Blog / El Indestructible

martes, 28 de noviembre del 2006 a las 04:00

El indestructible

Algunos de los cambios más espectaculares que hemos presenciado en este siglo, tiene que ver con los vehículos para el entretenimientos de los seres humanos. De las pianolas se pasó a los gramófonos; del “vaudeville” al cine; de la radio a la televisión. A las películas se les añadió sonido; a la radio imágenes; y a ambas el color. Y nadie duda de que podamos ir más lejos.
Con el láser y la holografía podemos producir imágenes tridimensionales de mayor definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía corriente en dos dimensiones. Las modernas técnicas de grabación en cinta nos permiten editar videocessettes sobre cualquier tema, de modo que el cliente puede reproducir en cualquier momento lo que le apetezca en su propio televisor.
Cada nuevo invento desplaza a los antiguos en la medida que le público acude a aquella técnica que le da más. El cine mató al vaudeville, la televisión a la radio y el color al blanco y negro. Las tres dimensiones acabarán sin duda con la bidimensionalidad, y los cassettes pude que maten a la televisión de masas, dirigidas al gran público.
¿Cuál es la tendencia general? ¿A qué llegará el último término?
En cierta ocasión asistí a una exhibición de videos de TV y me saltó a la vista lo voluminoso y caro que era el equipo auxiliar necesario para decodificar la cinta, llevar el sonido hasta los altavoces y proyectar la imagen sobre la pantalla. No hay duda de que las mejores vendrán por el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad, que es el mismo proceso que en años recientes nos ha proporcionado radios, cámaras, computadoras y satélites más pequeños y compactos.
Es posible que el equipo auxiliar disminuya de tamaño y acabe por desaparecer. El video se convertirá en un objeto autónomo que contenga cinta y todos los mecanismos necesarios para producir el sonido y la imagen. La miniaturización hará que el video sea cada vez más manejable y ligero, hasta poderlo llevar casi bajo el brazo. Y su funcionamiento requerir también de cada vez menos energía, hasta rozar casi el ideal de no consumir ninguna.
Un video ordinario produce sonidos y proyecta luz, porque ese es precisamente su propósito. Pero ¿por qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos? El video ideal sería visible y audible para la persona que lo está utilizando, y para nadie más. Los videos que existen hoy necesitan, como es lógico, una serie de mandos: un botón de encendido y apagado y otros para regular el color, el volumen, el brillo, el contraste y demás. La dirección del cambio debe ser, naturalmente, hacia una simplificación de los controles. En último término habrá un solo botón… o quizás ninguno.
Cabría imaginar un video que estuviese siempre perfectamente ajustado; que empezara a funcionar automáticamente cuando uno lo mirara; que se parara automáticamente cuando uno dejara de mirarlo; que pudiera avanzar o retroceder deprisa o despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario.
Qué duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños; un video que puede contener información sobre infinitos tema, el mundo, de la ficción o del real; que es autónomo, manejable, parsimonioso en el consumo de energía, perfectamente privado y sometido en gran medida al control de la voluntad.
¿Será sólo un sueño? ¿Tendremos algún día un video así?
La respuesta es un sí rotundo. No es que vayamos a tener algún día, es que lo tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace siglos. El ideal que he escrito es la palabra impresa: el libro, la revista; un objeto ligero, privado y manipulable a voluntad.
¿Piensa Ud. Que el libro, a diferencia del video que he descrito, no produce sonido e imágenes? Pues se equivoca. Es imposible leer sin oír las palabras en la mente y sin ver las imágenes que producen. Y con la ventaja de que son sonido e imágenes propios, no inventado por otros.
Las imágenes y el sonido que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento son “congelados”, y tiene un nivel de detalle que mejora con el avance de la tecnología. El resultado es que los medios exigen cada vez menos al usuario. Incluso se insertan cuñas musicales y risas pregrabadas para provocar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo de su parte. La persona a quien le cuesta leer (y a la mayoría le cuesta) puede recurrir a eso productos “congelados”, y seguir siendo un espectador pasivo.
La palabra impresa, por el contrario, presenta un mínimo de información. Todo lo demás por encima de ese mínimo tiene que ponerlo el lector: la entonación de las palabras, la expresión de los rostros, la acción y el escenario han de ser extraídos de esas sartas de símbolos en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación puede serlo.
Si Ud. pertenece, por lo tanto, a esa pequeña y afortunada minoría para los que la lectura es fácil y agradable, el libro, en cualquiera de sus manifestaciones, será para usted irremplazable e indestructible, porque exige participación. Por muy agradable que sea el papel de espectador, participar es siempre mejor.

Isaac Asimos

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Acá algo que todos deberían de leer, y más aquel que se dedique a la escritura, así saber que es lo que busca un lector al leer una obra.
Gracias y buenas noches.

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