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  • La Pascua de Jesús: ¿Cómo es un cuerpo resucitado?

    LAS CUALIDADES DE LOS CUERPOS RESUCITADOS
    ¿Cómo es el Cuerpo Resucitado de Jesús, y cómo serán los nuestros?

    De acuerdo a los datos bíblicos, podemos determinar lo siguiente;

    A) Es el propio cuerpo:

    Los muertos resucitarán con el mismo cuerpo que tuvieron en la tierra (idéntica y numéricamente el mismo).

    Tanto mi cuerpo como tu cuerpo, serán los mismos cuerpos, aunque transfigurados, glorificados, inmortalizados, resucitados.

    El concilio de Letrán (1215) declara: “Todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan” (Dz 429).

    Referencias Bíblicas:

    La Sagrada Escritura da testimonio implícito de esa identidad material por la palabra que emplea: “despertarse”.
    Solamente habrá verdadero despertamiento cuando el mismo cuerpo que muere y se descompone sea el que reviva de nuevo:

    a) 2 Mac 7,11: “De él [de Dios] espero yo volver a recibirlas [la lengua y las manos]”
    :) 1 Cor 15,53: “Porque es preciso que lo corruptible se revista de la incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad”.
    c) Flp. 3,21: “ Él [Jesucristo] transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
    d) Cf. Lc 24,39, en la aparición de Jesús resucitado a los Apóstoles, Él les dice que no es un espíritu, pues posee carne y huesos, y les muestra sus manos y sus pies.

    Los cuerpos resucitados estarán libres de deformidades, mutilaciones y achaques.
    Estarán en su máxima perfección natural (plenitud del ser)

    Con respecto a la edad: será una edad madura pero joven, como la de Cristo, aproximadamente 36 o 37 años ( 6 a. C . - 30 d. C).

    Tendrán diferencias sexuales y órganos de la vida sensitiva, pero no se ejercerán las facultades biológicas y vegetativas, como comer, beber, procrear.
    Cfr. Mt. 22,30 “En la resurrección todos serán cómo ángeles en el cielo”.

    :) Cualidades del Cuerpo Resucitado:

    Según el modelo de Jesús Resucitado que aparece en los Evangelios: Serán semejantes a Su cuerpo: Mt 28ss, Mc 16, Lc 24, Jn 20ss, Flp. 3,21:

    I. Impasibilidad:

    Es decir, la propiedad de que no sea accesible a ellos mal físico de ninguna clase, es decir, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Definiéndola con mayor precisión, es “la imposibilidad de sufrir y morir”.
    Ap. 21, 4 : “Él enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado”.

    Lc 20, 36: “Ya no pueden morir”.

    La razón intrínseca de la impasibilidad se encuentra en el perfecto sometimiento del cuerpo al alma que es inmortal.

    II. Sutilidad, sutileza o penetrabilidad:

    Es la propiedad por la cual el cuerpo se hará semejante a los espíritus en cuanto podrá penetrar los cuerpos sin lesionarse ni lesionar, es decir, podrá atravesar otros cuerpos.

    No se debe creer que por ello el cuerpo se transformará en sustancia espiritual o que la materia se enrarecerá hasta convertirse en un cuerpo “etéreo”.

    Veamos ejemplos conforme al cuerpo resucitado de Cristo:
    Jesús resucitado atravesó las sábanas (Jn 20, 5-7).
    Salió del sepulcro sellado por la piedra (Mt 28,2).
    (Un ángel movió la piedra, no para que Jesús saliera, sino para que las mujeres que fueron a visitar el sepulcro pudieran entrar allí y ver que el Señor ya no estaba).
    Entra en el Cenáculo aún estando cerradas las puertas –atrancadas, dice el original griego- (Jn 20, 19.26).

    La razón intrínseca de esta espiritualización la tenemos en el dominio completo del alma glorificada sobre el cuerpo ( en cuanto es la forma substancial del mismo).

    III. Agilidad:

    Es la capacidad del cuerpo para obedecer al espíritu en todos sus movimientos con suma facilidad y rapidez, es decir, en forma instantánea.

    Esta propiedad se contrapone a la gravedad y peso de los cuerpos terrestres, de acuerdo a la ley de la gravitación.

    El modelo de la agilidad lo tenemos en el cuerpo resucitado de Cristo, que se presentó de repente en medio de sus apóstoles y desapareció también repentinamente:
    Lc 24, 31: “Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista”.
    Lc 24, 34: “ Es verdad, ¡El Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”
    Lc 24, 36: “Todavía estaban hablando de esto cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo <>”.

    La razón intrínseca de la agilidad la hallamos en el total dominio que el alma glorificada ejerce sobre el cuerpo, en cuanto es el principio motor del mismo, por lo que este no le opone resistencia.

    IV. Claridad:

    Es el estar libre de todo lo ignominioso y rebosar hermosura y esplendor.

    Jesús nos dice: “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 43)

    Un modelo de claridad lo tenemos en la glorificación de Jesús en el monte Tabor (Mt 17, 2)
    Y después de su resurrección (Cf. Hch. 9,3).

    La razón intrínseca de la claridad la tenemos en el gran caudal de hermosura y resplandor que desde el alma se desborda sobre el cuerpo.

    Es menester aclarar que el grado de claridad será distinto – como se nos dice en 1 Cor 15, 41, haciendo referencia a la condición de los cuerpos resucitados: “Cada cuerpo tiene su propio resplandor: uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor”- y estará proporcionado al grado de gloria con el que brille el alma; y la gloria dependerá de la cuantía de los merecimientos.

    Ahora, ¿Cuándo sucederá esto?:

    En el fin del mundo, donde se realizará el Juicio Final, la Parusía o Nueva Venida de Cristo.

    Recordemos que Jesús dejó incierto el momento en que verificaría su Segunda Venida: Al final de su discurso sobre la Parusía, declaró: “En cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32).

