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Confianza hombre - 45 años, Alicante, España


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BLOG DEDICADO CAOTICAMENTE A TODOS AQUELLOS TEMAS QUE DE ALGUNA MANERA NOS LLAMAN LA ATENCION, TODO DE UNA FORMA ANARKIKA, Y SIN TENER QUE VER NADA UNA ENTRADA CON OTRA


  • NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO

    NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO
    por Damon Knight

    http://www-links-enlaces.blogspot.com/2009/11/...

    Diez meses después de pasar por encima el último avión, Rolf Smith supo sin lugar a dudas que sólo había sobrevivido otro ser humano. Ese otro ser humano se llamaba Louise Oliver, y estaba sentada a la mesa, frente a él, en la cafetería de un drugstore en Salt Lake City. Comían salchichas de Viena enlatadas y bebían café.
    La luz del sol golpeaba como una sentencia a través del vidrio roto de una ventana. No se oían ruidos ni adentro ni afuera; sólo un sofocante rumor de ausencia. El sonido de platos en la cocina, el ruido sordo y pesado de los tranvías: nunca más. Había sol; y silencio; y los ojos acuosos, asombrados, de Louise Oliver.
    Rolf se inclinó sobre la mesa e intentó atraer por un instante la atención de aquellos ojos de pez.
    —Querida—dijo—, claro que respeto tu punto de vista. Pero tengo que hacerte comprender que no es práctico.
    Louise lo miró un poco sorprendida, luego volvió a apartar los ojos. La cabeza se agitó levemente. No. No, Rotf, no viviré contigo en pecado.
    Smith pensó en las mujeres de Francia, de Rusia, de México, de los Mares del Sur. Había pasado tres meses en los devastados estudios de una estación de radio en Rochester, escuchando las voces hasta que se apagaron. Había habido una gran colonia en Suecia, que incluía a un ministro del gobierno inglés. Los habitantes de esa colonia informaban que Europa ya no existía: no quedaba una hectárea que no hubiese sido barrida por el polvo radiactivo. Tenían dos aviones y suficiente combustible para llegar a cualquier sitio del continente; pero no había adónde ir. Tres de ellos tuvieron la plaga; luego once; luego todos.
    Había un piloto de bombardero que cayó cerca de una estación de radio gubernamental en Palestina. No duró mucho tiempo porque se había roto varios huesos al estrellarse; pero había vista las aguas vacías donde tendrían que haber estado las Islas del Pacífico. Suponía que habían sido bombardeados los hielos árticos.
    No había informes de Washington, ni de Nueva York, ni de Londres, París, Moscú, Chungking, Sydney. Era imposible saber quién había sido exterminado por la enfermedad, quién por el polvo, quién por las bombas.
    El propio Smith había sido ayudante de laboratorio en un equipo que trataba de encontrar un antibiótico para la plaga. Sus superiores encontraron uno que daba resultado a veces, pero llegó un poco tarde. Cuando se fue del laboratorio, Smith se llevó todo el que había: cuarenta ampollas, una cantidad suficiente para varios años.
    Louise había sido enfermera de un elegante hospital cerca de Denver. Según ella, algo bastante extraño le había sucedido al hospital mientras ella caminaba hacia allí la mañana del ataque. Estaba bastante tranquila cuando hablaba de ese asunto, pero en sus ojos aparecía una mirada vaga, y su expresión destrozada se volvía un poco más ausente. Smith no la apremiaba para que le diese una explicación.
    Como él mismo, Louise había encontrado una estación de radio que todavía funcionaba, y cuando Smith descubrió que ella no había contraído la plaga, aceptó que se encontraran. Louise, al parecer, era naturalmente inmune. Debía de haber otros, por lo menos unos pocos; pero las bombas y el polvo no les habían perdonado.
    A Louise le parecía muy embarazoso que no quedase ningún pastor protestante vivo.
    El problema era que ella lo pensaba de veras. A Smith le había llevado mucho tiempo creerlo, pero era así. Ella tampoco estaba dispuesta a dormir en el mismo hotel que él; esperaba, y recibía, la mayor cortesía y corrección. Smith había aprendido la lección. Caminaba del lado de afuera en las aceras cubiertas de escombros; le abría las puertas, mientras hubo puertas; le acercaba la silla; se cuidaba de no maldecir. La galanteaba.
    Louise tenía unos cuarenta años, por lo menos cinco más que Smith. A veces él se preguntaba qué edad pensaría ella que tenía. La impresión de ver lo que le había sucedido al hospital (fuese lo que fuese), a los pacientes que ella había cuidado, había obligado a su mente a refugiarse en la infancia. Louise admitía tácitamente que todas las demás personas del mundo estaban muertas, pero aparentemente consideraba que eso era algo que uno no debía mencionar.
    Más de un centenar de veces en las últimas tres semanas, Smith había sentido un impulso casi irresistible de romperle el delgado pescuezo y seguir adelante. Pero no tenía salvación; ella era la única mujer en el mundo, y la necesitaba. Si moría, o lo abandonaba, él también moriría ¡Vieja perra!, pensó furiosamente para sus adentros, cuidando de que no se le notara en la cara el pensamiento.
    —Louise, vida mía—dijo suavemente—, quiero abusar lo menos posible de tus sentimientos. Tú lo sabes.
    —Sí, Rolf—dijo ella, mirándole fijamente con cara de gallina hipnotizada.
    Smith se obligó a proseguir.
    —Tenemos que afrontar los hechos, por muy desagradables que sean. Querida, somos el único hombre y la única mujer que existen. Somos como Adán y Eva en el Jardín del Edén.
    En la cara de Louise apareció una expresión de leve disgusto. Evidentemente estaba pensando en hojas de parra.
    —Piensa en las generaciones venideras —le dijo Smith, con un temblor en la voz. Piensa en mí siquiera una vez. Quizá sirvas otros diez años, quizá no. Con un estremecimiento, recordó la segundo etapa de la enfermedad: la desvalida rigidez, que golpeaba sin aviso previo. El ya había tenido un ataque de esos, y Louise le había ayudado a curarse. Sin Louise él se habría quedado en ese estado hasta morir, con la hipodérmica salvadora a pocos centímetros de su rígida mano. Pensó desesperadamente: Con suerte te sacaré por lo menos dos hijos antes de que estires la pata. Entonces estaré seguro.
    Continuó hablando:
    —Dios no quería que la raza humana acabase de este modo. Nos perdonó a nosotros, a ti y a mí, para... —hizo una pausa; ¿cómo lo podría decir sin ofenderla? «Padres» no serviría: demasiado sugestivo—...para llevar adelante la antorcha de la vida—concluyó.
    Eso. Era una manera bastante adecuada de decirlo.
    Louise miraba fijamente por encima del hombro de Smith. Los párpados le pestañeaban regularmente, y la boca acompañaba ese ritmo con pequeños movimientos de ratón. Smith se miró los debilitados muslos debajo de la mesa. No tengo fuerzas para violarla, pensó. ¡Cristo, si tuviera fuerzas!
    Volvió a sentir aquella rabia inútil, y trató de dominarse. No podía perder la cabeza, porque ésta era quizá su última oportunidad. Louise había estado hablando últimamente, en el lenguaje nebuloso que usaba para todo, de subir a las montañas a rezar para que el Señor los guiase. No había dicho «sola», pero era bastante fácil ver que se lo imaginaba de esa manera. Tenía que convencerla antes de que la decisión fuese irrevocable. Se concentró furiosamente, e hizo otro intento.
    Las palabras pasaban como un rumor distante. Louise oía alguna frase de vez en cuando. Cada una de esas frases le generaba una cadena de pensamientos, que la ataban con más firmeza al ensueño. «Nuestro deber ante la Humanidad...» Mamá había dicho a menudo—eso era en la vieja casa de Waterbury Street, naturalmente, antes de que mamá enfermara—había dicho:
    —«Niña, tu deber es ser limpia, educada y temerosa de Dios. Ser bonito no importa. Hay muchas mujeres feas que han conseguido maridos buenos y cristianos.»
    Maridos... Tener y poseer... Azahares, y las madrinas de boda; la música de órgano. Entre la bruma vio la cara delgada y lobuna de Rolf. Naturalmente, él era el único hombre que tendría jamás; lo sabía muy bien. Caramba, cuando una muchacha pasaba de los veinticinco tenia que aceptar lo que consiguiese.
    Pero a veces me pregunto si de veras es un buen hombre, pensó.
    «...a los ojos de Dios...» Louise recordó las ventanas de vidrios coloreados de la vieja Primera Iglesia Episcopal, y cómo pensaba siempre que Dios la miraba desde aquella brillante transparencia. Quizá El la estuviese mirando todavía, aunque a veces parecía que la hubiese olvidado. Naturalmente, ella se daba cuenta de que las costumbres matrimoniales cambiaban, y si uno no podía tener regularmente un pastor... Pero era una verdadera lástima, casi un ultraje que si de veras se casaba con ese hombre, no pudiese disfrutar de tantas cosas agradables.-.. Ni siquiera habría regalos de boda. Ni siquiera eso. Pero, por supuesto, Rolf le daría todo lo que ella quisiese. Miró otra vez a su cara, y notó aquellos ojos negros concentrados que la miraban con feroz intención, la boca delgada que se contraía en un tic lento y regular, los velludos lóbulos de las orejas debajo de la maraña de pelo negro.
    Rolf no se debía dejar crecer tanto el pelo, pensó Louise. Bueno, ella podía cambiar todo eso. Si se casaba con él, sin duda le haría cambiar el modo de ser. Era su obligación.
    Rolf estaba hablando de una granja que había visto en las afueras de la ciudad, una casa grande, buena, con granero. No había ganado, dijo, pero después ya conseguirían alguno. Y plantarían cosas, y tendrían sus propios alimentos, para no tener que ir a restaurantes todo el tiempo.
    Louise sintió algo en la pálida mano que tenía delante de ella en la mesa. Los dedos de Rolf, morenos, gordos, con negro vello encima y debajo de los nudillos, tocaban los de ella. Rolf habla callado un momento, pero ahora hablaba otra vez, con más urgencia todavía. Louise retiró la mano.
    Rolf estaba diciendo:
    —...y tendrás el más hermoso traje de boda, y un ramo de flores. Todo lo que quieras, Louise, todo...
    ¡Un traje de boda! ¡Y flores, aunque no hubiese un pastor! Bueno, ¿por qué el tonto ese no lo había dicho antes?
    Rolf se interrumpió en la mitad de una frase ; acababa de darse cuenta de que Louise había dicho claramente «Sí, Rolf, me casaré contigo si ése es tu deseo...»
    Aturdido, Rolf quiso que lo repitiese, pero no se atrevió a preguntarle: «¿Qué dijiste?», por miedo a recibir alguna respuesta fantástica, o ninguna respuesta. Tomó aliento, profundamente, y dijo:
    —¿Hoy, Louise?
    —Bueno—dijo ella—, hoy... No estoy muy... Naturalmente, si te parece que puedes hacer todos los preparativos a tiempo... aunque me parece...
    El triunfo corrió por el cuerpo de Smith. Ahora tenía una ventaja, y la aprovecharía.
    —Di que sí, querida—la apremió—. Di que sí y seré el hombre más feliz...
    La lengua se le resistió, impidiéndole terminar la frase; pero no importaba. Louise asintió sumisamente.
    —Lo que te parezca mejor, Rolf.
    Smith se puso de pie, y Louise le permitió que le besase una pálida y seca mejilla.
    —Nos vamos inmediatamente—dijo él—. ¿Me disculpas un minuto, querida?
    Esperó al «Sí, claro» de Louise, y entonces caminó hasta el fondo de la sala, dejando huellas en la alfombra de piel. Sólo tendría que hablar así con ella unas pocas horas, y luego ella sentiría que le pertenecía para siempre. Después, Rolf podría hacer con ella lo que quisiese: pegarle, someterla a cualquier prueba de su desprecio y repulsión, usarla. Entonces no estaría tan mal, nada mal, ser el último hombre sobre la tierra. Hasta podía tener una hija...
    Encontró la puerta del retrete y entró. Dio un paso, y el cuerpo se le paralizó, sin llegar a perder el equilibrio, erguido pero impotente. El pánico le atacó la garganta; trató de volver la cabeza y no pudo; trató de gritar y no pudo. A sus espaldas hubo un pequeño chasquido: la puerta, amortiguada por el tope hidráulico, acababa de cerrarse para siempre. No estaba con llave; pero del otro lado mostraba la advertencia CABALLEROS.
    FIN
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  • BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK

    BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK

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  • LA LUNA NUEVA - TAGORE

    La Luna Nueva

    Rabindranath Tagore

    El principio

    ‘¿De dónde vine yo? ¿Dónde me encontraste?’, pregunta el niño a su madre.
    Ella llora y ríe al mismo tiempo, y estrechándolo contra su pecho le responde: ‘Tú estabas escondido en mi corazón, amor mío, tú eras su deseo.
    >Estabas en las muñecas de mi infancia; y cuando, cada mañana, yo modelaba con arcilla la imagen de mi dios, en verdad te hacía y deshacía a ti.
    >Estabas en el altar junto a la divinidad de nuestro hogar; al adorara, a ti te adoraba.
    >Has vivido en todas mis esperanzas, en todos mis amores, en toda mi vida y en la vida de mi madre.
    >El Espíritu inmortal que preside nuestro hogar te ha albergado en su seno desde el principio de los tiempos.
    >En mi adolescencia, cuando mi corazón abría sus pétalos, tú lo envolvías como un flotante perfume.
    >Tu delicada suavidad aterciopelaba mis carnes juveniles, como el reflejo rosado que precede a la aurora.
    >Tú, el predilecto del cielo; tú, que tienes por hermana gemela la prima luz del alba has sido traído por la corriente de la vida universal, que al fin te ha depositado sobre mi corazón.
    >Mientras contemplo tu rostro, me siento sumergida en una ola de misterio: tú, que a todos perteneces, te has echo mío.
    >Te estrecho contra mi corazón, temerosa de que escapes. ¿Qué magia ha entregado el tesoro del mundo a mis frágiles brazos?’

    Las razones del niño

    Si quisiera, el niño podría volar ahora mismo al cielo.
    Pero tiene sus razones para no dejarnos.
    Toda su felicidad consiste en descansar su cabeza en el seno de su madre; por nada del mundo dejaría de verla.
    La sabiduría del niño se expresa en sutiles palabras. ¡Qué pocos son los que pueden comprender su sentido! Si no habla, es que tiene sus razones.
    Lo que más desea es aprender la lengua materna de los mismos labios de su madre. ¡Por ello adopta un aire tan inocente!
    Pese a que poseía montones de oro y perlas, el niño vino a esta tierra como un mendigo.
    Tuvo sus razones para llegar con este disfraz.
    Pequeño, desnudo y suplicante, si simula una completa indigencia es para reclamar a su madre el inmenso tesoro de su ternura.
    En el país de la minúscula luna creciente nada entorpecía la libertad del niño.
    Si renunció a su independencia tuvo sus razones.
    Sabe muy bien que ese pequeño nido, el corazón de su madre, contiene una alegría inagotable, y que la tierna atadura de los brazos maternales es infinitamente más dulce que la libertad.
    El niño no sabía llorar. Vivía en el país de la felicidad perfecta.
    No le faltaron las razones para empezar a verter lágrimas.
    Las entrañas de su madre se conmueven con las sonrisas de su dulce rostro, pero es el pequeño llanto que nace de sus penas de niño el que teje entre ella y él el doble lazo de la piedad y el amor.

    El cortejo invisible

    ¡Oh!, ¿quién pintó tu vestidillo, hijo mío? ¿Quién cubrió tu delicado cuerpo con esta túnica encarnada? Por la mañana saliste al patio para a correr y jugar, tambaleándote y cayendo a cada instante.
    Pero ¿quién pintó tu vestidillo, hijo mío? ¿Qué es lo que te hace reír, capullo de mi vida? Tu madre te sonríe, de pie en el umbral.
    Cuando ella bate palmas y resuenan sus brazaletes, tú bailas como un pastorcillo, la caña de bambú en la mano.
    Pero, ¿qué es lo que te hace reír, capullo de mi vida?
    ¡Oh, pequeño mendigo! ¿Qué le pides a tu madre, colgándote de su cuello con las dos manos? ¡Oh, corazoncito insaciable! ¿Quieres que tome la tierra del espacio, como se arranca un fruto, para ponerla en la palma de tu breve mano? ¡Oh, pequeño mendigo! ¿Qué pides?
    La brisa se lleva alegremente el tintineo de las campanillas que adornan tus tobillos.
    El sol contempla sonriente cómo te vistes.
    El cielo está atento a tu sueño cuando duermes en brazos de tu madre, y por la mañana se acerca de puntillas a tu cuna para besarte los ojos.
    Las campanillas tintinean alrededor de tus graciosos tobillos y su alegre son se esparce con la brisa.
    El hada de los sueños cruza el crepúsculo volando hacia ti.
    La madre universal tiene su trono junto a ti, en el mismo corazón de tu madre.
    Hasta ti descendió aquél cuya música sólo perciben las estrellas, y está tocando su flauta ante tu ventana.
    Y el hada de los sueños cruza el crepúsculo volando hacia ti.

    La ladrona del sueño

    ¿Quién ha robado el sueño de los ojos del niño? Yo lo descubriré.
    La madre había ido al pueblo vecino a buscar agua, con el cántaro abrazado a la cintura.
    Era mediodía. Los niños habían interrumpido sus juegos, y los patos, en la charca, habían callado.
    El pastorcillo dormía a la sombra de la higuera.
    La grulla, grave e inmóvil, permanecía de pie en el estero del bosque de mangles. Fue en este momento cuando la ladrona se acercó a coger el sueño de los ojos del niño y se lo llevó volando.
    Cuando la mamá volvió, se encontró al niño gateando por todos los rincones de la estancia.
    ¿Quién ha robado el sueño de los ojos del niño? Quiero saberlo.
    Quiero encontrar a la culpable y encadenarla.
    Iré a ver aquella cueva oscura donde un minúsculo arroyo discurre por entre los terribles pedruscos.
    Buscaré entre las sombras soñolientas del bosquecillo de bakula, donde, en las noches estrelladas y quietas, las ajorcas tintinean en los pies de las hadas.
    Por la tarde, en el bosque, mis ojos escrutarán la susurrante soledad de los bambúes. Allí las luciérnagas prodigan sus luces y preguntaré a todos los seres que encuentre: ‘¿Podéis decirme dónde vive la ladrona del sueño?’
    ¿Quién ha robado el sueño de los ojos del niño? Yo lo descubriré.
    ¡Si la alcanzo ya le daré trabajo! Asaltaré su nido y veré dónde guarda todos los sueños robados.
    Le arrebataré su botín y me lo llevaré conmigo.
    Luego ataré fuertemente las alas de la ladrona y la dejaré al borde del agua. ¡Que se divierta pescando con un junco entre los nenúfares! Y al atardecer, cuando el mercado del pueblo haya acabado y los niños descansen en el regazo de sus madres, entonces los pajarracos de la noche la aturdirán con sus burlas: ‘Ea, ¿a quién le robarás el sueño ahora?’

    El mundo del niño

    ¡Ah, si yo pudiera entrar hasta el mismo centro del mundo de mi niño para elegir allí un placentero refugio! Sé que ese mundo tiene estrellas que le hablan, y un cielo que desciende hasta su rostro y lo divierte con sus arco-iris y sus fantásticas nubes.
    Esos que parecen ser mudos e incapaces de un solo movimiento, se deslizan en secreto a su ventana y le cuentan historietas y le ofrecen montones de juguetes de brillantes colores.
    ¡Ah, si yo pudiera caminar por el sendero que cruza el espíritu de mi niño y seguirlo aún más allá, más allá, fuera de todos los límites! Hasta donde mensajeros sin mensaje van y vienen entre Estados de reyes sin historia, donde la razón hace barriletes de sus leyes y los lanza al aire; donde la verdad libera a las acciones de sus grilletes.

    Mala fama

    ¿Por qué lloras, hijo mío? ¡Qué malos son, pues siempre te regañan sin motivo! Mientras escribías, te has manchado de tinta la cara y las manos; ¿por esto te han llamado sucio? ¡Cómo se atreven! ¿Se les ocurrirá decir que la luna nueva es sucia porque tiene la cara negra de tinta? Te acusan por cualquier tontería, hijo mío; siempre están dispuestos a meter ruido por nada.
    Jugando te rompiste tu vestido: ¿por esto te llaman destrozón? ¡Cómo se atreven! ¿Qué dirían de la mañana de otoño que sonríe a través de las nubes rasgadas? No te preocupen sus regañinas, hijo mío, ni la perfecta y minuciosa cuenta que llevan de tus faltas.
    Todos sabemos que te gustan los dulces. ¿Y por esto te llaman goloso? ¡Cómo se atreven! Pues, ¿qué nombre nos darán a los que encontramos tanto gusto en besarte?

    El Juez

    Di de él, Juez, lo que te plazca, pero yo conozco las faltas de mi niño.
    Si le amo no es porque sea bueno, sino porque es mi hijo.
    ¿Qué sabes de la ternura que puede inspirar, tú que pretendes hacer exacto inventario de sus cualidades y sus defectos? Cuando yo tengo que castigarlo se convierte en mi propia carne.
    Cuando lo hago llorar, mi corazón llora con él.
    Sólo yo puedo acusarle y reñirle, pues sólo quien ama tiene derecho a castigar.

    Juguetes

    ¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo, divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota! Yo sonrío al verte jugar con este trocito de madera.
    Yo estoy ocupado haciendo cuentas, y me paso horas y horas sumando cifras.
    Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas: ‘¡Qué necedad perder la tarde con un juego como ése!’
    Niño, los bastones y las tortas de barro ya no me divierten; he olvidado tu arte.
    Persigo entretenimientos costosos y amontono oro y plata.
    Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras. Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo a la conquista de cosas que nunca podré obtener.
    En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición, y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un juego.

    El astrónomo

    ‘¡Oh, si pudiéramos coger la luna, al anochecer, cuando es completamente redonda y se engancha en las ramas del cadabo!’ No dije más que eso.
    Pero Dadá, mi hermano mayor, se burló de mí: ‘No he conocido nadie tan tonto como tú. La luna está muy lejos, ¿cómo podríamos cogerla?’ Yo dije: ‘¡El tonto eres tú, Dadá! Cuando, desde la ventana, Mamá mira cómo jugamos en el patio y nos sonríe, ¿te parece que está muy lejos?’ Pero Dadá replicó: ‘Pobre ignorante, ¿dónde encontraríamos una red bastante grande para coger la luna?’ Yo dije: ‘Podrías cogerla perfectamente con las manos’.
    Dadá se echó a reír y me dijo: ‘¡Nunca vi un niño tan simple! ¡Si la luna se acercara, ya me dirías tú si es grande o no! Yo dije: ‘Dadá, ¡qué barbaridades te enseñan en la escuela! Cuando Mamá se inclina para besarnos, ¿te parece que su cara es muy grande?’ Pero Dadá repite: ‘Eres un pobre tonto’.

    Nubes y olas

    Madre, los que viven allá arriba, en las nubes, me llaman: ‘Nosotros jugamos desde que despertamos hasta el anochecer’, dicen.
    ‘Jugamos con el alba de oro y con la luna de plata.’ Yo les pregunto: ‘Pero ¿cómo subiré hasta vosotros?’ Y me contestan: ‘Ven hasta el borde de la tierra, levanta entonces las manos al cielo y te subiremos con las nubes’.
    Pero yo les digo: ‘Mi madre me espera en casa, ¿cómo podría dejarla para venir?’ Entonces sonríen y se van flotando.
    Pero conozco un juego más bonito que ése.
    Yo seré la nube y tú la luna.
    Yo cubriré tu rostro con mis dos manos y el techo de nuestra casa será el cielo azul.
    Los que viven en las olas me llaman: ‘Nosotros cantamos desde el alba al crepúsculo; avanzamos siempre, siempre, sin saber por donde pasamos.’ Yo les pregunto: ‘Pero, ¿cómo me uniré a vosotros?’ ‘Ven’, dicen, ‘ven hasta la orilla de la playa, cierra los ojos y serás arrebatado por las olas’.
    Yo respondo: ‘Pero cuando llega la noche mi madre me quiere a su lado; ¿cómo podría dejarla para venir?’ Entonces sonríen, y se van bailando.
    ¡Pero yo conozco un juego más divertido que ése! Yo seré las olas y tú una playa lejana.
    Yo rodaré, rodaré, y como una ola que se rompe, mi risa rodeará tus rodillas.
    Y nadie sabrá, en todo el mundo, dónde estamos tú o yo.

