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  • Preparando la Navidad: Curso de Espiuritualidad.

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  • ¿Qué son los Padre de la Iglesia?

    "Dialogando" con el Profesor de Teología Gustavo Daniel D´Apice

    A los Santos Padres o Padres de la Iglesia se los menciona constantemente.

    Primeramente son mencionados por el Magisterio de la Iglesia (conformado por los Obispos unidos entre sí y, por supuesto, unidos al Obispo de Roma, el Papa).

    Luego por estudiosos, teólogos, historiadores, filósofos, aficionados a la lectura y a la cultura de diversas maneras, etc.

    ¿Qué son en realidad y quiénes fueron los Santos Padres, y cómo no confundirlos con otras acepciones que por extensión parece tener el término?

    En el Catecismo de la Iglesia Católica, se los nombra en los fundamentos (lo que correspondería a la rama de la Teología Fundamental en los manuales y cursos), más precisamente en el Nº 78.
    Y a su vez el Catecismo se remite a la Constitución del Concilio Vaticano II “Dei Verbum”, sobre la Palabra de Dios, que los cita en su Nº 8.

    Teológicamente, cuando hablamos de los Padres de la Iglesia o de los “Santos Padres” (nada tiene que ver con el plural de “Santo Padre”, uno de los títulos con que se designa actualmente al Sumo Pontífice), en sentido estricto y directo, nos referimos a escritores eclesiásticos (filósofos y teólogos) que cumplen con estos requisitos:

    1) Doctrina ortodoxa, es decir, recta católicamente, sin error y eminente.

    2) Son santos, es decir, están canonizados pública y oficialmente por la Iglesia.

    3) Tienen antigüedad en la historia:
    Para los escritores orientales, hasta San Juan Damasceno en el año 749. Para los occidentales, hasta la muerte de San Isidoro de Sevilla, en el 636. Es decir, llegan hasta los siglos VII-VIII.

    Algunos mencionan también a San Bernardo de Claraval (siglo XII), como “el último de los Padres de la Iglesia”, un título más bien honorífico y no por la antigüedad histórica que mencionamos para occidente, ya que es posterior, pues renovó e hizo presente la doctrina de los Santos Padres. Bernardo también fue declarado Doctor de la Iglesia, y alabado luego en su doctrina por los reformadores Lutero y Calvino.

    Éstos, los Padres de la Iglesia o Santos Padres, prácticamente han elaborado la fe de la Iglesia, y la han explicitado y explicado, a partir de los datos de la Revelación: Sagrada Escritura y Tradición Viva –comunicación oral desde la comunidad de Jesús y los apóstoles, y a través de éstos de Obispo en Obispo en la Sucesión Apostólica de los tiempos-, siempre fieles al Magisterio de la Iglesia. Por ello su doctrina es recta y sin error.

    Se pueden ver sobre este tema los números 75 al 82 del Catecismo de la Iglesia Católica, y los números 85 y 86.

    Ejemplo de ellos son los santos Agustín, Ambrosio, Atanasio, Beda el Venerable, Cirilo y Clemente de Alejandría, Efrén, Gregorio Magno, Ireneo, Jerónimo, Juan Crisóstomo, Juan Damasceno, Justino.

    No se los debe confundir con aquellos a quienes la Tradición Viva y el Magisterio de la Iglesia llama “Escritores Eclesiásticos”, que son también escritores de la antigüedad importantes que, aunque valorados y citados, estudiados y mencionados en sus mejores textos en la Liturgia, les falta alguna de las notas señaladas para los Santos Padres: Tuvieron algún error en su doctrina o en su vida, y por lo tanto no están canonizados.

    Ejemplo de escritores eclesiásticos son Orígenes y Tertuliano.

    Y empleemos también un apartado para distinguir a los Padres de los Doctores de la Iglesia, y de paso decimos algo de lo que éstos son.

    a) Los Doctores de la Iglesia, a semejanza de los Santos Padres, cumplen con la nota de estar canonizados, es decir, de ser santos declarados públicamente por la Iglesia.

    :) La doctrina de los Doctores es también sin error y eminente, y como todo doctor en su tesis, tiene que ser novedosa en algún aspecto, ya sea en su forma de expresarla o de vivirla.

    c) La nota innovadora es que, además, esta doctrina tiene que ser camino de santidad para todos: Desde el Papa hasta el “último laico”: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos/as, laicos.

    De aquí se deduce también que a veces la doctrina de los Santos Padres o Padres de la Iglesia, es entendida y estudiada sólo por expertos en el tema o estudiosos de los mismos, cosa que no sucede con los Doctores.

    d) Y a diferencia de los Santos Padres, los Doctores no tienen por qué tener antigüedad en la historia, ya que los hay antiguos y modernos, y por qué no, algunos de los contemporáneos o que caminan o caminaron con nosotros lo serán.

    Ejemplos de Doctores de la Iglesia son:

    San Juan de la Cruz, con su camino contemplativo, el más fácil y el más corto de todos, lleno de nadas y vacío interior, hermoso de captar en sus Obras, como el “Cántico Espiritual” y la “Subida al Monte Carmelo”.

    Santa Teresa de Jesús, maestra de oración, con su “Camino de Perfección” y el libro de las “Moradas”, para la experiencia mística e íntima de Dios, hasta llegar a quedarse con Jesús como esposa en su alcoba.

    Santa Teresita del Niño Jesús, con su forma de presentar y vivir la niñez espiritual y el abandono confiado en los brazos del Padre Celestial, plasmado en su vida y expresado en su Autobiografía “Historia de un Alma”.

    También lo son San Agustín y otros. Por lo que algunos Santos Padres también son Doctores de la Iglesia, por su novedad de expresión y vida, y porque su doctrina es accesible a todos como camino de perfección.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • Curso Taller Reflexivo Semipresencia o por Internet

  • Los Frutos del Espíritu Santo.



    Los Frutos del Espíritu Santo son actos de exquisita virtud.

    Así como el árbol produce sus frutos, la persona que se ha ejercitado y entrenado en las virtudes y en la docilidad a las mociones del Espíritu Santo que actúan a través de los dones, produce frutos exquisitos y deleitables, que no son nada más (ni nada menos), que las virtudes actuadas por medio de los dones del Espíritu.

