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Confianza hombre - 45 años, Alicante, España


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BLOG DEDICADO CAOTICAMENTE A TODOS AQUELLOS TEMAS QUE DE ALGUNA MANERA NOS LLAMAN LA ATENCION, TODO DE UNA FORMA ANARKIKA, Y SIN TENER QUE VER NADA UNA ENTRADA CON OTRA


  • SELECCIÓN DE POEMAS DE CLARK ASHTON SMITH EN CASTELLANO

    SELECCIÓN DE POEMAS DE CLARK ASHTON SMITH EN CASTELLANO

    El Canto Del Los Seres Libres

    Gato montés, hermano del alma,
    indómito seas, sin cadenas;
    no sigas senda alguna de los hombres,
    y hazte fuerte en vistillas y malezas.
    Halcón del cielo, compañero alado,
    salvo para cazar, nunca desciendas;
    y como en una atalaya, anídate en riscos
    que circunden anchas torrenteras.
    Gran cárabo, noctámbulo conmigo,
    en claustro cavernoso de cipreses,
    vela los secretos escondidos
    a quien no ve la luz en las tinieblas.

    ¿Dónde Duermes, Eldorado?

    Vida mía, en tu alteza
    Nunca olvides nuestro amor;
    En tu dulce gentileza
    No rechaces mi dolor.
    Por siempre desterrado
    De las playas del placer
    Y de la magia del ayer.
    ¿Dónde duermes, Eldorado?
    Nunca olvides este amor
    En las tardes más triunfales...
    Y recuerda el gran calor
    Y los altos robledales;
    Y recuerda nuestro mar
    Soñoliento en la lejana
    Dicha de una edad pagana...
    No rechaces mi pesar.

    Lo Ignoto
    Las bóvedas del tiempo y del abismo
    no conocen otro ejemplar de tu beldad;
    y ningún escultor es capaz de cincelar
    la esencia de tu forma y de tu faz.
    Atraídos por un engañoso magnetismo,
    buscamos y no hallamos tu fugaz
    palacio... y el farol del ocultismo
    no te ha revelado en tu magnitud.
    ¿Te escondes en la noche estrellada?
    ¿o moras en el átomo profundo?
    ¿Descubierta, serás pira humeante?,
    ¿o llama nueva de un mundo inaudito?...
    ¿o luz del cielo en faros terrenales?...
    ¿o fuego fatuo de los tremedales?

    La Isla Del Náufrago

    Huérfano de naufragio
    estoy en una tierra sin jardín,
    sin campos cultivados,
    una isla que el volcán ha desolado
    en parte, y los salvajes han invadido,
    dominando ahora su mitad mayor,
    las frutas y el pescado son su botín.
    Ellos me sitian y me retienen
    lejos de los bananos y del mar:
    En este lugar
    no tengo más que la desnuda roca,
    en donde crecerán
    un día los líquenes, cuyas hojas
    mañana tras mañana no pueden
    marchitar...
    Ninguna vela
    blanquea los verdinegros mares...
    ¿En tal islote,
    puedo sobrevivir con los otros insulares?

    Memoria Roja
    Este recuerdo vuelve todavía
    de un jardín de amaranto más retinto:
    los lagos del ocaso, coloreando
    mi desvarío como un vino tinto;
    y los rubíes, hundidos talismanes,
    en tus profundos ojos de jacinto.
    Un esplendor de bermellón bañaba
    las hiedras y las flores fúnebres;
    y de tus labios yo bebí la sangre
    que de un dios manaba fuera del ciprés (1);
    y de mi corazón llovía la vida,
    la esencia de sanguinos árboles...
    Pero la noche vino a apagar
    los mágicos rubíes y el fuego rojo
    con el licor del dios... En vano busco
    aquella claridad en cielo y ojos...
    hallando ya en símbolos y palabras
    la orilla del río Leteo (2) y flojo.

    Los Poetas

    Somos los dueños
    De todos los sueños
    De la noche o del día.
    Y siempre entonamos
    Esta melodía:
    El mundo es el suyo,
    El sol es el tuyo,
    La luna es la mía.

    Dos Mitos Y Una Fábula
    ¿Dónde vais, guerreros orgullosos,
    con cotas fulgentes como la luna?
    - Salimos a matar al Basilisco (3),
    en simas que sólo sus ojos alumbran.
    ¿A dónde vais, valientes marineros,
    en un bajel tintado con los colores del otoño?
    - Navegamos en busca de la verdina ribera,
    postrer asilo de los Unicornios (4).
    ¿A dónde vais, innominados brujos,
    con mantos más bermejos que el ocaso?
    - Vamos a hallar de Salomón las Clavículas (5),
    y a liberar a los genios encerrados.

    NOTAS:
    (1) La imagen del dios en el árbol es una clara referencia a Dionisios o Baco, personificación del desenfreno y el vino (el rojo licor del poema). Aunque la vid y los racimos son los símbolos más recurrentes a la hora de representar a esta divinidad, los griegos hacían sacrificios al "Dionisios del Árbol", pues éste, era también dios de los árboles. Se le representaba con frecuencia como un tocón de árbol envuelto en un manto, con una careta barbuda por cabeza y ramas que salían del cuerpo. En otras imágenes aparece con la cara roja y el cuerpo dorado, sosteniendo una varita con una piña en su extremo.
    (2) El "Río del Olvido".
    (3) El Basilisco: "El Besalís o Regulus es el rey de los reptiles; con una sola mirada mata al hombre. Mata con su aliento a las aves del cielo, y está tan lleno de veneno, que reluce. Si el hombre lo ve primero, no puede hacerle daño, y el Basilisco queda como único rey en la arena vacía".
    De Bestiis.
    "El fuego, soy yo; y por todas partes lo aspiro: de las nubes, de los guijarros, de los árboles muertos, del pelo de los animales, de la superficie de los pantanos. Mis temperatura mantiene a los volcanes".
    Las Tentaciones de San Antonio. Gustave Flaubert.

    (4) El Unicornio: "El Monoceros es un monstruo de horrible bramido, con el cuerpo semejante al de un caballo, pies como los de un elefante y cola como la de un ciervo. Del centro de su frente brota un cuerno de asombroso esplendor, hasta de cuatro pies de largo, tan afilado que perfora fácilmente todo aquello contra lo que carga. Ni uno sólo ha ido a parar vivo a las manos del hombre, y aunque es posible matarlos, no se les puede capturar".
    Bestiario de Cambridge.
    " Yo tengo pezuñas de marfil, dientes de acero, la cabeza de color púrpura, el cuerpo color de nieve y el cuerno de mi frente lleva el abigarramiento del arco iris".
    Las Tentaciones de San Antonio. Gustave Flaubert.
    (5) Eliphas Levi, en su Histoire de la Magie, dice a propósito de La Clavícula de Salomón: "Las tradiciones populares decían que el poseedor de Las Clavículas de Salomón puede conversar con los espíritus de todos los órdenes. Pues estas Clavículas, varias veces perdidas y otras tantas recobradas, no son otra cosa que los talismanes de los setenta y dos nombres y los misterios de las treinta y dos vías que el tarot reproduce jeroglíficamente. Con el auxilio de estos signos y por medio de sus combinaciones infinitas, se puede efectivamente llegar a la revelación natural y matemática de todos los secretos de la naturaleza y, en consecuencia, entrar en comunicación con la jerarquía completa de las inteligencias y de los genios". Lovecraft también citó a Eliphas Levi, en su novela El Caso de Charles Dexter Ward.

  • LA DESOLACION DE SOOM

    LA DESOLACION DE SOOM

    CLARK ASHTON SMITH

    Se dice que el desierto de Soom se extiende en un extremo del mundo, de difícil situación geográfica, entre tierras casi desconocidas y otras inimaginables. Los viajeros le tienen miedo porque sus arenas desérticas y movedizas no tienen oasis, y además, cuenta la leyenda que allí habitaban horrores indescriptibles. En este sentido, existen numerosos relatos, cada cual distinto. Algunos dicen que no es ni visible, ni audible, y otros dicen que se trata de una mera quimera de muchas cabezas, cuernos y rabos, y una lengua cuyo sonido es semejante al tañido de las campanas en auditorios abovedados durante algún funeral solemne. Todas las caravanas y aventureros solitarios que regresaron de Soom contaban relatos extraños; otros ni pudieron regresar siquiera, y hubo incluso quien se volvió completamente loco a causa del terror y el vértigo provocados por un espacio infinito y vacío... En efecto, eran muchos los relatos que existían en torno a un ser que espiaba furtivamente, o a todo un ejército de mil diablos; se hablaba de algo que se escondía aguardando detrás de las dunas movedizas, o de algo que rugía y susurraba desde la arena o desde el viento, o se mueve invisible en un silencio opresor, o cae desde el aire como un insecto aplastante, o bosteza abriéndose como un pozo repentinamente ante los pies del viajero.
    Pero hace mucho tiempo existió una pareja de amantes que llegaron al desierto de Soom y cruzaron las estériles arenas. Desconocían la existencia del mal por aquellos parajes, y como habían encontrado un acogedor edén en sus respectivos ojos, es posible que no se dieran cuenta de que atravesaban un desierto. Y entre todos los que se atrevieron a pisar la temible desolación fueron los únicos que no regresaron con una nueva historia sobre algo terrible, sobre algún horror que los hubiera seguido o espiado, algo visible o invisible, audible o inaudible. Para ellos no hubo ni quimeras de múltiples cabezas, ni pozos bostezantes, ni insectos monstruosos. Además, nunca pudieron comprender las historias que les relataron caminantes menos afortunados