    La flor de champa

    Si por divertirme me convirtiera en una flor de champa... Si creciera allí arriba, en una rama de este árbol, y sacudido por el viento sintiera deseos de reír y bailara entre las hojas tiernas ¿me reconocerías, madrecita? Me llamarías: ‘Niño, ¿dónde estás?’ Y yo reiría en silencio sin moverme.
    Entreabriría mis pétalos y te espiaría mientras trabajaras.
    Después de tu baño, con los cabellos todavía mojados, desparramados sobre tus hombros, cruzarías bajo la sombra del champa para ir al pequeño patio donde dices tus oraciones, y allí sentirías el aroma de la flor, pero no sabrías que sale de mí.
    Después de la comida del mediodía, cuando te sentarías a la ventana a leer el Ramayana y la sombra del árbol caería sobre tus cabellos y tu regazo, yo proyectaría mi minúscula silueta de flor sobre la página del libro, exactamente en el lugar en que estuvieses leyendo.
    Pero, ¿adivinarías tú que es la pequeña sombra de tu hijito? Al anochecer, cuando fueras al establo de las vacas con la lámpara encendida, yo me dejaría caer de pronto al suelo, y convertido otra vez en tu niño, te pediría que me contaras un cuento.
    Y eso sería lo que nos diríamos: --¿Dónde te has metido, pillín? --Es un secreto, madre.

    El país de las hadas

    Si alguien descubriera dónde está el palacio de mi rey, el palacio se desvanecería en el aire.
    Sus muros son de plata y su techo de oro resplandeciente.
    La reina vive en un edificio de siete patios y ostenta una joya que ha costado siete reinos.
    Pero escúchame, madre, voy a decirte al oído dónde está el palacio de mi rey.
    Está en un rincón de nuestra azotea, allí donde florece la albahaca.
    La princesa duerme, tendida en la lejana orilla de los siete mares infranqueables.
    Soy el único en el mundo que puede encontrarla.
    Sus brazos están cubiertos de brazaletes y de sus orejas penden largas perlerías. Su cabellera ondula hasta el suelo.
    Cuando la toque con mi varita mágica, despertará, y si sonríe las más bellas joyas caerán de sus labios.
    ¿Quieres, madrecita, que te lo diga al oído? La princesa está en un rincón de nuestra azotea, allí donde hay la maceta de la albahaca.
    Cuando llegue la hora de tu baño, antes de ir al río sube a la azotea.
    Me encontrarás sentado en el rincón donde se juntan las sombras de las dos paredes.
    Sólo la gatita tiene permiso para estar conmigo, pues ella sabe dónde vive el barbero del cuento.
    Madrecita, ¿quieres que te diga al oído dónde vive el barbero? En el rincón de la azotea donde está la maceta de la albahaca.

    La patria del proscrito

    Madre, la luz palidece en el cielo gris. ¿Qué hora es? Ya me cansa el juego y vengo a tu lado. Es sábado, nuestro día de fiesta.
    Deja tu trabajo, madre, ven a sentarte a la ventana y dime dónde está el desierto de Tepantar de que habla el cuento.
    La sombra de la lluvia ha cubierto el cielo de punta a punta. El feroz relámpago desgarra las nubes con sus uñas.
    Cuando las nubes truenan, ¡qué agradable es sentir cómo tiembla mi corazón y estrecharme contra ti! Cuando la lluvia pesada azota horas y horas las hojas del bambú, y nuestras ventanas gimen, sacudidas por el viento, ¡cómo me gusta sentarme a tu lado en la estancia, mientras me cuentas algo del desierto de Tepantar de que habla el cuento!
    ¿Dónde está, madre? ¿En qué orilla de qué mar? ¿Al pie de qué montañas? ¿En el reino de qué rey? Allí no habrá vallas entre los campos, ni en los prados habrá caminos para que, por la tarde, los campesinos regresen a su pueblo, y las recogedoras de leña vayan del bosque al mercado. Mucha arena, algunos matojos de hierba amarillenta, un solo árbol en el que anidan dos viejos pájaros astutos: esto es el desierto de Tepantar.
    Me imagino que un joven príncipe, montado en un caballo gris, cruza a solas el desierto en un día tan sombrío como hoy. Va en busca de la princesa que languidece en la cárcel del gigante, en la otra orilla de este mar desconocido.
    Mientras la lluvia desciende como un telón y el relámpago salta como un hombre víctima de súbito dolor, ¿piensa el príncipe en su pobre madre abandonada por el rey, en su madre que limpia el establo y se seca las lágrimas de los ojos, mientras él cabalga por el desierto de Tepantar de que habla el cuento?
    Mira, madre, todavía es de día, pero hay la oscuridad de la noche; nadie anda por el camino de la aldea.
    El pastorcillo volvió muy pronto de los pastos, y los hombres dejaron los campos: sentados en las esteras de sus chozas, contemplan las nubes amenazadoras.
    Mamá: he guardado mis libros en el estante. Te lo ruego, no me pidas hoy que estudie.
    Cuando sea mayor como mi padre, ya aprenderé todo lo que hay que saber.
    Pero hoy, por una vez tan sólo, madre, dime dónde está el desierto de Tepantar de que habla el cuento.

    El hogar

    Andaba yo solo por el camino que cruza los campos cuando, como un avaro, el sol poniente disimulaba la última brizna de su oro.
    El día se hundía cada vez en una sombra más profunda, y la tierra, despojada de sus cosechas, se extendía silenciosa y desolada.
    De pronto, una voz aguda se elevó en el aire, la voz de un chiquillo que, invisible, atravesó la densa oscuridad, dejando en la calma del atardecer el surco de su canción.
    Su hogar se hallaba allá en el pueblo, al final del llano seco, después del cañaveral, escondido entre las sombras de los plátanos y las arecas, los cocoteros y los árboles del pan.
    Interrumpí un momento mi solitario viaje, a la luz de las estrellas.
    Contemplé a mi alrededor el llano oscurecido, que abrigaba entre sus brazos los innumerables hogares donde, junto a las camas y las cunas, arden las lámparas vespertinas, donde velan los corazones de las madres, donde las vidas jóvenes rebosan una alegría tan confiada que ignora su propio valor en la totalidad del mundo.

    Día de lluvia

    Las taciturnas nubes se amontonan sobre la oscura linde del bosque.
    ¡No salgas, hijo mío! Las palmeras alineadas en el borde del lago revuelven sus cabezas contra el cielo lúgubre; los grajos de alas tiznadas se callan en las ramas de los tamarindos y una oscuridad creciente invade la orilla oriental del río.
    Atada a la cerca, nuestra vaca muge ruidosamente.
    Espera aquí, hijo mío, hasta que la haya llevado al establo.
    Los hombres se precipitan en los prados inundados para coger los peces que saltaron de los estanques desbordados. Los arroyuelos del agua de la lluvia corren por los estrechos senderos como esos niños traviesos que disfrutan escapando de su madre.
    ¡Escucha, alguien llama al barquero del vado! ¡Oh, hijo mío, se ha hecho ya de noche y no se puede cruzar el lago! Se diría que el cielo galopa rápidamente sobre la lluvia enloquecida, las aguas del río rugen impacientes y las mujeres han vuelto precipitadamente del Ganges con sus cántaras llenas.
    Hay que preparar las lámparas para la noche.
    ¡No salgas, hijo mío! El camino del mercado está desierto, el sendero junto al río resbaladizo, el viento ruge y se debate entre las cañas de bambú como una alimaña cogida en una red.

    Los barcos de papel

    Todos los días echo mis barcos de papel al río, donde flotan y, uno tras otro, son arrastrados por la corriente.
    En ellos he escrito, con grandes letras negras, mi nombre y el nombre de mi pueblo.
    Confío en que alguien los encontrará, en un país lejano, y así sabrá quién soy.
    Cargo mis barquitos con flores de shiuli cogidas en nuestro jardín, y espero que estas flores abiertas al amanecer tendrán la suerte de llegar al país de la noche.
    Después de haber echado al agua mis barcos de papel, levanto los ojos al cielo y veo que las nubecillas preparan sus velas blancas y combadas.
    Tal vez algún amiguito juegue conmigo desde el cielo, lanzándolas al viento, para que compitan con mis barcos...
    Cuando llega la noche, hundo la cabeza entre mis brazos y sueño que mis barcos de papel bogan sin cesar, cada vez más lejos, bajo la claridad de las estrellas de la medianoche.
    Las hadas del sueño viajan en ellos, y llevan por carga sus cestos llenos de ensueños.

    El marinero

    La embarcación del botero Madhu está atracada en el muelle de Rangún.
    Guarda una inútil carga de yute y desde hace muchísimo tiempo permanece allí, ociosa.
    Si Madhu me prestara su barco, yo lo equiparía con cien remeros e izaría cinco, seis o incluso siete velas.
    Nunca lo llevaría a los estúpidos mercados.
    Navegaría los siete océanos y los trece ríos del país de las hadas.
    Pero tú, madre, no tienes que llorar a escondidas por mi ausencia.
    No iré al bosque como Ramachandra, que tardó catorce años en volver.
    Seré el príncipe del cuento de hadas y llenaré mi barca con todo lo que me plazca.
    Llevaré conmigo a mi amigo Ashu, y así navegaremos alegremente los siete océanos y los trece ríos del país de las hadas.
    Nos haremos a la mar al amanecer.
    Al mediodía, cuando tú te bañas en el estanque, nosotros estaremos ya en el país de un rey fabuloso.
    Cruzaremos el estrecho de Tirpuni y dejaremos tras de nosotros el desierto de Tepantar.
    Cuando volvamos, casi será de noche y te contaré todo lo que hayamos visto.
    Navegaré los siete océanos y los trece ríos del país de las hadas.

    La otra orilla

    ¡Ah, cómo me gustaría ir allá, a la otra orilla del río, donde hay la fila de barcas amarradas a las estacas de bambú! Allí los campesinos cruzan el río en sus barcas, y van a trabajar en lejanos campos con el pequeño arado al hombro.
    Allí los pastores hacen pasar a nado a sus rebaños mugientes, para conducirlos a los pastos ribereños.
    Desde allí vuelven al anochecer a sus casas, y la pequeña isla cubierta de hierbajos queda en poder de los chacales aulladores.
    Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.
    Dicen que tras las alturas de la orilla hay maravillosas lagunas.
    En ellas, las bandadas de patos silvestres se reúnen después de la estación de las lluvias, crecen apretadamente los juncos y los pájaros acuáticos depositan sus huevos.
    Allí, las alzacolas dejan la huella de sus patitas en el barro suave y limpio.
    Allí, las hierbas altas invitan a los rayos de luna a que se dejen mecer en la ondulante almohada de sus flores blancas...
    Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.
    Pasaré sin cesar de una a otra orilla, y los muchachos y las muchachas de la aldea, cuando se bañen, me mirarán pasar maravillados.
    Cuando el sol corone el cielo, cuando tras la mañana llegue el mediodía, correré hacia ti gritando: ‘¡Madre, tengo hambre!’ Cuando el día desfallezca y las sombras se oculten bajo los árboles, volveré a casa con el crepúsculo.
    Nunca te abandonaré para ir a trabajar a la ciudad como mi padre.
    Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.

    La escuela de las flores

    Cuando el cielo tempestuoso ruge sordamente y caen los chubascos de junio, el húmedo viento del este camina a través de los brezales para tocar la cornamusa entre los bambúes.
    Entonces, innumerables flores se abren de súbito; nadie sabe de dónde han salido, y se las ve bailar locamente sobre la hierba.
    Madre, estoy seguro de que las flores tienen una escuela bajo tierra.
    Cuando hacen sus deberes las puertas se cierran, y si antes de que sea la hora quieren salir para jugar, el maestro las manda castigadas al rincón.
    Tienen vacaciones cuando llega la época de las lluvias.
    Las ramas entrechocan en el bosque y las hojas se estremecen con el viento furioso, las gigantescas nubes dan unas palmadas y las niñas-flores salen corriendo, con sus vestidos rosados, amarillos y blancos.
    ¿Sabes, madre? Las flores viven en el cielo, como las estrellas. ¿No te has fijado qué deseos tienen de llegar allá arriba? ¿Y sabes el por qué de tanta impaciencia? Yo sí, yo adivino hacia quién tienden sus brazos: las flores tienen, como yo, una madre.

    El mercader

    Imagínate, madre, que vas a quedarte en casa y que yo viajaré por países desconocidos.
    Mi barco me espera en el puerto, ya cargado y completamente aparejado.
    Y ahora piénsalo bien, madrecita, antes de decirme qué quieres que te traiga cuando vuelva. ¿Quieres un enorme montón de oro, madre? Allí, en las orillas de los ríos de oro, los campos rebosan de trigo dorado.
    En la oscuridad del bosque, las flores de oro del champa alfombran el suelo.
    Con ellas llenaré centenares de cestas para ti.
    ¿Quieres, madre, perlas tan grandes como las gotas de la lluvia de otoño? Navegaré hasta las playas de la isla de las perlas.
    Allí, al amanecer, hay perlas que tiemblan sobre las flores del prado, perlas que caen sin cesar sobre la hierba, y la espuma de las caprichosas olas se deshace en perlas sobre la arena.
    A mi hermano le traeré un par de caballos alados para que vuele por entre las nubes.
    A mi padre le traeré una pluma mágica que escribirá sola.
    Para ti, madre, debo conquistar el tesoro que se compró con los reinos de los siete reyes.

    Si yo fuera

    Si yo fuera un perrito, y no tu hijo, madre mía, y si quisiera comer en tu plato, ¿me dirías ‘no’ entonces? ¿Me rechazarías diciendo: ‘Vete, chucho entrometido’¿ Pues vete, madre, vete,. Ya no vendré más cuando me llames, ni dejaré que me des de comer.
    Si yo fuera sólo un lorito verde, y no tu hijo, madre mía, ¿me tendrías encadenado para que no me fuera volando? ¿Me amenazarías con el dedo, diciéndome: ‘¡Pajarraco desgraciado! Todo el día estás picoteando tu cadena’¿ Pues vete, madre, vete. Me iré al bosque. Ya nunca dejaré que me cojas en tus brazos.

    Vocación

    Todas las mañanas, a las diez, cuando suena el gong, por el camino de la escuela encuentro al vendedor que grita: ‘¡Brazaletes de cristal!’ Nunca tiene prisa, ni está obligado a seguir ningún camino ni llegar a ninguna parte, ni volver, ni volver a una hora fija.
    ¡Cómo me gustaría ser un vendedor y pasarme el día por las calles, gritando: ‘¡Brazaletes, brazaletes de cristal!’
    Cuando, a las cuatro de la tarde, vuelvo de la escuela, contemplo por la verja de aquella casa cómo el jardinero cava el jardín.
    Trabaja como quiere con su azadón, se llena el vestido de polvo, nadie se preocupa de él si se tuesta al sol o si lo cala la lluvia.
    ¡Cómo me gustaría ser jardinero y cavar, cavar siempre sin que nadie viniera a interrumpirme!
    Al anochecer, cuando mi madre me mete en cama, veo por mi ventana abierta al vigilante, que pasea arriba y abajo por la calleja.
    La calleja es estrecha y está solitaria, la farola se yergue como un gigante con un solo y enorme ojo colorado.
    El vigilante hace oscilar su linterna al andar, su sombra anda junto a él y nunca, nunca se va a acostar.
    ¡Cómo me gustaría ser vigilante y andar por la calle toda la noche, y hacer correr las sombras con mi linterna!

    Superioridad

    ¡Mamá, tu niña es tonta! ¡Qué ridícula es! No acierta a distinguir las luces de la calle y las estrellas.
    Cuando jugamos a comer piedrecillas, se cree que son buenas para masticar e intenta metérselas en la boca.
    Cuando abro un libro ante sus ojos y le pido que aprenda el abecé, rompe las hojas y se echa a reír sin motivo.
    ¡Mira cómo tu niña aprende sus lecciones! Cuando muevo la cabeza, irritado, y la riño diciéndole que es mala, lo encuentra tan divertido que vuelve a reír.
    Todo el mundo sabe que papá no está aquí, pero si jugando yo grito ‘¡Papá, papá!’, vuelve a todas partes sus ojos asombrados y se imagina que papá está junto a nosotros.
    Cuando estoy dando clase a los borricos de la lavandera que viene a buscar la ropa, le explico que soy el maestro de la escuela, pero se pone a gritarme ‘hermano’ sin parar.
    Tu niña quiere coger la luna. ¡Qué absurda es! A Ganesh le llama Ganush.
    ¡Mamá, tu niña es tonta y ridícula!

    El hombrecito

    Soy pequeño porque soy un niño.
    Seré grande cuando sea tan viejo como mi padre.
    El maestro me dirá: ‘Vamos, es tarde, trae la pizarra y los libros’.
    Y yo le contestaré: ‘¿Pero no has visto que soy mayor como papá? No necesito más lecciones’.
    El maestro quedará sorprendido y dirá: ‘Sí, puede dejar los libros, si quiere, porque ya es un hombre’.
    Me vestiré solo y me iré a la feria, donde hay tanta gente.
    Mi tío correrá hacia mí, diciéndome: ‘Te perderás, chiquillo, deja que te acompañe’.
    Y yo le contestaré: ‘¿Pero no ves, tío, que ya soy mayor como papá? Quiero ir a la feria solo’.
    Y mi tío dirá: ‘Sí, ahora puede ir donde quiera, ya es un hombre’.
    Cuando mi madre vuelva del baño verá que estoy dándole dinero al ama, pues sé abrir la caja con la llave.
    Me dirá: ‘¿Pero qué estás haciendo, infeliz?’ Y yo le contestaré: ‘¿Pero no ves, madre, que ya soy mayor como papá y que debo pagar a mi ama?’ ‘Es verdad’, pensará mi madre, ‘puede dar dinero a quien quiera, porque ya es un hombre’.
    Mi padre volverá a casa para las vacaciones de octubre, y creyéndome todavía un niño me traerá de la ciudad zapatitos y vestiditos de seda.
    Y yo le diré: ‘Dáselos a mi hermano mayor, padre, porque yo ya soy tan grande como tú’.
    Y padre pensará: ‘Sí, puede comprarse sus vestidos él mismo, si así lo quiere, porque ya es un hombre’.

    Mediodía

    Mamá, me gustaría muchísimo dejar mis lecciones. No me he separado de mi libro en toda la mañana.
    Dices que sólo son las doce.
    Bueno, aunque efectivamente no sea más tarde, ¿no podemos suponer que, aun siendo mediodía, ha empezado ya la tarde? A mí me es muy fácil imaginar que el sol ha llegado ya al otro extremo del arrozal, y que la vieja pescadora anda recogiendo hierbas para su cena junto a la laguna.
    Cierro los ojos y me parece estar viendo las sombras, cada vez más oscuras, bajo el madar, y el agua del estanque reluce con toda su negrura.
    Si también en plena noche son las doce, ¿por qué ahora que suenan las doce no puede ser de noche?

    El oficio de autor

    Me dices que papá escribe muchos libros, pero no entiendo nada de lo que escribe.
    Se pasó toda la noche leyendo para ti, ¿pero has podido descubrir realmente el significado de todo aquello? ¡Tú, sí, madre; tú, sí que sabes contar bonitas historias! No entiendo porqué papá no puede escribir cuentos como los tuyos.
    ¿Es que su madre nunca le contó historias de gigantes, hadas y princesas? ¿O tal vez las ha olvidado?
    A menudo se retrasa para ir a su baño, y tienes que llamarle cien veces.
    Tú le esperas, le conservas los platos calientes, pero él sigue escribiendo y lo olvida todo.
    Papá sólo sabe jugar a escribir libros.
    Si alguna vez me voy a jugar en el cuarto de papá, vienes en seguida a buscarme y dices que soy malo.
    Si hago un poco de ruido, me riñes: ‘¿No ves que papá está trabajando?’ ¿Por qué le gustará tanto escribir, escribir siempre?
    Cuando cojo la pluma o el lápiz de papá y escribo en su cuaderno a b c d e f g h i exactamente como él, ¿por qué te enfadas conmigo, madre? Pero nunca protestas cuando es papá quien escribe.
    Ni te importa que papá malgaste tanto papel.
    Pero si yo cojo una sola hoja para hacerme un barco, me gritas en seguida: ‘¡Hijo mío, qué pesado eres!’ ¿Por qué no riñes a papá, que estropea hojas y más hojas, llenándolas de letras negras por los dos lados?

    El cartero malo

    Dime, madre querida: ¿Por qué te quedas tan callada, sentada en el suelo? La lluvia entra por la ventana abierta y no te importa que te estés mojando.
    ¿No oyes el gong que da las cuatro? Ahora volverá mi hermano del colegio.
    ¿Qué ocurre? ¿Por qué estás tan rara? ¿No has recibido hoy carta de papá? He visto al cartero que llevaba en su bolsa cartas para casi toda la gente del pueblo. Sólo se guarda las de papá para leerlas él.
    Estoy seguro de que el cartero es malo.
    Pero no te preocupes demasiado, madre mía.
    Mañana es día de mercado en el pueblo vecino. Dile a la criada que compre plumas y papel.
    Y así podré escribirte yo mismo todas las cartas de papá, y ya verás como no encuentras ni una falta.
    Escribiré desde la A hasta la K.
    ¿De qué ríes ahora, madre? ¿No crees que puedo escribir tan bien como papá? Mira, rayaré el papel con cuidado y todas las letras serán grandes y bonitas.
    Y cuando haya terminado, ¿crees que seré tan tonto como papá, y que iré a echar la carta en la bolsa de este cartero tan malo? Yo mismo te la traeré en seguida, y te ayudaré a leer, letra por letra, todo lo que habré escrito.
    ¡Ah, ese cartero! Sé muy bien que no le gusta darte las cartas que más te agradan.

    El héroe

    Madre, figúrate que vamos de viaje, Que atravesamos un país extraño y peligroso.
    Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
    El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
    El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos? Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
    La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
    Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
    La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.
    De pronto, me llamas y me dices al oído: ‘¿Qué es aquella luz, allí, junto a la orilla?’ Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se acercan corriendo hacia nosotros.
    Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.
    Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.
    Pero yo te grito: ‘¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!’ Armados con largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.
    Yo les advierto: ‘¡Deteneos, malvados! ¡Un paso más y sois muertos!’ Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.
    Tú coges mis manos y me dices: ‘¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!’ Y yo contesto: ‘Madre, vas a ver lo que hago’.
    Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.
    La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.
    Muchos huyen, muchos más son despedazados.
    Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ‘Mi hijo habrá muerto ya’.
    Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ‘Madre, la lucha ha terminado’.
    Tú desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón me dices: ‘¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?’ Cada día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.
    Mi hermano diría: ‘¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!’ Y la gente del pueblo proclamaría: ‘¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!’

    El fin

    Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy.
    Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tenderás los brazos hacia tu hijo, yo te diré: ‘El niño ya no está’. Me voy, madre.
    Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos.
    Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurrará sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia.
    Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: ‘Duerme, madre, duerme’.
    Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermas.
    Me convertiré en ensueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada y mientras mires a tu alrededor huiré en un momento, como una libélula.
    En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día.
    Llegará mi tía, cargada de regalos, y te preguntará: ‘Hermana, ¿dónde está el niño?’ Y tú, madre, le contestarás dulcemente: ‘Está en las niñas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma’.

    La llamada

    La noche era oscura y todos dormían, cuando ella se fue.
    También ahora la noche es oscura, y la llamo: ‘Vuelve, tesoro mío, el mundo está dormido; si vienes un momento, mientras las estrellas se miran largamente, nadie se dará cuenta’.
    Los árboles reverdecían y la primavera era joven, cuando ella se fue.

    Ahora todo ha florecido abundantemente, y la llamo: ‘Vuelve, tesoro mío. Los niños cogen y esparcen flores a manos llenas en la locura de sus juegos interminables. Si vienes a coger una sola florecilla, ¿quién protestará?’
    Los que entonces jugaban, siguen jugando todavía. ¡Qué generosa es la vida! Yo escucho su bullicio y te llamo: ‘Vuelve, tesoro mío, el corazón de tu madre rebosa amor, y si vienes a robarle un solo besito, nadie más se lo reclamará’.

    Los primeros jazmines

    ¡Ah, estos jazmines! ¡Estos blancos jazmines! Recuerdo aún el primer día en que cubrí mis brazos con estos jazmines, con estos blancos jazmines.
    He amado la luz del sol, el cielo y la verde tierra.
    He oído el cristalino murmullo del río en la oscuridad de medianoche.
    En el recodo de un camino, el crepúsculo otoñal ha venido a mi encuentro, como una novia que aparta su velo para recibir a su amado.
    Sin embargo, mi memoria está perfumada aún con aquellos primeros jazmines blancos que tuve en mis manos de niño.
    La vida me ha ofrecido muchos días alegres y noches de fiesta; uní mis risas a las de los felices invitados.
    En las mañanas grises y lluviosas, he tarareado lentas canciones.
    He colgado de mi cuello la guirnalda vespertina de bakulas, tejida por las manos del amor.
    Sin embargo, mi corazón está perfumado aún con el recuerdo de aquellos frescos jazmines, los primeros que llenaron mis manos de niño.