    Por lo tanto, los actos producidos no son ya humanos ayudados por la gracia, como las virtudes, cuya ejecución se debe a la razón iluminada por la fe, sino que los frutos son actos sobrenaturales y divinos, fáciles de realizar ya para la persona, y no requieren del esfuerzo acético de las virtudes, sino de la perfección mística de la fidelidad ya corroborada en la recepción de la inspiración del Espíritu Santo a través de los dones.

    Por lo que los frutos son la virtudes actuadas por lo dones de manera constante, fácil y deleitosa, a modo divino, sobrenatural o sobrehumano. Se realizan con suavidad y dulzura.

    Los dones son su causa, actuando sobre las virtudes. Los frutos son el efecto de la actuación de los dones y de la respuesta fidelísima a las inspiraciones divinas. La persona supo escuchar Su Voz.

    Son contrarios totalmente a los deseos desordenados de la carne, que colocan al hombre, varón y mujer, por debajo de su dignidad (Gálatas 5, 19-21); los frutos mueven a lo que está por encima de nosotros, hacia lo más alto.

    Perfeccionan y desarrollan al ser humano, sin llegar, sin embargo, a la cumbre de las bienaventuranzas, que trataremos en otro lugar más adelante.

    ¿Cuántos son los Frutos del Espíritu Santo? ¿Están en la Biblia?

    La Biblia latina o Vulgata, traducida por San Jerónimo, menciona 12 frutos del Espíritu Santo. El texto paulino original de Gálatas 5, 22-23 menciona solamente nueve.

    Santo Tomás y los Santos Padres, aducen que el Apóstol no tuvo la intención de enumerarlos todos, y mencionan también la cita de Apocalipsis, capítulo 22, versículo 2, donde el relator bíblico habla del río de la vida que produce un árbol con 12 frutos.

    El río de vida del Espíritu produce sus doce frutos, que podemos dividir en:

    a) En cuanto la mente y el corazón del hombre ordenados en sí mismo: Amor, gozo y paz. Paciencia y longanimidad.

    :) En cuanto la mente y el corazón del hombre ordenados respecto a las cosas y personas que están a su lado: Bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad.

    c) Respecto de las cosas inferiores, el hombre se predispone bien: en cuanto a las acciones exteriores, por medio de la modestia; y en cuanto a los deseos interiores, por medio de la continencia y de la castidad.

    a) La mente humana está bien consigo misma cuando se predispone bien para los bienes y los males.

    1. La primera predisposición con respecto al bien es el amor, primero de los Frutos del Espíritu Santo, como dice la carta a los Romanos 5, 5, que el amor de Dios ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.

    2. Al amor le sigue el gozo de estar en Dios.

    3. Y la perfección del gozo es la paz, en cuanto al cese de las perturbaciones exteriores, y al aquietamiento de su corazón en Jesús, descansando en Él como en un
    todo.

    Se calma también por lo tanto el deseo fluctuante que se posa de cosa en cosa, de persona en persona, y solo se posa en el Señor su Dios.

    Por lo que nada impide disfrutar de Él.

    4. Con referencia a los males, la persona se predispone bien por medio de la paciencia, para no ser perturbada por la inminencia de los males presentes.

    5. Y también se predispone bien con referencia a los males, por medio de la longanimidad, no ser perturbada por la dilación en el tiempo en la consecución de los bienes deseados, pues carecer del bien tiene razón de mal.

    :) Respecto de las cosas que están junto a sí, y eminentemente de sus prójimos, el hombre se dispone bien:

    6. Primero, en cuanto a lo voluntad de hacer el bien, y esto corresponde a la bondad.

    7. Luego en cuanto a hacer el bien a los demás, perdonándolos y ayudándolos, que es propio de la benignidad.

    8. En cuanto a tolerar sin sobresaltos los males inferidos por estos mismos prójimos, está el Fruto amable del Espíritu Santo de la mansedumbre, que refrena las iras.

    9. En cuanto a no hacerle daño al prójimo, no sólo con la ira, sino tampoco con el fraude y el engaño, está el Fruto deleitoso de la fidelidad.

    c) En cuanto a las cosas inferiores, el hombre se predispone bien:

    10. En cuanto a las acciones exteriores, por medio de la modestia, que pone moderación en los dichos y en los hechos, evitando la afectación o la chabacanería y fanfarronería en el vestir, en el hablar, en el actuar.

    11. Y en cuanto a los deseos que pueden ser desordenados en el interior de la persona, actúan los Frutos vigorosos de la continencia, de quien siente las concupiscencias pero no se deja arrastrar por ellas.

    12. Y también el Fruto exquisito de la castidad, que no permite que la persona casta sea arrastrada ni padezca los movimientos desordenados de la sensualidad.

    Vimos los dones y frutos del Espíritu Santo en el camino de la perfección cristiana.

    Corresponden a la vía iluminativa y unitiva de la misma.

    En otra ocasión trataremos de las virtudes, propias de los principiantes, que las colocan (las virtudes cardinales y morales) desechando vicios; y de las bienaventuranzas, que es la coronación del camino del organismo de la vida sobrenatural en la vía unitiva, cuando a un paso de la eternidad claman estas personas para que un impulso de amor más intenso arranque su alma de esta tierra y sea llevada al encuentro del amado Jesús más allá de las cosas y del tiempo.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
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  • Los Dones del Espíritu Santo.

    Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma, para secundar con facilidad las mociones de ese mismo Espíritu.

    Es como un instinto sobrenatural que coloca Dios en la mente y el corazón de la persona que, despojada de sí misma y del apego desordenado a las cosas y a las personas, vacía de sí y de su egoísmo personal, puede sentir las mociones de Dios a través de su Espíritu, y seguirlas dócilmente.

    Así como las virtudes cardinales y morales se basan en la razón iluminada por la fe internamente, y son por consiguiente a modo humano, ya que es la persona que actúa iluminada por lo que cree con su inteligencia, secundando esta iniciativa Dios con su gracia, en este caso es Dios quien actúa como causa externa, y la persona quien sigue la moción divina, por lo que los actos que producen los dones ya no son al modo humano, sino al modo divino o sobrehumano.

    Su número y su enunciación bíblica.

