Foro / Archivo / Alquimia verdadera
domingo, 30 de agosto del 2009 a las 19:53
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venjaminossa
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Aki para k platiquemos de alquimia, la magia verde, la magia roja, la magia negra y la magia blanca, el justo medio nos llevara a la verdad alquimica.
Saludos a todos
ElGuitarrista88 
Comentarios 1
Angel Sutil (sábado, 31 de octubre del 2009 a las 04:35)
¿Recordáis la leyenda del rey Midas?. Era soberano de Frigia y discípulo de Orfeo. Dionisio le concedió el don de convertir en oro todo cuanto tocase, pero este favor, lejos de dar la felicidad al rey, comenzó a constituir su martirio, pues incluso los alimentos se le convertían en oro antes de comerlos. Arrepentido de su ambición, logró desprenderse de aquel prodigio, lavando sus manos en las aguas del río Pactolo, que, desde entonces, arrastra pepitas de oro entre sus arenas.
El oro ha sido uno de los símbolos fundamentales en el lenguaje tradicional. Ha representado la pureza, la quintaesencia de la materia y, al mismo tiempo, la forma a la que tiende todo lo existente a medida que el proceso imparable de la Creación lo va purificando. Así, siempre en el terreno del lenguaje de los símbolos, todo tiende a convertirse en oro, mediante el lentísimo proceso de perfeccionamiento que vive incesantemente el Universo. Es decir, que todo tiende, lenta pero inexorablemente, al estado de pureza.
El alquimista se ha propuesto "acelerar" ese proceso, reducirlo a los límites temporales de una vida, arrancarlo de sus condicionamientos históricos (los condicionamientos que perfilan la evolución) y llegar al conocimiento místico de lo creado colaborando secreta y activamente en el proceso creador. Realizar su obra, llegar al final, obtener el oro alquímico, será haber llegado a conocer los caminos seguidos por la divinidad al realizar la magna obra del Universo.
Para alcanzar el fin propuesto el alquimista parte del principio fundamental de que la materia es sólo una con distintos aspectos y grados de pureza (lo que no se aparta tanto de la teoría atómica de nuestros físicos). La somete entonces al mismo proceso iniciático por el que tendría que pasar el individuo que aspira a alcanzar la iluminación, comenzando por el mismo simbolismo de la muerte a la que habrá de seguir la putrefacción del cuerpo y la resurrección posterior en estado de superior pureza. Por ese paralelismo con el proceso iniciático, al que se someten individuos de todo tipo y naturaleza, el alquimista comienza su obra partiendo de los más variados elementos, aunque todos ellos, en los tratados, están reducidos a nombres genéricos comunes. El motivo es que la elección del "punto de partida", como la elección del adepto que habrá de ser transformado en iniciado, es parte fundamental de la labor personal del buscador, que ha de ser absolutamente intransferible. El hallazgo de la materia prima apropiada varía, pues, con cada uno, y, aunque el proceso a seguir es esencialmente el mismo, elige también distintas vías para llegar a su meta. En este caso no es más que una cuestión de rapidez en el proceso, exactamente lo mismo que se elige entre la escalera o el ascensor cuando se desea subir a un piso determinado.
La Obra, en cualquiera de los casos (que son tantos como alquimistas ha habido a lo largo de la historia) no es nunca, como sucede en la experimentación científica racionalista, un proceso de "dominio" de la materia, sino una experiencia en la que se producen paralelamente la transformación purificadora de dicha materia y la iluminación interior del que la trabaja. En el fondo, podríamos decir que el alquimista se somete a los mismos cambios a los que somete a la materia sobre la que actúa; es al mismo tiempo experimentador y experimento.
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