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Blog / CBA_ Los HECHOS de los APÓSTOLES_ Capitulo 1

jueves, 8 de julio del 2010 a las 18:14

Los HECHOS de los APÓSTOLES
CAPÍTULO 1
1 Cristo reúne a sus apóstoles en el monte de los Olivos para que contemplen su ascensión, y les ordena que permanezcan en Jerusalén hasta que reciban el cumplimiento de la promesa del envío del Espíritu Santo, con cuyo poder deben testificar de él hasta lo más apartado de la tierra. 9 Cuando Cristo ascendió, dos ángeles aconsejaron a los discípulos que tuvieran en mente su segunda venida. 12 Los discípulos regresara a Jerusalén y, dedicándose a la oración, escogen a Matías como sucesor de Judas.
1 EN EL primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,
2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido;
3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.
4 Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.123
5 Porque ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.
6 Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?
7 Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad;
8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
9 Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.
10 Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas,
11 los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.
12 Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo.*
13 Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo.
14 Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.
15 En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (y los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo:
16 Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús,
17 y era contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio.
18 Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron.
19 Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir, Campo de sangre.
20 Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su habitación, Y no haya quien more en ella; Y 'Tome otro su oficio'.
21 Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros,
22 comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.
23 Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre justo, y a Matías.
24 Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido,
25 para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar.
26 Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles.

Comentario bíblico adventista
Tomo 6
Los HECHOS de los APÓSTOLES
1.
Primer.
Esto indica que la obra que así comienza es la segunda parte de otra anterior. Es evidente que el Evangelio según Lucas es ese "primer tratado" (t. V, p. 649).
Teófilo.
Ver com. Luc. 1: 3.
Todas.
El Evangelio de Lucas es un relato esencialmente completo de "todas las cosas desde su origen" (Luc. 1: 3). Lucas registra los hechos principales, pero no todos los detalles (p. 118). Esto puede verse al comparar el Evangelio de Lucas con el de Juan, el cual contiene mucha información omitida por Lucas; sin embargo, Juan también omite muchas cosas (Juan 20: 30; 21: 25). En las Escrituras la palabra "todo" o "todas" muchas veces se emplea en un sentido general (Mat. 2: 3; 3: 5; Hech. 2: 5; 12: 11; Rom. 11: 26; Col. 1: 6; 1 Tim. 1: 16; Sant. 1: 2).
Comenzó.
Del Gr. árjomai, "comenzar"; verbo característico del Evangelio de Lucas, donde aparece 31 veces. La presencia de este verbo en Hechos proporciona una evidencia 124 espontánea de que Lucas fue el autor de este libro. La obra del Evangelio que Jesús comenzó personalmente es llevada adelante en el libro de Hechos por el mismo Jesús mediante la obra del Espíritu Santo en la iglesia.
A hacer y a enseñar.
Jesús fue "poderoso en obra y en palabra" (Luc. 24: 19). Las obras a que se hace referencia son sus milagros (Hech. 10: 38). Tanto las palabras como las obras de Jesús tenían autoridad y poder (ver com. Luc. 4: 32). El autor insinúa que esta doble característica también debe encontrarse en el libro que está por escribir.
2.
Hasta el día.
Es decir, a los 40 días de su resurrección (vers. 3).
Fue recibido arriba.
La forma pasiva del verbo que se emplea en los vers. 9 y 11 y en Luc. 24: 51, indica que la ascensión de Jesús fue una manifestación del poder del Padre.
Después de haber dado mandamientos.
Se refiere especialmente a la comisión evangélica dada por nuestro Señor (Mat. 28: 18-20).
Por el Espíritu Santo.
Esta expresión puede entenderse en el sentido de que el Espíritu Santo guiaría a los discípulos a toda verdad (Juan 16: 13), o que Jesús, tanto antes como después de su crucifixión, habló como uno que estaba poseído por el Espíritu Santo. Debe entenderse lo segundo, pues todo lo que tiene que ver con la vida terrenal de Cristo fue hecho por el poder del Espíritu: (a) su concepción (Luc. 1: 35); (:) su bautismo (cap. 3: 21-22); (c) su justificación, es decir, la manifestación de su vida justa (1 Tim. 3: 16); (d) su comportamiento en su vida de servicio (Luc. 4: 1; ver com. cap. 2: 49); (e) sus milagros (Mat. 12: 28); (f) su resurrección (1 Ped. 3: 18).
Apóstoles.
Gr. apostolos, "enviado"; de la preposición apó, "de", "desde", y el verbo stéllÇ, "colocar", "mandar". El verbo apostéllÇ significa "despachar", "enviar". El verbo y el sustantivo son inseparables. En el griego clásico, la palabra apóstolos frecuentemente se refiere al despacho de una nave o de una expedición naval; también se emplea para designar al comandante de un escuadrón o a un embajador. Estas dos aplicaciones generales a cosas y a personas aparecen también en el griego koiné. Por ejemplo, un papiro egipcio del siglo II o III d. C. habla de la "cuenta de la nave [apóstolos] de Triadelfo" (J.H. Moulton and G. Milligan, The Vocabulary of the Greek New Testament, p. 70). Los papiros también muestran que el significado de la palabra se transmitió de la nave a su carga, pues esta también era "enviada". Se denominaba apóstolos tanto a la carga como a los documentos que representaban a la nave y a su carga. De modo que apóstolos podía referirse a la orden de despacho de una nave, a un conocimiento de embarque, o aun al permiso de exportación. Al mismo tiempo, tanto en el koiné como en el griego clásico, la palabra apóstolos podía referirse a una persona, como la emplea Josefo para designar a los embajadores enviados por los judíos a Roma (Antigüedades, xvii. 11. 1).
Sin embargo, ninguno de estos usos parece aclarar directamente el origen del empleo de la palabra "apóstol" tal como la usaban los cristianos primitivos. Pablo es el primer autor del NT que empleó este vocablo (1 Tes. 2: 6), y aparentemente lo usó como un término exacto para designar a un grupo específico de hombres que con autoridad ejercían funciones generalmente reconocidas en la iglesia (1 Cor. 4: 9; 9: 1-2). El hecho de que en los primeros escritos de la literatura cristiana ya se diera por sentado el sentido específico de la palabra, sugiere que ya se la había empleado antes. Lucas y Juan utilizaron la palabra apóstolos cuando escribieron en griego, años después de la muerte de Jesús (Luc. 6: 13; 11: 49; Juan 13: 16 ["el enviado"]). Parece que la función del apóstol en la iglesia primitiva surgió de la ordenación y comisión de los doce discípulos por Jesús.
Cuando Jesús designó a sus discípulos como "apóstoles", probablemente empleó la palabra aramea shelijá', equivalente del participio hebreo shalúaj, "enviado". Parece que estas palabras tuvieron un uso específico tanto entre los judíos como entre los cristianos. En la literatura rabínica se emplea la palabra shalúaj, más comúnmente con la grafía shalíaj, para designar a diversos mensajeros autorizados. Justino Mártir (c. 146 d. C.) escribió que los judíos enviaban mensajeros por todo el mundo hablando blasfemias contra Cristo (Diálogo con Trifón 17. 108). Eusebio, historiador eclesiástico del siglo IV, declaró que documentos que ya eran antiguos en su tiempo registraban que los sacerdotes y ancianos de los judíos enviaban hombres por todo el mundo para predisponer a su pueblo en contra del cristianismo. Llama "apóstoles" a esos judíos, y dice que en su propio tiempo 125 viajaban por toda la diáspora llevando cartas encíclicas (Comentarios a Isaías xviii. 1, 2). Epifanio (m. 403 d. C.) registra que esos "apóstoles" consultaban con los principales judíos y viajaban entre los judíos fuera de Palestina, restableciendo la paz en congregaciones desorganizadas y recogiendo diezmos y primicias, funciones muy parecidas a las del apostolado de Pablo (Hech. 11: 27-30; Rom. 15: 25-28; 1 Cor. 16: 1; Epifanio, Contra herejías i. 2., Herejía xxx. 4. 11). El Código de Teodosio (438 d. C.) señala: "Como parte de esta inútil superstición, los judíos tienen jefes de sus sinagogas, o ancianos, o personas a quienes llaman apóstoles, que son designados por el patriarca en cierta temporada para recolectar oro y plata" (Código de Teodosio xvi. 8. 14).
