamente, un bestia podía obrar sobre mí, sobre mí, un hombre creado a imagen y semejanza de Dios, tanta insufrible miseria! ¡Ay, ni de día ni de noche conocía ya la bendición del descanso! De día el animal no me dejaba en paz ni un momento, y de noche despertaba yo sobresaltado por sueños de indescriptible terror para sentir el ardiente aliento de aquella cosa en mi cara y su enorme peso –encarnada pesadilla que no tenía yo el poder de quitarme de encima- descansando eternamente sobre mi corazón.

    Bajo la opresión de tormentos como éstos, sucumbió en mí el débil estigio del bien. Ya mis únicos acompañantes íntimos eran pensamientos malvados, los más oscuros y los más malignos pensamientos. El mal humor de mi disposición habitual creció hasta convertirse en un odio a todas las cosas y a toda la humanidad; y mi mujer, que de nada se quejaba, era la más habitual y más paciente víctima de las repentinas, frecuentes e incontrolables explosiones de furia a que me abandonaba entonces ciegamente.

    Un día ella me acompañó, cuando iba a un quehacer doméstico, al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y casi me hizo caer cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando, en mi rabia, el temor infantil que hasta entonces había detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera causado la muerte instantánea del animal, de haber caído como deseaba. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Provocado por su intervención, estalló en mí una rabia más que demoníaca; logré soltar mi brazo de su mano y le hundí el hacha en la cabeza. Cayó muerta a mis pies, sin un quejido.

    Consumado el horrible asesinato, me dediqué deliberadamente a la tarea de ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias ideas. Por un momento pensé cortar el cadáver en pequeños trozos y destruirlos con el fuego. En otro momento decidí cavar una tumba en el suelo del sótano. Luego consideré si debía arrojarlo al pozo del jardín, o meterlo en una caja, como si fueran mercancías, y, con los trámites normales, llamar a un mozo de cuerda para que lo retirase de la casa. Por fin, encontré lo que me pareció un recurso mucho mejor que cualquiera de éstos. Decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de la Edad Media hacían con sus víctimas.

    Para un propósito semejante el sótano era idóneo. Las pareces no habían sido sólidamente construidas y se les había aplicado una capa de yeso basto, que la humedad del ambiente no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente, motivado por una falsa chimenea, que se había rellenado de forma que se pareciera al resto del sótano. No tenía dudas de que fácilmente podía quitar los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y taparlo todo como antes, de manera que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.

    Y mis cálculos no me desilusionaron. Con una palanca saqué fácilmente los ladrillos, y después de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo apuntalé en esa posición y casi sin dificultad volví a colocar los ladrillos en la forma original. Después de procurarme cal y arena, preparé con la mayor precaución posible una argamasa que no se podía distinguir de la antigua, y revoqué cuidadosamente, de nuevo, el enladrillado. Cuando acabé, me sentí satisfecho de que todo hubiera quedado bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido alterada. Recogí del suelo los desechos con el más minucioso de los cuidados. Triunfante, miré alrededor y me dije: ¡Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.

    Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había sido la causa de tanta desdicha; porque al fin me sentí firmemente resuelto a matarla. Si hubiera podido encontrar el gato en ese momento, su destino habría quedado para siempre sellado; pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi anterior acceso de cólera, se negaba a presentarse mientras yo siguiera de mal humor. Es imposible describir, ni imaginar, el profundo y dichoso sentimiento de alivio que la ausencia del odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así al menos durante una noche, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; ¡sí, pude dormir, incluso con el peso del asesinato sobre mi alma!

    Pasaron el segundo y el tercer día, y aún no volvía mi atormentador. Una vez más respiraba como un hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido del lugar para siempre! ¡No volvería a verlo jamás! ¡Mi felicidad era suprema! La culpa de mi negro acto me molestaba poco. Se habían hecho algunas indagaciones, pero éstas hallaron respuestas sin dificultad. Incluso habían registrado la casa, pero, por supuesto, no se descubrió nada. Yo consideraba asegurada mi felicidad futura.

    Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa investigación. Seguro de que mi lugar de ocultación era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me pidieron que los acompañara en su registro. No dejaron ningún rincón ni escondrijo sin explorar. Al fin, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. No me temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el de quien duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Crucé los brazos sobre el pecho y me puse a dar vueltas despreocupadamente. Los policías quedaron totalmente satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo de mi corazón era demasiado fuerte para ser reprimido. Ardía en deseos de decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo, y de asegurar doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.

