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plumaymano

hombre - 37 años, Lugo, España


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Muchas veces un tono de voz, un gesto, un tipo de mirada especial pueden decir mucho más que las palabras mejor escogidas.Porque en cuestión de sentimientos el vocabulario se queda corto, los conjuntos de sílabas que en otras situaciones nos son útiles las encontramos vacías, pequeñas si las comparamos con lo que deseamos expresar, es por eso que en esas ocasiones son pequeños detalles en nuestro comportamiento los que revelan lo que realmente deseamos expresar, aunque también hay veces en que traicioneramente lo hacen a pesar de nuestro empeño por ocultarlo,Asusta como alguien puede llegar a conocerte, a intuir como eres simplemente prestando atención a tus palabras, observando tus gestos y escuchando tus historias, pensamientos y anhelos. Puede que mi mirada subjetiva no acepte partes del retrato, que encuentre detalles que no encajan o que no se corresponden con la realidad, pero dando unos pasos hacia atrás y mirando desde una perspectiva un poco más alejada me estremezco al ver la fidelidad del conjunto con la realidad


  • el faro,,,,,con dedicatoria

    Desde cualquier parte observaba con los días el cambio de colores que el horizonte colocaba para mis ojos. Unas tonalidades pastel o tonos mucho más rojizos o tonos grises o filtros de lágrimas que ante mis cuidados, hacían acrisolar las escamas del matiz para mi. Calma en la tormenta, agitación a la luz poderosa de un sol radiante arropado del azul, como fondo, de unas nubes esponjosas.

    Mi universo en continuo movimiento.

    Allí, como estructura heroica y desafiante, estaba dominando El Faro.

    De edad apenas calculable, imponía su presencia desde lo alto de las rocas, tan aislado del resto como yo; tan perteneciente como yo, tan insolente. Nos conocíamos en exceso y aunque jamás nos deseamos, no éramos ignorantes el uno del otro. Acariciaba su armazón con suaves corrientes, introduciéndome, en ocasiones, hasta dentro de su propio esqueleto jugaba con los sonidos y los ecos de esta forma tan vacía y a la vez tan completa. Apreciaba sus formas rectas, descascarilladas y las agrestes pintadas de su exterior, la magia de sus lentes y espejos en continúa rotación.

    Durante el día, apenas vigilante, se limitaba a albergar visitas humanas que constataban su nomológica presencia en aquella parte de la costa. Olvidando tiempos anteriores, cuando los faros eran más necesarios que arcaicas formas desafiantes de pretéritas conquistas marinas, su imperio estaba obsoleto, como el de tantos otros, y revivía tan sólo en los cascarones de los bastimentos hundidos bajo la inmensa tela de las olas.

    Cada noche, cuando la tranquilidad tomaba forma a su alrededor, las hadas y duendes hacían de esta entidad una sala de juntas en la que discutían sobre temas poco comprensibles para los mortales: ¿Cómo aclarar el verde de las hojas? ¿Quién formará los hechizos de niebla cada mañana? ¿Cómo sancionar a las hadas enamoradas de delfines? ¿Por qué algunos duendes no dejan dormir al hombre que protegen?. Pero llegado el momento El Faro chirriaba, empezaba casi a retorcerse. Yo comprendía perfectamente que comenzaba a estar harto y me acercaba con fuerza. Hacía volar las diminutas arenas de la playa hasta convertir la noche en una malla dorada con mis aires de empeño. Los reunidos tomaban nota del caso, cerraban el acta de la asamblea y empezaba la gran fiesta de todos los sueños.

    ¡Hasta los peces corrían para ser engullidos por los allí congregados!

    Todo terminaba con la obligación de brisa que marcaba mi código, los vientos también tenemos compromisos que acatar.

    La noche anterior El Faro me habló:
    - No dejes de hacerme cosquillas, es la única forma de creer que sigo vivo, y diciendo esto apagó su luz, empezaba el día.

  • hoy, vengo vanidoso

    Yo, que he visto el amanecer de las mariposas en los campos de la siega tardía,
    que he sentido en el rostro el agua cálida de una montaña ardiente,
    que he mirado sin miedo ni respeto al dolor cuando lo tenía de frente,
    que luché en los confines del tiempo con una estirpe que no era la mía.

