ailani_zyanya
mujer - 23 años, Estado de México, Mexico
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Mensajes de blog con la etiqueta 'amor':
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Para ti juanito
Pues aca esta todo fumado el intento de poema amor, es la primera vez que escribo, espero hacerme entender... porq te mereces lo mejor te adoro
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No tengo palabras para decirte lo que siento por ti…
lo que me haces sentir cuando estamos juntos, o cuando estoy sola
porque es como si permanecieras conmigo, aún después que te has ido…
Hay tanto que te quiero decir…cosas que deseo darte, que nunca quise dar a nadie mas…
pensar que ahora tengo tanto que perder,-pues hay mucho que ganar también- pero prefiero correr el riesgo, antes de quedarme parada y pensar en otra cosa para no arrepentirme…
Y esque que te amo tanto, que cualquier cosa pasada es solo eso
asado. Hemos pasado por mucho, bueno y malo, sin embargo, es lo bueno, lo mágico y lo maravilloso por lo que seguimos aquí… y seguiremos, lo sé, porque algo por lo que te esfuerzas y mantienes vivo debe valer la pena… y es que contigo puedo ser yo, puedo ser muchas cosas, y ser simplemente yo, espero que sientas lo mismo, sé que soy correspondida y por eso te digo: No tengo palabras para decirte lo que siento por ti, cuando estamos juntos o cuando estoy sola, porque tú Juan permaneces conmigo aún después que te has ido…Por ser simplemente tú y todo lo que me das…TE AMO.
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Báilame el agua ( para mi amor):)
Bueno es el poema que le escribe david a maría en la peli, pero está hermoso y te lo dedico. Hay veces que dice lo q sentimos.Te amo
Báilame el agua.
Úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto.
Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor.
Sácame de quicio.
Llévame a pasear atado con una correa que apriete demasiado.
Hazme sufrir.
Aviva las ascuas.
Ponme a secar como un trapo mojado.
No desates las cuerdas hasta que sea tarde.
Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea tuya ni mía, que sea de todos.
Líbrame de mi estigma.
Llámame tonto.
Sacrifica tu aureola.
Perdóname.
Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora.
No me arrastres.
No me asustes.
Vete lejos.
Pero no sueltes mi mano.
Empecemos de nuevo.
Sangra mi labio con sanguijuelas de colores.
Fuma un cigarro para mí.
Traga el humo.
Arréglalo y que no vuelva a estropearse.
Échalo fuera.
Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora.
Sueña retorcido.
Sueña feliz, que yo me encargaré de tus enemigos.
Dame la llave de tus oídos.
Toca mis ojos abiertos.
Nota la textura del calor.
Hasta reventar.
Sé yo mismo y no te arrepentirás.
¿Por cuánto te vendes? Regálame a tus ídolos.
Yo te enviaré a los míos.
Píllate los dedos.
Los lameré hasta que no sepan a miel.
Hasta que no dejen de ser miel.
Sal, niega todo y después vuelve.
Te invito a un café.
Caliente claro.
Y sin azúcar. Sin aliento.
David a María ( “Báilame el agua”)
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sí...¡Señor!
Bueno acá una romanza:La importancia de hablar hablar y atreverse, para después no arrepentirse de lo que hubiera sido y no fué...¿no?
¿Eres tímido, oh tú, que me lees? Porque la timidez es uno de los
martirios ridículos; nos pone en berlina, nos amarra a banco duro. La
timidez es un dogal a la garganta, una piedra al pescuezo, una camisa de
plomo sobre los hombros, una cadena a las muñecas, unos grillos a los
pies... Y el puro género de timidez no es el que procede de modestia, de
recelo por insuficiencia de facultades. Hay otro más terrible: la timidez
por exceso de emoción; la timidez del enamorado ante su amada, del
fanático ante su ídolo.
De un enamorado se trata en este cuento, y tan enamorado. que no sé si
nunca Romeo el veronés, Marsilla el turolense o Macías el galaico lo
estuvieron con mayor vehemencia.
No envidiéis nunca a esta clase de locos. A los que mucho amaron se los
podrá perdonar y compadecer; pero envidiarlos, sería no conocer la
vida. Son más desventurados que el mendigo que pide limosna; más que el
sentenciado que, en su cárcel cuenta las horas que le quedan de vida
horrible... Son desventurados porque tiene dislocada el alma, y les duele a
cada movimiento...
Doble su desdichada si la acompaña el suplicio de la timidez. Y la
timidez, en bastantes casos, se cura con la confianza; pero la hay crónica
e invencible. La hay en maridos que llevan veinte años de unión
conyugal y no se han acostumbrado a tener franqueza con sus mujeres; en
mujeres que, viviendo con un hombre en la mayor intimidad, no se acercan a él
sin temor y temblor... Generalmente, sin embargo, se presenta el
fenómeno durante ese período en que el amor, sin fueros y sin gallardías, se
estremece ante un gesto o una palabra... Y éste era el caso de Agustín
Oriol, perdidamente esclavo de la coquetuela y encantadora condesa
viuda de Dolfos.
Dícese que una viuda es más fácil de galantear que una soltera; pero en
estas cuestiones tan peliagudas, yo digo que no hay reglas ni axiomas.
Cada persona difiere o por su carácter o por el mismo exceso de su
apasionamiento.
Agustín sentía, al acercarse a la condesa, todos los síntomas de la
timidez enfermiza, y mientras a solas preparaba declaraciones abrasadoras,
discursos perfectamente hilados y tan persuasivos que ablandarían las
piedras, lo cierto es que en presencia de su diosa no sabía despegar los
labios; su garganta no formaba sonidos, ni su pensamiento coordinaba
ideas... Todos reconocerán que este estado tiene poco de agradable, y que
Agustín no era dichoso, ni mucho menos.