  • LA CASA VACIA -- E.T.A. HOFFMAN


    E. T. A. Hoffman
    La casa vacía

    http://bloodgothic.blogspot.com

    Ya sabéis —comenzó a decir Teodoro— que pasé el último verano en ***. Los numerosos amigos y conocidos que encontré allí, la vida amable y despreocupada, las numerosas manifestaciones artísticas y científicas, todo me retuvo. Nunca me sentía tan contento como cuando me entregaba por entero a mi pasión de vagabundear por las calles, deteniéndome para ver los grabados en cobre que se exhibían en las puertas, deleitarme con los letreros y observando a las personas que salían a mi encuentro, con idea de hacerles un horóscopo; pero no sólo me atraía irresistiblemente la riqueza de las obras de arte y el lujo, sino la contemplación de los magníficos y suntuosos edificios. La alameda, ornada de construcciones semejantes, que conduce a la Puerta de *** es el punto de reunión de un público dispuesto a gozar de la vida, ya que pertenece a la clase alta o acomodada.
    En los pisos bajos de los grandes palacios exhibíanse la mayor parte de las veces mercancías lujosas, mientras que en los altos habitaba gente de las clases mencionadas. Las hosterías más elegantes estaban, por lo general, en esta calle y los representantes extranjeros vivían en ella; así podéis suponer que allí había una animación especial y mayor movimiento que en otro lugar de la ciudad, dando la sensación de hallarse más poblada de lo que realmente estaba. El interés por vivir en aquel sitio hacia que muchos se conformasen con una pequeña vivienda, menor de lo que les correspondía, de suerte que muchas familias habitaban en una misma casa, como si ésta fuera una colmena.
    Con frecuencia paseaba yo por tal avenida, cuando un día, de pronto, me fijé en un paraje que difería de los demás de extraña manera. Imaginaos una casita baja, con cuatro ventanas, en medio de dos bellos y elevados edificios, cuyo primer piso apenas si se elevaba más que los bajos de las casas vecinas, y cuyo techo, en mal estado de conservación, así como las ventanas, cubiertas en parte con papeles, y los muros descoloridos, daban muestra del total abandono en que la tenía su propietario. Suponed qué aspecto tendría aquella casa entre dos mansiones suntuosas y adornadas con lujosa profusión. Permanecí delante contemplándola y observé al aproximarme qué todas las ventanas estaban cerradas, que delante de la ventana del piso bajo se levantaba un muro y que la acostumbrada campanilla de la puerta cochera, así como la de la puerta principal, no existían; ni tan siquiera había un aldabón o llamador. Con el tiempo llegué al convencimiento de que la casa estaba deshabitada, ya que nunca, pasase a la hora que fuera, veía la menor huella de un ser humano. ¡Una casa deshabitada en esa parte de la ciudad! Era algo muy raro, aunque posiblemente tendría una explicación natural: que su dueño estuviese haciendo un largo viaje o que viviese en posesiones muy lejanas, sin atreverse a alquilar o Vender este inmueble, por si lo necesitaba en el caso de volver a ***. Eso pensaba yo, y, sin saber cómo, me encontraba siempre paseando por delante de la casa vacía, al tiempo que permanecía, no tanto sumergido en extraños pensamientos, como enredado en ellos.
    Bien sabéis todos, queridos compañeros de mi alegre juventud, que siempre me considerasteis un visionario, y que cuantas veces las extrañas apariencias de un mundo maravilloso entraban en mi vida, vosotros, con vuestra rígida razón, lo combatíais. ¡Pues bien! Ahora podéis poner las caras de desconfianza que queráis, pues he de confesaros que yo también a veces he sufrido engaños, y que con la casa vacía parecía ir a ocurrir algo semejante, pero... al final vendrá la moraleja que os dejará aniquilados. ¡Escuchad! i Vamos al asunto!
    Un día, y precisamente a la hora en que el buen tono ordena pasear arriba y abajo por la alameda, estaba yo, como de costumbre, absorto en mis pensamientos, contemplando la casa vacía. De pronto, noté Sin mirar que alguien se había colocado a mi lado y me observaba fijamente. Era el conde P., en muchos puntos tan afín a mí, y no me cabe la menor duda de que también estaba interesado en la casa misteriosa. Me sorprendió que, al comunicarle la extraña impresión que me había causado esa casa deshabitada en aquella parte tan frecuentada de la ciudad, sonriese irónicamente, si bien al punto me aclarase todo. El conde P. había ido mucho más lejos que yo. Después de múltiples observaciones y combinaciones, había dado con la explicación de porqué se encontraba la casa en aquel estado, y precisamente la explicación estaba relacionada con una extraña historia, que sólo la más viva fantasía del poeta podía haber imaginado. Voy ahora a referiros la historia del conde, que recuerdo con entera claridad, y, por lo que respecta a lo que me sucedió luego, me siento tan excitado todavía, que os lo contaré después.
    ¡Qué sorpresa fue la del conde al enterarse de que la casa vacía sólo alojaba los hornos del confitero, cuyos lujosos escaparates atraían al viandante! Por eso las ventanas del bajo, donde estaban los hornos, permanecían tapiadas y las habitaciones del primer piso, con las cortinas echadas para evitar el sol y los insectos, protegiendo así los artículos confitados. Cuando el conde me contó esto, sentí como si me hubieran arrojado un jarro de agua fría o como si demonios enemigos hicieran burla de mis sueños poéticos... Pese a aquella explicación prosaica, siempre que desde entonces pasaba ante ella, no dejaba de mirar la casa deshabitada, y, siempre que la miraba, sentía ligeros estremecimientos al imaginar toda clase de escenas extrañas. No me acostumbraba a la idea de la confitería, de los mazapanes, de los bombones, de las tartas, de las frutas escarchadas, etcétera. Una extraña combinación de ideas hacía que todo me sonase a secretos simbolismos y que pareciese decirme: «¡No os asustéis, amigo mío! Somos dulces criaturas, pero de un momento a otro estallará un trueno.»
    Entonces yo volvía a pensar: «¿No eres acaso un loco, un iluso, que siempre tratas de convertir lo vulgar en algo maravilloso? ¿Tienen razón acaso tus amigos cuando te consideran un exaltado visionario?»
    La casa, no podía ser de otro modo, permanecía siempre igual. Llegó un momento en que, al habituarse mi vista a ella y a las ilusorias figuras que parecían reflejarse en las paredes, éstas poco a poco fueron desapareciendo. Sin embargo, una casualidad hizo que lo que parecía dormido volviese a despertar. El hecho de haber quedado todo, a pesar mío, reducido a algo prosaico, como podéis imaginar, no impedía que yo siguiese mirando la fabulosa casa conforme a mi manera de pensar, pues soy fiel caballero de lo maravilloso.
    Sucedió, pues, que un día en que, como de costumbre, paseaba por la alameda a las doce, mi mirada se fue a detener en las ventanas cubiertas por cortinas de la casa vacía. Noté que la cortina de la última ventana, justamente junto a la tienda de la confitería, comenzaba a moverse. Dejáronse ver una mano y un brazo. Con mis gemelos de ópera pude observar claramente la bella mano femenina, de blancura resplandeciente, en cuyo dedo meñique refulgía con desusado destello un brillante, y desde cuyo brazo redondeado, de belleza exuberante, lanzaba sus destellos un rico brazalete. La manó colocó un frasco de cristal de extraña forma en el alféizar de la ventana y desapareció tras la cortina.
    Me quedé inmóvil; una rara y agradable emoción recorrió mi interior, a la manera de un calor eléctrico. Fijamente permanecí mirando a la ventana fatal y de mi pecho se escapó un suspiro. Por último, sentí como si fuese a desmayarme, y poco rato después me encontré rodeado de gentes de todas clases, que me observaban con semblante de curiosidad. Esto me disgustó, pero enseguida me di cuenta de que toda aquella muchedumbre no cesaba de comentar admirada que había caído desde un sexto piso un gorro de dormir sin que se le hubiese desgarrado ni una sola malla. Me alejé lentamente, mientras el demonio prosaico me susurraba con toda claridad al oído que la mujer del confitero, alhajada como en día de fiesta, se había asomado para dejar en la ventana un frasco de agua de rosa vacío. ¡Qué extraña ocurrencia! Pero, de pronto, tuve un pensamiento audaz; regresé al instante a contemplar el escaparate de la Confitería inmediato a la casa vacía y entré.
    Mientras soplaba la espuma del hirviente chocolate que había pedido, comencé a decir:
    —En realidad habéis ampliado mucho vuestro establecimiento...
    El confitero echó con presteza un par de bombones de colores en el cucurucho de papel y, dándoselos a la encantadora joven que lo solicitaba, apoyó sus brazos en el mostrador, mirándome sonriente. Volví a repetirle que había hecho muy bien en colocar el horno en la casa contigua, aunque resultaba extraña y triste la casa vacía en medio de la animada fila de edificios.
    —¡Eh, señor! —repuso el confitero—. ¿Quién le ha dicho que la casa de ahí al lado me pertenece? Han sido vanos todos mis intentos de adquirirla, aunque bien creo que esa casa posiblemente oculte un enigma.
    Ya podéis suponeros, amigos míos, en qué estado de excitación me dejó esta respuesta y qué reiteradamente le supliqué que me dijese algo más de la casa.
    —¡Pues, sí, señor mío! —díjome—. En realidad no sé nada raro de la casa; únicamente puedo aseguraros que pertenece a la condesa de S., que vive en sus posesiones, y desde hace muchos años no viene a ***. Como entonces no se habían construido los magníficos edificios que existen ahora, según me han contado, la casa está en el mismo estado que antaño y nadie sabe nada de la completa decadencia en que Se encuentra ahora. Sólo dos seres vivientes la habitan: un ancianísimo administrador muy huraño y un perro gruñón, que a veces, en el patio de atrás, ladra a la Luna. El rumor popular dice que debe haber fantasmas en la casa vacía. Realmente mi hermano (el dueño de la tienda) y yo hemos oído varias veces en el silencio de la noche, sobre todo en Nochebuena, cuando el negocio nos hace estar al pie del mostrador ruidos extraños que parecen venir a través de la pared desde la casa vecina. Luego comienzan a oírse unos sonidos estridentes y un rumor que nos parece horrible. Aún no hace mucho que una noche se oyeron cánticos, tan raros que apenas si puedo describirlos. Parecía la voz de una mujer de edad, pero el tono era tan penetrante, las cadencias tan variadas y los gorgoritos tan agudos, que ni siquiera los he oído en Italia, en Francia o en Alemania a las muchas cantantes que he conocido. Me pareció como si cantase con palabras francesas, que, sin embargo, no podía distinguir bien, aunque llegó un momento en que no pude oír más aquel canto loco y fantasmal que me ponía los pelos de punta. A veces, cuando el bullicio de la calle cesaba un poco oíamos detrás del cuarto trastero profundos suspiros y luego un reír sofocado que parecía venir del suelo; pero, con el oído pegado a la pared, podía percibirse que era en la casa vecina donde suspiraban y reían. Fíjese —dijo mientras me conducía a la habitación última y señalaba a través de la ventana—, fíjese usted en aquel tubo de metal que sale del muro. A menudo humea tanto, incluso en verano, cuando nadie necesita calefacción, que mi hermano muchas veces ha regañado con el inquilino por temor a un incendio. Pero éste se disculpa, diciendo que cocina su comida. Ahora bien, lo que coma, eso sólo Dios lo sabe, pues con frecuencia se propaga un olor muy especial sobre todo cuando el tubo humea mucho.
    La puerta de cristal de la tienda resonó, y el confitero apresuróse, al tiempo que me lanzaba una mirada y me hacía una seña indicando a la persona que entraba, seña que comprendí perfectamente. ¿Quién podía ser aquel extraño personaje sino el administrador de la casa misteriosa? Imaginaos un hombrecillo delgado y seco, con semblante de momia, nariz aguda, labios contraídos, ojos chispeantes y verdes, de gato, sonrisa de loco, el pelo negro rizado a la antigua moda y empolvado, un tupé altísimo engomado y, colgando, una gran bolsa de piel llamada «Postilion d'Amour». Usaba un viejo vestido de color café 'desvaído, aunque muy bien cepillado y limpio, y grandes zapatos desgastados, con hebillas. Imaginaos que esta personilla se dirigió, mejor dicho dirigió su enorme puño, de dedos largos y robustos, hacia el escaparte y, medio sonriendo y medio contemplando los dulces preservados por el cristal, dijo con voz gemebunda y desvaída:
    —Un par de naranjas confitadas, un par de almendrados, un par de marrons glacés.
    Decidme y juzgad si no había motivo para pensar algo raro. El confitero sirvió todo lo que el anciano pedía.
    «¡Pesadlo, pesadlo, honorable señor vecino!», parecía susurrar aquel hombre extraño.
    Luego sacó del bolsillo, mientras gemía y suspiraba, una pequeña bolsa de cuero y buscó trabajosamente el dinero. Noté que las monedas que iba contando sobre el mostrador estaban ya en desuso. Con voz quejumbrosa murmuró:
    —Dulce..., dulce..., dulce debe ser todo... Por parte mía, todo dulce... Satanás unta el hocico de su novia con miel..., pura miel.
    El confitero me miró riéndose, y luego dijo al viejo:
    —Se diría que no os encontráis bien; la edad, debe ser la edad; las fuerzas disminuyen.
    Sin alterar su gesto, el viejo exclamó con voz aguda:
    —¿Edad? ¿Edad? ¿Que disminuyen las fuerzas? ¿Débil yo, flojo? ¡Ja, ja, ja!
    Y tras esto cerró los puños, haciendo crujir sus articulaciones, y dio tal salto en el aire, tras pisar con fuerza, que toda la tienda se estremeció y los cristales resonaron temblorosos. Pero en el mismo instante oyóse una algarabía espantosa: el viejo había pisado al perro negro, que se fue a meter entre sus piernas.
    —¡Maldita bestia! ¡Maldito perro del infierno! —dijo en voz baja, mientras, abriendo el cucurucho, le ofrecía un almendrado grande. El perro, que se había puesto a llorar como si fuera una persona, se tranquilizó, sentóse sobre sus patas traseras y empezó a roer el almendrado como un hueso. Ambos terminaron a la vez: el perro con su almendrado y el viejo zampándose todo el cucurucho.
    ——Buenas noches, querido vecino —dijo alargando la mano al confitero y dándole tal apretón, que éste lanzó un grito de dolor—. El viejo y débil anciano os desea buenas noches, honorable señor confitero—repitió saliendo de la tienda y tras él su perro negro, relamiendo los restos del almendrado esparcidos por su hocico.
    Me pareció que ni siquiera había reparado en que estaba yo allí, inmóvil y asombrado.
    —Ahí le tenéis —comenzó a decir el confitero—, ahí le tenéis; así es como obra este viejo extraño, que aparece por aquí cuando menos dos o tres veces por semana, pero no hay forma de sacarle nada; sólo que es el mayordomo del conde de S., que ahora administra esta casa donde vive, y que espera todos los días, y así lleva muchos años, que la familia condal de S. retorne, y que por ese motivo no alquila la casa. Mi hermano un día fue a su encuentro y le preguntó qué era ese ruido tan extraño que hacía a medianoche, pero él. muy tranquilo, respondió:
    —Si la gente dice que hay fantasmas en esta casa, no lo creáis; no es cierto.
    A todo esto Sonó la hora en que el buen tono ordena visitar las confiterías. La puerta se abrió, y una multitud elegante entró, de modo que ya no pude preguntar más. No cabía la menor duda de que las noticias del conde P., acerca de la propiedad y el empleo de la casa, eran falsas; que el viejo administrador, no obstante su negativa, no vivía solo, y que allí se ocultaba un secreto. ¿Tenía alguna relación el extraño y espantoso cántico con el bello brazo que se mostró en la ventana? Aquel brazo no correspondía, no podía tener relación alguna, con el cuerpo de una mujer vieja. El cántico, sin embargo, conforme a la descripción del confitero, no provenía de la garganta de una muchacha. Además, recordé la humareda y el extraño olor de que me había hablado, así como el frasco de cristal visto por mí, y muy pronto se ofreció a mi mente la imagen de una criatura de bellos ojos, presa de poderes mágicos. Creí ver en el viejo un brujo fatal, un hechicero, que posiblemente no tenía relación alguna con la familia condal de S. y que, por cuenta propia, encontrábase en la casa abandonada haciendo de las suyas. Mi fantasía se puso a trabajar, y aquella misma noche, no sólo en sueños, sino en el delirio que precede al dormir, vi claramente la mano con el brillante refulgente en el dedo y el brazo ceñido por el rico brazalete. Un semblante bellísimo se me apareció entre la transparente niebla gris, semblante que tenía ojos azules, tristes y suplicantes, y luego la figura encantadora' de una joven en la plenitud de su belleza. Muy pronto me di cuenta de que, lo que tomaba por niebla, era la humareda que se desprendía del frasco de cristal que tenía la figura entre sus manos, y que subía en rizadas volutas hacia lo alto.
    «¡Oh, mágica visión —exclamé extasiado—, oh, mágica visión! ¿Dónde te encuentras, quién te ha encadenado? ¡Oh, cuánto amor y tristeza hay en tu mirada! Bien sé que la magia negra te tiene prisionera, que eres la desgraciada esclava de un demonio malicioso, vestido con ropas marrones que trastea por la confitería, da saltos capaces de destruir todo y pisa a perros infernales, que alimenta con almendrados, cuando, a fuerza de aullidos, han consumado sus evocaciones satánicas... ¡Oh, ya lo sé todo, bella y encantadora criatura! ¡El diamante es el reflejo de tu brillo interior! ¡Ah!, si no le hubieses dado la sangre de tu corazón, ¿cómo iba a brillar así, con rayos tan multicolores y con tonos tan maravillosos que jamás ha podido ver un mortal? Sí, sé muy bien que el brazalete que ciñe tu brazo es una argolla de la cadena a que hacía referencia el hombre vestido de marrón, que es un eslabón magnético. ¡No le hagas caso, hermosa mía! Ya veo cómo se suelta y cae en la encendida retorta, desprendiendo llamas azuladas. ¡Yo lo he echado y ya estás libre! ¿Acaso no sé todo, acaso no sé todo, amada mía? Pero escúchame, encantadora, abre tus labios y dime...»
    En el mismo instante un puño poderoso me empujó contra el frasco de cristal, que se rompió en mil pedazos, esparciéndose por el aire. Con un débil quejido de dolor, la encantadora figura desapareció en la oscura noche...
    |Ah! Veo por vuestra sonrisa que de nuevo me tomáis por un visionario. Pero os aseguro que todo el sueño, si es que no queréis prescindir de este nombre, tenía el perfecto carácter de una visión. Como veo que continuáis sonriéndoos y negándoos a creerme, de un modo prosaico, prefiero no decir nada, sino terminar de una vez.
    Apenas amaneció, corrí muy intranquilo y Heno de deseos hacia la alameda y me aposté frente a la casa vacía. Además de las cortinas interiores, había rejas. La calle estaba totalmente vacía. Acerquéme a la ventana del piso bajo y me puse a escuchar atentamente. Pero no oí nada; todo estaba en un silencio sepulcral. Ya se hacía de día y comenzaba a animarse el comercio; debía irme de allí. Os cansaría si os contase cuántos días fui a la casa en momentos diversos, y todo en vano, sin poder descubrir nada, y cómo todas mis investigaciones y observaciones no me procuraron ninguna noticia. Así es que, finalmente, la bella imagen de la visión que había contemplado fue esfumándose.
    Mas he aquí que un día que volvía de dar un paseo por la tarde, al pasar por delante de la casa vacía noté que la puerta estaba medio abierta; entré. El hombre del traje marrón se asomó. Yo había tomado una resolución. Pregunté al viejo:
    —¿Vive aquí Binder, el consejero de Hacienda?
    Al tiempo empujaba la puerta para entrar en un vestíbulo iluminado débilmente por la luz de una lámpara. El viejo me miró con su sonrisa permanente y dijo con voz lenta y gangosa:
    —No, no vive aquí; nunca ha vivido aquí, nunca vivirá aquí y tampoco vive en toda la alameda. Pero la gente dice que en esta casa hay fantasmas. Sin embargo, puedo asegurarle que no es cierto; es una casa muy tranquila, muy bonita, y mañana vendrá la respetable condesa de S. ¡Buenas noches, mi querido amigo!
    Apenas terminó de decir esto, el viejo se las ingenió para echarme de la casa y cerrar la puerta tras de mí. Oí cómo resonaban las llaves en su llavero, mientras subía las escaleras, carraspeando y tosiendo. Aquel escaso tiempo fue suficiente sin embargo, para que viese qué en el vestíbulo colgaban tapices antiguos de varios colores y que la sala estaba amueblada con sillones de damasco rojo, todo lo cual le daba un aspecto extraño, ¡Nuevamente volvieron a despertarse en mi interior la fantasía y la aventura tras de haber entrado en la casa misteriosa!
    Imaginaos..., imaginaos al día siguiente en qué estado volví a recorrer la alameda al mediodía. Al dirigir la mirada involuntariamente hacia la casa vacía, observé que algo brillaba en el piso alto. Al acercarme vi que la persiana estaba levantada y la cortina medio corrida. iOh, cielos! Apoyado en su brazo, el bello semblante de aquella visión mía me miraba suplicante. ¿Era posible permanecer quieto en medio de la muchedumbre? En aquel momento me fijé en el banco destinado a los viandantes, colocado precisamente ante la casa vacía, aunque de espaldas a la fachada. Con paso rápido caminé por la alameda y. apoyándome sobre el respaldo del banco, pude contemplar sin ser molestado la ventana fatal. ¡Si!, era ella, la encantadora y bella criatura, los mismos rasgos... Sólo que su mirada incierta... no se dirigía a mí, según me pareció, sino más bien denotaba algo artificial, como muerto. Daba la engañosa impresión de pertenecer a un cuadro, impresión que hubiera sido completa de no haberse movido el brazo y la mano. Totalmente absorto en la contemplación del extraño ser que estaba asomado a la ventana, y que me causaba tan rara exaltación, no oí la voz temblona de un vendedor ambulante italiano que inútilmente me ofrecía su mercancía. Como me tocase el brazo, volvíme con presteza y le reñí furioso. No me dejaba un instante con sus súplicas pedigüeñas. En todo el día no había ganado nada; decía que le comprase un par de lápices o un paquete de mondadientes. Impaciente, para librarme a toda prisa de aquel pesado, metí la mano en el bolsillo en busca de mi bolsa mientras él me decía:
    —Aún tengo cosas más bonitas. Buscó en su caja y sacó un espejito, que estaba en el fondo con otros cristales, y me lo mostró de lejos. Volví a mirar la casa vacía, la ventana y los rasgos de aquel encantador y angelical semblante de la visión que se me había aparecido.
    Apresurado compré el espejito, que me permitió, sin necesidad de molestar al vecino, mirar hacia la ventana. Así es que, contemplando durante largo rato el rostro misterioso, me sucedió que experimenté un sentimiento rarísimo e indescriptible, como si estuviera soñando despierto, Tuve la sensación de que me paralizaba, pero más bien que los movimientos del cuerpo, la mirada, que no podía apartar del espejo. Confieso con rubor que recordé aquellos cuentos infantiles que me relataba en mí tierna niñez la criada al acostarme, cuando me divertía contemplándome en el gran espejo de la habitación de mi padre. Me dijo entonces que, cuando los niños se miran mucho por la noche al espejo, ven la cara horrible de un desconocido, y esto hacía que a veces permanecieran mirando fijamente. Aquello me parecía horroroso, pero aun sobrecogido por el espanto, no podía dejar de mirar a través del espejo, porque tenía una gran curiosidad de ver el semblante desconocido. Una vez parecióme ver un par de ojos brillantes, horribles, que despedían chispas desde el espejo; me puse a gritar y caí desvanecido. En aquella ocasión se me declaró una larga enfermedad, y todavía hoy tengo la sensación de que aquellos ojos me están mirando. En una palabra: todas aquellas beberías de mi infancia pasaron por mi imaginación; sentí que se me helaban las venas, y quise apartar de mi lado el espejo..., pero no pude. Los ojos celestiales de la encantadora criatura me contemplaban. Sí, su mirada penetraba directamente en mi corazón.
    Luego, aquel espanto que me sobrecogió repentinamente cesó y dio paso a un suave dolor y a una dulce nostalgia, semejante al efecto de una sacudida eléctrica.
    —¡Tenéis un espejo envidiable! — dijo una voz junto a mí.
    Desperté como de un sueño, y cuál no sería mi desconcierto cuando encontré a mi lado unos semblantes que sonreían de modo equívoco. Varias personas habíanse sentado en el mismo banco y era lo más probable que, por mi insistencia en mirar al espejo y quizá por los extraños gestos que debí de hacer en el estado de exaltación en que me encontraba, diese un espectáculo muy divertido.
    —Tenéis un espejo envidiable —repitió la voz al ver que yo no respondía—. ¿Por qué miráis con tanta fijeza?
    Un hombre ya de edad, vestido muy cuidadosamente, que en el tono de su conversación y en la mirada tenía algo de bondadoso e inspiraba confianza, era quien me hablaba. No tuve reparo en decirle que precisamente en el espejo veía a una joven maravillosa que estaba asomada a la ventana de la casa vacía. Fui más lejos aún: pregunté al viejo si veía él también aquel maravilloso semblante.
    —¿Allí, en aquella casa vieja..., en la última ventana? — me preguntó asombrado el viejo.
    —Ciertamente, ciertamente —repuse. El viejo se sonrió y comenzó a decir:
    —Os habéis engañado de un modo extrañísimo... Doy gracias a que mis viejos ojos... ¡Dios bendiga mis viejos ojos! ¡Eh, eh, señor mío! En efecto, sí, yo también he visto con estos ojos bien abiertos el semblante maravilloso asomado a la ventana. Aunque realmente bien creo que se trata de un retrato al óleo.
    Rápidamente me volví hacia la ventana: todo había desaparecido y la persiana se había bajado.
    —Sí —continuó el viejo—; sí, señor mío, no es demasiado tarde para convencerse de que precisamente ahora el criado que vive ahí solo, como un castellano, en los cuarteles de la condesa de S., acaba de limpiar el polvo del cuadro, lo ha quitado de la ventana y bajó la persiana.
    —¿Así que era un cuadro? — pregunté totalmente desconcertado.
    —Confiad en mis ojos —repuso el viejo—. Al ver en el espejo sólo el reflejo del cuadro ha sido usted fácilmente engañado por la ilusión óptica. ¿Acaso yo, cuando tenía vuestra edad, gracias a mi fantasía, no era capaz de evocar la imagen de una bella joven y de darle vida?
    —Pero la mano y el brazo se movían —insistí.
    —Sí, sí; se movían, todo se movía —dijo el viejo sonriendo y dándome un golpecito en el hombro. Luego levantóse y después de hacerme una reverencia se despidió con estas palabras—: Tened cuidado con esos espejos de bolsillo, que mienten tan engañosamente. Téngame por su más obediente servidor.
    Podéis imaginar cuál sería mi estado de ánimo cuando me vi tratado como si fuera un ser fantástico, necio y visionario. Quedé convencido de que el viejo tenía razón, de que toda aquella loca fantasmagoría había tenido lugar en mi interior, y que todo lo de la casa vacía, para vergüenza mía, sólo era una mixtificación repelente. De muy mal humor y muy disgustado abandoné el banco, decidido a librarme de una vez para siempre del misterio de la casa vacía o, por lo menos, dejar transcurrir unos días sin pasear por la alameda ni por aquel sitio.
    Seguí tal propósito al pie de la letra. Pasaba las horas ocupado en los negocios de mi bufete, y al atardecer pasaba el rato en un círculo de alegres amigo?, de tal modo que no volvieron a atormentarme aquellos secretos. Únicamente me sucedía algunas noches que me despertaba como si alguien me tocase, y entonces tenía la clara sensación de que, sólo el ser misterioso que se me había aparecido al mirar la ventana de la casa vacía, era la causa de mis sobresaltos. Incluso cundo estaba en mi trabajo o en animada conversación con mis amigos me estremecía con este pensamiento, como si hubiese recibido una sacudida eléctrica. Pero esto sucedía en momentos fugaces. El pequeño espejo de bolsillo, que en otro tiempo tan mentirosamente había reflejado la imagen amable, ahora me servía para menesteres prosaicos: acostumbraba a hacerme el nudo de la corbata ante él. Pero sucedió un día que lo encontré opaco, y echándole el aliento lo froté para darle brillo. Se me detuvo el pulso y todo mi ser se estremeció al experimentar un sentimiento, de terror no exento de cierto agrado. Sí..., ciertamente tengo que calificar de ese modo la sensación que me sobrecogió cuando eché el aliento al espejo, pues contemplé, en medio de una neblina azul, el bello rostro, que me miraba suplicante, con una mirada que traspasaba el corazón. ¿Os reís? Sí, estáis convencidos de que soy un visionario sin remedio. Mas decid lo que queráis, pensad lo que queráis; no me importa. La maravillosa mujer me miraba, en efecto, desde el espejo; pero en cuanto cesé de echarle aliento al espejo, desapareció su rostro de él... No quiero fatigaros más. Pues voy a referir todo lo que sucedió después. Sólo os diré que incansablemente yo repetía la experiencia del espejo y casi siempre lograba evocar la imagen, aunque algunas veces mis esfuerzos resultaban infructuosos. Entonces corría como loco hacia la casa vacía y me ponía a contemplar la ventana; pero ningún ser humano se asomaba... Vivía sólo pensando en ella; todo lo demás me parecía muerto, sin interés; abandoné mis amigos, mis estudios.
    En estas circunstancias muchas veces sentía un dolor suave y una nostalgia como soñadora. Parecía a veces como sí la imagen perdiese fuerza y consistencia, aunque en otras ocasiones se agudizaba de tal modo que recuerdo algunos momentos con verdadero espanto.
    Encontrábame en un estado de ánimo tal, que hubiera estado a punto de ser mi perdición. Pero aunque os riáis y os burléis de mí, escuchad lo que voy a contaros. Como ya os dije, cuando aquella imagen palidecía, lo que sucedía muy a menudo, sentía un malestar muy grande. Entonces la figura hacía su aparición con una viveza tal, con un brillo tan grande, que me daba la sensación de poder tocarla. Aunque realmente también tenía la horrible impresión de ser yo mismo la figura envuelta por la niebla que se reflejaba en el espejo. Aquel estado penoso terminaba siempre con un agudo dolor en el pecho y luego con una gran apatía que me dejaba preso de un total agotamiento. En los momentos en que fracasaba en mi intento del espejo, notaba que me quedaba sin fuerzas; pero cuando volvía a aparecer la imagen en él, no he de negar que experimentaba un extraño placer físico. Esta continua tensión ejercía sobre mí un influjo maligno; con una palidez mortal y totalmente destrozado, andaba vacilante; mis amigos me consideraban enfermo y sus continuas advertencias me obligaron a meditar seriamente acerca de mi estado.
    Fuera intencionadamente o de forma casual, unos amigos que estudiaban medicina, en una visita que me hicieron dejaron allí un libro de Reil sobre las enfermedades mentales. Comencé a leerlo. La obra me atrajo irresistiblemente, pero ¡cuál no sería mi asombro al ver que todo lo que se decía en tomo a la locura obsesiva lo experimentaba yo!
    El profundo espanto que sentí, al imaginarme cercano al manicomio, me hizo reflexionar, y tomé una decisión, que ejecuté al momento. Guardé mi espejo de bolsillo y me dirigí rápidamente al doctor K.. famoso por su tratamiento y curaciones de dementes, debidas al profundo conocimiento que tenía del principio psíquico, que a menudo es causa de enfermedades corporales, pero mediante el cual también pueden curarse. Le referí todo, no oculté ni el menor detalle, y juré que haría cuanto pudiera para salvarme del monstruoso destino en que veía una amenaza. Escuchóme atentamente, y luego noté cómo en su mirada se reflejaba un gran asombro.