    Finalmente, siguiendo las recomendaciones del apóstol Pablo, procuremos que nadie devuelva mal por mal.
    Por el contrario, esforcémonos por hacer siempre el bien entre nosotros y con todo el mundo.

    Estemos siempre alegres.

    Oremos sin cesar.

    Demos gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos nosotros, en Cristo Jesús (Cf. 1 Tes 5, 15-18).

    Estemos preparados, vigilantes, en vela (despiertos, alertas), pues el Señor esta cerca:

    ¡Amen, ven Señor Jesús! (Ap. 22, 20).

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor Universitario de Teología
    Pontificia Universidad Católica
    http://es.catholic.net/gustavodaniel
    http://gustavodaniel.autorcatolico.org

  • La Semana Santa, La Mayor del Año.

    LA SEMANA MAYOR DEL AÑO

    Así llama la Liturgia de la Iglesia a la Semana Santa, la más cargada de contenidos significativos a través del apasionante Año Litúrgico.

    Es la que transcurre entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua.

    Una parte pertenece a la Cuaresma. Otra es el corazón del Año Litúrgico: el Triduo Pascual, que desemboca en el momento más emocionante de la historia: La Resurrección Gloriosa de Jesús con su propio cuerpo glorificado, festejado luminosamente a través de los 50 días del Tiempo Pascual, cargado de Aleluias, incienso, cantos y Cirios conmemorativos, reafirmando la fe cristiana de que nuestros cuerpos también resucitarán gloriosos de las cenizas, y que con nuestros propios ojos y oídos glorificados veremos y escucharemos a Jesús.

    El Domingo de Ramos comienza con esta Santa Semana.
    Color rojo de sangre para la Liturgia. Se lee el Evangelio de la Pasión que corresponde al Ciclo Litúrgico Dominical del Año que transcurre, sea éste A, B o C. Los Ramos de Olivo aclaman personal y comunitariamente a Jesús que entra en Jerusalén, signo y figura de nuestro corazón, en el que quiere establecerse como Rey y Señor del mismo. En vano es agitar o colgar ramitos si Jesús no es el dueño de nuestra vida.
    O regalarlos a aquellos a quienes Jesús no significa nada en su existencia.

    El lunes, martes y miércoles santo vuelve el color lila o morado de la cuaresma en la liturgia.
    Es importante acompañar a Jesús en las celebraciones litúrgicas de estos tres días. Solemos ir el Domingo de Ramos a Misa y no aparecemos hasta festejar la Cena del Señor el jueves por la tarde. Pareciera el cruel, triste e impío abandono del Señor Jesús igual al de los momentos históricos de la Pasión.

    En las celebraciones litúrgicas de estos tres días, más la del viernes santo, se leen los cuatro Cánticos del Siervo Sufriente de Yahvéh del Profeta Isaías (Is 42,1-7; 49,1-9; 50,4-9; 52,13-53,12).

    Seis siglos antes de Cristo ve Isaías la pasión y glorificación de Jesús de tal manera, que con razón es llamado el 5º Evangelista, aparte de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, contemporáneos de los acontecimientos celebrados.

    La Misa Crismal quiebra la monotonía cuaresmal (ya rota en el gozoso cuarto domingo, el de las vestiduras de color rosado), y con blanco color litúrgico, el Obispo se congrega en la Catedral con su presbiterio y fieles, a fin de renovar sus promesas de fidelidad, y consagrar los óleos que se usarán en los sacramentos cristianos: el de los catecúmenos, el de los enfermos y el santo crisma.

    Se celebra la Misa Crismal el Jueves por la mañana, salvo donde las distancias son extensas, por lo que para que los presbíteros puedan estar en sus comunidades celebrando la Misa del Jueves por la tarde, se adelanta al miércoles anterior.

    Con la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo por la tarde, exclusive, termina la cuaresma.

    Las vestiduras son blancas festivas y se reaviva la memoria de la Institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial, y el mandamiento nuevo del amor, al estilo de Jesús, “hasta dar la vida”.

    Terminada ya la cuaresma, con esta celebración comienza el Triduo Pascual, centro y corazón del Año Litúrgico.

    El viernes de la “Pasión del Señor” no hay Misa, pero sí una importante Celebración Litúrgica, Pública y Oficial Oración de la Iglesia, con ornamentos rojos, en que se lee siempre la Pasión según San Juan (18-19), en la que Jesús Dios (“Yo Soy”: Jn 18,5.6.8; cfr. Ex.3,14) y Rey (Jn 18,33.37; 19,3) parece dominar y dirigir su propio proceso.

    Se adora la Cruz, se hacen oraciones universales por todos los hombres, de cualquier condición, raza, cultura y credo, culminando con la recepción de la Eucaristía.
    Es el segundo día del Triduo.

    El sábado santo es un día muy especial de silencio contemplativo y expectante ante la tumba abandonada del Señor, si es que nuestro corazón está velando en su compañía.
    Ese día no solo no hay Misa, sino que ninguna celebración litúrgica.
    Incluso la Eucaristía como sacramento de la partida, solo puede llevarse a los moribundos en forma de viático, porque sanos y enfermos esperamos la explosión jubilosa del universo en la Resurrección del Señor Jesús, y recién después de ella, entrado ya el domingo con la Vigilia Pascual, recibiremos el sacramento del cuerpo resucitado del Señor.

    En esta Augusta Vigilia, en que comienza a celebrarse el domingo de Pascua de Resurrección, llega a su cumbre el Triduo Pascual, que culmina al finalizar el Domingo de Resurrección..

