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sábado, 13 de septiembre del 2008 a las 11:06
gro0viEmo0n
CAÍDA LIBRE, VOL. 7
Mónica Gameros
COLECCION DESTOSDEMEDOS
POESIA DE LA ERA DEL VACIO
Edit. Start Pro
México, 2007
Caída libre
Mónica Gameros
Llega el meteorito de la locura,
el final se acerca,
sin paracaídas alguno
no queda sino saltar
y disfrutar la vista.
Mo0n
C A Í D A L I B R E
Caída sin temor hacia lo más profundo del vacío que nos invade
y nos obliga a cerrar los ojos,
como si cerráramos la puerta
ante la llegada de un tornado y con eso,
pudiéramos evitar la
C A T Á S T R O F E.
No hay preguntas sobre la caída libre,
sólo se sabe que domina a aquellos
que tienen la desventaja de no poder dormir despiertos,
de no poder arrancarse de la mente,
el idealismo puro
de la L I B E R T A D.
Se les llama desadaptados,
solitarios, amargados,
depresivos, suicidas, rebeldes…
y en realidad son kamikazes de la vida,
de la idea del BIENESTAR.
Nihilistas, van de puerto en puerto,
de nave en nave,
buscando al náufrago, al clandestino,
al migrante de la razón,
siempre en dirección a la L O C U R A.
Caída libre sin temor,
sólo para ser saboreada,
contemplada,
en su absoluta V E R D A D.
Sin paracaídas,
es más excitante
Llamada urgente
… A los patriotas que sonríen desde los escombros y la miseria,
resignados a su destino,
con la mirada baja y el orgullo putrefacto.
Escuchen todos aquellos que fabrican sus historias,
que viven venerando al dinero.
Ahora sólo son unos pobres diablos.
Ésta es una llamada urgente a la memoria oxidada,
a la cordura y la decadencia,
a la discreción y la hipocresía.
a las buenas maneras de sonreír y fingir que no pasa nada,
que todo sigue viento en popa,
que nadie se hunde.
Habría que bajarnos del barco sin suspirar por los buenos tiempos;
sin piedad ni misericordia por nadie.
El gigante podría tragarnos uno a uno, reloj en mano;
atados a las prisas por seguir viviendo,
sólo para no darnos cuenta de que en realidad, ya estamos muertos.
Habría que convertirnos en una horda de locos
y todos, a un mismo tiempo,
apretar el botón que destruye la cordura del otro.
Pero, ¡momento!…
que alguien más nos desenchufe del código que nos encierra de 9 a 8.
La locura no es utopía.
Vagaríamos felices y simples.
Nos vestiríamos de palabras.
Calzaríamos nuestros sueños.
Navegaríamos con calma infinita sobre la desesperación,
sobre el absurdo consumo de los segundos vueltos centavos,
de las palabras que mienten,
para no dejar en un hoyo negro las buenas intenciones.
Demos un golpe de Estado contra la paz de las conciencias abotagadas,
cómodamente instaladas en la apatía.
Habría que volvernos locos y olvidarnos de la saludable compañía.
Derogar la costumbre de estar vivos,
sólo porque somos cobardes para morir.
Habría que golpear las murallas del otro;
derrumbar sus fantasías;
agobiarlo con nuestras verdades;
porque sin ellas, vivir es un continuo suplicio,
un ataque de suspiros por el mundo que no es,
que nunca será.
Las estrellas rotas no brillarán, el camino será difuso,
y aquello que llamamos tiempo
se convertirá en hoja y tierra,
en maíz y vida,
en luna, en carne, en hueso,
sin mandamientos,
sin moral.
Bailemos sobre las cenizas del tiempo donde hacen su performance los suicidas
que decretan toque de queda a sus demonios,
siempre al grito del sereno fugaz.
Olvidemos la cordura porque somos rehenes en un campo de concentración.
Perdamos el miedo a la muerte sólo por que nos obliga a no poseer
ni siquiera el cuerpo.
Cantemos con las camisas de fuerza desatadas.
¡Rápido, alguien apriete el botón!
Hay que destruir al mundo,
Renacer en los jardines de la locura donde la libertad no es discurso;
donde las palabras no sostienen un mundo de escenarios vacíos.
Subamos primero a los niños y los ancianos a la nueva arca del profeta,
a quien luego lanzáremos por la borda,
en medio del motín más grande de la historia.
¡No necesitamos el orden de un cuerdo!
Mujeres y hombres vengan desnudos.
Suban impúdicos o quédense en el muelle
y ahóguense en su cómoda sonrisa idiota de no pasa nada,
no pasa nada,
nada…
Locos nos amotináremos contra todos los mecías,
incendiáremos las naves,
apretáremos el botón y despertáremos en los jardines de la libertad.
¡Rápido! Pongan el dedo en la llaga del otro y no sean hipócritas,
no cubran las suyas.