Por lo tanto, aunque no puede probarse que en los tiempos del NT ya se usaba la palabra apóstolos para designar a los mensajeros judíos que iban a los de la diáspora, la evidencia sugiere que así ocurría, y que el uso que la iglesia primitiva le dio a esta palabra se derivó de un uso similar entre los judíos.
Que había escogido.
Cf. Mar. 3: 13-19.
3.
Se presentó vivo.
Ver Nota Adicional de Mat. 28.
Pruebas indubitables.
Gr. tekm'rion, "prueba decisiva o convincente". Estas pruebas eran una demostración segura y no evidencias circunstanciales. Las "pruebas indubitables" fueron las apariciones de Cristo después de su resurrección, no los milagros que los discípulos habían visto hacer a Jesús (cap. 2: 22). Confirmaban el milagro culminante de la resurrección. Estas pruebas consistieron en: (1) que comiera y bebiera con los discípulos (Luc. 24: 41-43; Juan 21: 4-13); (2) su cuerpo real, el cual Jesús permitió que ellos tocaran (Mat. 28: 5-9; Juan 20: 27); (3) sus repetidas apariciones visibles, incluso su aparición ante 500 personas reunidas (Mat. 28: 7, 10, 16-17; Luc. 24: 36-48; Juan 20: 19-29; 1 Cor. 15: 6); (4) sus instrucciones en cuanto a la naturaleza y las doctrinas del reino (Luc. 24: 25-27, 44-47, Juan 20: 17, 21-23; 21: 15-17; Hech. 1: 8). La certeza de la resurrección dio poder dinámico al mensaje de los apóstoles (Hech. 2: 32, 36-37; 3: 15; 4: 10; 5: 28, 30-33). Esta fue la base del poderoso argumento de Pablo acerca de la certeza de la resurrección corporal de los redimidos (1 Cor. 15: 3-23).
Cuarenta días.
Jesús no permaneció con ellos en forma continua, sino que se manifestó repetidas veces durante el período posterior a la resurrección (ver Nota Adicional de Mat. 28). No hay ninguna contradicción entre estos 40 días y el relato sumamente breve de Lucas en su Evangelio (Luc. 24).
Acerca del reino de Dios.
Esta frase abarca: (1) la interpretación correcta de las profecías mesiánicas (Luc. 24: 27, 44-45); (2) la extensión de la misión de la iglesia en todo el mundo y la admisión de los salvados al reino por medio del bautismo (Mat. 28: 19); (3) la promesa de poder sobrenatural y de protección divina (Mar. 16: 15-18); y (4) la promesa de la presencia perpetua de Cristo en su iglesia (Mat. 28: 20). Ver com. Mat. 4: 17; 5: 3.
4.
Estando juntos.
Gr. sunalízÇ, que literalmente significa "poner sal juntos", y en consecuencia, "comer juntos" o "reunirse". Es posible que se refiera a una reunión realizada en Galilea (Mat. 28: 16-18), pues la última que tuvieron, cuando los discípulos vieron ascender a Jesús, no aparece hasta Hech. 1: 6.
No se fueran de Jerusalén.
Debían regresar a la capital, lugar donde tantas veces el Salvador había ministrado, y donde finalmente sufrió, fue sepultado, y resucitó. Allí sus discípulos serían investidos de poder y desde ese lugar debían comenzar a dar su testimonio (HAp 25-26).
Que esperasen.
Cf. Luc. 24: 49. La tarea que aguardaba a los discípulos no podía llevarse a cabo empleando sólo medios humanos. Debían esperar (1) hasta el momento designado, (2) en el lugar designado, en Jerusalén, el sitio de mayor peligro y de mayores oportunidades. Los discípulos debían esperar y no irse a pescar, como lo habían hecho Pedro y algunos otros poco antes (Juan 21: 3). Debía haber (1) una expectativa reverente del gran poder de Dios; (2) un profundo anhelo de recibir ese poder y de estar preparados para recibirlo; y (3) una oración ferviente y unánime para que Dios cumpliera su promesa.
La promesa del Padre.
Es decir, la promesa del don del Espíritu Santo (Juan 14: 16; 16: 7-13).
De mí.
La promesa fue pronunciada por Jesús, pero su cumplimiento vendría conjuntamente del Padre y del Hijo (Juan 14: 16, 26; 15: 26; 16: 7-15).
5.
Juan ciertamente bautizó.
Juan el Bautista (Mat. 3: 1-11).
Con el Espíritu Santo.
Esa clase de bautismo 126 había sido prometida por Juan el Bautista (Mat. 3: 11). La promesa (Hech. 1: 4) era de un bautismo no con agua (ver com. Mat. 3: 6, 11), sino con el Espíritu, "no muchos días" después de que la promesa fuera dada, es decir, en Pentecostés.
6.
Se habían reunido.
Se habían reunido en Jerusalén, en obediencia a la voluntad del Señor (vers. 4) y por acuerdo mutuo. Jesús mismo estuvo con ellos, aunque no se menciona ninguna aparición inesperada o sobrenatural. Esta fue la última reunión de los discípulos con su Señor, porque ocurrió el día de la ascensión (Mar. 16: 19; Luc. 24: 50-51; 1 Cor. 15: 7).
Le preguntaron.
Mejor "le preguntaban", pues el tiempo del verbo en griego sugiere una acción repetida.
¿Restaurarás el reino?
Mejor "en este tiempo, ¿restauras el reino?" O también, ¿Es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?" (BJ). Los discípulos aún no comprendíais la naturaleza del reino de Cristo. El no había prometido el tipo de restauración que ellos esperaban (ver com. Luc. 4: 19). Pensaban que Jesús "había de redimir a Israel" (Luc. 24: 21) es decir, liberarlo de los romanos. Pedro y los otros discípulos descubrieron una redención diferente en Pentecostés (Hech. 2: 37-39). La ascensión y la experiencia en el día de Pentecostés les dieron una nueva comprensión. Finalmente entendieron la naturaleza espiritual del reino de su Señor.
Los judíos sentían una fervorosa esperanza mesiánica. En los Salmos de Salomón, obra apócrifa escrita poco antes de la era cristiana (t. V, p. 90), se repite con frecuencia esta idea. La siguiente plegaria es típica. "Mira, oh Señor, y suscítales su rey, el hijo de David, en el tiempo que tú veas, oh Dios, que pueda reinar sobre Israel tu siervo. Y cíñelo de fuerza, para que pueda hacer añicos a los poderes impíos y purificar a Jerusalén de las naciones que la pisotean y la destruyen... Y él purificará a Jerusalén, y la santificará como en tiempos de antaño, para que las naciones vengan desde los confines de la tierra a ver su gloria, trayendo como regalos a sus Hijos que habían desmayado y para ver la gloria del Señor con la cual Dios la ha glorificado" (Salmos de Salomón, 17: 23-35). Pensamientos tales muy bien podrían haber inducido a los discípulos a esperar que hubiera llegado el tiempo para el establecimiento del reino prometido, lo cual motivó su pregunta.
Israel.