    Nuevamente la gloria de las vestiduras blancas.
    La Vigilia despunta con el Fuego Nuevo que es Cristo Resucitado: La Liturgia de la Luz.
    Se enciende el Cirio Pascual, que ilumina con la Luz del Señor toda nuestra vida, y que permanecerá 50 días con su resplandor en el presbiterio, y del cual todos tomaremos su claridad, y tomarán luego sus luces los que renazcan a la vida de la gracia por el Bautismo, y los que se eleven a la vida de la gloria al partir de este mundo temporal.
    Dos nacimientos en los que el Cirio deberá hacerse presente en el Altar aunque hayan terminado los 50 días de la Pascua.
    Cirio en el que el Señor Jesús se muestra como Señor de la historia, dueño del tiempo y de la eternidad, principio y fin de todas las cosas.
    Liturgia de la Luz que culminará con el canto o recitación del Pregón Pascual, anunciando la noche de la Resurrección del Señor, precedida en el tiempo por la noche de otra Pascua, la de la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, figura de ésta, la de Jesús, con la total y definitiva liberación de todo mal, incluida la muerte.

    Sigue en esta Noche Santa, la Mayor de todas, la Liturgia de la Palabra: Siete lecturas con sus respectivos salmos y oraciones, que preceden el anuncio de la Resurrección y lo preparan.
    Por motivos pastorales pueden reducirse, aunque nunca se puede omitir la lectura de la primera pascua, figura de ésta, la de Moisés al frente de su Pueblo atravesando el Mar Rojo y pasando de la esclavitud a la libertad.

    Con el anuncio de la Resurrección y el Canto del Aleluya, apagado durante la Cuaresma, y el sonido de las campanas, culmina la Liturgia de la Palabra.
    Si hay Evangeliario, es llevado en procesión “levemente elevado” (IGMR 172) desde el altar (donde fue dejado al inicio de la celebración: IGMR 122.173) hasta el ambón, y es incensado (IGMR 175).

    Sigue la Liturgia Bautismal, en la que se bendice el agua del Bautismo (conviene que haya algún Bautismo como signo), y en la que renovamos las promesas bautismales.

    Excelente ocasión para renovar conciente y fructuosamente el Bautismo que quizá recibimos como un regalo de la Iglesia y de nuestros padres cuando carecíamos del uso de la razón, pero no de la posibilidad de recibir la gracia de hijos de Dios y de comenzar a ser miembros de la Iglesia.

    Culmina la celebración de esta Magna Solemnidad, la Mayor del Año Litúrgico, con la Liturgia del Sacramento por excelencia, la Eucaristía, fuente y cumbre de toda vida espiritual cristiana.

    El domingo de Pascua continúa durante el día esta alegría comenzada en la Vigilia, y se prolonga como Octava durante ocho días, hasta el Domingo siguiente, como si fuera la misma fiesta, y luego en el blanco glorioso de los aleluias de Pascua hasta el día de Pentecostés inclusive.

    ¿Con qué conciencia y fructuosidad vivimos la Semana Mayor del Año y, dentro de ella, el Triduo-Corazón del Año Litúrgico? ¿Soy un hombre, varón o mujer, de la Pascua, resucitado, luminoso y vivo, o arrastro una lúgubre y pesada existencia, habiéndome quedado en la hora nona del viernes santo y no habiendo sabido dar el Paso hasta la Vigilia Pascual, hacia la Luz esplendorosa donde la Palabra brilla con propio fulgor junto al Padre y al Espíritu Santo, resucitada corporal y gloriosamente para siempre, primicia de lo que seremos nosotros?

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • La Cuaresma, camino hacia la Pascua.

    La cuaresma, camino hacia la Pascua de Resurrección.

    Duración.

    La Cuaresma dura cuarenta días. Comienza el miércoles de ceniza y termina el jueves santo por la tarde-noche, antes de la Misa “en la Cena del Señor”.

    También cabe decir que la liturgia considera el Jueves a la noche, con el Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de resurrección, como el Corazón del Año Litúrgico, lo que llamamos el "Triduo Pascual".

    Comienza este Triduo con la Misa “en la Cena del Señor”, y culmina con la Vigilia Pascual el sábado a la noche y el domingo de Resurrección. No olvidemos que la costumbre judeo cristiana considera el día comenzado en sus vísperas.

    Inicialmente, la Cuaresma iba desde el Primer Domingo de Cuaresma al Jueves Santo, pero a raíz de una reforma litúrgica, se descontaron los domingos, por considerarlos pascuales. Para redondear nuevamente el número 40, se añadió a la Cuaresma los días que van del Miércoles de Ceniza hasta el Primer Domingo de Cuaresma. De esta manera salen los 40 días.

    Por lo que, actualmente, la Cuaresma va, según lo dicho más arriba, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo excluida la noche con la Misa de la Cena del Señor, donde comienza el Triduo Pascual.

    Sentido de la Cuaresma.

    A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios. La cuaresma es un gran ejercicio espiritual para ponernos en forma para festejar los 50 días pascuales.

    La Cuaresma es un medio, nunca un fin. El fin es la Pascua, la Resurrección, la Vida Feliz y para siempre.

    El color litúrgico de este tiempo es el lila, que significa preparación.
    Es un tiempo de reflexión, de silencio y retiro si es posible, de desapego de las cosas, de conversión espiritual a Jesús; tiempo de preparación al misterio pascual, a lo definitivo, a la realidad total a la que tendemos..

    La Cuaresma es un camino hacia la Pascua, que es la fiesta más importante de la Iglesia por ser la resurrección de Jesús, la experiencia fundamental del ser cristiano. La novedad cristiana.

    La Cruz es una cara de la moneda. La otra es la Pascua. No hay cruz sin resurrección, ni resurrección y gloria sin sufrimiento ni dolor. Pero la gloria es lo definitivo. El sufrimiento, la enfermedad y el mal son pasajeros.

    Ésta, temporal, es la etapa penúltima. Aquella, la eternidad, será la definitiva, y no sólo con el alma, sino con nuestro propio cuerpos glorificados así como está glorificado el cuerpo de Jesús. Cosa que sucederá en el día final.

    El número cuarenta en la Biblia.

    La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia.

    En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio (Gén. 8, 6), de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto (Éx. 12, 40-41), de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto del Sinaí (Números 33, 40), de los cuarenta días de Moisés (Éx. 24, 18) y de Elías (I Reyes 19, 8) en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública (Mateo 4, 2; Marcos 1, 3; Lucas, 4, 2).