Desconéctense todos de la cordura.
Salten al abismo como los suicidas que deciden partir por sobredosis de vida.
Tiremos piedras a los cruces del camino.
Comamos en el bufete de las ideas perdidas.
Bebamos las mieles de la esperanza,
y quememos los muelles, para flotar infinitos sobre las aguas de la libertad.
Crisálida
Inmersa viajo dentro del gusano naranja,
me lleva entre el tiempo detenido
y los murmullos de las gaviotas transformadas
en mujeres sostenidas sobre astillas
y envueltas en telas que las hacen lucir como un gran ejercito.
Murmullan sus historias para vivir en la memoria de otras parvadas,
Murmullan para no morir en el silencio,
antes de caer en picada sobre sus nidos donde se vuelven brisa.
VACIO
Somos una horda de locos absuelta por la ironía
absueltos por existir adictos a los placeres más extraños;
adictos al dolor de otro,
con la risa sarcástica,
con el apático olvido.
Vamos pensando que lo merecemos todo;
que podemos destruir lo que sea,
sin importar que se trate de la nostalgia…
Nos creemos dioses y no sabemos clonar sentimientos.
Nos creemos perfectos y no sabemos inmortalizar al amor.
Lo perdemos, lo matamos, lo asfixiamos.
Nos destruimos todos.
Nubes
Hoy cuelgan de las nubes las estrellas, las parvadas, las partículas de carbono y
las esperanzas casi oxidadas.
Sostenidas por los dioses desde las cuatro orillas,
las nubes suspiran y nos envuelven en sus recuerdos;
nos inundan con su nostalgia;
nutren la tierra;
borran la sangre;
arrasan los cantos de los asesinos.
Las nubes alimentan las semillas pérdidas en los basureros
y dan de beber a la reseca hambruna que invade las tierras de cultivo.
Rezan y velan los cuerpos en medio del desierto.
Lavan las inertes murallas que nos separan de los días y las noches,
del único camino para el retorno al maizal.
Migajas
¿Qué será de nosotros, si al abrir los ojos,
sólo vemos las fauces del diablo,
que entre sarcasmo y cureldad,
quiere exprimirnos de un tajo?
Cabezas y lenguas penderán de la vara de la justicia,
siempre en oferta, siempre dispuesta.
Los corazones serán usados como escudos sobre los estandartes del progreso.
Y aquellos que no quieren soltar la moneda,
se hundirán con el peso del plomo
que extrajeron de los dientes de los pobres para hacer dinero.
Ay de quienes se niegan a ver al gigante, directo a los ojos.
Incluso, los apostadores del juego de todos los días
suponen estar a salvo de los lobos,
sin comprender que son parte del menú.
No corran. Todo está escrito, es el final ineludible.
No queda sino abstraerse y poner corazas sobre todos los orificios corporales,
antes que lleguen los rebaños conversos en balas de cañón.
Ay de ellos,
serán obligados a tomar las armas,
se irán a la guerra y nos quedaremos nosotras
para verter lagrimas sobre sus tumbas,
para fabricar el fuego, la pólvora, las bombas…
Estamos jodidos.
La sangre amenaza desde el maremoto de la violencia.
Nadie estará a salvo.
Ni los ovejas, ni los perros, ni los cerdos.
Todos seremos presas de los dueños del dinero.
Seremos vigilados por ojos de cristal.
El silencio cubrirá las tumbas sin nombre.
El polvo destruirá la furia nuestra
y los cadáveres desfilarán en canales, ríos y mares.
No habrá lamento ni llanto, sólo silencio.
¡Ay de nosotros!
Ni todo el orgullo perdido será suficiente para oponer resistencia.
No…
Antes, caerán cabezas y voces,
todos será parte del diluvio final
y se quedará en la memoria para aplacarnos,
al tiempo que cargaremos con las manos este gran pastel.
Ay de nosotros, sólo quedan pocas opciones.
Sobrevivir mientras no seamos condimento.
Lamer botas, callarnos, escondernos,
o entender que la vida no es tal
y que seguir así da igual que seguir en el sepulcral silencio.
Hombre
Regaló a la luna sus lagrimas pegadas en un fino brazalete y
vendió el alma al pordiosero de la esquina.
El tiempo le pesa y la noche se recarga en él.
En invierno las palabras le dejan atrás
y se dirigen al sur para evitar su helado vacío.
Maniquea la vista y palidece al cielo,
hace trucos de magia con el infierno
y las palabras no regresan,
ni siquiera por misericordia.
Ya no sabe si es hombre.
No le importa.
Cansado, se suicida cada noche al recordar los sueños vendidos.
Degüella su alma al oír el repudio de su descendencia.
Piensa sólo en el frío que siente su nostalgia
y los surcos de sus manos acarician la botella.
Se desconoce frente al espejo.