    -Caballeros –dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber disipado sus sospechas. Les deseo a todos felicidad, y un poco más de cortesía. Por cierto, caballeros, ésta es una casa muy bien construida –en mi rabioso deseo de decir algo con naturalidad no me daba completa cuenta de mis palabras-, me permito decir que es una casa de excelente construcción. Estas paredes…, ¿ya se marchan ustedes, caballeros? Estas pareces son de gran solidez. -Y entonces, empujado por el puro frenesí de mis bravatas, golpeé pesadamente con el bastón que llevaba en la mano sobre esa misma parte de la pared de ladrillo detrás de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi alma.

    ¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas se había silenciado la repercusión de mis golpes, cuando ¡una voz me contestó desde dentro de la tumba! Un quejido, al principio ahogado y entrecortado como el sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta transformarse en un largo, fuerte y continuo grito, totalmente anómalo e inhumano, un aullido, un quejumbroso alarido, mezcla de horror y triunfo, como sólo pudiera surgir en el infierno, al unísono, de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la condenación.

    Hablar de mis propios pensamientos de entonces es un disparate. Desmayándome, di unos tambaleantes pasos hacia la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres, en la escalera, quedó inmóvil, preso de un extremo y espantoso terror. Al momento, una docena de fuertes brazos se afanaban en la pared. Cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció erguido ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y en solitario ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!.

  • EL CUENTACUENTOS

    PARA ESTE BLOG NUEVAMENTE NECESITARÉ VUESTRA PARTICIPACIÓN.
    SE TRATA DE UN JUEGO MUY SENCILLO, QUE PROBABLEMENTE TODOS CONOCEIS YA.
    VAMOS A ESCRIBIR UN CUENTO.
    LA UNICA NORMA ESTÁ EN QUE CADA VEZ Q POSTEEIS SOLO PODEIS DEJAR 5 PALABRAS, Y TENDRÉIS QUE ESPERAR A QUE ESCRIBA EL SIGUIENTE PARA VOLVER A PARTICIPAR.

    PARA FACILITAR AL SIGUIENTE JUGADOR SU TAREA, OS AGRADECERÍA QUE COPIASEIS EL TEXTO DEL POST ANTERIOR Y AÑADIESEIS VUESTRAS ÚLTIMAS PALABRAS EN MAYÚSCULA

    PD: SI HAY ALGUNA DUDA PREGUNTAR, AUNQ CREO Q ES BASTANTE SENCILLO

    EMPECEMOS PUES:

    Había una vez un cuervo...

  • EL SENSEI (Las Pastillas del Abuelo)

    UNA ESTUPENDA CANCION DE LAS PASTILLAS DEL ABUELO, QUE OS HARÁ VIVIR UN VIAJE COMPLETO XD.
    AHÍ OS DEJO EL LINK PARA LOS QUE KIERAN ESCUXAR LA SONG
    http://es.netlog.com/go/videos/videoid=442871
    ¡¡¡ARMATE UNO HERNAN!!!
    _____________________________________

    Empieza el ritual,
    Nadie dice nada, pero
    Yo lo siento igual.
    La desesperada gana
    De querer viajar,
    Con tan sólo una pitada,
    A otra realidad
    Que sea mejor.

    no se si mejor pero esa gana
    ahora se hace general
    y ahora queman las miradas
    para saber quien
    va ser el primero en
    descorchar un suspiro para darle paso a ramiro

    y ahi es cuando todos lo miran a él,
    el que mejor sabe gambetear la ley
    al que todos en el barrio llaman el sensei
    vos sabeis vos sabeis

    asique armate uno armate uno hernan
    que bueno sos armando te felicito hernan
    que suave son tus dedos que suave sos hernan
    que lindo que es mirarte armando uno hernan

    ahora no mejor el momento de impaciencia
    para ver la luz a la hora de dar mecha
    se me hace agua la boca
    quiero que empieze el carioca
    quien va ser el burro?
    que le meta mecha a este churro

    y ahi es cuando todos lo miran a él
    el que mejor sabe gambetear la ley
    al que todos en el barrio llaman el sensei
    vos sabeis vos sabeis