    En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo, y seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida terrena, seguido de pruebas y dificultades, que culminan o desembocan en un lugar o momento feliz.
    Es, por lo tanto, tiempo de prueba, de espera y preparación, para algo nuevo, mejor y mayor que nos espera y que alcanzamos.

    Uno de los caminos, como el de los 40 días de Jesús en el desierto, es el desapego: de las riquezas, de los honores y de la fama vanidosos, y de los placeres desordenados.

    Apegados a Jesús, obtenemos todo eso multiplicado y purificado, sin el desorden que implica la pasión y el deseo.

    ¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?
    El Año litúrgico no se ciñe estrictamente al año calendario, sino que varía de acuerdo con el ciclo lunar.

    Cuenta la Biblia, que la noche en la que el pueblo judío salió de Egipto, había luna llena y eso les permitió prescindir de las lámparas para que no los descubrieran los soldados del faraón.

    Los judíos celebran este acontecimiento cada año en la pascua judía o "Pesaj", que siempre concuerda con una noche de luna llena, en recuerdo de los israelitas que huyeron de Egipto pasando por el Mar Rojo.

    Podemos estar seguros, por lo tanto, de que el primer Jueves Santo de la historia, cuando Jesús celebraba la Pascua judía con su discípulos en la “Última Cena”, era una noche de luna llena.

    Por eso, la Iglesia fija el Jueves Santo y el día de la Pascua, en la luna llena que se presenta entre el mes de marzo y abril y, tomando esta fecha como centro del Año litúrgico, las demás fechas se mueven en relación a esta y hay algunas fiestas que varían de fecha una o dos semanas: El miércoles de ceniza 40 días antes sin contar los domingos. La Ascensión del Señor Jesús, 40 días después de la fecha de su Resurrección el Domingo de Pascua, Pentecostés, 10 días después de la Ascensión y 50 después de Pascua, etc.

    En cambio, otras fechas son según el calendario ordinario y nunca cambian de fecha: Por ejemplo la Navidad, el 25 de diciembre, Reyes o Epifanía, el 6 de enero, y otras fiestas según el calendario del santoral litúrgico (Asunción, San José, San Pedro y San Pablo, Todos los Santos, Los Ángeles Custodios, Los Arcángeles, etc.)

    Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica
    http://es.catholic.net/gustavodaniel
    http://gustavodaniel.autorcatolico.org

  • San Pablo, el predicador, fue también un gran escritor.

    Pablo escritor.

    En el Nuevo Testamento, la parte de la Biblia escrita después de la Venida de Jesús, contiene 13 cartas del Apóstol San Pablo. Algunas de ellas son auténticas, escritas realmente por él, y otras se presentan con su nombre, pero en realidad pertenecen a sus discípulos, quienes transmiten el pensamiento de su maestro.

    Hasta hace no tanto, se hablaba de 14 cartas paulinas, porque se añadía la llamada “Carta a los Hebreos”. Sin embargo, debido a los más recientes estudios bíblicos, hoy ya nadie admite que este texto sea de San Pablo. Además, este texto a los Hebreos, no presenta ninguna indicación de que el autor pretenda presentarse como el Apóstol San Pablo, por lo que ya no se proclama ni se estudia como “carta paulina”, sino aparte.

    En cuanto escritos bíblicos, las cartas auténticas de San Pablo son los primeros textos del Nuevo Testamento, es decir, los más antiguos en cuanto a su escritura vistos desde nuestra época. Su fecha de realización se estima entre los años 50 y 67 de nuestra era, apenas pasando la mitad del primer siglo y poco después de la resurrección corporal y gloriosa de Jesús.

    Pero, en cuanto a su edición pública, se realizó cuando los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, y el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito también por Lucas y que formaba un solo bloque seguido a su Evangelio, vieron la luz, y se encontraban ya circulando por las distintas comunidades cristianas. Esto estaría sucediendo alrededor del año 100, antes de que aparezca el Evangelio de San Juan, o simultáneamente con su descubrimiento.

    Las cartas de San Pablo, eran cuidadosamente guardadas y leídas en las iglesias o comunidades a las que eran dirigidas (romanos, corintios, efesios, etc.). Las otras comunidades las conocieron después de su recopilación y edición, es decir, después del año 100.

    A fines del siglo primero, algunos recopiladores, desconocidos hoy para nosotros, recogieron, fusionaron y separaron las cartas paulinas para su edición y publicación, a fin de que sean leídas en todas las comunidades cristianas, y no solamente en aquellas a las que el Apóstol se dirigía, generalmente luego de alguna fundación o visita.

    Y editaron tanto las cartas auténticas y personales del Apóstol, como las escritas por sus discípulos bajo la guía de su pensamiento.

    La segunda carta de Pedro, escrita a mediados del siglo II (a. 150 aprox.) menciona ya “todas las cartas de Pablo” (2 Ped 3,15-16), lo que indica que ya en esta edad temprana de nuestra era y a pocas décadas de la resurrección de Jesús, la colección de cartas paulinas ya estaba editada y publicada, mientras seguían incorporándose escritos neotestamentarios.

    La colección de sus cartas fue rápidamente aceptada por toda la Iglesia de los cristianos como Palabra de Dios inspirada, es decir, como Sagrada Escritura, y pasó a formar parte directamente de la Biblia. En el texto indicado de San Pedro, moderador de la Iglesia en su tiempo, se mencionan “todas las cartas de Pablo...con el resto de la Escritura”, poniendo a ambas en el mismo rango.

    De las trece cartas atribuidas a San Pablo, sólo siete son reconocidas como indiscutiblemente auténticas, lo que no quita la inspiración divina de las otras y su ineludible incorporación a las Sagradas Escrituras.