Hasta este momento los discípulos aún no habían captado el concepto del reino espiritual para todas las naciones (Mat. 8: 11-12), compuesto del verdadero Israel con el corazón circuncidado (Rom. 2: 28-29). Tampoco comprendían que cuando la nación judía rechazó a Jesús se había separado de la raíz y del tronco del verdadero Israel, en el cual los conversos cristianos, fueran judíos o gentiles, debían ser injertados (Rom. 11). Es evidente que aún esperaban que se estableciera el reino mesiánico de David, en la monarquía en Judá, en el pueblo judío literal. Ver t. IV, pp. 28-38.
No presenta dificultad alguna el hecho de que los discípulos emplearan la palabra "Israel" para referirse a "Judá". Es verdad que con frecuencia se emplea el nombre "Israel" para designar a las diez tribus del norte y distinguirlas de Judá; pero también se aplica muchas veces al conjunto de las doce tribus y aun a Judá específicamente, así como al pueblo escogido de Dios sin ninguna distinción de tribu (ver com. Isa. 9: 8). El contexto debe indicar el sentido en todos los casos. Por lo tanto, no es sorprendente que en el NT siempre encontremos que se aplica el nombre "Israel" a toda la nación judía. Aunque los judíos de ese tiempo eran mayormente de la tribu de Judá, les pertenecía la sucesión directa y legítima no sólo por ser de la provincia postexílica de Judá (que era la continuación del anterior reino de Judá), sino también de la nación de Israel originalmente unida.
Los judíos de los dias de Cristo eran los herederos de la antigua teocracia que había sido gobernada por la dinastía davídica instituida por Dios, centrada en el culto del templo divinamente ordenado y fundada sobre el pacto nacional entre Dios y su pueblo escogido. Pablo llama a sus compatriotas judíos "israelitas", de los cuales, según la carne, eran "la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo" (Rom. 9: 4-5; cf. vers. 3; ver cap. 3: 1-2; 11: 1).
Por lo tanto, no era irrazonable que los discípulos creyeran que las profecías y las promesas que habían sido dadas al Israel de la antigüedad pertenecieran a los judíos, sucesores del antiguo reino davídico, y no al "Israel" de las diez tribus del norte que se habían 127 separado de la casa de David; pues esas tribus no sólo se habían separado de Judá, sino también del templo y del verdadero culto a Dios, y por lo tanto del pacto nacional. A la realidad de la herencia monárquica de Judá se sumaba el hecho de que esta nación, desde el momento cuando se produjo la separación en los días de Jeroboam, había asimilado a muchos miembros de las diez tribus del norte que deseaban permanecer leales a Jehová (2 Crón. 11: 13-16; 15: 9; cf. cap. 16: 1). Estos hechos explican el uso repetido del término Israel para designar al reino de Judá, y, después del cautiverio, a la comunidad judía reconstituida como provincia de Judá, a la cual pertenecían todos aquellos que habían regresado del exilio, sin importar de qué tribu eran (Esd. 2: 70; 3: 1; 4: 3; 6: 16-17, 21; 7: 7, 13; 8: 29; 9: 1; 10: 5; Neh. 1: 6; 9: 1-2; 10: 39; 11: 3, 20; Eze. 14: 1, 22; 17: 2, 12; 37: 15-19; Dan. 1: 3; Zac. 8: 13; Mal. 1: 1).
Además, la nación judía del tiempo de Jesús representaba a las otras tribus de Israel, no sólo en población (Luc. 2: 36) sino también en territorio (t. V, pp. 47-48). Las siguientes personas emplearon el término "Israel" para designar a la nación judía: Juan el Bautista (Juan 1: 31), Simeón (Luc. 2: 32, 34), Jesús (Mat. 8: 10; Luc. 7: 9; Juan 3: 10), los discípulos y otros habitantes de Judea (Mat. 2: 20-22; 9: 33; Luc. 24: 21; Hech. 1: 6; 2: 22-23; 3: 12; 4: 8, 27; 5: 31; 21: 28), Gamaliel (Hech. 5: 35), Lucas (Luc. 1: 80) y Pablo (Hech. 13: 16-17, 23-24; Rom. 9: 4, 6, 31; 11: 1; 1 Cor 10: 18; 2 Cor. 11: 22; Fil. 3: 5).
De modo que estos discípulos continuaban buscando el reino mesiánico profetizado para Israel como restauración de la soberanía nacional judía. El reino del Mesías sin duda habría pertenecido a los judíos si no hubieran perdido su derecho al rechazar al Hijo de David, porque les ofreció un reino de justicia universal en vez de un reino establecido mediante una victoria judía. El rechazo de la nación judía como pueblo escogido, privilegio que desde el comienzo había sido condicional (Exo. 19: 5-6; Jer. 18: 6-10; Mat. 8: 11-12; 21: 33-45), era demasiado reciente como para que los discípulos ya lo comprendieran. Bien sabían que el antiguo reino del norte de Israel se había separado definitivamente del verdadero Israel del pacto, excepto en la medida en que sus miembros individualmente prefirieran unirse de nuevo al pueblo escogido. Lo que aún no comprendían era que la nación judía, por haber rechazado el gobierno del Hijo de David, ya no era más el pueblo escogido, aunque individualmente los judíos podían ser injertados en el tronco del verdadero Israel, la iglesia de Jesucristo (t. IV, pp. 27-40), en quien no hay distinciones de raza, nacionalidad, ni jerarquía (Gál. 3: 28-29; Col. 3: 11).
7.
Les dijo.
Cristo no respondió directamente a la pregunta de sus discípulos, sino que llamó su atención a la obra que tenían que hacer.
Los tiempos o las sazones.
Gr. jrónos y kairós. Jrónos se refiere sencillamente, en forma general, al "tiempo" cronológico; kairós se aplica a momentos específicos o culminantes en el tiempo, con énfasis en lo que acontece. Por lo tanto, cuando Jesús habla de "tiempos" se refiere, según parece, a la sucesión aparentemente interminable de los siglos, y cuando habla de "sazones" se refiere a los acontecimientos culminantes que ocurrirán al fin del siglo o mundo (ver com. Mat. 24: 3). Es como si les hubiera dicho: "No les corresponde a ustedes saber ni la fecha, ni la forma exacta del establecimiento del reino". Jesús, como hombre entre los hombres, no sabía ni el día ni la hora de su venida (ver com. Mat. 24: 36). Hay aquí una suave reprensión para los que (1) no están todavía listos para recibir un conocimiento pleno (Juan 16: 12), pero que (2) saben lo suficiente para poder llevar a cabo la comisión de su Señor (Mat. 28: 19-20), y (3) se dejan guiar por señales y por el Espíritu (Mat. 24: 32-33; Mar. 16: 17-18; Juan 16: 13).
En su sola potestad.
Mejor "ha fijado con su propia autoridad". La palabra griega que se traduce "potestad" o "autoridad" es exousía, y no dúnamis, el "poder" o "capacidad" del vers. 8 (ver com. Juan 1: 12). Dios no es siervo del tiempo; es su Amo. Su conocimiento trasciende al tiempo, porque es omnisapiente, sabe todas las cosas (Sal. 139: 1-6; Prov. 15: 3; Heb. 4: 13). Su conocimiento previo es una prueba de su deidad (Isa. 46: 9-10). El comparte lo que quiere con los que le sirven (Deut. 29: 29; Sal. 25: 14; Juan 15: 15; 16: 25).
8.
Poder.
Gr. dúnamis, "fuerza", "capacidad", "poder" (ver com. Juan 1: 12). La palabra "dinamita" deriva de dúnamis. Lucas se refiere al poder sobrenatural que reciben únicamente aquellos sobre quienes desciende el Espíritu Santo (ver com. Luc. 1: 35; 24: 49). 128
Este poder es para testifican Proporciona (1) poder interior, (2) poder para proclamar el Evangelio, (3) poder para llevar a otros a Dios. Por medio de sus discípulos, llenos de este poder, Jesús continuaría la obra que había comenzado en la tierra, y se harían obras aún mayores (Juan 14:12). El testimonio presentado por el Espíritu sería una señal distintiva de la iglesia cristiana.