    Los dones del Espíritu Santo son siete, número muy querido en la simbología cristiana para expresar plenitud y perfección: Siete son los días que Dios creó, siete son los sacramentos que comunican la plenitud de la salvación pascual, siete son las virtudes cardinales más las teologales, siete son los dones del Espíritu Santo que perfeccionan estas virtudes.

    Están enumerados en Isaías, capítulo 11, versículos 2 y 3. El don de piedad es un desdoblamiento del don de temor (amor) de Dios, que figura dos veces.

    La Vulgata o Biblia latina menciona los siete que conocemos habitualmente.

    ¿Cuáles son los Dones del Espíritu Santo y cómo actúa cada uno?

    Los podemos dividir en dos grandes grupos:

    Los que afectan más a la inteligencia especulativa y práctica: Son los dones de entendimiento, sabiduría, ciencia y consejo.

    Los que afectan más a la voluntad operativa: Son los dones de piedad, fortaleza y temor (amor) de Dios.

    1. El don de entendimiento o inteligencia permite penetrar en la verdad de las cosas, ya sea divinas y sobrenaturales o naturales y humanas o creacionales.

    Capta la esencia de las cosas con claridad y el desarrollo de los razonamientos e ideas humanas, así como en los “razonamientos e ideas” divinas.

    Capta la substancia oculta en los accidentes, como a Jesús bajo la apariencia del pan y del vino en la eucaristía.

    También ayuda a descubrir los distintos sentidos de la Sagrada Escritura: literal y espiritual, alegórico, moral, escatológico o anagógico.

    Y el sentido tipológico, descubriendo en las figuras latentes del Antiguo Testamento la presencia patente de Jesús Resucitado manifestado en el Nuevo.

    Capta la esencia espiritual de las realidades sacramentales envueltas en el signo y la figura. Y el simbolismo de toda celebración litúrgica, aunque sea la más insignificante y pequeña, llenando esta captación de ternura y veneración a quien la padece o realiza.

    Es todo lo contrario a la ceguera y embotamiento intelectual y espiritual, producidos más que nada por la aplicación carnal de los pecados capitales de la gula y la lujuria (el apego desordenado a la comida y a los placeres sensuales ilícitos para el cristiano).

    2. El don de sabiduría nos permite experimentar las cosas divinas como por un instinto connatural que da el Espíritu Santo a la creatura, y le hace saborear y gustar a Dios manifestado en Jesús.
    Contraria a la sabiduría es la necedad en las cosas espirituales, de quien prefiere a la creaturas en vez del Creador, las cosas materiales a las invisibles y eternas, y las cosas carnales a las espirituales y santas, y no observa en lo creatural aquello que conduce a Dios.
    Entre los pecados capitales, no hay quienes aparten tanto de la sabiduría como la lujuria, que embrutece y animaliza irracionalmente, y la ira, que ofusca la mente y rencoriza el corazón, impidiendo que la razón discierna con claridad.

    3. El don de ciencia, permite entender sobrenaturalmente a las cosas creadas. Ve el paso de Dios en la creación, en la providencia, en la historia personal y comunitaria, en la redención constante y en la santificación actual.

    Capta el designio de Dios sobre las cosas, sobre la historia, en lo natural ve lo sobrenatural. Ve el bordado por encima de la tela en el telar, y no el entramado de hijos que por debajo aparece. Contempla y ayuda a sacar de los males bienes, y en los mismos males comprende los designios de Creador de todo, que saca bienes de ellos, así como del máximo mal físico y moral, que fue la condena y crucifixión de Jesucristo, sacó el bien máximo de la redención y de la resurrección corporal para Sí y para todo el género humano.

    Ve a Dios y sus planes en el mundo sensible y corporal que nos rodea, en los acontecimientos de nuestra historia cotidiana, por más pequeña y aparentemente insignificante que sea, ya que a los ojos de Dios los pequeño e insignificante puede contener los valores perennes del esfuerzo y el amor de la santidad cristiana.
    Comprende los “signos de los tiempos” (paso e inspiración de Dios en los valores de la historia), y capta los “síntomas de los tiempos” (los disvalores que los agentes del mal esparcen instigados por Satanás y por su propia inconducta personal).

    Relaciona las cosas creadas con el mundo sobrenatural. Y resuelve con facilidad los más intrincados problemas cotidianos, aún en personas incultas y analfabetas.

    Como opuesto a este don está la ignorancia, principalmente la ignorancia culpable, que es la que no quiere aprender aquello que le es necesario para su desempeño cristiano en la vida y para la salvación eterna de su alma.

    No se debe presumir nunca “que se sabe” lo suficiente, ni colocar constantemente la inteligencia en cosas vanas, inútiles y perniciosas, ni dejarnos seducir por la curiosidad, el chimento y el qué dirán de uno mismo o el qué dicen de otros.

    4. El don de consejo es el que aplica la inspiración divina a la conducta práctica cotidiana. Discierne los casos particulares que se presentan.

    Casos imprevistos, repentinos, difíciles de resolver, los soluciona instantáneamente esta inspiración si es secundada y escuchada por el don que hay en el alma en gracia. La mente y el corazón establecen el “contacto divino” y lo detectan.

    Resuelve multitud de situaciones.

    Inspira los medios más oportunos para autogobernarnos y relacionarnos con los demás.

    Contrario a este don es la precipitación en el obrar, que no escucha la voz de Dios y pretende resolver las situaciones con la sola luz de la razón natural o la conveniencia del momento.

    También lo es la lentitud, pues establecida la decisión del Espíritu, es necesaria la determinación rápida y enérgica de ejecución, antes de que cambien las circunstancias y las ocasiones se pierdan.

    5. El don de piedad es propio de la voluntad, y establece la base del organismo sobrenatural para que actúe la inspiración del Espíritu Santo con relación a Dios, a la familia, a la patria en la que nacimos.

    Con referencia a Dios, realiza la experiencia de la filiación, sintiéndonos como por connaturalidad hijos de Dios el Padre, hermanos y amigos de Jesús el Señor y esposos fieles del Espíritu Santo que ilumina y guía nuestras vidas.

    Por lo tanto otorga un sentimiento de fraternidad universal, solidaridad, y el instinto de compartir los talentos, dones y bienes que el Señor nos dio.