    Estas otras seis sostienen los especialistas bíblicos que fueron escritas por los discípulos más o menos directos del Apóstol, que después de la decapitación de éste por las autoridades romanas, debieron actualizar su doctrina ante nuevos problemas pastorales y conceptuales que se presentaban en las comunidades recién formadas, o de corregir errores o desviaciones que surgían en las mismas.

    Recurrían entonces a lo que era costumbre en la antigüedad: la Pseudonimia, es decir, la utilización de un pseudónimo que hiciera referencia al pensamiento de un autor del pasado (reciente en este caso), para volcarlo en una obra presente a fin de zanjar dificultades y problemas actuales.

    Las cartas reconocidas como auténticas y escritas directamente por San Pablo son: Primera a los Tesalonicenses, Filipenses, Filemón, Primera a los Corintios, Segunda a los Corintios, Gálatas y Romanos, su obra magna, el gran testamento o herencia de Pablo para percibir su riqueza y hondura particular.

    Entre las cartas atribuidas a sus discípulos bajo la guía de su pensamiento para actualizar respuestas a problemas posteriores a su vida, figuran: Segunda a los Tesalonicenses, Efesios, Colosenses, Primera y Segunda a Timoteo y la carta a Tito.

    A veces las cartas tienen una unidad aparente, ya que en ciertas ocasiones son recopilaciones de fragmentos de cartas, encontradas por los recopiladores en las distintas comunidades o Iglesias, algunas como páginas sueltas también, y que no quisieron perder sino conservarlas, por lo que las incorporaron en cartas ya armadas y más extensas, como capítulos aparte o en coordinación con algún tema de un pasaje.

    San Pablo, el predicador, es también el teólogo escritor profundo.

    Inmortaliza la Sagrada Escritura en el Nuevo Testamento su pensamiento, guía perenne de las comunidades cristianas hasta el encuentro definitivo con Jesús Resucitado en su Segunda Venida Gloriosa o Parusía, en el Juicio Final.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor Universitario de Teología
    Pontificia Universidad Católica
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  • Semblanza del Apóstol San Pablo

    Semblanza del Apóstol Pablo.

    Continuando con la reflexión y el conocimiento del Apóstol San Pablo:

    Un buen judío.
    Pablo, conocido también bajo el nombre de Pablo de Tarso (“Pablo”, griego, “Saulo”, hebreo), apóstol Pablo, o simplemente “el Apóstol”, nació probablemente unos años después de Jesús, en Tarso, ciudad de Cilicia, lo que actualmente es Turquía.

    Era judío, hebreo de nacimiento, y su nombre Saulo era en honor del primer rey de Israel, Saúl.
    Desde niño estudió la Ley de Moisés en Jerusalén, bajo la guía del gran maestro de su tiempo Gamaliel.

    Pablo “conoce a Jesús”.
    Teniendo algo más de 30 años (quizá 36 o 37), y enterado de la nueva doctrina que anunciaban los seguidores de Jesús, a Quién no había conocido, pidió autorización a las autoridades judías para perseguir a la nueva “secta judía” en Damasco, pero camino hacia esa ciudad, su vida cambió radicalmente.

    Vio una gran luz y escuchó la voz de Jesús preguntándole por qué Lo perseguía, identificándose así Jesús con sus mismos seguidores.
    Tres veces relata su compañero de aventuras Lucas en los Hechos de los Apóstoles este evento y experiencia únicos: Hechos 9,5-7; 22,5-16 y 296,10-18.

    Quedó ciego y un discípulo de Jesús, Ananás, tuvo que imponerle las manos para que recobre la vista y quede lleno del Espíritu Santo.

    El elegido de Jesús.
    Jesús lo eligió para que anuncie su mensaje de salvación, la Buena Nueva, a todos los pueblos. Por eso recorrió toda Europa y Asia menor, pasando por Antioquía, Chipre, Éfeso, Listra, Derbe, Corinto, Filipos, Tesalónica, Jerusalén, Roma y muchas otras ciudades.

    Pablo nos dice en sus escritos que recibió el encargo de predicar a los no judíos, así como Pedro lo había recibido de predicar al pueblo elegido de Dios. Aunque los límites de ambos no eran tan estrictos.
    También hace alusión a que trabajó “más que todos los demás” anunciando el Evangelio, aunque no por sus propias fuerzas, sino por la gracia de Jesús Resucitado que actuaba poderosamente en él (I Corintios 15,10).

    Pablo predicador.
    Al llegar a una ciudad, Pablo reunía a los cristianos en alguna casa, y comenzaba a predicar. Su fuego y ardor eran incansables, y podía hablar de Jesús horas y horas.
    Una vez comenzó a predicar de noche, era la madrugada, y permanecía hablando de Jesús. Un joven, de nombre Tíquico, estaba sentado en una ventana escuchándolo, pero el sueño lo venció y cayó al vacío desde el segundo piso de la casa donde estaban reunidos. Había muerto, y todos se afligieron mucho. Pero Pablo invocó a Jesús y el muerto volvió a la vida (Hechos, 20,7-12).

    Pablo escritor.
    Así como fue un gran predicador, fue también un gran y culto escritor. Pasaba por las comunidades predicando la Buena Noticia de que Jesús había resucitado y vivía, y que nosotros resucitaríamos con nuestros propios cuerpos como Él, libres ya del poder del pecado, del mal, del dolor y de la muerte.
    Luego, escribía cartas para mantener viva la llama de su enseñanza e inducir a sus lectores (como lo hacía con sus escuchas) a tener una experiencia real del Señor Resucitado lleno de poder y de gloria, aunque sin escapar a la ignominia de la cruz y del dolor que finalmente nos llevarán a la muerte antes de tener vida eterna y finalmente resucitar.

    Escribió a las romanos, corintios, efesios, colosenses, a Tito, Timoteo y otros más.

    Pablo y sus viajes.
    El amor de San Pablo por Jesús era tan vivo y experimental, que quería llegar a todos los lugares conocidos para comunicar su mensaje y llevar a todos al conocimiento de la fe de Cristo.