Testigos.
Gr. mártus, el que corrobora o puede ratificar lo que él mismo ha visto u oído, o sabido de cualquier otra manera. La palabra aparece 13 veces en los Hechos. Como "testigos", los apóstoles sabían que Jesús era el Mesías de la profecía y el Redentor de la humanidad. También podían dar testimonio de su promesa de volver. Como testigos, los discípulos fueron el primer y más importante eslabón de evidencia visible entre el Señor crucificado, resucitado y ascendido, y el mundo; el cual, por medio del testimonio de ellos, podría llegar a creer (ver com. Juan 1: 12). Juan escribió: "Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos" (1 Juan 1:3). A los seguidores de Cristo también se les pide hoy que den un testimonio personal de las obras y enseñanzas de Jesús, del propósito de Dios de salvar al mundo por medio de su Hijo, y de la eficacia del Evangelio en su propio corazón. No puede darse un testimonio más convincente. Sin una experiencia personal no puede haber un verdadero testimonio cristiano. La valiente afirmación de Pedro después de la curación del cojo (Hech. 4: 10), es un excelente ejemplo de testificación en los tiempos apostólicos.
En Jerusalén.
El plan divino era que el pueblo escogido tuviera la primera oportunidad de beneficiarse con el ministerio de los apóstoles (ver com. Luc. 14: 21-24). Durante ese breve período, miles de judíos creyeron (Hech. 2: 41, 47; 4: 4, 32-33; 5: 14; 6: 1, 7; Material Suplementario de EGW sobre el cap. 2: 1, 4, 14, 41). Cuando los judíos desecharon este privilegió y apedrearon a Esteban (cap. 7), las buenas nuevas fueron llevadas a campos más lejanos.
En Samaria.
Los samaritanos eran un pueblo mezclado, siempre enemistados con los judíos (ver com. Juan 4: 9). Con referencia al ministerio personal de Jesús para el pueblo de Samaria, ver com. Luc. 10: 1, 33; 17: 16; Juan 4: 39-42. Después del apedreamiento de Esteban, recibieron en primer lugar la visita del diácono Felipe (Hech. 6: 5; 8: 5), después la de Pedro y de Juan, quienes fueron a ayudar a Felipe (cap. 8: 14). Hubo una buena cosecha de almas en Samaria.
Lo último de la tierra.
Los discípulos debían ir "por todo el mundo" (Mar. 16: 15), "a todas las naciones" (Mat. 24: 14). La obra mundial la comenzaron representantes del Evangelio esparcidos en diferentes lugares, quienes predicaron a los judíos de Fenicia, Chipre y Antioquía de Siria (Hech. 8: 4; 11: 19), y Saulo de Tarso en Siria y Cilicia (Hech. 9: 15, 30; 11: 25; Gál. 1: 21, 23). Poco después se extendió gracias a los extraordinarios viajes misioneros de Pablo (Hech. 13 a 28). Pablo se sintió movido a afirmar que en sus días el Evangelio se predicaba "en toda la creación que está debajo del cielo" (Col. 1: 23; cf. Tito 2: 11). En contraste con la comisión que Cristo dio por primera vez cuando envió a los doce (ver com. Mat. 10: 5-6), esta obra no debía ser nacional sino universal. Lo que Lucas describe en el libro de Hechos es el comienzo de esta obra mundial. Este libro no es una colección de biografías de los apóstoles, ni siquiera de ciertos apóstoles, ni tampoco trata exclusivamente de los apóstoles, sino de lo que hacían todos los creyentes para proclamar el Evangelio "hasta lo último de la tierra". Cuando esta obra finalmente sea terminada, Cristo vendrá (Mat. 24:14).
Lucas presenta aquí el bosquejo del libro de Hechos: La proclamación del Evangelio en (1) Jerusalén y Judea (cap. 1 a 7), (2) en Samaria (cap. 8 a 10), y (3) hasta lo último de la tierra (cap. 11 a 28).
9.
Y habiendo dicho estas cosas.
Ver com. Luc. 24: 50.
Viéndolo ellos.
Ningún creyente había visto al Salvador resucitar de entre los muertos, pero se les permitió a los once discípulos y a la madre de Jesús (PE 191) que lo vieran ascender al cielo. De este modo se convirtieron en testigos fidedignos de la realidad de la ascensión.
Fue alzado.
Aquí se relata la ascensión como un sencillo hecho histórico. En lo que resta del NT no se lo menciona a menudo, pero se acepta este hecho implícitamente como una verdad cardinal del cristianismo histórico. Jesús la había predicho (Juan 6: 62), Pedro habló nuevamente de ella (Hech. 3: 21), y más tarde Pablo se refirió a la misma (1 Tim. 3: 16). La ascensión fue una culminación apropiada del ministerio terrenal de Cristo. 129 Nuestro Salvador había descendido del cielo para efectuar la salvación del hombre (Juan 3: 13, 15). Cuando concluyó su obra terrenal, decidió regresar a su hogar celestial (Juan 14: 2) para mediar entre Dios y el hombre (1 Tim. 2: 5; Heb. 7: 25; 8: 1-2, 6; 1 Juan 2: 1) hasta su segunda venida (Juan 14: 3).
Una nube.
Esta nube era una hueste de ángeles (cf. DTG 771). Cristo regresará del mismo modo: "sobre las nubes" (Mat. 24: 30; 26: 64; Apoc. 1: 7). Innumerables multitudes de ángeles acompañarán a su Señor cuando venga en gloria (Mat. 25: 31). Jesús volverá en la misma forma en que se fue (Hech. 1: 11).
Le ocultó de sus ojos.
Literalmente "lo recibió de los ojos de ellos".
10.
Los Ojos puestos en el cielo.
Mejor "estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba" (BJ). Jesús ascendió gradualmente. No hubo una desaparición repentina como en Emaús (Luc. 24: 31).
Se pusieron junto a ellos.
Mejor "se habían puesto junto a ellos"; ya estaban allí cuando los discípulos advirtieron su presencia.
Dos varones.
Con referencia a la identidad uno de estos dos ángeles, ver com. Luc. 1: 19. Si bien se los llama "varones", pues aparecieron en forma humana, eran ángeles (DTG 771-772). Compárese con los dos ángeles vestidos de blanco que saludaron a María en la tumba (Juan 20: 12-13), uno de los cuales es llamado "un joven" (Mar. 16: 5).
Vestiduras blancas.
Lucas describe en su Evangelio a los ángeles que anunciaron la resurrección como "dos varones con vestiduras resplandecientes" (Luc. 24: 4). Ver también Hech. 10: 30; cf. cap. 11: 13.
11.
Varones galileos.
Todos los discípulos, a excepción quizá de Judas (ver com. Mar. 3: 19), eran oriundos de Galilea, y se conocían por su habla galilea (cf. Mat. 26: 73; ver com. Hech. 4: 13). Pero los ángeles conocían a estos hombres sin necesidad de que hablaran, así como conocen la vida de otros seres humanos (cf. cap. 10: 3-6).
¿Por qué estáis mirando?
Los discípulos, extasiados, parecían ser incapaces de apartar la vista del lugar donde su amado Maestro había desaparecido. Los dos ángeles rompen el hechizo con una pregunta: el que ha ascendido es Dios Hijo, os ha dicho sus planes, y volverá otra vez: "¿por qué estáis mirando al cielo?" El os ha dado una obra que hacer como preparación para su retorno. Compárese con la pregunta del ángel después de la resurrección: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?" (Luc. 24: 5). Sin embargo, en cierto sentido los cristianos siempre deberían estar mirando al cielo (cf. Fil. 3: 20).