    Yo, que siendo orgulloso y altivo he recogido los desechos de los perdedores,
    que he sentido placer en los actos que la religión llama pecados carnales,
    que alcancé la felicidad en un segundo de descuido de mis males,
    que he sostenido un cuerpo retorcido por todos los dolores.

    Yo, que siendo muy poco me siento único y casi Dios en mi soledad,
    que alguna vez, siendo niño, miré a los ojos del sol y sostuve su mirada,
    que he recorrido el ambiguo camino de los sueños de una noche a mis pies postrada,
    que embarqué por mares de alcohol y locura, sin amor y mucha maldad.

    Yo, que en mi mano sostuve la espada del divino monstruo alado,
    que perseguí lejanas figuras inconcretas en ocultas sombras de malsanas dudas,
    que derrotado y herido busqué el clamor de las palabras en bocas mudas,
    que he sentido en mi pecho desnudo el puñal del frío clavado.

    Yo, que soy el ser de mirada brillante y alucinada que desafía a las hojas del otoño,
    el hombre que no nació de un Dios y una virgen y por tanto surjo de la espantada tierra,
    el amo de lo que no tengo y no quiero y de lo que me rehuye y el camino me cierra,
    el profundo libertador de mí mismo que del propio universo el poder tomo.

    Y siendo tanto y nada, no llegando a ser más que un trozo de la piedra primera,
    pero logrando mucho más de lo que el hombre en su limitación propone,
    yo he alcanzado a construir el elevado palacio imposible de la quimera
    y he tenido en mi mano aquello que al sueño del diablo se le supone.

  • aforismos

    Exigentes buscan la vida que se vive, que se arroja a la aventura sin preguntas demoradoras. Urgentes momifican las apariencias castradoras del miedo que se viste de prudencia. Inexistencias evocan aniversarios de aquel silencio. Nudistas suspiran nubes de recuerdos frescos y se convierten en artistas. Ordenanzas señalan tu retrato infantil pensando en el popularismo de su futuro presente. Paladines sacrifican sus prestadas corazas para mostrarse hechos sin lograr nunca una victoria. Fúnebres acunan costumbres vacías llorando lutos propios y ajenos. Encuentros resaltan fantasías de motivos estampados en piel de experiencia. Esperanzas, famas y fechas de calendario espectan el ardor de unas exigidas glándulas lagrimales. Melancolías besan mis ojos nublados en trechos ya caminados. Apelaciones saldan deudas lejanas e inexplicables con una desfachatez tan tajante como la alegría. Alegrías frotan las mejillas infladas de sonrisas pequeñas como huellas de pequeños pies. Soluciones deambulan la prostituida noche,donde,me despierto rodeado de nubes .Cada vida es un fragmento de otra enlazadas por coincidencias, breve azar que desaparece con el primer viso de voluntad. Aquí un aforismo unido a una historia en un rostro indescifrable. Veras fragmentos de vidas, de alientos, de historias, breves fragmentos que se cruzan con cada frase. Haras el intento de ver detrás de cada ventana haciendo clik en cada frase que te aparezca, quizás encuentras tu propia historia... nunca se sabe.

  • esta ronda,la pago yo

    (Introducción)
    Este adiós, no maquilla un "hasta luego",
    este nunca, no esconde un "ojalá",
    estas cenizas, no juegan con fuego,
    este ciego, no mira para atrás.

    Este notario firma lo que escribo,
    esta letra no la protestaré,
    ahórrate el acuse de recibo
    estas vísperas, son las de después.

    A este ruido, tan huérfano de padre
    no voy a permitirle que taladre
    un corazón, podrido de latir
    este pez ya no muere por tu boca
    este golfopoeta continua su camino
    estos ojos no lloran más por ti.

    Esta sala de espera sin esperanza,
    estas pilas de un timbre que se secó,
    este helado de fresa de la venganza,
    esta empresa de mudanzas,
    con los muebles del amor.