    En aquel tiempo, con los medios precarios que existían, los viajes no eran fáciles. La mayoría de las veces se andaba a pie, a pesar de que había vehículos tirados por animales.
    San Pablo visitó ciudades de Europa y Asia menor, como Iconio, Listra, Derbe, Antioquía de Pisidia, Roma, Corinto, Éfeso, Macedonia, Filipos, Tróade y muchas otras.

    En todas esas ciudades, la propuesta era siempre la misma: la fe en Jesús Resucitado y la nueva vida que brota de la experiencia del encuentro con Él.

    Pablo predicaba que Jesús es el salvador de todos los pueblos, y no solamente del pueblo judío. Eso fue motivo de mucho sufrimiento y persecución.

    Sintiendo que ya había cumplido su misión, fue a Jerusalén, donde era sabido que lo tomaría preso (Hechos 21). Al ser también ciudadano romano, pidió que lo juzgara el emperador, por lo que fue enviado a Roma (Hechos 22,22ss. Hechos 25).

    Durante su viaje, con 276 personas a bordo de una nave, la mayoría prisioneros, el barco naufragó. Su compañero de viaje Lucas relata () la peripecia, en la que la intercesión de Pablo hizo que todos se salvaran y cobijaran en la isla de Malta, donde fueron muy bien recibidos (Hechos 27 y 28).

    Haciendo una fogata, una víbora se enroscó en la mano de Pablo. Fue sorpresa de todos ver como Pablo, con un simple movimiento de su mano, tiró la cobra al suelo sin que ella se quemase.

    Pablo da la vida por Jesús.
    Después de tres meses en la isla de Malta, Pablo y sus compañeros consiguieron llegar a Roma.
    Estuvo más de dos años con prisión domiciliaria, dedicándose a la oración, la reflexión y el anuncio de Jesús entre los que lo iban a ver.
    Posiblemente en el año 68, Pablo fue decapitado, modo de ejecución para los ciudadanos romanos.
    En Roma está el lugar donde murió: Se llama “Las Tres Fuentes” (“Tres Fontane”), debido a que cuando la cabeza cortada de Pablo cayó al piso, dio tres saltos, y en cada uno de ellos brotó una fuente de agua (símbolo de la vida).

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • Enseñanza de la Fiesta de Reyes.

    Enseñanza de la Fiesta de Reyes

    I. Los buscadores de la luz.
    Los magos representan a todos aquellos que sin una revelación explícita del Dios judeo-cristiano, sin embargo buscan la luz, la verdad, la vida, la paz, la justicia, el amor, lo bello, el bien, ya sea porque está revelado en sus religiones por las “semillas del Verbo esparcidas en ellas (Concilio Vaticano II), o bien porque son fieles al Dios que les habla en el Sagrario de su conciencia, aún sin creer en Él o sin buscarlo explícitamente; pero sí implícitamente en los valores señalados.

    II. La entrega generosa y alegre.
    Los magos se llenan de alegría al ver la estrella sobre la Gruta de Belén (Mt. 2, 10), y le entregan con generosidad y desprendimiento sus dones de oro, incienso y mirra (v. 11:).

    III. El cambio de rumbo.
    El encuentro sincero con Jesús produce el retornar desde Él por camino distintos (v. 12:).
    Recordemos que Jesús es el Camino (Juan 14, 6).

    IV. La estrella.
    Significa todos aquellos signos que nos llevan hacia Dios, incluso naturales, pero que en última instancia son también mensajes y creación suya. La Sagrada Escritura completa y perfecciona este mensaje (Mt. 2, 4-6), pero hay que saber descubrirlos porque la vida está llena de ellos.

    V. Dejarlo todo. Las dificultades.
    Los magos dejaron todo para ir hacia lo desconocido ante el mensaje de Dios. Lo mismo hizo en otro tiempo Abraham, el padre de la fe (cfr. Génesis 12, 1-4a). Dejaron sus comodidades, sus palacios, sus familias, su entorno conocido, para ir hacia lo que no sabían. No temieron las dificultades del larguísimo camino ni, al llegar o antes de irse, pasaron por la posada a descansar o se quejaron ante María y José de las seguras callosidades y dolores de los pies. Van y vienen guiados por esa luz interior que no les hace desviarse un ápice de su camino (cfr. Lucas 10, 4: “no se detengan...por el camino”).

    VI. El pesebre y el palacio.
    Venían a adorar a un Rey. Lo lógico es que estuviera en un Palacio. Jesús es de la descendencia de David, Salomón, etc., cuna de los esplendores de Israel, por parte de su padre virginal, por la que la misma le correspondía (mateo 1, 6.16). Era una casa real venida a menos, pobre. Que para y pare en un establo. Los magos seguramente vendrían de sus palacios de oriente, pero no se escandalizan al ver al Rey en el establo, ya que una Luz mayor los ilumina.

    VII. El ser “estrellas”.
    No quiere decir esto el ser o creernos los mejores, según lo entiende el mundo vanidoso. Significa el ser estrella para los demás como lo fue la estrella para los magos. Que sepamos conducirlos a donde está Jesús y luego desaparecer sin querer hacer notar el ulgor que tuvimos al conducirlos (cfr. el testimonio de Juan Bautista en Juan 3, 20: “es necesario que Él crezca y que yo disminuya” –y me apague- (n.a.).

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • Los Magos venidos de Oriente

    Los Magos venidos de Oriente

    El episodio está narrado en el Evangelio de San Mateo, capítulo 2, versículos 1 al 12:

    Lo primero que llama la atención es que en ningún momento se habla de reyes.

    Pero la tradición cristiana vio cumplida en esta narración lo anunciado en el Salmo 72 (71), vv. 10-11, que habla de un Rey Mesías al que los Reyes le traerán regalos, y ante el cual se postrarán para adorarlo.