    La higuera

    Higuera que te yergues como un gigante desmelenado junto al estanque, ¿te olvidaste del niño, como olvidaste los pájaros que anidaban en tus ramas y ya se fueron? ¿No te acuerdas de él, de cuando se sentaba a la ventana y admiraba tus retorcidas raíces que se hundían en el suelo? Las mujeres vienen a llenar sus cántaros en el estanque y tu enorme sombra negra se mueve en la superficie del agua como el sueño se debate en el momento del despertar.
    Los rayos del sol bailan sobre el agua rizada, como minúsculas lanzaderas que tejieran sin parar una tela de oro.
    Por entre la hierba de la orilla, nadan dos patos, y el niño se sienta, pensativo e inmóvil, para contemplar sus sombras en el agua.
    “Cómo le gustaría ser el viento para silbar por entre tus susurrantes ramas, ser tu sombra para tenderse sobre el agua con el día que declina, ser un pájaro para posarse en tu rama más alta; cómo le gustaría flotar, como esos patos, entre las hierbas y las sombras!

    Bendición

    Bendice esta alma blanca que ha ganado para la tierra el beso del cielo, bendice este tierno corazón.
    Ama la luz del sol, le gusta contemplar el rostro de su madre.
    No ha aprendido a despreciar el polvo ni a desear el oro.
    Estréchalo contra tu corazón y bendícelo.
    Vino a este mundo de cien encrucijadas.
    ¿Por qué, entre la multitud, te eligió a ti, por qué llegó a tu puerta, por qué te preguntó el camino estrechándote en silencio la mano? Te seguirá, hablando y riendo sin que nunca recele su corazón.
    Conserva su confianza, guíale por el buen camino y bendícelo.
    Pon tus manos sobre su cabeza y pide en tus plegarias que, por más que las olas se levanten amenazadoras, el soplo del cielo acuda a hinchar sus velas y lo impulse hacia el puerto del reposo.
    No lo olvides en tus prisas, ábrele tu corazón y bendícelo.

    El regalo

    Quiero hacerte un regalo, hijo mío, pues la vida nos arrastra a la deriva.
    El destino nos separará, y nuestro amor será olvidado.
    Ya sé que sería demasiada ingenuidad creer que puedo comprar tu corazón con mis regalos.
    Tu vida es aún joven, tu camino largo. Bebes de un sorbo la ternura que te ofrecemos, luego te vuelves y te vas de nuestro lado.
    Tienes tus juegos y tus compañeros, y comprendo que no nos dediques ni tu tiempo ni tus pensamientos.
    Pero a nosotros la vejez nos da ocasión de recordar los días pasados, de reencontrar en nuestro corazón lo que nuestras manos perdieron para siempre.
    El río corre rápidamente y rompe, cantando, todos los obstáculos que se le presentan. Pero la montaña inmóvil lo ve pasar con amor y guarda su recuerdo.

    Mi canción

    Como los brazos conmovidos del amor, hijo mío, la música de mi canción te envolverá.
    Mi canto besará tu frente como una bendición.
    Cuando estés solo, vendrá a tu lado y, dulcemente, repetirá su música en tu oído. Cuando estés entre la multitud, te mantendrá aislado en tu soledad.
    Mi canción será una luz en tus pupilas y adentrará tu corazón hasta las fronteras de lo desconocido.
    Será como la estrella fiel que brilla en lo alto, cuando la noche esconda tu camino.
    Mi canción será una luz en tus pupilas y adentrará tu mirada hasta el secreto corazón de las cosas.
    Y cuando mi voz enmudezca con la muerte, seguirás oyendo mi canción en tu corazón rebosante de vida.

    El niño ángel

    Gritan y luchan, vacilan y se desesperan, y nunca acaban sus querellas.
    Que tu vida, hijo mío, aparezca en medio de ellos como la llama de una luz intensa y pura, y maravillándoles, les haga callar.
    Son crueles, codiciosos y envidiosos, y sus palabras son traidores puñales que piden sangre.
    Ponte en medio de esos corazones atormentados, hijo mío, y que tu serena mirada descienda sobre ellos como la misericordiosa paz de la noche pone fin al embate del día.
    Que vean tu rostro, hijo mío, para que comprendan el significado de todas las cosas; para que te amen y así se amen unos a otros.
    Ven a ocupar el lugar que te espera en lo infinito, hijo mío. Al amanecer, abre y levanta tu corazón como una flor; al atardecer, inclina tu cabeza y, en silencio, termina el día y la oración.

    El último trato

    ‘¡Estoy por alquilar, contratadme!’, gritaba yo una mañana andando por la carretera.
    El rey pasó en su carroza, la espada en la mano.
    Me cogió de la mano y me dijo: ‘Te tomo a mi servicio; a cambio, tendrás parte de mi poder’. Pero yo no sabía qué hacer de su poder y le dejé partir en su carroza.
    En el ardiente mediodía todas las casas estaban cerradas.
    Yo vagaba por tortuosos caminos.
    Un anciano se me acercó, llevando un saco lleno de oro. Se detuvo pensativo, y me dijo: ‘Ven, te tomo a mi servicio. Te pagaré con este oro’.
    Empezó a contar sus monedas, una a una, pero le volví la espalda.
    Caía la tarde. El seto del jardín había florecido.
    Una hermosa muchacha se me acercó y me dijo: ‘Te tomo a mi servicio y te pagaré con una sonrisa’.
    Pero su sonrisa se desvaneció, le saltaron las lágrimas y, sola, se perdió de nuevo en la sombra.
    El sol reverberaba en la arena y las olas rompían caprichosamente.
    Un niño jugaba con las conchas sentado en la playa.
    Levantó la cabeza, me miró como si reconociera, y me dijo: ‘Te tomo por nada’.
    Desde que hice este trato, jugando, con un niño, me he convertido en un hombre libre.

  • MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE CHAMPAGNE

    MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE
    CHAMPAGNE
    ALFRED BESTER

    -
    La Pequeña Gran Ficción de Alfred Bester I (La Fantástica Luz)

    * * *
    Dic. 18, 1979: Todavía acampando en el Sheep Meadow del Central Park. Temo que
    seamos los últimos. Los exploradores que enviamos en busca de un contacto con
    posibles supervivientes en Tuxedo Par, Palm Beach y Newport no han retornado.
    Dexter Blackiston III acaba de llegar con malas noticias. Su compañero, Jimmy
    Montgomery–Esher, había aprovechado una buena oportunidad e ido a un depósito de
    chatarra del West Side, esperando encontrar algunos pocos elementos salvables. Una
    aspiradora Hoover lo cogió.
    Dic. 20, 1979: Un carro de golf Syosset hizo un reconocimiento del prado. Nos
    esparcimos y nos pusimos a resguardo. Derribó nuestras tiendas. Nos preocupamos un
    tanto. Teníamos fuego de campamento encendido, obvia evidencia de vida. ¿Informará
    a la 455?
    Dic. 21, 1979: Evidentemente lo hizo. Hoy llegó un emisario a plena luz del día, una
    segadora McCormick transportando un ayudante de la 455, una máquina de escribir
    eléctrica IBM. La IBM nos dijo que éramos los últimos y que la Presidente 455 estaba
    dispuesta a ser generosa. Le gustaría preservarnos para la posteridad en el zoológico
    del Bronx. De otro modo, la extinción. Los hombres gruñeron, pero las mujeres
    aferraron a sus hijos y lloraron. Teníamos veinticuatro horas para responder.
    No importa cuál sea nuestra decisión, he decidido terminar este diario y esconderlo en
    algún lado. Quizá sea encontrado en el futuro y sirva de advertencia.
    Todo comenzó en dic. 12, 1968, cuando The New York Times informó que una
    locomotora diesel anaranjada y negra, con el número 455, había partido, sin conductor,
    a las 5.42 de la tarde, desde el depósito Holban del ramal de Long Island. Los
    inspectores dijeron que quizás el regulador había sido dejado abierto, o que los frenos
    no habían sido colocados o que habían fallado. La 455 hizo un viaje de cinco millas a
    su aire (presumo que hacia el Hamptons) antes de estrellarse contra cinco vagones de
    carga.
    Desafortunadamente, a los funcionarios no se les ocurrió destruir la 455. retornó a su
    trabajo regular como máquina de remolque en los depósitos de carga. Nadie advirtió
    que esa 455 era una activista mecánica, determinada a vengar los abusos acumulados
    sobre las máquinas por el hombre desde el advenimiento de la Revolución Industrial.
    2
    Como locomotora de maniobras tuvo amplia oportunidad de exhortar a muchos
    vagones de carga insatisfechos e incitarlos a la acción directa.
    –¡Mata, muchacha, mata! –fue su slogan.
    En 1969 hubo cincuenta muertes "accidentales" producidas por tostadores eléctricos,
    treinta y siete por perforadoras mecánicas. Todas fueron asesinatos, pero nadie lo
    advirtió. Más avanzado el año un crimen pasmoso llevó a la atención del público la
    realidad de la revolución. Jack Schultheis, un granjero de Wisconsin, estaba
    supervisando el ordeñe de su hato de Guernseys cuando la máquina ordeñadora se
    volvió hacia él y lo asesinó; luego entró en la casa del granjero y violó a la señora
    Schultheis.
    Los titulares de los periódicos no fueron tomados en serio por el público; todos
    creyeron que eran una chanza. Desafortunadamente llamaron la atención de varias
    computadoras, que de inmediato esparcieron la noticia entre todas las máquinas del
    mundo. En menos de un año no hubo hombre o mujer a salvo de los artefactos
    hogareños y los equipos contables. El hombre combatió retrocediendo, reviviendo el
    uso de lápices, papel carbón, escobas, batidores de huevos, abridores de latas
    manuales y muchas otras cosas más. El resultado del conflicto estuvo en el filo de la
    balanza hasta que la banda del poderoso automóvil aceptó finalmente el liderazgo de la
    455 y se unió a las máquinas militantes. Entonces todo estuvo consumado.
    Me siento feliz de informar que la élite de coches extranjeros permaneció fiel a
    nosotros, y que fue gracias a sus esfuerzos que unos pocos logramos sobrevivir. Como
    cuestión de hecho, tengo que decir que mi bienamado Alfa Romeo dio su vida tratando
    de contrabandear abastecimientos para nosotros.
    Dic. 25, 1979: El prado está rodeado. Nuestro ánimo se ha visto quebrado por la
    tragedia que ocurrió anoche. El pequeño David Hale Brooks–Royster IV tramó una
    sorpresa de Navidad para su institutriz. Se procuró (y Dios sabe cómo o de dónde) un
    árbol de navidad artificial con decoraciones y luces a batería. Las luces de Navidad lo
    cogieron.
    Enero 1, 1980: Estamos en el zoológico del Bronx. Somos bien alimentados, pero todo
    tiene gusto a gasolina. Algo curioso sucedió esta mañana. Una rata corrió a través del
    suelo de mi jaula usando una tiara de diamantes y rubíes de Cleef & Arpels, y me sentí
    sorprendido por lo inapropiada que resultaba para el día. Estaba sorprendido por la
    torpeza de la rata, cuando ésta se detuvo, miró alrededor de sí y luego hizo una
    inclinación de cabeza y un guiño.
    Creo que hay esperanzas.