    Esta campana muda en el campanario,
    esta mitad partida por la mitad,
    estos besos de Judas, este calvario,
    este look de presidiario,
    esta cura de humildad.

    Este cambio de acera de tus caderas,
    estas ganas de nada, menos de ti,
    este arrabal sin grillos en primavera,
    ni espaldas con cremallera,
    ni anillos de presumir.

    Este niño desordenado,
    este racimo de pétalos de sal,
    este huracán sin ojo que lo gobierne,
    este jueves, este viernes,
    y el miércoles que vendrá.

    Una carta inexistente, con inexistente destinatario:

    Si tuviese que poner banda sonora a nuestra historia. Quizá me quedaría con Joaquín Sabina escogería “nos sobran los motivos” especialmente, su introducción.
    No abuses de mi inspiración,
    no acuses a mi corazón
    tan maltrecho y ajado
    que está cerrado por derribo.

    Si. Creo que es bastante idónea. ¿Sabes? La escuché muchas veces. Me la repetí una y otra vez hasta que la canté sin rabia ni pena. Tampoco sin gloria.

    Siempre he creído que el olvido vence cuando rompo todo lo escrito. Y así rompí decenas de cartas. Cartas como esta, inexistentes. Uno a uno fui leyendo cada gota de sentimiento perdido, desgastado de tanto uso. Es la huida en el tiempo de la sed sin poder beber. Ni te imaginas, que estupido me sentí y que rabia impuse en cada una al romperla. También rompí la última en la que habitaba tu letra . Aquella en la que más mentías y en la que yo más creí, pero de esa, solo me reí. Lo llamarías crueldad, yo lo llamé desidia.

    Tiré los recuerdos a cualquier río. No importaba, que se los llevase bien lejos, donde yo no los viese, no era ya dolor, ni siquiera pena, solo pereza. Que desembocara en cualquier océano, de cualquier otro mundo que no fuera el mío. Ya no me importaban. No los necesitaba para vivir.

    No vendría al caso escribirte hoy. Y por eso no lo hago. Son letras que dejaron de existir. Como tú para mí. Aunque nunca lo creyeses, no te mentí aquel día cuando te dije que ya no creia en ti, para reparar el daño, que se cerró el círculo. Que todo lo maté.

    Que arrogancia la tuya, creyendo que el tiempo es un arma prudencial, y acabaría en perdón y no en indiferencia. No me creíste, ese mismo día, cuando me aleje que el fuego lo devastó todo,ni tan siquiera quedaban colgadas las cenizas. Todo limpio, como me gusta.

    Esta carta, que de por si carece de sentido, es solo una muestra más de la estupidez mía, de explicarme lo que tu crees que se quedó encallado y no es así. No. No es rencor. Ni odio. De verdad. Solo es pereza.

    Finges que no existió dolor enquistado. Finges con pasmosa gracia y soltura. Finges que te importo. Finges que no hubo una brecha convertida en abismo. Finges que nunca me doliste en el alma. Pero no finges cuando no me crees si te digo que no tenemos nada de que hablar. Que se ha desdibujado completamente lo que sentí por ti. Que no existe. Que todo lo tiré al río. Crees que es un escudo para protegerme, y que tú, con escritos de falsas promesas, podrás derribarlo.

    No existes. Alguna vez si. Quizá hace tiempo , pero lo entiendas o no, dejaste de existir para mí.
    El recuerdo que me dejaste,se llama decepción.

    Así que, tomate otra ronda a mi salud, porque a este olvido, invito yo.

  • cuando....

    Cuando los días quedan absueltos
    de fechorías y felicidades
    en la agenda de los retos,
    pinto sonrisas de golfopoeta
    en mi corazon de goma
    sobre a la fecha distraída,
    que no sabe el número en que la dicha
    está vistiéndose de rojo esperanza
    para la fiesta de bienvenida.

    Cuando descubro un silencio oscuro,
    de subsuelo proscrito y venenoso,
    frente al balcón de los sueños,
    enciendo la luz,de pluma y mano,
    de los presagios
    en las lindes del tenaz anhelo,
    que teme los despertares bruscos
    y camina con infantil torpeza
    hacia las desiertas almohadas.