Este mismo Jesús.
El mismo Jesús a quien los discípulos habían conocido íntimamente durante los tres años y medio que acababan de transcurrir. Aunque había resucitado y ascendido al cielo como el Hijo de Dios, aún retenía su naturaleza humana (DTG 14-17).
Así vendrá.
Como suceso histórico, la segunda venida de Cristo está indisolublemente ligada a otros acontecimientos históricos: su resurrección y su ascensión. Las Escrituras revelan a: (1) Cristo el Creador (Col. 1: 16; Heb. 1: 2; ver. com. Juan 1: 1-3); (2) Cristo el encarnado (Fil. 2: 7; Heb. 2: 14-15; ver com. Juan 1: 14); (3) Cristo el crucificado (Hech. 17: 3; 1 Cor. 15: 3-4; ver com. Mat. 27: 31-56; Juan 19: 17-37); (4) Cristo el resucitado y ascendido al cielo (Rom. 1: 3-4; 1 Cor. 15: 3-22; ver com. Mat. 28: 1-15; Juan 20: 1-18, Mar. 16: 19-20; Luc. 24: 50-53; Hech. 1: 9-11); (5) Cristo el Intercesor (Heb. 4: 14-16; 7: 22; 1 Juan 2: 1); (6) Cristo el rey que viene (Mat. 24: 30; Apoc 11: 15; 19: 11-16; ver com. Mat. 25: 31). Estas revelaciones constituyen una presentación en conjunto del Hijo de Dios en fases relacionadas de su gran obra redentora. En todas ellas, él es el "mismo Jesús", "el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb. 13: 8).
Según esa promesa, la venida de Jesús deberá ser: (1) personal: "este mismo Jesús (DTG 771-772); visible: "como le habéis visto ir"; (3) acompañada de nubes: "una nube... lo ocultó"; (4) segura: "así vendrá". Esta sencilla aunque solemne promesa de los consejeros angélicos le imprime a la doctrina de la segunda venida de Cristo una completa certeza, asegurada por la realidad de la ascención. Todo -acontecimiento y promesa- es verdad, o ninguno de los dos lo es. Sin la segunda venida de Cristo, toda la obra anterior del plan de redención sería tan vana como lo sería la siembra y el cultivo sin la cosecha.
12.
Volvieron.
Los discípulos se alejaron de la cruz profundamente tristes y completamente frustrados. Después de cada aparición del Maestro resucitado, quedaban perplejos aunque esperanzados. Sin embargo, ahora, después de haber visto que su Señor ascendía al cielo, volvieron con gozo y con la firme 130 seguridad de que volvería.
A Jerusalén.
Obedeciendo la orden del vers. 4.
Del Olivar.
El lugar de la ascensión. El monte de los Olivos está al este de Jerusalén, aproximadamente a mitad de camino a Betania (ver com. Mat. 21: 1). Betania queda a unos 15 estadios (Gr. stádion, t. V, p. 52), o sea a unos 3 km de Jerusalén (1 Juan 11: 18). Lucas explica que después de la última reunión con los discípulos en Jerusalén, Jesús "los sacó fuera hasta Betania" (Luc. 24: 50); lo hizo posiblemente porque quería estar otra vez en un lugar que le era familiar y que tanto amaba. Desde allí, recorriendo un corto camino sobre "el monte que se llama del Olivar", llegarían de regreso Jerusalén.
Camino de un día de reposo.
Esta frase sólo aparece aquí en la Biblia; indica la distancia que había entre Jerusalén y el monte de los Olivos (ver com. Exo. 16: 29; t. V, p. 52). Josefo registra que la distancia era de 5 ó 6 estadios (Antigüedades xx. 8. 6; Guerra v. 2. 3), o sea poco más de un kilómetro. La Mishnah concuerda con estas cifras, porque dice que el "límite sabático" era de 2.000 codos: "Si un hombre salía [más allá del límite sabático] para hacer algo permitido [dar testimonio de la luna nueva o salvar una vida] y entonces se le decía que esa acción ya se había realizado, tiene el derecho de moverse dentro de dos mil codos en cualquier dirección; si estaba dentro del límite sabático es como si no hubiera salido, porque cualquiera que sale para librar [a uno que está en peligro] puede volver a su lugar [de donde partió]" (Erubin 4. 3). Había maneras para superar los inconvenientes causados por ese límite: "Si un hombre estaba de viaje [a su casa] y lo sorprendía la noche, y reconocía un árbol o un cerco y decía, 'sea mi lugar de descanso sabático debajo de él, no ha dicho nada; pero si dijera: 'sea mi lugar de descanso sabático en su raíz, puede caminar desde donde está hasta su raíz [hasta la distancia de] dos mil codos y desde su raíz a su casa [hasta la distancia de] dos mil codos. De este modo puede viajar cuatro mil codos después de que haya oscurecido. Si no reconoce [ningún árbol o cerco]... y dice: 'Sea mi lugar de descanso sabático donde estoy parado', su posición le da el derecho a caminar hasta dos mil codos en cualquier dirección como [si estuviera] en un círculo... Pero los sabios dicen: como [si estuviera] en un cuadrado, como una tablilla cuadrada, para que aproveche el beneficio de las esquinas" (Mishnah, Erubin 4. 7-8).
"Los sabios no han ordenado la regla del límite sabático para añadir restricciones, sino para que sean menos rigurosas" (Erubin 5. 5). Se dice que el origen del límite de los dos mil codos puede hallarse en la tradición de que la distancia desde la tienda más apartada del campamento de Israel, en el desierto, hasta la tienda de la reunión o tabernáculo (Núm. 35: 5), era la mayor distancia que podía caminar un hebreo sin que se dijera que había salido de su lugar en el séptimo día (Exo. 16: 29). Pero con más probabilidad, era la distancia que Josué especificó que debía haber entre el pueblo y los levitas que llevaban el arca durante el cruce del Jordán (Jos. 3: 4).
Crisóstomo (Homilía III, Hechos 1:12) suponía que la ascensión tuvo que haber ocurrido en sábado, porque de otro modo no tendría razón la mención del "camino de un día de reposo". Sin embargo, esta conclusión no es necesaria. Es probable que la ascensión ocurriera un jueves (ver Nota Adicional de Mat. 28).
13.
Aposento alto.
Este aposento alto no estaba en el templo (Luc. 24: 53), donde los discípulos aún rendían culto a Dios (cf. Hech. 3: 1), sino en el piso alto de una casa particular, en un lugar privado (ver com. Mat. 26: 18; Mar. 14: 15; Luc. 24: 33; Juan 20: 19).
Pedro.
Con referencia a la lista de los apóstoles, ver com. Mat. 10: 2-5; Mar. 3: 13-19.
14.
Perseveraban unánimes.
Es notable el contraste con el espíritu de rivalidad manifestado durante la última cena (Luc. 22: 24). ¡Cuán diferente por su calma y solemne gozo fue este período de espera! Aquí comenzó el espíritu de unanimidad que dio resultados tan maravillosos pocos días más tarde (Hech. 2: 1, 41).
En oración.
Gr. t' proseuj', "en la oración". Estas palabras pueden interpretarse por lo menos en dos formas: (1) "en oración", o (2) "en el lugar de oración", sentido que tienen las mismas palabras en otro pasaje (cap. 16: 16). Algunos comentadores sugieren que los discípulos no permanecieron siempre en el aposento alto, sino que iban de vez en cuando al templo, y que tales visitas están incluidas en el significado de Luc. 24: 53: "y estaban siempre en el templo". 131
Y ruego.