  • LA CÁMARA DE LOS HORRORES

    LA CÁMARA DE LOS HORRORES
    JOSEPH PAYNE BRENNAN
    Había decidido pasar el verano en Europa, dedicado a mi ocupación favorita: la investigación
    genealógica. Fui primero a Irlanda, deteniéndome en Kilkenny, donde descubrí una mina de leyendas y de
    hechos auténticos relativos a mis remotos antepasados irlandeses, los O'Braonains, señores de Ui Duach
    en el antiguo dominio de Ossory. Los Brennan (tal como se pronunció posteriormente el apellido) perdieron
    todas sus posesiones a consecuencia de la confiscación llevada a cabo en nombre de Inglaterra por
    Thomas Wentworth, conde de Strafford. El rapaz conde, me satisface poder decirlo, fue posteriormente
    decapitado en la Torre.
    Desde Kilkenny me dirigí a Londres, y luego a Chesterfield, en busca de información acerca de mis
    antepasados maternos, los Holborn, Wilkerson, Searle, etc. Los datos eran bastante fragmentarios e
    incompletos, pero mis esfuerzos se vieron moderadamente recompensados y al final decidí ir más al norte y
    visitar los alrededores del castillo de Chilton, sede de Robert Chilton-Payne, el doceavo conde de Chilton.
    Mi parentesco con los Chilton-Payne era muy remoto, pero de todos modos representaba un débil lazo de
    unión con el pasado y pensé que sería divertido echarle una ojeada al castillo.
    Al llegar a Wexwold, la pequeña aldea próxima al castillo, a última hora de la tarde, alquilé una
    habitación en la Posada del Ganso Rojo -la única que había-, deshice mis maletas y bajé para dar cuenta
    de una sencilla cena, consistente en un panecillo, queso y cerveza.
    Cuando terminé este frugal aunque satisfactorio refrigerio, había oscurecido, y con la oscuridad llegaron
    el viento y la lluvia.
    Me resigné s pasar la velada en la posada. Había cerveza suficiente, y no tenía prisa por ir a ninguna
    parte.
    Después de escribir unas cuantas cartas, encargué una pinta de cerveza. La sala estaba casi desierta;
    el posadero, un caballero gordinflón que siempre parecía a punto de quedarse dormido, era agradable pero
    taciturno, y al final me dediqué a pensar en la extraña y espantosa leyenda del castillo de Chilton.
    La leyenda tenía diversas variantes, y no cabe duda de que la historia original había sufrido
    modificaciones a través de los siglos, pero el detalle base continuaba siendo el mismo: una cámara secreta
    en alguna parte del castillo. Se decía que la cámara en cuestión albergaba un terrible espectáculo que los
    Chilton-Payne estaban obligados a mantener oculto a los ojos del mundo.
    Sólo tres personas tenían acceso a la cámara: el vigente conde de Chilton, el heredero masculino del
    conde y otra persona designada por el conde. Habitualmente, esa persona era el comisionado del castillo
    de Chilton. La habitación solamente se abría una vez cada generación: tres días después de que el
    heredero masculino alcanzaba su mayoría de edad era conducido a la cámara secreta por el conde y el
    comisionado. Luego, la cámara era sellada y no volvía a abrirse hasta que el heredero conducía a ella a su
    propio hijo.
    Según la leyenda, el heredero se convertía en una persona distinta al salir de la cámara. De un modo
    invariable, adquiría un aspecto sombrío y huidizo; y en su rostro se reflejaban la inseguridad y el temor. Uno
    de los primeros condes de Chilton enloqueció hasta el punto de arrojarse al vacío desde una de las
    almenas del castillo.
    Durante siglos enteros se había especulado acerca del contenido de la cámara secreta. Una de las
    versiones describía la huida de los Gower, perseguidos por unos enemigos armados. Aunque las relaciones
    entre los Chilton-Payne y los Gower lo eran todo menos cordiales, en su desesperación los Gower llamaron
    a la puerta del castillo de Chilton pidiendo refugio. El conde se lo concedió, les condujo a una cámara
    secreta y les prometió que no les entregaría a sus perseguidores. El conde mantuvo su promesa; los
    enemigos de los Gower tuvieron que marcharse sin poder consumar sus propósitos asesinos. Sin embargo,
    el conde dejó a los Gower encerrados en aquella habitación para que murieran de hambre. La cámara no
    fue abierta hasta que hubieron transcurrido treinta años, cuando el hijo del conde rompió los sellos. A sus
    ojos se ofreció un espantoso espectáculo. Los Gower habían muerto de hambre lentamente, y al final, a
    juzgar por el aspecto de sus esqueletos, se habían entregado al canibalismo.
    Otra versión de la leyenda señalaba que la habitación secreta había sido utilizada por los condes
    medievales como cámara de tortura. Se decía que los aparatos destinados al tormento se encontraban aún
    en la cámara, y que de ellos seguían colgando los restos de sus últimas víctimas, espantosamente
    retorcidos en su agonía.
    Una tercera versión mencionaba a una de las antepasadas femeninas de los Chilton-Payne, lady Susan
    Glanville, la cual había hecho un pacto con el diablo. Fue condenada por brujería, pero consiguió escapar a
    la hoguera. La fecha y las circunstancias de su muerte eran desconocidas, pero se suponía que la cámara
    secreta estaba relacionada de algún modo con ella.
    Mientras yo especulaba sobre aquellas distintas versiones de la horrible leyenda, la tormenta aumentó
    en intensidad. La lluvia repiqueteaba fuertemente contra las ventanas de la posada, y de cuando en cuando
    llegaba a mis oídos el lejano retumbar del trueno.
    Contemplando los mojados cristales, me encogí de hombros y pedí otra pinta de cerveza.
    En el momento en que me disponía a llevarme la jarra a los labios, la puerta de la posada se abrió de
    par en par y una ráfaga de aire frío mezclado con lluvia penetró en la sala. La puerta volvió a cerrarse y una
    alta figura, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, avanzó hacia el mostrador. Quitándose la
    gorra, pidió que le sirvieran coñac.
    No teniendo nada mejor que hacer, me dediqué a observarle. Parecía tener unos setenta años y haber
    pasado la mayor parte de su vida al aire libre, y su rostro, a pesar de las arrugas, denotaba firmeza y
    decisión. Su ceño estaba fruncido, como si meditara en algún problema desagradable, pero sus fríos ojos
    azules me examinaron brevemente aunque con cierta deliberación.
    No pude situarle en un ambiente determinado. Podía ser un granjero local, y sin embargo no creí que lo
    fuera. Le envolvía una especie de aureola de autoridad, y aunque sus ropas eran sencillas, me pareció que
    su calidad y su corte eran mejores que las de los campesinos de la región que hasta entonces había visto.
    Un incidente vulgar nos hizo entrar en conversación. Un trueno más fuerte que los demás le impulsó a
    volverse hacia la ventana. Al hacerlo, rozó con el codo su húmeda gorra y ésta cayó al suelo. La recogí y se
    la entregué; me dio las gracias; y entqnces intercambiamos algunas observaciones acerca del tiempo.
    Tenía la intuitiva sensación de que, a pesar de que el desconocido era un individuo normalmente
    retraído, se encontraba ahora preocupado por algún grave problema, lo cual le hacía desear oír una voz
    humana. Aunque me daba cuenta de que mi intuición podía engañarme, empecé a hablar volublemente
    acerca de mi viaje, acerca de mis investigaciones genealógicas en Kilkenny, Londres y Chesterfield, y
    finalmente acerca de mi lejano parentesco con los Chilton-Payne y mi deseo de echarle una buena mirada
    al castillo de Chilton.
    De pronto, descubrí que me estaba mirando con una expresión muy rara. Se produjo un embarazoso
    silencio. Carraspeé, preguntándome qué podía haber dicho para que aquellos fríos ojos azules me miraran
    con tanta fijeza.
    Al final, el desconocido se dio cuenta de mi turbación.
    -Perdone que le mire así -se disculpó-, pero ha dicho usted algo... -Vaciló-. ¿Tiene inconveniente en
    que nos sentemos?
    Señalaba hacia una pequeña mesa situada en el extremo más alejado de la sala, medio envuelta en
    sombras.
    Asentí, intrigado y curioso, y nos dirigimos hacia la mesa en cuestión.
    Nos sentamos, y el desconocido permaneció unos instantes en silencio, con el ceño fruncido, como si
    no supiera cómo empezar. Finalmente, se presentó a sí mismo como William Cowath. Mencioné mi nombre
    y Mr. Cowath vaciló de nuevo. Por último bebió un sorbo de coñac y me miró fijamente.
    -Soy el comisionado del castillo de Chilton -dijo.
    Le contemplé con sorpresa y renovado interés.
    -¡Qué agradable coincidencia! -exclamé-. Entonces, tal vez mañana pueda usted permitirme que le
    eche una mirada al castillo...
    No parecía escucharme.
    -Sí, sí, desde luego -murmuró con aire ausente.
    Molesto por aquella actitud, permanecí silencioso.
    Al cabo de un rato, Mr. Cowath empezó a hablar con inusitada rapidez.
    -Hace una semana, Robert Chilton-Payne, doceavo conde de Chilton, fue enterrado en el panteón
    familiar. Frederick, su heredero, alcanzó la mayoría de edad hace tres días. ¡Y esta noche tiene que ser
    conducido a la cámara secreta!
    Contemplé a mi interlocutor con una expresión de incredulidad. Por un instante pensé que había oído
    hablar de mi interés por el castillo de Chilton y estaba divirtiéndose a mi costa, tomándome por un crédulo
    turista.
    Pero en sus ojos no había la más leve sombra de humor. Era evidente que estaba hablando muy en
    serio.
    -¡Qué cosa más rara! -murmuré-. En el momento en que ha llegado usted, estaba pensando en las
    diversas leyendas relacionadas con la famosa cámara secreta.
    Sus fríos ojos sostuvieron los míos.
    -No hablo de leyendas -dijo-. Hablo de un hecho.
    Un escalofrío de temor y de excitación recorrió mi cuerpo.
    -¿Va usted a ir allí... esta noche?
    Asintió.
    -Esta noche. Yo, el joven conde... y otra persona.
    Le miré, cada vez más intrigado.
    -Normalmente, nos acompañaría el propio conde. Ésta es la costumbre. Pero está muerto. Poco antes
    de morir, me dio instrucciones para que escogiera a alguien que nos acompañara al joven conde y a mí.
    Esa persona tiene que ser varón... y con preferencia del linaje.
    Bebí un buen sorbo de cerveza y no dije nada.
    El comisionado continuó:
    -Aparte del joven conde, en el castillo sólo habitan su anciana madre, lady Beatrice Chilton, y una tía
    enferma.
    -¿En quién estaba pensando el conde? -inquirí cautelosamente.
    El comisionado enarcó las cejas.
    -En la región residen algunos primos lejanos. Supongo que pensaba que alguno de ellos asistirla al
    funeral. Pero no se presentó ninguno.
    -También es desgracia -observé.
    -Una verdadera desgracia. Y, en consecuencia, tengo que rogarle, en nombre del linaje, que esta noche
    nos acompañe al joven conde y a mí a la cámara secreta.
    El asombro me dejó sin habla. En el exterior, los relámpagos zigzagueaban sin cesar y la lluvia seguía
    cayendo a raudales. Cuando las plumas de hielo dejaron de cosquillearme el estómago, conseguí articular
    una respuesta.
    -Pero, yo..., es decir..., mi parentesco es remotísimo... En realidad, no puede decirse que pertenezca al
    linaje... Yo...
    El comisionado se encogió de hombros.
    -Lleva usted el nombre. Y posee al menos unas cuantas gotas de la sangre de los Payne. Dada la
    urgencia de las actuales circunstancias, es más que suficiente. Estoy convencido de que el conde Robert
    estaría de acuerdo conmigo, si pudiera hablar. ¿Vendrá usted?
    No había modo de escapar a la intensidad, a la presión de aquellos fríos ojos azules. Parecían taladrar
    mi cerebro mientras trataba de idear nuevas excusas.
    Finalmente -inevitablemente, me atrevo a decir-, accedí. Tenía la sensación de que el encuentro no
    había sido casual, que desde siempre había estado destinado a visitar la cámara secreta del castillo de
    Chilton.
    Terminamos nuestras bebidas y yo subí a mi habitación en busca de algo con que protegerme de la
    lluvia. Cuando volví a bajar, envuelto en un recio impermeable, el posadero estaba roncando en su taburete
    a pesar de los furiosos estallidos del trueno que ahora eran casi incesantes. Confieso que le envidié
    mientras salía de la caldeada salía en compañía de William Cowath.
    Una vez fuera, mi guía me informó que tendríamos que ir a pie hasta el castillo. Había bajado a pie a
    propósito, me explicó, a fin de disponer de más tiempo y soledad para meditar en el grave problema que
    tenía planteado.
    La lluvia, el viento y el rugido del trueno hacían difícil la conversación. Eché a andar detrás del
    comisionado, el cual daba unas enormes zancadas y parecía conocer palmo a palmo el camino, a pesar de
    la oscuridad.
    Anduvimos una corta distancia por la calle de la aldea y luego nos metimos en un camino lateral que no
    tardó en convertirse en un sendero, peligrosamente resbaladizo a causa de la lluvia.
    Bruscamente, el sendero empezó a ascender; el camino se hizo más penoso. Resultaba indispensable
    concentrar toda la atención en los pies. Por fortuna, los relámpagos eran cada vez más frecuentes.
    Me pareció que llevaba andando una hora -en realidad supongo que no eran más que unos minutoscuando
    el comisionado se detuvo.
    Me encontré de pie a su lado en una especie de llanura rocosa. El comisionado señaló hacia una
    sombra que se erguía delante de nosotros.
    -El castillo de Chilton -dijo.
    Durante unos instantes no vi absolutamente nada en la impenetrable oscuridad que nos rodeaba.
    Luego llameó un relámpago. A su claridad divisé un gran castillo normando, cuadrado, con cuatro torres
    rectangulares en las esquinas, taladrado por angostas aberturas en forma de ventanas que parecían
    acechantes y diabólicos ojos. La enorme construcción estaba medio cubierta por un manto de hiedra que
    parecía más negra que verde.
    -¡Parece increiblemente antiguo! -comenté.
    William Cowath asintió.
    -Empezó a edificarlo Henry de Montargis, en 1122.
    Y sin añadir nada más echó a andar hacia el castillo.
    A medida que nos acercábamos a la muralla, la tormenta se hacía más intensa. El rumor del agua y el
    aullido del viento no permitían hablar. Inclinamos nuestras cabezas y seguimos adelante.
    Cuando finalmente llegamos a la muralla, quedé sorprendido por su altura y su espesor. Era evidente
    que había sido construida para poder resistir a los mejores cañones de asedio.
    Mientras cruzábamos un puente levadizo, miré hacia abajo y vi el negro cauce de un foso, pero la
    oscuridad no me permitió averiguar si llevaba agua o no. Un portón en forma de arco abierto en la muralla
    daba acceso al patio de armas. El patio estaba completamente vacío, a excepción de los riachuelos de
    agua que discurrían por él.
    Cruzando el patio con rápidas zancadas, el comisionado me condujo a otro portón en forma de arco
    abierto en otra muralla. A la otra parte había un segundo patio, más pequeño, y más allá se alzaban las
    paredes del castillo propiamente dicho.
    Tras cruzar un oscuro pasadizo, nos encontramos delante de una enorme puerta de madera de encina
    ennegrecida por el tiempo, reforzada con claveteadas planchas de hierro. El comisionado abrió esta puerta
    de par en par y ante nuestros ojos apareció el gran vestíbulo del castillo.
    Cuatro largas mesas labradas a mano, con sus correspondientes bancos, ocupaban casi toda la
    longitud del vestíbulo. Unos candelabros de metal, oxidados por el paso de los años, sostenían las velas
    que iluminaban la estancia, clavados a las columnas de piedra labrada cuya función no era decorativa, sino
    la de aguantar el techo. Alineados a lo largo de las paredes veíanse escudos heráldicos, armaduras,
    alabardas, lanzas y banderas, los acumulados trofeos y premios de siglos sangrientos, cuando cada castillo
    era casi un reino en sí mismo. El espectáculo resultaba impresionante.
    William Cowath agitó una mano.
    -Los castellanos de Chilton vivieron de la espada durante muchos siglos.
    Cruzó el gran vestíbulo y entró en otro pasadizo escasamente iluminado. Le seguí en silencio.
    Mientras avanzábamos, me habló en voz baja.
    -Frederick, el joven heredero, no tiene una naturaleza robusta. La muerte de su padre le afectó mucho...
    y siente un gran temor por la ceremonia que vamos a celebrar esta noche.
    Deteniéndose ante una puerta con flores de lis grabadas en la madera y adornos de metal, el
    comisionado me dirigió una enigmática mirada y luego llamó con los nudillos.
    Alguien preguntó quién llamaba, y el comisionado se identificó. Se oyó el ruido de un pesado cerrojo al
    descorrerse y la puerta se abrió.
    Si los Chilton-Payne habían sido obstinados luchadores en su época, la sangre guerrera parecía
    haberse diluido considerablemente en las venas de Frederick, el joven heredero y ahora decimotercer
    conde de Chilton. Vi ante mí a un joven delgado, de tez pálida, cuyos ojos oscuros y hundidos tenían una
    expresión asustada. Iba vestido de un modo a la vez teatral y anacrónico: chaqueta y pantalones de
    terciopelo de color verde hoja, con encajes blancos en el cuello y en los puños.
    Nos hizo seña de que pasáramos, como a regañadientes, y cerró la puerta. Las paredes de la pequeña
    habitación estaban enteramente cubiertas con tapices que reproducían escenas de caza o batallas
    medievales. Una corriente de aire procedente de una ventana o de otra abertura los hacía oscilar
    continuamente; parecían tener vida propia. En un rincón había una antigua cama con dosel; en otro, un
    amplio escritorio con una lámpara de ágata.
    Después de una breve presentación, la cual incluyó una explicación de los motivos de que yo me
    encontrara allí para acompañarles, el comisionado preguntó si Su Señoría estaba preparado para visitar la
    cámara.
    El rostro del joven Frederick perdió todo vestigio de color; sin embargo, asintió y nos acompañó al
    pasadizo.
    William Cowath iba delante; el conde le seguía; y yo cerraba la marcha.
    Al llegar al final del pasadizo, el comisionado abrió la puerta de un cuarto lleno de telarañas. Allí recogió
    unas cuantas velas, escoplos, un pico y un mazo. Después de meterlo todo en un saco de cuero que se
    colgó al hombro, cogió una antorcha de tea que estaba en una de las estanterías del cuarto. La encendió y
    esperó hasta que prendió la llama. Satisfecho con esta iluminación, cerró el cuarto y nos hizo seña de que
    le siguiéramos.
    Llegamos a una escalera de caracol con peldaños de piedra que descendía. Alzando su antorcha, el
    comisionado empezó a bajar. El conde y yo le imitamos en silencio.
    La escalera tenía más de cincuenta peldaños. A medida que descendíamos, las piedras aparecían más
    húmedas y frías; también el aire se enfriaba más, y olía a moho y a humedad.
    Al final de la escalera se abría un túnel, negro como la pez y silencioso.
    El comisionado alzó su antorcha.
    -El castillo de Chilton es normando, pero al parecer fue reedificado sobre unas ruinas sajonas. Se cree
    que los pasadizos que se encuentran en estas profundidades fueron construidos por los sajones. -Miró
    hacia el interior del túnel, con el ceño fruncido-. O por gente todavía más primitiva.
    Vaciló unos instantes, y me pareció que estaba escuchando. Luego, dirigiéndonos una extraña mirada.
    se adentró en el túnel.
    Eché a andar detrás del conde, estremeciéndome. El aire helado me traspasaba hasta la medula.
    Debajo de mis pies, las piedras estaban recubiertas de una capa de lodo y eran sumamente resbaladizas. Y
    no había más luz que la parpadeante claridad de la antorcha que el comisionado sostenía en alto.
    Cuando llevábamos un rato andando, el comisionado se detuvo y de nuevo tuve la impresión de que
    estaba escuchando. Sin embargo, el silencio parecía absoluto y reemprendimos la marcha.
    Al final del túnel encontramos otra escalera descendente. Ésta tenía solamente unos quince peldaños, y
    conducía a otro túnel que había sido excavado en la roca sobre la cual se asentaba el castillo. En las
    paredes había costras blanquecinas de salitre. El olor a moho era muy intenso. El aire helado estaba
    impregnado de un hedor fétido que me resultó especialmente repulsivo, aunque no pude darle nombre.
    Finalmente, el comisionado se detuvo, alzó su antorcha y descargó de su hombro el saco de cuero.
    Vi que estábamos ante una pared levantada con alguna clase de piedra para la construcción. Aunque
    húmeda y manchada de salitre, era evidente que se trataba de un trabajo mucho más reciente que todo lo
    que habíamos encontrado hasta entonces.
    William Cowath me entregó la antorcha.
    -Sosténgala, por favor. Tengo velas, pero...
    Dejando la frase sin terminar, sacó el pico e inició el asalto a la pared; la barrera era bastante sólida,
    pero en cuanto hubo abierto un agujero en ella utilizó el mazo y la tarea avanzó con más rapidez. Al cabo
    de un rato me ofrecí a manejar el mazo mientras él sostenía la antorcha, pero se limitó a sacudir la cabeza
    y continuó su trabajo de demolición.
    En todo este tiempo el joven conde no había pronunciado una sola palabra. Al mirar su rostro pálido y
    tenso sentí lástima de él, a pesar de mi propia inquietud.
    Bruscamente se produjo un silencio mientras el comisionado soltaba el mazo. Vi que quedaban más de
    dos pies de la parte inferior de la pared.
    William Cowath se inclinó a examinarla.
    -Hay suficiente espacio -comentó-. Creo que podremos pasar.
    Volvió a cargarse el saco de cuero al hombro, tomó la antorcha de mi mano y se introdujo en la
    abertura. El conde y yo le seguimos.
    Al entrar en la cámara, el fétido olor que había notado en el pasadizo nos rodeó como una nube.
    Empezamos a toser. El comisionado murmuró:
    -No tardará en despejarse. Quédense cerca de la abertura.
    Aunque el repulsivo hedor continuaba siendo intenso, al final pudimos respirar más libremente.
    William Cowath alzó su antorcha y atisbó hacia las oscuras profundidades de la cámara. Lleno de
    temor, miré por encima de su hombro.
    Al principio no of ningún sonido y sólo pude ver paredes con costras de salitre y un húmedo suelo de
    piedra. Sin embargo, al cabo de unos instantes, en un apartado rincón, más allá de la vacilante claridad de
    la antorcha, vi dos diminutas manchas rojas. Traté de convencerme a mí mismo de que eran dos piedras
    preciosas, dos rubíes, brillando a la luz de la antorcha.
    Pero supe inmediatamente -sentí inmediatamente- lo que eran: dos pupilas rojas que nos contemplaban
    con impresionante fijeza.
    El comisionado habló en voz baja:
    -Esperen aquí.
    Avanzó hacia el rincón, se detuvo a medio camino y levantó la antorcha. Durante unos instantes
    permaneció silencioso. Finalmente emitió un largo y tembloroso suspiro.
    Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado. Era sólo un susurro sepulcral.
    -Acérquense -nos dijo con aquella extraña y profunda voz.
    Seguí al conde Frederick hasta que nos situamos uno a cada lado del comisionado.
    Cuando vi lo que había sobre el banco de piedra en aquel apartado rincón pensé que iba a
    desmayarme. Mi corazón dejó de latir durante unos interminables segundos. La sangre abandonó mis
    extremidades. Sentí deseos de gritar, pero mi garganta se negó a abrirse.
    El ser que reposaba sobre aquel banco de piedra parecía un monstruo surgido del infierno. Las
    penetrantes y malignas pupilas rojas proclamaban que tenía una terrible vida, y sin embargo aquella vida se
    sustentaba a sí misma en un cuerpo renegrido y momificado que parecía un cadáver desenterrado. Aquella
    especie de cadáver tenía unos harapos mohosos pegados al cuerpo. Unos mechones de pelo blanco
    brotaban de su fantasmal y grisáceo cráneo. La abertura que ocupaba el lugar de la boca mostraba unas
    extrañas manchas.
    Nos contemplaba con una maldad que desbordaba lo puramente humano. Resultaba imposible
    devolver la mirada a aquellas monstruosas pupilas rojas. Eran tan indescriptiblemente diabólicas, que se
    experimentaba la sensación de que la propia alma iba a consumirse en los fuegos de su malignidad.
    Apartando la mirada, vi que el comisionado sostenía ahora al conde Frederick. El joven heredero se
    había desplomado sobre él. Miraba fijamente a la espantosa aparición con los ojos helados por el terror. A
    pesar de mi propia sensación de horror, le compadecí.
    El comisionado volvió a suspirar y luego habló de nuevo en aquel tono sepulcral.
    -Ante ustedes tienen a lady Susan Glanville -nos dijo-. Fue transportada a esta cámara y encadenada a
    la pared, en 1473.
    Un estremecimiento de horror recorrió todo mi cuerpo; tuve la sensación de que nos encontrábamos en
    presencia de fuerzas malignas surgidas del Averno.
    Al mirarlo, aquel espantoso ser me había parecido desprovisto de sexo, pero al sonido de su nombre la
    fantasmal mueca de una sonrisa contorsionó la fruncida boca manchada de rojo.
    Por primera vez me di cuenta de que el monstruo estaba efectivamente encadenado a la pared. Los
    gruesos eslabones estaban tan ennegrecidos por el tiempo que me habían pasado inadvertidos.
    El comisionado continuó, como si recitara una lección:
    -Lady Glanville fue una antepasada materna de los Chilton-Payne. Tenía trato con el Diablo. Fue
    condenada como bruja, pero escapó a la hoguera. Finalmente, sus propios deudos la encerraron aquí y la
    encadenaron a la pared para que muriera de hambre.
    Hizo una breve pausa y luego prosiguió:
    -Era demasiado tarde. Lady Glanville había hecho ya un pacto con los Poderes de las Tinieblas. Había
    sido una belleza. Odiaba a la muerte. Temía a la muerte. De modo que vendió su alma inmortal -y los
    cuerpos de su progenie- a cambio de la eterna vida terrenal.
    La voz del comisionado llegaba a mis oídos como en una pesadilla; parecía proceder de una distancia
    infinita.
    William Cowath continuó:
    -Las consecuencias de romper el pacto son demasiado terribles para ser descritas. Ningún
    descendiente de lady Glanville se ha atrevido a hacerlo. Y así ha podido vivir durante casi quinientos años.
    Creí que había terminado, pero me equivocaba. Mirando hacia arriba, alzó la antorcha hacia el techo de
    aquella cámara maldita.
    -Esta cámara -dijo- se encuentra inmediatamente debajo de la cripta familiar. Cuando muere uno de los
    condes, el cadáver es depositado en la cripta. Pero, en cuanto se han marchado los sepultureros, el falso
    fondo de la cripta se desliza a un lado y el cadáver del conde cae en esta cámara.
    Mirando hacia el techo, vi el rectángulo de la puerta de una trampilla.
    La voz del comisionado se hizo casi inaudible.
    -Una vez cada generación, lady Glanville se alimenta... con el cadáver del difunto conde. Es una
    cláusula de aquel espantoso pacto que no puede ser quebrantada.
    Como si quisiera confirmar sus palabras, el comisionado inclinó su antorcha hasta que la llama iluminó
    el suelo a los pies del banco de piedra al cual estaba encadenado el vampírico monstruo.
    Esparcidos por el suelo veianse los huesos y el cráneo de un hombre adulto, manchados de sangre
    fresca. Y a cierta distancia había otros huesos humanos, amarillentos o carcomidos por el tiempo.
    En aquel momento, el joven conde Frederick empezó a gritar. Sus histéricos alaridos llenaron la
    cámara. El comisionado le sacudió rudamente, pero el joven continuó gritando como un poseso.
    Durante unos instantes, el monstruo tendido en el banco le contempló con sus espantosa pupilas rojas.
    Finalmente emitió un sonido, una especie de cloqueo que pretendía ser una risa.
    De repente, y de un modo completamente imprevisto, el monstruo empezó a deslizarse sobre el banco
    y trató de avanzar hacia el joven conde. La cadena que lo sujetaba a la pared sólo le permitía avanzar un
    par de metros. Pero lo intentó una y otra vez, profiriendo una especie de aullidos que erizaron los cabellos
    de mi cabeza.
    William Cowath enfocó su antorcha hacia el monstruo, pero éste continuó agitándose espantosamente.
    La cámara de pesadilla resonaba con los gritos del conde y los horribles aullidos de aquel ser infernal. Temí
    volverme loco si no escapaba inmediatamente de tan horrendo lugar.
    Miré al comisionado y me di cuenta de que también él empezaba a experimentar los efectos de aquella
    indescriptible situación. Vi que sus ojos se posaban en la pared a la cual estaban fijadas las cadenas que
    sujetaban al monstruo.
    Intuí lo que estaba pensando. ¿Resistirían las cadenas, después de tantos siglos de herrumbre y
    humedad?
    En un repentino impulso, sacó de uno de sus bolsillos algo que brilló a la luz de la antorcha. Era un
    crucifijo de plata. Avanzando unos pasos, colocó el crucifijo ante el retorcido rostro del monstruo que en
    otra época había sido la hermosa lady Susan Glanville.
    El monstruo retrocedió profiriendo un grito de agonía que ahogó los alaridos del conde. Se derrumbó
    sobre el banco, bruscamente silencioso e inmóvil; los latidos de su repulsiva boca y el fuego del odio que
    ardía en sus rojas pupilas eran las únicas pruebas de que continuaba viviendo.
    William Cowath se dirigió a él:
    -¡Ser infernal! ¡Si bajas de ese banco antes de que salgamos de esta cámara y volvamos a sellarla, juro
    que te colgaré esta cruz al cuello!
    Las pupilas rojas contemplaron al comisionado con una expresión de odio abismal imposible de
    describir. Despedían fuego, realmente. Y, sin embargo, leí en ellas algo más: miedo.
    De pronto me di cuenta de que el silencio había descendido sobre aquella cámara de horrores. Duró
    únicamente unos instantes. El conde había cesado de gritar, pero ahora hacía algo peor: se estaba riendo.
    Era sólo una risita, pero resultaba más horrible que todos sus gritos.
    El comisionado se volvió, señalándome con un gesto la pared parcialmente derruida. Cruzando la
    habitación, salí al pasadizo. Detrás de mí, el comisionado sostenía al joven conde, que arrastraba los pies
    como un anciano, sin dejar de reír para sí mismo.
    Luego se produjo lo que me pareció un interminable intervalo, durante el cual el comisionado fue en
    busca de un saco de cemento y de un cubo de agua que previamente había dejado en alguna parte del
    túnel. Trabajando a la luz de la antorcha, preparó el cemento y procedió a sellar la cámara, utilizando las
    mismas piedras que había quitado.
    Mientras el comisionado trabajaba, el joven conde permanecía sentado en el túnel, completamente
    inmóvil, riéndose en voz baja.
    En el interior de la cámara reinaba el silencio. Una vez, solamente, oí las cadenas del monstruo chocar
    contra la piedra.
    Finalmente el comisionado terminó su tarea y nos condujo de nuevo a través de aquellos pasadizos
    manchados de salitre y las húmedas escaleras. El conde apenas podía subirlas; el comisionado le
    arrastraba penosamente de peldaño en peldaño.
    Cuando llegamos a la habitación de los tapices el conde se sentó en su cama y se quedó mirando
    fijamente el suelo, sin cesar de reír. En contra de lo que afirman los que se las dan de entendidos, observé
    que su pelo negro se había convertido en gris. Después de convencerle para que se bebiera un vaso de
    líquido que sin duda contenía una fuerte dosis de sedante, el comisionado consiguió que el conde se
    tendiera en la cama.
    William Cowath me acompañó a otro dormitorio. Deseaba marcharme inmediatamente de aquel castillo
    infernal, pero la lluvia seguía arreciando y no estaba seguro de poder encontrar el camino de regreso a la
    aldea sin un guía.
    El comisionado sacudió la cabeza tristemente.
    -Temo que Su Señoría esté condenado a una muerte temprana. Nunca fue demasiado fuerte, y los
    acontecimientos de esta nochc pueden haber trastornado su mente..., pueden haberle debilitado más allá
    de toda esperanza de recuperación.
    Expresé mi simpatía y mi horror. Los fríos ojos azules del comisionado se clavaron en los míos.
    -Es posible -dijo- que, en caso de que se produzca la muerte del joven conde, usted mismo pueda ser
    considerado... -Vaciló-. Pueda ser considerado -concluyó finalmente- como uno de los que se encuentran
    en la línea de sucesión.
    No quise oir nada más. Le di las buenas noches, cerré la puerta del dormitorio y traté -inútilmente- de
    dormir, aunque sólo fueran unos minutos.
    Pero el sueño no llegó. Tuve febriles visiones de aquel monstruo de pupilas rojas escapando de sus
    cadenas, abriéndose paso a través de la pared y trepando por aquellas heladas y resbaladizas escaleras...
    Antes de que amaneciera abrí silenciosamente la puerta del dormitorio y me deslicé como un ladrón a
    través de los fríos pasadizos y el gran vestíbulo desierto del castillo. Crucé los dos patios y el puente
    levadizo tendido sobre el negro foso, y eché a correr en dirección a la aldea.
    Mucho antes del mediodía estaba en camino hacia Londres. La suerte me favoreció: al día siguiente
    salía uno de los buques que efectúan la travesía del Atlántico.
    Nunca volveré a Inglaterra. Me he propuesto mantenerme siempre a un océano de distancia, como
    mínimo, del castillo de Chilton y de su permanente ocupante.

  • EL DERECHO A LA MUERTE

    EL DERECHO A LA MUERTE

    Doris Piserchia

    Un veterinario y un dueño hablaban de Mancha, recién operado.

    - Lo arreglé para que la pata se levante automáticamente

    - ¿Y eso en qué le mejorará los riñones debilitados?

    - Hay que mantenerlos abiertos y limpios. Cada vez que levante la pata, sentirá la necesidad.

    - ¿Por qué?

    - Lo hará, es todo. Tengo cuarenta años en mi profesión y sé de que hablo. El motorcito que le puse en el muslo le alzará la pata, y orinará como un cachorro. Son cincuenta dólares.

    Suburbio de la Costa Este. Dos vecinas conversaban en el fondo; eventualmente se pusieron a hablar de sus finados.

    - A propósito, los niños dicen que vieron a Billy el otro día.

    - ¿Dónde?

    - Cerca del granero.

    - Me dijeron que le habían apagado todos esos motores. Si se anda paseando por ahí, le haré juicio a alguno.

    Los motores atómicos tardaban mucho tiempo en desgastarse, y aparentemente la menor conmoción dentro del cadáver podía poner en marcha el mecanismo: un temblor de tierra, un exceso de actividad entre los gusanos, el gas, etcétera. Era desagradable visitar el cementerio y oír ruidos que venían de abajo de las placas, lápidas o monumentos, o del interior de las tumbas o del interior de los ataúdes que yacían en las tumbas. Hubo que tomar medidas para atenuar la situación.

    Al principio cremaron los cadáveres. Los grupos religiosos se opusieron. Luego los pulverizaron. Todos se opusieron. Se construyeron tumbas transparentes por encima del suelo, y los deudos debían denunciar cualquier actividad anormal a las autoridades. Esta medida no dio resultado, porque la gente no quería ver cómo los seres queridos se transformaban en polvo. Entonces pusieron a los muertos a descansar en el suelo, en ataúdes con tapa especial. Si se ejercía cierta presión en la cara interior, la tapa se abría. Los muertos empezaron a merodear. Como los habían sepultado desnudos, eran fáciles de identificar, y cuadrillas especiales patrullaban las calles y los capturaban.

    A la compañía que fabricaba los motores corporales la enjuiciaron mil veces, hasta que el gobierno la declaró inmune a los juicios. Los motores eran una parte necesaria de la vida, y si la compañía quebraba no habría más motores. Entretanto, el gobierno ordenó a la compañía que realizara investigaciones para descubrir cómo apagar sus productos.

    El rasgo más notable de Huston Adler era su neurosis.

    - Bienvenido a la compañía - dijo su superior -. Irá derecho al laboratorio del tercer piso y no asomará la nariz hasta que haya apagado toda esa carroña.

    Huston no cumplió con lo que se había propuesto, o sea apagar los cadáveres del laboratorio del tercer piso del edificio de la compañía.

    No fracasó porque fuera un técnico inepto sino por culpa de su neurosis y de un desastre natural con forma de incendio que abrasó el edificio. Pero el incendio vino más tarde. Por el momento, Huston se paseaba por sus dominios del tercer piso y se sentía importante. Tenía que supervisar una gran cantidad de propiedades costosas.

    Su departamento estaba junto al laboratorio, y era cómodo y amplio. La cocina estaba repleta de comida, el estéreo incluía una provisión de discos, había una TV color, todo lo que podía desear estaba a su alcance. La compañía lo quería tener contento mientras no trabajaba con los cadáveres.

    El laboratorio: veinticinco metros por veinte, un cielo raso muy bajo, luces fluorescentes, algunas muy brillantes y otras muy tenues, paredes verde pálido, un sinfín de mesas y bancos, un par de barras horizontales donde podía colgar cosas, un gran escritorio con el equipo electrónico de Huston, los cuerpos experimentales despatarrados en diversos estados de desorden, excepto el de Billy.