    A la ternura de hijos para con el Padre, la confianza en su providencia amorosa que nos coloca confiadamente en sus brazos, y la solidaridad común con los hijos del mismo, se añade el amor a los padres que nos engendraron, extensivo a toda la familia que componemos en lo natural.

    Y finalmente el amor a la gran familia patria, aquella en la que nacimos, en donde transcurrió nuestra infancia y nuestra vida, el lugar donde sepultamos a nuestros seres queridos y donde establecemos los lazos sociales de la amistad.

    Se opone genéricamente a este don la “impiedad”, o dureza de corazón, para con Dios, para con nuestros padres, nuestra familia, o la indiferencia patria o crítica constante hacia todo ello.

    6. El don de fortaleza enardece al individuo frente al temor de los peligros. Inspira el superarlos, y da una invencible confianza para vencer las dificultades.

    Otorga a la persona una energía inquebrantable, principalmente frente a las adversidades que se le quieren imponer, la hace intrépida y valiente para lograr sus objetivos, y hace soportar el dolor y el fracaso con encomiable entusiasmo y jovialidad.

    Proporciona también el “heroísmo de las cosas pequeñas”, además, claro está, de las cosas grandes.
    Se opone a este don la tibieza en las cosas cotidianas, simples y sencillas, el temor o timidez en las cosas a realizar.

    También la flojedad y debilidad naturales, así como el apego a la propia comodidad y rutina, que nos impide emprender grandes cosas y nos impulsa a huír de lo novedoso, del esfuerzo, del temor al fracaso y del dolor que pueda sobrevenir.

    7. El don de temor (por amor) de Dios, enardece la voluntad y el apetito contra la concupiscencia o los deseos desordenados, y otorga una extraordinaria capacidad para captar la Voluntad de Dios y ser feliz en ella practicándola.

    Otorga una sublime experiencia de la grandeza y majestad del Dios Omnipotente y Creador.

    Como creatura, se sumerge en la adoración profunda y contemplativa, más allá de todo y de todos. Porque Lo ama.

    No quiere equivocarse en los caminos de Dios (pecar) y se lamenta compungida de las veces en que esto le ha acaecido, y más cuando ha sido ocasión de escándalo (tropiezo) para los demás. Porque Lo ama.

    Observa los más pequeños y menores detalles para no tener ocasión de ofender a Jesús. Porque Lo ama.

    Se opone principalmente al don de temor la soberbia que no considera a Dios en su justa dimensión, y que hasta se coloca incluso por encima de Él.

    Y la presunción, de quien confía excesiva y desordenadamente en la “misericordia” divina, pensando que cualquier acción ilícita que haga Dios lo va a perdonar por ella (por la “misericordia”), por lo que no tiene escrúpulos (o muy pocos) en realizarla/s (las acciones ilícitas).

    Gustavo Daniel D´Apice

    Profesor de Teología

    Pontificia Universidad Católica

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  • Los Atributos de Dios



    Los Atributos de Dios son perfecciones que manifiestan su esencia. No difieren de ella.
    Lo que son sus Atributos son Él mismo, y manifiestan algún aspecto particular y totalizante de su infinito ser, de su infinita esencia y de su inconmensurable substancia.

    Los Atributos de Dios son la inmensidad, la omnipotencia, la bondad, la benignidad, la misericordia, la sabiduría, la veracidad, la justicia, la belleza, la simplicidad, (no compuesto por nada, espíritu puro), la unicidad, la infinitud (sin límites), la inmensidad, la inconmensurabilidad, la eternidad (sin sucesión de días ni horas, de acontecimientos, en eterno presente), la inmutabilidad (no cambia), inconmutable, inefable, la incomprensibilidad, indecible, innombrable, la singularidad, la felicidad. Además es increado, uno y único, entre otras cosas.

    Necesidad y libertad: Tenemos que decir que Dios se ama necesariamente a sí mismo y a las cosas distintas de sí libremente, como para crear o no crear el mundo, haberlo hecho de esta manera o de otra distinta, redimirnos de esta forma o de otra.

    La omnipotencia: Hace al Obrar divino y es un atributo de su voluntad. Dios todo lo puede.

    De aquí se deriva la Soberanía Universal de Dios, que comprende un dominio ilimitado, tanto de jurisdicción (en todos lados) como de propiedad (en todas o de todas las cosas).

    En la persona humana requiere la aceptación de la Divina Voluntad (hacer la Voluntad de Dios) para remarcar la armonía universal y hacer valer la omnipotencia divina benéficamente.

    La bondad: El íntimo ser de Dios es bueno por naturaleza, y ello corresponde también a su voluntad, pero en sí mismo. Posee todas las infinitas perfecciones que le corresponden, por lo que es bueno en sí, y es bueno en relación a los demás porque es capaz de perfeccionar a otras cosas (“el bien es difusivo”, y por ello realiza la creación en el tiempo y en el espacio).

    La santidad de Dios: Tiene Él una bondad moral esencial, apartado totalmente del pecado, de tal manera que no puede pecar. Además es Fiel, sus pensamientos y sus obras concuerdan plenamente.

    La benignidad: La benignidad es la capacidad operante de hacer el bien a los demás.
    Dios demuestra su benignidad en la infinitud de bienes espirituales y materiales que derrama sobre su creación, en particular el hombre, varón y mujer (creación, conservación, providencia, redención, santificación, resurrección), haciéndolos participar difusivamente de su bondad.

    La belleza de Dios: Dios es infinitamente bello:
    Reúne las tres perfecciones que señala Santo Tomás de Aquino en su grado máximo para que algo sea hermoso:
    1) Absolutamente perfecto;
    2) la proporción y consonancia de las formas está superada en su absoluta simplicidad, plena de riquezas;
    3) la claridad y luminosidad está dada en que siendo espíritu simple y puro, es el ser más claro y luminoso, trascendiendo la hermosura de todas las creaturas.

    Por ello los seres creados, son más o menos bellos en cuanto más se asemejen a la máxima hermosura y esplendor, que es Dios.

    La misericordia: Es parte de la benignidad de Dios, en cuanto que aparta de las creaturas que se entregan a Él la miseria de las mismas, y las eleva a una elevada participación en su vida divina, según la capacidad de cada uno. Se asocian la ternura y la amabilidad supremas.

    No cabe en Él la com-pasión (no puede padecer), sino el efecto de remediar el mal creatural.