La evidencia textual establece (cf. p. 10) la omisión de estas palabras. Sin embargo, permanece el hecho de la unanimidad en la oración de los discípulos. Durante los días antes de Pentecostés, los 120 (vers. 15) reverentemente suplicaron que se cumpliera la promesa de que vendría el Espíritu, el Consolador (Juan 14: 16), con poder (Hech. 1: 8) "dentro de no muchos días" (vers. 5; cf. HAp 29-30). Este texto contiene una excelente fórmula para la oración eficaz: (1) el pedido: oraron; (2) la perseverancia: continuaron orando; (3) la unanimidad: oraron con un mismo espíritu. Ver com. Mat. 18: 19-20; Luc. 18: 1-8.
Con las mujeres.
Literalmente "con mujeres", lo cual podría referirse a las esposas de los hombres allí reunidos. Esta interpretación se apoya en el hecho de que "María, la madre de Jesús", que no era la esposa de ninguno de los presentes, se menciona en otro lugar. Sin embargo, la interpretación más común es que estas mujeres eran las que servían a Jesús, entre las cuales estaban María Magdalena, Juana, Susana, y "muchas otras" (ver Nota Adicional de Luc. 7; com. Luc. 8: 23).
María.
Esta referencia a la madre de Jesús es muy significativa. Su relación especial con el Señor que acababa de ascender justifica que se la mencione en forma especial; pero no se le asigna ninguna preeminencia indebida. En esta ocasión -la última vez que se menciona en las Escrituras- María es una de las personas que se ha unido para perseverar "unánimes en oración y ruego". Las leyendas que se refieren a su vida posterior y a su posición después de muerta, no tienen base ni bíblica ni histórica.
Sus hermanos.
Jacobo, José, Simón y Judas (Mat. 13: 55; ver com. Mat. 12: 46; Mar. 6: 3). Ellos se habían distanciado de Jesús (Juan 7: 5; DTG 413-415), y no se los menciona entre los que se reunieron junto a la cruz (Juan 19: 25-27). Pero las escenas finales de la vida terrenal de Jesús los habían convertido, y ahora formaban parte de sus discípulos. De Simón y de José no se sabe más nada; pero Jacobo probablemente llegó a ser dirigente en la iglesia (ver com. Hech. 12: 17; cf. Hech. 15: 13; 1 Cor. 15: 7; Gál. 1: 19; t. V, p. 73); y muchos piensan que fue el autor de la Epístola de Santiago (ver Introducción a la Epístola de Santiago, t. Vll). Judas quizá fue el autor de la breve epístola que lleva su nombre (ver com. Mar. 6: 3; Introducción a la Epístola de Judas, t. VII).
15.
En aquellos días.
Entre la ascensión y Pentecostés. La ascensión ocurrió 40 días después de la resurrección (vers. 3). Por lo tanto, quedaban diez días hasta Pentecostés, el día quincuagésimo, el día de la fiesta de las semanas (ver com. Lev. 23: 16; Hech. 2: 1). Cf. t. V, p. 223.
Pedro.
Con referencia a su llamamiento, posición y carácter, ver com. Mar. 3: 14-16. Las lecciones que había recibido de Jesús (Luc. 22: 32; Juan 21: 15-17; DTG 752-754) ahora daban buen fruto. Sus dones naturales habían sido santificados por la conversión, y surge ahora como un dirigente de la iglesia. Pero en su liderazgo no hay nada dictatorial. Estimula a sus hermanos a la acción concertada, y las decisiones subsiguientes proceden de todo el grupo y no de un hombre. Desempeña un papel prominente en los asuntos de la iglesia primitiva. Su sermón en el día de Pentecostés es el único que se registra (Hech. 2: 14-40); otros sermones suyos también reciben mención específica (cap. 3: 12-26; 4: 8-12; 10: 34-43). El, junto con Juan, hace el primer milagro de curación que se registra en Hechos (cap. 3: 1-11); su don de hacer milagros se menciona en forma especial (cap. 5: 15; 9: 32-41), y cumple el papel principal en la reprensión de Ananías y de Safira (cap. 5: 3-11). No hay duda de que desempeñó una posición destacada en la iglesia primitiva; pero desaparece del relato de Lucas después del cap. 15: 7, y a partir de entonces éste concentra la atención en Pablo. Con referencia a la supuesta supremacía de Pedro, ver com. Mat. 14: 28; 16: 16-19.
Los hermanos.
Estos hermanos no son únicamente los hermanos de Cristo (Hech. 1: 14), pues había como 120 personas presentes. Es evidente que fue una reunión formal, convocada para elegir al duodécimo apóstol en reemplazo de Judas Iscariote.
Ciento veinte.
La palabra "como" indica que se trataba de un número aproximado; sin embargo, el grupo era suficientemente grande para constituir un cimiento firme de la joven iglesia en Jerusalén. El número no incluye a todos los que habían creído, porque "más de quinientos hermanos" habían visto a Jesús después de su resurrección (1 Cor. 15: 6).
16.
Varones hermanos.
Algunos han sugerido que Pedro se dirigió específicamente a 132 los hombres reunidos, y que sólo ellos participaron en la elección del duodécimo apóstol.
Era necesario que se cumpliese.
No se trata de que los acontecimientos fueron dispuestos para que coincidieran con las Escrituras, sino que las Escrituras, inspiradas por el Espíritu Santo, predijeron los acontecimientos. Mateo emplea muchas veces citas del AT de la misma manera (ver com. Mat. 1: 22).
La Escritura.
La Escritura que se cita en el vers. 20. Nótese cómo, desde su mismo comienzo, la iglesia apostólica basó su autoridad en el AT.
Espíritu Santo.
Pedro revela ahora la convicción de los discípulos en cuanto a la inspiración de los salmos de David. Creían que David había hablado (o escrito) como portavoz del Espíritu. Esta enseñanza concuerda con 2 Tim. 3: 16 y 2 Ped. 1: 21.
Judas.
Nótese la manera en que el apóstol aplica la Escritura. El ve el cumplimiento del suceso de acuerdo con la predicción de la Escritura, y lo aplica categóricamente a una persona: a Judas, aunque David no menciona el nombre del traidor.
Que fue guía.
O "que llegó a ser guía" (ver com. Mat. 26: 3, 14, 47). ¡Qué cambio tan terrible! El que había sido ordenado para guiar a los hombres a Cristo a fin de que fueran salvos, prefirió guiar a los hombres a Cristo para que el Salvador fuera destruido. Sin embargo, nótese la delicadeza con la cual se describe a Judas. A pesar del horror que Pedro y los otros apóstoles deben haber sentido, no hay recriminaciones. Deja el juicio de Judas en las manos de Dios.
17.
Era contado con nosotros.
Había sido del grupo apostólico (Mat. 10: 4; Mar. 3: 19; Luc. 6: 16). No hay registro alguno de que fuera llamado como discípulo; se ofreció para ser uno de los doce (DTG 260-261).
Tenía.
Mejor "obtuvo un puesto" (BJ). Se destaca el hecho de que Cristo lo aceptó como discípulo.
Parte.
Gr. kl'ros, "suerte", "porción", "parte". De esta palabra deriva "clero".
Este ministerio.
Gr diakonía, "servicio", "ministerio", y más tarde "diaconado". Quienes trabajaron en la iglesia primitiva sintieron profundamente la responsabilidad del ministerio (diakonía) del Evangelio (Hech. 12: 25; 20: 24; 1 Cor. 16: 15; Col. 4: 17; 2 Tim. 4: 5).
18.
Adquirió.