    Cuando no te oigo hace tiempo
    y espacio de amor incierto
    es palabra a palabra distancia,
    atrapo ecos, falsos testimonios,
    en la sombra de la espera delirante,
    que engarza nombres con planetas
    y duerme fantasía entre los brazos
    para no morir de invierno.

    Cuando amanezco en un verso lluvioso
    o en los frágiles cortinajes melancólicos,
    como si masticara tormentas y naufragios,
    prendo fuego a las yemas de mis dedos
    y al hielo de los significados,
    que enfría la bondad de los soles de porcelana
    y traza abismos de soberbia ingratitud
    sobre el inocente asombro de la mañana.

    Cuando sé que puedes existir
    y tal vez lates al unísono de un gesto
    perdido entre minutos desvalidos,
    escribo que te quiero y me quiero
    porque sé que aún estamos vivos.

  • Luz

    La luz miente.
    Sólo habla en superficies. No penetra.
    La luz esconde. Fabrica sombras. Empozoña, como una verdad a medias.
    Miente el sol altanero. Miente la luna fría. Mienten mis ojos. Mienten los tuyos.
    Mi refugio esta en lo oscuro. La verdad sobrevive, oculta, en el tacto de mis manos.
    Ya ves.
    No creo en el esplendor de una mirada. Desconfio del fuego fatuo del verbo fácil.
    Creo, firmemente, en el olor a mar del deseo. Creo en una mano que cubre la mía.

    ¿Por qué la llaman luz, si su nombre es duda?

  • Ancianos de ciudad

    Manuel no sabe mucho de literatura. Apenas unos libros le parecieron suficientes y ahora se ahoga en puzzles que representan castillos, bodegones y mierdas así. Y sabe, no obstante, que su vida, con su trabajo y sus decepciones, no será nunca escaparate de musas ni esbozo de nada. Y con ello vive.

    Manuel no quiere saber dónde ciertos fiordos ni otra forma de dar los buenos días que no sea la que empleó esa misma mañana. Todo le sobra, todo le está de más en una vida venida a menos. Que le dejen, reza cada mañana, que le dejen ser invisible con sus ropas de ser invisible, con su hablar metódico y aburrido, con su discreción asustadiza. Que le dejen estar, piensa, mientras acude al ambulatorio a que le receten vida anodina.

    A veces Manuel parece despertar de su vivir comatoso y se engalana cual balcón consistorial para salir a la calle; pero estos deslices apenas duran una par de esquinas más allá, cuando defraudado el ánimo, decide volver tras sus pasos buscando la forma de su sillón, la hechura de una existencia que tan bien reflejan las marcas sobre el scay. Los finales de esos días suelen ser especialmente agrios tras el breve y fatal optimismo. Manuel se ahoga, se mortifica y se bebe tres, cuatro, copas de aguardiente de hierbas, a mala sangre, así revientes, se dice luego, cuando le dejan las arcadas.

    Manuel se odia por ser como es, por parecer lo que es, por comer lo que es. Pero de todo esto se dio cuenta muy tarde, cuando ya la vida lo había embutido y su masa no dejaba hacer a su pensamiento. La aguardiente le daba buena cuenta de todo lo que dejaba pasar, de todo lo que se debía a sí mismo, pero la mañana le atenazaba las ideas, le acobardaba el paso y le empujaba a la calidez de lo anónimo. Y Manuel dejaba hacer a sus miedos, a sus espasmos caligrafiados, sin pensar en qué: sin pensar.

    Otros estamos para darle forma a ciertas vidas, inventadas o no, sufridas o no. Manuel louza,o eso reza su buzón, dejó de ser vecino el día que lo sacaron con los pies por delante de su piso contiguo al mío. Yo me inventé el resto: una vida digna al menos de cuatro párrafos mal destilados. A los pocos días una pareja de mi edad, enamorados o no, ocuparon su piso, y su buzón comenzó a ser frecuentado por cartas que decían ser depositarias de regalos incrédulos y subscripciones idiotas. Manuel jamás recibió otra carta que no fuese el impago de su propio aborto ni saludo más allá del socorrido "estimado cliente...", Manuel..se merecía, qué menos, cuatro párrafos inconexos.