    asi prendete uno prendete uno hernan
    que ya no sopla el viento que tas prendiendo hernan
    porque hay fuego en tus dedos sos fuego puro hernan
    que lindo que es mirarte prendiendo uno hernan

    empezo a rodar el objeto tan presiado
    bailando de mano en mano el se hace desear
    picoteando uno por vez van quedando del reves
    kien le dara el mejor beso kien sera esta vez

    y ahi es cuando todos lo miran a él
    el que mejor sabe gambetear la ley
    al que todos en el barrio llaman el sensei
    vos sabeis vos sabeis

    dale pegale un beso pegale un beso hernan
    dale que esta entregado es todo tuyo hernan
    que bueno son tus besos que buen amante hernan
    que lindo que es mirarte dandole un beso hernan

    llegando el final nadie kiere que sus dedos
    sufran el calor los va consumiendo el miedo
    quien se va a animar quien va a ser el artesano
    que de la galera saque una linda tukera

    y ahi es cuando todos lo miran a él
    el que mejor sabe gambetear la ley
    al que todos en el barrio llaman el sensei
    vos sabeis vos sabeis

    sacate una tuquera sacate una hernan
    de tu linda galera que bien te queda hernan
    sos todo un artesano sos un artista hernan
    que lindo que es mirarte con tu tuquera hernan

    hay que regresar llamando al planeta tierra
    pica el vagre y la sonrisa se empeeza a borrar
    lo puedo sentir siempre un as bajo la manga
    quien sera el primero que se compre uno de milanga

    y ahi es cuando todos lo miran a el
    si desde la esquina ya no puedo ver
    degustando con la vista ese chegusan
    que se va a comer que se va a comer

    dame un pedazo de eso dame un pedazo hernan
    le pusiste mostaza que bien la hiciste hernan
    ese viene completo jamon y queso y pan
    que lindo que es mirarte con tu milanga hernan
    como estas quedando te estas quedando hernan
    asique armate otro armate otro hernan
    ese te esta matando te esta matando hernan
    que lindo que es mirarte con ese otro hernan

  • EL REY BURGUÉS (Rubén Darío)

    EL REY BURGUÉS
    (CUENTO ALEGRE)

    ¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre…, así como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí:

    Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras; caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mía: era el Rey Burgués.

    Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.

    Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente iba de caza atronando el bosque con sus tropeles, y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.

    El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos antes que por los lacayos esturados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y de esmeraldas, que tenía a los dos lados leones de mármol, como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí, defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime amante de la lija y de la ortografía.

    ¡Japonerías! ¡Chinerías! Por lujo y nada más.
    Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Gourcourt y de los millones de un Creso; quimeras de bronce con la fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla como tejidas con hijos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre los riñones y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.

    Por lo demás, había el salón griego lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran Watteau y de Chardin: dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
    Y Mecenas se paseaban por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.

    Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.
    -¿Qué es eso? –preguntó.
    - Señor, es un poeta.
    El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, sinsontes en la pajarera; un poeta era algo nuevo y extraño.
    - Dejadle aquí.
    Y el poeta:
    -Señor, no he comido.
    Y el rey:
    -Habla y comerás.

    Comenzó:
    “Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido; mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.
    “He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor ideal, el verso que está en el astro, en el fondo del cielo, y el que está en la perla, en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir un espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.
    “¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas o zarpazos como los leones. Señor entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.
    “¡Oh, la poesía!”
    “¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos les autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal…



    El rey interrumpió:
    -Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
    Y un filósofo al uso:
    -Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando vos paséis.
    -Sí –dijo el rey; y dirigiéndose al poeta-: Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.

    Y desde aquel día pudo verse, a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta, tiririrín, tiririrín…,¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín!... ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a beber el rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas…,¡lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!.

    Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas no era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio: ¡Tiririrín!
    Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le azotaba el rostro.

    Y una noche en que caía de lo algo la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo luminoso y fugas. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! ¡Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal.. y en que el arte no vestía pantalones, sino manto de llamas o de oro… Hasta que al día siguiente lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios y todavía con la mano en el manubrio.
    ¡Oh, mi amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan brumosas y grises melancolías…
    Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! Hasta la vista.

  • ¡¡¡ TIERRA TRÁGAME !!!