    —Aún no está el peligro cerca —me dijo—; no está tan cerca como creéis, y os afirmo con toda certeza que puedo alejarlo. No hay la menor duda de que padecéis un mal psíquico, pero el mismo reconocimiento del ataque de un principio maligno os permite tener a mano el arma con que defenderos. Dejadme el espejo, dedicaos a algún trabajo que ocupe todas vuestras fuerzas, evitad la alameda, trabajad desde muy temprano todo lo que podáis resistir. Después de un buen paseo, reunios con vuestros amigos, que hace tanto que no veis. Comed alimentos saludables, bebed buen vino. Como veis, trato de fortalecer vuestro cuerpo y de dirigir vuestro espíritu hacia otras cosas, para alejar de vos la idea fija, es decir, la aparición que os ofusca, ese semblante en la ventana de la casa vacía que veis reflejada en vuestro espejo. ¡Seguid al pie de la letra mis prescripciones!
    Me resultaba difícil separarme del espejo. El médico, que ya lo había cogido, pareció notarlo. 'Echó su aliento sobre él y me preguntó mientras lo retenía;
    —¿Veis algo?
    —Nada, ni la menor cosa —repuse, como realmente sucedía.
    —Echad vos el aliento —dijo el médico, mientras me lo devolvía.
    Así lo hice, y la imagen maravillosa apareció más claramente que nunca.
    —¡Aquí está! —exclamé en voz alta. El médico miró y dijo:
    —No veo absolutamente nada, pero no he de ocultaros que, en el mismo instante en que miré en vuestro espejo, sentí un estremecimiento siniestro, que se me pasó en seguida. Bien sabéis que soy muy sincero, y por eso merezco vuestra confianza. Repetid la prueba.
    Así lo hice; el médico me rodeó con sus brazos; sentí su mano en mi nuca. La imagen volvió. El médico, que miraba conmigo en el espejo, palideció; luego, quitándome el espejo de la mano, miró de nuevo, lo guardó en su pupitre y volvióse hacia mí, mientras se secaba el sudor de la frente.
    —Seguid mi prescripción —comenzó a decir—. Seguid punto por punto mi prescripción. Tengo que reconocer que aquellos momentos en que vuestro yo interior siente un dolor físico me resultan muy misteriosos, aunque espero poder deciros pronto algo acerca de este asunto.
    Seguí al pie de la letra los consejos del médico, por muy penoso que me resultara, y aunque pronto sentí la influencia beneficiosa de la dieta ordenada y de los diversos trabajos en que se ocupaba mi espíritu, sin embargo no pude verme totalmente libre de aquellos horribles accesos, que solían manifestarse al mediodía, y sobre todo a las doce de la noche. Incluso en medio de las más alegres reuniones, bebiendo y cantando, me sucedía como si atravesasen mi interior puñales incandescentes, y entonces eran inútiles todos los esfuerzos que hacía para resistir; tenía que alejarme, pudiendo solamente volver a casa cuando retornaba de mi desvanecimiento.
    Sucedió, pues, que un día, estando en una reunión nocturna en la que se hablaba de efectos e influencias, se trató también del oscuro y desconocido campo del magnetismo. Se hacía referencia preferentemente a la posible influencia de un lejanísimo principio psíquico, y se pusieron muchos ejemplos. Sobre todo, un joven médico, muy dado al magnetismo, demostró que, tanto él como otros muchos, mejor dicho, como todos los magnetizadores poderosos, podía obrar desde lejos mediante su pensamiento y voluntad sobre una sonámbula. Todo lo que habían dicho Kluge, Schubert, Barteis y otros podía demostrarse con pruebas.
    —Me parece que lo más importante —terminó finalmente uno de los presentes, un conocido médico que estaba allí como atento observador—, lo más importante de todo es que el magnetismo parece encerrar muchos enigmas, que, por lo general, no se consideran secretos en la vida diaria, sino simples experiencias. Así, pues, tenemos que andar con pies de plomo. ¿Cómo es posible que suceda que, aparentemente, sin motivo alguno externo o interno, y rompiendo la cadena de los pensamientos, una determinada persona o simplemente la imagen fiel y viva de algún acontecimiento se apodere dé nosotros de manera que nos quedemos asombrados? Lo más notable es lo que a menudo experimentamos en sueños. Toda la imagen del sueno se hunde en un negro abismo, y he aquí que de nuevo, independientemente de la imagen de aquel sueño, surge otra con poderosa vida, imagen que nos transporta a lejanas regiones y de pronto nos pone en relación con personas aparentemente desconocidas, en las que hacía ya mucho años no pensábamos. Sí, y todavía más, a menudo contémplennos personas desconocidas o que conocimos hace muchos años. Como cuando decimos algunas veces: «¡Dios mío! Este hombre, esta mujer me resultan conocidos; me parece haberlos visto ya en alguna parte, es probable, aunque parezca mentira, que sea el recuerdo oscuro de un sueño. ¿Cómo podría explicarse esta súbita aparición de imágenes extráñate en medio de nuestras ideas, que suelen apoderarse de nosotros con una fuerza especial, si no fuese porque son motivadas por un principio psíquico? ¿Cómo sería posible ejercer influencia en un espíritu extraño en determinadas circunstancias, y sin preparación alguna, de forma que podamos obrar sobre él como si estuviera muerto?
    —Un paso más —añadió otro riéndose— y estamos en los embrujamientos, la magia, los espejos y las necias fantasías y supersticiones de los tiempos antiguos.
    —¡Eh! — interrumpió el médico al escéptico—. No hay ninguna época anticuada, y mucho menos puede considerarse necios a los tiempos pasados en que hubo hombres que pensaron, pues también tendríamos que considerar necia nuestra propia época. Hay algo, por mucho que nos esforcemos en negarlo, y que más de una vez se ha demostrado, y es que en el oscuro y misterioso reino, que es la patria de nuestro espíritu, arde una lamparita, perceptible por nuestra mirada, ya que la Naturaleza no ha podido negarnos el talento y la inclinación de los topos, pues, ciegos como somos, buscamos orientarnos a través de caminos de tinieblas. Y así como los ciegos de la tierra reconocen la proximidad del bosque por el rumor de las hojas de los árboles, por el murmullo y el sonido de las aguas, y se cobijan en sus sombras refrescantes, y el arroyo les calma su sed, de forma que su anhelo alcanza la meta deseada, del mismo modo presentimos nosotros, gracias al resonante batir de alas y al aliento espiritual de los seres, que nuestro peregrinaje nos conduce al manantial de la luz, ante la cual se abren nuestros ojos.
    No pude resistir más tiempo, y, volviéndome hacia el médico, le dije:
    —Considero, y no quiero entrar en más profundidades, considero posible no sólo esta influencia, sino también otras, y creo que en el estado magnético pueden realizarse operaciones gracias al principio psíquico. Asimismo —continué—, creo que existen fuerzas demoníacas enemigas que pueden ejercer su poder maléfico sobre nosotros.
    —Serán partículas malignas de espíritus caídos —repuso el médico riéndose—. No. no debemos admitir esto, y sobre todo les suplico que no tomen estas insinuaciones mías sino como simples sugerencias, a las que voy a añadir que no creo en un indiscutible dominio de un principio espiritual sobre otro, sino más bien tengo que admitir que todo sucede a causa de una debilidad de la voluntad, cambio o dependencia que permite este dominio.
    —En fin —comenzó a decir un hombre de edad que había permanecido callado, aunque escuchando muy atentamente—, en fin, estoy de acuerdo con vuestras extrañas ideas acerca de los misterios impenetrables con los que tratamos de familiarizamos. Si existen misteriosas riquezas activas, que se ciernen sobre nosotros amenazadoramente, tiene que existir alguna anormalidad en nuestro organismo espiritual que nos robe fuerza y valor para resistir victoriosamente. En una palabra: sólo la enfermedad del espíritu, los pecados, nos hacen siervos del principio demoníaco.
    Es digno de notarse —prosiguió— que ya, desde los tiempos más remotos, las fuerzas demoníacas sólo actuaban sobre los hombres que sufrían grave trastorno espiritual. Me refiero, sobre todo a encantos o hechicerías amorosas de que están llenas todas las crónicas. En los más disparatados procesos brujeriles aparecen siempre, e, incluso en los códigos de algunas naciones muy civilizadas, se habla de filtros amorosos, destinados a obrar psíquicamente, que no sólo despiertan el deseo amoroso, sino que irresistiblemente obran sobre una determinada persona. Ya que la conversación trata de estas cosas, recordaré un suceso trágico que sucedió en mi propia casa hace poco tiempo. Cuando Bonaparte invadió nuestro país con sus tropas, un coronel de la Guardia Noble italiana alojóse en mi casa. Era uno de los pocos oficiales de la llamada Grande Armée, que se había distinguido por su conducta digna y correcta. De semblante pálido, sus ojos hundidos daban señales de estar enfermo o presa de una profunda preocupación. Pocos días después de su llegada, estando conmigo, sucedió algo que manifestó la especie de enfermedad de que se veía atacado. Encontrábame yo precisamente en su habitación cuando, de pronto, conienzó a suspirar y se llevó una mano al pecho, o mejor dicho, a la altura del estómago, como si sintiese dolores mortales. Llegó un momento en que no pudo hablar, viéndose obligado a tumbarse en el sofá; luego, de pronto, perdió la visión y quedóse rígido, sin conocimiento, como un palo. Pero después se incorporó como si despertase de un sueño, aunque era tal su cansancio, que durante mucho tiempo no pudo moverse. Mi médico, a quien yo envié después de haber probado diversos métodos, comenzó a tratarle magnéticamente, y esto pareció ejercer algún efecto. Pero, en cuanto dejaba de magnetizarle, el enfermo experimentaba un sentimiento insoportable de malestar. Como el médico se había ganado la confianza del coronel, confesóle éste que en aquellos momentos veía la imagen de una joven que había conocido en Pisa; tenía entonces la sensación de que su mirada ardiente penetraba en su interior, y era cuando experimentaba aquellos dolores insoportables, hasta que caía inconsciente. Aquel estado le causaba tal dolor de cabeza y una tensión tal como si hubiera vivido un éxtasis amoroso.
    Nada dijo de cuáles fueran las relaciones que hubiera tenido con aquella mujer. Las tropas estaban a punto de emprender la marcha; el coche del coronel hallábase a la puerta, éste estaba desayunando, y he aquí que, en el mismo momento de llevarse a los labios un vaso de vino de Madera, se desplomó, cayendo al suelo, al tiempo que profería un grito. Estaba muerto. Los médicos diagnosticaron un ataque nervioso fulminante. Unas semanas después, me entregaron una carta dirigida al coronel. Yo no tenía intención de abrirla, pues pensaba dársela a algún amigo de sus familiares, al tiempo de comunicarles la noticia de su repentina muerte. La carta provenía de Pisa, y supe que contenía las siguientes palabras: «¡Infeliz! Hoy, día 7, a las doce del mediodía, falleció Antonia, abrazando amorosamente tu imagen traicionera.» Miré el calendario, en el que había señalado el día de la muerte del coronel, y vi que el fallecimiento de Antonia había sido a la misma hora que el suyo.
    No quise escuchar el resto de la historia que refería aquel hombre, pues invadióme tal terror al reconocer mi propio estado en el del coronel italiano, que salí apresurado, rabiando de dolor, poseído por el loco anhelo de ver la imagen desconocida. Corrí hacia la casa fatal. Desde lejos me pareció ver brillar luces a través de las persianas bajadas; pero, a medida que me fui aproximando, se desvaneció el brillo.
    Furioso, ebrio de amor, me lancé hacía la puerta, que cedió a mi empuje. Encontróme en un vestíbulo débilmente iluminado. El corazón me saltaba del pecho, tal era la angustia y la impaciencia que sentía; oyóse un cántico caudaloso que parecía provenir de una garganta femenina cuyo tono agudo resonaba en toda la casa; en fin, no sé cómo sucedió que me encontré de pronto en una gran sala iluminada con muchas velas, amueblada a la manera antigua, con muebles dorados y muchos exóticos jarrones japoneses. Una nube de humo se elevaba, como una neblina azul.
    —¡Bienvenido seas, seas bienvenido..., dulce desposado!... ¡Ha llegado la hora de la boda! —se oyó gritar a una voz de mujer.
    Como todavía no sé cómo hice mi aparición en la sala, tampoco puedo decir de qué modo apareció de improviso resplandeciente, a través de la niebla, una bella figura juvenil, ataviada con ricos vestidos, que se dirigió hacia mí con los brazos abiertos mientras repetía: «¡Bienvenido seáis, dulce desposado!», al mismo tiempo que un semblante horriblemente deformado por la edad y la locura me miraba con fijeza a los ojos. Mi espanto fue tan grande que vacilé, como si estuviera fascinado por la mirada penetrante y vivaz de una serpiente de cascabel; no podía apartar los ojos de aquella vieja horrible ni tampoco podía dar un paso.
    Acercóse a mí, y entonces tuve la sensación de que su espantoso rostro era sólo la máscara recubierta de un tenue velo, que mostró con apariencia más bella a través del espejo. Sentía ya el contacto de las manos de aquella mujer cuando, dando un agudo chillido, se tiró al suelo. Oyóse entonces una voz detrás de mí que decía:
    —¡Vaya, vayal Otra vez el diablo está de broma con Vuestra Excelencia. ¡A la cama, a la cama! ¡Si no habrá palos muy fuertes!
    Volvíme rápidamente y vi al administrador en camisa, agitando un látigo sobre su cabeza. Trataba de descargar sus golpes sobre la vieja, que se revolcaba en el suelo dando alaridos. Le agarré el brazo y, tratando de evitarme, exclamó:
    —¡Truenos y centellas, señor mío! Satanás hubiera estado a punto de matarla de no haber aparecido yo a tiempo. ¡Largo, largo de aquí!
    Salí de la sala, y en vano traté de encontrar la puerta de la calle en la oscuridad. Desde allí escuché los latigazos y los gritos y gemidos de la vieja. Empecé a pedir auxilio a gritos, pero noté que el suelo se hundía bajo mis pies y caí escaleras abajo, yendo al fin a dar contra una puerta, de tal modo que ésta se abrió y fui rodando a parar a un cuartito. Cuando vi la cama, en la que había huellas de haber sido abandonada recientemente, y observé la levita color marrón que estaba colgada en una silla, reconocí al instante la casaca del viejo administrador. Pocos instantes después, se oyeron pasos por la escalera, y éste descendió y vino a ponerse a mis pies.
    -—¡Por todos los santos —suplicóme con las manos unidas— por todos los santos, no sé quién sois y cómo la vieja bruja ha podido atraeros! Pero os ruego que calléis, que no digáis nada de lo que aquí ha sucedido; de lo contrario, me quedaré sin empleo y sin pan. Su excelencia, la loca, ya ha recibido su castigo y se encuentra atada a la cama. Dormid bien, honorable señor, con toda tranquilidad. ¡Sí, que podáis dormir bien! Es una noche de julio muy agradable y calurosa, y aunque no hay luna, él resplandor de las estrellas os alumbrará... Así es que, ¡muy buenas noches!
    Apenas terminó su discurso, el viejo se levantó y, cogiendo una luz. me empujó fuera del subterráneo, y, haciéndome cruzar la puerta, la cerró.
    Me encaminé hacia mi casa completamente desconcertado y, ya podéis imaginar. que sin dejar de pensar en el horrible secreto, ni poder de momento establecer la menor relación entre aquellas cosas y lo sucedido el primer día. Sólo estaba seguro de algo: de que estaba ya libre del poder maligno que me había retenido durante tanto tiempo. Todo el doloroso anhelo que había sentido por causa de la encantadora imagen había desaparecido, pues súbitamente, con aquella visita había tenido la sensación de entrar en un manicomio. No me cabía la menor duda de que el administrador era el guardián tiránico de una mujer loca, de noble cuna, cuyo estado quizá quisiera ocultarse al mundo; pero lo que no se explicaba era el espejo.,.., aquel semblante encantador... En fin, ¡sigamos, sigamos!
    Pasado algún tiempo asistí a una reunión muy concurrida del conde P., y éste, llevándome a un rincón, me dijo sonriendo:
    —¿Sabéis que ya se empieza a descifrar el secreto de nuestra casa vacía?
    Intenté escuchar lo que el conde trataba de referir, pero como en aquel momento se abrieron las puertas del comedor, nos encaminamos a la mesa. Totalmente ensimismado, pensando en los secretos que el conde iba a revelarme, ofrecí el brazo a una joven dama y mecánicamente seguí el rígido ceremonial de la fila. La conduje al puesto que nos ofrecían y, al contemplarla, vi los mismos rasgos que la imagen del espejo, y eran tan exactos que no cabía engaño. Ya podéis imaginaros que me estremecí, pero también puedo asegurar que no hubo entonces la menor resonancia de aquella loca y fatídica pasión que se apoderaba de mí cada vez que veía, en el espejo la imagen de aquella mujer.
    Mi sorpresa, aún más, mi espanto, debió reflejarse en mis ojos, pues la joven me miró asombrada, de tal modo que consideré necesario sobreponerme y. con toda la serenidad de que era capaz, la expliqué que tenía la sensación de haberla visto en alguna parte. La breve explicación que me dio era que esto no era posible, pues ayer por primera vez había venido a ***, lo que realmente me desconcertó. Enmudecí. Sólo la mirada angelical que me lanzaron los bellos ojos de la joven me reanimó. Bien sabéis cómo en estas ocasiones las antenas espirituales se tienden y palpan suave, suavemente, hasta que se vuelve a captar- el tono. Así lo hice y muy pronto hallé que aquella encantadora criatura tenía cierta sensibilidad enfermiza. Cuando yo salpicaba la conversación con alguna palabra atrevida y rara, para darle sabor, noté que sonreía, aunque su sonrisa era dolorosa.
    —No estáis alegre, amiga mía; quizá haya sido la visita de esta mañana.
    Esto dijo un oficial, no lejos de nosotros, a mi dama; pero en el mismo instante su vecino le cogió del brazo y le dijo algo al oído, en tanto que una señora, al otro lado de la mesa, con las mejillas encendidas y la mirada refulgente, se puso a hablar en voz alta de la magnífica ópera que había visto representar en París y a compararla con las actuales. A mi vecina se le saltaron las lágrimas.
    —Soy tonta —dijo volviéndose hacia mí.
    Como antes habíase quejado de jaqueca, le dije:
    —Esto es resultado de su dolor de cabeza y lo mejor para estar alegre es la espuma que rebosa esta bebida poética.
    AI decir estas palabras serví champán en su copa, que rehusó al principio, aunque luego probó, y con su mirada agradeció la alusión a sus lágrimas, que no podía ocultar. Pareció alegrarse un poco y todo hubiera ido bien si yo, inesperadamente, no hubiese tropezado en un vaso inglés, que resonó con un sonido estridente y agudísimo. Mi vecina palideció mortalmente e incluso a mí mismo me sobrecogió un espanto repentino, porque el sonido de la copa era igual a la voz de la vieja loca de la casa vacía.
    Cuando nos dirigíamos a tomar café tuve ocasión de acercarme al conde P.; él se dio cuenta en seguida del motivo.
    —¿Sabéis que vuestra vecina es la condesa Edmunda de S.? ¿Sabéis que la hermana de su madre está encerrada en la casa vacía desde hace varios años como loca incurable? Hoy por ¡a mañana, ambas, madre e hija, estuvieron a ver a la desdichada. El viejo administrador, el único que era capaz de dominar los tremendos ataques de la condesa, y que había tomado sobre sus hombros esta responsabilidad, ha fallecido, y se dice que la hermana, por fin, ha sido confiada en secreto al doctor K., que buscará remedios extremos, si no para curarla totalmente, al menos para librarla de los horribles ataques de locura furiosa que padece de vez en cuando. No sé más por ahora.
    Como algunos se acercaran, interrumpió la conversación. El doctor K. era precisamente la única persona a la que yo había comunicado mi extraña situación; así es que podéis suponeros que, en cuanto pude, me apresuré a verle y a referirle punto por punto todo lo que me había sucedido desde la última vez que le vi. Le supliqué que. para tranquilidad mía, me contase todo lo que supiese acerca de la vieja loca y no tardó lo más mínimo, después que le prometí guardar el secreto, en confiarme lo siguiente:
    —Angélica, condesa de Z.—así comenzó el doctor—. no obstante estar bordeando los treinta años, se encontraba en la plenitud de su singular belleza, cuando he aquí que el conde de S., más joven que ella, tuvo ocasión de verla en la corte de *** y quedó prendado de sus encantos. Pretendióla al punto e incluso, como la condesa aquel verano regresase a las posesiones de su padre, él la siguió con el fin de comunicarle al viejo marqués sus deseos, al parecer no sin esperanzas, según se deducía de la conducta de Angélica.
    Pero apenas el conde S. llegó y vio a Gabriela, la hermana pequeña de Angélica, fue como si le hubieran hechizado. Angélica parecía marchita al lado de Gabriela, cuya belleza y bondad atrajeron irresistiblemente al conde S., de tal modo que, sin consideración a Angélica, pidió la mano de Gabriela, a lo que muy gustosamente accedió el viejo conde Z., ya que Gabriela, también demostraba inclinación decidida por aquél. Angélica no exteriorizó el menor disgusto por la infidelidad del enamorado. «¡Creerá que me ha dejado! ¡Qué loco! ¡No se ha dado cuenta de que no era yo su juguete, sino él el mío, y que acabo ahora de tirarlo!». Así hablaba con orgullosa burla y en realidad todo su ser daba muestras de que era verdadero el desprecio que mostraba por el infiel. Bien es verdad que, mientras el lazo entre Gabriela y el conde de S. fue estrechándose, vióse muy pocas veces con Angélica. Esta no aparecía en la mesa y decíase que vagaba solitaria por los bosques próximos, que había escogido para sus paseos.
    Un extraño suceso vino a interrumpir la monotonía que reinaba en el palacio. Sucedió que los cazadores del conde de Z., con ayuda de un grupo de campesinos, habían logrado, por fin, capturar a una banda de gitanos, a los que se culpaba de todos los incendios y robos que desde hacía poco asolaban la región. Trajeron a todos los hombres encadenados en una larga cadena y un carro lleno de mujeres y niños, y los dejaron en el patio del palacio. Algunos, de rostros obstinados y ojos de mirada salvaje y brillante, como la del tigre apresado, miraban con atrevimiento y denotaban quiénes eran los ladrones y los criminales. Sobre todo llamaba la atención una mujer muy delgada, con aspecto espantoso, cubierta con un chal encarnado de la cabeza a los pies, que, subida al carro, gritaba con voz de mando que la dejasen bajar, sucediese lo que sucediese.
    El conde de Z. bajó al patio del palacio y ordenó que fuesen encarcelados individualmente en los calabozos de palacio. Pero he aquí que, mientras decía esto hizo su aparición la condesa Angélica, desmelenada, con el terror y el espanto reflejados en su semblante, y poniéndose de rodillas, gritó con voz estridente:
    «¡Deja libres a esta gente..., déjalos libres..., son inocentes, son inocentes!... Padre, ¡libértales! Si derramáis una sola gota de su sangre me clavaré este cuchillo en el pecho.» No bien acabó de decir esto, la condesa blandió un cuchillo en el aire y cayó desmayada. «Muñequita mía, tesoro mío, ya sabía, yo que no lo permitirías», dijo la vieja vestida de rojo. Luego se arrodilló junto a la condesa y cubrió su rostro de besos nauseabundos, en tanto que murmuraba: «¡Hijita linda, hijita linda, despierta, despierta, que viene el novio! iEh, eh, que viene el lindo novio!».
    Al mismo tiempo, la vieja sacó una redoma con un pececillo dorado, que se agitaba en una especie de alcohol plateado, Colocó la redoma sobre el corazón de la condesa y al instante ella se despertó; pero apenas vio a la gitana, se incorporó de un salto y, abrazándola con ardor, apresuróse a entrar en palacio en su compañía. El conde de Z., Gabriela y su novio, que habían contemplado la escena, permanecían inmóviles, como si se hubiera apoderado de ellos un terrible espanto. Los gitanos seguían indiferentes y tranquilos. Fueron soltados de la cadena y vueltos a encadenar individualmente para ser encerrados en los calabozos del palacio.
    A la mañana siguiente, el conde de Z. reunió al pueblo; trajese a su presencia a los gitanos y declaró que eran inocentes de todos los robos que habían acaecido en la comarca, de modo que, después de quitarles las cadenas, con asombro de todos, bien provistos de pases, fueron dejados en completa libertad. Se echó de menos a la mujer de rojo. Algunos decían que era la reina de los gitanos, que se distinguía de los demás por la cadena de oro que les colgaba del cuello y que el plumero rojo, que llevaba en su chambergo español, había estado por la noche en la habitación del conde. Poco tiempo después quedó aclarado que los gitanos no habían tenido la menor participación en los robos y en los crímenes de la comarca.
    Estaba ya próxima la boda de Gabriela. Un día ésta vio con asombro que se preparaba una mudanza en varios carros que llevaban muebles, baúles con trajes, ropa; en una palabra, todo lo que denota un traslado. A la mañana siguiente, se enteró de que Angélica, en compañía del ayuda de cámara del conde S. y de una mujer vestida de modo semejante a la gitana de rojo, había emprendido viaje aquella misma noche. El conde Z. descifró el enigma, aclarando que, por determinados motivos, veíase obligado a ceder a los deseos absurdos de Angélica, y no solamente la regalaba la casa amueblada en la alameda de ***, sino que la permitía que llevase allí una vida independiente. Incluso veíase obligado a admitir que nadie de la familia, ni siquiera él mismo, podría entrar en la casa sin un permiso especial. El conde de S. añadió que, por deseo insistente de Angélica, debía cederle su ayuda de cámara, que había emprendido el viaje a ***. Tuvo lugar la boda. El conde de S. fue con su esposa a *** y así pasó un año gozando de una alegría no turbada. Pero poco después comenzó a sentir una extraña enfermedad. Sucedía que un oculto dolor le robaba las fuerzas vitales y el goce de la vida, y eran vanos los esfuerzos de su esposa para descubrir el secreto que parecía destrozarle. Como, finalmente. los frecuentes desvanecimientos hicieran que su estado cada vez fuese más peligroso, cedió a los consejos de los médicos y encaminóse a Pisa. Gabriela no pudo acompañarle, ya que esperaba dar a luz en las próximas semanas.
    —A partir de aquí —prosiguió el médico— lo que le sucedió a la condesa Gabriela es tan extraño que basta con que escuchéis lo que viene a continuación. En una palabra: su hija desapareció de la cuna de forma inexplicable y fueron inútiles todas sus pesquisas; su desconsuelo convirtióse en desesperación, ya que al mismo tiempo el conde de Z. le comunicó la horrible noticia de que su yerno, al que creía camino de Pisa, había sido encontrado muerto de un ataque fulminante precisamente en casa de Angélica, en ***; que Angélica se había vuelto loca, todo lo cual le resultaba insoportable al conde de Z.
    En cuanto Gabriela de S. se recuperó un poco, se apresuró a dirigirse a las posesiones de su padre; después de pasar una noche entera insomne, contemplando la imagen del esposo y de la niña perdidos, creyó oír un ligero rumor en la puerta de su alcoba; encendió el cirio del candelabro que le servía durante la noche, y salió. Y ¡santo Dios!, acurrucada en el suelo, envuelta en su chal rojo, permanecía la gitana, mirándola con ojos fijos e inmóviles y en sus brazos tenía una criatura que lloraba tan angustiosamente que a la condesa le dio. un vuelco el corazón. ¡Era su hija!... ¡La hija perdida! Arrancó la niña de los brazos de la gitana y apenas lo había hecho cuando ésta cayó retorciéndose y quedó como una muñeca inanimada. A los gritos de espanto de la condesa todos despertaron y acudieron presurosos, encontrando muerta a la gitana, qué por medio ninguno pudo ser reanimada, y el conde hizo que la enterrasen. No pudo hacer otra cosa sino apresurarse a ir hacia la enloquecida Angélica, donde quizá pudieran descubrir el secreto de la niña. Pero encontró que todo había cambiado. La furia salvaje de Angélica había alejado a todas las criadas; sólo el ayuda de cámara permanecía con ella. Luego. Angélica volvió a tranquilizarse y a recobrar la razón.
    Pero cuando el conde le refirió la historia de la niña de Gabriela, juntando las manos, dijo riéndose a carcajadas: «¿Ya ha venido la muñequita? ¿Ya ha venido?... ¿Enterrada, enterrada? ¡Jesús! ¡Qué elegante está el faisán dorado! ¿No sabéis nada del león verde con los ojos azules?».
    Con gran espanto dióse cuenta el conde del retorno de la locura, mientras súbitamente el semblante de ella parecía adquirir los rasgos de la gitana. Decidió entonces llevársela a sus posesiones, aun cuando el ayuda de cámara aconsejara lo contrario.
    En el mismo instante de empezar los preparativos para partir, se apoderó de nuevo dé Angélica el ataque de rabia y de furor. En una pausa de lucidez, suplicó a su padre con ardientes lágrimas que la dejase morir en la casa, y éste, conmovido, accedió, aunque consideró que la confesión que se escapó de sus labios era sólo una prueba más de la locura que sufría. Angélica confesó que el conde S. había vuelto a sus brazos y que la niña que la gitana había llevado a casa del conde de Z. era el fruto de esta unión.
    En la ciudad todos creyeron que el conde de Z. había llevado a la infeliz a sus posesiones, aunque en realidad permanecía oculta en la casa vacía, al cuidado del ayuda de cámara. El conde Z. murió poco tiempo después y la condesa Gabriela de S. vino con Edmunda para arreglar los papeles familiares. No renunció entonces a ver a su infeliz hermana. En esta visita debió de haber sucedido algo raro, aunque la condesa no me confío nada; sólo habló, en general, de que se habían visto obligadas a librar a la infeliz loca de la tiranía del viejo ayuda de cámara. Ya en una ocasión éste trató de, dominar los ataques de locura. castigándola cruelmente, pero se dejó embaucar al oír las alusiones de Angélica, que decía saber hacer oro, y junto con ella había emprendido toda clase de extrañas operaciones, al tiempo que la proporcionaba todo lo necesario para esta transformación.
    —Sería superfluo —me dijo el médico» poniendo así fin a su relato—, sería superfluo que os dijese precisamente a vos, que os fijaseis bien en la rara relación que tienen todas estas extrañas cosas. Estoy convencido de que sois quien desencadenó la catástrofe que debía ocasionar la inmediata curación o la muerte de la vieja. Por lo demás, no quiero ocultar que me he asustado no poco cuando entré en relación magnética con usted, lo cual ocurrió al mirar en el espejo. Sólo usted y yo sabemos que contemplamos la imagen de Edmunda.
    Como el médico creyó oportuno no añadir ningún comentario más, yo también considero innecesario extenderme sobre el asunto y, sobre todo, acerca de las relaciones posibles entre Angélica, Edmunda, yo y el viejo ayuda de cámara, y no traté de averiguar nada tampoco sobre las místicas y recíprocas relaciones que desempeñaron su papel demoníaco. Únicamente añadiré que la impresión siniestra que estos sucesos me produjeron fueron causa de que tuviera que irme de la ciudad, y, aunque pasado algún tiempo olvidé todo, creo que en el mismo instante en que falleció la vieja loca experimenté un sentimiento de bienestar.
    Así terminó Teodoro su relato. Mucho hablaron sus amigos de aquella aventura y todos estuvieron de acuerdo en que en ella se unía lo raro con lo maravilloso en extraña mezcla.