    Un enorme gancho de carnicero entre los omóplatos mantenía a Billy suspendido en posición vertical de una de las barras. Su tiroides nunca había funcionado bien, por eso los ojos azules eran grandes y saltones. Hacia mucho tiempo, cuando vivía, Billy había padecido abcesos óseos verdaderamente graves. Hubo que amputarle las piernas y los brazos, y tuvo que vivir un tiempo en una canasta hasta que los médicos le implantaron una pequeña unidad antigravitatoria en la pelvis. De la unidad salían cables que llegaban a las articulaciones de los muslos, y para levantarse en el aire Billy sólo tenía que tensar los músculos del bajo vientre. Manteniendo una tensión constante, Billy podía flotar en posición vertical a poco más de un metro del suelo. Este extraño poder de movilidad lo mantuvo cuerdo y relativamente feliz hasta que las heridas quirúrgicas cerraron por completo. Luego recibió cuatro elegantes extremidades ortopédicas que lo capacitaron para caminar y tantear, recoger y aferrar casi normalmente. La unidad antigravitatoria quedó donde estaba porque se había recubierto de tejido orgánico. Ahora la unidad estaba fuera de control, de modo que habían empalado a Billy en el gancho para que no se echara a volar. De vez en cuando alzaba los brazos artificiales, a veces agitaba las piernas o las movía como si caminara. Cuando los guardianes de cadáveres lo apresaron cerca del granero, le encontraron una herida espantosa y sangrienta en la espalda. Billy resultó interesante para la compañía a causa de sus muchos motores, así que no lo devolvieron a sus deudos. Le detuvieron la circulación seccionando las arterias cardíacas. Le implantaron motores pequeños para que el corazón y los pulmones siguieran bombeando. El técnico de operaciones no tenía más razones para hacer todo eso que su necesidad de practicar. En las venas y arterias de Billy introdujeron elementos para intensificar el proceso que retardaba la descomposición. Se pudriría, pero no sin que algún técnico lo usara por un tiempo. En este caso, Huston Adler.

    Buck murió quemado. Era bombero. Cuando estaba con vida, venas varicosas le habían debilitado las piernas. Un pequeño motor le ayudó a caminar. Después que murió vagabundeaba por ahí cada vez que el motor de su columna vertebral se confundía con las señales emitidas por el activador cardíaco. En la sangre tenía una enzima especial que espesaba el fluido en las venas superficiales y capilares. Sus heridas no sangraban. Rezumaban.

    La señorita Sonia era imbécil de nacimiento. Su amante le perforó el hígado de un balazo. Parecía una muñeca. Había tenido muchos órganos defectuosos, de modo que además de los motores cerebrales y espinales tenía otros en varias partes. Incluso tenía uno que le estimulaba los genitales. En verdad no había sido una idea brillante, pues la estimulaba tanto que Sonia desperdició buena parte de su vida en aventuras pasajeras. Era un cadáver atractivo, menudo y de aspecto frágil, con rasgos faciales delicados, ojos grandes y castaños, y una barbilla que temblaba cuando el motor del cerebro creaba vibraciones minúsculas.

    Tamara había sido una turista compulsiva. Se ahogó en el Gran Canal cuando su góndola volcó. Antes de dedicarse a viajar, jugaba al fútbol. Una lesión grave le destruyó parte del cerebro. Más tarde, el cáncer le cerró la garganta. Había sido una gran charlatana gracias al aparato del cuello. El cáncer no había dejado nada, de modo que un amplificador no hubiera servido. Sus impulsos cerebrales habían activado el grabador, y como viajaba a países extranjeros las grabaciones eran polilingües. Ahora, con los motores internos descompuestos, Tamara todavía hablaba y a veces decía cosas en francés o alemán o swahili cuando su propio idioma habría sido adecuado. Casi todas las cosas que decía eran defensivas. Siempre había lamentado su figura.

    Mancha, un pequeño perro moteado; sus ojos conservaron la vida después que el resto de él murió; tan enormes, esos ojos, tan relucientes, y además estaban las orejas alertas que eran demasiado grandes. Cada vez que alzaba la pata, ladraba. En la garganta tenía un motorcito que se conectaba con el del muslo. A su dueño lo habían preocupado los riñones débiles; quería vigilar de cerca lo que ocurría. Hacia el final, Mancha había necesitado un motor para ayudarlo a caminar.

    Huston Adler, activo, neurótico, joven, trabajador; pronto empezó a dormir mal, a sufrir de indigestión; tenía tics faciales, las palmas húmedas, palpitaciones cardíacas, ojos inflamados, prestaba demasiada atención a sonidos que no existían. Su laboratorio era tan completo que había hasta un armario lleno de nada. La desnuda señorita Sonia lo turbaba, así que le hizo vestir una bata de soirée roja. Tamara también lo acaloraba y la obligó a vestir jeans y suéter. En cuanto a Buck, le pusieron corbata y un frac, y Billy quedó enfundado en un traje de ejecutivo. Pero eso fue después que Huston logró encender a sus clientes.

    La experiencia de Huston en motores atómicos se había limitado a máquinas simples, implantadas en personas vivas. Ese primer día había encontrado una silla, se había sentado y había mirado, mirado de veras, a las cinco personas con quienes iba a trabajar. (Ya había clasificado a Mancha como persona.) No había visto muchos muertos. A lo sumo unos pocos cadáveres apacibles, en ataúdes, no sueltos y sentados o de pie con los ojos abiertos.

    Se suponía que debía apagar todos los motores de los cinco. El mundo quería que los muertos estuvieran muertos, tiesos y mudos, y no que conservaran falsos síntomas de vida. Bien, ¿qué podía hacer primero? Encenderlos a todos, desde luego; de lo contrario no sabría por dónde empezar.

    Lo más importante de sus máquinas era el integrador. Le decía qué clase de motores contenían los cuerpos. Tocó con un cable el pecho de Mancha y se encendieron varias luces en el tablero de lectura. Tocó a los otros cuatro con el cable y observó cómo fluctuaban las luces. Verde, azul, rojo, amarillo. Huston sabía qué significaban.

    ¿Qué era la muerte? ¿La ausencia de latidos? A cada ser humano se le instalaba un activador cardíaco en el pecho en el momento de nacer. Raro que Mancha tuviera uno. El dueño debía de ser un ricachón. De modo que los cinco del laboratorio de Huston tenían pulsaciones.

    ¿Y las ondas cerebrales? Huston no tenía un electroencefalógrafo, pero si lo hubiera tenido al menos la mitad de sus clientes le habría mostrado una cierta actividad. Dos personas y media: la señorita Sonia, Tamara y Mancha.

    Pobre Buck y pobre Billy; mucho más pobre Buck, pues le habían arruinado el aspecto. Ese fue uno de los pensamientos de Huston, y reconoció que era extravagante. Pronto se le ocurrirían más.

    ¿Respiración? Los pulmones de los cinco funcionaban. Estaban tan activos en la muerte como lo habían estado en vida. ¿Circulación? Cuando alguien moría, se le inyectaba una intravenosa que inhibía la descomposición. Y todo fluía porque el corazón seguía funcionando.

    Huston se puso a encender a sus clientes.

    Buck se paseaba de un lado a otro, despacio, con titubeos. Tenía una expresión azorada, como si estuviera viendo las llamas por primera vez y aún no lo hubiera embargado el miedo. Había sido un bombero responsable. Ahora chocaba con la pared del laboratorio, se volvía y caminaba en dirección contraria, chocaba con otra pared, se volvía...

    Billy colgaba del gancho de carnicero y aullaba sin emitir ningún sonido. Tenía cara de susto. El gancho era pesado y corto, y le impedía elevarse más que unos centímetros. Cada vez que subía, se golpeaba la cabeza contra la barra con un ruido suave.

    La señorita Sonia miraba a Buck, quien caminaba entre unos bancos cerca de ella.

    - Eres como todos - le dijo -. En verdad no te intereso como persona.

    - Por favor, ¿dónde está el excusado?

    - ¿Domen? ¿Herren? ¿Toilet? Oui. Ach, so - dijo Tamara. Después frunció el ceño, volvió la cabeza y fulminó con la mirada a Mancha, que levantó la pata como para orinarle el tobillo. Al hacerlo ladró.

    La señorita Sonia se interpuso en el camino de Buck, que tropezó con ella y la derribó.

    - No es culpa mía - dijo la señorita Sonia, levantándose -. Tú no sabes lo que es no poder controlarse. Lo lógico y natural es que algunos hombres no tengan ningún atractivo. Es decir, no todos pueden ser deseables. No es culpa mía, de ningún modo. No pueden arrestarme ni nada. El gobierno me protege. Soy inocente. Además, no es serio. Por cierto, los hombres son capaces de cuidarse de mí.

    - ¿Por qué no dejas de seguirme? - le dijo Tamara a Mancha - Sólo dime dónde está la parada de autobuses. Es todo lo que quiero de ti. Si no me dejas en paz, llamaré a un policía.

    Billy golpeó la barra más de lo conveniente. El gancho se le había estado hundiendo en las costillas con cada movimiento, pero ahora se deslizó en dirección contraria, hacia atrás y hacia arriba, y tras arrancarle unos centímetros de carne de la espalda dejó de sostenerlo y él cayó de pie. Se puso a valsear, airosa y grácilmente. Al mismo tiempo sus manos tantearon el vacío hasta que al fin encontraron a Buck, lo aferraron, trataron de abrazar al bombero para la última pieza. Buck repitió el último movimiento consciente de su vida, tomó la viga ardiente con las manos, se la quitó del hombro donde le había caído, la tumbó a un costado. Billy retrocedió tambaleando pero en vez de caer se elevó en el aire y subió flotando al cielo raso. Lo embistió con fuerza y bajó al suelo. Bailó de nuevo y esta vez sus manos aleteantes encontraron a la señorita Sonia.

    - Oh, Dios, no - dijo ella. Le echó los brazos al cuello y lo besó. Valsearon juntos y se besaron.

    - Madre - dijo Tamara -, no me importa si te gusta o no, no me importa si al mundo le molesta que una mujer juegue al fútbol. ¿Qué diablos quieres que haga, que espere sentada a que algún muchacho me invite al baile? Sabes muy bien que eso no lo hará nadie. Es culpa tuya. ¿Por qué me diste el físico de papá? El es feo y yo también. ¿Has visto mis piernas arqueadas igual que las suyas? Demonios, hasta soy velluda como él. No lloro. No lo hago desde que tenía doce años. Simplemente buscaré cómo hacer algo interesante de mi vida.

    Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso, se sumía en la irrealidad.

    Mancha ladró, orinó la pierna de Buck, Buck se paseó de un lado a otro. Billy valseó con Sonia, Tamara detuvo a un peatón y le preguntó dónde estaba la salida, Mancha alzó la pata y roció un grifo para incendios, Buck atravesó el edificio en llamas y escuchó cómo la carne de su muslo izquierdo siseaba como tocino en una sartén, Billy probó por primera vez sus piernas artificiales valseando lentamente por el living con su esposa en brazos, la señorita Sonia se dejó arrastrar por las sensaciones porque eso era todo lo que había en su vida, porque eso era todo lo que había en la vida de cualquiera cuando ese cualquiera es un deficiente mental que no se da maña ni para salir del guardarropa sin una máquina en el cerebro que lo guíe.

    Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso y se sumía en la irrealidad. Tenía poder sobre la muerte, y el poder siempre significaba vida.

    - Si de veras quieres saber qué pienso de la liberación femenina - dijo Tamara -, bueno, está bien para las mujeres que gustan de la acción. Claro. ¿Por qué no? Es como comer. Hay que hacerlo, pero uno prefiere elegir el plato. ¿Yo? Lo único que quiero es un hombre. ¿Qué tiene de malo? Escucha, cuando era jovencita me desesperaba. En ese momento el impulso sexual es lo más importante del mundo. Quiero decir que te aguijonea de veras. ¿Y cómo me las arreglaba? Jugaba al solitario mientras mis amigas se acostaban con sus fulanos cuando querían. No me digas que este mundo es justo. La juventud, el físico y el dinero es lo que cuenta, y si no tienes eso estás en la miseria.

    - ¿Qué sabes del sufrimiento? - dijo Sonia -. Yo nací idiota. No sólo eso, mi páncreas y mi pituitaria eran defectuosos. Me pusieron esa cosa en la cosa para que pudiera gozar de la vida. Me la arruinaron del todo.

    - ¿Alguna vez un tipo se echó atrás cuando lo tocabas? - dijo Tamara -. No me cuentes tus problemas, impúdica.

    Las máquinas fueron Dios, por un rato. No, el manipulador era Dios. Tantos motores para arrancar y guiar, tanto poder sobre la vida, un cable aquí, un botón allá: camina, marioneta, habla como un hombre, muéstrame lo que pienso que habría dicho, actúa para mí, baila, retoza. Yo lo estoy haciendo. No, ellos lo están haciendo. Tan cansado, los ojos irritados, la boca seca, no puedo ordenarme las ideas, si tan sólo pudiera dormir.

    Buck apoyó una mano roja y negra y ampollada en el hombro de Tamara.

    - ¿Qué estás haciendo?

    Le tocó la mejilla con el dedo.

    - No, por favor - dijo Tamara con voz suave.

    Buck siguió acariciándola.

    - Y ahora tienes que irte - dijo ella -. Ocurre así todas las veces. Fíjate en mí. ¿Sabes lo que estás haciendo?

    Buck estaba muy cerca.

    - Pero soy fea. Soy horrenda. Tengo cuerpo de albóndiga, y un pelo tan rebelde que nunca lo pude peinar. Apuesto a que usé todas las clases de champú que existen. ¿Por qué me miras así? ¿Estás ciego? ¿Me ves la cara? Háblame de mi bigote. A los catorce me creció un bigote, a los dieciséis tenía hombros más anchos que mi padre. Soy parecida a él. sólo que más fea.

    Buck se inclinó, besó los labios invitantes.

    - Me das asco - dijo ella, irguiéndose -. No quiero tu piedad. No es más que eso. Una vez conocí a un chico como tú. Quería mi bicicleta y fingía que yo le gustaba. Hasta que un día lo besé. ¿Sabes qué hizo? Me pegó. Y me gritó. Y salió corriendo. Abandoné la bicicleta frente a su casa y le dejé una nota que decía: «Te amo».

    - Mira, sólo cincuenta centavos - le dijo la señorita Sonia a Billy -. Cualquiera puede pagarlo.

    Billy meneó la cabeza.

    - ¿Pero qué te pasa, eres frígido? ¿No te gustan las chicas? ¿Acaso no tienes dinero? Entonces yo te daré los cincuenta centavos, ¿sí? Ven, acércate al diván. Bajaré las luces y pondré un poco de música.

    Huston encontró una botella de bourbon en un cajón del escritorio. Empinó la tercera parte antes de dormirse en la silla. Necesitaba el descanso. Despertó con el cuello duro.

    - Basta - les dijo a Billy y a la señorita Sonia -. Basta - les dijo a Tamara y a Buck.

    Ellos siguieron, siguieron, y pronto empezó a gritarles. No había querido llegar a esos extremos. Pero en realidad no era él quien jugueteaba con ellos. Ellos jugueteaban con él.

    No había más bourbon. Tendría que encontrar otra botella en alguna parte. Hasta podría ir a una tienda. No había salido una vez, ni siquiera una vez.

    - Basta de manoseos - dijo. Ellos estaban sentados a su alrededor, callados, atentos, recatados, cándidos, inteligentes.

    - Tamara, ¿por qué hiciste lo que hiciste?

    - Buck me lo pidió. Nadie me lo pidió nunca. ¿No comprendes?

    - Sí, pero que no se repita.

    - Veremos.

    - Sonia, no quiero que hagas más lo que hiciste con Billy.

    - Por supuesto. De todos modos no me hizo feliz. Billy es un viejo. Lo cual me da una idea. Tú eres un joven bien parecido...

    - Jamás se te ocurra decir...

    - Te daré cincuenta centavos.

    Huston salió en busca de otra botella.

    Al otro día los hizo sentar nuevamente en círculo a su alrededor.

    - Voy a matarlos - les dijo -. Por eso están en este laboratorio. Mi obligación es apagarlos, y en cuanto los apague estarán muertos y sus míseros problemas morirán con ustedes. - Le sonrió a Buck. - Pareces una enorme hamburguesa chamuscada. ¿Cómo puedes estar allí sentado como si merecieras un lugar en el mundo? Por amor de Dios, cúbrete ese cuerpo repulsivo. Dan ganas de vomitar.

    Buck caminó tambaleando hasta un armario, se ocultó allí.

    - Y tú, Billy Ford - dijo Huston -. Un nombre humano para Frankenstein. Eres pura cabeza, tórax y trasero. Debieron dejarte morir. Eres una abominación. Cuando pienso que tuviste el descaro de aspirar a ser un hombre normal. Sin brazos, sin piernas, sólo un torso con cabeza. Viviste con tu mujer, comiste con ella, dormiste con ella. ¡Dormiste con ella!

    Billy se alejó flotando y calladamente se golpeó la cabeza contra la pared.

    - No escondas la cara, Tamara - dijo Huston -. Tamara la feúcha. O tal vez debiera decir Tamara la feota. ¿Sabes que a un hombre le gusta que las mujeres parezcan mujeres? No queremos músculos y bigotes, son inaguantables.

    Mientras Tamara se tapaba el rostro y sollozaba, Huston se volvió a la otra integrante del grupo.

    - La última, y por cierto la peor. He aquí a la señorita Sonia, la vulva ambulante...

    - Que puedes gozar al momento por cincuenta centavos.

    Huston se levantó de un brinco, la cara lívida, el cuerpo rígido. Roció el aire con la espuma de la boca.

    - ¡No me hables así! ¡Ramera! ¡Te mataré!

    Olvidó los límites, la realidad, la cordura.

    - Juega tus malditas cartas y deja de mirar a las chicas - le dijo a Buck. Jugaban al póker en el living de su departamento.

    - ¡Deja de coquetear! - le rugió a la señorita Sonia, que ojeaba las cartas de los jugadores.

    - Ve a besuquearte con Billy - le dijo a Tamara -. Y aparta los pies de mi estéreo.

    A la señorita Sonia le dijo:

    - Vé a lavarte la cara en el baño.

    A Buck le dijo:

    - No te quiero pescar fumando mis cigarros.

    O:

    - Tamara, ¿por qué no dejas de viajar y sientas cabeza con uno de estos muchachos? Alguno de ellos te aceptará. Mancha, deja de mojar los muebles.

    Armaron un alboroto en el departamento, y tuvo que arrearlos de vuelta al laboratorio.

    - No son dignos de vivir en un sitio decente - les dijo.

    Con un bostezo, Billy manoteó el brazo de la señorita Sonia.

    - ¿Qué tal si descansamos en el diván, preciosa?

    - Quita esas manos piojosas de mi propiedad - dijo Huston.

    En el edificio de la compañía había demasiado plástico. Un cortocircuito en un extractor de humedad del quinto piso provocó unas chispas, ardió un distribuidor automático de plástico. Ardió un termómetro de pared. Las cortinas ardieron y las llamas lamieron los paneles plásticos de la luz. El fuego se hizo incendio y se propagó rápidamente.

    Huston olió humo. No pudo abrir la puerta del laboratorio. La había cerrado por dentro para impedir que la señorita Sonia bajara a la calle a buscar hombres. No pudo encontrar la llave.

    Lo último que recordó fue que había aferrado el respaldo de una silla recta para no caerse. El cuarto se enturbió con el humo. Le dolía el pecho. Tosió, se desplomó sobre la silla, quedó tendido en esa posición.

    Mucho más tarde, un hacha golpeó la puerta y la astilló. Unos hachazos más abrieron un boquete lo suficientemente grande para que cinco hombres con trajes protectores entraran uno por uno. Tenían prisa.

    Inadvertido en medio del humo, Buck salió del laboratorio y atravesó el pasillo para detenerse frente a una puerta llameante. Sus motores vacilaron momentáneamente y se sentó en el suelo, se apoyó los codos en las rodillas y se sostuvo la cabeza entre las manos.

    Los bomberos intercambiaron ideas a través de los walkie-talkies incorporados en los cascos.

    - Este tipo parece estar en las últimas - dijo uno. Levantó a Billy y se lo echó al hombro -. Lo llevaré a la ambulancia.

    - ¡Auxilio! - gritó la señorita Sonia. Estaba en el centro del cuarto, aturdida y desgreñada.

    Un bombero la tomó por los brazos.

    - Me llevaré a ésta - les aulló a los otros, y calzándose a la señorita Sonia en el hombro, se marchó.

    Tamara, sentada en una silla, repetía una y otra vez:

    - Por favor, por favor, por favor...

    Lo siguió repitiendo hasta que un bombero la recogió y echó a andar hacia la puerta rota. Los siguió un perrito que ladraba. Mancha los siguió hasta una rampa fuera de la ventana, bajó a la calle con ellos, atravesó un patio y salió a una calzada, se detuvo junto al poste de un farol y alzó la pata. Un muchacho que había acudido a mirar el incendio oyó los ladridos, recogió a Mancha y se lo llevó a su casa.

    Dentro del laboratorio, los dos últimos bomberos se toparon con Huston.

    - ¡El cielorraso se está recalentando! Larguémonos de aquí.

    - ¿Y qué hacemos con éste?

    Huston tenía un aspecto tan raro, echado de través sobre el respaldo de la silla, tan poco natural, y además sabían que había cadáveres experimentales en el edificio. Aun así...

    - Tomémonos un minuto para revisarlo.

    Lo alzaron y lo pusieron de espaldas en el suelo. Podían saber en un santiamén cuándo alguien estaba muerto, pero ¿cómo darse cuenta de lo contrario... saber cuándo estaba vivo?

    - Le late el corazón.

    - ¡No seas estúpido!

    - Tienes razón, a todos les late el corazón.

    - ¿Respira?

    - Si.

    - Bien, eso tampoco importa. Todos los pulmones funcionan automáticamente.

    - Exacto.

    - Larguémonos de aquí. Es uno de esos cadáveres.

    - ¿Cómo podemos estar seguros?

    - ¡Porque parece un cadáver! Espera un minuto, hay alguien allí.

    Habían descubierto a Buck, que se freía suavemente en el horno de la puerta.

    - ¡Saquémoslo de aquí! Olvida al otro, está acabado.

    Lo estaba, y para siempre. A la mañana la cuadrilla que trajinaba entre los rescoldos calientes del laboratorio no pudo distinguir los restos de Huston de las cenizas de las paredes o alfombras; pero Buck y Sonia, Tamara y Billy y el mismo Mancha, ellos siguieron y siguieron.

    FIN

  • OVNI

    OVNI

    Howard Fast

    - Nunca lees en la cama - le dijo el señor Nutley a su mujer.

    - Antes sí, ¿te acuerdas? - contestó la señora Nutley -. Pero luego descubrí que me bastaba con quedarme quieta y ordenar mis pensamientos.

    - Te envidio. Nunca tienes dificultad para dormirte.

    - Oh, sí. Algunas veces. Para ser completamente franca - agregó -, creo que las mujeres hacemos menos alharaca que ustedes los hombres.

    - Yo no hago alharaca - protestó el señor Nutley, dejando de lado su «New Yorker» y apagando la luz del velador. Es algo muy desagradable. No padezco de insomnio, pero se me ocurre una idea y me da vueltas y vueltas en la cabeza.

    - ¿Tienes una idea esta noche?

    - Sólo que Ralph Thompson es un tipo insoportable, pero no sé si eso se puede llamar una idea.

    - Eso no basta para mantenerte despierto. Debo admitir que yo siempre lo he encontrado muy agradable como vecino. Podríamos tener vecinos peores, sabes.

    - Supongo que sí.

    - ¿Por qué estás enojado con él? - preguntó la señora Nutley, tapándose bien para protegerse contra el frío de la habitación.

    - Porque nunca estoy seguro si me está tomando el pelo o hablando en serio. Todos los artistas y escritores son insoportables, pero ninguno tan insoportable como él. Como yo me traslado a la ciudad todos los días y pongo el traste sobre una silla para ganarme la vida honradamente, me transformo, según él, en parte del establishment y en objeto de sus bromas.

    - Pues sí, estás molesto - dijo la señora Nutley.

    - No lo estoy. ¿Por qué pasa una hora antes de que yo pueda contestar sus imbéciles observaciones de una manera ingeniosa?

    - Porque eres una persona honesta y considerada, y me alegro mucho de que seas así. ¿Qué te dijo?

    - La forma en que lo dijo - replicó el señor Nutley -. Entre desprecio y mofa. Dijo que vio un plato volador al anochecer, que bajó y se posó en el pequeño valle detrás de la colina.

    - Bueno, eso no es muy ingenioso que digamos. Probablemente caíste en la trampa y le dijiste que los platos voladores no existen.

    - Me voy a dormir - dijo el señor Nutley. Se dio vuelta, se estiró, se tapó bien y se quedó callado. Después de un minuto o dos le preguntó a la señora Nutley si dormía.