Dobla el 7 de marzo como doblar el destino atropellado
que lo abandona a su suerte,
reciclado involuntariamente.
Inmortal y condenado, gira la manecilla del reloj en sentido inverso;
más los segundos manipulados,
no le valen para recuperar los años traspapelados.
Prende un cerillo e incendia su voluntad,
prende otro cigarro y suma el tiempo a las lágrimas olvidadas.
Vuelve la mirada al retrato que sostiene entre las uñas afiladas, se busca en el rostro del muchacho.
Se desconoce.
Frente a Él, sobre el espejo,
sólo vive un anciano cansado,
retraído,
solitario.
Grita cientos de veces y entiende que el gusano del espejo es él y grita más todavía.
Nadie lo observa.
Ni siquiera el silencio le escucha.
Está completamente solo.
Demencia
Hoy ha nacido un nuevo demonio en la mente de aquel que vive entre cuatro paredes.
Las venas saltadas,
la locura sembrada,
el horror y el dolor cosechados.
Vive entre cuatro paredes,
entre rocas de olvido fundido en acero.
El fango húmedo de su celda lo ha enmudecido.
Las patas de alacrán posadas sobre sus pestañas
y dos rayos de luz oscureciéndole el entendimiento,
le refunden en el infierno que construimos para esconderlo bajo la alfombra,
para no aceptar que somos sus victimarios.
Ahí, los nervios crecen tan rápido como la selva
y el demonio recién nacido
crece sin tomar en cuenta el tiempo.
El temor se convierte en el único hilo de vida,
y la muerte sólo llega,
cuando el temor renuncia a seguir existiendo.
Dios y miseria…
Un hombre siembra con la espalda rota bajo el látigo del sol;
la yunta serrucha la tierra dulce;
al adolescente se le atora en las venas la monotonía.
Aquí lo mejor es seguir copulando con la tierra,
cantar juntos en las pulquerías, hasta que naveguemos sobre epopeyas.
Las mujeres derraman sus años sobre semillas,
tejidos, hortalizas y tortillas.
Sus dientes, caen como la mazorca desgranada.
Su cuerpo, se deshila cenizo.
Ellas se sostienen sobre sus espíritus, para seguir con su destino,
y siguen deshojándose
mientras amamantan a los tejedores de la tierra del futuro.
Sobre la montaña llena de surcos, el hombre dicta.
La mujer cosecha, reza, teje, pare;
los niños gritan y risotean mientras les dure la infancia.
Pasados 15 inviernos, los huesos se secan y se parten
para regar las tierras.
Aquí, hay que sentarse sobre el filo del barranco,
para sentirse inmenso frente al vacío,
dueño de todo y luego volverse pequeño,
para evitar que la angustia se apropie de la voluntad
porque es imposible atentar contra la miseria.
Además de indios y pobres, aquí hay que ser humildes.
La emancipación se nos niega porque es del diablo…
y más nos vale, si por ello, el cielo nos llega con la gracia de Dios.
Si la libertad es del diablo, ¡Al infierno entonces!
Las campanas doblan por las mujeres descuartizadas por Otelo.
A Cristo lo crucifican pero la sangre es nuestra.
Los niños y las mujeres rezan para no perder la gloria prometida,
y los hombres andan con el machete en la mano,
cobrando venganza a otros,
vencidos como ellos.
Doblan las campanas 15 veces,
el pueblo entero llora por la sangre que pintó en el río al amanecer.
Las campanas repican suplicando paciencia a la ira desatada;
suenan dizque para dar paz a los muertos,
a los humillados,
los pisoteados,
los torturados;
llorados, desaparecidos,
enterrados junto con la humildad.
Vuelvo a oír que además de indios y pobres hay que ser humildes.
Humildes para llegar al cielo.
¡Al diablo entonces!,
que el infierno me esclavice,
porque no dejo de respirar miedo.
En fuga
¡Mira, obsérvalo con calma!
Con paso lento, posa tus ojos sobre él.
¡Escucha el sonido de su desintegración!
Shhh, Susurra…
¿No lo escuchas?
Es el tiempo que se resbala;
que se va sin que puedas hacer nada.
Se resbala, se escurre, se escapa…
se fuga en finos hilos luminiscentes,
a máxima velocidad,
se te va por las grietas de tu mano rota.
De picada y de bruces
Estoy totalmente vacío
Viento
Tengo recuerdos que en realidad son largos suspiros,
arrastrados por el tiempo que se los lleva lejos con la fuerza de un huracán.
Por cientos, salen volando en ráfagas de tristeza,
astillados de tanta miseria,
conversos en esquirlas que vuelven a clavarse
como los alfileres sobre un traje de circo.
A veces se impulsan por las carcajadas de la alegría imperfecta,
de lo que es o debiera ser la felicidad y luego caen en el vacío.