  • Capullo

    Capullo
    Greg Egan
    * * *

    http://panelvida.blogspot.com/2009/11/capullo-...
    La explosión hizo añicos las ventanas que estaban a cientos de metros de distancia, pero no provocó ningún incendio. Más tarde, descubrí que había sido detectada por un sismógrafo de la Universidad Macquarie, que fijó la hora con precisión: 3.52 de la mañana. Los vecinos despertados por el estallido llamaron a los servicios de emergencia en cuestión de minutos y nuestro operador del turno noche me telefoneó apenas pasadas las cuatro, pero no tenía sentido que me apresurara a llegar al lugar de la escena porque por ahora sólo conseguiría estorbar. Me senté delante de la terminal de mi estudio durante casi una hora, reuniendo datos de soporte, monitoreando el tráfico radial con los auriculares, bebiendo café y tratando de no hacer demasiado ruido al teclear.
    Cuando llegué, los contratistas del servicio local de bomberos ya habían partido, luego de certificar que no existía riesgo alguno de que ocurrieran más explosiones, pero nuestro personal forense seguía estudiando escrupulosamente las ruinas; el zumbido eléctrico de sus equipos sólo quedaba ahogado por el canto de los pájaros. Lane Cove era un suburbio tranquilo, lleno de hojas y mixto: era residencial a la vez que industrial de alta tecnología; la lujuriosa vegetación de los espacios abiertos de las corporaciones se fundía casi sin solución de continuidad con el parque nacional adyacente, partido en dos por el río Lane Cove. El mapa de la zona que estaba en la pantalla de la terminal de mi auto había identificado a los proveedores de reactivos de laboratorio y de productos farmacéuticos, a los fabricantes de instrumentos de precisión para aplicaciones científicas y aeroespaciales, y a no menos de veintisiete empresas de biotecnología, incluyendo a "Calidad de Vida Internacional", el otrora extenso edificio de cemento que ahora había quedado reducido a una colección de bloques blancos hechos polvo, amontonados alrededor de retorcidas vigas de refuerzo. El acero expuesto relumbraba con las primeras luces de la mañana, tan prístino que inspiraba desconcierto. El edificio había sido construido hacía sólo tres años. Pude entender por qué el equipo forense había descartado a primera vista la posibilidad de un accidente: unos cuantos tambores de solvente orgánico no podían haber provocado algo ni remotamente parecido a esto. Nada que estuviese legalmente almacenado en la zona residencial podía haber reducido un edificio moderno a escombros en cuestión de segundos.
    Ubiqué a Janet Lansing mientras salía del auto. Estaba revisando las ruinas con una expresión de estoicismo, pero se envolvía en sus propios brazos. Sufría un leve estado de shock, probablemente. No había otra razón para que tuviera frío: había hecho un calor insoportable toda la noche y la temperatura ya estaba comenzando a subir todavía más. Lansing era la directora del Complejo Lane Cove: cuarenta y tres años, doctorada en biología molecular en Cambridge y con un Master en Administración de Empresas de una universidad virtual japonesa igualmente prestigiosa. Antes de salir de casa, le había ordenado a mi buscador de información que extrajera detalles de su vida y una foto suya, y diversas clases de datos.
    Me acerqué a ella y le dije:
    —James Glass, Investigaciones Nexus.
    La mujer frunció el ceño al ver mi tarjeta de presentación, pero la aceptó. Después echó un vistazo a los técnicos que arrastraban sus cromatógrafos de gas y equipos holográficos por todo el perímetro de las ruinas.
    —Esa gente es suya, supongo.
    —Sí. Están aquí desde las cuatro.
    Ella sonrió afectadamente.
    —¿Y qué pasa si le doy el trabajo a otro? ¿Y los acuso a todos ustedes de invadir propiedad privada?
    —Si contrata a otra compañía, con mucho gusto les entregaremos todas las muestras y los datos que hemos reunido.
    Ella asintió distraídamente.
    —Los contrato a ustedes, por supuesto. ¿Desde las cuatro? Estoy impresionada. Llegaron incluso antes que los del seguro. —A decir verdad, "los del seguro" de CVI eran dueños del 49 por ciento de Nexus y nos iban a dejar el camino libre hasta que hubiéramos terminado, pero pensé que no existía razón alguna para mencionarlo. Con amargura, Lansing agregó—: Nuestra supuesta empresa de seguridad logró reunir el coraje suficiente para llamarme recién hace media hora. Es evidente que alguien saboteó una caja de empalme de fibras ópticas, dejando toda el área incomunicada. Se supone que en caso de detectar desperfectos en el equipo deben enviar patrullas de inspección, pero aparentemente no se molestaron en hacerlo.
    Hice un gesto de condolencia.
    —¿Qué era exactamente lo que hacían aquí?
    —¿Lo que hacíamos? Nada. No hacíamos fabricación; era pura y simplemente Investigación y Desarrollo.
    De hecho, yo ya había descubierto que todas las fábricas de CVI estaban en Tailandia e Indonesia, la oficina central en Mónaco y las instalaciones de investigación diseminadas por todo el mundo. Sin embargo, entre calmar al cliente y demostrarle que uno conoce todos los hechos existe una línea divisoria muy delgada. Un completo extraño debe enunciar al menos una suposición errónea, formular al menos una pregunta mal orientada. Yo siempre lo hago.
    —¿Y qué investigaban y desarrollaban?
    —Esa información es comercialmente reservada.
    Saqué mi notepad del bolsillo de la camisa e hice aparecer en pantalla un contrato estándar completo, incluyendo las habituales condiciones de confidencialidad. Ella lo miró y luego hizo que su propia computadora escrutara el documento. Conversando en infrarrojo modulado, las máquinas negociaron rápidamente los detalles finos. Mi notepad firmó el acuerdo electrónicamente en nombre mío y el de Lansing hizo lo mismo; después, ambas máquinas lanzaron al unísono un feliz "bip", para hacernos saber que las tratativas habían concluido.
    Lansing dijo:
    —Nuestro principal proyecto era diseñar células sincitiotrofoblásticas mejoradas. —Sonreí pacientemente y ella me hizo la traducción—. Para fortalecer la barrera que separa la sangre de la madre de la sangre del feto. La madre y el feto no comparten la sangre directamente, pero intercambian nutrientes y hormonas por medio de la barrera placentaria. El problema es que también pueden pasar toda clase de virus, toxinas, productos farmacéuticos y drogas ilícitas. Las células de la barrera natural no evolucionaron para saber qué hacer con al SIDA, el síndrome de alcoholismo fetal, los bebés cocainómanos o el próximo desastre tipo talidomida. Apuntamos a una sola inyección endovenosa de vectores manipuladores de genes que desencadenen la formación de una capa adicional de células, específicamente diseñadas para proteger al caudal sanguíneo del feto de los contaminantes de la sangre materna, en las estructuras apropiadas de la placenta.
    —¿Una barrera más gruesa?
    —Más inteligente. Más selectiva. Más exigente en cuanto a lo que debe dejar pasar. Sabemos con exactitud qué es lo que el feto en desarrollo realmente necesita de la sangre materna. Estas células manipuladas genéticamente contendrían canales específicos para transportar cada una de esas sustancias. No dejarían pasar ninguna otra
    cosa.
    —Muy impresionante. —Un capullo rodeando al nonato, protegiéndolo de todos los venenos de la sociedad moderna. Me sonaba exactamente como la clase de tecnología benéfica que una compañía llamada "Calidad de Vida" estaría empollando en el arbolado barrio de Lane Cove. Cierto, hasta un albañil podía detectar algunas imprecisiones en el esquema. Por lo que yo sabía, los niños con frecuencia se contagiaban el SIDA durante el parto propiamente dicho, no durante el embarazo, pero presumiblemente existían otros virus que cruzaban la barrera placentaria con más asiduidad. Yo no tenía idea de si era posible o no que las madres atontadas por el alcohol o adictas a la cocaína que se arriesgaban a dar a luz a sus hijos corrieran en masa a hacerse instalar esas barreras fetales genéticamente manipuladas, pero podía imaginarme una fuerte demanda por parte de la gente aterrada por los aditivos de los alimentos, los pesticidas y los contaminantes. A largo plazo, si el sistema realmente funcionaba y no tenía un costo prohibitivo, incluso podía llegar a formar parte de los cuidados prenatales de rutina.
    Benéfico... y lucrativo.
    En todo caso, existieran o no factores biológicos, económicos y sociales que impidieran que esta tecnología resultara un completo éxito, era difícil imaginarse que alguien pudiera objetar el fundamento del asunto.
    Dije: —¿Estaban trabajando con animales?
    Lansing arrugó el entrecejo.
    —Sólo con embriones de ternero y con úteros bovinos aislados en máquinas sustentadoras de tejidos. Si esto fue obra de un grupo defensor de los derechos del animal, les hubiera convenido más volar un matadero.
    —Mmm. —Durante los últimos años, los atentados de la sucursal Sydney de "Igualdad Animal", única agrupación que se sabía empleaba semejante metodología extremista, se habían concentrado en los laboratorios de investigación que utilizaban primates. Era posible que hubieran cambiado de objetivo, o que hubieran sido mal informados, pero CVI seguía pareciéndome un blanco extraño; había abundante cantidad de laboratorios que eran ampliamente conocidos por la utilización de ratas y conejos vivos y completos como si fuesen tubos de ensayo descartables... y muchos de esos laboratorios quedaban muy cerca de aquí—. ¿Y los competidores?
    —Por lo que sé, no hay ningún otro que esté dedicándose a esta línea de producto. No estamos corriendo ninguna carrera: nosotros ya tenemos las patentesindividuales de todos los componentes esenciales, como los conductos de membrana y las moléculas transportadoras; para poder utilizarlos en lo que sea, cualquier competidor tendría que
    pagarnos los derechos correspondientes.
    —¿Y si fuese alguien que sólo buscara perjudicarlos financieramente?
    —Entonces tendrían que haber puesto la bomba en alguna de las fábricas. Anular nuestra fuente de ingresos habría sido la mejor manera de perjudicarnos; con este laboratorio no se ganaba un centavo.
    —Pero igualmente descendería el valor de las acciones, ¿verdad? No hay nada que ponga más nerviosos a los inversores que el terrorismo.
    Lansing estuvo de acuerdo, de mala gana. —Aunque así fuera, el que aprovechara esa circunstancia para ofertar y apoderarse de la compañía cargaría con el mismo inconveniente. No niego que en esta industria, de vez en cuando, ocurran sabotajes comerciales... pero no a un nivel tan crudo como este. La ingeniería genética es un negocio de mucha sutileza. Las bombas son para los fanáticos.
    Tal vez. Pero... ¿quién iba a oponerse fanáticamente a la idea de proteger a los embriones humanos de los virus y venenos? Varias sectas religiosas rechazaban de plano toda clase de modificación de la biología humana... pero las que empleaban la violencia eran mucho más proclives a ponerle bombas a un fabricante de drogas abortivas que a un laboratorio dedicado a la tarea de salvaguardar al niño por nacer.
    Elaine Chang, la jefa del equipo forense, se nos acercó. Se la presenté a Lansing. Elaine nos dijo:
    —Fue un trabajo muy profesional. Si hubieran contratado a un grupo de expertos en demoliciones, éstos no habrían hecho ni una sola cosa en forma diferente. Todo lo contrario: para computar la sincronización y colocación de las cargas, probablemente habrían utilizado un software idéntico al que se usó aquí. —Nos mostró su notepad, que exponía en la pantalla una reconstrucción estilizada del edificio, con marcas que indicaban la hipotética ubicación de las cargas explosivas. Oprimió una tecla y la simulación se desmoronó hasta convertirse en algo muy parecido al derrumbe auténtico que teníamos detrás. Luego continuó—: Los fabricantes más respetables de hoy en día marcan cada partida de explosivos con alguna sustancia identificatoria que permanece en el residuo. Hemos relacionado las cargas utilizadas aquí con una partida robada de un depósito de Singapur hace cinco años.
    Agregué: —Lo que, sin embargo, puede no resultar de gran ayuda, lamentablemente. Después de cinco años en el mercado negro, pueden haber cambiado de mano una decena de veces.
    Elaine volvió a sus equipos. Lansing estaba comenzando a parecer un poco confundida. Le dije:
    —Me gustaría volver a hablar con usted más adelante... pero voy a necesitar una lista de sus empleados, pasados y presentes, lo más pronto posible.
    Asintió y apretó algunas teclas del notepad, transfiriendo la lista al mío. Dijo:
    —No se ha perdido nada, en realidad. Teníamos backup de todos los datos administrativos y científicos en otro sitio. Y tenemos muestras congeladas de casi todos los grupos de células en los que trabajábamos, en una bóveda subterránea de Milson's Point.
    El backup de datos comerciales era completamente intocable: la información debía estar almacenada en una decena o más de lugares diferentes, diseminados por todo el mundo... y fuertemente encriptada, por supuesto. Los grupos de células me sonaban más vulnerables. Dije:
    —Será mejor que les comunique a los operadores de la bóveda lo que ha ocurrido.
    —Ya lo hice; los llamé cuando venía para aquí. —Echó un vistazo a las ruinas—. La compañía aseguradora pagará la reconstrucción. Dentro de seis meses estaremos recuperados. De modo que el que haya hecho esto perdió el tiempo. El trabajo va a continuar.
    Le dije: —¿Y quién habrá querido interrumpirlo?
    La ligera sonrisa afectada volvió a aparecer en el rostro de Lansing y estuve a punto de preguntarle qué era lo que le parecía tan divertido. Pero las personas, al enfrentarse con algún desastre, sea grande o pequeño, a menudo actúan en forma incongruente; no había muerto nadie, no estaba ni remotamente histérica, pero habría sido extraño que un contratiempo como este no la hubiera alterado en lo más mínimo.
    Dijo: —Usted dígamelo a mí. Ese es su trabajo, ¿no?
    Cuando llegué a casa esa noche, Martin estaba en la sala. Trabajando en su disfraz para el Carnaval. No podía imaginarme cómo quedaría cuando estuviera terminado, pero definitivamente tenía algo que ver con las plumas. Plumas azules. Hice lo mejor posible por guardar la compostura, pero por su expresión, cuando levantó la vista, advertí que había percibido un involuntario gesto de disgusto en mi cara. Igualmente, nos besamos y no dijimos nada al respecto.
    Durante la cena, sin embargo, no pudo aguantarse más.
    —Este año es el cuadragésimo aniversario, James. Seguro que será el más grandioso de todos. Por lo menos podrías venir a ver. —Sus ojos destellaron; disfrutaba provocándome. Teníamos esta misma discusión desde hacía cinco años y ya estaba cerca de transformarse en un ritual tan sin sentido como el propio desfile.
    Dije rotundamente: —¿Por qué querría ir a ver a diez mil reinas travestíes avanzando por la calle Oxford y soplándole besos a los turistas?
    —No exageres. Sólo habrá unos mil hombres travestidos, como mucho.
    —Sí, y los demás se pondrán suspensores de lentejuelas.
    —Si de veras vinieses a ver descubrirías que la imaginación de la mayoría de la gente ha progresado mucho más allá de ese punto.
    Negué con la cabeza, confundido.
    —Si la imaginación de la gente hubiera progresado no existiría ningún Carnaval de Gays y Lesbianas. Es un desfile de monstruosidades para los que quieren vivir en un ghetto cultural. Hace cuarenta años pudo haber sido... provocativo. Tal vez sirvió de algo en aquel entonces. ¡Pero ahora! ¿Qué sentido tiene? No quedan leyes que cambiar, no quedan reclamos que hacer a los políticos. Lo único que logran con este tipo de cosas es seguir reciclando los mismos estereotipos imbéciles, año tras año.
    Suavemente, Martin dijo: —Es una reafirmación pública del derecho a la diversidad sexual. Que ya no sea una marcha de protesta a la vez que una celebración no quiere decir que sea irrelevante. Y quejarse de los estereotipos es como... quejarse de los personajes de una obra de teatro moralizadora de la época medieval. Los disfraces son un código, son taquigrafía. Concédele algo de inteligencia a la gran masa del populacho heterosexual: ellos miran el desfile y no sacan la conclusión de que el homosexual medio siempre anda vestido con un tutú de lamé dorado. Las mentes de las personas no son tan literales. Todos aprenden semiótica desde el jardín de infantes y saben decodificar mensajes.
    —Seguro que sí. Pero sigue siendo un mensaje erróneo: convierte en exótico lo que debería ser mundano. Está bien, la gente tiene el derecho de vestirse como se le antoje y salir a marchar por la calle Oxford... pero para mí eso no significa absolutamente nada.
    —No te estoy pidiendo que desfiles con nosotros...
    —Muy acertado de tu parte.
    —...pero si cien mil héteros pueden ir a demostrar su apoyo a la comunidad gay, ¿por qué no puedes ir tú?
    Dije con cansancio: —Porque cada vez que escucho la palabra comunidad, sé que me están manipulando. Si realmente existe algo llamado la comunidad gay, estoy seguro de que yo no formo parte de ella. Resulta que no quiero pasarme la vida mirando canales de televisión para gays y lesbianas, consumiendo sistemas de noticias para gays y lesbianas... o yendo a desfiles callejeros de gays y lesbianas. Es todo tan... monopólico. Se podría pensar que existe una corporación multinacional que adquirió los derechos de franquicia de la homosexualidad. Y que si tú no comercializas el producto como ella quiere, eres una especie de marica de segunda, inferior, ilícito, desautorizado.
    Martin estalló en carcajadas. Cuando finalmente dejó de reírse, dijo:
    —Continúa. Estoy esperando que llegues a la parte donde dices que no estás más orgulloso de ser gay que de tener ojos marrones o pelo negro o un lunar en la rodilla izquierda.
    Protesté: —Y es cierto. ¿Por qué tengo que estar "orgulloso" de algo con lo que nací? No estoy orgulloso ni avergonzado. Sencillamente, lo acepto. Y no tengo que integrarme a un desfile para demostrarlo.
    —¿Así que prefieres que todos permanezcamos invisibles?
    —¡Invisibles! Tú eres el que me dijo que el porcentaje de representación en películas y televisión del año pasado estaba muy cerca de los datos demográficos de la realidad. Y si apenas le prestamos atención al hecho de que un político abiertamente gay o una lesbiana ganen las elecciones, es porque eso ya no representa nada. Para la mayoría, ahora, eso es tan insignificante como... ser zurdo o diestro.
    Parecía que esta sugerencia le resultaba surreal.
    —¿Estás tratando de decirme que ahora no es un tema de discusión? ¿Que ahora los habitantes de este planeta son absolutamente imparciales en lo que atañe a las preferencias sexuales? Tu fe me conmueve, pero... —Hizo un gesto de incredulidad.
    Dije: —Somos iguales ante la ley como cualquier pareja heterosexual, ¿verdad? ¿Y cuándo fue la última vez que dijiste que eras gay y tu interlocutor ni pestañeó? Y sí, sé que hay decenas de países donde todavía es ilegal... junto con la adhesión a ciertos partidos políticos o religiones considerados "inconvenientes". Los desfiles en la calle Oxford no van a cambiar eso.
    —En esta ciudad, todavía nos atacan a golpes. Todavía sufrimos discriminación.
    —Sí. Y en las horas pico también hay gente que es asesinada de un balazo por estar
    escuchando en el autoestéreo una música "inconveniente", y también hay personas a las que se les siguen negando trabajos porque viven en barrios "inconvenientes". No estoy hablando de la perfección de la naturaleza humana. Sólo quiero que me reconozcas una pequeña victoria: dejando de lado a unos pocos psicóticos y a unos pocos fanáticos fundamentalistas... a la mayoría de la gente no le interesa el tema.
    Martin dijo con pesadumbre:—¡Ojalá fuera cierto!
    La discusión continuó durante más de una hora y terminó en empate, como siempre. No obstante, ninguno de nosotros esperaba seriamente hacer cambiar de opinión al otro.
    Pero después me sorprendí preguntándome si realmente creía en toda mi retórica optimista. ¿Tan insignificante como ser zurdo o diestro? Por cierto, tal era la frase que, en el mundo occidental, adoptaban la mayoría de los políticos, académicos, ensayistas, invitados de programas de TV, escritores de telenovelas y líderes de las principales religiones... pero también era verdad que esa misma gente hacía décadas que estaba defendiendo principios de igualdad racial igualmente altruistas y que la realidad seguía sin alcanzar el mismo nivel en ese aspecto. Yo había sufrido muy poca discriminación: para la época en que ingresé en la secundaria ya estaba en boga la tolerancia, y desde entonces había sido testigo de una constante corriente progresista... ¿pero cómo podía saber con precisión cuántos prejuicios ocultos existían todavía? ¿Interrogando a mis amigos heterosexuales? ¿Leyendo las últimas encuestas de los sociólogos? La gente siempre contesta lo que cree que uno quiere escuchar..
    Aun así, no me parecía importante. Personalmente, podía seguir viviendo mi vida sin depender de la profunda y sincera aprobación de todos los demás miembros de la raza humana. Martin y yo teníamos suerte de haber nacido en un tiempo y un lugar donde, en casi todos los aspectos tangibles, nos trataban con equidad.
    ¿Qué más se podía desear?
    En la cama, esa noche, hicimos el amor muy lentamente, al principio sólo besándonos y acariciándonos los cuerpos durante lo que parecieron horas. Ninguno de los dos dijo nada. Bajo los efectos estupidizantes del calor, perdí todo sentido de pertenencia a cualquier otra época, a cualquier otra realidad. Nada existía, salvo nosotros dos; el resto del mundo, el resto de mi vida, se desvanecieron, girando, en la oscuridad.
    La investigación era lenta. Entrevisté a todos los miembros actuales del plantel de CVI y luego comencé con la larga lista de ex-empleados. Seguía creyendo que el sabotaje comercial era la explicación más creíble para un trabajo tan profesional... pero hacer volar a la oposición por los aires era una medida desesperada: generalmente, primero se
    intentaba un espionaje civilizado. Yo rogaba que, en el pasado, hubieran abordado a alguno de los que habían trabajado en CVI, ofreciéndole dinero a cambio de que proporcionara informaciones internas. Si lograba encontrar a un solo empleado que hubiese rechazado un soborno, éste podría brindarme informaciones útiles, debido a su contacto con el supuesto rival.
    Aunque las instalaciones de Lane Cove habían sido construidas hacía sólo tres años, anteriormente CVI había operado, durante doce años, otra división de investigación con sede en Sydney, en North Ryde, no muy lejos. Muchos de los ex-empleados de ese período se habían mudado a otro estado o al extranjero; unos cuantos habían sido trasladados a las sucursales de CVI en otros países. Sin embargo, casi nadie había cambiado de número telefónico, de modo que tuve pocas dificultades en encontrarles el rastro.
    La excepción era una bioquímica llamada Catherine Mendelsohn; el número que aparecía en el listado de personal de CVI había sido cancelado. En la guía telefónica nacional había diecisiete personas con el mismo apellido e iniciales. Ninguna de ellas admitió ser Catherine Alice Mendelsohn y ninguna se parecía en nada a la foto de archivo que tenía en mi poder.
    La dirección de Mendelsohn que figuraba en el padrón electoral, un departamento en Newtown, era la misma que la registrada en CVI, pero esa misma dirección figuraba en la guía telefónica (y en el padrón electoral) como correspondiente a Stanley Goh, un joven que me dijo que nunca había conocido a Mendelsohn. Alquilaba el departamento desde hacía dieciochomeses
    Las bases de datos de capacidad crediticia me proporcionaron la misma dirección desactualizada. Sin una orden de cateo, no podía lograr el acceso a los registros impositivos, bancarios y de servicios públicos. Hice que mi buscador de información revisara los avisos fúnebres, pero tampoco encontró nada.
    Mendelsohn había trabajado para CVI hasta más o menos un año antes del traslado de la compañía a Lane Cove. Formaba parte de un equipo que trabajaba en un sistema de manipulación genética para paliar los efectos colaterales de la menstruación; aunque la sucursal Sydney siempre se había especializado en investigaciones ginecológicas, por alguna razón el proyecto iba a ser trasladado a Texas. Verifiqué las publicaciones del ramo; aparentemente, en aquel entonces CVI estaba reorganizando todas sus operaciones y reuniendo a todos los proyectos desperdigados por el mundo en configuraciones multidisciplinarias, de acuerdo con las teorías de última moda sobre la dinámica de la investigación. Mendelsohn había rechazado el traslado y la habían despedido.
    Hurgué más. Los registros de personal decían que unos guardias de seguridad habían interrogado a Mendelsohn después de haberla hallado en el edificio de North Ryde, tarde una noche, dos días antes de su despido. Los biotecnólogos adictos al trabajo son muy comunes, pero empezar la jornada laboral a las dos de la mañana es índice de una dedicación excepcional, especialmente cuando la compañía está intentando deshacerse del empleado enviándolo a Amarillo, Texas. Puesto que había rechazado el traslado, Mendelsohn debía saber qué le esperaba.
    Sin embargo, el incidente no pasó a mayores. Incluso, aunque Mendelsohn realmente hubiera tenido el plan de realizar algún acto de sabotaje de menor escala, no se podía establecer ninguna conexión con la bomba de cuatro años después. Quizás había estado tan furiosa como para transmitir información confidencial a alguno de los rivales de CVI, pero quienquiera que hubiese puesto la bomba en el laboratorio de Lane Cove habría estado más interesado en alguien que estuviera trabajando en el mismísimo proyecto de la barrera fetal, un proyecto que recién había comenzado a existir unos años después del despido de Mendelsohn.
    Seguí investigando la lista. Entrevistar a los ex-empleados era frustrante: casi todos seguían trabajando en la industria biotecnológica y hubieran sido el grupo ideal para realizar una encuesta sobre a quién beneficiaría más el infortunio de CVI, pero el acuerdo de confidencialidad que yo había firmado significaba que no podía revelar nada sobre la investigación en cuestión... ni siquiera a la gente que trabajaba en otros departamentos de la propia CVI.
    Lo único de lo que sí podía hablar estaba en la nebulosa: si le habían ofrecido un soborno a alguien, nadie quería decírmelo... y ningún magistrado iba a firmar una orden de cateo que me permitiera salir a pescar los registros financieros de ciento setenta personas.
    El examen forense de las ruinas y de la caja de fibras ópticas saboteada había dado como resultado el habitual catálogo de minucias que en algún momento podían resultar valiosas, pero nada de eso iba a hacer aparecer del aire a un sospechoso.
    Cuatro días después del atentado —mientras me descubría cada vez más desesperado por encontrarle un nuevo ángulo al caso— recibí una llamada de Janet Lansing.
    Las muestras de backup de los grupos de células genéticamente manipuladas del proyecto habían sido destruidas.
    La bóveda de Milson's Point resultó estar directamente debajo de un sector del Puente del Puerto, construida en los mismísimos cimientos de la costa norte. Lansing aún no había llegado, pero el jefe de seguridad de la compañía de almacenaje, un hombre de edad llamado David Asher, me mostró el lugar. Adentro, apenas se oía el ruido del tránsito, pero las vibraciones del suelo se sentían como un constante y leve terremoto. El lugar era cavernoso, seco y fresco. Habían instalado al menos un centenar de congeladores criogénicos, formando hileras, y entre ellos había tuberías fuertemente revestidas empleadas para la reposición del nitrógeno líquido.
    Asher, comprensiblemente, actuaba con morosidad, pero con ánimo de cooperar. Antes de que todo se volviera digital, me explicó, la bóveda se había utilizado para archivar cintas cinematográficas de celuloide; los actuales propietarios se especializaban en material biológico. No había guardias físicamente asignados a la bóveda, pero las cámaras de vigilancia y los sistemas de alarma tenían una apariencia impresionante y la estructura misma se acercaba mucho a lo inexpugnable.
    La mañana del atentado, Lansing había telefoneado a Bioarchivo, la compañía de almacenaje. Asher me confirmó que había enviado a una persona de la oficina de North Sydney a revisar el congelador en cuestión. No faltaba nada... pero prometió intensificar las medidas de seguridad inmediatamente. Debido a que los congeladores, supuestamente, eran a prueba de entrometidos y tenían cerraduras individuales, era normal que a los clientes se les permitiera el acceso a la bóveda cuando lo creyeran conveniente, monitoreados por las cámaras de vigilancia, pero sin ningún otro tipo de supervisión. Asher le había prometido a Lansing que, de ahí en más, nadie entraría al edificio sin que lo acompañara un miembro del personal de vigilancia... y aseguraba que, desde el día del atentado, no había ingresado nadie.
    Esa mañana, habían ido dos técnicos de CVI para efectuar un inventario y habían encontrado el número previsto de frascos de cultivo, todos con sus correspondientes etiquetas de código de barras, todos firmemente sellados... aunque la apariencia de su contenido mostraba una sutil alteración. El coloide transparente congelada estaba más opalescente que turbia; un ojo no entrenado nunca hubiese advertido la diferencia, pero para los conocedores, aparentemente, este detalle significaba mucho.
    Los técnicos se habían llevado una cantidad de frascos para su análisis; CVI estaba funcionando provisoriamente en un rincón de un laboratorio de control de calidad subalquilado a una fábrica de pintura. Lansing me había prometido que traería a nuestra reunión los resultados preliminares de esos análisis.
    Llegó Lansing y abrió el cerrojo del congelador. Con las manos enguantadas, extrajo un frasco de la bruma suspendida y lo sometió a mi escrutinio.
    Dijo: —Sólo hemos abierto tres muestras, pero todas parecen estar igual. Las células
    fueron destruidas.
    —¿Cómo? —El frasco estaba cubierto con una condensación tan espesa que yo no podía discernir si estaba lleno o vacío, y menos todavía si el contenido estaba opalescente o turbio.
    —Parece que por efectos de la radiación.
    Se me puso la piel de gallina. Escudriñé las profundidades del congelador; lo único que
    pude entrever fueron las tapas de varias hileras de frascos idénticos... pero si en uno de ellos se había introducido un radioisótopo...
    Lansing frunció el ceño.
    —Relájese. —Se tocó el pequeño distintivo electrónico abrochado a su delantal de laboratorio, que tenía una cara de color gris opaco, como una célula de energía solar: un dosímetro de radiación—. Si estuviésemos expuestos a cualquier radiación significativa, esta cosa se pondría a aullar. Cualquiera sea la fuente de radiación, ya no se encuentra aquí... y las paredes no están fosforescentes. Sus futuros descendientes están a salvo.
    Dejé pasar el comentario.
    —¿Piensa que las muestras están arruinadas en su totalidad? ¿Que no podrán salvar nada?
    Lansing estaba más estoica que nunca.
    —Así parece. Existen algunas técnicas elaboradas que podríamos utilizar para tratar de reparar el ADN, pero probablemente será más fácil empezar de cero, sintetizar ADN nuevo y reintroducirlo en células placentarias bovinas no modificadas. Tenemos toda la secuencia de datos; en definitiva, eso es lo que importa.
    Examiné el sistema de cierre del congelador, las cámaras de vigilancia.
    —¿Está segura de que la fuente de radiación estaba dentro del congelador? ¿Es posible que el daño se haya hecho sin que entraran aquí, a través de las paredes?
    Lo pensó. —Puede ser. Estas cosas no tienen mucho metal, son básicamente de espuma plástica. Pero no soy física especialista en radiación; probablemente, el personal forense de su compañía podrá darle una mejor idea de lo que ocurrió, cuando hayan terminado de revisar el congelador. Si los polímeros de la espuma están estropeados, quizás se los pueda utilizar para reconstruir la geometría del campo radiactivo.
    Un equipo forense venía en camino. Dije:
    —¿Cómo lo habrán hecho? ¿Caminando disimuladamente por aquí y luego...?
    —Es difícil. Una fuente radiactiva capaz de hacer esto en un lapso breve sería inmanejable. Es mucho más plausible que se haya tratado de una exposición lenta, de baja intensidad actuando durante semanas o meses.
    —O sea que deben haber introducido furtivamente alguna especie de artefacto en un congelador de su propiedad, apuntándolo al de ustedes. Pero entonces... si seguimos el rastro de los efectos que ha provocado podemos llegar hasta la fuente, ¿verdad? ¿Y cómo esperaban salirse con la suya?
    Lansing dijo: —Es mucho más fácil de lo que usted dice. Hablamos de una cantidad modesta de isótopos emisores de rayos gamma, no de un arma que dispara un rayo de partículas y que vale mil millones de dólares. El rango efectivo sería de un par de metros, como mucho. Si realmente lo hicieron desde afuera, su lista de sospechosos acaba de quedar reducida a dos personas. —Le pegó un puñetazo al congelador que estaba a la izquierda del de CVI; después hizo lo mismo con el de la derecha y dijo—: Ajá.
    —¿Qué?
    Volvió a pegarles a los dos. El segundo sonaba a hueco. Dije:
    —¿No tiene nitrógeno líquido? ¿No está en uso?
    Lansing asintió. Puso la mano en la manija.
    Asher dijo: —Creo que no...
    El congelador no estaba con llave, la tapa se abrió con facilidad. El distintivo de Lansing comenzó a sonar... y, peor aún, allí dentro había algo, algo con pilas y cables...
    No sé qué me impidió saltar sobre Lansing y derribarla al suelo, pero ella, imperturbable, terminó de levantar la tapa. Dijo mansamente:
    —No entren en pánico; esta dosis de exposición no es nada. Está en el umbral de lo detectable.
    La cosa que estaba adentro se parecía superficialmente a una bomba casera, pero las pilas y el chip temporizador que yo había entrevisto estaban unidos con cables a un solenoide de alta resistencia, que a su vez era parte de un elaborado mecanismo de obturador ubicado a un costado de una gran caja metálica de color gris.
    Lansing dijo: —Canibalismo de desechos médicos, probablemente., ¿Sabe que se han encontrado cosas como estas en los basureros? —Se desabrochó el distintivo y lo hizo pasar cerca de la caja; el sonido de la alarma se intensificó, pero muy levemente—. El escudo de aislamiento parece intacto.
    Dije, con la mayor calma posible:
    —Esta gente tiene acceso a explosivos sofisticados. No tenemos idea de qué mierda puede haber allí dentro ni a qué está conectado. Este es el momento en que debemos salir caminando tranquilamente y dejar la situación en manos de los robots manipuladores de bombas.
    Lansing pareció a punto de protestar, pero luego asintió con contrición. Los tres ascendimos a la calle y Asher llamó al contratista local encargado de los servicios antiterroristas. De pronto, me di cuenta de que tendrían que desviar todo el tránsito para que nadie cruzara el puente. Los medios no le habían prestado una atención muy profunda al atentado de Lane Cove, pero esto sería el tema central del noticiero de la noche.
    Llevé a Lansing aparte.
    —Han destruido su laboratorio. Han borrado del mapa los grupos de células. Los datos pueden ser imposibles de localizar y haber sido alterados... de modo que el próximo objetivo lógico es usted y sus empleados. Nexus no proporciona servicios de protección, pero puedo recomendarle una buena empresa.
    Le di el número de teléfono y ella lo aceptó con adecuada solemnidad.
    —¿O sea que por fin me cree? Estos no son saboteadores comerciales. Son fanáticos peligrosos —dijo.
    Me estaba poniendo impaciente con sus vagas referencias a los "fanáticos".
    —¿A quiénes tiene en mente, en concreto?
    Ella dijo sombríamente: —Estamos entrometiéndonos con ciertos... procesos naturales. Usted puede sacar sus propias conclusiones, ¿verdad?
    No tenía ninguna lógica. Probablemente, el grupo "Imagen de Dios" sería partidario de obligar a usar el capullo a todas las mujeres embarazadas que estuviesen infectadas con HIV o fuesen adictas a la droga; no intentarían ponerle una bomba a una tecnología como esa. Los "Soldados de Gaia" estaban más interesados en la manipulación genética de los cultivos y las bacterias que en las triviales modificaciones que pudieran introducirse en una especie tan insignificante como la humana... y no habrían usado radioisótopos aunque el destino del planeta dependiera de ello. Lansing comenzaba a parecerme completamente paranoide, aunque, dadas las circunstancias, en realidad no podía censurarla.
    Le dije: —No saco ninguna conclusión. Sólo le estoy aconsejando que tome precauciones sensatas, porque no tenemos manera de saber hasta dónde pueden llegar. Pero... Bioarchivo debe alquilar congeladores a todos los competidores de CVI. A un rival comercial le habría resultado mil veces más fácil ingresar en la bóveda y plantar esa cosa que a cualquier hipotético miembro de una secta.
    Frente a nosotros, con un chirrido de neumáticos, se detuvo una camioneta blindada con placas grises; la puerta trasera se abrió de golpe, expulsó unas rampas y luego descendió un robot rechoncho, de múltiples extremidades, que avanzaba sobre ruedas. Levanté una mano a modo de saludo y el robot hizo lo mismo: el operador era amigo mío.
    Lansing dijo:
    —Puede que tenga razón. Además, nada impide que un trabajador de la biotecnología sea también un terrorista, ¿verdad?
    Se descubrió que el aparato no era ningún tipo de trampa: sólo lo habían ideado para bañar las valiosas células de CVI con rayos gamma durante seis horas, comenzando a medianoche, todas las noches. Incluso, en el poco probable caso de que alguien hubiese ingresado a la bóveda en horas de la madrugada y se hubiese parado en el estrecho espacio que separaba un congelador del otro, la dosis recibida no habría sido gran cosa; como Lansing había sugerido, era el efecto acumulado durante meses lo que había provocado el perjuicio. El radioisótopo de la caja era cobalto 60, casi con certeza proveniente de un instrumento de uso médico —demasiado debilitado para su función original, pero aún demasiado activo para ser desechado— retirado de servicio y robado del sitio donde lo habían puesto a "enfriar". No se había informado de un robo semejante, pero los asistentes de Elaine Chang estaban llamando a todos los hospitales para tratar de convencerlos de realizar nuevos inventarios en sus bunkers de cemento.
    El cobalto 60 era un material peligroso, pero cincuenta miligramos en el interior de un recipiente cuidadosamente aislado no eran exactamente lo que se llama un arma nuclear táctica. Sin embargo, los sistemas de noticias se pusieron frenéticos: TERRORISTAS ATOMICOS ATENTAN CONTRA EL PUENTE DEL PUERTO, etcétera. Si los enemigos de CVI eran activistas, con alguna "causa moral" que esperaban plantear frente al público, era obvio que tenían los peores asesores de relaciones públicas del mercado. Sus perspectivas de lograr la más leve simpatía se esfumaron apenas los primeros informes de los noticieros mencionaron la palabra radiación.
    Mi software secretaria emitió corteses declaraciones de "Sin comentarios" en mi nombre, pero los camarógrafos comenzaron a pulular delante de mi puerta, de modo que me calmé y les lancé algunas frases típicas de noticiero que significaban esencialmente lo mismo. Martin observaba todo, divertido... y después fui yo el que observé, atónito, la conferencia de prensa que apareció en la televisión, ofrecida por Janet Lansing en la puerta de su propia casa.
    —Está claro que esta gente es insensible. La vida humana, el medio ambiente, la contaminación radiactiva... no significan nada para ellos.
    —¿Tiene idea de quién puede ser el responsable de este ultraje, Dra. Lansing?
    —Todavía no puedo hacerlo público. Por ahora, lo único que puedo revelar es que nuestra investigación es de trascendental importancia para la medicina preventiva y que no me sorprende en absoluto que haya poderosos intereses creados que trabajan contra nosotros.
    ¿Poderosos intereses creados? ¿Y si eso no era un mensaje cifrado para la empresa biotecnológica rival cuya participación ella continuaba negando, para quién era? Sin duda, Lansing tenía mucha idea de cómo aprovechar las ventajas publicitarias de ser la víctima de los TERRORISTAS ATOMICOS... pero se me ocurrió que estaba perdiendo el tiempo. En un lapso de dos años o un poco más, cuando el producto finalmente ingresara en el mercado, esta historia estaría completamente olvidada.
    Después de algunas astutas negociaciones jurisdiccionales, Asher finalmente me envió los archivos de las filmaciones tomadas durante los últimos seis meses por las cámaras de vigilancia de la bóveda, que era todo lo que tenían guardado. El congelador en cuestión había estado sin usar durante casi dos años. El último usuario autorizado había sido una pequeña clínica que había quebrado. En la actualidad, sólo un 60 por ciento de los congeladores estaban alquilados, de modo que no era especialmente sorprendente que ubicaran a CVI junto a un vecino convenientemente vacío.
    Pasé los archivos de vigilancia por mi software procesador de imágenes, con la esperanza de que las cámaras hubiesen atrapado a alguien en el acto de abrir el congelador en desuso. La búsqueda demoró casi una hora de supercomputadora y no arrojó nada de nada. Unos minutos después, Elaine Chang asomó la cabeza en mi oficina para decirme que había terminado el análisis de los daños infligidos a las paredes del congelador: la irradiación nocturna había durado unos ocho o nueve meses.
    Sin amilanarme, revisé nuevamente los archivos, esta vez instruyendo al software para que armara una galería de todos los individuos que habían estado en el interior de la bóveda.
    Aparecieron sesenta y dos caras. Les puse a todas el nombre de la compañía a la que pertenecían, comparando la hora de cada filmación con los registros de utilización de la llave electrónica de cada cliente asentados por Bioarchivo. No descubrí incoherencias obvias: nadie que hubiera sido avistado adentro había empleado otra llave de acceso que la autorizada... y cada persona había usado siempre la misma llave, una y otra vez.
    Recorrí la galería de rostros, preguntándome qué hacer a continuación. ¿Buscar a alguien que estuviera mirando disimuladamente el congelador radiactivo? Podía dejar que mi software se encargara de ello, pero no estaba dispuesto a escatimar esfuerzos.
    Llegué a un rostro que me pareció familiar: una mujer rubia, de unos treinta y cinco años, que había utilizado tres veces la llave que pertenecía a la Unidad de Investigación Oncológica del Hospital Centenario de la Federación. Estaba seguro de que la conocía, pero no recordaba dónde la había visto antes. No importaba; después de unos segundos de búsqueda, logré una buena imagen del distintivo abrochado a su delantal de laboratorio, donde estaba escrito su nombre. No tuve más que accionar el zoom.
    El distintivo decía C. MENDELSOHN.
    Alguien golpeó mi puerta abierta. Aparté la vista de la pantalla. Elaine había vuelto y parecía feliz consigo misma.
    Dijo: —Finalmente encontramos un lugar que admite haber extraviado algo de cobalto 60. Y lo que es más... la actividad de nuestra fuente coincide exactamente con la curva de deterioro del elemento desaparecido.
    —¿De dónde lo robaron, entonces?
    —Del Hospital Centenario.
    Llamé a la Unidad de Investigación Oncológica. Sí, Catherine Mendelsohn trabajaba allí desde hacía casi cuatro años, pero no podían comunicarme con ella: estaba de licencia por enfermedad toda la semana. Me dieron el mismo número telefónico cancelado que CVI, pero otra dirección, un departamento en Petersham. La dirección no figuraba en la guía telefónica; tendría que ir allá en persona.
    Un equipo de investigación del cáncer no tendría motivos para perjudicar a CVI, pero un rival comercial, con o sin su propia llave para entrar a la bóveda, podía haberle pagado a Mendelsohn para que trabajara para ellos. Me parecía que, sin importar lo que le hubieran ofrecido, el convenio era pésimo: si la condenaban a prisión, rastrearían y confiscarían hasta el último centavo... aunque era posible que la amargura de haber sido despedida hubiera obnubilado su buen juicio.
    Tal vez. O tal vez me estaba tomando esto muy a la ligera.
    Volví a pasar las imágenes de Mendelsohn tomadas por las cámaras de vigilancia. No hacía nada fuera de lo común, nada sospechoso. Iba derecho al congelador de la UIO, ponía dentro las muestras que había traído y se marchaba. No echaba ningún vistazo disimulado a ningún lado.
    El hecho de que había estado dentro de la bóveda, cumpliendo con una tarea legítima, no demostraba nada. El hecho de que el cobalto 60 hubiese sido robado del hospital donde ella trabajaba podía ser pura coincidencia.
    Y cualquiera tenía derecho a cancelar su servicio telefónico.
    Me imaginé las vigas de refuerzo de acero del laboratorio de Lane Cove reluciendo al sol.
    Cuando salía, de mala gana, me desvié hacia el sótano. Me quedé sentado frente a la consola, mientras la caja fuerte de armamento verificaba mis huellas digitales, tomaba muestras de mi aliento, hacía un espectrograma de la sangre de mi retina, me hacía unas pruebas que medían el tiempo transcurrido entre percepción y juicio, y luego me interrogaba durante cinco minutos sobre el caso. Cuando estuvo satisfecha con mis reflejos, mis motivos y mi estado mental, me entregó una pistola nueve milímetros con sobaquera.
    El edificio de departamentos de Mendelsohn era una caja de cemento de la década de 1960, con puertas principales que se abrían a largos balcones compartidos, sin ningún tipo de sistema de seguridad. Llegué apenas pasadas las siete, y percibí el aroma de la comida cocinándose y el sonido de los aplausos de un programa televisivo de entretenimientos que salía de un centenar de ventanas abiertas. El cemento aún rielaba por el calor del día; tres tramos de escaleras me dejaron empapado en sudor. El departamento de Mendelsohn estaba en silencio, pero las luces estaban encendidas.
    Ella misma abrió la puerta. Me presenté y le mostré mi identificación. Parecía nerviosa, pero no sorprendida.
    Dijo: —Sigue resultándome odioso tener que tratar con gente como usted.
    —¿Gente como...?
    —Yo me opuse a la privatización de las fuerzas policiales. Ayudé a organizar algunas de las marchas.
    Debía haber tenido catorce años en ese momento... Era una activista política muy precoz.
    Me dejó entrar, a regañadientes. La sala tenía muebles modestos, con una terminal sobre un escritorio, en un rincón. Dije: —Estoy investigando el atentado contra Calidad de Vida Internacional. Usted trabajó allí hasta hace cuatro años. ¿Es correcto?
    —Sí.
    —¿Podría decirme por qué se fue?
    Ella repitió lo que yo ya sabía sobre el traslado de su proyecto a la sucursal Amarillo.
    Respondió todas las preguntas directamente, mirándome a los ojos; todavía estaba nerviosa, pero aparentemente estaba tratando de extraer alguna información vital observando mi comportamiento. ¿Se estaría preguntando si yo había descubierto el origen del cobalto?
    —¿Qué hacía en las instalaciones de North Ryde a las dos de la mañana, dos días antes de que la despidieran?
    Dijo: —Quería descubrir qué estaba planeando CVI para el nuevo edificio. Quería saber por qué no deseaban que me quedara aquí.
    —Su puesto de trabajo fue trasladado a Texas.
    Rió secamente. —Mi trabajo no estaba tan especializado. Podría haber intercambiado el puesto con alguien que deseara viajar a los Estados Unidos. Habría sido la solución perfecta, porque había muchísima gente felizmente dispuesta a intercambiar su puesto conmigo. Pero no, no lo permitieron.
    —Entonces... ¿encontró lo que buscaba?
    —Esa noche no. Pero después sí.
    Dije con cuidado: —¿O sea que usted sabía lo que CVI estaba haciendo en Lane Cove?
    —Sí.
    —¿Cómo lo descubrió?
    —Apoyé la oreja en el suelo. Ninguno de los que todavía están en la empresa me lo habría dicho directamente, pero en algún momento se filtró el rumor. Hace más o menos un año.
    —¿Tres años después de su despido? ¿Por qué seguía tan interesada? ¿Pensaba que podía comerciar con la información?
    Dijo: —Ponga su notepad en el lavabo del baño y abra el grifo.
    Vacilé, luego obedecí. Cuando regresé a la sala, Mendelsohn tenía el rostro cubierto con las manos. Me miró torvamente.
    —¿Por qué seguía interesada? Porque quería saber cuál era el motivo de que estuvieran trasladando a otras sucursales todos los proyectos en cuyos equipos de trabajo había gays o lesbianas. Quería saber si era por pura coincidencia. O no.
    Sentí un repentino frío en el fondo del estómago. Dije:
    —Si tenía algún problema de discriminación, hay caminos que pudo haber...
    Mendelsohn sacudió la cabeza con impaciencia.
    —CVI nunca fue discriminatoria. No despidieron a ninguno de los que aceptaron mudarse... y siempre trasladaban al equipo completo; no existió algo tan burdo como la selección de individuos por sus preferencias sexuales. Y tenían un razonamiento para todo: estaban reagrupando los proyectos de las sucursales, para facilitar la "polinización
    cruzada sinérgica". Y si eso le suena a palabrerío pretencioso, lo era... pero era un palabrerío pretencioso creíble. Otras corporaciones han adoptado esquemas mucho más ridículos con perfecta sinceridad.
    —Pero si no fue una cuestión de discriminación... ¿por qué CVI iba a querer obligar a la gente a que se fuera de una sucursal determinada?
    Creo que finalmente adiviné la respuesta, al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, pero necesitaba que ella me lo dijera antes de poder creerlo de verdad.
    Mendelsohn debía haber estado practicando la explicación para los que no eran bioquímicos: se la sabía al dedillo.
    —Cuando la gente está bajo tensión física o emocional, aumentan los niveles de ciertas sustancias presentes en el torrente sanguíneo. Cortisol y adrenalina, principalmente. La adrenalina tiene un efecto rápido y corto sobre el sistema nervioso. El cortisol funciona durante un lapso mucho más prolongado, modulando toda clase de procesos corporales, adaptándolos para los tiempos difíciles: heridas, fatiga, lo que sea. Si la tensión es prolongada, el nivel de cortisol de una persona puede permanecer elevado durante días, semanas o meses.
    "En el caso de una mujer embarazada, cuando el nivel de cortisol en sangre se eleva lo
    suficiente, la sustancia puede cruzar la barrera placentaria e interactuar con el sistema hormonal del feto en desarrollo. Durante la gestación, hay partes del cerebro cuyo desarrollo se decide por uno de dos senderos posibles, gracias a las hormonas producidas por los testículos o los ovarios del feto: las partes del cerebro que controlan la imagen corporal y las que controlan las preferencias sexuales. Los embriones femeninos generalmente desarrollan un cerebro acorde con la autoimagen de un cuerpo femenino y con un potencial más fuerte de atracción sexual hacia los hombres. Los embriones masculinos, viceversa. Y son las hormonas sexuales de la sangre del feto las que permiten que las neuronas en crecimiento sepan cuál es el sexo del embrión y qué esquema deben adoptar.
    "El cortisol puede interferir con este proceso. Las interacciones precisas son complejas, pero el efecto definitivo depende del tiempo; en diferentes etapas del desarrollo, diferentes partes del cerebro se van especializando en versiones específicas de un sexo. De modo que las tensiones sufridas en diferentes momentos del embarazo llevan a diferentes esquemas de preferencia sexual y autoimagen corporal del niño: homosexual, bisexual, transexual.
    "Obviamente, mucho depende de la bioquímica de la madre. El embarazo es de por sí tensionante, pero cada mujer responde en forma diferente. El primer signo de que el cortisol podía ejercer alguna influencia se detectó en unos estudios que se realizaron en la década de 1980, en los hijos de las mujeres alemanas que habían estado embarazadas durante los bombardeos más intensos de la Segunda Guerra Mundial, cuando la tensión era tan grande que el efecto se manifestó de la misma manera en todas, a pesar de las diferencias individuales. En los noventa, los investigadores pensaron que habían encontrado un gen que determinaba la homosexualidad, pero éste siempre era heredado de la madre... Resultó ser que este gen, más que actuar directamente en el hijo, influenciaba la respuesta de la madre a la tensión.
    "Si se impidiera que el cortisol materno y otras hormonas originadas por la tensión llegaran al feto, el sexo del cerebro siempre coincidiría con el sexo del cuerpo en todos los aspectos. Todas las variaciones actuales serían eliminadas por completo.
    Estaba conmocionado, pero creo que no lo demostraba. Todo lo que decía me sonaba a cierto; no dudaba de una sola de sus palabras. Siempre había sabido que las preferencias sexuales se decidían antes del nacimiento. A los siete años, yo ya sabía que
    era gay. Sin embargo, nunca me había puesto a investigar los elaborados detalles biológicos, porque nunca había creído que la tediosa mecánica del proceso pudiera interesarme. Lo que me congeló la sangre no fue el estar enterándome por fin del funcionamiento de la neuroembriología del deseo. La conmoción se debía a que estaba descubriendo que CVI planeaba meterse dentro del útero y tomar el control.
    Continué interrogándola en una especie de trance, poniendo mis sentimientos en animación suspendida.
    Dije: —La barrera de CVI es para filtrar virus y toxinas. Usted habla de una sustancia
    natural que está presente desde hace millones de años...
    —La barrera de CVI evitará el paso de cualquier cosa que ellos estimen que no es esencial. El feto no necesita del cortisol materno para sobrevivir. Si CVI no incluye explícitamente conductos de transporte para él, no pasará. Y le concedo una oportunidad para que adivine cuáles son sus planes.
    Dije: —Su conducta es paranoide. ¿Piensa que CVI invertiría millones de dólares nada más que para participar de una conspiración para librar al mundo de homosexuales?
    Mendelsohn me miró con lástima.
    —No es una conspiración. Es una oportunidad de comercialización. A CVI le importan una mierda las políticas sexuales. Podrían incluir transportadores de cortisol y vender la barrera como escudo antivirus, antidrogas y antipolución. O podrían no incluirlos y venderla como todo eso... y además como un medio de garantizar la heterosexualidad del hijo. ¿Con cuál de las dos alternativas cree que ganarían más dinero?
    Esa pregunta me tocó una cuerda íntima. Le dije, enojado:
    —¿Y como usted tiene tan poca fe en la elección de la gente, decidió poner una bomba en el laboratorio para que nadie tuviera jamás la posibilidad de esa opción?
    La expresión de Mendelsohn se volvió pétrea.
    —Yo no puse la bomba. Tampoco irradié el congelador.
    —¿No? Descubrí que el cobalto 60 era del Hospital Centenario.
    Por un momento, pareció perpleja. Después dijo:
    —Felicitaciones. Allí trabajan seis mil personas, ¿sabe? Obviamente, no soy la única que descubrió lo que está tramando CVI.
    —Usted es la única con acceso a la bóveda de Bioarchivo. ¿Qué espera que crea? ¿Que, una vez enterada de este proyecto, usted no iba a hacer absolutamente nada al respecto?
    —¡Claro que no! Y sigo pensando en dar a conocer lo que están haciendo. Que la gente
    sepa lo que va a significar. Intentaré que el tema se debata antes de que aparezca el producto, envuelto en una nube de informaciones erróneas.
    —Usted me dijo que hace un año que sabe de qué se trata el proyecto.
    —Sí... Y pasé la mayor parte de ese tiempo tratando de verificar todos los hechos antes de abrir mi bocaza. No hay nada más estúpido que enfrentar al público con rumores a medio comprobar. Hasta este momento, sólo se lo he contado a una decena de personas, pero íbamos a lanzar una gran campaña publicitaria coincidente con el Carnaval de este año. Aunque ahora, con lo del atentado, todo es mil veces más complicado. —Extendió las manos en un gesto de impotencia—. Pero igual tenemos que hacer lo que podamos para tratar de evitar que ocurra lo peor.
    —¿Lo peor?
    —El separatismo. La paranoia. La homosexualidad redefinida como patológica. Las lesbianas y las mujeres heterosexuales comprensivas buscando su propio medio tecnológico para garantizar la supervivencia de una cultura... mientras los religiosos de extrema derecha tratan de hacerles juicio por envenenar a sus bebés... ¡con una sustancia con la que Dios ha estado "envenenando" bebés durante unos cuantos miles de años! Turistas sexuales viajando desde países ricos donde se dispone de esa tecnología a países más pobres donde no existe.
    Me enfermó el panorama que me pintaba, pero seguí presionando.
    —¿Esa decena de amigos suyos...?
    Mendelsohn dijo, desapasionada:
    —Váyase a la mierda. No tengo nada más que decirle. Le conté la verdad. No soy una criminal. Y creo que es mejor que se vaya.
    Fui al baño a recoger el notepad. En el umbral, le dije:
    —Si no es una criminal, ¿por qué es tan difícil de encontrar?
    Muda, despreciativamente, ella se levantó la camisa y me mostró las escoriaciones que tenía debajo de las costillas: se estaban sanando, pero tenían un aspecto muy desagradable. Quienquiera que le hubiese pegado —¿una ex-amante?—, no podía censurarla por hacer todo lo posible por evitar una repetición del hecho.
    En las escaleras, oprimí el botón de REPRODUCCION del notepad. El software computó el espectro de frecuencia del ruido del agua corriente, lo eliminó de la grabación y luego amplificó y limpió lo que quedaba. Más claras que el cristal, se escucharon todas y cada una de las palabras de nuestra conversación.
    Desde el auto, llamé a una empresa de vigilancia y los contraté para que observaran a
    Mendelsohn las veinticuatro horas.
    Cuando iba para casa, me detuve a medio camino en una calle lateral y me quedé sentado frente al volante durante diez minutos, incapaz de pensar, incapaz de moverme.
    Esa noche, en la cama, le pregunté a Martin:
    —Tú eres zurdo. ¿Cómo te sentirías si nunca más naciera gente zurda?
    —No me molestaría en lo más mínimo. ¿Por qué?
    —¿No lo considerarías una especie de... genocidio?
    —Difícilmente. ¿De qué se trata esto?
    —Nada. Olvídalo.
    —Estás temblando.
    —Tengo frío.
    —No te siento frío.
    Mientras hacíamos el amor —primero tiernamente, después con salvajismo— pensé: Este es nuestro idioma, nuestro dialecto. Se han peleado guerras por menos que esto. Y si este idioma muere alguna vez, todo un pueblo habrá desaparecido de la faz de la Tierra.
    Supe que tendría que abandonar el caso. Si Mendelsohn era culpable, tendría que ser otro el que lo demostrara. Seguir trabajando para CVI me destruiría.
    Después, sin embargo... todo eso me pareció una tontería sentimental. Yo no pertenecía a ninguna tribu. Todos los seres humanos poseían su propia sexualidad, y cuando morían ésta moría con ellos. Si nunca más volvían a nacer gays, para mí no representaría ninguna diferencia.
    Y si abandonaba el caso por que yo era gay, estaría abandonando todo lo que siempre había creído sobre mi propia igualdad, mi propia identidad... para no mencionar el hecho de que podríadarle a CVI la oportunidad de anunciar: Sí, por supuesto que contratamos al investigador sin fijarnos en sus preferencias sexuales, pero aparentemente cometimos un error.
    Mirando la oscuridad, dije:
    —Siempre que escucho la palabra *comunidad* corro a buscar el revólver.
    No hubo respuesta. Martin estaba profundamente dormido. Quería despertarlo, quería discutirlo todo de nuevo, en ese lugar y en ese momento... pero había firmado un contrato. No podía contarle una sola palabra.
    Así que lo miré dormir y traté de convencerme de que, cuando la verdad saliera a la luz, él me comprendería.
    Llamé a Janet Lansing, la puse al tanto de lo de Mendelsohn y le dije con frialdad:
    —¿Por qué usted se conducía con tanta timidez? ¿"Fanáticos"? ¿"Poderosos intereses creados"? ¿Le resulta difícil la pronunciación de ciertas palabras?
    Era obvio que se había preparado para este momento.
    —No quería plantar mis propias ideas en su cabeza. Más tarde, eso podía llegar a considerarse un factor perjudicial.
    —¿Quién podía considerarlo perjudicial? —Era una pregunta retórica: los medios, por supuesto. Al guardar silencio sobre el asunto, había minimizado el riesgo de que la consideraran la iniciadora de una caza de brujas. Decirme que saliera a buscar terroristas homosexuales podría haber puesto a CVI en una situación muy antipática... mientras que dejarme encontrar a Mendelsohn por mis propios medios —y por razones completamente distintas, a pesar de mi ignorancia— sería una prueba de que la investigación se había llevado a cabo sin prejuicios.
    Dije: —Usted albergaba sospechas y tendría que habérmelas revelado. Como mínimo, tendría que haberme dicho para qué servía la barrera.
    —La barrera —dijo— es una protección contra virus y toxinas. Pero cualquier cosa que hagamos con el cuerpo tiene efectos colaterales. No es mi función juzgar si esos efectos son o no son aceptables. Las autoridades reguladoras insistirán en que publicitemos el producto mencionando todas las consecuencias que acarrea su uso... a partir de ahí, será decisión de los consumidores.
    Muy prolijo: el gobierno les retorcería el brazo, ¡obligándolos a revelar el factor más importante para el éxito de las ventas!
    —¿Y qué dicen sus estudios de mercado?
    —Eso es estrictamente confidencial.
    Estuve a punto de preguntarle ¿Cuándo fue el momento exacto en que descubrió que yo era gay? ¿Después de contratarme... o antes? ¿En la mañana del atentado, mientras yo armaba un informe sobre Janet Lansing, ella armaba informes sobre toda la gente que podía licitar la investigación? ¿Y había descubierto en mí la ventaja definitiva, la máxima garantía de imparcialidad, demasiado tentadora para poder resistirse?
    No se lo pregunté. Todavía quería creer que no había ninguna diferencia: que ella me había contratado, que yo había resuelto el crimen como cualquier otro y que no importaba nada más.
    Fui al bunker donde habían guardado el cobalto, en las fronteras de los jardines del Hospital Centenario. La puerta trampa era sólida, pero la cerradura era un chiste y no había ningún sistema de alarma; cualquier inteligente niño de doce años la hubiese roto. Apilados hasta el techo, había cajones llenos de toda clase de desechos radiactivos (baja intensidad, corta vida) que obstruían la luz de la única bombilla desnuda. Con razón el robo no había sido detectado antes. Hasta había telarañas, aunque ningún arácnido mutante, por lo que pude ver.
    Después de cinco minutos de curiosear, oyendo sumar los niveles de exposición al dosímetro de solapa que me habían prestado, me alegré de salir, por más que una vulgar radiografía de tórax me hubiese hecho diez veces más daño. ¿Mendelsohn no se había percatado de eso, de lo irracional que se ponía la gente cuando de radiación se trataba, de cuánto perjudicaría a su causa que se descubriera lo del cobalto? ¿O acaso sus propios conocimientos —totalmente fundamentados— sobre los mínimos riesgos de esa exposición habían distorsionado su percepción?
    El equipo de vigilancia me enviaba informes a diario. Era un servicio costoso, pero lo pagaba CVI. Mendelsohn se reunía con sus amigos abiertamente, contándoles todo sobre la noche de mi interrogatorio, advirtiéndoles con indignación que, casi con seguridad, los estaban vigilando en ese mismo mome

  • NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO

    NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO
    por Damon Knight

    http://www-links-enlaces.blogspot.com/2009/11/...

    Diez meses después de pasar por encima el último avión, Rolf Smith supo sin lugar a dudas que sólo había sobrevivido otro ser humano. Ese otro ser humano se llamaba Louise Oliver, y estaba sentada a la mesa, frente a él, en la cafetería de un drugstore en Salt Lake City. Comían salchichas de Viena enlatadas y bebían café.
    La luz del sol golpeaba como una sentencia a través del vidrio roto de una ventana. No se oían ruidos ni adentro ni afuera; sólo un sofocante rumor de ausencia. El sonido de platos en la cocina, el ruido sordo y pesado de los tranvías: nunca más. Había sol; y silencio; y los ojos acuosos, asombrados, de Louise Oliver.
    Rolf se inclinó sobre la mesa e intentó atraer por un instante la atención de aquellos ojos de pez.
    —Querida—dijo—, claro que respeto tu punto de vista. Pero tengo que hacerte comprender que no es práctico.
    Louise lo miró un poco sorprendida, luego volvió a apartar los ojos. La cabeza se agitó levemente. No. No, Rotf, no viviré contigo en pecado.
    Smith pensó en las mujeres de Francia, de Rusia, de México, de los Mares del Sur. Había pasado tres meses en los devastados estudios de una estación de radio en Rochester, escuchando las voces hasta que se apagaron. Había habido una gran colonia en Suecia, que incluía a un ministro del gobierno inglés. Los habitantes de esa colonia informaban que Europa ya no existía: no quedaba una hectárea que no hubiese sido barrida por el polvo radiactivo. Tenían dos aviones y suficiente combustible para llegar a cualquier sitio del continente; pero no había adónde ir. Tres de ellos tuvieron la plaga; luego once; luego todos.
    Había un piloto de bombardero que cayó cerca de una estación de radio gubernamental en Palestina. No duró mucho tiempo porque se había roto varios huesos al estrellarse; pero había vista las aguas vacías donde tendrían que haber estado las Islas del Pacífico. Suponía que habían sido bombardeados los hielos árticos.
    No había informes de Washington, ni de Nueva York, ni de Londres, París, Moscú, Chungking, Sydney. Era imposible saber quién había sido exterminado por la enfermedad, quién por el polvo, quién por las bombas.
    El propio Smith había sido ayudante de laboratorio en un equipo que trataba de encontrar un antibiótico para la plaga. Sus superiores encontraron uno que daba resultado a veces, pero llegó un poco tarde. Cuando se fue del laboratorio, Smith se llevó todo el que había: cuarenta ampollas, una cantidad suficiente para varios años.
    Louise había sido enfermera de un elegante hospital cerca de Denver. Según ella, algo bastante extraño le había sucedido al hospital mientras ella caminaba hacia allí la mañana del ataque. Estaba bastante tranquila cuando hablaba de ese asunto, pero en sus ojos aparecía una mirada vaga, y su expresión destrozada se volvía un poco más ausente. Smith no la apremiaba para que le diese una explicación.
    Como él mismo, Louise había encontrado una estación de radio que todavía funcionaba, y cuando Smith descubrió que ella no había contraído la plaga, aceptó que se encontraran. Louise, al parecer, era naturalmente inmune. Debía de haber otros, por lo menos unos pocos; pero las bombas y el polvo no les habían perdonado.
    A Louise le parecía muy embarazoso que no quedase ningún pastor protestante vivo.
    El problema era que ella lo pensaba de veras. A Smith le había llevado mucho tiempo creerlo, pero era así. Ella tampoco estaba dispuesta a dormir en el mismo hotel que él; esperaba, y recibía, la mayor cortesía y corrección. Smith había aprendido la lección. Caminaba del lado de afuera en las aceras cubiertas de escombros; le abría las puertas, mientras hubo puertas; le acercaba la silla; se cuidaba de no maldecir. La galanteaba.
    Louise tenía unos cuarenta años, por lo menos cinco más que Smith. A veces él se preguntaba qué edad pensaría ella que tenía. La impresión de ver lo que le había sucedido al hospital (fuese lo que fuese), a los pacientes que ella había cuidado, había obligado a su mente a refugiarse en la infancia. Louise admitía tácitamente que todas las demás personas del mundo estaban muertas, pero aparentemente consideraba que eso era algo que uno no debía mencionar.
    Más de un centenar de veces en las últimas tres semanas, Smith había sentido un impulso casi irresistible de romperle el delgado pescuezo y seguir adelante. Pero no tenía salvación; ella era la única mujer en el mundo, y la necesitaba. Si moría, o lo abandonaba, él también moriría ¡Vieja perra!, pensó furiosamente para sus adentros, cuidando de que no se le notara en la cara el pensamiento.
    —Louise, vida mía—dijo suavemente—, quiero abusar lo menos posible de tus sentimientos. Tú lo sabes.
    —Sí, Rolf—dijo ella, mirándole fijamente con cara de gallina hipnotizada.
    Smith se obligó a proseguir.
    —Tenemos que afrontar los hechos, por muy desagradables que sean. Querida, somos el único hombre y la única mujer que existen. Somos como Adán y Eva en el Jardín del Edén.
    En la cara de Louise apareció una expresión de leve disgusto. Evidentemente estaba pensando en hojas de parra.
    —Piensa en las generaciones venideras —le dijo Smith, con un temblor en la voz. Piensa en mí siquiera una vez. Quizá sirvas otros diez años, quizá no. Con un estremecimiento, recordó la segundo etapa de la enfermedad: la desvalida rigidez, que golpeaba sin aviso previo. El ya había tenido un ataque de esos, y Louise le había ayudado a curarse. Sin Louise él se habría quedado en ese estado hasta morir, con la hipodérmica salvadora a pocos centímetros de su rígida mano. Pensó desesperadamente: Con suerte te sacaré por lo menos dos hijos antes de que estires la pata. Entonces estaré seguro.
    Continuó hablando:
    —Dios no quería que la raza humana acabase de este modo. Nos perdonó a nosotros, a ti y a mí, para... —hizo una pausa; ¿cómo lo podría decir sin ofenderla? «Padres» no serviría: demasiado sugestivo—...para llevar adelante la antorcha de la vida—concluyó.
    Eso. Era una manera bastante adecuada de decirlo.
    Louise miraba fijamente por encima del hombro de Smith. Los párpados le pestañeaban regularmente, y la boca acompañaba ese ritmo con pequeños movimientos de ratón. Smith se miró los debilitados muslos debajo de la mesa. No tengo fuerzas para violarla, pensó. ¡Cristo, si tuviera fuerzas!
    Volvió a sentir aquella rabia inútil, y trató de dominarse. No podía perder la cabeza, porque ésta era quizá su última oportunidad. Louise había estado hablando últimamente, en el lenguaje nebuloso que usaba para todo, de subir a las montañas a rezar para que el Señor los guiase. No había dicho «sola», pero era bastante fácil ver que se lo imaginaba de esa manera. Tenía que convencerla antes de que la decisión fuese irrevocable. Se concentró furiosamente, e hizo otro intento.
    Las palabras pasaban como un rumor distante. Louise oía alguna frase de vez en cuando. Cada una de esas frases le generaba una cadena de pensamientos, que la ataban con más firmeza al ensueño. «Nuestro deber ante la Humanidad...» Mamá había dicho a menudo—eso era en la vieja casa de Waterbury Street, naturalmente, antes de que mamá enfermara—había dicho:
    —«Niña, tu deber es ser limpia, educada y temerosa de Dios. Ser bonito no importa. Hay muchas mujeres feas que han conseguido maridos buenos y cristianos.»
    Maridos... Tener y poseer... Azahares, y las madrinas de boda; la música de órgano. Entre la bruma vio la cara delgada y lobuna de Rolf. Naturalmente, él era el único hombre que tendría jamás; lo sabía muy bien. Caramba, cuando una muchacha pasaba de los veinticinco tenia que aceptar lo que consiguiese.
    Pero a veces me pregunto si de veras es un buen hombre, pensó.
    «...a los ojos de Dios...» Louise recordó las ventanas de vidrios coloreados de la vieja Primera Iglesia Episcopal, y cómo pensaba siempre que Dios la miraba desde aquella brillante transparencia. Quizá El la estuviese mirando todavía, aunque a veces parecía que la hubiese olvidado. Naturalmente, ella se daba cuenta de que las costumbres matrimoniales cambiaban, y si uno no podía tener regularmente un pastor... Pero era una verdadera lástima, casi un ultraje que si de veras se casaba con ese hombre, no pudiese disfrutar de tantas cosas agradables.-.. Ni siquiera habría regalos de boda. Ni siquiera eso. Pero, por supuesto, Rolf le daría todo lo que ella quisiese. Miró otra vez a su cara, y notó aquellos ojos negros concentrados que la miraban con feroz intención, la boca delgada que se contraía en un tic lento y regular, los velludos lóbulos de las orejas debajo de la maraña de pelo negro.
    Rolf no se debía dejar crecer tanto el pelo, pensó Louise. Bueno, ella podía cambiar todo eso. Si se casaba con él, sin duda le haría cambiar el modo de ser. Era su obligación.
    Rolf estaba hablando de una granja que había visto en las afueras de la ciudad, una casa grande, buena, con granero. No había ganado, dijo, pero después ya conseguirían alguno. Y plantarían cosas, y tendrían sus propios alimentos, para no tener que ir a restaurantes todo el tiempo.
    Louise sintió algo en la pálida mano que tenía delante de ella en la mesa. Los dedos de Rolf, morenos, gordos, con negro vello encima y debajo de los nudillos, tocaban los de ella. Rolf habla callado un momento, pero ahora hablaba otra vez, con más urgencia todavía. Louise retiró la mano.
    Rolf estaba diciendo:
    —...y tendrás el más hermoso traje de boda, y un ramo de flores. Todo lo que quieras, Louise, todo...
    ¡Un traje de boda! ¡Y flores, aunque no hubiese un pastor! Bueno, ¿por qué el tonto ese no lo había dicho antes?
    Rolf se interrumpió en la mitad de una frase ; acababa de darse cuenta de que Louise había dicho claramente «Sí, Rolf, me casaré contigo si ése es tu deseo...»
    Aturdido, Rolf quiso que lo repitiese, pero no se atrevió a preguntarle: «¿Qué dijiste?», por miedo a recibir alguna respuesta fantástica, o ninguna respuesta. Tomó aliento, profundamente, y dijo:
    —¿Hoy, Louise?
    —Bueno—dijo ella—, hoy... No estoy muy... Naturalmente, si te parece que puedes hacer todos los preparativos a tiempo... aunque me parece...
    El triunfo corrió por el cuerpo de Smith. Ahora tenía una ventaja, y la aprovecharía.
    —Di que sí, querida—la apremió—. Di que sí y seré el hombre más feliz...
    La lengua se le resistió, impidiéndole terminar la frase; pero no importaba. Louise asintió sumisamente.
    —Lo que te parezca mejor, Rolf.
    Smith se puso de pie, y Louise le permitió que le besase una pálida y seca mejilla.
    —Nos vamos inmediatamente—dijo él—. ¿Me disculpas un minuto, querida?
    Esperó al «Sí, claro» de Louise, y entonces caminó hasta el fondo de la sala, dejando huellas en la alfombra de piel. Sólo tendría que hablar así con ella unas pocas horas, y luego ella sentiría que le pertenecía para siempre. Después, Rolf podría hacer con ella lo que quisiese: pegarle, someterla a cualquier prueba de su desprecio y repulsión, usarla. Entonces no estaría tan mal, nada mal, ser el último hombre sobre la tierra. Hasta podía tener una hija...
    Encontró la puerta del retrete y entró. Dio un paso, y el cuerpo se le paralizó, sin llegar a perder el equilibrio, erguido pero impotente. El pánico le atacó la garganta; trató de volver la cabeza y no pudo; trató de gritar y no pudo. A sus espaldas hubo un pequeño chasquido: la puerta, amortiguada por el tope hidráulico, acababa de cerrarse para siempre. No estaba con llave; pero del otro lado mostraba la advertencia CABALLEROS.
    FIN
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  • BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK

    BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK

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  • LA LUNA NUEVA - TAGORE

    La Luna Nueva

    Rabindranath Tagore

    El principio

    ‘¿De dónde vine yo? ¿Dónde me encontraste?’, pregunta el niño a su madre.
    Ella llora y ríe al mismo tiempo, y estrechándolo contra su pecho le responde: ‘Tú estabas escondido en mi corazón, amor mío, tú eras su deseo.
    >Estabas en las muñecas de mi infancia; y cuando, cada mañana, yo modelaba con arcilla la imagen de mi dios, en verdad te hacía y deshacía a ti.
    >Estabas en el altar junto a la divinidad de nuestro hogar; al adorara, a ti te adoraba.
    >Has vivido en todas mis esperanzas, en todos mis amores, en toda mi vida y en la vida de mi madre.
    >El Espíritu inmortal que preside nuestro hogar te ha albergado en su seno desde el principio de los tiempos.
    >En mi adolescencia, cuando mi corazón abría sus pétalos, tú lo envolvías como un flotante perfume.
    >Tu delicada suavidad aterciopelaba mis carnes juveniles, como el reflejo rosado que precede a la aurora.
    >Tú, el predilecto del cielo; tú, que tienes por hermana gemela la prima luz del alba has sido traído por la corriente de la vida universal, que al fin te ha depositado sobre mi corazón.
    >Mientras contemplo tu rostro, me siento sumergida en una ola de misterio: tú, que a todos perteneces, te has echo mío.
    >Te estrecho contra mi corazón, temerosa de que escapes. ¿Qué magia ha entregado el tesoro del mundo a mis frágiles brazos?’

    Las razones del niño

    Si quisiera, el niño podría volar ahora mismo al cielo.
    Pero tiene sus razones para no dejarnos.
    Toda su felicidad consiste en descansar su cabeza en el seno de su madre; por nada del mundo dejaría de verla.
    La sabiduría del niño se expresa en sutiles palabras. ¡Qué pocos son los que pueden comprender su sentido! Si no habla, es que tiene sus razones.
    Lo que más desea es aprender la lengua materna de los mismos labios de su madre. ¡Por ello adopta un aire tan inocente!
    Pese a que poseía montones de oro y perlas, el niño vino a esta tierra como un mendigo.
    Tuvo sus razones para llegar con este disfraz.
    Pequeño, desnudo y suplicante, si simula una completa indigencia es para reclamar a su madre el inmenso tesoro de su ternura.
    En el país de la minúscula luna creciente nada entorpecía la libertad del niño.
    Si renunció a su independencia tuvo sus razones.
    Sabe muy bien que ese pequeño nido, el corazón de su madre, contiene una alegría inagotable, y que la tierna atadura de los brazos maternales es infinitamente más dulce que la libertad.
    El niño no sabía llorar. Vivía en el país de la felicidad perfecta.
    No le faltaron las razones para empezar a verter lágrimas.
    Las entrañas de su madre se conmueven con las sonrisas de su dulce rostro, pero es el pequeño llanto que nace de sus penas de niño el que teje entre ella y él el doble lazo de la piedad y el amor.

    El cortejo invisible

    ¡Oh!, ¿quién pintó tu vestidillo, hijo mío? ¿Quién cubrió tu delicado cuerpo con esta túnica encarnada? Por la mañana saliste al patio para a correr y jugar, tambaleándote y cayendo a cada instante.
    Pero ¿quién pintó tu vestidillo, hijo mío? ¿Qué es lo que te hace reír, capullo de mi vida? Tu madre te sonríe, de pie en el umbral.
    Cuando ella bate palmas y resuenan sus brazaletes, tú bailas como un pastorcillo, la caña de bambú en la mano.
    Pero, ¿qué es lo que te hace reír, capullo de mi vida?
    ¡Oh, pequeño mendigo! ¿Qué le pides a tu madre, colgándote de su cuello con las dos manos? ¡Oh, corazoncito insaciable! ¿Quieres que tome la tierra del espacio, como se arranca un fruto, para ponerla en la palma de tu breve mano? ¡Oh, pequeño mendigo! ¿Qué pides?
    La brisa se lleva alegremente el tintineo de las campanillas que adornan tus tobillos.
    El sol contempla sonriente cómo te vistes.
    El cielo está atento a tu sueño cuando duermes en brazos de tu madre, y por la mañana se acerca de puntillas a tu cuna para besarte los ojos.
    Las campanillas tintinean alrededor de tus graciosos tobillos y su alegre son se esparce con la brisa.
    El hada de los sueños cruza el crepúsculo volando hacia ti.
    La madre universal tiene su trono junto a ti, en el mismo corazón de tu madre.
    Hasta ti descendió aquél cuya música sólo perciben las estrellas, y está tocando su flauta ante tu ventana.
    Y el hada de los sueños cruza el crepúsculo volando hacia ti.

    La ladrona del sueño

    ¿Quién ha robado el sueño de los ojos del niño? Yo lo descubriré.
    La madre había ido al pueblo vecino a buscar agua, con el cántaro abrazado a la cintura.
    Era mediodía. Los niños habían interrumpido sus juegos, y los patos, en la charca, habían callado.
    El pastorcillo dormía a la sombra de la higuera.
    La grulla, grave e inmóvil, permanecía de pie en el estero del bosque de mangles. Fue en este momento cuando la ladrona se acercó a coger el sueño de los ojos del niño y se lo llevó volando.
    Cuando la mamá volvió, se encontró al niño gateando por todos los rincones de la estancia.
    ¿Quién ha robado el sueño de los ojos del niño? Quiero saberlo.
    Quiero encontrar a la culpable y encadenarla.
    Iré a ver aquella cueva oscura donde un minúsculo arroyo discurre por entre los terribles pedruscos.
    Buscaré entre las sombras soñolientas del bosquecillo de bakula, donde, en las noches estrelladas y quietas, las ajorcas tintinean en los pies de las hadas.
    Por la tarde, en el bosque, mis ojos escrutarán la susurrante soledad de los bambúes. Allí las luciérnagas prodigan sus luces y preguntaré a todos los seres que encuentre: ‘¿Podéis decirme dónde vive la ladrona del sueño?’
    ¿Quién ha robado el sueño de los ojos del niño? Yo lo descubriré.
    ¡Si la alcanzo ya le daré trabajo! Asaltaré su nido y veré dónde guarda todos los sueños robados.
    Le arrebataré su botín y me lo llevaré conmigo.
    Luego ataré fuertemente las alas de la ladrona y la dejaré al borde del agua. ¡Que se divierta pescando con un junco entre los nenúfares! Y al atardecer, cuando el mercado del pueblo haya acabado y los niños descansen en el regazo de sus madres, entonces los pajarracos de la noche la aturdirán con sus burlas: ‘Ea, ¿a quién le robarás el sueño ahora?’

    El mundo del niño

    ¡Ah, si yo pudiera entrar hasta el mismo centro del mundo de mi niño para elegir allí un placentero refugio! Sé que ese mundo tiene estrellas que le hablan, y un cielo que desciende hasta su rostro y lo divierte con sus arco-iris y sus fantásticas nubes.
    Esos que parecen ser mudos e incapaces de un solo movimiento, se deslizan en secreto a su ventana y le cuentan historietas y le ofrecen montones de juguetes de brillantes colores.
    ¡Ah, si yo pudiera caminar por el sendero que cruza el espíritu de mi niño y seguirlo aún más allá, más allá, fuera de todos los límites! Hasta donde mensajeros sin mensaje van y vienen entre Estados de reyes sin historia, donde la razón hace barriletes de sus leyes y los lanza al aire; donde la verdad libera a las acciones de sus grilletes.

    Mala fama

    ¿Por qué lloras, hijo mío? ¡Qué malos son, pues siempre te regañan sin motivo! Mientras escribías, te has manchado de tinta la cara y las manos; ¿por esto te han llamado sucio? ¡Cómo se atreven! ¿Se les ocurrirá decir que la luna nueva es sucia porque tiene la cara negra de tinta? Te acusan por cualquier tontería, hijo mío; siempre están dispuestos a meter ruido por nada.
    Jugando te rompiste tu vestido: ¿por esto te llaman destrozón? ¡Cómo se atreven! ¿Qué dirían de la mañana de otoño que sonríe a través de las nubes rasgadas? No te preocupen sus regañinas, hijo mío, ni la perfecta y minuciosa cuenta que llevan de tus faltas.
    Todos sabemos que te gustan los dulces. ¿Y por esto te llaman goloso? ¡Cómo se atreven! Pues, ¿qué nombre nos darán a los que encontramos tanto gusto en besarte?

    El Juez

    Di de él, Juez, lo que te plazca, pero yo conozco las faltas de mi niño.
    Si le amo no es porque sea bueno, sino porque es mi hijo.
    ¿Qué sabes de la ternura que puede inspirar, tú que pretendes hacer exacto inventario de sus cualidades y sus defectos? Cuando yo tengo que castigarlo se convierte en mi propia carne.
    Cuando lo hago llorar, mi corazón llora con él.
    Sólo yo puedo acusarle y reñirle, pues sólo quien ama tiene derecho a castigar.

    Juguetes

    ¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo, divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota! Yo sonrío al verte jugar con este trocito de madera.
    Yo estoy ocupado haciendo cuentas, y me paso horas y horas sumando cifras.
    Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas: ‘¡Qué necedad perder la tarde con un juego como ése!’
    Niño, los bastones y las tortas de barro ya no me divierten; he olvidado tu arte.
    Persigo entretenimientos costosos y amontono oro y plata.
    Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras. Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo a la conquista de cosas que nunca podré obtener.
    En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición, y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un juego.

    El astrónomo

    ‘¡Oh, si pudiéramos coger la luna, al anochecer, cuando es completamente redonda y se engancha en las ramas del cadabo!’ No dije más que eso.
    Pero Dadá, mi hermano mayor, se burló de mí: ‘No he conocido nadie tan tonto como tú. La luna está muy lejos, ¿cómo podríamos cogerla?’ Yo dije: ‘¡El tonto eres tú, Dadá! Cuando, desde la ventana, Mamá mira cómo jugamos en el patio y nos sonríe, ¿te parece que está muy lejos?’ Pero Dadá replicó: ‘Pobre ignorante, ¿dónde encontraríamos una red bastante grande para coger la luna?’ Yo dije: ‘Podrías cogerla perfectamente con las manos’.
    Dadá se echó a reír y me dijo: ‘¡Nunca vi un niño tan simple! ¡Si la luna se acercara, ya me dirías tú si es grande o no! Yo dije: ‘Dadá, ¡qué barbaridades te enseñan en la escuela! Cuando Mamá se inclina para besarnos, ¿te parece que su cara es muy grande?’ Pero Dadá repite: ‘Eres un pobre tonto’.

    Nubes y olas

    Madre, los que viven allá arriba, en las nubes, me llaman: ‘Nosotros jugamos desde que despertamos hasta el anochecer’, dicen.
    ‘Jugamos con el alba de oro y con la luna de plata.’ Yo les pregunto: ‘Pero ¿cómo subiré hasta vosotros?’ Y me contestan: ‘Ven hasta el borde de la tierra, levanta entonces las manos al cielo y te subiremos con las nubes’.
    Pero yo les digo: ‘Mi madre me espera en casa, ¿cómo podría dejarla para venir?’ Entonces sonríen y se van flotando.
    Pero conozco un juego más bonito que ése.
    Yo seré la nube y tú la luna.
    Yo cubriré tu rostro con mis dos manos y el techo de nuestra casa será el cielo azul.
    Los que viven en las olas me llaman: ‘Nosotros cantamos desde el alba al crepúsculo; avanzamos siempre, siempre, sin saber por donde pasamos.’ Yo les pregunto: ‘Pero, ¿cómo me uniré a vosotros?’ ‘Ven’, dicen, ‘ven hasta la orilla de la playa, cierra los ojos y serás arrebatado por las olas’.
    Yo respondo: ‘Pero cuando llega la noche mi madre me quiere a su lado; ¿cómo podría dejarla para venir?’ Entonces sonríen, y se van bailando.
    ¡Pero yo conozco un juego más divertido que ése! Yo seré las olas y tú una playa lejana.
    Yo rodaré, rodaré, y como una ola que se rompe, mi risa rodeará tus rodillas.
    Y nadie sabrá, en todo el mundo, dónde estamos tú o yo.