  • Elsa y sus libros

    Hay libros que suenan en la noche como una campana hueca. Si las melodías evocan a los amantes ciertos o si los aromas hacen aún más evidente la distancia que los separa o el rumor de su inminente llegada, para Elsa sus libros eran la memoria íntima y precisa de los hombres que, hechos de carne o de largos silencios junto a la ventana, habían cruzado su vida como viajeros perdidos en un país ignoto, pues, tras ellos, no quedaba mejor retrato o nombre conocido que aquellos títulos que ahora repasaba (los ojos vacuos, las manos sobre el vientre, acostada junto a Jesús, su marido, que ,dormido,bufaba su humanidad cruenta de amante metódico y satisfecho, oscurecidos ambos,ella y los libros,en aquella penumbra gris de picor de ingles y sudor ajeno, huecas las tapas de los otros por el sexo escondido, impresa bajo cada pagina la marca triste de su uña que dibuja azul, o llueve o nunca más, o las otras palabras invisibles que, al final del amor, cuando ya no era pretendida, siempre fugaz, su dedo arañaba sobre el papel con el lenguaje secreto de una mujer que sugiere, bajo los títulos que cualquiera podría leer, esos otros títulos, caligrafiados con una melancólica certeza, que no eran sino el catálogo de los amantes entonces ya no tenidos o el registro de la memoria de una soledad,la suya,casi nunca indemne).
    Jesús tiembla con un chasquido y el olor de su semen, mezclado aún con el de sus propios jugos, inunda la habitación con una ola hirviente que ciega su nariz y su entendimiento, sumergiendo aquel amor sin placer, aquella noche caliente y opaca, en un verano que destila flores muertas y vaguedades, siempre cruel con los amantes que, tras el amor, no rescata el sueño. No siente asco. Intenta recordar el paradero de sus bragas, el de la camiseta; dobla sus piernas y mete las manos entre los muslos,no moverse, cómo ser piedra, o corazon de goma, rendirse al pulso que late,roto, quebrado como una campana lejana que tañe en la noche de La Insoportable Levedad de Ser, allí en el salón, donde no hacen falta ojos o luminarias, junto a la horrible foto de Isla Mágica, vibrando con su corazón pequeñito, meciendo la única marca que su uña no imprimió, la única huella de aquel amante cierto sin nombre que, salvo aquella noche calurosa y eterna, jamás, hasta entonces, había regresado.
    Sonreía en la oscuridad recordando las páginas pegadas, aquella dureza que, cuando La Levedad reposaba sobre el escritorio, levantaba las primeras hojas con una erección alarmante, delatora, y que ella había prevenido de una manera paradójica cargando grandes pesos sobre las tapas. Recordó el sabor del papel cuando se limpió la boca sobre la dedicatoria, cómo lamió aquella página mientras él la observaba, su pene aún tieso el color tan amarillo de su semen, la delicadeza con la que él recorrió sus pómulos con el dedo y la seguridad con la que dejó su huella bajo el título. Está húmeda aún. Es su ingle que pica, el olor a sexo, sus muslos mojados. Repasa con un movimiento apenas perceptible la frontera del vello, poco a poco presiona con la mano todo su sexo, y aprieta, aprieta como él lo había hecho, allí en la librería, sin dejarla gritar, presa de su mano grande y fuerte, como la de un animal salvaje, perdida en su olor de bajamar o de espacio abierto, ahogada en una proximidad que las estanterías de la librería hacían entonces obligada.