Pienso en la mente de un genio
como mil huracanes feroces que rebotan entre las paredes del cráneo.
Imagino sus ires y venires;
como una tormenta de tristeza en soledad absoluta,
con la que mudo e introvertido, el genio abre las puertas del siguiente hallazgo.
Y cuando pienso en tu cabeza
y la imagino llena de tormentas tropicales que amenazan con arrasarlo todo,
al final se quedan en lluvias ligeras, vaporosas e infinitas.
De tiempo en tiempo, te imagino a la mitad de una tormenta,
hasta logro escuchar tus pesadillas jubilosas,
y es entonces que recuerdo la embriaguez de mis labios devorándote entero,
relamiendo las esquinas de tu cuerpo.
Si duermes sereno,
frente a mis ojos te conviertes en suspiros.
Trato de sostenerte en brazos, pero como con el viento,
resulta imposible hacerlo.
Si me percibes cansada, te haces humo, penetras en mi pecho
y como un ejercito avanzas decidido,
montado sobre la bestia de tu ira sin saber que tu corcel,
yace bajo los escombros de tu necedad.
En el ojo del huracán, juntos somos el silencio.
Te abrazo y el viento se traga tu paranoia.
Te abrazo y el vacío me hunde en el vértigo de tu soledad.
Te abrazo y mis labios son dos cuervos que brillan en su vuelo.
Te abrazo y el viento de tu silencio se estrella contra mis senos.
El huracán de tu mirada arrasa mis divagaciones y me lanza por la borda,
directo a la nada.
Necia, te abrazo y te condenso para anclar tu mirada a tu sonrisa,
sujeta a tu memoria, enraizada en tus palabras que se dispersan…
Intermitentes.
Ocaso
Tan pronto se apaguen tus ojos,
los sacaré con espinas de maguey
y los colgaré de la llave del túnel que lleva al paraíso
donde la libertad se llama Yo.
Se apagarán tus ojos y estaremos sentados en medio del desierto,
embriagados de hikuri y agua miel,
para pasar el trago amargo de esta puta vida.
Así empalmaremos los nervios de tus ojos al checador
del monstruo con mil bocas y
millones de ojos que no sirven de nada,
ni siquiera para espiarnos.
Exprime los gajos del hikuri.
Tiéndete junto a mi,
acaricia el desierto con la sabia que brota de tu locura.
Besa al sol mientras calcina tus pupilas sin temor.
La evaporación de las palabras
nos dará motivo para huir de la trepanación de nuestra ira.
Danzáremos para tejer el universo y daré vida al sol para que pueda renacer.
Tus piernas tejerán el caos en mi universo;
las estrellas de tu discordia punzarán sobre mi vientre
y la vida seguirá en expansión.
Se pagarán tus ojos.
No temas.
No sueltes mi mano, el viaje tiene boleto redondo.
Cuando se apaguen tus ojos junto con el ocaso,
los sacaré con espinas de maguey e iluminaré con ellos
la puerta de la libertad que se me había extraviado.
Cada vez que tus pupilas calcinadas estén entre mis dedos,
con la lengua recogeré el agua de las estrellas para humedecerlos
y esperare repararlos.
Tan pronto se apaguen tus ojos,
colgaré cada uno de tus recuerdos de los rayos de las estrellas
y pensaré en las razones del mundo entero para fumigar nuestras lenguas,
para disolver veneno en el agua.
Al final del ocaso,
buscarás el fuego que mantenga la llama en tu mirada,
para que pueda encontrarte la próxima vez que demos un paseo
y bebamos de los manantiales celestes de la noche en el desierto.
Aún así, nos detendrán en las aduanas de la ceguera,
Nos verán como sospechosos terroristas
al saber que por las noches navegamos sobre las barcas del nihilismo.
Presagio
Es curioso,
Impulsé con mi aliento una sola palabra
y al llegar ésta a tu cara, se quebró inmediatamente.
La vi romperse, letra por letra.
Se transformó en astillas y luego en estrellas.
Baratija
Llego hasta a ti como un remolino contenido entre callejones,
Tus ojos sonríen sádicos y sostienen la voluntad en tus manos.
Acaricias el sobre en el que envías más frases
que, si no son las últimas como aseguras,
son boyas que reservas para los años que se han vuelto grilletes.
Mis ojos no logran zafarse de la duda que envié en el sobre de la carta.
Finjo que en mi no pasa nada.
Sádico me miras con morbo,
pero evito que me leas
y lamo los hilos por los que se me desangra el amor.
Callas y eludes los segundos.
Idiota crees que así los matas.
Tus ojos sonríen viéndome ahogada en incertidumbre
y se me muere la adoración,
lánguida.
Escucho tu risa cuando describes el amor igual que a una baratija
mientras invades el inodoro con tu ego de conquistador.
Avaro
De qué te sirve la riqueza si eres un avaro de sentimientos.