    Este es un blog de participación que iré ampliando con historias propias y de personas cercanas. Espero que vosotros también me dejeis alguna de vuestras situaciones más ridículas en las que lo único que podeis desear es que la tierra se os trague XD.

    ¡¡¡ RIÁMONOS UN RATO DE NOSOTROS MISMOS !!!
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    1ª HISTORIA

    PROTAGONISTA: Xumy, o lo que es lo mismo Yop.
    LUGAR: Rastro de Madrid, un domingo cualquiera in the morning.
    HISTORIA: Paseábamos mi primo Javi, mi cuñada y yo por el Rastro de Madrid (mercadillo popular siempre abarrotado de gente) una bonita mañana de domingo cuando de entre la multitud se escucha una voz que se alza por encima de las demás: - ¡¡¡ VENDO PILAS SEÑORES !!! ¡¡¡ 2 x 5 !!! ¡¡¡ 2 x 5 !!! - Sin poder evitarlo agarro fuerte a mi primo del brazo para con toda mi potencia gritarle al oído la rima más evidente: -¡¡¡POR EL CULO TE LA HINCO!!! – Pero ¡¡¡horror!!!, cuando levanté la cabeza me di cuenta de que aquella cara me miraba con expresión de no comprender nada de lo que estaba ocurriendo. ¡ Me había equivocado de persona y estaba abrazada a un desconocido al que acababa de gritar una bonita soez !
    SOLUCIÓN: Soltar al muchacho del brazo y mientras te miras los pies muy avergonzada susurrarle un: - ¡Ups!, perdón, me he equivocado de Javi.
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    2ª HISTORIA

    PROTAGONISTA: Borja (el Amigo B )
    LUGAR: Andén de Metro de Aluche. Un viernes por la noche
    HISTORIA: Borja y Alba quedan en el metro de Aluche un viernes por la noche para reunirse con el resto del grupo en Vallekas. Cuando se encuentran Alba saluda a Borja y comienza a contarle algo que no puede acabar pues un conocido se ha cruzado en el ángulo de visión de Borja. Nuestro queridísimo Amigo B decide gastarle una broma a su viejo amigo, y para enfatizar la reacción del agente externo se sube la palestina a la altura de la nariz y se cubre la cabeza con la capucha, tras lo cual se encamina muy decidido hacia su colega, que aún no se había percatado de su presencia. Una vez alcanza a su víctima, la agarra por la espalda y le apunta con el dedo exclamando a viva voz: - ¡ DAME TODO LO QUE LLEVES ENCIMA ! –El muchacho se da la vuelta asustado, aterrorizando a su vez a nuestro pobre Amigo B, que sorprendido al descubrir que aquel tipo no era quien pensaba que era, pega un brinco hacia atrás.
    SOLUCIÓN: Mirar al suelo y explicar el por qué de tu acción. Después pedir disculpas hasta la saciedad. Final feliz que termina en un abrazo efusivo entre Borja y el desconocido.
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    3ª HISTORIA

    PROTAGONISTA: Xumy (Yop)
    LUGAR: Calles de Benalmádena. Primer día de nuestras vacaciones.
    HISTORIA: Era nuestro primer día de vacaciones en Benalmádena y Javi (Pimo) Yami (Cuñá) y Yo explorábamos la zona en busca de un lugar en el que pararnos a cenar. Mi cuñá y yo hacíamos el imbecil con la cámara de fotos cuando un grupo de chavales de nuestra edad y también madrileños (el “ejke” es inconfundible allá donde vayas) nos adelantaros, con la mala suerte de que uno de los muchacho tropieza con el bordillo y apunto está de caer al suelo y de ser atropellado por un vehículo no identificado. Yo con la inocencia que me caracteriza no pude evitar soltar un: - uyyyy que casi te caes… - El muchacho me miró con cara de pocos amigos y continuó su camino al igual que yo continué el juego con la cámara de fotos. Pero el azar ya había jugado sus cartas y 10 pasos mas adelante, un pivote de hierro se interpuso de repente en mi camino, sin avisar. Y como todo el mundo sabe, estos pivotes son malvados y su única diversión en la vida es hacer la zancadilla a los caminantes que para no percatarse de su presencia se toman fotos sin sentido que siempre terminan borrando. ¡Exacto! Yo era su víctima idónea, y como no, tropecé con él para después salir volando sobre éste y caer de bocas contra el suelo (eso sí , con el brazo en el q llevaba la cámara en alto para que no sufriese ningún daño).
    SOLUCIÓN: Rápidamente te revuelcas por el suelo para adoptar una postura menos embarazosa y demostrar a todo el mundo que estás bien. Posteriormente, compruebas que los daños son menores y comienzas el proceso de incorporación a la posición vertical. Pero entonces alguien se acerca hasta ti y escuchas que te dice: - uyyyyy q tu te has caído… - Le diriges la peor mirada que posees y descubres que es el muchacho de madriz del que te acababas de burlar.
    Para esto señores, no hay solución que valga. Lo único que puedes hacer es mirarte los pies y morderte la lengua. En este caso incluso se omiten las disculpas, pues lo más importante es desaparecer cuanto antes del lugar de los hechos y dejar q la gente olvide la escena con el tiempo