    - No, estoy despierta.

    - Pues le dije que por qué no iba al valle para ver dónde había aterrizado. Me contestó que él no entra sin permiso en la propiedad de gente millonaria.

    - ¿Cree en realidad que somos millonarios?

    - Un hombre que ve platos voladores puede creer cualquier cosa. ¿Qué le pasa a este país? Nadie veía platos voladores cuando yo era chico. A nadie lo asaltaban en la calle. Nadie se drogaba. Te pregunto a ti: ¿Oíste alguna vez hablar de platos voladores cuando eras chica?

    - Creo que no había platos voladores cuando éramos chicos - dijo la señora Nutley.

    - Claro que no.

    - Antes no existían, a lo mejor ahora sí.

    - Eso es ridículo.

    - No necesariamente - dijo la señora Nutley suavemente -. Los ven toda clase de personas.

    - Lo que sólo significa que el mundo está lleno de locos. Dime una cosa, si existen los platos voladores, ¿qué es lo que quieren?

    - Curiosear.

    - ¿Cómo es eso?

    - Bueno - dijo la señora Nutley -, nosotros somos curiosos, ellos también son curiosos. ¿Por qué no?

    - Porque es esa clase de razonamiento la que hace que el mundo esté como está. Ésa es una suposición sin fundamento. Si las personas como tú estuvieran más en contacto con la realidad del mundo, todos estaríamos mejor.

    - ¿Qué quieres decir con eso de personas como yo?

    - Personas que no saben absolutamente nada del mundo real.

    - ¿Como yo? - preguntó dulcemente la señora Nutley. No se enojaba casi nunca.

    - ¿Qué haces todo el día aquí en estos barrios o suburbios o lo que sean, a cien kilómetros de Nueva York?

    - Siempre estoy atareada, - respondió ella.

    - Estar atareado no es suficiente -. El señor Nutley había comenzado uno de sus discursos instructivos, pensó la señora Nutley. Ocurrían cada quince días aproximadamente, cuando padecía de insomnio -. Todas las personas deben justificar su existencia.

    - Haciendo dinero. Siempre me dices que tenemos suficiente dinero.

    - Nunca he mencionado el dinero. Cuando los chicos entraron en la universidad y tú dijiste que ibas a hacer un doctorado en biología vegetal, yo aprobé tu proyecto. ¿No fue así?

    - Así fue. Te mostraste muy comprensivo.

    - No me refiero a eso, sino al hecho de que han transcurrido dos años desde que obtuviste el título y no haces absolutamente nada. Pasas los días aquí, sin hacer nada.

    - Estás enojado conmigo ahora - dijo la señora Nutley.

    - No estoy enojado.

    - Estoy ocupada continuamente. Trabajo en el jardín. Colecciono especímenes.

    - Tienes jardinero. Le pago ciento diez dólares por semana. Tienes cocinero. Tienes mucama. Los otros días leí en el «Sunday Observer» un artículo acerca de la vida sin objeto que lleva la mujer de la clase media alta.

    - Sí, yo también lo leí - dijo la señora Nutley.

    - Nunca me permites decir lo que quiero, sin interrupciones - dijo con enojo el señor Nutley -. Estábamos hablando de platos voladores, que tú pareces aceptar como si existieran.

    - Pero ahora estamos hablando de otra cosa, ¿no? Estás disgustado porque no encuentro trabajo en alguna universidad como bióloga vegetal para poder demostrar que tengo una función en la vida. En ese caso, nunca nos veríamos, y yo te quiero.

    - ¿Dije algo yo de conseguir trabajo en una universidad? En realidad, hay cuatro universidades en treinta kilómetros a la redonda, y cualquiera te aceptaría de buen grado.

    - Ésa es una suposición. Me quedo con mi casa, que me gusta mucho.

    - Entonces, aceptas el aburrimiento. Aceptas una existencia gris y sin sentido. Aceptas...

    - Sabes bien que no debes ponerte en este estado a esta hora de la noche - dijo con dulzura la señora Nutley -. Después te cuesta mucho más dormirte. ¿No quieres un vaso de leche tibia?

    - ¿Por que no me dejas terminar de decir lo que quiero?

    - Te voy a traer la leche. Siempre te duermes después.

    La señora Nutley se levantó de la cama, encendió el velador de la mesa de luz, se puso la bata y bajó a la cocina. Puso la leche a calentar en un hervidor. De un frasco de la alacena sacó un paletito de Seconal y puso un poco del polvo en el vaso. Agregó luego la leche y la revolvió con una cuchara. Después regresó al dormitorio. Su marido tomó la leche bajo su mirada aprobadora.

    - Tu leche tibia es mágica - dijo el señor Nutley. - Me pongo así de este humor porque no me puedo dormir.

    - Ya lo sé.

    - Es que pienso que estás sola todo el día aquí...

    - Si a mí me encanta este lugar.

    Ella aguardó hasta que la respiración de su marido se hizo regular.

    - Mi pobre amor - dijo con un suspiro. Esperó diez minutos más. Luego se levantó de la cama, se puso unos viejos pantalones vaqueros, botas, una camisa y un pulóver, y bajando las escaleras silenciosamente salió de la casa.

    Atravesó el jardín hasta el invernadero. La luna estaba tan brillante que no tuvo necesidad de usar la linterna que llevaba en el cinturón. En el invernadero estaba su mochila con los especímenes vegetales que había coleccionado y catalogado las tres últimas semanas. Apreciaba tanto el cuidado con que catalogaba cada espécimen y la manera con que lo envolvía en musgo húmedo, así como el hecho de que dejara los hongos para el último día con el fin de que estuvieran frescos y turgentes, que eso le proporcionaba un cálido sentimiento de satisfacción que duraba días. Además, le pagaban muy bien por su trabajo. El señor Nutley tenía mucha razón. Una persona que tenía un oficio u ocupación especial debía ser remunerada por el mismo. Ella tenía una cartera vieja en un cajón de la cómoda, llena de diamantes pequeños. Claro que los diamantes eran tan comunes en su planeta como los guijarros en nuestra tierra, y por eso no tenía remordimientos de conciencia.

    Se puso la mochila al hombro, abandonó el invernadero y se encaminó por el sendero que subía la montaña adentrándose en el valle que estaba escondido detrás, donde se encontraba generalmente escondido el plato volador, cómodo y protegido de la mirada de los incrédulos y cínicos.

    Caminaba con el paso largo y tranquilo de una mujer de cincuenta años, aunque el trabajo que realizaba al aire libre la mantenía en muy buen estado físico. Pensó qué bien le haría al señor Nutley si pudiera pasar sus días en el campo, al aire libre, en lugar de en una oficina en la ciudad.

    FIN

  • Los Sueños de la Casa de la Bruja

    Los Sueños de la Casa de la Bruja
    (H. P. Lovecraft)
    http://sites.google.com/site/friendconnectofsn...
    Walter Gilman no sabía si fueron los sueños los que provocaron la fiebre, o si fue la fiebre la causa de los sueños. Detrás de todo se agazapaba el horror lacerante y mohoso de la antigua ciudad y de la execrable buhardilla donde escribía, estudiaba y luchaba con cifras y fórmulas cuando no estaba dando vueltas en la mezquina cama de hierro. Sus oídos se estaban sensibilizando de manera poco natural e intolerable, y ya hacía tiempo que había parado el reloj barato de la repisa de la chimenea, cuyo tictac había llegado a parecerle como un tronar de artillería. Por la noche, los rumores de la ciudad oscurecida, el siniestro corretear de las ratas en los endebles tabiques y el crujir de las ocultas tablas en la centenaria casa bastaban para darle la sensación de barahúnda. La oscuridad siempre estaba llena de inexplicables ruidos, y no obstante Gilman se estremecía a veces temiendo que aquellos sonidos se apagaran y le permitieran oír otros rumores más leves que acechaban detrás de ellos.
    Se encontraba en la inmutable ciudad de Arkham, llena de leyendas, de apiñados tejados a la holandesa que se tambaleaban sobre desvanes donde las brujas se ocultaron de los hombres del Rey en los oscuros tiempos coloniales. Y en toda la ciudad no había lugar más empapado en recuerdos macabros que el desván que albergaba a Gilman, pues precisamente en esta casa y en este cuarto se había ocultado Keziah Mason, cuya fuga de la cárcel de Salem continuaba siendo inexplicable. Aquello ocurrió en 1692: el carcelero había enloquecido y desvariaba acerca de algo peludo, pequeño y de blancos colmillos que había salido corriendo de la celda de Keziah, y ni siquiera Cotton Mather pudo explicar las curvas y ángulos dibujados sobre las grises paredes de piedra con algún líquido rojo y pegajoso.
    Posiblemente Gilman no debiera haber estudiado tanto. El cálculo no euclidiano y la física cuántica bastan para violentar cualquier cerebro, y cuando se los mezcla con tradiciones folklóricas y se intenta rastrear un extraño fondo de realidad multidimensional detrás de las sugerencias espantosamente crueles de las leyendas góticas y de los fantásticos susurros junto a una esquina de la chimenea, apenas puede esperar encontrarse completamente libre de una cierta tensión mental. Gilman era de Haverhill, pero sólo después de haber ingresado en el colegio universitario de Arkham empezó a asociar sus conocimientos matemáticos con las fantásticas levendas de la magia antigua. Algo había en el ambiente de’vieja ciudad que actuaba oscuramente sobre su imaginación. Los profesores de la Universidad de Miskatonic le habían recomendado que fuera más despacio y habían reducido voluntariamente sus estudios en varios puntos. Además, le habían prohibido consultar los dudosos tratados antiguos sobre secretos ocultos que se guardaban bajo llave en la biblioteca de la Universidad. Pero estas precauciones llegaron tarde, de modo que Gilman pudo obtener algunos terribles datos del temido Necronomicón de Abdul Alhazred, del fragmentario Libro de Eibon, y del prohibido Unausspreclichen Kulten de Von Junzt, que correlacionó con sus fórmulas abstractas sobre las propiedades del espacio y la conexión de dimensiones conocidas y desconocidas.
    Sabía que su cuarto estaba en la antigua Casa de la Bruja; en realidad lo había alquilado por tal motivo. En los archivos del Condado de Essex figuraban numerosos datos acerca del proceso contra Keziah Mason y lo que esta mujer había admitido bajo presión del tribunal de Oyer y Terminer fascinó a Gilman hasta un punto realmente irrazonable. Keziah le había hablado al juez Hathorne de líneas y curvas que podían trazarse para señalar direcciones, a través de los muros del espacio, hacia otros espacios de más allá insinuando que tales líneas y curvas eran utilizadas frecuentemente en ciertas reuniones de medianoche celebradas en el sombrío valle de la piedra blanca, situado más allá de la Loma del Prado, y en el islote desierto del río. También había hablado del Hombre Negro, del juramento que ella había prestado y de su nuevo nombre secreto, Nahab. Tras de lo cual trazó aquellas figuras en la pared de su celda y desapareció.
    Gilman creía cosas extrañas acerca de Keziah, y sintió un raro estremecimiento al enterarse de que la casa en que había vivido la anciana seguía en pie después de más de doscientos treinta y cinco años. Cuando oyó los rumores que corrían por Arkham entre susurros acerca de la persistente presencia de Keziah en la antigua casa y en los estrechos callejones, acerca de marcas irregulares, como de dientes humanos, observadas en ciertos durmientes de aquella y de otras casas, acerca de los gritos infantiles oídos la víspera del Día de Mayo y en el Día de Todos los Santos, del hedor percibido en el ático del viejo edificio precisamente después de esos días temidos, y acerca de la cosa pequeña y peluda, de afilados dientes, que rondaba por la vieja casa y por laciudad y acariciaba a la gente curiosamente con el hocico en las oscuras horas que preceden al amanecer, decidió vivir allí a toda costa. Una habitación resultaba fácil de obtener, pues la casa era impopular y dificil de alquilar y desde hacía tiempo se dedicaba a alojamiento barato. No hubiera podido decir lo que esperaba encontrar allí, pero sabía que deseaba estar en aquel edificio donde alguna circunstancia había dado, más o menos repentinamente, a una vulgar anciana del siglo xvii, un atisbo de profundidades matemáticas tal vez más atrevidas que las más modernas elucubraciones de Planck, Heisenberg, Einstein y de Sitter.
    Estudió las maderas y las paredes de yeso en busca de dibujos crípticos en los lugares accesibles donde se había desprendido el empapelado, y al cabo de menos de una semana logró alquilar el ático del este en donde se decía que Keziah se había dedicado a la brujería. Había estado desalquilado desde el principio, ya que nadie se había mostrado dispuesto a ocuparlo por mucho tiempo, pero el patrón polaco tenía miedo de alquilarlo. Sin embargo, nada en absoluto le ocurrió a Gilman hasta que le dio la fiebre. Ninguna Keziah fantasmal merodeó en los sombríos pasillos o en los aposentos, ninguna cosa pequeña y peluda se deslizó al interior del tétrico cuarto para hocicar a Gilman, ni éste encontró rastros de los conjuros de la bruja pese a su constante búsqueda. Algunas veces, paseaba por el oscuro laberinto de callejuelas sin pavimentar y que olían a moho, donde las misteriosas casas pardas de ignorada antigüedad se inclinaban, se tambaleaban v hacían muecas burlonas a través de las ventanas de pequeños cristales. Sabía que allí habían ocurrido en otros tiempos cosas extrañas, y flotaba en el aire una vaga sugerencia de que quizá no todo lo perteneciente a aquel pasado anómalo había desaparecido, al menos en las callejuelas más oscuras, estrechas e intrincadamente retorcidas. En dos ocasiones remó también hasta el maldecido islote del río e hizo un croquis de los extraños ángulos descritos por las hileras de piedras grises cubiertas de crecido musgo que allí se alzaban y cuyo origen era oscuro e inmemorial.
    La habitación de Gilman era de buen tamaño pero de forma irregular; la pared del norte se inclinaba perceptiblemente hacia el interior mientras que el techo, de poca altura, bajaba suavemente en igual dirección. Aparte de un evidente agujero correspondiente a un nido de ratas y los rastros de otros tapados, no había entrada ninguna, ni señales de que la hubiera habido, al espacio que debía de existir entre la pared inclinada y la recta pared exterior de la parte norte de la casa, aunque desde el exterior se veía una ventana que había sido tapiada en un tiempo muy remoto. El desván situado encima del techo, que debía haber tenido inclinado el suelo, era asimismo inaccesible. Cuando Gilman subió con una escalera . al desván lleno de telarañas que quedaba directamente encima de su habitación, encontró vestigios de una abertura antigua hermética y pesadamente cerrada con antiguos tablones y asegurada con fuerte estacas de madera, corrientes en la carpintería de los tiempos coloniales. Sin embargo, el casero, a pesar de sus muchos ruegos, se negó a permitirle investigar lo que había de trás de aquellos espacios cerrados.
    A medida que transcurría el tiempo, aumentó su interés por la pared y el techo de su cuarto, pues comenzó a adivinar en los extraños ángulos de la construcción un significa do matemático que parecía brindar vagos indicios a su objetivo. La vieja hechicera podía haber tenido muy buenas razones para vivir en una habitación de extraños ángulos ¿acaso no decía haber traspasado los límites del mundo espacial conocido a través de ciertos ángulos? Su interés fu desviándose gradualmente de los espacios vacíos situados a otro lado de las paredes inclinadas, pues ahora parecía que la finalidad de tales superficies atañía al lado del cual se encontraba.

