palathinus
hombre - 19 años, España
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Probando?
Probando?
Si, si, no?
Bah, parece que esto funciona y todo. No se ni para que funciona esto así que no creo que llegue a enrollarme mucho.
Hay alguien?
Bueno, pondré un texto y para cuando se termine ya no estaréis aquí.
"Su oscura figura se recortaba en la colina, montado en su gran corcel de guerra. Cubierto por su armadura, escrutaba el paisaje, rodeado por los miles de cadáveres muertos en su nombre. El campo de batalla se extendía a lo largo de muchos kilómetros. Los muertos habían sido los únicos vencedores de aquella batalla. Los muertos y él. Había disfrutado con cada alma destripada por su espada, cada mandoble le había proporcionado instantes de placer oscuro. Se le acercaron dos de sus lugartenientes:
- No hay supervivientes Señor.
- El campo está desierto, nuestro ejército se encuentra a la espera Señor.
Sus ojos rojos les miraron a través del casco, y con una voz profunda, gélida les habló:
- Hacedlos avanzar. Hoy la ciudad será nuestra.
- ¡Si Señor!
Volvieron atrás e hicieron sonar un gran cuerno de batalla que llevaban en el cinto. Los ecos reverberaban en el cañón con la fuerza de un vendaval. De pronto, llegó la respuesta desde los oscuros bosques que tenían detrás. Centenares de cuernos devolvían el toque. Y los millares de guerreros que venían detrás gritaron:
- ¡MUERTE!
Enarbolaban sucios estandartes que se balanceaban con la brisa, mientras avanzaban hacia la ciudad que, lejana sobre una colina, dominaba el paisaje. El Señor los miró, y detrás de su yelmo sonrió. Otro día de sangre se acercaba...
Sus guerreros llegaron a la base del puente que había delante las puertas de la ciudad. De golpe todos los cuernos callaron. Entre las filas de sus soldados empezó a hacerse un pasillo, por el cual avanzaba el Señor. Lentamente llegó al puente, y con su voz proveniente de los helados abismos gritó:
- ¡SIN CUARTEL!
Con un estruendo enorme, el ejército empezó a atravesar el puente. Las armas de asedio empezaron a disparar cadáveres, que estallaban en una lluvia de sangre y sesos contra las almenas de la muralla. Luego, empezó una lluvia más destructiva. Los grandes trebuchets, herencia de enemigos derrotados, entraron en acción. Enormes rocas surcaron el aire y se estrellaron contra las murallas de la ciudad. Un trozo del lienzo se quebró por los fuertes impactos recibidos. Mientras, por el puente avanzaban los guerreros del Señor, llevando un ariete hecho con troncos de árbol. Llovían flechas desde las almenas, pero no les importaba, eran millares de guerreros los que esperaban pera poder conquistar la ciudad. Las grandes puertas crujieron bajo los golpes del gran ariete, resquebrajándose lentamente. Extraños artefactos explosivos se estrellaban en las murallas, esparciendo metralla y matando muchos de sus defensores, y entonces el Señor empezó a avanzar hacia la ciudad. Con un último golpe, el ariete destruyó las enormes puertas, que durante milenios no había sido destruida.
La horda del Señor se retiró lentamente, dejándole paso. Los defensores de la ciudad empezaron a susurrar alarmados. Se contaban rumores sobre las horribles matanzas perpetradas por el Señor, Nadie sabía su nombre, ni su origen, Tan sólo se sabía que había ascendido hasta su posición matando a todo aquel más poderoso que él que se le opusiera, y muy a menudo también sus aliados. El Señor desmontó de su caballo lentamente, y avanzó hasta casi tocar las puertas. Las flechas rebotaban en su armadura, o se clavaban en su carne, sin que pareciera afectarle. De repente, se lanzó adelante con un grito que heló los corazones de todos aquellos que estaban cerca de él. Su lanza atravesó corazones, sus manos arrancaron cabezas, y con cada movimiento un alma era enviada al vacío. Sus movimientos parecían una danza, elegante y mortífera…
Sus enemigos corrían sin cesar delante de él intentando escapar de su inminente muerte. Él los dejaba correr, conocedor de que no tenían ninguna posibilidad de escapatoria. Detrás del Señor, con rugidos bestiales, avanzaba la gran horda, enarbolando armas terribles y pidiendo sangre a gritos. Los guardianes de la ciudad, con chillidos de terror abandonaban sus puestos, su ciudad, imbatida durante siglos, estaba a punto de caer. Entonces el Señor gritó con su gélida voz:
- ¡SIN CUARTEL!
Y se volvió a lanzar en pos de aquellos que buscaban escapar de su sangriento frenesí. Su lanza recomenzó la danza de la sangre, en la cual estallaban corazones, morían seres sin nombre y miembros eran mutilados dolorosamente. Un placer inmenso le recorría cada vez que su lanza probaba la sangre, y habiéndose quitado el yelmo, a menudo se detenía a saborear la sangre de aquellos a los cuales mataba. De pronto, se detuvo, cuando él y su ejército habían recorrido más de la mitad de la ciudad, en dirección a la ciudadela. Uno de sus lugartenientes se le acercó:
- ¿Señor?
- Quemad todos los edificios hasta que no queden ni los fundamentos, hay uno de esos fastidiosos Héroes por aquí escondido. Debe morir.
- ¡Si Señor!
- Y otra cosa…
-¿Señor?
- Tirad fuego líquido sobre todo lo que se mueva. Esta ciudad debe desaparecer para siempre.
- ¡Entendido Señor!
Nunca más una ciudad volvería a iniciar una rebelión de pensamiento. Además, le gustaba destruir. Miró hacia la lejana ciudadela que culminaba la ciudad. Sonrió. La sangre sería derramada durante muchos días más, y él alcanzaría cotas de placer inimaginables.
Tres días llevaban ya, tres días de sangre, fuego e ira. Sus tropas habían acabado con todo lo que quedaba en pie de la ciudad. Lo habían arrasado con saña. La ciudad parecía aplastada por el puño de un dios furioso. Solamente quedaba una cosa por destruir. La maldita Ciudadela de la Luz. Relumbraba en la colina, desafiante ante sus hordas oscuras. Pero había llegado su hora. Hizo avanzar las máquinas de guerra que había hecho construir especialmente para la ocasión. Torres de madera de más de sesenta metros de alto, con un ariete cada diez metros para debilitar la muralla. En la cima de cada torre se hallaba emplazado un gran onagro, que lanzaba bolas de fuego. El cielo era surcado por líneas flamígeras, que estallaban en los muros de la ciudadela, resquebrajándolos. El Señor estaba impaciente por derramar la sangre de aquellos que se acurrucaban en el interior del reducto. Sangre…
Cómo?
Aún estáis aquí?
Bien, pues me despido hasta otra!
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