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    4ª HISTORIA

    PROTAGONISTA: Yamina o mi Cuñá
    LUGAR: Santa Cruz de los Cáñamos. Un pueblo de Ciudad Real. Fiestas de San Marcos
    HISTORIA: Pasaba mi cuñá un fin de semana en el pueblo de mi pimo Javi, pues las fiestas de San Marcos para él son míticas y no las perdona un año. Después de un largo día de borrachera la gente se levanta con una resaca brutal, y todo el mundo sabe que la mejor manera de pasar este mal trago es volviendo a salir con los colegas a sentarte en una terracita y tomar unas birras. Pues exactamente esto es lo que hicieron los susodichos. Peeero… como la gran mayoría de los pequeños pueblos, éste se encuentra en una montaña y por tanto todas las calles se convierten en cuestas insoportables. A pesar de todo el esfuerzo, el grupo llegó a su destino y tomó asiento muy cuidadosamente en sus sillas de plástico apoyando el traserillo en el borde del asiento, pues las cuestas son peligrosas. Yamina que era nueva en el lugar, y omitiendo el detalle de las posturas remilgadas de sus acompañantes decidió espanzurrarse en su silla con la clase y elegancia que caracteriza a un vago profesional. El resultado, como podéis imaginar fue catastrófico. Las patas de atrás de la silla se quebraros y Yamina calló de espaldas contra el suelo, quedando en una postura un tanto ridícula (piernas pa’ arriba y mini falda por los sobacos)
    SOLUCIÓN: Soportar las carcajadas incesantes de tu novio, que por muy duro q parezca es el único que se ríe de ti, ya que el resto del mundo te conoce de un solo día y nunca se sabe como se debe reaccionar ante una hostia espectacular de la novia de tu amigo. Javi esa noche no mojó. XD
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    5ª HISTORIA:

    PROTAGONISTA: Xumy (Yop)
    LUGAR: Cibeles (Madrid). Altas horas de la madrugada de un sábado cualquiera.
    HISTORIA: Tras una larga noche de fiesta varias amigas y yo nos disponemos a volver al hogar. Cansadas y con algunas copas de más encima llegamos hasta Cibeles con la intención de coger el buho (autobús nocturno) que nos acerque a nuestras camitas.
    Hacemos un alto obligatorio impuesto por un semáforo y aún nos quedan unos 100 metros para alcanzar nuestra parada cuando a lo lejos diviso el N13 ¡¡No puede ser!! ¡¡¡ése es nuestro autobús!!! ¡Llegaba a su destino y pretendía de irse sin nosotras!
    Yo no podía permitirlo, tenía que alcanzarle, era mi destino coger ese autobús.
    El semáforo cambia a verde; sin pensarlo dos veces agarro a Gigi (una de las testigos de aquella noche) de la mano y echo a correr con la intención de ser mas veloz que nuestro buho. Pero aquella noche ocurrió algo en la zona, quizá un accidente, y una serie de operarios limpiaba el asfalto con jabón.
    Inciso: Es sabido por todo el mundo que el jabón mezclado con agua y aplicado al asfalto provoca un extraño efecto conocido como “el patinazo”.
    Bien pues yo omití aquel detalle. El resto creo q podréis imaginarlo, pero por si acaso os relataré los hechos:
    Alcancé el paso de cebra q nos separaba de nuestra meta, seguía corriendo y llegué a la zona catastrófica, pisé el asfalto enjabonado y ocurrió lo inevitable, patiné, pero pude mantener el equilibrio. La cosas estaba tensa, había comenzado la ridícula situación del “si me paro me caigo”, con lo cual continué avanzando, o más bien tropezando, procurando no derrumbarme sobres el suelo. Lo que viene a ser esa escena tan graciosa (cuando no te pasa a ti claro está) del: ¡que me caigo… q me caigo… q me caigo…!
    Sin poder parar conseguí cruzar el paso de cebra hasta q un enorme edificio de correos se interpuso en mi camino y con sus potentes muros de piedra consigue frenar mi vergonzoso avance, pero la fuerza que emplea es tal que me hace rebotar y caer de espaldas contra el suelo.
    SOLUCIÓN: Teniendo en cuenta que era fin de semana y que Cibeles es un lugar muy concurrido por los jóvenes que vuelven de fiesta a esas horas de la noche, la carcajada debió de ser general. Así que muerta de vergüenza y aún sin saber muy bien que ha pasado, te incorporas lo mas rápidamente que te permite tu desconcierto miras a tu amiga y con cara de súplica la ruegas que no diga nada y que corra contigo hasta el autobús.
    Porque sí señores, tanto esfuerzo mereció la pena, ¡NO PERDIMOS EL BUHO!. Eso sí, te tocará soportar un trayecto de vuelta a casa amenizado por las risas incesantes de tus amigas que sin inmutarse habían vivido todo el espectáculo desde primeras la filas.
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  • VUELO