Vanamente apelaba a su razón para vencer aquella timidez estúpida... Su
razón le decía que él, Agustín Oriol de Lopardo, caballero por los
cuatro costados, joven con hacienda, inteligencia y aptitudes para abrirse
camino, era un excelente candidato a la mano de cualquiera mujer, por
bonita y encopetada que se la suponga... ¿Por qué no había de quererle
la condesa? ¿Por qué, vamos a ver, por qué? Él debía acercarse a ella
ufano, arrogante, seguro de su victoria. Y todas las noches, al retirarse
a su casa, se lo proponía..., y al día siguiente procedía lo mismo que
el anterior. Se insultaba a sí mismo; se trataba de menguado, de necio,
pero no podía vencerse... No podía, y no podía.
De modo que, al año próximamente de un enamoramiento tan intenso que le
ocasionaba trastornos cardíacos, violentos hasta el síncope, Agustín no
había cruzado aún palabra, lo que se dice palabra, con su idolatrada
viuda. Iba a todas partes donde podía encontrarse con ella, pasaba muchas
veces por debajo de sus balcones, se trasladaba a San Sebastián el
mismo día que ella y en el mismo tren..., y aún ignoraría el sonido de su
voz si no hubiese prestado ansioso oído a las conversaciones que ella
sostenía con otras personas...
Por fin, un día -precisamente en San Sebastián- presentose rodada la
ocasión de romper el hielo. Fue en la terraza del Casino, a la hora en
que una muchedumbre elegantemente ataviada respira el aire y escucha o,
por mejor decir, no escucha la música, sino las infinitas charlas, que
hacen otro rumor más contenido y más suave, como de colmena. Agustín
estaba muy próximo a su amada, y devoraba con los ojos el perfil fino,
asomando bajo el sombrero todo empenachado de plumas. Ella le observaba de
reojo, y viéndole tan cerca, de pronto sintió impulsos de dirigirle la
palabra. No era correcto, no era serio, no era propio de una señora...
Bueno. Por encima de las fórmulas sociales están las circunstancias, ¡y
ay de estas irregularidades que todo el mundo comete, cuando a ello le
empuja un fuerte estímulo!...
La viudita no podía menos de haber notado aquella adoración profunda,
continua que la rodeaba como el cuerpo astral al cuerpo visible, y
sentía una curiosidad femenil, ardorosa, el afán de saber qué diría aquel
adorador mudo, que la bebía y la respiraba. Resuelta, con sonriente
afabilidad, con un alarde infantil que disimulaba lo aturdido del
procedimiento, exclamó:
-¡Qué noche tan hermosa! ¿Verdad que es una delicia?
Agustín sintió como si campanas doblasen en su cerebro, no sabía si a
muerte o si a gloria; su sangre giró de súbito, sus oídos zumbaron.... y
con tartajosa lengua, con voz imposible de reconocer, con un acento
ronco y balbuciente, soltó esta frase:
-¡Sí.... señor! ¡Sí..., señor!
Fue como si otro hubiese hablado... Un individuo zumbón, dentro de
Agustín, se reía sardónico, se mofaba de la extravagante respuesta...
¡Acababa de llamar «señor» a la única mujer que para él existía en el mundo!
¡No se le había ocurrido sino tal inepcia! Y ahora, con la lengua seca
y el corazón inundado de bochorno, tampoco se le ocurría más. ¡Qué
había de ocurrírsele! La terraza daba vueltas, el suelo huía bajo sus
pies... Exhaló un gemido ronco, se llevó las manos a la cabeza y,
levantándose, tambaleándose, huyó sin volver la vista atrás. Aquella noche pensó
varias veces en el suicidio.
A la mañana siguiente, sintiéndose incapaz de presentarse de nuevo ante
la que ya debía despreciarle, salió para Francia en el primer tren.
Estuvo ausente muchos años. En ellos no volvió a saber de su adorada. Un
día leyó en un periódico que se había casado. Todavía la noticia le
causó grave pena. Después lentamente, fue olvidando, nunca del todo.
Habían corrido cerca de cuatro lustros. Las canas rafagueaban el negro
cabello de Agustín, cuando en uno de sus viajes entró una señora con
dos señoritas en el mismo departamento. Agustín la reconoció.... y aún su
corazón (del cual padecía) le avisó de que era ella; muy cambiada, muy
envejecida, pero ella.
¿Fue reconocido Agustín? No se sabe. Lo cierto es que se trabó
conversación entre ambos viajeros, y que esta vez no habiendo el estorbo de un
amor tan insensato, Agustín charló sin recelo, y las horas corrieron
sin sentir. La viajera habló de su juventud, y murmuró confidencialmente:
-De cuantos homenajes han podido tributarme, el que más agradecí,
porque era el más sincero, consistió en que un joven, que me seguía como mi
sombra, me contestase, al dirigirle yo por primera vez la palabra: «Sí,
señor...» ¿Comprende usted? Era tal su aturdimiento, que no acertó a
decir otra cosa... Los requiebros más entusiastas no pueden halagar tanto
a una mujer como una turbación, que sólo puede interpretarse como señal
de pasión verdadera...
-¿De modo... que usted no se rió de aquel hombre? -preguntó Agustín.
-Al contrario... -respondió la señora, con acento en que parecía
temblar una lágrima.
Emilia Pardo Bazán