Para qué las bodegas, los anaqueles, las chequeras.
Para qué buscar la risa fatua, irónica, humillante.
No vales ni uno de los centavos que has incrustado en tu cuerpo
sólo para no perderlos
Sonríes a solas y luce el diente de oro que clavas en las nucas de tus viejos amores,
a quienes llevaste a la bancarrota.
Observas en silencio.
Buscas el talón de Aquiles,
analizas el lugar de tu próximo golpe.
Apuntas, disparas, eliminas.
Al final, vuelves a la oscura soledad donde te alumbra el brillo de tu avaricia.
Te desmoronas frente al silencio.
Frotas las manos, capitalizas a solas y temeroso de la ambición ajena.
tu fortuna en silencio
Te aterras ante cualquier intención por abordar tus naves
y de un golpe, decides quemarlas.
Me pregunto si a caso anotas en tu bitácora de ganancias
todas las caricias y las palabras que me das día a día.
No sé, creo que mi deuda contigo,
podría ser mayor a cualquier otra.
Me aterras.
Contagio…
Haz conseguido enfermarme de tristeza.
Los granos de arena siguen rejuntándose;
se hacen duna,
luego, memoria.
Me desanimas constantemente por amarte;
hora tras hora dejas correr el tiempo,
luego me coges y susurras que me amas,
como si por decirlo en voz alta,
rompieras una tregua.
Dejaré las preguntas a un lado.
Me descubro egoísta.
Me importa un bledo que puede hacerse ella;
lo que es mentira y lo que es verdad.
Día tras día, de a poco, vas dejando escapar las tramas de tu vida.
Se van extinguiendo las dudas.
Se aclara el panorama, me atrevo a tomar la pista.
Me escudo de la terrible devastación
que esa chantajista me provocará con sus lágrimas de arsénico.
Trato de subirte a la nave que nos salvará de su diluvio,
y te aferras a danzar sobre cada uno de los segundos que se vuelven granos de arena y se suman a las dunas del reloj.
Ella ha vuelto a reclamar lo que le pertenece.
Yo sigo juntando los granos de arena que has pisado,
Los amontono en las dunas de mi reloj,
del reloj que se resquebraja;
del reloj que resta las lunas de mi insomnio.
Segundo a segundo, los granos de arena se van sumando a mi tristeza.
La cascada cósmica me arropa.
El reloj de arena da otra vuelta.
Atentado
El mundo se desgaja mientras mis dedos buscan el silenciador
en medio de una gran tempestad,
uno a uno, los bloques se quiebran,
dividen la memoria.
Una a una, se deshoja tu desbocada alegría,
uno a uno, se ahogan los sueños con los que había construido un futuro.
“El futuro”
El mundo se desgaja, el fin se acerca.
Si no es el silenciador,
es un conejo que desde la luna salta sobre el silenciador,
o una astilla del pasado que pica y hurga en lo que me queda de fe.
Si no es un sueño, es una guerra.
Un diseño para el portón de tu desconfianza.
El caso es que me ahogo con tus ojos,
que no hay sentido,
que quiero partir y no me dejas
y luego me archivas,
me etiquetas y me compilas en la colección…
Tu colección.
El mundo se desgaja en medio de un gran estruendo y sigo buscando el silenciador.
Floto en una barca, en medio de la tempestad, en silencio.
Ahí quisiera quedarme e insistes en traerme a tierra firme.
Y luego,
sólo me resguardas en tu colección.
El mundo se desgaja y no puedo dejar de pensar en los sueños que tenía
en medio de la tempestad,
callada, dispuesta, entendiendo.
No te das cuenta que soy polvo estelar,
que el mundo se desgaja.
Intento escapar, flotar,
vivir en medio de las cuatro orillas del universo,
y me retienes sólo para archivarme en una esquina de tu sonrisa.
El mundo sigue partiéndose en millones de asteroides,
y he perdido la barca…
¿La has escondido?
Estrellas
Otra vez las estrellas muerden mi soledad y la luna charla conmigo,
sonríe como nunca antes,
se mece y se marea…
sigo vaciando las maletas.
Me apresuré tanto con la mudanza que ahora vivo en el vacío,
enorme y bulímico, me traga y me vomita;
me devora por su nostalgia de ti y me expulsa cuantas veces sea necesario.
Un eco me harta con los recuerdos de sus momentos juntos,
Su voz los relata miles y miles de veces, con la misma sonrisa idiota,
sonriendo como una fanática estúpida que te adora.
¿Cómo romper su corazón informándole que poseo el tuyo?
Cómo explicarle que aunque los resguarde bajo llave,
tus ojos se empeñan en acompañarme durante las noches de insomnio,
se presentan a mi puerta, conversan y fuman un poco de mi pipa.
Ahora, todos pensamos en ti.