    Sólo quien ama vuela. Pero, ¿quién ama tanto
    que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
    Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
    quisiera remontarse directamente vivo.
    Amar... Pero, ¿quién ama? Volar... Pero, ¿quién vuela?
    Conquistaré el azul ávido de plumaje,
    pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
    de no encontrar las alas que da cierto coraje.
    Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
    quiso ascender, tener la libertad por nido.
    Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
    Donde faltaban plumas puso valor y olvido.
    Iba tan alto a veces, que le resplandecía
    sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
    Ser que te confundiste con una alondra un día,
    te desplomaste otro como el granizo grave.
    Ya sabes que las vidas de los demás son losas
    con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
    Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
    A través de las rejas, libre la sangre afluya.
    Triste instrumento alegre de vestir; apremiante
    tubo de apetecer y respirar el fuego.
    Espada devorada por el uso constante.
    Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.
    No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
    por estas galerías donde el aire es mi nudo.
    Por más que te debatas en ascender, naufragas.
    No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.
    Los brazos no aletean. Son acaso una cola
    que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
    La sangre se entristece de debatirse sola.
    Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.
    Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
    un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
    como un élitro ronco de no poder ser ala.
    El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.

    (Miguel Hernandez)

  • VINCENT de Tim Burton

    Vincent Maloy tiene 7 años, es un niño amable pero algo huraño.
    Es bueno, obediente y muy educado pero él quiere ser como Vincent Price su ídolo soñado.
    No le importa vivir con su perro su gato y su hermana, aunque preferiría compartir casa con murciélagos y arañas.
    Allí jugaría con los horrores que ha inventado. Y vagaría por los oscuros pasillos solo y atormentado.
    Cuando viene su tía, Vincent parece un cielo pero se imagina sumergiéndola en cera hirviendo para su museo.
    Hace experimentos con su perro Avercromby con el fin de crear un horrible zombi. Con ese espectro terrorífico para los hombres buscaría sus victimas por la niebla de Londres. Pero el no solo piensa en crímenes violentos, Vincent pinta y de vez en cuando lee cuentos.
    Mientras otros niños leen tebeos de acción a Vincent es Edgar Allan Poe quien llama su atención.
    Una noche cuando leía una historia horripilante algo le hizo palidecer al instante.
    Con tamaño disgusto su vida quedó derrumbada pues su bella esposa viva fue enterrada.
    Debía cerciorarse de q había muerto e intentando desenterrarla destrozó las flores del huerto.
    Su madre lo envió a su cuarto como castigo, desterrado en sus sueños a la torre del olvido, sentenciado a pasar el resto de su vida con el retrato de su amada q fue enterrada viva.
    Y mientras lloraba sumido en la desesperación apareció su madre en la habitación.
    Le dijo: –Si quieres puedes salir a jugar. Hace un día estupendo, lo puedes aprovechar-.
    Vincent trato de hablar pero no pudo, los años de aislamiento lo volvieron casi mudo. Así que cogió su pluma y se puso a escribir: -Estoy poseído por esta casa nunca volveré a salir-. Su madre le contesto: -Ni estás poseído ni estas medio muerto, este juego tuyo es sólo un invento. Eres Vincent Maloy no eres Vincent Price, y no estas loco ni atormentado ¡carai! Tienes 7 años y eres mi hijo vete a jugar con otros niños ¡te lo exijo!-
    Y tras este toque de atención, abandonó la habitación.
    Pero cuando Vincent trató de sobreponerse las paredes empezaron a moverse.
    Crujían , temblaban y su horrible locura la cima alcanzaba.
    Vio a Avercromby, su terrible esclavo, y su mujer lo llamaba desde el otro lado.
    De la tumba nacían sus ecos y de las paredes surgían manos de esqueletos.
    Todas las desgracias q sus sueños atormentaban entraron en su vida mientras él gritaba.
    Trató de escapar, de huir del horror, pero su mustio cuerpo se derrumbó por el dolor.
    Y débilmente, casi sin voz, recitó el cuervo de Edgar Allan Poe: …y mi alma, esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará NUNCA MAS.