    No compra demasiados libros. A Elsa le gusta pasear por las librerías, reconocer los volúmenes, observar las compras que los otros hacen. Las tardes de lluvia era obligada su visita a la libreria don bosco, en vigo, cerca de traviesas. Tenía un altillo largo, lleno de poesía y libros técnicos. Desde la barandilla podía verse la calle, la acera mojada, los rostros ocultos de los viandantes bajo los paraguas y la prisa. Se estira despacio y otra vez siente aquella humedad leve de ese octubre, con facilidad rebasa con su dedo el primer pliegue, no quiere moverse, Jesús barrunta moscas soñadas, Elsa esquiva el manotazo y pliega su propio brazo sobre el pecho, se busca con parsimonia, aprieta hacia adentro, hacia su corazón, bien hondo, aguanta el dolor porque en la librería lo había hecho, se coge todo el pecho y cierra el puño, deja que el pezón se endurezca aún más entre sus nudillos, que se estire hasta donde es posible como él hacía con cada uno de ellos un poco antes de morderlos con fiereza.
    Fragmentos de un libro futuro, Valente, sí, fue allí, donde es aún más angosto el pasaje del altillo, donde la columna apenas si permite el paso, donde él y Elsa coincidieron mirándose de lejos, él fijamente, serio, ella esquiva, sin creer que aquello ocurría, que un extraño la miraba con aquella forma de mirar tan suya, como un macho hipnotico, que sin bajar los ojos de los suyos la hacía sentir que aquellos recorrían su cintura y sus piernas, que reptaban sobre sus pechos, que hacían vibrar los rizos de su pelo junto al cuello provocándole un hormigueo extraño, como un pequeño terremoto, un vértigo que la apartó hacia las estanterías, que la hizo girar para no ofrecer sus tetas al roce gratuito, que la apretó contra los libros cuando él pasó tras ella, rozándose despacio, sin mediar palabra, sin excusar aquella situación ridícula, sin obviar ninguno de los centímetros de su cuerpo que estrelló contra el de ella con la impunidad con la que un trasatlántico aborda a un náufrago perdido en la noche. Elsa giró su cabeza para mirarle, sonreía, balbuceó una excusa o un ruego, no recordaba, ahora su dedo escuece alrededor del pequeño clitoris de su sexo, tensa a lo largo de la cama, camuflando los espasmos y los golpes que da sobre su sexo, abierto ahora como una amapola rota,son pequeños movimientos que pretenden remedar al sueño, lejos de Jesús, de aquel olor a carne antigua, de aquellas sábanas húmedas aún del reciente amor, un sueño que es él detenido tras ella, unos labios que soplan despacio sobre su cara un viento de océano grande, de enormes distancias, un hombre que no sonríe, que posa su mano en la cadera de Elsa, y que, lentamente, avanza seguro hacia su ingle, un sueño donde ella se agarra a la balda del anaquel, donde se defiende de aquella mano apretándose aún más contra las obras de Neruda, de Guillén, un sueño que tiene peso, oquedades, dedos que entran y que salen, juegos que ella complica separando aún más sus labios más secretos, acariciando los perfiles de su culo hasta que lo sabe sin resistencia, que no hay más olor que el olor de los libros de aquella estantería, el aliento de ese hombre que le hunde los labios en la nuca hasta morderla, que desliza su mano y la aprieta con daño, hasta obligarla a doblarse, a clavar sus nalgas sobre aquella polla enorme que siente dura y precisa como un estilete.
    Elsa gira sobre la cama y hunde la boca en la almohada. Apenas gime. Levanta su culo un poco. No me folló, piensa, y siempre me está follando. Sueña con aquella polla urgente que le roza el vello, que le hará daño cuando la penetre, que la abrirá hasta llenarla. No la empujó, ni la invitó a seguirle. Fue como si una corriente o un viento secreto la arrastrara detrás de él hasta el final del altillo, más allá de donde el pasillo tuerce, justo detrás de una estantería móvil de libros de éxito, que ocultaba la espalda de él a la encargada de la tienda. Era alto, muy delgado, como un marino, pensó; la aguardaba en aquel rincón mirándola