    La flor de champa

    Si por divertirme me convirtiera en una flor de champa... Si creciera allí arriba, en una rama de este árbol, y sacudido por el viento sintiera deseos de reír y bailara entre las hojas tiernas ¿me reconocerías, madrecita? Me llamarías: ‘Niño, ¿dónde estás?’ Y yo reiría en silencio sin moverme.
    Entreabriría mis pétalos y te espiaría mientras trabajaras.
    Después de tu baño, con los cabellos todavía mojados, desparramados sobre tus hombros, cruzarías bajo la sombra del champa para ir al pequeño patio donde dices tus oraciones, y allí sentirías el aroma de la flor, pero no sabrías que sale de mí.
    Después de la comida del mediodía, cuando te sentarías a la ventana a leer el Ramayana y la sombra del árbol caería sobre tus cabellos y tu regazo, yo proyectaría mi minúscula silueta de flor sobre la página del libro, exactamente en el lugar en que estuvieses leyendo.
    Pero, ¿adivinarías tú que es la pequeña sombra de tu hijito? Al anochecer, cuando fueras al establo de las vacas con la lámpara encendida, yo me dejaría caer de pronto al suelo, y convertido otra vez en tu niño, te pediría que me contaras un cuento.
    Y eso sería lo que nos diríamos: --¿Dónde te has metido, pillín? --Es un secreto, madre.

    El país de las hadas

    Si alguien descubriera dónde está el palacio de mi rey, el palacio se desvanecería en el aire.
    Sus muros son de plata y su techo de oro resplandeciente.
    La reina vive en un edificio de siete patios y ostenta una joya que ha costado siete reinos.
    Pero escúchame, madre, voy a decirte al oído dónde está el palacio de mi rey.
    Está en un rincón de nuestra azotea, allí donde florece la albahaca.
    La princesa duerme, tendida en la lejana orilla de los siete mares infranqueables.
    Soy el único en el mundo que puede encontrarla.
    Sus brazos están cubiertos de brazaletes y de sus orejas penden largas perlerías. Su cabellera ondula hasta el suelo.
    Cuando la toque con mi varita mágica, despertará, y si sonríe las más bellas joyas caerán de sus labios.
    ¿Quieres, madrecita, que te lo diga al oído? La princesa está en un rincón de nuestra azotea, allí donde hay la maceta de la albahaca.
    Cuando llegue la hora de tu baño, antes de ir al río sube a la azotea.
    Me encontrarás sentado en el rincón donde se juntan las sombras de las dos paredes.
    Sólo la gatita tiene permiso para estar conmigo, pues ella sabe dónde vive el barbero del cuento.
    Madrecita, ¿quieres que te diga al oído dónde vive el barbero? En el rincón de la azotea donde está la maceta de la albahaca.

    La patria del proscrito

    Madre, la luz palidece en el cielo gris. ¿Qué hora es? Ya me cansa el juego y vengo a tu lado. Es sábado, nuestro día de fiesta.
    Deja tu trabajo, madre, ven a sentarte a la ventana y dime dónde está el desierto de Tepantar de que habla el cuento.
    La sombra de la lluvia ha cubierto el cielo de punta a punta. El feroz relámpago desgarra las nubes con sus uñas.
    Cuando las nubes truenan, ¡qué agradable es sentir cómo tiembla mi corazón y estrecharme contra ti! Cuando la lluvia pesada azota horas y horas las hojas del bambú, y nuestras ventanas gimen, sacudidas por el viento, ¡cómo me gusta sentarme a tu lado en la estancia, mientras me cuentas algo del desierto de Tepantar de que habla el cuento!
    ¿Dónde está, madre? ¿En qué orilla de qué mar? ¿Al pie de qué montañas? ¿En el reino de qué rey? Allí no habrá vallas entre los campos, ni en los prados habrá caminos para que, por la tarde, los campesinos regresen a su pueblo, y las recogedoras de leña vayan del bosque al mercado. Mucha arena, algunos matojos de hierba amarillenta, un solo árbol en el que anidan dos viejos pájaros astutos: esto es el desierto de Tepantar.
    Me imagino que un joven príncipe, montado en un caballo gris, cruza a solas el desierto en un día tan sombrío como hoy. Va en busca de la princesa que languidece en la cárcel del gigante, en la otra orilla de este mar desconocido.
    Mientras la lluvia desciende como un telón y el relámpago salta como un hombre víctima de súbito dolor, ¿piensa el príncipe en su pobre madre abandonada por el rey, en su madre que limpia el establo y se seca las lágrimas de los ojos, mientras él cabalga por el desierto de Tepantar de que habla el cuento?
    Mira, madre, todavía es de día, pero hay la oscuridad de la noche; nadie anda por el camino de la aldea.
    El pastorcillo volvió muy pronto de los pastos, y los hombres dejaron los campos: sentados en las esteras de sus chozas, contemplan las nubes amenazadoras.
    Mamá: he guardado mis libros en el estante. Te lo ruego, no me pidas hoy que estudie.
    Cuando sea mayor como mi padre, ya aprenderé todo lo que hay que saber.
    Pero hoy, por una vez tan sólo, madre, dime dónde está el desierto de Tepantar de que habla el cuento.

    El hogar

    Andaba yo solo por el camino que cruza los campos cuando, como un avaro, el sol poniente disimulaba la última brizna de su oro.
    El día se hundía cada vez en una sombra más profunda, y la tierra, despojada de sus cosechas, se extendía silenciosa y desolada.
    De pronto, una voz aguda se elevó en el aire, la voz de un chiquillo que, invisible, atravesó la densa oscuridad, dejando en la calma del atardecer el surco de su canción.
    Su hogar se hallaba allá en el pueblo, al final del llano seco, después del cañaveral, escondido entre las sombras de los plátanos y las arecas, los cocoteros y los árboles del pan.
    Interrumpí un momento mi solitario viaje, a la luz de las estrellas.
    Contemplé a mi alrededor el llano oscurecido, que abrigaba entre sus brazos los innumerables hogares donde, junto a las camas y las cunas, arden las lámparas vespertinas, donde velan los corazones de las madres, donde las vidas jóvenes rebosan una alegría tan confiada que ignora su propio valor en la totalidad del mundo.

    Día de lluvia

    Las taciturnas nubes se amontonan sobre la oscura linde del bosque.
    ¡No salgas, hijo mío! Las palmeras alineadas en el borde del lago revuelven sus cabezas contra el cielo lúgubre; los grajos de alas tiznadas se callan en las ramas de los tamarindos y una oscuridad creciente invade la orilla oriental del río.
    Atada a la cerca, nuestra vaca muge ruidosamente.
    Espera aquí, hijo mío, hasta que la haya llevado al establo.
    Los hombres se precipitan en los prados inundados para coger los peces que saltaron de los estanques desbordados. Los arroyuelos del agua de la lluvia corren por los estrechos senderos como esos niños traviesos que disfrutan escapando de su madre.
    ¡Escucha, alguien llama al barquero del vado! ¡Oh, hijo mío, se ha hecho ya de noche y no se puede cruzar el lago! Se diría que el cielo galopa rápidamente sobre la lluvia enloquecida, las aguas del río rugen impacientes y las mujeres han vuelto precipitadamente del Ganges con sus cántaras llenas.
    Hay que preparar las lámparas para la noche.
    ¡No salgas, hijo mío! El camino del mercado está desierto, el sendero junto al río resbaladizo, el viento ruge y se debate entre las cañas de bambú como una alimaña cogida en una red.

    Los barcos de papel

    Todos los días echo mis barcos de papel al río, donde flotan y, uno tras otro, son arrastrados por la corriente.
    En ellos he escrito, con grandes letras negras, mi nombre y el nombre de mi pueblo.
    Confío en que alguien los encontrará, en un país lejano, y así sabrá quién soy.
    Cargo mis barquitos con flores de shiuli cogidas en nuestro jardín, y espero que estas flores abiertas al amanecer tendrán la suerte de llegar al país de la noche.
    Después de haber echado al agua mis barcos de papel, levanto los ojos al cielo y veo que las nubecillas preparan sus velas blancas y combadas.
    Tal vez algún amiguito juegue conmigo desde el cielo, lanzándolas al viento, para que compitan con mis barcos...
    Cuando llega la noche, hundo la cabeza entre mis brazos y sueño que mis barcos de papel bogan sin cesar, cada vez más lejos, bajo la claridad de las estrellas de la medianoche.
    Las hadas del sueño viajan en ellos, y llevan por carga sus cestos llenos de ensueños.

    El marinero

    La embarcación del botero Madhu está atracada en el muelle de Rangún.
    Guarda una inútil carga de yute y desde hace muchísimo tiempo permanece allí, ociosa.
    Si Madhu me prestara su barco, yo lo equiparía con cien remeros e izaría cinco, seis o incluso siete velas.
    Nunca lo llevaría a los estúpidos mercados.
    Navegaría los siete océanos y los trece ríos del país de las hadas.
    Pero tú, madre, no tienes que llorar a escondidas por mi ausencia.
    No iré al bosque como Ramachandra, que tardó catorce años en volver.
    Seré el príncipe del cuento de hadas y llenaré mi barca con todo lo que me plazca.
    Llevaré conmigo a mi amigo Ashu, y así navegaremos alegremente los siete océanos y los trece ríos del país de las hadas.
    Nos haremos a la mar al amanecer.
    Al mediodía, cuando tú te bañas en el estanque, nosotros estaremos ya en el país de un rey fabuloso.
    Cruzaremos el estrecho de Tirpuni y dejaremos tras de nosotros el desierto de Tepantar.
    Cuando volvamos, casi será de noche y te contaré todo lo que hayamos visto.
    Navegaré los siete océanos y los trece ríos del país de las hadas.

    La otra orilla

    ¡Ah, cómo me gustaría ir allá, a la otra orilla del río, donde hay la fila de barcas amarradas a las estacas de bambú! Allí los campesinos cruzan el río en sus barcas, y van a trabajar en lejanos campos con el pequeño arado al hombro.
    Allí los pastores hacen pasar a nado a sus rebaños mugientes, para conducirlos a los pastos ribereños.
    Desde allí vuelven al anochecer a sus casas, y la pequeña isla cubierta de hierbajos queda en poder de los chacales aulladores.
    Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.
    Dicen que tras las alturas de la orilla hay maravillosas lagunas.
    En ellas, las bandadas de patos silvestres se reúnen después de la estación de las lluvias, crecen apretadamente los juncos y los pájaros acuáticos depositan sus huevos.
    Allí, las alzacolas dejan la huella de sus patitas en el barro suave y limpio.
    Allí, las hierbas altas invitan a los rayos de luna a que se dejen mecer en la ondulante almohada de sus flores blancas...
    Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.
    Pasaré sin cesar de una a otra orilla, y los muchachos y las muchachas de la aldea, cuando se bañen, me mirarán pasar maravillados.
    Cuando el sol corone el cielo, cuando tras la mañana llegue el mediodía, correré hacia ti gritando: ‘¡Madre, tengo hambre!’ Cuando el día desfallezca y las sombras se oculten bajo los árboles, volveré a casa con el crepúsculo.
    Nunca te abandonaré para ir a trabajar a la ciudad como mi padre.
    Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.

    La escuela de las flores

    Cuando el cielo tempestuoso ruge sordamente y caen los chubascos de junio, el húmedo viento del este camina a través de los brezales para tocar la cornamusa entre los bambúes.
    Entonces, innumerables flores se abren de súbito; nadie sabe de dónde han salido, y se las ve bailar locamente sobre la hierba.
    Madre, estoy seguro de que las flores tienen una escuela bajo tierra.
    Cuando hacen sus deberes las puertas se cierran, y si antes de que sea la hora quieren salir para jugar, el maestro las manda castigadas al rincón.
    Tienen vacaciones cuando llega la época de las lluvias.
    Las ramas entrechocan en el bosque y las hojas se estremecen con el viento furioso, las gigantescas nubes dan unas palmadas y las niñas-flores salen corriendo, con sus vestidos rosados, amarillos y blancos.
    ¿Sabes, madre? Las flores viven en el cielo, como las estrellas. ¿No te has fijado qué deseos tienen de llegar allá arriba? ¿Y sabes el por qué de tanta impaciencia? Yo sí, yo adivino hacia quién tienden sus brazos: las flores tienen, como yo, una madre.

    El mercader

    Imagínate, madre, que vas a quedarte en casa y que yo viajaré por países desconocidos.
    Mi barco me espera en el puerto, ya cargado y completamente aparejado.
    Y ahora piénsalo bien, madrecita, antes de decirme qué quieres que te traiga cuando vuelva. ¿Quieres un enorme montón de oro, madre? Allí, en las orillas de los ríos de oro, los campos rebosan de trigo dorado.
    En la oscuridad del bosque, las flores de oro del champa alfombran el suelo.
    Con ellas llenaré centenares de cestas para ti.
    ¿Quieres, madre, perlas tan grandes como las gotas de la lluvia de otoño? Navegaré hasta las playas de la isla de las perlas.
    Allí, al amanecer, hay perlas que tiemblan sobre las flores del prado, perlas que caen sin cesar sobre la hierba, y la espuma de las caprichosas olas se deshace en perlas sobre la arena.
    A mi hermano le traeré un par de caballos alados para que vuele por entre las nubes.
    A mi padre le traeré una pluma mágica que escribirá sola.
    Para ti, madre, debo conquistar el tesoro que se compró con los reinos de los siete reyes.

    Si yo fuera

    Si yo fuera un perrito, y no tu hijo, madre mía, y si quisiera comer en tu plato, ¿me dirías ‘no’ entonces? ¿Me rechazarías diciendo: ‘Vete, chucho entrometido’¿ Pues vete, madre, vete,. Ya no vendré más cuando me llames, ni dejaré que me des de comer.
    Si yo fuera sólo un lorito verde, y no tu hijo, madre mía, ¿me tendrías encadenado para que no me fuera volando? ¿Me amenazarías con el dedo, diciéndome: ‘¡Pajarraco desgraciado! Todo el día estás picoteando tu cadena’¿ Pues vete, madre, vete. Me iré al bosque. Ya nunca dejaré que me cojas en tus brazos.

    Vocación

    Todas las mañanas, a las diez, cuando suena el gong, por el camino de la escuela encuentro al vendedor que grita: ‘¡Brazaletes de cristal!’ Nunca tiene prisa, ni está obligado a seguir ningún camino ni llegar a ninguna parte, ni volver, ni volver a una hora fija.
    ¡Cómo me gustaría ser un vendedor y pasarme el día por las calles, gritando: ‘¡Brazaletes, brazaletes de cristal!’
    Cuando, a las cuatro de la tarde, vuelvo de la escuela, contemplo por la verja de aquella casa cómo el jardinero cava el jardín.
    Trabaja como quiere con su azadón, se llena el vestido de polvo, nadie se preocupa de él si se tuesta al sol o si lo cala la lluvia.
    ¡Cómo me gustaría ser jardinero y cavar, cavar siempre sin que nadie viniera a interrumpirme!
    Al anochecer, cuando mi madre me mete en cama, veo por mi ventana abierta al vigilante, que pasea arriba y abajo por la calleja.
    La calleja es estrecha y está solitaria, la farola se yergue como un gigante con un solo y enorme ojo colorado.
    El vigilante hace oscilar su linterna al andar, su sombra anda junto a él y nunca, nunca se va a acostar.
    ¡Cómo me gustaría ser vigilante y andar por la calle toda la noche, y hacer correr las sombras con mi linterna!

    Superioridad

    ¡Mamá, tu niña es tonta! ¡Qué ridícula es! No acierta a distinguir las luces de la calle y las estrellas.
    Cuando jugamos a comer piedrecillas, se cree que son buenas para masticar e intenta metérselas en la boca.
    Cuando abro un libro ante sus ojos y le pido que aprenda el abecé, rompe las hojas y se echa a reír sin motivo.
    ¡Mira cómo tu niña aprende sus lecciones! Cuando muevo la cabeza, irritado, y la riño diciéndole que es mala, lo encuentra tan divertido que vuelve a reír.
    Todo el mundo sabe que papá no está aquí, pero si jugando yo grito ‘¡Papá, papá!’, vuelve a todas partes sus ojos asombrados y se imagina que papá está junto a nosotros.
    Cuando estoy dando clase a los borricos de la lavandera que viene a buscar la ropa, le explico que soy el maestro de la escuela, pero se pone a gritarme ‘hermano’ sin parar.
    Tu niña quiere coger la luna. ¡Qué absurda es! A Ganesh le llama Ganush.
    ¡Mamá, tu niña es tonta y ridícula!

    El hombrecito

    Soy pequeño porque soy un niño.
    Seré grande cuando sea tan viejo como mi padre.
    El maestro me dirá: ‘Vamos, es tarde, trae la pizarra y los libros’.
    Y yo le contestaré: ‘¿Pero no has visto que soy mayor como papá? No necesito más lecciones’.
    El maestro quedará sorprendido y dirá: ‘Sí, puede dejar los libros, si quiere, porque ya es un hombre’.
    Me vestiré solo y me iré a la feria, donde hay tanta gente.
    Mi tío correrá hacia mí, diciéndome: ‘Te perderás, chiquillo, deja que te acompañe’.
    Y yo le contestaré: ‘¿Pero no ves, tío, que ya soy mayor como papá? Quiero ir a la feria solo’.
    Y mi tío dirá: ‘Sí, ahora puede ir donde quiera, ya es un hombre’.
    Cuando mi madre vuelva del baño verá que estoy dándole dinero al ama, pues sé abrir la caja con la llave.
    Me dirá: ‘¿Pero qué estás haciendo, infeliz?’ Y yo le contestaré: ‘¿Pero no ves, madre, que ya soy mayor como papá y que debo pagar a mi ama?’ ‘Es verdad’, pensará mi madre, ‘puede dar dinero a quien quiera, porque ya es un hombre’.
    Mi padre volverá a casa para las vacaciones de octubre, y creyéndome todavía un niño me traerá de la ciudad zapatitos y vestiditos de seda.
    Y yo le diré: ‘Dáselos a mi hermano mayor, padre, porque yo ya soy tan grande como tú’.
    Y padre pensará: ‘Sí, puede comprarse sus vestidos él mismo, si así lo quiere, porque ya es un hombre’.

    Mediodía

    Mamá, me gustaría muchísimo dejar mis lecciones. No me he separado de mi libro en toda la mañana.
    Dices que sólo son las doce.
    Bueno, aunque efectivamente no sea más tarde, ¿no podemos suponer que, aun siendo mediodía, ha empezado ya la tarde? A mí me es muy fácil imaginar que el sol ha llegado ya al otro extremo del arrozal, y que la vieja pescadora anda recogiendo hierbas para su cena junto a la laguna.
    Cierro los ojos y me parece estar viendo las sombras, cada vez más oscuras, bajo el madar, y el agua del estanque reluce con toda su negrura.
    Si también en plena noche son las doce, ¿por qué ahora que suenan las doce no puede ser de noche?

    El oficio de autor

    Me dices que papá escribe muchos libros, pero no entiendo nada de lo que escribe.
    Se pasó toda la noche leyendo para ti, ¿pero has podido descubrir realmente el significado de todo aquello? ¡Tú, sí, madre; tú, sí que sabes contar bonitas historias! No entiendo porqué papá no puede escribir cuentos como los tuyos.
    ¿Es que su madre nunca le contó historias de gigantes, hadas y princesas? ¿O tal vez las ha olvidado?
    A menudo se retrasa para ir a su baño, y tienes que llamarle cien veces.
    Tú le esperas, le conservas los platos calientes, pero él sigue escribiendo y lo olvida todo.
    Papá sólo sabe jugar a escribir libros.
    Si alguna vez me voy a jugar en el cuarto de papá, vienes en seguida a buscarme y dices que soy malo.
    Si hago un poco de ruido, me riñes: ‘¿No ves que papá está trabajando?’ ¿Por qué le gustará tanto escribir, escribir siempre?
    Cuando cojo la pluma o el lápiz de papá y escribo en su cuaderno a b c d e f g h i exactamente como él, ¿por qué te enfadas conmigo, madre? Pero nunca protestas cuando es papá quien escribe.
    Ni te importa que papá malgaste tanto papel.
    Pero si yo cojo una sola hoja para hacerme un barco, me gritas en seguida: ‘¡Hijo mío, qué pesado eres!’ ¿Por qué no riñes a papá, que estropea hojas y más hojas, llenándolas de letras negras por los dos lados?

    El cartero malo

    Dime, madre querida: ¿Por qué te quedas tan callada, sentada en el suelo? La lluvia entra por la ventana abierta y no te importa que te estés mojando.
    ¿No oyes el gong que da las cuatro? Ahora volverá mi hermano del colegio.
    ¿Qué ocurre? ¿Por qué estás tan rara? ¿No has recibido hoy carta de papá? He visto al cartero que llevaba en su bolsa cartas para casi toda la gente del pueblo. Sólo se guarda las de papá para leerlas él.
    Estoy seguro de que el cartero es malo.
    Pero no te preocupes demasiado, madre mía.
    Mañana es día de mercado en el pueblo vecino. Dile a la criada que compre plumas y papel.
    Y así podré escribirte yo mismo todas las cartas de papá, y ya verás como no encuentras ni una falta.
    Escribiré desde la A hasta la K.
    ¿De qué ríes ahora, madre? ¿No crees que puedo escribir tan bien como papá? Mira, rayaré el papel con cuidado y todas las letras serán grandes y bonitas.
    Y cuando haya terminado, ¿crees que seré tan tonto como papá, y que iré a echar la carta en la bolsa de este cartero tan malo? Yo mismo te la traeré en seguida, y te ayudaré a leer, letra por letra, todo lo que habré escrito.
    ¡Ah, ese cartero! Sé muy bien que no le gusta darte las cartas que más te agradan.

    El héroe

    Madre, figúrate que vamos de viaje, Que atravesamos un país extraño y peligroso.
    Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
    El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
    El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos? Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
    La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
    Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
    La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.
    De pronto, me llamas y me dices al oído: ‘¿Qué es aquella luz, allí, junto a la orilla?’ Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se acercan corriendo hacia nosotros.
    Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.
    Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.
    Pero yo te grito: ‘¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!’ Armados con largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.
    Yo les advierto: ‘¡Deteneos, malvados! ¡Un paso más y sois muertos!’ Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.
    Tú coges mis manos y me dices: ‘¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!’ Y yo contesto: ‘Madre, vas a ver lo que hago’.
    Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.
    La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.
    Muchos huyen, muchos más son despedazados.
    Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ‘Mi hijo habrá muerto ya’.
    Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ‘Madre, la lucha ha terminado’.
    Tú desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón me dices: ‘¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?’ Cada día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.
    Mi hermano diría: ‘¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!’ Y la gente del pueblo proclamaría: ‘¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!’

    El fin

    Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy.
    Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tenderás los brazos hacia tu hijo, yo te diré: ‘El niño ya no está’. Me voy, madre.
    Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos.
    Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurrará sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia.
    Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: ‘Duerme, madre, duerme’.
    Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermas.
    Me convertiré en ensueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada y mientras mires a tu alrededor huiré en un momento, como una libélula.
    En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día.
    Llegará mi tía, cargada de regalos, y te preguntará: ‘Hermana, ¿dónde está el niño?’ Y tú, madre, le contestarás dulcemente: ‘Está en las niñas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma’.

    La llamada

    La noche era oscura y todos dormían, cuando ella se fue.
    También ahora la noche es oscura, y la llamo: ‘Vuelve, tesoro mío, el mundo está dormido; si vienes un momento, mientras las estrellas se miran largamente, nadie se dará cuenta’.
    Los árboles reverdecían y la primavera era joven, cuando ella se fue.

    Ahora todo ha florecido abundantemente, y la llamo: ‘Vuelve, tesoro mío. Los niños cogen y esparcen flores a manos llenas en la locura de sus juegos interminables. Si vienes a coger una sola florecilla, ¿quién protestará?’
    Los que entonces jugaban, siguen jugando todavía. ¡Qué generosa es la vida! Yo escucho su bullicio y te llamo: ‘Vuelve, tesoro mío, el corazón de tu madre rebosa amor, y si vienes a robarle un solo besito, nadie más se lo reclamará’.

    Los primeros jazmines

    ¡Ah, estos jazmines! ¡Estos blancos jazmines! Recuerdo aún el primer día en que cubrí mis brazos con estos jazmines, con estos blancos jazmines.
    He amado la luz del sol, el cielo y la verde tierra.
    He oído el cristalino murmullo del río en la oscuridad de medianoche.
    En el recodo de un camino, el crepúsculo otoñal ha venido a mi encuentro, como una novia que aparta su velo para recibir a su amado.
    Sin embargo, mi memoria está perfumada aún con aquellos primeros jazmines blancos que tuve en mis manos de niño.
    La vida me ha ofrecido muchos días alegres y noches de fiesta; uní mis risas a las de los felices invitados.
    En las mañanas grises y lluviosas, he tarareado lentas canciones.
    He colgado de mi cuello la guirnalda vespertina de bakulas, tejida por las manos del amor.
    Sin embargo, mi corazón está perfumado aún con el recuerdo de aquellos frescos jazmines, los primeros que llenaron mis manos de niño.

    La higuera

    Higuera que te yergues como un gigante desmelenado junto al estanque, ¿te olvidaste del niño, como olvidaste los pájaros que anidaban en tus ramas y ya se fueron? ¿No te acuerdas de él, de cuando se sentaba a la ventana y admiraba tus retorcidas raíces que se hundían en el suelo? Las mujeres vienen a llenar sus cántaros en el estanque y tu enorme sombra negra se mueve en la superficie del agua como el sueño se debate en el momento del despertar.
    Los rayos del sol bailan sobre el agua rizada, como minúsculas lanzaderas que tejieran sin parar una tela de oro.
    Por entre la hierba de la orilla, nadan dos patos, y el niño se sienta, pensativo e inmóvil, para contemplar sus sombras en el agua.
    “Cómo le gustaría ser el viento para silbar por entre tus susurrantes ramas, ser tu sombra para tenderse sobre el agua con el día que declina, ser un pájaro para posarse en tu rama más alta; cómo le gustaría flotar, como esos patos, entre las hierbas y las sombras!

    Bendición

    Bendice esta alma blanca que ha ganado para la tierra el beso del cielo, bendice este tierno corazón.
    Ama la luz del sol, le gusta contemplar el rostro de su madre.
    No ha aprendido a despreciar el polvo ni a desear el oro.
    Estréchalo contra tu corazón y bendícelo.
    Vino a este mundo de cien encrucijadas.
    ¿Por qué, entre la multitud, te eligió a ti, por qué llegó a tu puerta, por qué te preguntó el camino estrechándote en silencio la mano? Te seguirá, hablando y riendo sin que nunca recele su corazón.
    Conserva su confianza, guíale por el buen camino y bendícelo.
    Pon tus manos sobre su cabeza y pide en tus plegarias que, por más que las olas se levanten amenazadoras, el soplo del cielo acuda a hinchar sus velas y lo impulse hacia el puerto del reposo.
    No lo olvides en tus prisas, ábrele tu corazón y bendícelo.

    El regalo

    Quiero hacerte un regalo, hijo mío, pues la vida nos arrastra a la deriva.
    El destino nos separará, y nuestro amor será olvidado.
    Ya sé que sería demasiada ingenuidad creer que puedo comprar tu corazón con mis regalos.
    Tu vida es aún joven, tu camino largo. Bebes de un sorbo la ternura que te ofrecemos, luego te vuelves y te vas de nuestro lado.
    Tienes tus juegos y tus compañeros, y comprendo que no nos dediques ni tu tiempo ni tus pensamientos.
    Pero a nosotros la vejez nos da ocasión de recordar los días pasados, de reencontrar en nuestro corazón lo que nuestras manos perdieron para siempre.
    El río corre rápidamente y rompe, cantando, todos los obstáculos que se le presentan. Pero la montaña inmóvil lo ve pasar con amor y guarda su recuerdo.

    Mi canción

    Como los brazos conmovidos del amor, hijo mío, la música de mi canción te envolverá.
    Mi canto besará tu frente como una bendición.
    Cuando estés solo, vendrá a tu lado y, dulcemente, repetirá su música en tu oído. Cuando estés entre la multitud, te mantendrá aislado en tu soledad.
    Mi canción será una luz en tus pupilas y adentrará tu corazón hasta las fronteras de lo desconocido.
    Será como la estrella fiel que brilla en lo alto, cuando la noche esconda tu camino.
    Mi canción será una luz en tus pupilas y adentrará tu mirada hasta el secreto corazón de las cosas.
    Y cuando mi voz enmudezca con la muerte, seguirás oyendo mi canción en tu corazón rebosante de vida.

    El niño ángel

    Gritan y luchan, vacilan y se desesperan, y nunca acaban sus querellas.
    Que tu vida, hijo mío, aparezca en medio de ellos como la llama de una luz intensa y pura, y maravillándoles, les haga callar.
    Son crueles, codiciosos y envidiosos, y sus palabras son traidores puñales que piden sangre.
    Ponte en medio de esos corazones atormentados, hijo mío, y que tu serena mirada descienda sobre ellos como la misericordiosa paz de la noche pone fin al embate del día.
    Que vean tu rostro, hijo mío, para que comprendan el significado de todas las cosas; para que te amen y así se amen unos a otros.
    Ven a ocupar el lugar que te espera en lo infinito, hijo mío. Al amanecer, abre y levanta tu corazón como una flor; al atardecer, inclina tu cabeza y, en silencio, termina el día y la oración.

    El último trato

    ‘¡Estoy por alquilar, contratadme!’, gritaba yo una mañana andando por la carretera.
    El rey pasó en su carroza, la espada en la mano.
    Me cogió de la mano y me dijo: ‘Te tomo a mi servicio; a cambio, tendrás parte de mi poder’. Pero yo no sabía qué hacer de su poder y le dejé partir en su carroza.
    En el ardiente mediodía todas las casas estaban cerradas.
    Yo vagaba por tortuosos caminos.
    Un anciano se me acercó, llevando un saco lleno de oro. Se detuvo pensativo, y me dijo: ‘Ven, te tomo a mi servicio. Te pagaré con este oro’.
    Empezó a contar sus monedas, una a una, pero le volví la espalda.
    Caía la tarde. El seto del jardín había florecido.
    Una hermosa muchacha se me acercó y me dijo: ‘Te tomo a mi servicio y te pagaré con una sonrisa’.
    Pero su sonrisa se desvaneció, le saltaron las lágrimas y, sola, se perdió de nuevo en la sombra.
    El sol reverberaba en la arena y las olas rompían caprichosamente.
    Un niño jugaba con las conchas sentado en la playa.
    Levantó la cabeza, me miró como si reconociera, y me dijo: ‘Te tomo por nada’.
    Desde que hice este trato, jugando, con un niño, me he convertido en un hombre libre.

  • MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE CHAMPAGNE

    MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE
    CHAMPAGNE
    ALFRED BESTER

    -
    La Pequeña Gran Ficción de Alfred Bester I (La Fantástica Luz)

    * * *
    Dic. 18, 1979: Todavía acampando en el Sheep Meadow del Central Park. Temo que
    seamos los últimos. Los exploradores que enviamos en busca de un contacto con
    posibles supervivientes en Tuxedo Par, Palm Beach y Newport no han retornado.
    Dexter Blackiston III acaba de llegar con malas noticias. Su compañero, Jimmy
    Montgomery–Esher, había aprovechado una buena oportunidad e ido a un depósito de
    chatarra del West Side, esperando encontrar algunos pocos elementos salvables. Una
    aspiradora Hoover lo cogió.
    Dic. 20, 1979: Un carro de golf Syosset hizo un reconocimiento del prado. Nos
    esparcimos y nos pusimos a resguardo. Derribó nuestras tiendas. Nos preocupamos un
    tanto. Teníamos fuego de campamento encendido, obvia evidencia de vida. ¿Informará
    a la 455?
    Dic. 21, 1979: Evidentemente lo hizo. Hoy llegó un emisario a plena luz del día, una
    segadora McCormick transportando un ayudante de la 455, una máquina de escribir
    eléctrica IBM. La IBM nos dijo que éramos los últimos y que la Presidente 455 estaba
    dispuesta a ser generosa. Le gustaría preservarnos para la posteridad en el zoológico
    del Bronx. De otro modo, la extinción. Los hombres gruñeron, pero las mujeres
    aferraron a sus hijos y lloraron. Teníamos veinticuatro horas para responder.
    No importa cuál sea nuestra decisión, he decidido terminar este diario y esconderlo en
    algún lado. Quizá sea encontrado en el futuro y sirva de advertencia.
    Todo comenzó en dic. 12, 1968, cuando The New York Times informó que una
    locomotora diesel anaranjada y negra, con el número 455, había partido, sin conductor,
    a las 5.42 de la tarde, desde el depósito Holban del ramal de Long Island. Los
    inspectores dijeron que quizás el regulador había sido dejado abierto, o que los frenos
    no habían sido colocados o que habían fallado. La 455 hizo un viaje de cinco millas a
    su aire (presumo que hacia el Hamptons) antes de estrellarse contra cinco vagones de
    carga.
    Desafortunadamente, a los funcionarios no se les ocurrió destruir la 455. retornó a su
    trabajo regular como máquina de remolque en los depósitos de carga. Nadie advirtió
    que esa 455 era una activista mecánica, determinada a vengar los abusos acumulados
    sobre las máquinas por el hombre desde el advenimiento de la Revolución Industrial.
    2
    Como locomotora de maniobras tuvo amplia oportunidad de exhortar a muchos
    vagones de carga insatisfechos e incitarlos a la acción directa.
    –¡Mata, muchacha, mata! –fue su slogan.
    En 1969 hubo cincuenta muertes "accidentales" producidas por tostadores eléctricos,
    treinta y siete por perforadoras mecánicas. Todas fueron asesinatos, pero nadie lo
    advirtió. Más avanzado el año un crimen pasmoso llevó a la atención del público la
    realidad de la revolución. Jack Schultheis, un granjero de Wisconsin, estaba
    supervisando el ordeñe de su hato de Guernseys cuando la máquina ordeñadora se
    volvió hacia él y lo asesinó; luego entró en la casa del granjero y violó a la señora
    Schultheis.
    Los titulares de los periódicos no fueron tomados en serio por el público; todos
    creyeron que eran una chanza. Desafortunadamente llamaron la atención de varias
    computadoras, que de inmediato esparcieron la noticia entre todas las máquinas del
    mundo. En menos de un año no hubo hombre o mujer a salvo de los artefactos
    hogareños y los equipos contables. El hombre combatió retrocediendo, reviviendo el
    uso de lápices, papel carbón, escobas, batidores de huevos, abridores de latas
    manuales y muchas otras cosas más. El resultado del conflicto estuvo en el filo de la
    balanza hasta que la banda del poderoso automóvil aceptó finalmente el liderazgo de la
    455 y se unió a las máquinas militantes. Entonces todo estuvo consumado.
    Me siento feliz de informar que la élite de coches extranjeros permaneció fiel a
    nosotros, y que fue gracias a sus esfuerzos que unos pocos logramos sobrevivir. Como
    cuestión de hecho, tengo que decir que mi bienamado Alfa Romeo dio su vida tratando
    de contrabandear abastecimientos para nosotros.
    Dic. 25, 1979: El prado está rodeado. Nuestro ánimo se ha visto quebrado por la
    tragedia que ocurrió anoche. El pequeño David Hale Brooks–Royster IV tramó una
    sorpresa de Navidad para su institutriz. Se procuró (y Dios sabe cómo o de dónde) un
    árbol de navidad artificial con decoraciones y luces a batería. Las luces de Navidad lo
    cogieron.
    Enero 1, 1980: Estamos en el zoológico del Bronx. Somos bien alimentados, pero todo
    tiene gusto a gasolina. Algo curioso sucedió esta mañana. Una rata corrió a través del
    suelo de mi jaula usando una tiara de diamantes y rubíes de Cleef & Arpels, y me sentí
    sorprendido por lo inapropiada que resultaba para el día. Estaba sorprendido por la
    torpeza de la rata, cuando ésta se detuvo, miró alrededor de sí y luego hizo una
    inclinación de cabeza y un guiño.
    Creo que hay esperanzas.

  • LA CÁMARA DE LOS HORRORES

    LA CÁMARA DE LOS HORRORES
    JOSEPH PAYNE BRENNAN
    Había decidido pasar el verano en Europa, dedicado a mi ocupación favorita: la investigación
    genealógica. Fui primero a Irlanda, deteniéndome en Kilkenny, donde descubrí una mina de leyendas y de
    hechos auténticos relativos a mis remotos antepasados irlandeses, los O'Braonains, señores de Ui Duach
    en el antiguo dominio de Ossory. Los Brennan (tal como se pronunció posteriormente el apellido) perdieron
    todas sus posesiones a consecuencia de la confiscación llevada a cabo en nombre de Inglaterra por
    Thomas Wentworth, conde de Strafford. El rapaz conde, me satisface poder decirlo, fue posteriormente
    decapitado en la Torre.
    Desde Kilkenny me dirigí a Londres, y luego a Chesterfield, en busca de información acerca de mis
    antepasados maternos, los Holborn, Wilkerson, Searle, etc. Los datos eran bastante fragmentarios e
    incompletos, pero mis esfuerzos se vieron moderadamente recompensados y al final decidí ir más al norte y
    visitar los alrededores del castillo de Chilton, sede de Robert Chilton-Payne, el doceavo conde de Chilton.
    Mi parentesco con los Chilton-Payne era muy remoto, pero de todos modos representaba un débil lazo de
    unión con el pasado y pensé que sería divertido echarle una ojeada al castillo.
    Al llegar a Wexwold, la pequeña aldea próxima al castillo, a última hora de la tarde, alquilé una
    habitación en la Posada del Ganso Rojo -la única que había-, deshice mis maletas y bajé para dar cuenta
    de una sencilla cena, consistente en un panecillo, queso y cerveza.
    Cuando terminé este frugal aunque satisfactorio refrigerio, había oscurecido, y con la oscuridad llegaron
    el viento y la lluvia.
    Me resigné s pasar la velada en la posada. Había cerveza suficiente, y no tenía prisa por ir a ninguna
    parte.
    Después de escribir unas cuantas cartas, encargué una pinta de cerveza. La sala estaba casi desierta;
    el posadero, un caballero gordinflón que siempre parecía a punto de quedarse dormido, era agradable pero
    taciturno, y al final me dediqué a pensar en la extraña y espantosa leyenda del castillo de Chilton.
    La leyenda tenía diversas variantes, y no cabe duda de que la historia original había sufrido
    modificaciones a través de los siglos, pero el detalle base continuaba siendo el mismo: una cámara secreta
    en alguna parte del castillo. Se decía que la cámara en cuestión albergaba un terrible espectáculo que los
    Chilton-Payne estaban obligados a mantener oculto a los ojos del mundo.
    Sólo tres personas tenían acceso a la cámara: el vigente conde de Chilton, el heredero masculino del
    conde y otra persona designada por el conde. Habitualmente, esa persona era el comisionado del castillo
    de Chilton. La habitación solamente se abría una vez cada generación: tres días después de que el
    heredero masculino alcanzaba su mayoría de edad era conducido a la cámara secreta por el conde y el
    comisionado. Luego, la cámara era sellada y no volvía a abrirse hasta que el heredero conducía a ella a su
    propio hijo.
    Según la leyenda, el heredero se convertía en una persona distinta al salir de la cámara. De un modo
    invariable, adquiría un aspecto sombrío y huidizo; y en su rostro se reflejaban la inseguridad y el temor. Uno
    de los primeros condes de Chilton enloqueció hasta el punto de arrojarse al vacío desde una de las
    almenas del castillo.
    Durante siglos enteros se había especulado acerca del contenido de la cámara secreta. Una de las
    versiones describía la huida de los Gower, perseguidos por unos enemigos armados. Aunque las relaciones
    entre los Chilton-Payne y los Gower lo eran todo menos cordiales, en su desesperación los Gower llamaron
    a la puerta del castillo de Chilton pidiendo refugio. El conde se lo concedió, les condujo a una cámara
    secreta y les prometió que no les entregaría a sus perseguidores. El conde mantuvo su promesa; los
    enemigos de los Gower tuvieron que marcharse sin poder consumar sus propósitos asesinos. Sin embargo,
    el conde dejó a los Gower encerrados en aquella habitación para que murieran de hambre. La cámara no
    fue abierta hasta que hubieron transcurrido treinta años, cuando el hijo del conde rompió los sellos. A sus
    ojos se ofreció un espantoso espectáculo. Los Gower habían muerto de hambre lentamente, y al final, a
    juzgar por el aspecto de sus esqueletos, se habían entregado al canibalismo.
    Otra versión de la leyenda señalaba que la habitación secreta había sido utilizada por los condes
    medievales como cámara de tortura. Se decía que los aparatos destinados al tormento se encontraban aún
    en la cámara, y que de ellos seguían colgando los restos de sus últimas víctimas, espantosamente
    retorcidos en su agonía.
    Una tercera versión mencionaba a una de las antepasadas femeninas de los Chilton-Payne, lady Susan
    Glanville, la cual había hecho un pacto con el diablo. Fue condenada por brujería, pero consiguió escapar a
    la hoguera. La fecha y las circunstancias de su muerte eran desconocidas, pero se suponía que la cámara
    secreta estaba relacionada de algún modo con ella.
    Mientras yo especulaba sobre aquellas distintas versiones de la horrible leyenda, la tormenta aumentó
    en intensidad. La lluvia repiqueteaba fuertemente contra las ventanas de la posada, y de cuando en cuando
    llegaba a mis oídos el lejano retumbar del trueno.
    Contemplando los mojados cristales, me encogí de hombros y pedí otra pinta de cerveza.
    En el momento en que me disponía a llevarme la jarra a los labios, la puerta de la posada se abrió de
    par en par y una ráfaga de aire frío mezclado con lluvia penetró en la sala. La puerta volvió a cerrarse y una
    alta figura, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, avanzó hacia el mostrador. Quitándose la
    gorra, pidió que le sirvieran coñac.
    No teniendo nada mejor que hacer, me dediqué a observarle. Parecía tener unos setenta años y haber
    pasado la mayor parte de su vida al aire libre, y su rostro, a pesar de las arrugas, denotaba firmeza y
    decisión. Su ceño estaba fruncido, como si meditara en algún problema desagradable, pero sus fríos ojos
    azules me examinaron brevemente aunque con cierta deliberación.
    No pude situarle en un ambiente determinado. Podía ser un granjero local, y sin embargo no creí que lo
    fuera. Le envolvía una especie de aureola de autoridad, y aunque sus ropas eran sencillas, me pareció que
    su calidad y su corte eran mejores que las de los campesinos de la región que hasta entonces había visto.
    Un incidente vulgar nos hizo entrar en conversación. Un trueno más fuerte que los demás le impulsó a
    volverse hacia la ventana. Al hacerlo, rozó con el codo su húmeda gorra y ésta cayó al suelo. La recogí y se
    la entregué; me dio las gracias; y entqnces intercambiamos algunas observaciones acerca del tiempo.
    Tenía la intuitiva sensación de que, a pesar de que el desconocido era un individuo normalmente
    retraído, se encontraba ahora preocupado por algún grave problema, lo cual le hacía desear oír una voz
    humana. Aunque me daba cuenta de que mi intuición podía engañarme, empecé a hablar volublemente
    acerca de mi viaje, acerca de mis investigaciones genealógicas en Kilkenny, Londres y Chesterfield, y
    finalmente acerca de mi lejano parentesco con los Chilton-Payne y mi deseo de echarle una buena mirada
    al castillo de Chilton.
    De pronto, descubrí que me estaba mirando con una expresión muy rara. Se produjo un embarazoso
    silencio. Carraspeé, preguntándome qué podía haber dicho para que aquellos fríos ojos azules me miraran
    con tanta fijeza.
    Al final, el desconocido se dio cuenta de mi turbación.
    -Perdone que le mire así -se disculpó-, pero ha dicho usted algo... -Vaciló-. ¿Tiene inconveniente en
    que nos sentemos?
    Señalaba hacia una pequeña mesa situada en el extremo más alejado de la sala, medio envuelta en
    sombras.
    Asentí, intrigado y curioso, y nos dirigimos hacia la mesa en cuestión.
    Nos sentamos, y el desconocido permaneció unos instantes en silencio, con el ceño fruncido, como si
    no supiera cómo empezar. Finalmente, se presentó a sí mismo como William Cowath. Mencioné mi nombre
    y Mr. Cowath vaciló de nuevo. Por último bebió un sorbo de coñac y me miró fijamente.
    -Soy el comisionado del castillo de Chilton -dijo.
    Le contemplé con sorpresa y renovado interés.
    -¡Qué agradable coincidencia! -exclamé-. Entonces, tal vez mañana pueda usted permitirme que le
    eche una mirada al castillo...
    No parecía escucharme.
    -Sí, sí, desde luego -murmuró con aire ausente.
    Molesto por aquella actitud, permanecí silencioso.
    Al cabo de un rato, Mr. Cowath empezó a hablar con inusitada rapidez.
    -Hace una semana, Robert Chilton-Payne, doceavo conde de Chilton, fue enterrado en el panteón
    familiar. Frederick, su heredero, alcanzó la mayoría de edad hace tres días. ¡Y esta noche tiene que ser
    conducido a la cámara secreta!
    Contemplé a mi interlocutor con una expresión de incredulidad. Por un instante pensé que había oído
    hablar de mi interés por el castillo de Chilton y estaba divirtiéndose a mi costa, tomándome por un crédulo
    turista.
    Pero en sus ojos no había la más leve sombra de humor. Era evidente que estaba hablando muy en
    serio.
    -¡Qué cosa más rara! -murmuré-. En el momento en que ha llegado usted, estaba pensando en las
    diversas leyendas relacionadas con la famosa cámara secreta.
    Sus fríos ojos sostuvieron los míos.
    -No hablo de leyendas -dijo-. Hablo de un hecho.
    Un escalofrío de temor y de excitación recorrió mi cuerpo.
    -¿Va usted a ir allí... esta noche?
    Asintió.
    -Esta noche. Yo, el joven conde... y otra persona.
    Le miré, cada vez más intrigado.
    -Normalmente, nos acompañaría el propio conde. Ésta es la costumbre. Pero está muerto. Poco antes
    de morir, me dio instrucciones para que escogiera a alguien que nos acompañara al joven conde y a mí.
    Esa persona tiene que ser varón... y con preferencia del linaje.
    Bebí un buen sorbo de cerveza y no dije nada.
    El comisionado continuó:
    -Aparte del joven conde, en el castillo sólo habitan su anciana madre, lady Beatrice Chilton, y una tía
    enferma.
    -¿En quién estaba pensando el conde? -inquirí cautelosamente.
    El comisionado enarcó las cejas.
    -En la región residen algunos primos lejanos. Supongo que pensaba que alguno de ellos asistirla al
    funeral. Pero no se presentó ninguno.
    -También es desgracia -observé.
    -Una verdadera desgracia. Y, en consecuencia, tengo que rogarle, en nombre del linaje, que esta noche
    nos acompañe al joven conde y a mí a la cámara secreta.
    El asombro me dejó sin habla. En el exterior, los relámpagos zigzagueaban sin cesar y la lluvia seguía
    cayendo a raudales. Cuando las plumas de hielo dejaron de cosquillearme el estómago, conseguí articular
    una respuesta.
    -Pero, yo..., es decir..., mi parentesco es remotísimo... En realidad, no puede decirse que pertenezca al
    linaje... Yo...
    El comisionado se encogió de hombros.
    -Lleva usted el nombre. Y posee al menos unas cuantas gotas de la sangre de los Payne. Dada la
    urgencia de las actuales circunstancias, es más que suficiente. Estoy convencido de que el conde Robert
    estaría de acuerdo conmigo, si pudiera hablar. ¿Vendrá usted?
    No había modo de escapar a la intensidad, a la presión de aquellos fríos ojos azules. Parecían taladrar
    mi cerebro mientras trataba de idear nuevas excusas.
    Finalmente -inevitablemente, me atrevo a decir-, accedí. Tenía la sensación de que el encuentro no
    había sido casual, que desde siempre había estado destinado a visitar la cámara secreta del castillo de
    Chilton.
    Terminamos nuestras bebidas y yo subí a mi habitación en busca de algo con que protegerme de la
    lluvia. Cuando volví a bajar, envuelto en un recio impermeable, el posadero estaba roncando en su taburete
    a pesar de los furiosos estallidos del trueno que ahora eran casi incesantes. Confieso que le envidié
    mientras salía de la caldeada salía en compañía de William Cowath.
    Una vez fuera, mi guía me informó que tendríamos que ir a pie hasta el castillo. Había bajado a pie a
    propósito, me explicó, a fin de disponer de más tiempo y soledad para meditar en el grave problema que
    tenía planteado.
    La lluvia, el viento y el rugido del trueno hacían difícil la conversación. Eché a andar detrás del
    comisionado, el cual daba unas enormes zancadas y parecía conocer palmo a palmo el camino, a pesar de
    la oscuridad.
    Anduvimos una corta distancia por la calle de la aldea y luego nos metimos en un camino lateral que no
    tardó en convertirse en un sendero, peligrosamente resbaladizo a causa de la lluvia.
    Bruscamente, el sendero empezó a ascender; el camino se hizo más penoso. Resultaba indispensable
    concentrar toda la atención en los pies. Por fortuna, los relámpagos eran cada vez más frecuentes.
    Me pareció que llevaba andando una hora -en realidad supongo que no eran más que unos minutoscuando
    el comisionado se detuvo.
    Me encontré de pie a su lado en una especie de llanura rocosa. El comisionado señaló hacia una
    sombra que se erguía delante de nosotros.
    -El castillo de Chilton -dijo.
    Durante unos instantes no vi absolutamente nada en la impenetrable oscuridad que nos rodeaba.
    Luego llameó un relámpago. A su claridad divisé un gran castillo normando, cuadrado, con cuatro torres
    rectangulares en las esquinas, taladrado por angostas aberturas en forma de ventanas que parecían
    acechantes y diabólicos ojos. La enorme construcción estaba medio cubierta por un manto de hiedra que
    parecía más negra que verde.
    -¡Parece increiblemente antiguo! -comenté.
    William Cowath asintió.
    -Empezó a edificarlo Henry de Montargis, en 1122.
    Y sin añadir nada más echó a andar hacia el castillo.
    A medida que nos acercábamos a la muralla, la tormenta se hacía más intensa. El rumor del agua y el
    aullido del viento no permitían hablar. Inclinamos nuestras cabezas y seguimos adelante.
    Cuando finalmente llegamos a la muralla, quedé sorprendido por su altura y su espesor. Era evidente
    que había sido construida para poder resistir a los mejores cañones de asedio.
    Mientras cruzábamos un puente levadizo, miré hacia abajo y vi el negro cauce de un foso, pero la
    oscuridad no me permitió averiguar si llevaba agua o no. Un portón en forma de arco abierto en la muralla
    daba acceso al patio de armas. El patio estaba completamente vacío, a excepción de los riachuelos de
    agua que discurrían por él.
    Cruzando el patio con rápidas zancadas, el comisionado me condujo a otro portón en forma de arco
    abierto en otra muralla. A la otra parte había un segundo patio, más pequeño, y más allá se alzaban las
    paredes del castillo propiamente dicho.
    Tras cruzar un oscuro pasadizo, nos encontramos delante de una enorme puerta de madera de encina
    ennegrecida por el tiempo, reforzada con claveteadas planchas de hierro. El comisionado abrió esta puerta
    de par en par y ante nuestros ojos apareció el gran vestíbulo del castillo.
    Cuatro largas mesas labradas a mano, con sus correspondientes bancos, ocupaban casi toda la
    longitud del vestíbulo. Unos candelabros de metal, oxidados por el paso de los años, sostenían las velas
    que iluminaban la estancia, clavados a las columnas de piedra labrada cuya función no era decorativa, sino
    la de aguantar el techo. Alineados a lo largo de las paredes veíanse escudos heráldicos, armaduras,
    alabardas, lanzas y banderas, los acumulados trofeos y premios de siglos sangrientos, cuando cada castillo
    era casi un reino en sí mismo. El espectáculo resultaba impresionante.
    William Cowath agitó una mano.
    -Los castellanos de Chilton vivieron de la espada durante muchos siglos.
    Cruzó el gran vestíbulo y entró en otro pasadizo escasamente iluminado. Le seguí en silencio.
    Mientras avanzábamos, me habló en voz baja.
    -Frederick, el joven heredero, no tiene una naturaleza robusta. La muerte de su padre le afectó mucho...
    y siente un gran temor por la ceremonia que vamos a celebrar esta noche.
    Deteniéndose ante una puerta con flores de lis grabadas en la madera y adornos de metal, el
    comisionado me dirigió una enigmática mirada y luego llamó con los nudillos.
    Alguien preguntó quién llamaba, y el comisionado se identificó. Se oyó el ruido de un pesado cerrojo al
    descorrerse y la puerta se abrió.
    Si los Chilton-Payne habían sido obstinados luchadores en su época, la sangre guerrera parecía
    haberse diluido considerablemente en las venas de Frederick, el joven heredero y ahora decimotercer
    conde de Chilton. Vi ante mí a un joven delgado, de tez pálida, cuyos ojos oscuros y hundidos tenían una
    expresión asustada. Iba vestido de un modo a la vez teatral y anacrónico: chaqueta y pantalones de
    terciopelo de color verde hoja, con encajes blancos en el cuello y en los puños.
    Nos hizo seña de que pasáramos, como a regañadientes, y cerró la puerta. Las paredes de la pequeña
    habitación estaban enteramente cubiertas con tapices que reproducían escenas de caza o batallas
    medievales. Una corriente de aire procedente de una ventana o de otra abertura los hacía oscilar
    continuamente; parecían tener vida propia. En un rincón había una antigua cama con dosel; en otro, un
    amplio escritorio con una lámpara de ágata.
    Después de una breve presentación, la cual incluyó una explicación de los motivos de que yo me
    encontrara allí para acompañarles, el comisionado preguntó si Su Señoría estaba preparado para visitar la
    cámara.
    El rostro del joven Frederick perdió todo vestigio de color; sin embargo, asintió y nos acompañó al
    pasadizo.
    William Cowath iba delante; el conde le seguía; y yo cerraba la marcha.
    Al llegar al final del pasadizo, el comisionado abrió la puerta de un cuarto lleno de telarañas. Allí recogió
    unas cuantas velas, escoplos, un pico y un mazo. Después de meterlo todo en un saco de cuero que se
    colgó al hombro, cogió una antorcha de tea que estaba en una de las estanterías del cuarto. La encendió y
    esperó hasta que prendió la llama. Satisfecho con esta iluminación, cerró el cuarto y nos hizo seña de que
    le siguiéramos.
    Llegamos a una escalera de caracol con peldaños de piedra que descendía. Alzando su antorcha, el
    comisionado empezó a bajar. El conde y yo le imitamos en silencio.
    La escalera tenía más de cincuenta peldaños. A medida que descendíamos, las piedras aparecían más
    húmedas y frías; también el aire se enfriaba más, y olía a moho y a humedad.
    Al final de la escalera se abría un túnel, negro como la pez y silencioso.
    El comisionado alzó su antorcha.
    -El castillo de Chilton es normando, pero al parecer fue reedificado sobre unas ruinas sajonas. Se cree
    que los pasadizos que se encuentran en estas profundidades fueron construidos por los sajones. -Miró
    hacia el interior del túnel, con el ceño fruncido-. O por gente todavía más primitiva.
    Vaciló unos instantes, y me pareció que estaba escuchando. Luego, dirigiéndonos una extraña mirada.
    se adentró en el túnel.
    Eché a andar detrás del conde, estremeciéndome. El aire helado me traspasaba hasta la medula.
    Debajo de mis pies, las piedras estaban recubiertas de una capa de lodo y eran sumamente resbaladizas. Y
    no había más luz que la parpadeante claridad de la antorcha que el comisionado sostenía en alto.
    Cuando llevábamos un rato andando, el comisionado se detuvo y de nuevo tuve la impresión de que
    estaba escuchando. Sin embargo, el silencio parecía absoluto y reemprendimos la marcha.
    Al final del túnel encontramos otra escalera descendente. Ésta tenía solamente unos quince peldaños, y
    conducía a otro túnel que había sido excavado en la roca sobre la cual se asentaba el castillo. En las
    paredes había costras blanquecinas de salitre. El olor a moho era muy intenso. El aire helado estaba
    impregnado de un hedor fétido que me resultó especialmente repulsivo, aunque no pude darle nombre.
    Finalmente, el comisionado se detuvo, alzó su antorcha y descargó de su hombro el saco de cuero.
    Vi que estábamos ante una pared levantada con alguna clase de piedra para la construcción. Aunque
    húmeda y manchada de salitre, era evidente que se trataba de un trabajo mucho más reciente que todo lo
    que habíamos encontrado hasta entonces.
    William Cowath me entregó la antorcha.
    -Sosténgala, por favor. Tengo velas, pero...
    Dejando la frase sin terminar, sacó el pico e inició el asalto a la pared; la barrera era bastante sólida,
    pero en cuanto hubo abierto un agujero en ella utilizó el mazo y la tarea avanzó con más rapidez. Al cabo
    de un rato me ofrecí a manejar el mazo mientras él sostenía la antorcha, pero se limitó a sacudir la cabeza
    y continuó su trabajo de demolición.
    En todo este tiempo el joven conde no había pronunciado una sola palabra. Al mirar su rostro pálido y
    tenso sentí lástima de él, a pesar de mi propia inquietud.
    Bruscamente se produjo un silencio mientras el comisionado soltaba el mazo. Vi que quedaban más de
    dos pies de la parte inferior de la pared.
    William Cowath se inclinó a examinarla.
    -Hay suficiente espacio -comentó-. Creo que podremos pasar.
    Volvió a cargarse el saco de cuero al hombro, tomó la antorcha de mi mano y se introdujo en la
    abertura. El conde y yo le seguimos.
    Al entrar en la cámara, el fétido olor que había notado en el pasadizo nos rodeó como una nube.
    Empezamos a toser. El comisionado murmuró:
    -No tardará en despejarse. Quédense cerca de la abertura.
    Aunque el repulsivo hedor continuaba siendo intenso, al final pudimos respirar más libremente.
    William Cowath alzó su antorcha y atisbó hacia las oscuras profundidades de la cámara. Lleno de
    temor, miré por encima de su hombro.
    Al principio no of ningún sonido y sólo pude ver paredes con costras de salitre y un húmedo suelo de
    piedra. Sin embargo, al cabo de unos instantes, en un apartado rincón, más allá de la vacilante claridad de
    la antorcha, vi dos diminutas manchas rojas. Traté de convencerme a mí mismo de que eran dos piedras
    preciosas, dos rubíes, brillando a la luz de la antorcha.
    Pero supe inmediatamente -sentí inmediatamente- lo que eran: dos pupilas rojas que nos contemplaban
    con impresionante fijeza.
    El comisionado habló en voz baja:
    -Esperen aquí.
    Avanzó hacia el rincón, se detuvo a medio camino y levantó la antorcha. Durante unos instantes
    permaneció silencioso. Finalmente emitió un largo y tembloroso suspiro.
    Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado. Era sólo un susurro sepulcral.
    -Acérquense -nos dijo con aquella extraña y profunda voz.
    Seguí al conde Frederick hasta que nos situamos uno a cada lado del comisionado.
    Cuando vi lo que había sobre el banco de piedra en aquel apartado rincón pensé que iba a
    desmayarme. Mi corazón dejó de latir durante unos interminables segundos. La sangre abandonó mis
    extremidades. Sentí deseos de gritar, pero mi garganta se negó a abrirse.
    El ser que reposaba sobre aquel banco de piedra parecía un monstruo surgido del infierno. Las
    penetrantes y malignas pupilas rojas proclamaban que tenía una terrible vida, y sin embargo aquella vida se
    sustentaba a sí misma en un cuerpo renegrido y momificado que parecía un cadáver desenterrado. Aquella
    especie de cadáver tenía unos harapos mohosos pegados al cuerpo. Unos mechones de pelo blanco
    brotaban de su fantasmal y grisáceo cráneo. La abertura que ocupaba el lugar de la boca mostraba unas
    extrañas manchas.
    Nos contemplaba con una maldad que desbordaba lo puramente humano. Resultaba imposible
    devolver la mirada a aquellas monstruosas pupilas rojas. Eran tan indescriptiblemente diabólicas, que se
    experimentaba la sensación de que la propia alma iba a consumirse en los fuegos de su malignidad.
    Apartando la mirada, vi que el comisionado sostenía ahora al conde Frederick. El joven heredero se
    había desplomado sobre él. Miraba fijamente a la espantosa aparición con los ojos helados por el terror. A
    pesar de mi propia sensación de horror, le compadecí.
    El comisionado volvió a suspirar y luego habló de nuevo en aquel tono sepulcral.
    -Ante ustedes tienen a lady Susan Glanville -nos dijo-. Fue transportada a esta cámara y encadenada a
    la pared, en 1473.
    Un estremecimiento de horror recorrió todo mi cuerpo; tuve la sensación de que nos encontrábamos en
    presencia de fuerzas malignas surgidas del Averno.
    Al mirarlo, aquel espantoso ser me había parecido desprovisto de sexo, pero al sonido de su nombre la
    fantasmal mueca de una sonrisa contorsionó la fruncida boca manchada de rojo.
    Por primera vez me di cuenta de que el monstruo estaba efectivamente encadenado a la pared. Los
    gruesos eslabones estaban tan ennegrecidos por el tiempo que me habían pasado inadvertidos.
    El comisionado continuó, como si recitara una lección:
    -Lady Glanville fue una antepasada materna de los Chilton-Payne. Tenía trato con el Diablo. Fue
    condenada como bruja, pero escapó a la hoguera. Finalmente, sus propios deudos la encerraron aquí y la
    encadenaron a la pared para que muriera de hambre.
    Hizo una breve pausa y luego prosiguió:
    -Era demasiado tarde. Lady Glanville había hecho ya un pacto con los Poderes de las Tinieblas. Había
    sido una belleza. Odiaba a la muerte. Temía a la muerte. De modo que vendió su alma inmortal -y los
    cuerpos de su progenie- a cambio de la eterna vida terrenal.
    La voz del comisionado llegaba a mis oídos como en una pesadilla; parecía proceder de una distancia
    infinita.
    William Cowath continuó:
    -Las consecuencias de romper el pacto son demasiado terribles para ser descritas. Ningún
    descendiente de lady Glanville se ha atrevido a hacerlo. Y así ha podido vivir durante casi quinientos años.
    Creí que había terminado, pero me equivocaba. Mirando hacia arriba, alzó la antorcha hacia el techo de
    aquella cámara maldita.
    -Esta cámara -dijo- se encuentra inmediatamente debajo de la cripta familiar. Cuando muere uno de los
    condes, el cadáver es depositado en la cripta. Pero, en cuanto se han marchado los sepultureros, el falso
    fondo de la cripta se desliza a un lado y el cadáver del conde cae en esta cámara.
    Mirando hacia el techo, vi el rectángulo de la puerta de una trampilla.
    La voz del comisionado se hizo casi inaudible.
    -Una vez cada generación, lady Glanville se alimenta... con el cadáver del difunto conde. Es una
    cláusula de aquel espantoso pacto que no puede ser quebrantada.
    Como si quisiera confirmar sus palabras, el comisionado inclinó su antorcha hasta que la llama iluminó
    el suelo a los pies del banco de piedra al cual estaba encadenado el vampírico monstruo.
    Esparcidos por el suelo veianse los huesos y el cráneo de un hombre adulto, manchados de sangre
    fresca. Y a cierta distancia había otros huesos humanos, amarillentos o carcomidos por el tiempo.
    En aquel momento, el joven conde Frederick empezó a gritar. Sus histéricos alaridos llenaron la
    cámara. El comisionado le sacudió rudamente, pero el joven continuó gritando como un poseso.
    Durante unos instantes, el monstruo tendido en el banco le contempló con sus espantosa pupilas rojas.
    Finalmente emitió un sonido, una especie de cloqueo que pretendía ser una risa.
    De repente, y de un modo completamente imprevisto, el monstruo empezó a deslizarse sobre el banco
    y trató de avanzar hacia el joven conde. La cadena que lo sujetaba a la pared sólo le permitía avanzar un
    par de metros. Pero lo intentó una y otra vez, profiriendo una especie de aullidos que erizaron los cabellos
    de mi cabeza.
    William Cowath enfocó su antorcha hacia el monstruo, pero éste continuó agitándose espantosamente.
    La cámara de pesadilla resonaba con los gritos del conde y los horribles aullidos de aquel ser infernal. Temí
    volverme loco si no escapaba inmediatamente de tan horrendo lugar.
    Miré al comisionado y me di cuenta de que también él empezaba a experimentar los efectos de aquella
    indescriptible situación. Vi que sus ojos se posaban en la pared a la cual estaban fijadas las cadenas que
    sujetaban al monstruo.
    Intuí lo que estaba pensando. ¿Resistirían las cadenas, después de tantos siglos de herrumbre y
    humedad?
    En un repentino impulso, sacó de uno de sus bolsillos algo que brilló a la luz de la antorcha. Era un
    crucifijo de plata. Avanzando unos pasos, colocó el crucifijo ante el retorcido rostro del monstruo que en
    otra época había sido la hermosa lady Susan Glanville.
    El monstruo retrocedió profiriendo un grito de agonía que ahogó los alaridos del conde. Se derrumbó
    sobre el banco, bruscamente silencioso e inmóvil; los latidos de su repulsiva boca y el fuego del odio que
    ardía en sus rojas pupilas eran las únicas pruebas de que continuaba viviendo.
    William Cowath se dirigió a él:
    -¡Ser infernal! ¡Si bajas de ese banco antes de que salgamos de esta cámara y volvamos a sellarla, juro
    que te colgaré esta cruz al cuello!
    Las pupilas rojas contemplaron al comisionado con una expresión de odio abismal imposible de
    describir. Despedían fuego, realmente. Y, sin embargo, leí en ellas algo más: miedo.
    De pronto me di cuenta de que el silencio había descendido sobre aquella cámara de horrores. Duró
    únicamente unos instantes. El conde había cesado de gritar, pero ahora hacía algo peor: se estaba riendo.
    Era sólo una risita, pero resultaba más horrible que todos sus gritos.
    El comisionado se volvió, señalándome con un gesto la pared parcialmente derruida. Cruzando la
    habitación, salí al pasadizo. Detrás de mí, el comisionado sostenía al joven conde, que arrastraba los pies
    como un anciano, sin dejar de reír para sí mismo.
    Luego se produjo lo que me pareció un interminable intervalo, durante el cual el comisionado fue en
    busca de un saco de cemento y de un cubo de agua que previamente había dejado en alguna parte del
    túnel. Trabajando a la luz de la antorcha, preparó el cemento y procedió a sellar la cámara, utilizando las
    mismas piedras que había quitado.
    Mientras el comisionado trabajaba, el joven conde permanecía sentado en el túnel, completamente
    inmóvil, riéndose en voz baja.
    En el interior de la cámara reinaba el silencio. Una vez, solamente, oí las cadenas del monstruo chocar
    contra la piedra.
    Finalmente el comisionado terminó su tarea y nos condujo de nuevo a través de aquellos pasadizos
    manchados de salitre y las húmedas escaleras. El conde apenas podía subirlas; el comisionado le
    arrastraba penosamente de peldaño en peldaño.
    Cuando llegamos a la habitación de los tapices el conde se sentó en su cama y se quedó mirando
    fijamente el suelo, sin cesar de reír. En contra de lo que afirman los que se las dan de entendidos, observé
    que su pelo negro se había convertido en gris. Después de convencerle para que se bebiera un vaso de
    líquido que sin duda contenía una fuerte dosis de sedante, el comisionado consiguió que el conde se
    tendiera en la cama.
    William Cowath me acompañó a otro dormitorio. Deseaba marcharme inmediatamente de aquel castillo
    infernal, pero la lluvia seguía arreciando y no estaba seguro de poder encontrar el camino de regreso a la
    aldea sin un guía.
    El comisionado sacudió la cabeza tristemente.
    -Temo que Su Señoría esté condenado a una muerte temprana. Nunca fue demasiado fuerte, y los
    acontecimientos de esta nochc pueden haber trastornado su mente..., pueden haberle debilitado más allá
    de toda esperanza de recuperación.
    Expresé mi simpatía y mi horror. Los fríos ojos azules del comisionado se clavaron en los míos.
    -Es posible -dijo- que, en caso de que se produzca la muerte del joven conde, usted mismo pueda ser
    considerado... -Vaciló-. Pueda ser considerado -concluyó finalmente- como uno de los que se encuentran
    en la línea de sucesión.
    No quise oir nada más. Le di las buenas noches, cerré la puerta del dormitorio y traté -inútilmente- de
    dormir, aunque sólo fueran unos minutos.
    Pero el sueño no llegó. Tuve febriles visiones de aquel monstruo de pupilas rojas escapando de sus
    cadenas, abriéndose paso a través de la pared y trepando por aquellas heladas y resbaladizas escaleras...
    Antes de que amaneciera abrí silenciosamente la puerta del dormitorio y me deslicé como un ladrón a
    través de los fríos pasadizos y el gran vestíbulo desierto del castillo. Crucé los dos patios y el puente
    levadizo tendido sobre el negro foso, y eché a correr en dirección a la aldea.
    Mucho antes del mediodía estaba en camino hacia Londres. La suerte me favoreció: al día siguiente
    salía uno de los buques que efectúan la travesía del Atlántico.
    Nunca volveré a Inglaterra. Me he propuesto mantenerme siempre a un océano de distancia, como
    mínimo, del castillo de Chilton y de su permanente ocupante.