    Tampoco se dice el número, pero el número de dones ofrecido en Mateo 2,11 (oro como rey, incienso como Dios y mirra como hombre mortal), hizo que muy pronto la representación artística e iconográfica haga aparecer tres reyes magos, uno por cada don ofrecido.

    Además, esto coincidía con el número de razas conocidas, y así la manifestación universal a todos los pueblos de Jesús significada por esta fiesta de Epifanía (gr: manifestación), incluyó al blanco europeo, al negro africano y al amarillo achinado asiático.

    Una estrella conducía a estos magos astrónomos, ciencia milenaria en oriente, que estudiaba la conjunción de los astros con mucha exactitud. Los mejores estudios señalan que serían sacerdotes persas, principalmente observando su devoción y esmero hacia el Salvador que no conocían ni esperaban:

    Según el astrofísico Kepler y los jesuitas que lo seguirían después con sus observatorios, la estrella brillantísima vista por los magos se repetiría algunas veces en el transcurso de nuestra era (Mateo 2,9): es una conjunción de Saturno y Júpiter en la constelación de Piscis.

    Según el significado antiguo de estos signos, Saturno era la estrella que guiaba al pueblo que estaba en Palestina.

    Júpiter indicaba un gran Rey que habría de nacer, y la constelación de Piscis significaba la estrella del final de los tiempos.

    Por lo que el significado de la estrella sería: “El Gran Rey del Final de los Tiempos iba a nacer en Palestina”. Y acuden a adorarlo: Seguramente una Luz mayor los ilumina.

    Cuando preguntan los magos al llegar a Jerusalén al Rey Herodes por el recién nacido, éste convoca a los especialistas en la Sagrada Escritura, quienes luego de investigarla, responden sin titubeos que “en Belén de Judea” (Mateo 2,5) iba a nacer el Salvador, según señalaba el profeta Miqueas 5,1.

    Pero, teniendo la Biblia que lo anunciaba, no acuden a adorarlo.

    En cambio, los magos, que seguían signos y circunstancias naturales, iluminados ahora por la Revelación, si van.

    Y habiéndose encontrado con Jesús, vuelven a su casa “por otro camino” (Mateo 2,12):

    Ninguno que se encuentre con Jesús puede seguir por el mismo camino:
    El encuentro con Él cambia y transforma:
    Es más, propone seguirlo, ya que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14,6) y nadie va al Padre sino es por Él.

    Y signos, circunstancias y acontecimientos, pueden llevarnos hacia Él, como hizo la Estrella con los sabios de Oriente.
    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • Los Personajes del Pesebre

    Los Personajes del Pesebre

    El Pesebre es otro de los elementos pedagógico y espiritual, antropológico, cultural y artístico, que acompaña nuestra celebración navideña de la Venida de Jesús.

    Hace referencia a la primera venida de Jesús, cuando nace pobre y humilde en Belén, entre el aliento cálido de los animales, y es adorado por sus papás José y María, por los Pastores de Israel, y por los Magos venidos de tierras lejanas (Mateo 1,18-25-2,1-11 según la fuente josefina; Lucas 2,1-20 según la fuente mariana)

    Es una creación muy antigua, pero popularizada por san Francisco de Asís en el año 1223.

    El poverello visitó al papa de su tiempo, Honorio III, y le manifestó sus planes de hacer una representación escénica de la Noche de Navidad.

    Salió de Roma y en la Nochebuena de Greccio, Italia, construyó una establo con la cuna de Jesús, y agrupó en adoración silenciosa a su alrededor a María y a José, al asno y al buey, y a los pastores con sus ovejas que contemplaban admirados y gozosos al recién nacido.

    A partir de entonces, a raíz de una experiencia mística que recibió Francisco de tener al Niño Jesús entre sus brazos con inefable resplandor, la devoción al pesebre se extendió por todo el mundo cristiano conocido.

    El pesebre es el lugar hecho cuna donde comían los animales.
    El establo era el recinto más amplio que contenía animales y pesebre/s.

    Se comienza a armar en la tarde anterior al primer domingo de Adviento, tiene su cumbre en la Nochebuena y los ocho días siguientes de la Octava de Navidad, y dura en nuestras casas y templos hasta el domingo posterior al 6 de enero, a la fiesta de Epifanía (Reyes) en que se celebra el Bautismo del Señor.

    Entonces termina el tiempo litúrgico de Navidad y comienza el Tiempo común, ordinario (de “orden”), en el que vamos meditando “ordenadamente” la vida y los misterios de Jesús.

    Por supuesto que el personaje principal de la representación (que aparte de estática puede ser también “viviente”) es el Niño Jesús, el Mesías esperado de Israel, que conviene entronizarlo en su cuna-pesebre en la Nochebuena, si es posible en familia y proclamando alguna oración o lectura bíblica del nacimiento.

    Esto “centra” la atención de la celebración familiar navideña en quien es el “Centro” de la misma, cosa que tan desdibujada parece a veces y que conviene recobrar en su sentido trascendente.

    Aclarado que Jesús que nace es el Centro de la celebración, nos metemos en los demás personajes: José, su papá virginal, por quien le llega la ascendencia real davídica propia del Mesías esperado.

    María, la Madre Virgen, que da la naturaleza humana a Aquel a quien el Espíritu Santo da la naturaleza divina en su seno.

    Los ángeles (Lucas 2,9), que comunican familiarmente la noticia a los pastores de ovejas de Israel, el pueblo elegido, y que por lo tanto entendían de apariciones y mensajes angélicos, pues el antiguo Testamento está lleno de ellos.

    Y que humildemente y con el corazón abierto acuden a adorar al Salvador esperado.

    El burrito y el buey no es simplemente una cuestión folklórica. Es una cuestión bíblica sabiamente releída:

    Están mencionados en el profeta Isaías, 1,3, donde se dice que el buey conoce a su amo y el asno al que le da de comer, pero Israel (y aquí colocamos el nombre de cada uno de nosotros) no conoce a su Señor.