ahora con avaricia, seguro de que ella le seguiría; apenas con un movimiento corrió la bragueta de su pantalón vaquero y, sabiendo que ella lo miraba, sacó su miembro y lo sostuvo en la mano; Elsa se giró, aún es posible huir, se dijo, correr hacia la puerta y escapar, pero no hay Jesús, no hay otra patria que aquella cama desecha donde sus dedos buscan la humedad primera, donde sus labios tiemblan en la oscuridad y ese recuerdo la hace flotar en el aire como una mota de polvo que baila en la oscuridad de la alcoba. Era una polla grande, más que larga gruesa, escasa de nervio, bien formada, que él hacía bailar cansinamente, sin llamarla, sin decirle Elsa ven, ámame ahora. La memoria pesa pero pesa más el olvido, o las ganas de olvidar y no tener recuerdos, nacer allí, a los pies de ese hombre, dejarse llevar por tantos años y caer, junto a él, como una ola que se derrama, no pensar quien recuerda, quien ve, quien sabe; Elsa está en cuclillas delante de él con sus rodillas abiertas, quiere coger aquella polla y metérsela en la boca, besarla despacio, agarrarse y detener el tiempo: él no la deja, la hace abrir los labios, roza con la punta de su polla sus comisuras, el arco superior de la boca, el suave territorio de la barbilla, las colinas de sus pómulos blancos como el jazmín; Elsa se agarra a sus rodillas sacando la lengua, esperando que él la meta dentro, bien dentro, que sus labios se abran hasta donde no es posible, que la asfixia inunde su garganta y que el aire no tenga lugar, que el apacible asco que aquella polla tan gorda provocará en su garganta la haga sentirse lejos de allí, de esa noche calurosa, de aquel húmedo octubre, de cada trozo de su vida que no sean las pequeñas contracciones que siente en el culo, que no sea el roce de sus bragas que poco a poco van perdiéndose dentro de la piel.
    Él la penetró como ella soñaba que él haría, de una sola vez, hasta dentro; sintió que su garganta se abría y que una ola surgía de su corazón a punto del vómito. Pero él la retiró deprisa, la dejó respirar; con una mano acariciaba su pelo y lo enredaba entre sus dedos. Otra vez, y después otra, y más, cada vez más deprisa, igual de hondo; me está follando la boca, pensó Elsa, pero sentía cada entrada justo en mitad de la ingle, las paredes de su vagina empezaban a temblar con fuerza. No hay aire azul, no hay distancia, no hay mañana: quieta, inmóvil delante de él, recorre su garganta nunca antes como ahora, hasta donde no es posible, hasta el vello que acaricia sus labios mojados, llena de olor, llena de aquel líquido que derramó cerca de su corazón, que extendió en los alrededores de su boca como un dibujante derrama el óleo sobre un lienzo inmaculado, que recogió con un dedo fibroso y amable y reunió sobre su lengua; no dijo toma, o ten, o es para ti, lo retiró de una estantería y le acercó La Levedad de Ser hasta la boca, abierta por las primeras páginas; Elsa limpió su cara sobre aquellas hojas, su lengua, el corazón tan blanco, o amarillo, se dijo, es un polvo amarillo; él la alzó y le quitó el libro, estampó su huella sobre las letras más mojadas y lo cerró con violencia. Bajaron juntos. Pagó sin mirarla. En la puerta señaló el cielo nublado. Elsa apretó el libro contra su pecho y siguió caminando sin mirar atrás, sin saber a dónde, sin sentir la escasa lluvia que iba oscureciendo su ropa, que la iba difuminando sobre la acera en su lento regreso a casa, a la cama de Jesús, a aquel calor de una noche cruel, a aquellas sábanas oliendo a intemperie en las que sus piernas se relajaban cada vez más, a aquel verano de moscas falsas e insomnio, a aquella Elsa de siempre otra vez olvidada en la caliente estantería que siempre sería su cama.