    La fiebre y los sueños comenzaron a principios de febrero. Durante algún tiempo, parece que los extraños ángulos de la habitación de Gilman tuvieron sobre él un raro efecto casi hipnótico; y, a medida que el sombrío invierno avanzaba, se encontró contemplando con creciente intensidad la esquina en donde el techo descendente se unía con la pared inclinada. En aquella época, le preocupó gravemente su incapacidad para concentrarse en sus estudios y comenzó a temer seriamente por los resultados de los exámenes parciales. También le molestaba aquel exacerbado sentido de la audición. La vida se había convertido para él en una persistente y casi insufrible cacofonía, y tenía la constante y amedrentadora impresión de percibir otros sonidos procedentes, tal vez, de regiones situadas más allá de la vida, temblando al mismo borde de la percepción. En cuanto a ruidos concretos, los peores eran los que hacían las ratas en los antiguos tabiques. A veces, su rascar parecía no sólo furtivo, sino deliberado. Cuando llegaba desde más allá de la pared inclinada del norte, estaba mezclado con una especie de castañeteo seco; y cuando procedía del desván situado encima del techo inclinado, clausurado hacía más de un siglo, Gilman siempre se preparaba para lo peor, como si esperara algo horrible que sólo aguardara su momento antes de bajar para aniquilarlo totalmente.
    Los sueños estaban más allá del límite de la cordura, y Gilman pensaba que eran resultado conjunto de sus estudios de matemáticas y de sus lecturas sobre leyendas populares. Había estado pensando demasiado en las vagas regiones que, según sus fórmulas, tenían que existir más allá de las tres dimensiones conocidas, y en la posibilidad de que la vieja Keziah Mason, guiada por alguna influencia imposible de conjeturar, hubiera encontrado la puerta de acceso a aquellas regiones. Los amarillentos legajos del juzgado del distrito que contenían el testimonio de aquella mujer y el de sus acusadores sugerían terriblemente cosas fuera del alcance de la experiencia humana, y las descripciones del frenético y pequeño objeto peludo que le hacía las veces de demonio familiar eran desagradablemente realistas, a pesar de ser increíblemente detalladas.
    Ese ser, de tamaño no mayor que el de una rata grande y al que las gentes del pueblo llamaban caprichosamente «Brown Jenkin», parecía haber sido fruto de un notable caso de sugestión colectiva, pues en 1692 no menos de doce personas atestiguaron haberío visto. También los rumores recientes acerca de él coincidían de una manera desconcertante e incomprensible. Los testigos decían que tenía el pelo largo y forma de rata, pero que la cara, con afilados dientes y barba, era diabólicamente humana, en tanto que sus zarpas parecían diminutas manecillas. Llevaba recados de la vieja al diablo y se alimentaba con la sangre de la hechicera que sorbía como un vampiro. Su voz era una especie de risita detestable y podía hablar todos los idiomas. De las múltiples monstruosidades que Gilman veía en sus pesadillas ninguna le provocaba tanto pavor y repugnancia como aquel malvado y diminuto híbrido, cuya imagen se le presentaba en forma mil veces más odiosa de lo que su mente despierta había deducido de los viejos legajos y los rumores modernos.
    Las pesadillas de Gilman consistían por lo general en soñar que caía en abismos infinitos de inexplicable crepúsculo coloreado y llenos de confusos sonidos, abismos cuyas propiedades materiales y de gravitación Gilman ni siquiera podía concebir. En sus sueños ni caminaba ni trepaba, ni volaba ni nadaba, ni reptaba; pero siempre experimentaba una sensación de movimiento, en parte voluntaria y en parte involuntario. No podía juzgar bien acerca de su propio estado, pues brazos, piernas y torso siempre le resultaban imposibles de ver, desvanecidos en alguna clase de alteración de la perspectiva; pero percibía que su organización física y sus facultades quedaban transmutadas de manera mágica y proyectadas oblicuamente, aunque conservando una cierta grotesca relación con sus proporciones y propiedades normales.
    Los abismos no estaban vacíos, sino poblados de indescriptibles masas anguladas de sustancia de colorido ajeno a este mundo, algunas de las cuales parecían orgánicas y otras inorgánicas. Algunos de los objetos orgánicos tendían a despertar vagos recuerdos dormidos, aunque no podía formarse una idea consciente de lo que burlonamente imitaban o sugerían. En los últimos sueños empezó a distinguir categorías independientes en las que los objetos parecían dividirse y que suponían en cada caso una especie radicalmente distinta de normas de conducta y de motivación básica. De estas categorías, una le pareció que incluía objetos algo menos ilógicos y desatinados en sus movimientos que los pertenecientes a las demás.
    Todos los objetos, tanto los orgánicos como los inorgánicos, eran completamente indescriptibles, e incluso incomprensibles. A veces Gilman comparaba los inorgánicos a prismas, a laberintos, a grupos de cubos y planos, y a edificios ciclópeos; y las cosas orgánicas le daban sensaciones diversas, de conjuntos de burbujas, de pulpos, de ciempiés, de ídolos indios vivos y de intrincados arabescos vivificados por una especie de animación ofidia. Todo cuanto veía era indescriptiblemente amenazador y terrible, y si uno de los entes orgánicos parecía, por sus movimientos, haberse fijado en él, sentía un terror tan espantoso y horrible que generalmente se despertaba sobresaltado. De cómo se movían los entes orgánicos no podía decir más que de cómo se movía él mismo. Con el tiempo observó otro misterio: la tendencia de ciertos entes a aparecer repentinamente procedentes del espacio vacío, o a desvanecerse con igual rapidez. La confusión de gritos y rugidos que retumbaba en los abismos desafiaba todo análisis en cuanto a tono, timbre o ritmo, pero parecía estar sincronizada con vagos cambios visuales de todos los objetos indefinidos, tanto orgánicos como inorgánicos. Gilman experimentaba el continuo temor de que pudiera elevarse hasta algún grado insufrible de intensidad durante alguna de sus oscuras e implacables fluctuaciones.
    Pero no era en estas vorágines de alienación total cuando veía a Brown jenkin. Aquel horror abominable estaba reservado para ciertos sueños más ligeros y vívidos que le asaltaban inmediatamente antes de caer profundamente dormido. Gilman permanecía echado en la oscuridad, luchando para mantenerse despierto, cuando una leve claridad parecía relucir en torno a la centenaria habitación revelando en una neblina violácea la convergencia de los planos angulados que de manera tan insidiosa se habían apoderado de su mente. El horror parecía salir del agujero de las ratas en el rincón y avanzar hacia él, deslizándose por las tablas del suelo combado, con una maligna expectación en su diminuto y barbado rostro humano; pero, afortunadamente, el sueño siempre se desvanecía antes que la aparición se acercara demasiado a él para acariciarlo con el hocico. Tenía los dientes diabólicamente largos, afilados y caninos. Gilman trataba de taponar el agujero de las ratas todos los días, pero noche tras noche los verdaderos habitantes de los tabiques roían la obstrucción, fuera lo que fuera. En una ocasión hizo que el casero clavara una lata sobre el orificio, pero a la noche siguiente las ratas habían abierto un nuevo agujero, y al hacerlo habían empujado o arrastrado un curioso trocito de hueso.
    Gilman no informó de su fiebre al doctor, pues sabía que si ingresaba en la enfermería de la Universidad no podna
    pasar los exámenes, para cuya preparación necesitaba todo su tiempo. Aun así, le suspendieron en cálculo diferencial y en psicología general superior, aunque le quedaba la esperanza de recuperar el terreno perdido antes de terminar el curso.
    En marzo, un nuevo elemento entró a formar parte de su sueño preliminar, y la forma de pesadilla de Brown jenkin comenzó a verse acompañada por una nebulosa sombra que fue asemejándose cada vez más a una vieja encorvado. Este nuevo elemento le trastornó más de lo que pudiera explicar, pero acabó por decidir que era igual a una vieja con la que se había encontrado dos veces en el oscuro laberinto de callejas de los abandonados muelles. En aquellas ocasiones, la mirada maliciosa, sardónica y aparentemente injustificada de la bruja, casi le había hecho estremecer, especialmente la primera vez, cuando una rata de gran tamaño, que atravesó la boca en sombras de un callejón vecino, le hizo pensar irrazonablemente en Brown jenkin. Y pensó que aquellos temores nerviosos se estaban reflejando ahora en sus desordenados sueños.
    No podía negar que la influencia de la vieja casa era nociva, pero los restos de su morboso interés le retenían allí. Se dijo que las fantasías nocturnas se debían sólo a la fiebre, y que cuando desapareciera se vería libre de las monstruosas visiones. No obstante, aquellas apariciones tenían una absorbente vivacidad y resultaban convincentes, y siempre que despertaba conservaba una vaga sensación de haber vivido gran parte de lo que recordaba. Tenía la horrenda certidumbre de haber hablado en sueños olvidados con Brown jenkin y con la bruja, los cuales le habían apremiado para que fuese a alguna parte con ellos a encontrarse con un tercer ser más poderoso.
    Hacia finales de marzo empezó a mejorar en matemáticas, aunque las otras asignaturas le fastidiaban de un modo creciente. Estaba adquiriendo una habilidad intuitiva para resolver ecuaciones riemannianas, y asombró al profesor Upham con su comprensión de la cuarta dimensión v de otros problemas que sus compañeros ignoraban. Una tarde se discutió la posible existencia de curvaturas caprichosas en el espacio y de puntos teóricos de aproximación, o incluso de contacto, entre nuestra parte del cosmos y otras regiones diversas tan remotas como las estrellas más lejanas o los mismos vacíos transgalácticos, e incluso tan fabulosamente distantes como unidades cósmicas hipotéticamente concebibles más allá del continuo tiempo-espacio einsteniano. La forma en que Gilman trató el tema dejó admirados a todos, aunque algunas de sus ilustraciones hipotéticas provocaron un aumento de las siempre abundantes habladurías sobre su nerviosa y solitaria excentricidad. Lo que hizo que los estudiantes sacudieran la cabeza fue su teoría sobriamente enunciada de que un hombre con conocimientos matemáticos fuera del alcance de la mente humana podía pasar de la Tierra a otro cuerpo celeste que se encontrara en uno de los infinitos puntos de la configuración cósmica.
    Para ello, dijo, sólo serían necesarias dos etapas: primero, salir de las esfera tridimensional que conocemos, y segundo, regresar a la esfera de las tres dimensiones en otro punto, tal vez infinitamente lejano. Que esto se pudiera hacer sin perder la vida era concebible en muchos casos. Cualquier ser procedente de un lugar del espacio tridimensional podría sobrevivir probablemente en la cuarta dimensión; y la supervivencia en la segunda etapa dependería de qué parte extraña del espacio tridimensional eligiera para su reentrada. Los habitantes de algunos planetas podían vivir en otros, incluso en astros pertenecientes a otras galaxias o a similares fases dimensionales de otro continuo espacio-tiempo, aunque, naturalmente, debía existir un inmenso número de ellos mutuamente inhabitables, aunque fueran cuerpos o zonas espaciales matemáticamente yuxtapuestos.
    También era posible que los habitantes de una zona dimensional determinada pudieran soportar la entrada en muchos dominios desconocidos e incomprensibles de dimensiones más numerosas, o indefinidamente multiplicadas, de dentro o de fuera del continuo tiempo-espacio dado, y lo contrario podría darse. Esto era cuestión de conjetura, aunque se podía estar bastante seguro de que el tipo de mutación que supondría pasar de un plano dimensional dado al plano inmediatamente superior no destruiría la integridad biológica tal como la entendemos. Gilman no podía explicar muy claramente las razones que tenía para esta última suposición, pero su vaguedad en este punto quedaba más que compensada por su claridad al tratar otros temas muy complejos. Al profesor Upham le causó especial placer su demostración de la relación que existía entre las matemáticas superiores y ciertas fases de la magia transmitidas a lo largo de los milenios desde tiempos de indescriptible antigüedad, humanos o prehumanos, cuando se tenían mayores conocimientos acerca del cosmos y de sus leyes.
    Alrededor del 1 de abril, Gilman estaba muy preocupado porque la fiebre no desaparecía. También le inquietaba lo que sus compañeros de hospedaje decían acerca de su sonambulismo. Parece que se ausentaba frecuentemente de la cama, y los crujidos de la madera del suelo de su habitación a ciertas horas de la noche despertaron más de una vez al huésped de la habitación de abajo. Aquel sujeto habló también del ruido de pies calzados durante la noche; pero Gilman estaba seguro de que en esto se equivocaba, porque sus zapatos y también el resto de la ropa siempre estaban en su sitio por la mañana. En aquella casa vieja y deteriorada podían experimentarse las sensaciones más absurdas. ¿Acaso el propio Gilman no estaba seguro de oír, en pleno día, ciertos ruidos, aparte del rascar de las ratas, procedentes de las negras bóvedas situadas más allá de la pared inclinada v del techo descendente? Sus oídos, de sensibilidad patológica, comenzaron a captar débiles pasos en el desván, cerrado desde tiempo inmemorial, encima de su habitación, y algunas veces la ilusión de tales pasos tenía un realismo angustioso.
    Sin embargo, sabía que su sonambulismo era cierto, pues dos noches habían encontrado vacía su habitación con toda la ropa en su lugar. Se lo había asegurado Frank Elwood, el compañero de estudios, cuya pobreza le había obligado a hospedarse en aquella escuálida casa, de manifiesta impopularidad. Elwood había estado estudiando hasta la madrugada, y subió para que Gilman le ayudara a resolver una ecuación diferencial, encontrándose con que no estaba en su cuarto. Había sido algo atrevido de su parte abrir la puerta, que no estaba cerrada con llave, después de llamar y no recibir respuesta, pero necesitaba ayuda y pensó que a Gilman no le importaría demasiado que lo despertara suavemente. Pero Gilman no estaba allí ninguna de las dos veces, y cuando Elwood le contó lo sucedido se preguntó dónde podía haber estado vagando, descalzo y sólo con sus ropas de dormir. Decidió investigar el asunto si continuaban las noticias acerca de sus paseos sonámbulos, y pensó en esparcir harina sobre el suelo del pasillo para averiguar a dónde se dirigían sus pisadas. La puerta era la única salida concebible, ya que la estrecha ventana daba al vacío.
    Avanzado el mes de abril, llegaron a oídos de Gilman, aguzados por la fiebre, las dolientes plegarias de un hombre supersticioso que arreglaba telares llamado Joe Mazurewicz, y cuya habitación se encontraba en la planta baja. lazurewicz había contado absurdas historias acerca del fantasma de la vieja Keziah y de aquel ser husmeante, peludo y de dientes afilados, afirmando que algunas veces le perseguían de tal manera que sólo su crucifijo de plata (que con ese propósito le había regalado el padre lwanicki, de la iglesia de San Estanislao) podía darle algún alivio. Ahora rezaba porque se acercaba el Sabbath de las brujas. La víspera del primero de mayo era la Noche de Walpurgis, cuando los espíritus infernales vagaban por la tierra y todos los esclavos de Satanás se congregaban para entregarse a ritos y actos indecibles. Siempre era una mala fecha en Arkham, aunque la gente de categoría de la avenida Miskatonic y de las High y Saltonstall Streets pretendían no saber nada acerca de ello. Ocurrirían cosas desagradables, y probablemente desaparecerían uno o dos niños. Joe sabía de estas cosas, pues su abuela, en su país de origen, lo había oído de labios de la suya. Lo más prudente era rezar el rosario en este período. Hacía tres meses que ni Keziah ni Brown jekin se habían acercado a la habitación de joe, ni a la de Paul Choynski, ni a ningún otro sitio, y esto era un mal síntoma. Algo deberían estar tramando.
    El día 16, Gilman fue al consultorio del médico y se sorprendió al comprobar que su temperatura no era tan alta como había temido. El médico le interrogó a fondo y le aconsejó que fuese a ver a un especialista de los nervios. Gilman se alegró de no haber consultado al médico de la Universidad, un hombre más inquisitivo. El viejo Waldron, que ya anteriormente le había restringido el trabajo, le hubiera obligado a tomarse un descanso, cosa imposible ahora que estaba a punto de obtener grandes resultados con sus ecuaciones. Se encontraba indudablemente próximo a la frontera entre el universo conocido y la cuarta dimensión, y nadie era capaz de predecir hasta dónde podría llegar.
    A veces se preguntaba sobre el motivo de tan extraña confianza, incluso cuando pensaba así. ¿Provenía este peligroso sentido de inminencia de las fórmulas con que cubría tantos papeles día tras día? Los pasos amortiguados, furtivos e imaginarios del clausurado desván le alteraban. Y ahora, además, tenía la creciente sensación de que alguien estaba tratando de persuadirle constantemente de que hiciera algo terrible que no podía hacer. ¿Y el sonambulismo? ¿A dónde iba algunas noches? ¿Qué era aquella leve sugerencia de sonido que a veces parecía vibrar a través de la confusión de rumores identificables, incluso a plena luz del día y en plena vigilia? Su ritmo no correspondía a nada terreno, como no fuera a la cadencia de uno o dos innombrables cantos de aquelarre, y algunas veces temía que correspondieran a ciertos atributos de los vagos gritos o rugidos oídos en aquellos abismos soñados totalmente extraños.
    En tanto los sueños se iban haciendo atroces. En la fase preliminar más ligera la vieja malvada se le aparecía claramente, y Gilman comprendió que era la que le había atemorizado en los barrios pobres. La encorvado espalda, la nariz ganchuda y la barbilla llena de arrugas eran inconfundibles, y sus ropas pardas e informes eran las que él recordaba. La cara de la vieja tenía una expresión de horrible malevolencia y exultación, y cuando Gilman despertaba podía recordar una voz cascada que persuadía y amenazaba. Gilman tenía que conocer al Hombre Negro e ir con ellos hasta el trono de Azatoth, en el mismo centro del Caos esencial. Esto era lo que decía la bruja. Tendría que firmar en el libro de Azatoth con su propia sangre y adoptar un nuevo nombre secreto, ahora que sus investigaciones independientes habían llegado tan lejos. Lo que le impedía ir con ella v Brown Jenkin y el otro al trono del Caos, en torno del cual tocan las agudas flautas descuidadamente, era porque había visto el nombre «Azatoth» en el Necronomicón, v sabia que correspondía a un mal primordial demasiado horrible para ser descrito.
    La vieja se materializaba siempre cerca del rincón donde se unían la pared inclinada y el techo descendente. Parecía cristalizarse en un punto más cercano al techo que al suelo, y cada noche se acercaba un poco más y era más visible antes de que el sueño se desvaneciera. También Brown jenkin estaba un poco más cerca del final, y sus colmillos amarillentos relucían odiosamente en la fosforescencia sobrenatural de color violeta. Su repulsiva risita de tono agudo resonaba continuamente en la cabeza de Gilman, y por la mañana recordaba cómo había pronunciado las palabras «Azatoth» y «Nyarlathotep».
    En los sueños más profundos todas las cosas eran también más visibles, y Gilman tenía la sensación de que los abismos en penumbra crepuscular que le rodeaban eran los de la cuarta dimensión. Los entes orgánicos, cuyos movimientos parecían inconsecuentes y sin motivo, eran probablemente proyecciones de formas vitales procedentes de nuestro propio planeta, incluidos los seres humanos. Lo que fueran los otros en su propia esfera, o esferas dimensionales, no se atrevía a pensarlo. Dos de las cosas movedizas menos incongruentes, un conjunto bastante grande de iridiscentes burbujas esferoidales alargadas, y un poliedro mucho más pequeño de colores desconocidos y ángulos formados por superficies y que cambiaban a gran velocidad, parecían observarle y seguirle de un lado a otro o flotar delante de él a medida que cambiaba de posición entre gigantescos prismas, laberintos, racimos de cubos y planos, y formas que casi eran edificios; y continuamente los gritos y rugidos se hacían cada vez más estentóreos, como si acercaran algún monstruoso clímax de insoportable intensidad.
    En la noche del 19 al 20 de abril sucedió algo nuevo. Gilman estaba moviéndose, medio involuntariamente, por los abismos en penumbra con la masa burbujeante y el pequeño poliedro flotando delante, cuando percibió los ángulos de extraña regularidad que formaban los bordes de unos gigantescos grupos de prismas vecinos. Unos segundos después se hallaba fuera del abismo tembloroso, de pie en una rocosa ladera bañada por una intensa y difusa luz de color verde. Estaba descalzo y en ropa de dormir, y cuando trató de andar encontró que apenas podía levantar los pies. Un torbellino de vapor ocultaba todo menos la pendiente inmediata, y se estremeció al pensar en los sonidos que podían surgir de aquel vapor.
    Vio entonces dos formas que se le acercaban arrastrándose con gran dificultad: la vieja y la pequeña cosa peluda. La bruja se puso trabajosamente de rodillas y consiguió cruzar los brazos de singular manera, en tanto que Brown jenkin señalaba en cierta dirección con una zarpa horriblemente antropoide que levantó con evidente dificultad. Movido por un impulso involuntario, Gilman se arrastró en la dirección señalada por el ángulo que formaban los brazos de la bruja y la diminuta garra del diabólico engendro, y antes de dar tres pasos arrastrando los pies se encontró nuevamente en los ensombrecidos abismos. Bullían a su alrededor formas geométricas, y cayó vertiginosa e interminablemente, para acabar despertando en su lecho, en la buhardilla demencialmente inclinada de la vieja casa embrujada.
    Por la mañana se sintió sin fuerzas para nada, y no asistió a ninguna de las clases. Alguna desconocida atracción dirigía su vista en una dirección al parecer incongruente. pues no podía evitar el mirar fijamente a cierto punto vacío del suelo. Según fue avanzando el día, su mirada sin vista cambió de situación, y para mediodía había dominado el impulso de contemplar el vacío. A eso de las dos salió a comer, y mientras recorría las angostas callejuelas de la ciudad se encontró girando siempre hacia el sudeste. Con gran es-fuerzo se detuvo en una cafetería de Church Street, y después del almuerzo sintió el misterioso impulso con mayor intensidad.
    Tendría que consultar a un especialista de los nervios después de todo, pues tal vez aquello estuviera relacionado con su sonambulismo, pero mientras tanto podría intentar al menos romper por sí mismo el morboso encantamiento. Indudablemente, era aún capaz de resistir el misterioso impulso, de modo que se dirigió deliberadamente y muy decidido hacia el norte por Garrison Street. Cuando llegó al puente que cruza el Miskatonic le corría un sudor frío, y se agarró a la barandilla de hierro mientras contemplaba el islote de mala fama, cuyas regulares ringleras de antiguas piedras en pie parecían cavilar sombríamente en medio del sol de la tarde.
    Y algo le sobresaltó entonces. Pues había un ser vivo claramente visible en el desolado islote, y al volver a mirar se dio cuenta de que era la extraña vieja cuyo siniestro aspecto tanto le había impresionado en sus sueños. También se movían las altas hierbas cerca de ella, como si algún otro ser vivo se estuviese arrastrando por el suelo. Cuando la vieja empezó a volverse hacia él, Gilman huyó precipitadamente del puente v se refugió en el laberinto de callejas del muelle. Aunque el islote estaba a buena distancia, sintió que un maleficio monstruoso e invencible podía brotar de la sardónica mirada de aquella figura encorvado y vieja vestida de marrón.
    La atracción hacia el sudeste todavía continuaba, y Gilman tuvo que hacer un gran esfuerzo para arrastrarse hasta la vieja casa y subir las desvencijadas escaleras. Estuvo varias horas sentado, silencioso y enajenado, mientras su mirada se iba volviendo paulatinamente hacia el Oeste. A eso de las seis, su aguzado oído oyó las dolientes plegarias de Joe Mazurewicz dos pisos más abajo; cogió desesperado el sombrero y salió a la calle dorada por el atardecer, dejando que el impulso que lo empujaba hacia el Sudeste lo llevara adonde quisiera. Una hora más tarde la oscuridad le encontró en los campos abiertos que se extendían más allá de Hangmas Brook, mientras las estrellas primaverales parpadeaban sobre su cabeza. El fuerte impulso de andar se estaba transformando gradualmente en anhelo de lanzarse místicamente al espacio, y entonces, repentinamente, supo de dónde procedía la fortísima atracción.
    Era del cielo. Un punto definido entre las estrellas ejercía dominio sobre él y lo llamaba. Al parecer era un punto situado en algún lugar entre la Hidra y el Navío Argos, y comprendió que hacia él se había sentido impulsado desde que despertó poco después de amanecer. Por la mañana había estado debajo de él, y ahora se encontraba aproximadamente hacia el sur, pero deslizándose hacia el oeste. ¿Qué significaba esta novedad? ¿Se estaba volviendo loco? ¿Cuánto duraría? Afianzándose en su resolución, dio la vuelta y se encaminó una vez más hacia la siniestra casa.
    Mazurewicz le estaba aguardando en la puerta y parecía ansioso y reticente a la vez por susurrarle alguna nueva historia supersticiosa. Se trataba de la luz maléfica. joe había participado en los festejos de la noche anterior -era el Día del Patriota en Massachussetts-, regresando a casa después de medianoche. Al mirar hacia arriba desde afuera, le pareció al principio que la ventana de Gilman estaba a oscuras, pero luego vio en el interior el tenue resplandor de color violeta. Quería advertirle sobre ese resplandor, ya que en Arkham todos sabían que era la luz embrujada que rodeaba a Brown Jenkin y al fantasma de la propia bruja. No lo había mencionado antes, pero ahora tenía que decirlo, porque significaba que Keziah y su familiar de largos colmillos andaban detrás del joven. Algunas veces, Paul Chovnski, Dombrowski, el casero, y él habían creído ver el resplandorfiltrándose por entre las rendijas del clausurado desván, encima de la habitación que ocupaba el señor, pero los tres habían acordado no hablar del asunto. Sin embargo, más le valdría al señor buscar habitación en algún otro lugar y pedir un crucifijo a algún buen sacerdote como el padre lwanicki.
    Mientras charlaba el buen hombre, Gilman sintió que un pánico desconocido le aferraba la garganta. Sabía que Joe debía estar medio borracho al regresar a casa la noche antes, pero la mención de una luz violácea en la ventana de la buhardilla tenía una espantosa importancia. Aquella era la clase de luz que envolvía siempre a la vieja y al pequeño ser peludo en los sueños más ligeros y claros que precedían a su hundimiento en abismos desconocidos, y la idea de que una persona despierta pudiera ver la soñada luminosidad resultaba inconcebible. Sin embargo, ¿de dónde había sacado aquel hombre tan extraña idea? ¿Acaso no se había limitado él a vagar dormido por la casa, sino que también había hablado? No, joe dijo que no. Pero tendría que averiguarlo. Tal vez Frank Elwood pudiera decirle algo, aunque le molestaba mucho preguntarle.
    Fiebre.... sueños insensatos..., sonambulismo..., ilusión de ruidos.... atracción hacia un punto del cielo.... y ahora la sospecha de decir dormido cosas de loco... Tenía que dejar de estudiar, ver a un psiquiatra y procurar dominarse. Cuando subió al segundo piso se detuvo ante la puerta de Elwood, pero vio que el otro estudiante había salido. Siguió subiendo a disgusto hasta su habitación, y en ella se sentó a oscuras. Su mirada continuaba sintiéndose atraída hacia el sur, pero también se encontró aguzando el oído para captar algún ruido en el clausurado desván de arriba, y medio imaginando que una maléfica luminosidad violácea se filtraba a través de una rendija muy pequeña del techo inclinado y bajo.
    Aquella noche, mientras Gilman dormía, la luz violeta cayó sobre él con inusitada intensidad, y la bruja y el pequeño ser peludo se acercaron más que nunca y se mofaron de él con agudos chillidos inhumanos y diabólicas muecas. Gilman se alegró de hundirse en los abismos crepusculares, aunque la persecución de aquel grupo de burbujas iridiscentes y del pequeño y caleidoscópico poliedro resultaba amenazadora e irritante. Luego sobrevino un cambio, cuando vastas superficies convergentes de una sustancia de aspecto escurridizo aparecieron encima y debajo de él, cambio que culminó con una llamarada de delirio y un resplandor de luz desconocida y extraña, en la cual se mezclaban demencial e inextricablemente el amarillo, el carmesí y el índigo.
    Estaba medio tumbado en una alta azotea de fantástica balaustrada que dominaba una infinita selva de exóticos e increíbles picos, superficies planas equilibradas, cúpulas, minaretes, discos horizontales en equilibrio sobre pináculos e innumerables formas aún más descabelladas, unas de piedra, otras de metal, que relucían magníficamente en medio de la compuesta y casi cegadora luz que sobre todo ello derramaba un cielo polícromo. Mirando hacia arriba vio tres discos prodigiosos de fuego, todos ellos de diferente color 5 situados a distinta altura por encima de un curvado hori’zonte, infinitamente lejano, de bajas montañas. Detrás de él se elevaban filas de terrazas más altas hasta donde alcanzaba la vista. La ciudad se extendía a sus pies hasta donde alcanzaba la vista, y Gilman deseó que ningún sonido brotara de ella.
    El suelo del cual se levantó fácilmente era de una piedra veteada y bruñida que no pudo identificar, y las baldosas estaban cortadas en formas caprichosas, que más que asimetricas le parecieron estar basadas en alguna simetría ir-rracional, cuyas leyes era incapaz de entender. La balaustrada lellegaba hasta el pecho y estaba delicada y fantásticamente forjada, y a lo largo del barandal se veían intercaladas, de trecho en trecho, pequeñas figuras de grotesca concepción y exquisita talla. Las figuras lo mismo que la balaustrada parecían ser de un metal brillante, cuyo color no se podía adivinar en el caos de mezclados fulgores, y cuya naturaleza invalidaba todas las conjeturas. Representaban algún objeto acanalado en forma de barril y con delgados brazos horizontales que salían como radios de rueda de un anillo central y con abultamientos o bulbos que salían de la cabeza y de la base. Cada uno de estos bulbos era el eje de un sistema de cinco brazos, largos, planos, rematados en triángulos dispuestos alrededor del eje, como los brazos de una estrella de mar, casi horizontales, pero ligeramente curvados desde el barril central. La base del bulbo inferior se fundía en el largo barandal con un punto de contacto tan delicado que varias figuras se habían roto y desprendido. Medían éstas alrededor de cuatro pulgadas y media de altura, Y los aguzados brazos tenían un diámetro máximo de unas dos pulgadas v media.
    Cuando Gilman se levantó, las losas le dieron una sensación de calor en los pies. Estaba completamente solo, y lo primero que hizo fue acercarse a la balaustrada y contemplar con vértigo la infinita y ciclópea ciudad que se extendía a casi dos mil pies por debajo de la terraza. Mientras escuchaba, le pareció que una rítmica confusión de tenues sonidos musicales que recorrían una amplia escala diatónico ascendía desde las estrechas calles de abajo, y deseó poder ver a los habitantes del lugar. Al cabo de un rato se le nubló la vista, y hubiera caído al suelo de no haberse agarrado instintivamente a la reluciente balaustrada. Su mano derecha fue a dar en una de las figuras que sobresalían, y el contacto pareció infundirle cierta fortaleza. Sin embargo, la presión era excesiva para la exótica delicadeza de aquel objeto metálico, y la figura erizada se le rompió en la mano. Aún medio mareado, continuó apretándola mientras su otra mano se agarraba a un espacio vacío en la lisa balaustrada.
    Pero ahora sus oídos hipersensibles captaron algo a sus espaldas, y Gilman volvió la cabeza y miró a través de la horizontal terraza. Vio cinco figuras que se acercaban silenciosamente, aunque sus Movimientos no eran furtivos; dos de ellas eran la vieja y el animalejo peludo y de afilados colmillos. Las otras tres fueron las que le redujeron a la inconsciencia, pues eran representaciones vivas, de unos ocho pies de altura, de las equinodérmicas figuras de la balaustrada, que avanzaban valiéndose de las vibraciones de los brazos inferiores de estrella de mar que agitaban como una araña mueve las patas...
    Gilman despertó en la cama, empapado de sudor frío v con una sensación de escozor en la cara, manos y pies. Saltando al suelo, se lavó y vistió con frenética rapidez, como si le fuera indispensable salir de la casa lo antes posible. No sabía adónde quería ir, pero comprendió que tendría que sacrificar las clases otra vez. La extraña atracción hacia aquel punto situado entre la Hidra y el Navío Argo había disminuido, pero otra fuerza todavía más potente la había reemplazado. Ahora notaba que tenía que dirigirse hacia el norte, infinitamente al norte. Sintió miedo de cruzar el puente desde el cual se veía el islote en medio del río Miskatonic, de modo que se dirigió al puente de la avenida Peabody. Tropezaba a menudo, pues ojos y oídos permanecían encadenados a un altísimo punto del vacío cielo azul.
    Después de una hora aproximadamente, consiguió un mayor dominio de sí mismo y vio que se había alejado mucho de la ciudad. Todo cuanto le rodeaba tenía la estéril tristeza de las salinas, y el estrecho camino que se alejaba delante de él conducía a Innsmouth, esa antigua ciudad abandonada que la gente de Arkham estaba, curiosamente poco dispuesta a visitar. Aunque la atracción hacia el norte no había disminuido, la resistió como había aguantado la otra y finalmente acabó por descubrir que casi podía contrarrestarlas una con otra. Regresó a la ciudad y, luego de tomar una taza de café en un bar, se arrastró hacia la biblioteca pública y allí estuvo hojeando distraídamente una serie de revistas amenas. Unos amigos observaron lo quemado que estaba por el sol, pero Gilman no les habló de su paseo. A las tres almorzó algo en un restaurante y observó que la atracción o se había atenuado o se había dividido. Se metió en un cine barato para matar el tiempo, y vio la misma película una y otra vez sin prestarle atención.
    A eso de las nueve de la noche volvió a casa y entró en ella lentamente. Joe Mazurewicz estaba allí mascullando oraciones y Gilman subió apresuradamente a su buhardilla sin detenerse para ver si Elwood estaba en casa. Fue al encender la débil luz cuando le atenazó la sorpresa. Vio inmediatamente que sobre la mesa había algo que no debía estar allí, y una segunda ojeada no dejó lugar a dudas. Tumbada sobre un costado, pues no podía tenerse en pie, estaba la exótica y erizada figura que en el monstruoso sueño había arrancado de la fantástica balaustrada. No le faltaba ningún detalle. El asomado centro en forma de barril, los delgados brazos radiados, los abultamientos en los dos extremos y los delgados brazos de estrella de mar, ligeramente curvados hacia afuera, que salían de aquellos abultamientos; todo estaba allí. A la luz de la bombilla, el color parecía ser una especie de gris iridiscente veteado de verde; y Gilman pudo ver, en medio de su horror y de su asombro, que uno de los abultamientos acababa en un borde irregular y roto correspondiente al anterior punto de unión con la soñada balaustrada.
    Tan sólo el estar próximo al estupor le impidió gritar. Aquella fusión de sueño y realidad resultaba imposible de soportar. Aturdido, tomó el objeto bajó tambaleándose a la habitación de Dombrowski, el casero. Las dolientes plegarias del supersticioso Mazurewicz se oían todavía en los humedos pasillos, pero a Gilman ya le tenían sin cuidado. Dombrowski estaba en casa y le acogió amablemente. No. no había visto nunca aquel objeto y nada sabía acerca de ello. Pero su mujer le había dicho que había encontrado una cosa rara de latón en una de las camas cuando limpiaba a mediodía, y tal vez fuera aquello. Dombrowski llamó a su mujer y ella entró contoneándose como un pato. Sí, era aquello. Lo había encontrado en la cama del señor, en la parte más cercana a la pared. Le había parecido raro, pero, claro, el señor tenía tantas cosas raras en la habitación, libros, objetos curiosos, cuadros... Desde luego, ella no sabía nada acerca de aquella figura.
    De modo que Gilman volvió a subir las escaleras más desconcertado que nunca, convencido de que estaba todavía soñando o de que su sonambulismo le había llevado a extremos inconcebibles y a robar en lugares desconocidos. ¿En dónde habría cogido aquel extraño objeto? No recordaba haberío visto en ningún museo de Arkham. Claro que de algún sitio había tenido que salir; y el verlo mientras lo cogía en sueños debía haber provocado la escena de la terraza con la balaustrada. Al día siguiente haría algunas cautelosas indagaciones, e iría a consultar al especialista en enfermedades nerviosas.
    En tanto, trataría de vigilar su sonambulismo. Al subir al piso de arriba y cruzar el pasillo de la buhardilla, esparció en el suelo algo de harina que había pedido prestada al casero después de explicarle francamente para qué la quería. Entró en su cuarto, puso el aguzado objeto sobre la mesa .se echó en la cama, completamente agotado mental v físicamente, sin detenerse para desnudarse. Desde el hermético desván le llegó el apagado rumor de uñas y pasos de patas, diminutas, pero se encontraba demasiado cansado para preocuparse por ello. Aquella misteriosa atracción hacia el norte comenzaba de nuevo a ser fuerte, aunque ahora parecía proceder de un lugar del cielo mucho más cercano.
    A la cegadora luz violeta del sueño, la vieja y el pequeño ser peludo de afilados colmillos se presentaron de nuevo, con mayor claridad que en ninguna ocasión anterior. Esta vez llegaron hasta él, y Gilman sintió que las secas garras de la bruja le agarraban. Sintió también que le sacaban violentamente de la cama y le conducían al vacío espacio, y durante un momento oyó los rítmicos rugidos y vio el amorfo crepúsculo de los abismos difusos que hervían a su alrededor. Pero el momento fue fugaz, pues inmediatamente se encontró en un pequeño y descuidado recinto limitado por vigas y tablones sin cepillar que se elevaban para juntarse en ángulo por encima de él y formaban un curioso declive bajo sus pies. En el suelo había cajones achatados colmados de libros muy antiguos en diversos estados de conservación, y en el centro había una mesa y un banco, al parecer sujetos al suelo. Encima de los cajones había una serie de pequeños objetos de forma y uso desconocidos, y a la brillante luz violeta Gilman creyó ver un duplicado de la erizada figura que tanto le había intrigado. A la izquierda, el suelo bajaba bruscamente dejando un hueco negro y triangular del cual surgió, tras un segundo de secos ruidos, el odioso ser peludo de amarillentos colmillos y barbado rostro humano.
    La bruja, con una horrible mueca, todavía le tenía agarrado, y al otro lado de la mesa estaba en pie una figura que Gilman no había visto nunca, un hombre alto y enjuto de piel negrísima, aunque sin el menor rasgo negroide en sus facciones, completamente desprovisto de pelo o barba, y que COMO única indumentaria llevaba una túnica informe de pesada tela negra. No se le veían los pies a causa de la mesa y el banco, pero debía de ir calzado, pues cuando se movía se oía ruido como de zapatos. No hablaba, ni había expresión alguna en su rostro.
    Unicamente señaló un libro de prodigioso tamaño que esttaba abierto sobre la mesa en tanto que la bruja le ponía a Gilman en la mano derecha una inmensa pluma de ave color gris. Se respiraba un clima de miedo aterrador, y se llegó a la culminación cuando el ser peludo trepó hasta el hombro de Gilrnan agarrándose a sus ropas, descendió por su brazo izquierdo y finalmente le hundió los colmillos en la muñeca justo por debajo del puño de la camisa. Cuando brotó la sangre, Gilman se desmayó.
    Se despertó el día 22 con la muñeca izquierda dolorida y vio que el puño de la camisa estaba manchado de sangre seca. Sus recuerdos eran muy confusos, pero la escena del hombre negro en el espacio desconocido permanecía muy clara en su memoria. Supuso que las ratas le habían mordido mientras dormía, provocando el desenlace del terrible sueño. Abrió la puerta y vio que la harina que había esparcido sobre el suelo del pasillo estaba intacta, exceptuando las enormes pisadas del hombre que se hospedaba en el otro extremo de la buhardilla. De modo que esta vez no había andado en sueños. Pero algo tenía que hacer para acabar con las ratas. Hablaría con el dueño. Una vez más trató de tapar el agujero de la parte baja de la pared inclinada metiendo a presión una vela que parecía tener el tamaño indicado. Le zumbaban los oídos terriblemente, como con el eco de algún espantoso ruido percibido en sueños.
    Mientras se bañaba y mudaba de ropa, trató de recordar qué había soñado después de la escena que vio en el espacio iluminado de violeta, pero en su mente no cristalizó nada concreto. La escena debía haber correspondido al desván clausurado de arriba, que tan violentamente había comenzado a obsesionarle, pero las impresiones posteriores eran débiles y confusas. Percibió señales de vagos abismos envueltos en una luz crepuscular, y de otros aún más vastos y oscuros que quedaban más allá, abismos sin ninguna sugerencia fija. Le habían llevado hasta allí los grupos de burbujas y el pequeño poliedro que siempre se le escapaba; pero ellos, como él mismo, se habían transformado en jirones de niebla en aquel vacío ulterior de oscuridad definitiva. Algo le había precedido, un jirón mayor que a veces se condensaba y adquiría una forma vaga, y Gilman pensó que su avance no se había producido en línea recta, sino más bien a lo largo de las curvas.y espirales de alguna vorágine etérea que obedecía a leyes desconocidas para la física y las matemáticas de cualquier cosmos concebible. Finalmente, hubo una insinuación de inmensas sombras que saltaban, de una monstruosa pulsación semiacústica y del monótono sonido de flautas invisibles; pero nada más. Gilman llegó a la conclusión de que esto último procedía de lo que había leído en el Necronomicón acerca de la insensata entidad, Azatoth, que impera sobre el tiempo y el espacio desde un negro trono en el centro del Caos.
    Cuando se lavó la sangre de la muñeca, comprobó que la herida era muy leve y Gilman sintió curiosidad por la posición de los dos diminutos pinchazos. Se dio cuenta que no había sangre en la sábana donde había estado acostado, un hecho muv raro considerando la gran cantidad que manchaba su piel v el puño de la camisa. ¿Habría estado caminando dormido por la habitación y la rata le había mordido mientras estaba sentado en una silla, o detenido en alguna posición menos lógica? Examinó todos los rincones buscando manchas de sangre, pero no encontró ninguna. Pensó que tendría que esparcir harina en la habitación además de hacerlo en el pasillo, aunque, después de todo, no necesitaba más pruebas de su sonambulismo. Sabía que caminaba dormido, y debía curarse de ello. Tendría que pedirle a Frank Elwood que le ayudara. Aquella mañana, los extraños impulsos procedentes del espacio parecían menos fuertes, describir lo que escuchó, su voz se convirtió en un susurro inaudible.
    Elwood no podía imaginar qué había impulsado a los supersticiosos a murmurar, pero suponía que sus imaginaciones respondían al continuo trasnochar de Gilman, a su sonambulismo y a la proximidad de la Noche de Walpurgis, tradicionalmente temida. Era evidente que Gilman hablaba dormido y al escuchar por el ojo de la cerradura, Desrochers había imaginado lo de la luz violácea. Esas gentes ignorantes estaban siempre dispuestas a suponer que habían visto cualquier cosa extraña de la que hubieran oído hablar. En cuanto a un plan de acción, lo mejor sería que Gilman se trasladara a la habitación de Elwood y evitara dormir solo. Si empezaba a hablar o se levantaba dormido, Elwood le despertaría, si es que él estaba despierto. Además, debía ver a un psiquiatra con urgencia. En tanto llevarían la figura a varios museos y a ciertos profesores para tratar de identificarla diciendo que la habían encontrado en un montón de escombros. Y Dombrowski tendría que poner veneno para acabar con aquellas ratas.
    Reconfortado por la compañía de Elwood, Gilman asistió a clase aquel día. Continuaban acosándole extraños impulsos, pero consiguió vencerlos con considerable éxito. Durante un descanso mostró la extraña figura a varios profesores que se mostraron profundamente interesados, aunque ninguno de ellos pudo arrojar ninguna luz sobre su naturaleza u origen. Aquella noche durmió en un diván que Elwood le pidió al patrón que subiera a la segunda planta, y por primera vez en varias semanas durmió completamente libre de pesadillas. Pero continuaba teniendo algo de fiebre, y los rezos de Mazurewicz seguían molestándole.
    En los días sucesivos, Gilman se vio casi totalmente libre de síntomas morbosos. Elwood le dijo que no había manifestado ninguna tendencia a hablar o a levantarse dormido;
    en tanto, el patrón estaba poniendo veneno contra las ratas por todas partes. El único elemento perturbador era la charla de los supersticiosos extranjeros, cuya imaginación se encontraba muy excitada. Mazurewicz insistía en que debía conseguir un crucifijo, y finalmente le obligó a aceptar uno que había sido bendecido por el buen padre lwanicki. También Desrochers tuvo algo que decir; insistió en que había oído pasos cautelosos en el cuarto vacío que quedaba encima del suyo las primeras noches que Gilman se había ausentado de él. Paul Choynski creía oír ruidos en los pasillos y escaleras por la noche, y aseguró que alguien había tratado de abrir suavemente la puerta de su habitación, en tanto que Mrs. Dombrowski juraba que había visto a Brown jenkin por primera vez desde la noche de Todos los Santos. Pero estos ingenuos informes poco significaban y Gilman dejó el barato crucifijo de metal colgando del tirador de un cajón de la cómoda de su amigo.
    Durante tres días Gilman y Elwood recorrieron los museos locales tratando de identificar la extraña imagen erizada, pero siempre sin éxito. Sin embargo, el interés que provocaba era enorme, pues constituía un tremendo desafío para la curiosidad científica la completa extrañeza del objeto. Uno de los pequeños brazos radiados se rompió; lo sometieron a análisis químico, y el profesor Ellery encontró platino, hierro y telurio en la aleación, pero mezclados con ellos había al menos otros tres elementos de elevado peso atómico que la química era incapaz de clasificar. No solamente no correspondían a ningún elemento conocido, sino que ni siquiera encajaban en los lugares reservados para probables elementos en el sistema periódico. El misterio sigue hoy sin resolver, aunque la figura está expuesta en el museo de la Universidad Miskatónica.
    En la mañana del 27 de abril apareció un nuevo agujero hecho por las ratas en la habitación en que se hospedaba aunque les reemplazó otra sensación todavía más inexplicable. Era un vago e insistente impulso de escapar de su actual estado, sin ninguna sugerencia de la dirección concreta en que deseaba huir. Cuando cogió la extraña figura que tenía sobre la mesa, le pareció que la antigua atracción del norte se hacía más intensa, pero, aun así, ésta quedaba dominada por la nueva y asombrosa necesidad.
    Llevó la erizada imagen a la habitación de Elwood, tratando de no escuchar las dolientes plegarias del reparador de telares, que subían desde la planta baja. Elwood estaba allí, gracias a Dios, y al parecer se movía por su cuarto. Tenían tiempo para charlar un rato antes de salir para desayunar e ir al Colegio, y Gilman le contó apresuradamente sus recientes sueños y temores. Su amigo se mostró muy comprensivo y estuvo de acuerdo en que había que hacer algo. Le impresionó el aspecto enfermizo que presentaba su compañero y notó que estaba muy quemado por el sol, como otros lo habían notado la semana anterior. Sin embargo, no fue mucho lo que pudo decirle. No había visto a Gilman andar en sueños, y no tenía la menor idea de lo que podía ser la curiosa imagen. Pero había oído al canadiense francés que se hospedaba debajo de Gilman conversando con Mazurewicz una noche. Hablaban del temor que les inspiraba la próxima Noche de Walpurgis, para la que sólo faltaban pocos días, e intercambiaban comentarios compasivos sobre el pobre y predestinado Gilman. Desrochers se había referido a los pasos nocturnos de pies calzados y descalzos que resonaban en el techo de su cuarto, que quedaba debajo del de Gilman, y a la luz violácea que había visto una noche en que se había decidido a subir para fisgar a través del ojo de la cerradura de la puerta de Gilman. Pero, según dijo a Mazurewicz, no se había atrevido a mirar cuando había percibido aquella luz por las rendijas de la puerta. También había oído hablar en voz baja, pero cuando empezó a describir lo que escuchó, su voz se convirtió en un susurro inaudible.
    Elwood no podía imaginar qué había impulsado a los supersticiosos a murmurar, pero suponía que sus imaginaciones respondían al continuo trasnochar de Gilman, a su sonambulismo y a la proximidad de la Noche de Walpurgis, tradicionalmente temida. Era evidente que Gilman hablaba dormido y al escuchar por el ojo de la cerradura, Desrochers había imaginado lo de la luz violácea. Esas gentes ignorantes estaban siempre dispuestas a suponer que habían visto cualquier cosa extraña de la que hubieran oído hablar. En cuanto a un plan de acción, lo mejor sería que Gilman se trasladara a la habitación de Elwood y evitara dormir solo. Si empezaba a hablar o se levantaba dormido, Elwood le despertaría, si es que él estaba despierto. Además, debía ver a un psiquiatra con urgencia. En tanto llevarían la figura a varios museos y a ciertos profesores para tratar de identificarla diciendo que la habían encontrado en un montón de escombros. Y Dombrowski tendría que poner veneno para acabar con aquellas ratas.
    Reconfortado por la compañía de Elwood, Gilman asistió a clase aquel día. Continuaban acosándole extraños impulsos, pero consiguió vencerlos con considerable éxito. Durante un descanso mostró la extraña figura a varios profesores que se mostraron profundamente interesados, aunque ninguno de ellos pudo arrojar ninguna luz sobre su naturaleza u origen. Aquella noche durmió en un diván que Elwood le pidió al patrón que subiera a la segunda planta, y por primera vez en varias semanas durmió completamente libre de pesadillas. Pero continuaba teniendo algo de fiebre, y los rezos de Mazurewicz seguían molestándole.
    En los días sucesivos, Gilman se vio casi totalmente libre de síntomas morbosos. Elwood le dijo que no había manifestado ninguna tendencia a hablar o a levantarse dormido; en tanto, el patrón estaba poniendo veneno contra las ratas por todas partes. El único elemento perturbador era la charla de los supersticiosos extranjeros, cuya imaginación se encontraba muy excitada. Mazurewicz insistía en que debía conseguir un crucifijo, y finalmente le obligó a aceptar uno que había sido bendecido por el buen padre lwanicki. También Desrochers tuvo algo que decir; insistió en que había oído pasos cautelosos en el cuarto vacío que quedaba encima del suyo las primeras noches que Gilman se había ausentado de él. Paul Choynski creía oír ruidos en los pasillos y escaleras por la noche, y aseguró que alguien había tratado de abrir suavemente la puerta de su habitación, en tanto que Mrs. Dombrowski juraba que había visto a Brown jenkin por primera vez desde la noche de Todos los Santos. Pero estos ingenuos informes poco significaban y Gilman dejó el barato crucifijo de metal colgando del tirador de un cajón de la cómoda de su amigo.
    Durante tres días Gilman y Elwood recorrieron los museos locales tratando de identificar la extraña imagen erizada, pero siempre sin éxito. Sin embargo, el interés que provocaba era enorme, pues constituía un tremendo desafío para la curiosidad científica la completa extrañeza del objeto. Uno de los pequeños brazos radiados se rompió; lo sometieron a análisis químico, y el profesor Ellery encontró platino, hierro y telurio en la aleación, pero mezclados con ellos había al menos otros tres elementos de elevado peso atómico que la química era incapaz de clasificar. No solamente no correspondían a ningún elemento conocido, sino que ni siquiera encajaban en los lugares reservados para probables elementos en el sistema periódico. El misterio sigue hoy sin resolver, aunque la figura está expuesta en el museo de la Universidad Miskatónica.
    En la mañana del 27 de abril apareció un nuevo agujero hecho por las ratas en la habitación en que se hospedaba Gilman, pero Dombrowski lo tapó durante el día. El veneno no estaba produciendo mucho efecto, pues se continuaban oyendo carreras y rasgueos en el interior de las paredes.
    Elwood volvió tarde aquella noche y Gilman se quedó levantado esperándole. No quería dormir solo en una habitación, especialmente porque al atardecer le había parecido ver a la repulsiva vieja cuya imagen se había trasladado de manera tan horrible a sus sueños. Se preguntó quién sería y qué habría estado cerca de ella golpeando una lata en un montón de basura que había a la entrada de un patio miserable. La bruja pareció verle y dedicarle una maliciosa mueca, aunque esto quizá fue cosa de su imaginación.
    Al día siguiente, los dos muchachos estaban muy cansados y comprendieron que dormirían como troncos cuando llegara la noche. Por la tarde hablaron de los estudios matemáticos que tan completa y quizá perjudicialmente habían absorbido a Gilman, y especularon acerca de su conexión con la antigua magia y con el folklore, cosa que parecía oscuramente probable. Hablaron de la bruja Keziah Mason, y Elwood convino en que Gilman tenía buenas razones científicas para pensar que la vieja podía haber tropezado casualmente con conocimientos extraños e importantes. Los cultos secretos a que se entregaban estas hechiceras guardaban y transmitían frecuentemente secretos sorprendentes desde antiguas,,, olvidadas épocas; y no era de ninguna manera imposible que Kezhiah hubiera dominado el arte de atravesar los muros d