    Queda como mensaje que, así como el burrito y el buey, infaltables bíblicamente en la representación navideña, seres sin inteligencia, conocen a sus dueños y a quienes los alimentan, así también nosotros, seres inteligentes, debemos conocer a Aquel que es nuestro Dueño y Señor, aquel que dice en el Sermón de la Montaña de Mateo 6, 25-34, que es capaz de vestirnos como lo hace con los lirios hermosos del campo, y de alimentarnos como lo hace con los gorriones que revolotean por los aires.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • Un árbol de Esperanzas

    Un árbol de Esperanzas

    Los antiguos germanos creían que el mundo y todos los astros estaban sostenidos por las ramas de un árbol gigantesco llamado el “dios Odín”, al cual le rendían un culto especial. Cantaban y danzaban alrededor de él, adornándolo con antorchas.

    San Bonifacio (siglo VII) fue quien evangelizó Alemania e Inglaterra. En sus incursiones misioneras derribó el árbol que representaba al dios Odín, y en el mismo lugar plantó un pino, símbolo del amor perenne de Dios, al que adornó y colocó luces de velas.

    El pino es un árbol de la familia de las coníferas que, como el abeto, permanece siempre verde. No se mustia ni se seca: Siempre está dando vida y frutos. Es signo de esperanza.

    Remitió enseguida al árbol de la cruz, que tampoco se seca nunca, sino que por el poder de la Resurrección de Jesús está dando siempre frutos de vida, y vida en abundancia (Juan 10,10).

    Los adornos pronto pasaron a ser rojos, signo del Amor de Dios hacia nosotros, derramado por el Espíritu Santo que nos fue dado (Rom. 5,5), y que Jesús manifestó dando la vida por nosotros.

    El amor se manifiesta más cuando se sufre por el ser amado. Más aún cuando se da la vida por él.

    La luz de las velas significaron a Jesús Luz del mundo (Juan 8,12. 9,5). Pronto se cambiaron por luces, titilando en este mundo, mientras que en la eternidad la Luz de Jesús será clara y completa, sin titilación alguna.

    Tienden a la luz del cirio encendido en la Vigilia Pascual, del cual toman luego la luz los padrinos para los nuevos bautizados.

    Durante toda la edad media desde el año 700 esta costumbre se extendió por Europa, y llegó a América a través de los misioneros.

    Nos enseña que nosotros también, como el árbol verde, debemos dar frutos de vida: virtudes y valores que adornen nuestra vida y enriquezcan a los demás.

    Como los rojos adornos, nuestra vida también debe estar marcada por el fuego del amor, que comparte y es solidario y paciente con los otros.

    Y como las luces, debemos participar de la Luz de Jesús y ser luz para los demás, ya sea con nuestros ejemplos, con nuestra palabra, con nuestra escucha silenciosa, con nuestra guía y consejo cuando sean necesarios.

    Además contemplamos que nuestros árboles de Navidad están cargados de regalos.

    Jesús es el Gran Regalo del Padre entregado por Amor.

    Nuestros regalos, aún los más simples y sencillos, participan del Gran Regalo del Padre, y son una solicitud para con nuestros hermanos más necesitados.

    Por eso, lo más importante es el amor con que se entregan.

    Es más, el regalo más importante es darnos a nosotros mismos y nuestro tiempo a favor de los demás.

    Y finalmente acompaña el Obispo de Mira, Asia, San Nicolás, al cual los germanos quitaron de su nombre la N, la i y la o, por lo que quedó Claus. Sus vestiduras rojas de Obispo, su larga barba blanca de anciano sabio y piados, la bolsa para los pobres en una mano y la luz del Evangelio de Jesús en la otra, nos enseña a compartir.

    Su nombre quedo “de Bari” porque los italianos llevaron sus reliquias a esa ciudad, y acompaña al Árbol de la Navidad porque se lo celebra el 6 de diciembre, siempre en pleno tiempo de espera del nacimiento de Jesús.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    Pontificia Universidad Católica

  • La Corona de Adviento.

    Significado de la Corona de Adviento.

    La Corona de Adviento es un elemento pedagógico-espiritual del Adviento, que acompaña nuestra Liturgia y Oración.

    El Adviento es el Tiempo Litúrgico de preparación para la Navidad.
    Comienza el cuarto domingo anterior al 25 de diciembre.
    La Corona acompaña esta preparación.

    Es circular, símbolo de la eternidad. El color verde de su follaje significa la vida siempre abundante que nos trae Jesús (anticipando el follaje siempre verde del árbol de Navidad, y remitiéndonos ambos al árbol siempre de la Cruz, que por la Resurrección comunica sus frutos constantemente).

    Los listones rojos son signos del Amor de Dios, que fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Romanos 5,5).

    Las velas que se encienden en cada domingo de la espera, nos conducen a la Luz de Jesús, Luz del mundo, que se va incrementando hasta que “se hace presente” en la Navidad.

    El primero y segundo domingo se encienden velas lilas (color de preparación y de espera), el tercer domingo vela rosa (símbolo de la alegría por la proximidad de la Venida del Señor Jesús), el cuarto nuevamente lila, y en la Nochebuena se enciende una vela blanca significando la gloria de Jesús en medio nuestro.

    Esta luz intensa de las cinco velas en la Noche de Navidad, nos traslada al Cirio encendido en la Vigilia Pascual. La Encarnación prepara la Resurrección. Sin Encarnación no habría Resurrección. Sin Resurrección, la Encarnación carecería de sentido y sería algo vacío. La Resurrección es la Luz definitiva que ilumina nuestro caminar. Es la Realidad Total.

    Jesús es la Luz Eterna y la Vida en Abundancia, el Amor del Padre presente entre nosotros.
    De todo eso nos hace participar a través de signos y símbolos, en los cuales nos comunica su Realidad Viva, Amorosa y Luminosa.

    Gustavo Daniel D´Apice
    Profesor de Teología
    http://es.catholic.net/gustavodaniel
    http://gustavodaniel.autorcatolico.org

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