Es posible que los vers. 18 y 19 sean la explicación de Lucas intercalada en el discurso de Pedro. Difícilmente habría necesitado Pedro dar a los 120 detalles acerca de la muerte de Judas. No es necesario deducir de este relato que Lucas creía que Judas había comprado el "campo de sangre" antes de morir. Con el dinero mal habido de Judas se compró el campo, y su sepultura allí fue la recompensa de su iniquidad. El registro de Mateo es explícito: Cuando Judas vio que Jesús había sido condenado a ser crucificado y no hacía ningún esfuerzo por salvarse, sintió remordimiento por su traición. Devolvió las treinta piezas de plata a los sacerdotes con quienes había hecho su infame trato, y luego se ahorcó. Con ese dinero los principales sacerdotes compraron el campo del alfarero -donde se tiraban los desechos de las alfarerías-, y allí enterraron a Judas. Por causa de esto, o debido a que el dinero era el precio de "sangre inocente", el lugar fue llamado "campo de sangre" (ver com. Mat. 27: 3-10; DTG 669-670). La diferencia entre los relatos de Mateo y de Lucas es asunto de retórica, no de hechos. Todo lo que recibió Judas como recompensa fue una vergonzosa sepultura en un campo baldío.
Cayendo de cabeza.
Se ha sugerido que las palabras que así se traducen podrían haber significado "hinchado"; pero la evidencia es insuficiente para apoyar tal traducción. Judas, que quizá fue el discípulo que tuvo más ambición personal, había procurado alcanzar altos niveles de poder mundanal identificándose con el reino que creía que Jesús establecería sobre la tierra. Su horrible muerte parece señalar en forma notable los trágicos resultados de una ambición tal. En vez de alcanzar las alturas a las cuales traicioneramente ambicionaba, "cayendo de cabeza", pereció.
19.
Fue notorio a todos.
A medida que se divulgó el relato de la traición de Judas y su suicidio, probablemente influyó en la gente de Jerusalén en favor de Cristo, porque comprendió que él había sido la víctima de las intrigas sacerdotales y de la traición de un discípulo. Además, las escenas de la crucifixión habían sido vistas por las multitudes (Luc. 23: 27, 35; Juan 19: 19-20; DTG 690, 720-723). Los que resucitaron después del gran terremoto, se aparecieron a muchos (Mat. 27: 52-53; DTG 730). Los acontecimientos que rodearon el sacrificio de Cristo en favor 133 de los pecadores no ocurrieron en secreto; no se ocultaron en un rincón (Hech. 26: 26).
Se llama.
Algunos han sugerido que la forma verbal traducida "se llama", proporciona una evidencia natural de que Lucas escribió el libro de Hechos antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C., pues luego de esto los nombres de los lugares, salvo los más significativos, se perdieron en gran medida.
Su propia lengua.
Mejor "su propio dialecto [dialéktos]". Esto sugiere que el arameo no era la lengua de Lucas y que no era judío.
Acéldama.
Una transliteración a través del griego de las palabras armaras jaqel dema, "campo de sangre". La tradición asocia el lugar con Hakk ed-Dumm, en la orilla sur del valle de Hinom, al sur de Jerusalén (ver com. Mat. 5: 22). En el campo comprado con las treinta piezas de plata se sepultaba a los extranjeros que no tuvieran parientes o amigos que los enterraran (Mat. 27: 6-10; cf. Zac. 11: 12-13).
20.
Está escrito.
Debe notarse y mantenerse la relación con el vers. 17. Después de la explicación de los vers. 18-19, Pedro cita Sal. 69: 25 (de la LXX, con ligeras modificaciones) y Sal. 109: 8 (también de la LXX). El Sal. 69 incluye imprecaciones sobre los enemigos de David, pero también declaraciones proféticas que se refieren al Mesías, como puede verse en los vers. 7-2 l. El vers. 25 es mayormente una maldición sobre los enemigos de David, y por extensión sobre los del Mesías; por lo tanto, puede aplicarse a judas. El Sal. 109 también es imprecatorio, con palabras aún más ásperas que el otro; y el vers. 8 es un ruego para que el enemigo aludido, al cual se maldice, tenga una vida corta y sea quitado de su cargo (ver com. Sal. 69; 1 09). Judas y sus terribles acciones concuerdan con lo que se describe en estos salmos, y su merecida suerte corresponde con la de los enemigos que se describen en estos pasajes. Este es un tipo de exégesis empleado con frecuencia en el NT para interpretar y aplicar el AT (cf. 1 Ped. 1: 10- 11; cf. com. Deut. 18: 15). Pedro ha tomado la cita y la ha aplicado al campo que judas compró (ver com. vers. 18), previendo que no sería habitado.
Tome otro su oficio.
El apóstol emplea Sal. 109: 8 como autoridad para la elección de otro que ocupara el lugar dejado vacante por judas.
21.
Es necesario.
Gr. dei, "es necesario" (cf. vers. 16). Parece que Pedro pensaba que se debía mantener el número original de discípulos. Sin duda, los apóstoles tenían el concepto de que el número 12 representaba plenitud, siguiendo el ejemplo de las 12 tribus de Israel. En verdad, se les había prometido 12 tronos desde los cuales gobernarían a las tribus (Mat. 19: 28), promesa que recuerda las 12 estrellas en la corona de la iglesia (Apoc. 12: 1), y los 12 cimientos de los muros de la nueva Jerusalén, donde están inscritos los nombres de los 12 apóstoles (Apoc. 21: 14). Jesús había ordenado un grupo de 12 de los cuales se había perdido uno. Pedro pensó que era necesario tener el número completo para dar testimonio concerniente a todos los aspectos de la vida y de las obras del Señor. Delante de los apóstoles había una gran tarea, y se necesitaba el número completo de testigos para llevarla a cabo. El número de los 12 fue discontinuado cuando Jacobo murió como mártir alrededor del año 44 d. C. (cap. 12: 2); pero no hay registro alguno de que se hubiera nombrado a otro para reemplazarlo.
Estos hombres.
Parece que entre los creyentes había más de un individuo que tenía las cualidades imprescindibles para ser el sucesor de Judas, pero sólo uno fue escogido.
Han estado juntos con nosotros.
Pedro describe aquí las cualidades que se deseaba que tuviera el candidato. Debía haber estado con los discípulos durante el ministerio terrenal del Señor, desde los días de Juan el Bautista hasta el día de la ascensión de Cristo.
Entraba y salía.
Hebraísmo para referirse a las actividades diarias, como las que Jesús había compartido con sus discípulos.
22.
Comenzando.
Compárese con el "principio" de Mar. 1: 1.
Bautismo de Juan.
Podría referirse a los días cuando Juan bautizaba y predicaba, o al día específico cuando bautizó a Jesús.
Uno sea hecho testigo.
O "sea constituido testigo". Con referencia al testimonio que debería dar, ver com. vers. 8. Se destaca el testimonio del hecho histórico de la resurrección (ver com. Luc. 24: 48).
23.
Señalaron.
Es probable que quienes hicieron este señalamiento fueran los 120, aunque el contexto inmediato de los vers. 21-22 posiblemente podría sugerir que sólo fueron los once apóstoles.
Señalaron a dos.
Gr. ést'san dúo, lo cual podría traducirse como "pusieron a dos delante" o "se pusieron de pie dos". En el primer 134 sentido, se entendería que José y Matías fueron propuestos por los discípulos como candidatos para los cuales podía echarse suerte. Si se entiende en la segunda forma, indicaría que cuando Pedro hubo presentado cuáles eran las cualidades necesarias para que un hombre ocupara el puesto de Judas, preguntó si había entre los presentes alguien con esas cualidades, y José y Matías se pusieron de pie.
José.
Nombre común judío (ver com. Gén. 30: 24).
Barsabás.