  • ser uno

    En el susurro

    del roce de sus cuerpos

    se confiesan las verdades enterradas

    en las cavidades mas profundas de la piel

    junto a la humedad de un secreto a voces

    robado del uno para el otro

    durante el desconcierto de los jadeos.

    Sus manos

    besan las curvas confundidas

    entre la carne de sabor almibarado

    y se hunden en las carcajadas de todos los sentidos.

    Con sus lenguas

    huyen hasta los rincones ajenos

    que ya les pertenecen

    y olvidan quienes habian sido

    porque ahora no importa

    porque sus almas desnudas se han abrazado

    en la quietud del tiempo

    que ya es solo uno.

  • el centro....

    Bastante luz, mesas redondas, fotos por todas partes. Dos camareros atípicos, tal vez sacados de algún antro de los ochenta donde sólo se escuchaba metal y se fumaban porros al batir de las melenas del personal. Olor indefinido y demasiado humo. ,"bar centro" un bar con solera.

    Entramos. Me apoyé en la barra con los oídos aún zumbantes, miré sin prestar demasiada atención a mi espalda. Tampoco tenía idea de qué tomar ¿vino?, era apropiado para el sitio, pero demasiada integración por mi parte. Rompiendo moldes pedí abiertamente una cocacola. El camarero me miró mientras sus ojos me disparaban varios tiros, propios de un Colt del 38. Se giró en el mostrador, cogió un vaso y dando un portazo al botellero sacó mi deseo del momento. Sin limón, le dije. Volvió a disparar, pero esta vez tampoco tuvo suerte, no caí al suelo. Mis compañeros de noche pidieron sin desentonar, cerveza y whisky. En realidad la amabilidad brillaba por su ausencia, ni siquiera a la hora de cobrar, cuando dejamos el platillo vacío, cambió la cara.

    Salimos en peregrinación, buscábamos una mesa que nos sostuviera las bebidas. Al final del local encontramos una con tres sillas. Me dejé caer en una de ellas, vieja y chirriante me hizo dudar si me soportaría, gruñó un poco pero enseguida se hizo más fuerte. Mis compañeros fumaban mientras a mi se me caían los cigarrillos. Demasiada emoción para concentrarme en caladas. Tenía que fumarme el ambiente.

    Música celta a bajo volumen, realmente bajo. A mi alrededor un panorama interesante, un grupo de chicos repeinados buscando presa. Un señor típico de un café de mediodía leyendo concentradamente el periódico a las dos de la mañana, vestía chándal, lo mismo estaba haciendo un alto en su carrera y tuvo sed, cuando corres nunca se sabe dónde te entrarán las ganas de beber. Un elemento provocador paseando entre las mesas, podía ser un policía pero sólo de espaldas, al fijarme en él me di cuenta de que andaba flotando entre mundos naturistas, debió ser por la hierba que fumaba, pero aún no lo tengo claro. Por lo visto este muñeco formaba parte de la decoración habitual del espacio, probablemente era invisible para más de uno. Ellas se centraban bastante en él, pero intuyo que tan sólo era vaguería.

    El golpe de magia de la noche lo daba una puerta situada al lado de los aseos. Pasaban algunos maniquíes que, dando un par de golpes a la madera, se sumergían, quién sabe a qué profundidad, a un sótano-mazmorra-antro tan interesante para mí, como desinterés tendría en cederme el paso la mano que volvía a cerrar. Hubiera sido gratificante saberme aceptado tras la puerta, pero tal vez así me regalo la imaginación de lo que me parece, sin necesidad de ceñirme a guiones.

    El momento de la fuga estaba a punto de comenzar, un par de compases sin demasiado ímpetu; una mujer vestida de blanco, apoyada en la barra y gesticulando exageradamente, lo que siempre percibí del nombre "Lola". Una muestra en carne y hueso. Algo sí llamó mi atención: Lo oscuro de sus ojos, como si no tuvieran fondo o su fondo fuera inconfesable. Despecho hacia la vida que vivía o tal vez un cúmulo de cosas que se ejercen por la costumbre. Rodeada de palmeros, parecía estar cómoda, pero en realidad sus movimientos me parecieron de lo más fatigoso. Por supuesto fumaba y soltaba el humo con una rapidez obligatoria. Me hubiera gustado escuchar su conversación sin estar cerca, aunque demasiadas veces no llamo la atención, en este local mi presencia era muy evidente. Una pena no tener el poder del aire que se coloca entre nosotros y tan sólo nos mueve el cabello si es brusco.

    Salimos del local y tardé un rato en acomodarme de nuevo dentro de la realidad.
    Jamás volveré a ese lugar, me hace pensar demasiado.

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