    La justicia: Esencialmente y en lenguaje bíblico, la justicia es la perfección de la santidad, ya vista en Dios.
    Sin embargo, según la común definición, es “dar a cada uno lo que le corresponde”, en tiempo y forma.

    La perfecta justicia distributiva de Dios radica en su misericordia para con todos, a menos que el ser racional se oponga libremente a ella.
    Por ello concede gracias naturales y sobrenaturales a las creaturas y recompensa sus buenas obras.

    La recompensa del bien y el castigo del mal no es obra sola de la justicia divina, sino también de su misericordia, ya que premia por encima de los merecimientos (“el ciento por uno”) y castiga menos de lo necesario.

    Además, el perdón del pecado no es solo un acto de misericordia, sino también de justicia, porque está como contrapartida por parte del pecador el arrepentimiento y la penitencia.

    La misericordia es señal del poder y majestad de Dios, ya que tiene piedad de todos porque todo lo puede, y utiliza su poder perdonando y ejerciendo la misericordia.

    La sabiduría y conocimiento de Dios, o ciencia divina: El Señor tiene una inteligencia infinita. El primer objeto formal de su conocimiento exhaustivo y total es Él mismo.
    Se autoconoce plenamente y encuentra en esta contemplación su felicidad suprema.
    Secundariamente conoce todas las cosas creadas, pasadas, presentes y futuras, incluso los actos libres de los hombres que realizarán.

    Esta sabiduría de Dios es creadora, con ella hizo todas las cosas.
    Es además ordenadora, pues concede a cada cosa su finalidad y orden., haciendo que alcancen su fin.
    Y además es una sabiduría que guía y gobierna todo con suavidad. A esto solemos llamarlo Divina Providencia.

    La veracidad de Dios: Siendo la Verdad, Camino y Vida, como dice Jesús de Sí mismo, no puede engañarse ni engañarnos.
    Es la Verdad absoluta, y en esto echa por tierra cualquier relativismo con relación a ella.

    La simplicidad: Simple es lo que no es compuesto por parte alguna.
    Dios es substancia o naturaleza simple, indivisible por lo tanto en parte ninguna.
    No existe en él ninguna composición (de “compuesto”) ni física ni metafísica.

    Por lo tanto Dios es espíritu puro y absolutamente simple, sin composición alguna de materia, ni de sustancia y accidente, materia y forma, naturaleza y género.

    Dios Es. Es el que Es: Yahvé.

    La unicidad: Dios es único y sólo Él el Supremo. Si hubiera otros dioses, ya no sería el supremo, ni todopoderoso, y sus atributos caerían uno a uno, ya que los mismos son su esencia y se identifican con ella y entre sí.

    La infinitud, la inmensidad, la inconmensurabilidad, lo ilimitado, lo incircunscripto, lo inabarcable: Dios es infinito. Esto quiere decir que carece de límites témporo-espaciales. Lo abarca todo por su poder de inmensidad y en todas partes está por su omnipresencia, presencia que lo abarca todo. Se encuentra en todo espacio creado.

    Y se encuentra como causa de su existencia en todo creatura que fue hecha por Él.
    Esto produce la conservación de las creaturas, que de lo contrario dejarían de existir.

    Es inconmensurable (no admite “mensura”, medida), ilimitado, todo lo abarca.

    Dios es infinito, carece de medida, es inconmensurable, en su inteligencia y voluntad, en su capacidad de conocer, autocontemplarse y amar operativamente.

    La omnipresencia: Aparte de la mencionada natural y creatural, existe una omnipresencia gracial y sobrenatural, que es la inhabitación divina en el alma de los justos.

    La eternidad de Dios: En Él no hay sucesión de acontecimientos ni de horas.
    No tiene principio ni fin. Un eterno presente es su esencia permanentemente.

    La inmutabilidad: Dios no cambia como los seres humanos: ni de ánimo, ni de pensamiento, ni de voluntad.
    Su inteligencia y voluntad están ancladas en sus designios eternos, que son inmutables, incapaces de cambiar, por su perfección intrínseca.

    Nunca pasa ni puede pasar de un estado al otro, en cualquier aspecto que se considere:
    “Descansa obrando y obrando descansa” (San Agustín)
    No deja de ser lo que es para ser lo que no era (cambio).

    De allí también el término “inconmutabilidad”, en el sentido que no puede mutar, no puede mudar, cambiar, permaneciendo siempre el mismo en todo su ser.

    La inefabilidad: Dios es inefable, en cuanto nada podemos decir de Él.
    Es más, lo que decimos lo decimos por medio de analogías, semejanzas con nuestra vida creatural sumergida en el tiempo y en el espacio, y es más lo que no decimos que lo que podemos decir.

    Esta incapacidad de expresión que dista entre lo creado y lo increado, lo denominamos “incomprensibilidad”, ya que lo que comprendemos lo hacemos con nuestra limitada capacidad de inteligir.

    De allí también el término indecible.
    ¿Qué podemos decir de Él, más que por medio de comparaciones y semejanzas temporales que infinitamente distan de su realidad eterna e inconmensurable?

    Y por eso le decimos el innombrable.
    Por más que en Éxodo 3,15 se haya abajado a decirnos algo de su nombre, la mayoría de Él, que es su misma persona, ya que el nombre se identifica con la persona y la manifiesta, permanece oculto, a descubrir en una “epéctasis” (novedad) permanente en la eternidad, de luz en luz y de gloria en gloria, sin nunca saciarnos plenamente, aunque estaremos saciados, pero con capacidad de más (en esto radica lo novedoso y dinámico del cielo, y no lo estático de la eternidad que a alguno le pareciere).

    Es increado: Se deriva de su eternidad, sin un antes ni un después, siempre existe en un eterno presente autoposeído.

    Y su libertad se demuestra ampliamente en la creación, redención y santificación, y en su modo de realizarlas.

    Tiene la libertad de obrar, y de decidir cómo va a obrar.

    Contrariamente, necesariamente se quiere y ama a sí mismo, se autoposee y contempla, y en ello encuentra su felicidad suprema.

    Y sus designios libres creacionales, redentores y santificadores, coexisten en su esencia libre desde toda la eternidad.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
    Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación
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  • Revisión de Vida

    ¿Qué es el examen de conciencia?

    Revisión de vida.