El vacío sostiene mi mano
mientras beso en la lengua a tus pesadillas
y éstas se aferran a tus fobias…
Tienes razón.
El silencio vuelve.
Las sonrisas desaparecen.
Busco, busco, busco
No te encuentro,
no te hallo,
te desvaneces…
No te he dicho que a tus recuerdos les salieron hongos;
quise comerlos, pero dudé… seguro me hacen mal viaje.
Por eso, saqueé el costurero con el que remiendo las tormentas cósmicas;
tomé los hilos con los que tejo las nubes para viajar sobre ellas y verte de nuevo,
y siempre te encuentro con la sonrisa vuelta mueca,
con la sintonía perdida, ahogado en el tiempo y en la locura…
Sólo piensas en ganancias cuando no has perdido nada,
no te das cuenta de que nada te queda.
Busco, busco, busco… No te localizo.
Uso botones de cielo y reviso las costuras del amanecer que se desgaja.
La luna se escapa por los telares de galaxias recónditas que se desvanecen…
¿Te habrás caído en un hoyo negro?
Te escurriste sobre el desierto donde aprendimos a volar.
Puedo verte hurgar en mi memoria,
revuelves mis historias en la lavadora y les pones cloro para lavar mis pecados.
Juntas tus ganas en una silla, listo para saltarme encima.
Aprovecho tu distracción y te escribo una carta
que lanzaré dentro de una jeringa directo al drenaje,
para que reinyectes mis días sin ti y tengas urgencia de volver.
1 segundo, 1 grano de arena cae sobre otro más,
1 segundo, 1 de mis cantos de sirena se escucha en la frontera de tu recuerdo.
1 segundo, 1 bomba de palabras atentan en contra mía.
Busco, busco, busco…
En el cubo del tiempo, los segundos caen 1 a 1,
grano a grano, segundo a segundo;
las palabras se desbordan por el universo,
una a una, segundo a segundo.
No te siento, no te llamo, no te toco, no te encuentro.
Por las dudas, sigo un taller de modelado en barro.
Según yo, los segundos desbordados del cubo,
son 1 a 1,
parte de la mezcla con la que te hicieron…
Ya juntos los granos de arena que has desbordado,
los mezclaré con la humedad de tu carcajada nocturna
y esculpiré tu figura en tamaño natural.
Luego…
Le prenderé fuego.
Astillero
Ahora dejas sueltas tus palabras.
Flotan como hojas secas arrastradas por el remolino de tu ego,
se estrellan contra mis sueños y parecieran partes de un vitral
donde se cuenta nuestra historia.
Tus frases se astillan y aún cuando deseas no ser cruel,
la verdad que se mece en cada palabra
acribilla la fantasía con la que vivimos todo este tiempo.
Ansiedad
Espero y sigo en silencio.
Elijo los segundos que quiero para mi colección de recuerdos
pero se han vuelto rocío y se impregnan sobre mi cabello, mi piel, mi boca,
y seguro se escurrirán bajo la cascada de mi espera.
Hoy es el día y será el día en que no sabremos escapar.
Espero y me convierto en accesorio,
me descubro cubierta del polvo desprendido de ti evitándome,
evadiéndote de mí, tornando la vista en escapatoria.
Tabaco
Hoy desperté apática como un camello en la Alameda.
Inmutable como un fósforo que sostiene tu sonrisa.
Desértica como la cruda del tabaco de tus mañanas inciertas.
Inamovible junto al ventanal de tu ausencia.
Llevo el recuerdo de ti en los labios como se lleva un cigarrillo.
Obsesiva como una maniática, con oro falso entre los dedos.
Te llevo en los labios que no saben sino traerte desde el pasado.
Quisiera arrancarte de las comisuras de mis labios,
áridos por tu ausencia,
insonoros después de tu partida,
insípidos por no tener la sabia de tu saliva.
Te llevo incrustado como el alquitrán y la nicotina en los pulmones de un desahuciado.
Condenada a muerte sigo el destino de mi sendero,
desahuciada por el cáncer del eco de tus palabras huecas que me consumen
y me destrozan.
Ingenua sigo tus pasos y por segundos los pierdo.
No sé en que momento me volví adicta a tu memoria.
Ni siquiera sé por que resiento tu ausencia.
Tengo fija la idea de que vivo en tus suspiros vueltos nubes,
de esparcirme alrededor tuyo e impregnarme en tu piel como el tabaco
se impregna en mis dedos.
Te llevo como siempre en el filo de la media luna que pusiste en mi rostro,
Para pretender que no existe la mueca de mi tristeza,
te llevo como el veneno del tabaco,
impotente porque soy bulímica de los momentos contigo,
aunque por ello,
se me vaya la vida cata tónica.
Guiness
Estar sin ti, es para registrar un récord guiness.
Pienso en ti con dificultad
como si tuviera fotos en close up de ciertas partes de ti.
