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hombre - 26 años, bajo el puente de la avenida hidalgo, Mexico


Blog / MaIcEnA dE fReSa (fadanelli)

miércoles, 28 de febrero del 2007 a las 09:15

Ella estaba parada junto a un cartel de Cuidemos el agua, es por el bien de todos. Tenía un vestido color betabel y zapatos de agujas largas y charol impecable, y su cabello negro, casi de plástico, cortado por unas tijeras bien afiladas. Era tan pálida como una puta del Cáucaso, o si se quiere tan blanca como la avena o como el semen de un toro. "una mujer blanca para esta noche negra y estúpida", pensé. La calle bautizada con el nombre de un santo, la calle estrecha y del fondo de sus coladeras un olor a orines y sangre de rata, y excremento y aromatizador Wizard. Ella mantenía la barbilla alzada, la nuca recargada en la pared, y la mirada extraviada en un cartel de letras enormes, tipografía helvética: "no hay obstáculos, lo que hay son malas decisiones". Me detuve porque tenía los testículos ardiendo, tal vez porque desde hacia muchos meses no recogía a una desconocida para arroparla con mis sábanas sucias, llenas de manchitas de mostaza y refresco de naranja, salpicadas con gotitas de sangre y escupitajos de pluma fuente. Me acerqué a ella, misterioso, como si guardara la navaja en la mano, aunque en lugar de la hoja filosa y refulgente extraje unas pastillas de frambuesa que también brillaron con un rojo intenso. Y se las ofrecí.

Metí la llave en el ojo de la cerradura, a tientas, porque mis ojos estaban en otra parte, y mis labios untados a su pezón, tan duro como una avellana seca. "esperate a que entremos, papito", dijo, y su papito obedeció, empujó la puerta de pino con olor a viejo y a barniz, encendió la luz de un foco de 50 watts y la invito a entrar a un departamento sin alfombras, ni lavadora en el baño, ni closet de puertas averiadas, ni peceras con peces de ojos saltones, ni envolturas de chocolates Hersheys tiradas en el tapete de baño. Y ella entró, fea como en realidad era, descubierta por la vil y amarillenta fatalidad del foco, con su cabello mal cortado y sus zapatos de charol descascarados por el uso, y sus uñas pintadas de un naranja infeliz y su piel dorada como la piel de una tortilla, y su vagina limpia y rojiza como su vestido con una quemadura de cigarro en el escote. "¿Cuánto me cobras por hacer de cenar?". "Nada", dijo, y preparó dos huevos estrellados, supurando aceite, y calentó en un comal pan bimbo y exprimió la salsera como si estuviera estrujando la gran verga para sacarle el último chorrito de catsup.

Nos lavamos los dientes con el mismo cepillo de cerdas jodidas e hicimos buches con astringosol y nos enseñamos la lengua como los que va a agarrarse a madrazos y antes se muestran los puños llenos de anillos y de huesos cicatrizados y nudillos negros. pero la verdad estabamos tan agotados, yo por mi trabajo en la oficina con la mano dolorida de tanto poner sellos en la parte inferior izquierda de cientos de facturas, y de ir en metro hasta Atzcapotzalco a cobrar un adeudo , y volver y esperar a que un puto gerente se le hincharan las bolas para decirme: "vete de una vez para que mañana vuelvas más temprano." Y ella también estaba a punto de dormirse, molesta por la violeta de genciana que tenia a un lado el culo, "me mordió un perro", mentía, porque se la habían cojido ya tres veces, tres malas decisiones que ya había tomado para salvar el obstáculo. "yo soyu tu buena decisión, mi putita", le dije, pero no pudo escucharme, estaba dorida, llenandome el cuello con su olor a astringosol, clavándome la rodilla en los testículos hace un par de horas ardientes y ahora frios como dos albóndigas amoratadas recien sacadas del refrigerador.

Se quedó a vivir en mi casa mientras estuve curandole su mordida de perro, y ella haciendome espaguetis, a veces con crema y a veces con tomate y nunca con mostaza como a mi me gustaban. Pero lo que sí hacia muy bien era chuparmela mientras yo cerraba los ojos imaginandome a la putita caucásica de cabello azuloso y zapatos impecables que recogí en la calle con el nombre de un santo. Y seguir poniendo sellos y firmando facturas se volvió un poco menos aburrido porque sabía que llegando al departamento abriría la puerta de pino y estaría ella ofreciendome un plato de espaguetis con tomate y sus labios hinchados y rojos como una goma de mascar a punto de reventarse, y su culo ya cicatrizado, y mi casa un poco más ordenada, sin los Corn flakes regados por el piso, ni mis calzones Rimbros colgados en la falleba de la ventana, ni la taza del baño tatuada con las costras de orines, ni las cajitas de maicena de fresa almacenadas en el horno de la estufa, ni mis revistas porno tiesas de semen regadas en el piso del baño. A"Al final la puta se cconvirtió en tu sirvienta", me dijo un día antes de que nos casaramos por el civil, porque no teniamos dinero suficiente para masturbar a Cristo, ni para el vestido, y el arroz preferiamos comerlo con plátanos fritos, y chícharos muy verdes, y ejotes blanditos.

Ahora vuelvo a pasar por esa calle donde recogí a mi esposa y madre de mis dos hijos, y suspiro cuando veo a una jovencita de piel amarilla y ojos grande que llaman para decirme: "por qué no nos venimos juntos, papito". Y, haciendome pendejo, dejo mi portafolios Samsonite en el piso para buscar en los bolsillos mientras le veo esas piernas de dieciseis años y los pezones lamiendo el escote de su vestido, y sus orejas pequeñas como de perro chihuahueño, y encuentro un billete de docientos pesos que le muestro pasandoselo por entre las piernas y dándole una débil mordida en el hjombro, "es lo que tengo", le digo, pero ella, tierna, me dice,: "es lo todo lo que valgo", y nos vamos a un hotel llamado Fabiola donde nunca hay agua caliente ni música estereofónica, ni alfombras, ni ropa ordenada, ni cajas de maicena de fresa juntitas y formaditas en la alacena, ni gritos de niños estúpidos, ni putas con el culo cicatrizado exigiéndote a gritos dinero para pagar la renta de el departamento.

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