    El examen de conciencia es parte de un proceso en el que examinamos nuestra vida, nuestros comportamientos, nuestras acciones, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestra mente y nuestro corazón.

    Lo bueno y lo malo.

    Esta revisión abarca lo bueno y lo malo que hayamos pensado, dicho, hecho, omitido, a fin de afianzar y reafirmar lo bueno, proseguirlo y aumentarlo, y repudiar lo malo, rechazarlo, y proponernos no seguirlo realizando.

    El recurso a Dios.

    En el creyente, aparte de la fuerza de los sentidos y de la voluntad, está el recurso a Dios, a Jesús, al Espíritu Santo, a fin de hacer crecer lo que va bien, y desechar y desenraizar lo que va mal.

    Este recurso a Dios se da leyendo la Biblia, orando en un acto de tratar de unirme a Él, intercediendo, pidiendo perdón, alabándolo y dándole gracias.

    Distintos sectores del examen de conciencia.

    Distintos son los campos o sectores que abarca un buen examen de conciencia, una buena revisión de nuestros pensamientos, palabras, acciones, omisiones; nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro corazón.

    Mi relación con Dios.

    Lo primero que debe abarcar esta revisión es la relación personal con Dios Padre, con Jesús, mi amigo y Señor, y con el Espíritu Santo, guía e inspirador vital.

    Con relación a Dios Padre, esencialmente el considerarme su hijo y comportarme filialmente como tal, obedeciendo a su Voluntad, manifestada en Jesús y susurrada en nuestro interior o a través de los acontecimientos por el Espíritu Santo.

    También la confianza en su Providencia, sabiendo que ni uno solo de nuestros cabellos cae sin su permiso, y que si viste a los lirios del campo y alimenta a los pájaros del cielo, mucho más hará por nosotros, creaturas hechas a su imagen y semejanza y capaces de portar vida divina por la gracia, participación en su naturaleza de Dios.

    Con referencia a Jesús, consistirá en ver si soy su amigo y hermano, si camino junto a Él, si lo tengo a mi lado durante el día y la noche, si es más importante que todas las personas y que todas las cosas, y, que en fin, lo es todo para mí.

    Y con respecto al Espíritu Santo, si siento sus inspiraciones, si soy fiel a ellas, y si me dejo conducir por Él, ya que los hijos de Dios son aquellos que son conducidos por su Espíritu.

    Mi relación conmigo mismo.

    Esencialmente consiste en si me sé aceptar y perdonar.
    Sin juzgarme, porque quién conoce lo íntimo del hombre, sino el Espíritu de Dios que está en Él, el único capaz de juzgar.

    Examinando la bondad de mis pensamientos, la falta de rencor en mis emociones, el no querer más de lo que está a mi alcance, el no envidiar ni a las personas ni los bienes ajenos, el compartir libremente el amor, contrario a los celos, el cuidado de la salud y del cuerpo en sus justas y sanas dimensiones, al igual que de la psiquis, el sueño y el descanso reparador, el alimento balanceado e indispensable, etc.

    Mi relación con los demás.

    Esencialmente la buena relación con los que me rodean, sean familiares, amigos, vecinos, compañeros de estudio o de trabajo, etc.

    Siempre una sonrisa, la amabilidad, la educación, el buen trato, el saludo cordial.
    Evitar la discordia, la falsedad, la murmuración, la difamación y la calumnia.

    Ni qué decir de las peleas y los enfrentamientos.

    Mi relación con las cosas.

    El universo que me rodea es parte de la creación de Dios y de la colaboración trabajadora y solidaria de mis hermanos los hombres, creaturas suyas también.

    Es importante el cuidado ecológico de la tierra, el aire, el agua.
    La naturaleza es un tesoro preciado y gratuito que está al alcance de todos y que debemos cuidar y hacer desarrollar con nuestro amor y esfuerzo muchas veces.

    El reino vegetal embellece y oxigena nuestra casa planetaria, y el reino animal cumple su función vital en el cosmos existente.

    Sin caer en antropomorfismos, se debe cuidar de las plantas y de los animales, y evitar la crueldad en el trato con ellos.

    Mucho ayuda el cuidado del reino animal y vegetal a la sana convivencia entre los hombre, y son motivo de regocijo y distensión.

    E incluso en este ámbito tiene relevancia el orden y la belleza que creo a mi alrededor.

    Los frutos del examen de conciencia.

    Sin duda que los frutos de la revisión vital o del examen de la mente, la memoria y el corazón, es desarrollar nuestras potencialidades, incentivando lo bueno, como se ha dicho, el querer ser mejores, no que los demás, sino con referencia a nosotros mismos, y tratar de desechar todo aquello que se interpone maliciosamente de nuestra parte en el camino de la vida.

    Requiere arrepentirnos de los malo y alegrarnos de lo bueno, pedirle perdón a Dios de corazón por lo que no hemos hecho, pensado, hablado, omitido bien, y pedirle acreciente nuestros esfuerzos potenciando todo aquello que es capaz de hacernos felices a nosotros y a los demás.

    El católico practicante acompañará todo esto de la confesión sacramental con el sacerdote instituida por Jesucristo, y cumplirá con la satisfacción o penitencia que éste le imponga, lo que no obsta otros medios ascéticos para quitar lo malo e incentivar lo bueno, impulsados por el Espíritu que obra en nosotros.

    Siempre, hecha con sinceridad, responsabilidad y “buena conciencia”, tendrá frutos de justicia y santidad, alegría y esperanza concretas, echando fuera la desazón, la desesperanza, y la desdicha de la vida sin progreso personal, no tanto en lo material, sino en lo esencial del ser más y mejor.

    Gustavo Daniel D´Apìce
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • El laico comprometido

    El cristiano y el pecado mortal.

    Ser cristiano es seguir incondicionalmente a Jesús, amarlo, imitarlo, configurarse con Él, ser su amigo entrañable.

    El pecado mortal es cuando, en un acto deliberado y libre, me aparto concientemente de Jesús, y así deseo hacerlo, es voluntario.

    Por lo tanto, pierdo la comunión con Él. La unión que hasta entonces tenía la rompo para seguir un camino distinto al de la configuración con Jesús.