Recuerdo las cordilleras que dibujan tu melena
Te veo en todas las montañas de gente,
en las arrugas de las jubiladas
y en los tacos de los viejos ladrones del barrio.
Te veo en las placas de los policías, empeñadas en el bar
y en los bolsillos vacíos de las putas que estafan a los viejos perdedores.
Como si fueras un perro mojado, te olfateo en las esquinas.
Me guío por el hedor de tus frustraciones y sigo tus pasos.
Al hallarte, muerdo tus labios para que detengas tu rosario de infortunios.
Te quedas petrificado.
No te mueres, sólo te quedas ahí, en silencio, igual que un monolito.
Trato de ayudarte.
Sacudo el polvo que te asfixia y rompes el cielo con tu sonrisa.
Lo intenté pero no pude arreglarlo y lloro sin control remoto
que cambie de imagen mi tristeza.
No pude arreglar el cielo roto y
la tristeza extingue poco a poco lo que me queda de adoración.
A ti no te afecta por que no te interesa exprimirme la tristeza.
Ahora pienso que el rencor no sirve de nada.
No hay más que estrecharte.
Supongo que no es fácil dejarte, no lo sé de cierto,
de hecho,
lo dudo.
En realidad…
No puedo.
Abróchese el cinturón,
En caída libre, no se detendrá
Jazz Invernal
El saxofón se destila en el aire mientras observo la pantalla de la ciudad frente a mí. Tras la ventana, la líquida rutina de octubre, me levanta sin ganas. Ya no cuento los segundos en milésimas de milésimas; todos se han agotado en la absurda idea de levantarse para tomar un té y mendigar un rato en los rincones del refrigerador inútilmente frío, perforado como la sien de un capo ejecutado; vacío, sin sangre, sin cadáveres, sin maleza, sin aguardiente, sin miel, sin abejas, ni una gota de nada.
Son las 12 del día, sigo con la boca seca y apenas tengo dos baños en la última semana. Como no tengo 10 pesos para comprar el diario menos indecente, me dispongo a leer una revista de líneas de pensamiento; me pregunto si esas líneas son como las de la coca o si son más bien como las líneas amarillas de la carretera… ¿habrá tráfico…? Bueno, qué importa, las campanas de la catedral me recuerdan que venden unas tortas de pavo a sólo 7 pesos, a unas cuadras de Regina, lugar en el que me encuentro después de una severa noche de intoxicación.
De fondo musical, me acompaña el ruido urbano que penetra mi habitación inundada de jazz; de nuevo el claxon del neurótico de las 12:10 me hace recordar que el día promete más, si me escapo para caminar en los alrededores, por lo menos hasta donde me alcancen las ganas de caminar sin ningún sentido, como cuándo se busca empleo y se encuentran engaños, promesas de asociaciones fantásticas, de grandes microempresas con créditos de risa o varios diversos y multiflocklóricos puestos de mesera. ¡Bah!, mejor olvidar eso, salirse por la tangente un poco mientras se pueda. Total, no reparo si me veo obligada a trabajar en lo que sea, hasta he repartido pasteles.
El jazz sigue con su hermosa compañía en mis hipersensibles oídos, es el único solero de ilusión en medio de la invernal y caótica Ciudad, siempre me abstrae al placer de sentirme totalmente quieta bajo la lluvia de la regadera…
Aún absorta en mis vagabundez mental, no puedo evitar escuchar el jazz entre el fondo ruidoso que viene del mundo y que viola la quietud de mi cápsula, mi habitación, mi proxeneta, vouyerista de las noches en que arranqué las almas de mis amantes, con ese ambiente que la hace ser mi guarida, pero se le insertan como aguijones los gritos del tráfico, la venta diaria del gas y del agua que antes no pagábamos por beber. Ya nada es como antes. Ahora vivo en el ombligo de la ciudad y el ruido me atropella todos los días. Los autos se gritan mentadas de madre; los ambulantes cantan como todos los días sobre las calles; el smog ya está con nosotros.
Es un día común, pero hoy, la mañana parece gritarme a la cara que lo haga, que me vaya, que no lo piense más, que el tiempo se escapa y me hundo con la mañana en un debate tormentoso, pues a mi parecer el tiempo no existe… pero justo en el momento en que argumento sobre la mentira del tiempo, escucho a la mañana vociferando sus razones de porqué, aunque el tiempo no existe (lo que me da la sensación de que en realidad pensamos igual sólo que la mañana es más rígida y no entiende los niveles de concentración que se requieren para aguantar el desempleo) lo que resulta imprescindible, dice ella, es que se haga disciplina con la invención de las horas, pues de lo contrario cada quien haría lo que mejor le viniera en gana y eso ¡No puede ser! …
Tengo que fingir para no romper en carcajadas con su fina cuadratura ya que su gesto me recuerda a una de las monjas que me cuidaban en la infancia. ¿Porqué no? Pregunto con una mueca en la cara que me hace pensar en una caricatura pidiendo explicaciones con absoluta y verdadera ingenuidad de porqué se han dispuesto las cosas como las encontramos cuando llegamos a este mundo.