  • EL DERECHO A LA MUERTE

    EL DERECHO A LA MUERTE

    Doris Piserchia

    Un veterinario y un dueño hablaban de Mancha, recién operado.

    - Lo arreglé para que la pata se levante automáticamente

    - ¿Y eso en qué le mejorará los riñones debilitados?

    - Hay que mantenerlos abiertos y limpios. Cada vez que levante la pata, sentirá la necesidad.

    - ¿Por qué?

    - Lo hará, es todo. Tengo cuarenta años en mi profesión y sé de que hablo. El motorcito que le puse en el muslo le alzará la pata, y orinará como un cachorro. Son cincuenta dólares.

    Suburbio de la Costa Este. Dos vecinas conversaban en el fondo; eventualmente se pusieron a hablar de sus finados.

    - A propósito, los niños dicen que vieron a Billy el otro día.

    - ¿Dónde?

    - Cerca del granero.

    - Me dijeron que le habían apagado todos esos motores. Si se anda paseando por ahí, le haré juicio a alguno.

    Los motores atómicos tardaban mucho tiempo en desgastarse, y aparentemente la menor conmoción dentro del cadáver podía poner en marcha el mecanismo: un temblor de tierra, un exceso de actividad entre los gusanos, el gas, etcétera. Era desagradable visitar el cementerio y oír ruidos que venían de abajo de las placas, lápidas o monumentos, o del interior de las tumbas o del interior de los ataúdes que yacían en las tumbas. Hubo que tomar medidas para atenuar la situación.

    Al principio cremaron los cadáveres. Los grupos religiosos se opusieron. Luego los pulverizaron. Todos se opusieron. Se construyeron tumbas transparentes por encima del suelo, y los deudos debían denunciar cualquier actividad anormal a las autoridades. Esta medida no dio resultado, porque la gente no quería ver cómo los seres queridos se transformaban en polvo. Entonces pusieron a los muertos a descansar en el suelo, en ataúdes con tapa especial. Si se ejercía cierta presión en la cara interior, la tapa se abría. Los muertos empezaron a merodear. Como los habían sepultado desnudos, eran fáciles de identificar, y cuadrillas especiales patrullaban las calles y los capturaban.

    A la compañía que fabricaba los motores corporales la enjuiciaron mil veces, hasta que el gobierno la declaró inmune a los juicios. Los motores eran una parte necesaria de la vida, y si la compañía quebraba no habría más motores. Entretanto, el gobierno ordenó a la compañía que realizara investigaciones para descubrir cómo apagar sus productos.

    El rasgo más notable de Huston Adler era su neurosis.

    - Bienvenido a la compañía - dijo su superior -. Irá derecho al laboratorio del tercer piso y no asomará la nariz hasta que haya apagado toda esa carroña.

    Huston no cumplió con lo que se había propuesto, o sea apagar los cadáveres del laboratorio del tercer piso del edificio de la compañía.

    No fracasó porque fuera un técnico inepto sino por culpa de su neurosis y de un desastre natural con forma de incendio que abrasó el edificio. Pero el incendio vino más tarde. Por el momento, Huston se paseaba por sus dominios del tercer piso y se sentía importante. Tenía que supervisar una gran cantidad de propiedades costosas.

    Su departamento estaba junto al laboratorio, y era cómodo y amplio. La cocina estaba repleta de comida, el estéreo incluía una provisión de discos, había una TV color, todo lo que podía desear estaba a su alcance. La compañía lo quería tener contento mientras no trabajaba con los cadáveres.

    El laboratorio: veinticinco metros por veinte, un cielo raso muy bajo, luces fluorescentes, algunas muy brillantes y otras muy tenues, paredes verde pálido, un sinfín de mesas y bancos, un par de barras horizontales donde podía colgar cosas, un gran escritorio con el equipo electrónico de Huston, los cuerpos experimentales despatarrados en diversos estados de desorden, excepto el de Billy.

    Un enorme gancho de carnicero entre los omóplatos mantenía a Billy suspendido en posición vertical de una de las barras. Su tiroides nunca había funcionado bien, por eso los ojos azules eran grandes y saltones. Hacia mucho tiempo, cuando vivía, Billy había padecido abcesos óseos verdaderamente graves. Hubo que amputarle las piernas y los brazos, y tuvo que vivir un tiempo en una canasta hasta que los médicos le implantaron una pequeña unidad antigravitatoria en la pelvis. De la unidad salían cables que llegaban a las articulaciones de los muslos, y para levantarse en el aire Billy sólo tenía que tensar los músculos del bajo vientre. Manteniendo una tensión constante, Billy podía flotar en posición vertical a poco más de un metro del suelo. Este extraño poder de movilidad lo mantuvo cuerdo y relativamente feliz hasta que las heridas quirúrgicas cerraron por completo. Luego recibió cuatro elegantes extremidades ortopédicas que lo capacitaron para caminar y tantear, recoger y aferrar casi normalmente. La unidad antigravitatoria quedó donde estaba porque se había recubierto de tejido orgánico. Ahora la unidad estaba fuera de control, de modo que habían empalado a Billy en el gancho para que no se echara a volar. De vez en cuando alzaba los brazos artificiales, a veces agitaba las piernas o las movía como si caminara. Cuando los guardianes de cadáveres lo apresaron cerca del granero, le encontraron una herida espantosa y sangrienta en la espalda. Billy resultó interesante para la compañía a causa de sus muchos motores, así que no lo devolvieron a sus deudos. Le detuvieron la circulación seccionando las arterias cardíacas. Le implantaron motores pequeños para que el corazón y los pulmones siguieran bombeando. El técnico de operaciones no tenía más razones para hacer todo eso que su necesidad de practicar. En las venas y arterias de Billy introdujeron elementos para intensificar el proceso que retardaba la descomposición. Se pudriría, pero no sin que algún técnico lo usara por un tiempo. En este caso, Huston Adler.

    Buck murió quemado. Era bombero. Cuando estaba con vida, venas varicosas le habían debilitado las piernas. Un pequeño motor le ayudó a caminar. Después que murió vagabundeaba por ahí cada vez que el motor de su columna vertebral se confundía con las señales emitidas por el activador cardíaco. En la sangre tenía una enzima especial que espesaba el fluido en las venas superficiales y capilares. Sus heridas no sangraban. Rezumaban.

    La señorita Sonia era imbécil de nacimiento. Su amante le perforó el hígado de un balazo. Parecía una muñeca. Había tenido muchos órganos defectuosos, de modo que además de los motores cerebrales y espinales tenía otros en varias partes. Incluso tenía uno que le estimulaba los genitales. En verdad no había sido una idea brillante, pues la estimulaba tanto que Sonia desperdició buena parte de su vida en aventuras pasajeras. Era un cadáver atractivo, menudo y de aspecto frágil, con rasgos faciales delicados, ojos grandes y castaños, y una barbilla que temblaba cuando el motor del cerebro creaba vibraciones minúsculas.

    Tamara había sido una turista compulsiva. Se ahogó en el Gran Canal cuando su góndola volcó. Antes de dedicarse a viajar, jugaba al fútbol. Una lesión grave le destruyó parte del cerebro. Más tarde, el cáncer le cerró la garganta. Había sido una gran charlatana gracias al aparato del cuello. El cáncer no había dejado nada, de modo que un amplificador no hubiera servido. Sus impulsos cerebrales habían activado el grabador, y como viajaba a países extranjeros las grabaciones eran polilingües. Ahora, con los motores internos descompuestos, Tamara todavía hablaba y a veces decía cosas en francés o alemán o swahili cuando su propio idioma habría sido adecuado. Casi todas las cosas que decía eran defensivas. Siempre había lamentado su figura.

    Mancha, un pequeño perro moteado; sus ojos conservaron la vida después que el resto de él murió; tan enormes, esos ojos, tan relucientes, y además estaban las orejas alertas que eran demasiado grandes. Cada vez que alzaba la pata, ladraba. En la garganta tenía un motorcito que se conectaba con el del muslo. A su dueño lo habían preocupado los riñones débiles; quería vigilar de cerca lo que ocurría. Hacia el final, Mancha había necesitado un motor para ayudarlo a caminar.

    Huston Adler, activo, neurótico, joven, trabajador; pronto empezó a dormir mal, a sufrir de indigestión; tenía tics faciales, las palmas húmedas, palpitaciones cardíacas, ojos inflamados, prestaba demasiada atención a sonidos que no existían. Su laboratorio era tan completo que había hasta un armario lleno de nada. La desnuda señorita Sonia lo turbaba, así que le hizo vestir una bata de soirée roja. Tamara también lo acaloraba y la obligó a vestir jeans y suéter. En cuanto a Buck, le pusieron corbata y un frac, y Billy quedó enfundado en un traje de ejecutivo. Pero eso fue después que Huston logró encender a sus clientes.

    La experiencia de Huston en motores atómicos se había limitado a máquinas simples, implantadas en personas vivas. Ese primer día había encontrado una silla, se había sentado y había mirado, mirado de veras, a las cinco personas con quienes iba a trabajar. (Ya había clasificado a Mancha como persona.) No había visto muchos muertos. A lo sumo unos pocos cadáveres apacibles, en ataúdes, no sueltos y sentados o de pie con los ojos abiertos.

    Se suponía que debía apagar todos los motores de los cinco. El mundo quería que los muertos estuvieran muertos, tiesos y mudos, y no que conservaran falsos síntomas de vida. Bien, ¿qué podía hacer primero? Encenderlos a todos, desde luego; de lo contrario no sabría por dónde empezar.

    Lo más importante de sus máquinas era el integrador. Le decía qué clase de motores contenían los cuerpos. Tocó con un cable el pecho de Mancha y se encendieron varias luces en el tablero de lectura. Tocó a los otros cuatro con el cable y observó cómo fluctuaban las luces. Verde, azul, rojo, amarillo. Huston sabía qué significaban.

    ¿Qué era la muerte? ¿La ausencia de latidos? A cada ser humano se le instalaba un activador cardíaco en el pecho en el momento de nacer. Raro que Mancha tuviera uno. El dueño debía de ser un ricachón. De modo que los cinco del laboratorio de Huston tenían pulsaciones.

    ¿Y las ondas cerebrales? Huston no tenía un electroencefalógrafo, pero si lo hubiera tenido al menos la mitad de sus clientes le habría mostrado una cierta actividad. Dos personas y media: la señorita Sonia, Tamara y Mancha.

    Pobre Buck y pobre Billy; mucho más pobre Buck, pues le habían arruinado el aspecto. Ese fue uno de los pensamientos de Huston, y reconoció que era extravagante. Pronto se le ocurrirían más.

    ¿Respiración? Los pulmones de los cinco funcionaban. Estaban tan activos en la muerte como lo habían estado en vida. ¿Circulación? Cuando alguien moría, se le inyectaba una intravenosa que inhibía la descomposición. Y todo fluía porque el corazón seguía funcionando.

    Huston se puso a encender a sus clientes.

    Buck se paseaba de un lado a otro, despacio, con titubeos. Tenía una expresión azorada, como si estuviera viendo las llamas por primera vez y aún no lo hubiera embargado el miedo. Había sido un bombero responsable. Ahora chocaba con la pared del laboratorio, se volvía y caminaba en dirección contraria, chocaba con otra pared, se volvía...

    Billy colgaba del gancho de carnicero y aullaba sin emitir ningún sonido. Tenía cara de susto. El gancho era pesado y corto, y le impedía elevarse más que unos centímetros. Cada vez que subía, se golpeaba la cabeza contra la barra con un ruido suave.

    La señorita Sonia miraba a Buck, quien caminaba entre unos bancos cerca de ella.

    - Eres como todos - le dijo -. En verdad no te intereso como persona.

    - Por favor, ¿dónde está el excusado?

    - ¿Domen? ¿Herren? ¿Toilet? Oui. Ach, so - dijo Tamara. Después frunció el ceño, volvió la cabeza y fulminó con la mirada a Mancha, que levantó la pata como para orinarle el tobillo. Al hacerlo ladró.

    La señorita Sonia se interpuso en el camino de Buck, que tropezó con ella y la derribó.

    - No es culpa mía - dijo la señorita Sonia, levantándose -. Tú no sabes lo que es no poder controlarse. Lo lógico y natural es que algunos hombres no tengan ningún atractivo. Es decir, no todos pueden ser deseables. No es culpa mía, de ningún modo. No pueden arrestarme ni nada. El gobierno me protege. Soy inocente. Además, no es serio. Por cierto, los hombres son capaces de cuidarse de mí.

    - ¿Por qué no dejas de seguirme? - le dijo Tamara a Mancha - Sólo dime dónde está la parada de autobuses. Es todo lo que quiero de ti. Si no me dejas en paz, llamaré a un policía.

    Billy golpeó la barra más de lo conveniente. El gancho se le había estado hundiendo en las costillas con cada movimiento, pero ahora se deslizó en dirección contraria, hacia atrás y hacia arriba, y tras arrancarle unos centímetros de carne de la espalda dejó de sostenerlo y él cayó de pie. Se puso a valsear, airosa y grácilmente. Al mismo tiempo sus manos tantearon el vacío hasta que al fin encontraron a Buck, lo aferraron, trataron de abrazar al bombero para la última pieza. Buck repitió el último movimiento consciente de su vida, tomó la viga ardiente con las manos, se la quitó del hombro donde le había caído, la tumbó a un costado. Billy retrocedió tambaleando pero en vez de caer se elevó en el aire y subió flotando al cielo raso. Lo embistió con fuerza y bajó al suelo. Bailó de nuevo y esta vez sus manos aleteantes encontraron a la señorita Sonia.

    - Oh, Dios, no - dijo ella. Le echó los brazos al cuello y lo besó. Valsearon juntos y se besaron.

    - Madre - dijo Tamara -, no me importa si te gusta o no, no me importa si al mundo le molesta que una mujer juegue al fútbol. ¿Qué diablos quieres que haga, que espere sentada a que algún muchacho me invite al baile? Sabes muy bien que eso no lo hará nadie. Es culpa tuya. ¿Por qué me diste el físico de papá? El es feo y yo también. ¿Has visto mis piernas arqueadas igual que las suyas? Demonios, hasta soy velluda como él. No lloro. No lo hago desde que tenía doce años. Simplemente buscaré cómo hacer algo interesante de mi vida.

    Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso, se sumía en la irrealidad.

    Mancha ladró, orinó la pierna de Buck, Buck se paseó de un lado a otro. Billy valseó con Sonia, Tamara detuvo a un peatón y le preguntó dónde estaba la salida, Mancha alzó la pata y roció un grifo para incendios, Buck atravesó el edificio en llamas y escuchó cómo la carne de su muslo izquierdo siseaba como tocino en una sartén, Billy probó por primera vez sus piernas artificiales valseando lentamente por el living con su esposa en brazos, la señorita Sonia se dejó arrastrar por las sensaciones porque eso era todo lo que había en su vida, porque eso era todo lo que había en la vida de cualquiera cuando ese cualquiera es un deficiente mental que no se da maña ni para salir del guardarropa sin una máquina en el cerebro que lo guíe.

    Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso y se sumía en la irrealidad. Tenía poder sobre la muerte, y el poder siempre significaba vida.

    - Si de veras quieres saber qué pienso de la liberación femenina - dijo Tamara -, bueno, está bien para las mujeres que gustan de la acción. Claro. ¿Por qué no? Es como comer. Hay que hacerlo, pero uno prefiere elegir el plato. ¿Yo? Lo único que quiero es un hombre. ¿Qué tiene de malo? Escucha, cuando era jovencita me desesperaba. En ese momento el impulso sexual es lo más importante del mundo. Quiero decir que te aguijonea de veras. ¿Y cómo me las arreglaba? Jugaba al solitario mientras mis amigas se acostaban con sus fulanos cuando querían. No me digas que este mundo es justo. La juventud, el físico y el dinero es lo que cuenta, y si no tienes eso estás en la miseria.

    - ¿Qué sabes del sufrimiento? - dijo Sonia -. Yo nací idiota. No sólo eso, mi páncreas y mi pituitaria eran defectuosos. Me pusieron esa cosa en la cosa para que pudiera gozar de la vida. Me la arruinaron del todo.

    - ¿Alguna vez un tipo se echó atrás cuando lo tocabas? - dijo Tamara -. No me cuentes tus problemas, impúdica.

    Las máquinas fueron Dios, por un rato. No, el manipulador era Dios. Tantos motores para arrancar y guiar, tanto poder sobre la vida, un cable aquí, un botón allá: camina, marioneta, habla como un hombre, muéstrame lo que pienso que habría dicho, actúa para mí, baila, retoza. Yo lo estoy haciendo. No, ellos lo están haciendo. Tan cansado, los ojos irritados, la boca seca, no puedo ordenarme las ideas, si tan sólo pudiera dormir.

    Buck apoyó una mano roja y negra y ampollada en el hombro de Tamara.

    - ¿Qué estás haciendo?

    Le tocó la mejilla con el dedo.

    - No, por favor - dijo Tamara con voz suave.

    Buck siguió acariciándola.

    - Y ahora tienes que irte - dijo ella -. Ocurre así todas las veces. Fíjate en mí. ¿Sabes lo que estás haciendo?

    Buck estaba muy cerca.

    - Pero soy fea. Soy horrenda. Tengo cuerpo de albóndiga, y un pelo tan rebelde que nunca lo pude peinar. Apuesto a que usé todas las clases de champú que existen. ¿Por qué me miras así? ¿Estás ciego? ¿Me ves la cara? Háblame de mi bigote. A los catorce me creció un bigote, a los dieciséis tenía hombros más anchos que mi padre. Soy parecida a él. sólo que más fea.

    Buck se inclinó, besó los labios invitantes.

    - Me das asco - dijo ella, irguiéndose -. No quiero tu piedad. No es más que eso. Una vez conocí a un chico como tú. Quería mi bicicleta y fingía que yo le gustaba. Hasta que un día lo besé. ¿Sabes qué hizo? Me pegó. Y me gritó. Y salió corriendo. Abandoné la bicicleta frente a su casa y le dejé una nota que decía: «Te amo».

    - Mira, sólo cincuenta centavos - le dijo la señorita Sonia a Billy -. Cualquiera puede pagarlo.

    Billy meneó la cabeza.

    - ¿Pero qué te pasa, eres frígido? ¿No te gustan las chicas? ¿Acaso no tienes dinero? Entonces yo te daré los cincuenta centavos, ¿sí? Ven, acércate al diván. Bajaré las luces y pondré un poco de música.

    Huston encontró una botella de bourbon en un cajón del escritorio. Empinó la tercera parte antes de dormirse en la silla. Necesitaba el descanso. Despertó con el cuello duro.

    - Basta - les dijo a Billy y a la señorita Sonia -. Basta - les dijo a Tamara y a Buck.

    Ellos siguieron, siguieron, y pronto empezó a gritarles. No había querido llegar a esos extremos. Pero en realidad no era él quien jugueteaba con ellos. Ellos jugueteaban con él.

    No había más bourbon. Tendría que encontrar otra botella en alguna parte. Hasta podría ir a una tienda. No había salido una vez, ni siquiera una vez.

    - Basta de manoseos - dijo. Ellos estaban sentados a su alrededor, callados, atentos, recatados, cándidos, inteligentes.

    - Tamara, ¿por qué hiciste lo que hiciste?

    - Buck me lo pidió. Nadie me lo pidió nunca. ¿No comprendes?

    - Sí, pero que no se repita.

    - Veremos.

    - Sonia, no quiero que hagas más lo que hiciste con Billy.

    - Por supuesto. De todos modos no me hizo feliz. Billy es un viejo. Lo cual me da una idea. Tú eres un joven bien parecido...

    - Jamás se te ocurra decir...

    - Te daré cincuenta centavos.

    Huston salió en busca de otra botella.

    Al otro día los hizo sentar nuevamente en círculo a su alrededor.

    - Voy a matarlos - les dijo -. Por eso están en este laboratorio. Mi obligación es apagarlos, y en cuanto los apague estarán muertos y sus míseros problemas morirán con ustedes. - Le sonrió a Buck. - Pareces una enorme hamburguesa chamuscada. ¿Cómo puedes estar allí sentado como si merecieras un lugar en el mundo? Por amor de Dios, cúbrete ese cuerpo repulsivo. Dan ganas de vomitar.

    Buck caminó tambaleando hasta un armario, se ocultó allí.

    - Y tú, Billy Ford - dijo Huston -. Un nombre humano para Frankenstein. Eres pura cabeza, tórax y trasero. Debieron dejarte morir. Eres una abominación. Cuando pienso que tuviste el descaro de aspirar a ser un hombre normal. Sin brazos, sin piernas, sólo un torso con cabeza. Viviste con tu mujer, comiste con ella, dormiste con ella. ¡Dormiste con ella!

    Billy se alejó flotando y calladamente se golpeó la cabeza contra la pared.

    - No escondas la cara, Tamara - dijo Huston -. Tamara la feúcha. O tal vez debiera decir Tamara la feota. ¿Sabes que a un hombre le gusta que las mujeres parezcan mujeres? No queremos músculos y bigotes, son inaguantables.

    Mientras Tamara se tapaba el rostro y sollozaba, Huston se volvió a la otra integrante del grupo.

    - La última, y por cierto la peor. He aquí a la señorita Sonia, la vulva ambulante...

    - Que puedes gozar al momento por cincuenta centavos.

    Huston se levantó de un brinco, la cara lívida, el cuerpo rígido. Roció el aire con la espuma de la boca.

    - ¡No me hables así! ¡Ramera! ¡Te mataré!

    Olvidó los límites, la realidad, la cordura.

    - Juega tus malditas cartas y deja de mirar a las chicas - le dijo a Buck. Jugaban al póker en el living de su departamento.

    - ¡Deja de coquetear! - le rugió a la señorita Sonia, que ojeaba las cartas de los jugadores.

    - Ve a besuquearte con Billy - le dijo a Tamara -. Y aparta los pies de mi estéreo.

    A la señorita Sonia le dijo:

    - Vé a lavarte la cara en el baño.

    A Buck le dijo:

    - No te quiero pescar fumando mis cigarros.

    O:

    - Tamara, ¿por qué no dejas de viajar y sientas cabeza con uno de estos muchachos? Alguno de ellos te aceptará. Mancha, deja de mojar los muebles.

    Armaron un alboroto en el departamento, y tuvo que arrearlos de vuelta al laboratorio.

    - No son dignos de vivir en un sitio decente - les dijo.

    Con un bostezo, Billy manoteó el brazo de la señorita Sonia.

    - ¿Qué tal si descansamos en el diván, preciosa?

    - Quita esas manos piojosas de mi propiedad - dijo Huston.

    En el edificio de la compañía había demasiado plástico. Un cortocircuito en un extractor de humedad del quinto piso provocó unas chispas, ardió un distribuidor automático de plástico. Ardió un termómetro de pared. Las cortinas ardieron y las llamas lamieron los paneles plásticos de la luz. El fuego se hizo incendio y se propagó rápidamente.

    Huston olió humo. No pudo abrir la puerta del laboratorio. La había cerrado por dentro para impedir que la señorita Sonia bajara a la calle a buscar hombres. No pudo encontrar la llave.

    Lo último que recordó fue que había aferrado el respaldo de una silla recta para no caerse. El cuarto se enturbió con el humo. Le dolía el pecho. Tosió, se desplomó sobre la silla, quedó tendido en esa posición.

    Mucho más tarde, un hacha golpeó la puerta y la astilló. Unos hachazos más abrieron un boquete lo suficientemente grande para que cinco hombres con trajes protectores entraran uno por uno. Tenían prisa.

    Inadvertido en medio del humo, Buck salió del laboratorio y atravesó el pasillo para detenerse frente a una puerta llameante. Sus motores vacilaron momentáneamente y se sentó en el suelo, se apoyó los codos en las rodillas y se sostuvo la cabeza entre las manos.

    Los bomberos intercambiaron ideas a través de los walkie-talkies incorporados en los cascos.

    - Este tipo parece estar en las últimas - dijo uno. Levantó a Billy y se lo echó al hombro -. Lo llevaré a la ambulancia.

    - ¡Auxilio! - gritó la señorita Sonia. Estaba en el centro del cuarto, aturdida y desgreñada.

    Un bombero la tomó por los brazos.

    - Me llevaré a ésta - les aulló a los otros, y calzándose a la señorita Sonia en el hombro, se marchó.

    Tamara, sentada en una silla, repetía una y otra vez:

    - Por favor, por favor, por favor...

    Lo siguió repitiendo hasta que un bombero la recogió y echó a andar hacia la puerta rota. Los siguió un perrito que ladraba. Mancha los siguió hasta una rampa fuera de la ventana, bajó a la calle con ellos, atravesó un patio y salió a una calzada, se detuvo junto al poste de un farol y alzó la pata. Un muchacho que había acudido a mirar el incendio oyó los ladridos, recogió a Mancha y se lo llevó a su casa.

    Dentro del laboratorio, los dos últimos bomberos se toparon con Huston.

    - ¡El cielorraso se está recalentando! Larguémonos de aquí.

    - ¿Y qué hacemos con éste?

    Huston tenía un aspecto tan raro, echado de través sobre el respaldo de la silla, tan poco natural, y además sabían que había cadáveres experimentales en el edificio. Aun así...

    - Tomémonos un minuto para revisarlo.

    Lo alzaron y lo pusieron de espaldas en el suelo. Podían saber en un santiamén cuándo alguien estaba muerto, pero ¿cómo darse cuenta de lo contrario... saber cuándo estaba vivo?

    - Le late el corazón.

    - ¡No seas estúpido!

    - Tienes razón, a todos les late el corazón.

    - ¿Respira?

    - Si.

    - Bien, eso tampoco importa. Todos los pulmones funcionan automáticamente.

    - Exacto.

    - Larguémonos de aquí. Es uno de esos cadáveres.

    - ¿Cómo podemos estar seguros?

    - ¡Porque parece un cadáver! Espera un minuto, hay alguien allí.

    Habían descubierto a Buck, que se freía suavemente en el horno de la puerta.

    - ¡Saquémoslo de aquí! Olvida al otro, está acabado.

    Lo estaba, y para siempre. A la mañana la cuadrilla que trajinaba entre los rescoldos calientes del laboratorio no pudo distinguir los restos de Huston de las cenizas de las paredes o alfombras; pero Buck y Sonia, Tamara y Billy y el mismo Mancha, ellos siguieron y siguieron.

    FIN

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