    Cuando esto sucede y me arrepiento, es decir, quiero seguir unido a Jesús, no tengo que dudar en levantarme rápidamente, pedirle perdón con mucho amor y restablecer la comunión perdida.
    Para el católico practicante, esto incluye el deseo y propósito de confesar luego este alejamiento de Jesús con el sacerdote autorizado.

    De todas maneras, Jesús perdona cuando uno se arrepiente, cuando tiene contrito el corazón, cuando le pesa amorosamente el haberlo ofendido.
    Y ya está levantado y en gracia y, más aún, con una gracia y una unión con el Señor más profunda y más duradera que la que antes de caer había tenido.

    Porque “volvió a la Casa de su Padre”, como el hijo pródigo, y el Padre misericordioso lo viste con mejores ropas que las que se había ido, y le sirve un banquete que no lo había hecho antes de su despedida.

    El perdón visible y externo, desde afuera, en nombre del mismo Jesús, del sacramento de la reconciliación, no hace más que afianzar y manifestar públicamente lo que ya ha ocurrido en el corazón agraciado del penitente.

    ¿Se deja de ser cristiano cuando uno comete un pecado mortal?

    Ahora bien, uno podría preguntarse si deja de ser cristiano al separarse así del Señor Jesús, del cual era su amigo y su hermano.

    En el momento mismo del pecado grave, se pierde al amor puro por Jesús, que era lo que lo mantenía unido a Él, por la elección de algo (persona o cosa) que lo separa del Señor conciente y libremente.

    Pero Jesús en el Evangelio (frase luego repetida muy a menudo y con mucho ánimo por el Papa Juan Pablo II), muchas veces, más que pedir, ordena levantarse: “-¡Levántate!”, enseguida, pronto, no te quedes más postrado ni lamentándote. No te desesperes.

    Si te levantas con un corazón amorosamente entristecido, compungido, arrepentido, de tu pecado, ya estás con Él.

    De todos modos, como antes decía, en el momento mismo haz perdido la comunión amorosa con Jesús. Pero puedes mantener tu fe, el creer en Él de todos modos, y la esperanza, principalmente de la Vida que Él ha venido a traerte.

    Por lo tanto no dejas de ser estrictamente “cristiano”, pues no lo desconoces ni dejas de esperar en Él tal vez.

    Pero has roto la comunión. Es como que a esa fe y a esa esperanza les falta vida, están como aletargadas, moribundas, han sufrido un shock que les impedirá crecer y desarrollarse.

    Si vuelves a Jesús con amor, allí sí Él te levantará. Tu amor para con Él se hará más fuerte aún, tu unión con Él más potente y deleitosa, tu comunión impedirá que de Él te separes.

    Y la fe volverá a ser viva, vital, aquella que por los frutos de da a conocer, y los frutos serán mayores y mejores aún.

    Y la esperanza se tornará un torrente de agua viva que fluye de todo tu ser comunicando la Vida en Abundancia que Jesús te vino a traer, y que es vida eterna, que viene del Padre del Futuro siempre Nuevo, y que es Vida que cura, sana, reconcilia y libera.

    Ahora sí, tu cristianismo que era casi de “nombre” por el pecado, vuelve a ponerse vigoroso, vital, lleno de impulso y entusiasmo.

    Haz vuelto a ser plenamente “cristiano”, es decir, seguidor de Jesús, unido a Él en las buenas y en las malas. Hijo del Padre Dios y tu corazón está abierto a lo que el Espíritu Santo te inspire realizar.

    ¿Qué es un laico comprometido?

    Un laico comprometido, se entiende que es un laico comprometido con Jesús.
    Por lo tanto lo sigue, está a su lado, unido a Él, y, como Jesús, trata de hacer la Voluntad del Padre en el servicio de los hermanos.

    Todo laico, por su bautismo, renovado siempre concientemente, debería estar comprometido con Jesús.

    Es como si me dijeran que un sacerdote o una religiosa no están comprometidos con Jesús.

    El bautismo es la consagración cristiana, y de no renunciar al seguimiento de Jesús, se supone que lo hace comprometido por el mismo hecho de ser cristiano.

    Y como consecuencia de este seguimiento de Jesús unido a Él es feliz.

    Ahora bien, alguien me pregunta: “-¿Es pecado mortal no ser laico comprometido?”.

    Y la respuesta es: Si eres laico cristiano, estás comprometido con tu Señór.
    Sino, ni eres laico y por lo tanto tampoco comprometido.

    Alguien que se estime cristiano en el mundo y con los quehaceres del mundo (familia, estudio, trabajo, deporte, etc.), no puede dejar de estar comprometido con el Reino de Jesús si se dice tal.

    Por lo tanto, considerarse laico cristiano en el mundo y no comprometerse con Jesús ni con los hermanos en la edificación de la humanidad nueva, es llevar una vida pobre, frágil, débil, mediocre en su fe, esperanza y caridad.

    No sé si será pecado mortal, depende de las acciones desordenadas que haga en su vida, pero sí que esta vida es chata y, posiblemente, poco feliz.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
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  • La Semana Santa

    Es también llamada por los cristianos la Semana Mayor del Año, ya que en ella se actualizan los misterios de la salvación realizados por Jesús, el Hijo de Dios enviado por el Padre con el poder y la fuerza del Espíritu Santo.

    Ella comienza el Domingo de Ramos, en el que Jesús entra en la ciudad de Jerusalén aclamado por sus seguidores, que agitan ramas y arrojan mantos a su paso, como el Rey esperado por los judíos como Mesías y Señor.

    Ante este acontecimiento, las autoridades de su tiempo, deciden acabar con Él, y al no decidir los romanos sobre cuestiones religiosas para un enjuiciamiento civil que pueda llevarlo a la muerte, los jeques judíos no dudan en presentar su aspecto de “subversivo” contra el poder imperial.

    Esto acarrearía un serio problema al entonces gobernador del lugar Herodes, ya que las sediciones judías tenían poco más que harto al emperador de Roma.

    Especialista en Derecho, el administrador de justicia romano ve la inocencia de Jesús, pero ante la impaciencia del pueblo, incentivado por sus líderes religioso-políticos, decide que su suerte corra a voluntad de ellos que, eligiendo la libertad de Barrabás para esas fiestas pascuales, proponen la condena de Jesús.