Pienso dos segundos y me dispongo a enumerar mis razones de por que el tiempo sólo es una herramienta de control para apaciguar el espíritu posesivo y avaricioso de la especie humana; pero la mañana, pues se ha puesto necia y me atropella con el reloj del celular y con el reloj de 20 pesos que compré hace como 7 años en la calle de la Soledad, un día que como hoy que andaba sin empleo, con poco dinero y que no sabía en que podría bien gastar antes de que mis ahorros se fueran en una chela de la taberna o una clayuda y un chesco. Antes que eso, necesitaba algo que me retuviera en el tiempo, para no salirme demasiado de las líneas de esta sociedad que nos impone absurdos checadores que nos obligan a sentir el stress laboral de todos los días y entonces decidí comprar el reloj pirata en vez de comer. ¡Que ingenua que fui!
Por lo pronto, esta mañana mediodía se está poniendo otra vez, nostálgica. Antes de sambullirme en su tristeza, recuerdo que ayer en una muy larga conversación, Salma se reía de la neurosis que me aflora cuando estoy en la calle, sobre todo, caminando en Tepito, haciendo milagros por el guardarropa, por evitar fríos y padecerse innecesariamente la pobreza intelectual.
Mal no nos caería una hilera de festivales culturales gratuitos en pleno invierno, con lo delicioso que resulta caminar por las calles del centro histórico, ahora que ya no hay tantos ambulantes… ¿dónde andarán? Tal vez estén escribiendo igual que yo ahora, y tal vez soy yo la figura tragicómica de sus relatos de ventas en las calles de esta ciudad.
En su defecto, y a beneficio de ambulantes desempleados, desempleados involuntarios e inadaptados como yo, sería bueno que se apuraran con la remodelación de las calles de la ciudad, para ir a caminar por sus solitarios senderos, encogidos entre abrigos de lana, con largos listones en el cabello, gorras y guantes, asidos por la cintura inquieta de la Soledad que nos anima a salir a caminar.
Desempleo, soledad, pobreza, tres factores que obligan a practicar el viejo deporte del paseo silencioso y solitario. Aunque en el camino uno encuentre sólo a los amigos en vez de empleo, no importa, porque de esa forma reiniciamos el ritual de la tarde bohemia entre gentes libres, entre desempleados que por el momento no tenemos prisa por correr tras el furtivo checador, ya que nos hemos convertido en dueños absolutos de nuestra libertad, en los poetas del invierno, en los crudos urbanos.
Deberían declarar la cerveza bebida nacional gratuita, despenalizar absolutamente el consumo de la cannabis y dejarnos en paz para dedicar nuestras mentes y nuestra sensibilidad a la creatividad y brindarla a los tullidos oídos de quienes son adictos al dinero, quienes sólo saben extender la tarjeta bancaria para comprar la belleza de la que somos dueños los excluidos, los inadaptados e improductivos libertarios: los poetas desempleados; los que no pasan las pruebas psicométricas; los que siempre renuncian y le gritan al jefe lo estupido e imbécil que puede llegar a ser.
Salud pues por los centros culturales y los foros alternativos que nos den posada. Vive la liberte en los puntos de encuentro, donde tocáremos para recuperar nuestros cuerpos, todavía vivos a pesar de la anorexia involuntaria que padecemos. Nos vemos en las noches, seres de la lluvia ácida y de risas en cascada. No me despierten antes de las 11, por que necesito tiempo para reposar el orgasmo de las seis de la mañana, con el que dormiremos hasta bien pasado el medio día...
Ah que regocijo siento, rodeada de dementes que se preguntan de todo y por todo. En cuentas de racimos quedan las discusiones sobre la justicia, la neta, la política, la mierda, la inhumanidad, la falta de amor a todo, al arte, a la cultura, a la experimentación…
Ya he caminado por cuatro o cinco veredas de la céntrica ciudad de México. Ahora me encuentro discutiendo esto del placer de la anorexia libertaria, en medio de una sala inmensa y vacía, con piso de duela y paredes descarnadas, paredes desolladas que dejan caer partes de su piel mientras alguien rasca en las bolsas del super en busca de alguna golosina extraviada para torear el frío e invernal ayuno al que los poetas de la cruda crisis económica ahí reunidos, nos disponemos a hacer frente en forma positiva, pues, porque hay que economizar…
De pronto, alguien que quiere huir un poco de la verdad, grita detrás del frigorífico:
-Deberíamos derrocar el empleo, tal vez sea la primera etapa de la verdadera libertad.
Los demás, completamente de acuerdo, seguimos fumando y tomando decaf con canela…
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