  • MICROCUENTOS

    1 TABÚ

    El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por de-
    trás del hombro:
    -¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras
    en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
    -¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado.
    Ymuere.
    ENRIQUE ANDERSON IMBERT



    2 EL GESTO DE LA MUERTE

    Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
    -¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana.
    Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por
    milagro, quisiera estar en Ispahán.
    El bondadoso príncipe le presta sus caballos.
    Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y
    le pregunta:
    -Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jar-
    dinero un gesto de amenaza?
    -No fue un gesto de amenaza -le responde-
    sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de
    Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche
    en Ispahán.
    JEAN COCTEAU


    3.
    Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio.
    MAX AUB



    4. MEMORIAS DE JUAN CHARRASQUEADO

    -Yo no lo maté: Él solito se le atravesó a la bala.
    JOSÉ EMILIO PACHECO



    5. CABALGANDO

    Monté una yegua y tuvimos un centauro
    ÁLOE AZID



    6. AUTOBIOGRAFÍA

    Yo.

    ÁLOE AZID



    7. TRES: DONDE SE DEPUESTRA QUE LA TIERRA
    ES ESFÉRICA

    El hombre no tenia nariz, ni ojos, ni boca.
    Y el rostro estaba cubierto de pelo.
    Me llamaron a mí, para que investigara.

    La encuesta no fue tan sencilla como posterior-
    mente pudierais imaginar.
    Me proporcionaron el pasaje de avión, y volé
    hasta los antípodas. Y de allí volví al punto de
    partida.
    Por la otra cara del mundo.
    Era preciso actuar con cautela, puesto que en
    ello estribaba el éxito de la empresa.
    Sólo así pude averiguar lo que averiüé, y re-
    dacté un informe de setenta y siete páginas.
    Del cual se deducía que: aquel hombre estaba
    de espaldas.
    GONZALO SUÁREZ


    8. EN EL INSOMNIO

    El hombre se acuesta temprano. No puede con-
    ciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la
    cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un
    cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz.
    Pero no puede dormir. A las tres de la madruga-
    da se levanta. Despierta al amigo de al lado y le
    confía que no puede dormir. Le pide consejo.
    El amigo le aconseja que haga un pequeño pa-
    seo a fin de cansarse un poco. Que en seguida
    tome una taza de tila y que apague la luz. Hace
    todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a le-
    vantar. Esta vez acude al médico. Como siempre
    sucede, el médico habla mucho pero el hombre
    no se duerme. A las seis de la mañana carga un
    revólver y se levanta la tapa de los sesos. El
    hombre está muerto pero no ha podido quedar-
    se dormido. El insomnio es una cosa muy per-
    sistente.
    VIRGILIO PIÑERA