Gr. barsabbás, transliteración del arameo, quizá de bar shabba,, sea, "hijo del sábado", es decir, uno nacido en sábado; o de bar Ñeba' o bar sa'b<, ambos de significado dudoso. Algunos han tratado de identificar a este Barsabás con Bernabé, el levita de Chipre que fue compañero de Pablo (cap. 4: 36; 9: 27; 11: 22, 24), pero no hay base bíblica para hacerlo. Es posible que fuera el hermano de Judas Barsabás mencionado en otro pasaje (cap. 15: 22).
Justo.
Un apellido latino. En los tiempos de los romanos muchos judíos adoptaron tales apellidos.
Matías.
Quizá una forma abreviada de Matatías, que deriva del Heb. Mattithyah, "don de Jehová". Fuera del vers. 26 no se lo menciona más en el NT, ni tampoco hay ninguna tradición fidedigna en cuanto a su vida posterior. Eusebio (Historia eclesiástica i. 12. 3; iii. 25. 6) lo incluye entre los setenta, y menciona el evangelio apócrifo que se le atribuía. Se dice que murió como mártir en Etiopía o en Judea (p. 38).
24.
Orando.
¡Qué oración debe de haber sido esa, la cual brotaba pura de una fe sencilla y perseverante! La joven iglesia recurría espontáneamente a la oración en cada momento de dificultad. No lo hacían sólo por hábito, aunque el hábito era bueno; ni tampoco como un ritual, porque aún no habían organizado la liturgia de la iglesia, sino porque a los apóstoles les parecía que era tan natural hablar por medio de la oración con su Señor celestial como lo habían hecho cara a cara con Jesús en la tierra. Así debería haber ocurrido siempre en las vicisitudes de la iglesia, y así también debería ocurrir hoy.
Señor.
Puesto que Jesús había instruido a sus discípulos que debían dirigir sus pedidos al Padre en su nombre, es decir, el de Jesús, debe suponerse que aquí el nombre Señor se refiere al Padre.
Conoces los corazones.
Cf. 1 Sam. 16: 7; Sal. 139: 1-4; Juan 2: 25.
Muestra.
Los 120 habían recurrido a su mejor criterio al proponer los nombres de Barsabás y de Matías. Ahora pidieron al Señor que hiciera la decisión final.
25.
Parte.
La evidencia textual (cf. p. 10) favorece el texto "el lugar".
Este ministerio y apostolado.
Los apóstoles estaban plenamente conscientes de la dignidad espiritual de su llamamiento (ver com. vers. 17).
Cayó... por transgresión.
Mejor "que judas desertó" (BJ) o "se apartó", o "se desvió", como rezan otras versiones.
Su propio lugar.
"Adonde le correspondía" (BJ). Se le pedía al Señor que escogiera a uno para reemplazar al que había preferido la apostasía y había hallado "su propio lugar" en el desastre y la muerte. Tal lugar pertenecía a judas por su propia elección. Los acontecimientos habían probado lo que el Señor ya había previsto (Juan 6: 70-71; 13: 2, 21, 26): que a judas no le correspondía un lugar entre los doce.
26.
Les echaron suertes.
Podría entenderse de dos formas: (1) que el grupo echó suertes por los dos, o (2) que los candidatos mismos echaron suertes. No importa cuál fuera el método empleado, fue elegido Matías. Los judíos del AT conocían bien el método de echar suertes como algo habitual para tomar decisiones: (1) para escoger los machos cabríos en las muy significativas ceremonias del día de la expiación (Lev. 16: 5-10); (2) para distribuir la tierra de Canaán entre las tribus (Núm. 26: 55; Jos. 18: 10), y al volver del exilio (Neh. 10: 34; 11: 1); (3) para determinar casos de crímenes en los cuales había duda (Jos. 7: 14, 18; 1 Sam. 14: 41-42); (4) para elegir los combatientes para una batalla (juec. 20:8-10); (5) para designar a uno que debía ocupar un puesto de jerarquía (1 Sam. 10: 19-21); y (6) para designar las ciudades de los sacerdotes y levitas (1 Crón. 6: 54-65). En 1 Cron. 24 a 26 se ve cómo se aplicaba este método. Se entendía que el Señor era el que decidía cuando se echaba suerte (Prov. 16: 33). Los soldados echaron suertes en el Calvario para quedarse con el manto sin costura del Señor (Mat. 27: 35; ver com. Juan 19: 23-24). Pero la elección de Matías, echando suertes, es el único caso del empleo de este método entre los cristianos del NT. Con referencia a los peligros que implica el de 135 pender de tales métodos hoy, ver com. Jos. 7: 14; Prov. 16: 33. Hasta donde lo indica el registro, se aceptó sin discusión la propuesta de Pedro de que se usara el método de echar suertes. Parece que después de Pentecostés, la dirección directa del Espíritu Santo hizo que el echar suertes estuviera de más (Hech. 5: 3; 11: 15-18; 13: 2; 16: 6-9). En la iglesia posterior a los apóstoles hay un caso en donde se usó el echar suertes para elegir a un obispo en el tercer canon del Concilio de Barcelona, España, en el año 599 d. C.
Fue contado.
Del Gr. sugkataps'fízomai, de sun, "con", katá, "abajo", y ps'fos, "piedrecita". Se refiere al antiguo método de elegir a una persona echando una piedrecita en una urna. Puede traducirse "fue designado", "fue elegido por votación".
Con los once.
A los ojos del mundo Matías había ocupado una posición muy modesta: ser uno de los dirigentes de un insignificante grupo de humildes personas que pronto serían perseguidas. Pero para los creyentes, la posición a la cual Matías había sido comisionado representaba inconmensurables posibilidades para el futuro. No hay razón para negarle a Matías su dignidad como sucesor de Judas en el cuerpo apostólico. Si alguien afirma que no se dice nada en la Biblia en cuanto a la obra posterior de Matías, recuérdese que tampoco se menciona nada de la obra posterior de Andrés, Felipe (el Felipe del cap. 8 era el diácono), Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo el menor, Simón Zelote, y Judas Lebeo Tadeo.
No se registra que los discípulos hubieran impuesto las manos a Matías (cf. cap. 6: 6; 13: 3). Evidentemente la iglesia creía que el Espíritu Santo había demostrado su aprobación en la elección mediante suertes. En esta elección de Matías tenemos importantes y antiguas evidencias de organización eclesiástica: (1) una reunión oficial de creyentes, (2) el tratar un importante asunto eclesiástico, (3) la decisión y su ejecución. La iglesia estaba organizada y ahora aguardaba el poder divino.
Algunos hacen de Pablo el duodécimo apóstol. Sin embargo, aunque Pablo se llamó a sí mismo apóstol vez tras vez (Rom. 1: 1; 1 Cor. 1: 1; 2 Cor. 1: 1, y en otras epístolas), nunca pretendió ser uno de los doce, ni se lo designa de esa manera en ninguna parte. En verdad, reconocía y destacaba que ser de los doce era una distinción (1 Cor. 15: 5-8). Decía claramente que no había recibido su conocimiento del Evangelio de los doce (Gál. 1: 11-12, 15-19), y siguió un programa diferente al de ellos (Rom. 15: 20-21). En PE 199 y HAp 84 se afirma que Pablo ocupó el lugar de Esteban.
COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE
3 FE 535; HAp 22; PE 188 .
5 MeM 58
5-7 HAp 25
6-7 SR 241 7
7 Ev 509; TM 51
8 HAp 15, 25, 88; 3JT 206; MeM 48; NB 368; OE 289,

301; 7T 273; 8T 56; TM 62, 199, 27.
9 PE 190
9-11 DTG 771; PE 190
10-11 HAp 27; NB 56; lT 41; 2T 194
11 CS 346, 388; PE 109
14 CE (1967) 146; EC 101; 3JT 193; PE 191; TM 168; 5TS 11
16-18 DTG 669
21-26 3JT 411
24 1JT 110 136

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