    Lunes, martes y miércoles santo son un acompañamiento de Jesús en este proceso judicial injusto, lleno de despedidas.

    El jueves por la tarde, luna llena después del equinoccio de primavera, 14 del mes de Nisán judío, Jesús celebra la Pascua con sus discípulos. Todo padre de familia lo hacía con la suya. Era el recuerdo de la libertad a través del paso del Mar Rojo, cuando los israelitas conducidos por Moisés salieron de la esclavitud de Egipto.

    En la liturgia católica, ha terminado la Cuaresma y se entra en el corazón celebrativo del año: El Triduo Pascual.

    Terminada la cena eucarística en la que entrega su cuerpo y su sangre que al día siguiente ofrecerá en la Cruz, cruza el torrente del Cedrón para ir a orar al Monte de los Olivos.

    Judas, en la Cena novedosa y trágica, ya había salido para entregarlo y señalarlo ante las autoridades religiosas judías.

    En el Monte, pide la compañía cercana de Pedro, Santiago y Juan, aquellos que más participaron de sus andanzas por Palestina, y que contemplaron la Gloria de la Pascua anticipada en el Monte Tabor.

    Vencidos por el sueño, ensayan una última defensa cuando Judas se aproxima con soldados y otros más para aprehenderlo.

    Llevado, Jesús es juzgado como blasfemo (querer hacerse Dios siendo un hombre solamente) ante las autoridades religiosas, y condenado por tal.

    Ante las autoridades civiles, cambian el cargo (irrelevante para los romanos), y lo acusan de atentar contra el poder del César emperador.

    Toda la noche del jueves al viernes transcurre entre estas idas y venidas (“entre gallos y medianoche”), tratando de acusar y hacer condenar a Jesús a muerte, no sin torturarlo e infligirle numerosas torturas corporales, psicológicas y espirituales.

    Finalmente, el viernes al mediodía se logra la condena y a las 3 de la tarde es ejecutado.

    Lo acompañamos aquí también con distintas celebraciones, y quedamos expectantes ante la tumba en un silencio contemplativo y amoroso hasta el sábado al anochecer.

    Allí se celebra la fiesta más grande y significativa del mundo católico, la Vigilia Pascual.
    Se anticipa lo que sucedió al amanecer del domingo, cuando Jesús retorna glorificado con su mismo cuerpo, pero ya resucitado y novedoso, a la vida sin fin.
    La Pascua durará litúrgicamente cincuenta días, aunque en la realidad ya es eterna.

    Hemos entrado en el octavo día; Jesús, en la historia, se escapa de ella para ser contemporáneo de todo hombre, y esperar que también resucitados, podamos estar juntos y con Él, corporalmente, sin enfermedad, ni muerte ni dolor, en el Día de su Venida Final.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
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  • 19 de marzo: Día de San José, Patrono de la Iglesia Catól

    La Misión de San José

    Autor: Gustavo Daniel D´Apice

    Previo al nacimiento de Jesús, en la concepción de éste, José tuvo su propia anunciación por medio del Ángel (Mt. 1,18-25), posiblemente Gabriel, el mismo que le anunció a María que sería la Madre del Mesías (Lc. 1, 26-38). Es pobre y ruin pensar que José quiso dejar su compromiso con María embarazada de Jesús, por la duda o la sospecha de que la Virgen hubiera tenido relaciones con alguien y haya quedado grávida por esa circunstancia.

    Los habitantes de Nazareth eran pocos y se conocían bien. María, elegida por Dios desde su concepción para dar a su Hijo Divino una naturaleza humana perfecta, seguramente descollaría por sus buenas costumbres, sus virtudes, su simpatía, su belleza espiritual que resplandecería aún física y psicológicamente. Y esto no era desconocido para José ni para nadie. Era poco menos que imposible que, de repente, hubiera cambiado subrepticiamente y a escondidas, cayendo en fornicación o adulterio, cuando todo su movimiento era por el Espíritu Santo, que la había habitado desde su concepción inmaculada.

    Más bien debemos ceñirnos a lo que acontece cuando hay una manifestación de Dios: Lo divino manifestado causa dos cosas en la persona: Lo primero, fascinación, asombro, extrañeza, admiración, sorpresa gratísima. Lo segundo, huída ante lo desconocido, no sentirse digno, pensar que no se está a la altura de lo que Dios pueda pedir. Esto es lo que aconteció con San José.

    Ante la manifestación portentosa efectuada ante el anuncio del ángel a María, con la consiguiente encarnación del Hijo de Dios en su seno, asombrado y admirado pensó en dejar y apartarse de esta manifestación de Dios en ellos.

    Algo parecido ocurrió con Moisés cuando Dios le habló desde una zarza que ardía sin consumirse (Ex. 3). Primero se acercó para ver ese hecho maravilloso de la zarza que, encendida en el fuego, no se consumía (Ex. 3,3). Y estaba admirado.

    Luego Dios le habló desde allí (v.5). Y Moisés tuvo miedo. (v. 6b,11). Ahora María es la nueva zarza que arde en el fuego de Dios, y de ella sale la Palabra y la Virgen no se consume. Pero José, cercano a ella, se admira ante un espectáculo tan maravilloso, pero como Moisés, tiene miedo y quiere huir.

    No es de extrañar que José tuviera las mismas prerrogativas que María: inmaculado en su concepción, siempre puro, padre virginal de Dios (cfr. Lc. 2,48), ascendido en cuerpo y alma glorificados a los cielos (ya hay ermitas cristianas de Congregaciones religiosas dedicadas a la Asunción de San José); además, no hay por qué pensar que Jesús quisiera más a su madre que a su padre en la tierra..., y lo que hizo con ella no lo haya hecho con él.

    No es de fe definida por la Iglesia, pera nada impide pensarlo. De lo contrario, más que una ayuda, hubiera sido una preocupación para la Sagrada Familia. Y, de ser pecador, hubiera dejado una secuela negativa en la formación psicológica del niño de Belén y Nazareth, como pasa, sin ser idealistas, con nuestros padres, a pesar de que cada uno piense que tiene los mejores del mundo.

    ¿Se lo imaginan: A más de las peripecias vividas por Jesús, María y José, que la Madre y el Hijo hubieran tenido que luchar por la conversión del Esposo y Padre virginal de la familia nazaretana? Parece obvio que no.

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