    9. LA CASA ENCANTADA

    Una joven soñó una noche que caminaba por un
    extraño sendero campesino, que ascendía por una
    colina boscosa cuya cima estaba coronada por
    una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín.
    Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de
    la casa, que finalmente fue abierta por un hom-
    bre muy, muy anciano, con una larga barba blan-
    ca. En el momento en que ella empezaba a ha-
    blarle, despertó. Todos los detalles de este sueño
    permanecieron tan grabados en su memoria, que
    por espacio de varios días no pudo pensar en
    otra cosa. Después volvió a tener el mismo sue-
    ño en tres noches sucesivas. Y siempre desper-
    taba en el instante en que iba a empezar su con-
    versación con el anciano.
    Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en
    automóvil a Litchfiel, donde se realizaba una
    fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la
    manga del conductor y le pidió que detuviera el
    automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimen-
    tado, estaba el sendero campesino de su sueño.
    -Espérame un momento -suplicó-, y echó a
    andar por el sendero, con el corazón latiéndole
    alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuan-
    do el caminito subió enroscándose hasta la cima
    de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos
    detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mis-
    mo anciano del sueño respondió a su impacien-
    te llamada.
    -Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
    -Sí -respondió el hombre-, pero no le acon-
    sejo que la compre. ¡Está casa, hija mía, está fre-
    cuentada por un fantasma!
    -Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo
    Dios, ¿y quién es?
    -Usted -dijo el anciano y cerró suavemente la
    puesta.
    ANÓNIMO


    10. EL CRIMEN PERFECTO

    El crimen perfecto - dijo a la concurrencia el es-
    critor de novelas policíacas- es aquel donde no
    hay a quien perseguir, donde el culpable queda
    sin castigo; es, desde luego, el suicidio.
    RENÉ AVILÉS FABILA



    11. EL ÁNGEL

    La mujer cruzaba la gran plaza en cuyo centro se
    alzaba la columna rematada por una enorme es-
    tatua, un ángel con alas desplegadas que pare-
    cía a punto de volar.
    La mujer solitaria cada mañana ponía en él
    sus ojos admirados, temiendo que en las ráfagas
    de otoño o en las nieblas del frío, desapareciera
    y no le viese más, y aunque sabía que para el
    ángel ella tan sólo era un punto negro en la in-
    mensidad de la plaza desierta, le rogaba la acom-
    pañase en el largo trayecto cotidiano.
    Y fue tal su vehemencia que el ángel la escu-
    chó y entendió su insistente llamada y un día
    descendió de la columna y fue hacia ella con pa-
    sos vacilantes. Ante aquella figura gigantesca con
    las alas abiertas, la mujer sintió nacer la espe-
    ranza de ser correspondida pero al acercarse el
    ángel, vio que tenía los ojos vacíos.
    Aun así, ella le preguntó: "¿Vienes conmigo?!,
    pero el ángel titubeaba, no respondió y poco des-
    pués volvió a su lugar en lo alto de la columna.
    Se quebró el fugaz proyecto de amor: ella sin-
    tió que terminaba su vida y estuvo a punto de
    hundirse en la tierra al comprender que no había
    sido mirada, que el ángel no vio nunca su gesto
    enamorado. Pero pensó en el deber del trabajo
    y en el camino que la esperaba recorrer como
    cada día y se resignó a seguir adelante. Ya nun-
    ca más buscaría el amor, ni el ángel bajaría al
    suelo.
    Los solitarios cruzan la inmensa plaza pero
    ninguno hacia él levanta su mirada; saben que el
    ángel que está allí es ciego, un ángel solitario
    como ellos.
    JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

  • Espíritus de la Noche

    Tu alma, en la tumba de piedra gris
    Estará a solas con sus tristes pensamientos.
    Ningun ser humano te espiará
    A la hora de tu secreto.
    ¡Permanece callado en esa soledad!
    No estás completamente abandonado:
    Los espiritus de la muerte, en la vida te buscan
    Y en la muerte te rodean.
    Te cubrirán de sombras, ¡permanece callado!
    La noche, tan clara, se oscurecerá
    Y las estrellas no mirarán más la tierra,
    Desde sus altísimos tronos en el cielo,
    Con su luz de esperanza para los mortales.
    Pero sus globos rojos apagados,
    En tu hastío, tendrán la forma
    De un incendio y de una fiebre
    Que te poseerán para siempre.
    De tu espíritu no podrás desechar las visiones,
    Que ahora no serán rocío sobre la hierba.
    La brisa, aliento de Dios, es silenciosa,
    Y la niebla sobre la colina,
    Oscura, muy oscura, pero inmaculada,
    Es un simbolo y una señal.
    ¡Cómo se extiende sobre los árboles
    El misterio de los misterios!.

    by Edgar Allan Poe

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