  • APRENDIZAJE EN EL DESIERTO



    Senderos Del Despertar:

    Aprendizaje En El Desierto

    Enseñanzas Basadas
    En El Legado Espiritual De Los
    “Padres Del Desierto”

    DONDE EL DESIERTO ES, ADEMÁS,
    UN ESTADO DE CONCIENCIA

    E.C.M.

    REFLEXIONES MIENTRAS CAMINO POR EL DESIERTO:

    ·
    ...durante tres años llevé un guijarro en la boca hasta que logré guardar silencio.

    ·
    Hasta que te des cuenta que únicamente está el Sendero y tú solos en el mundo, no encontrarás reposo en ésta vida.

    ·
    Sin el Sendero no estarías vivo. Por eso no puedes estar separado de él.

    ·
    El administrador consciente lo da todo en el mundo exterior sin guardar nada para sí.

    ·
    Trabaja interiormente y únicamente necesitarás una hora de sueño.

    ·
    La serenidad y la quietud te llegará por el alejamiento de todos los afectos.

    ·
    El despertar comienza cuando te des cuenta que estas dormido.

    ·
    La quietud es una fortaleza que te vuelve invulnerable.

    ·
    ¿Qué debes hacer? Lo que te dicte tu esencia. Todo lo que hagas según tu esencia pertenece al sendero de la supraconsciencia. Lo que hagas según tu personalidad pertenece al sueño y al mundo de lo ilusorio.

    ·
    Habla lo estrictamente necesario.

    ·
    Te reconoceré por el esfuerzo.

    ·
    Mantén silencio sobre tus calamidades; eso es una lucha entre el Sendero y tú.

    ·
    No te quejes nunca.

    ·
    Tienes que estar alerta ante las distracciones.

    ·
    No busques tu propia gloria con las palabras y las ideas de los demás.

    ·
    La repetición incesante de la pregunta ¿quién soy yo? te llevará al despertar.

    ·
    Preguntas por qué tienes miedo del desierto: porque vives todavía.

    ·
    Preguntas por qué te desanimas tan fácilmente: porque aún no has experimentado el despertar.

    ·
    Preguntas cuál es el trabajo: estar siempre alerta.

    ·
    Preguntas por qué soy incansable: porque cada día espero la muerte.

    ·
    Me preguntas hasta cuando tienes que guardar silencio: hasta que se te pregunte.

    ·
    No des rienda suelta a los pensamientos.

    ·
    Procura que tus palabras sean más sencillas que tus actos.

    ·
    No pienses a la ligera.

    ·
    Camina, que el camino mismo te dirá por dónde tienes que ir.

    ·
    El discernimiento te permitirá controlar y ser conscientes de los deseos.

    ·
    Los apegos prolongan el sueño. No te apegues a nada. Camina sin peso encima.

    ·
    El olvido es terrible. Recuerda siempre las lecciones y los propósitos.

    ·
    Los árboles que son trasplantados a menudo no dan frutos. Manténte en el mismo camino sin cambiar.

    ·
    Abstente de tener más de lo necesario. Si tienes muchas cosas parte de tu atención se dispersará en mantenerlas.

    ·
    Las cosas materiales pueden recuperarse. La ocasión no.

    ·
    Si estás pendiente de satisfacer a tus deseos no estás pendiente del despertar. No se puede estar en dos sitios a la vez.

    ·
    Es más interesante aprender que enseñar.

    ·
    La paz interior deviene del desapego.

    ·
    ¿Eres todo lo consciente que puedes ser? ¿Realizas todo el esfuerzo que verdaderamente puedes? ¿Poner todo el empeño? Si queda algo, por pequeño que sea, no vale.

    ·
    El silencio es la mayor fuente de aprendizaje.

    ·
    Donde sea que vivas y, hagas lo que hagas, vive como si vivieras en el desierto.

    ·
    Pero cuidado con la soledad mundana.

    ·
    Lleva el trabajo interior hasta sus últimas consecuencias. Mientras que haya algo por hacer no se ha hecho nada.

    ·
    Buscamos el despertar y sin embargo vivimos sumidos en el sueño de mil acciones innecesarias.

    ·
    Lo que consigas sin esfuerzo no tiene valor.

    ·
    El progreso viene cuando conocemos nuestras limitaciones.

    ·
    No dejes reposar en tu mente algo diferente a los propósitos del despertar.

    ·
    Todos los días debemos renovar el propósito de despertar. Cada día es un nuevo comienzo, una nueva posibilidad.

    ·
    Mientras mantengas la atención centrada todo está bien; si bajas la guardia entra el sueño e inutiliza el trabajo realizado.

    ·
    ¿Comenzaste demasiado tarde la búsqueda del despertar? Aunque no alcances el despertar es mejor haber entrado en el sendero que haber pasado toda la vida dormido.

    ·
    Mide tus limitaciones cuando ayudes a los demás. Hay fronteras que no deben cruzarse.

    ·
    No te destaques. Permanece invisible. Si los demás están pendiente de ti se detiene el desarrollo interior.

    ·
    Debes tener claro que quieres despertar, que quieres alcanzar un estado superior de consciencia. De lo contrario no comiences el trabajo sobre ti mismo.

    ·
    Cuando los demás te pregunten recuerda siempre que están tan dormido como ellos.

    ·
    Tu tranquilidad vendrá cuando dejes de juzgar.

    ·
    No enseñes sin humildad.

    ·
    Un trabajo importante que debes desarrollar es el discernimiento.

    Apuntes:

    La búsqueda del despertar debe producir felicidad.

    El despertar no es una evasión, algo abstracto: el despertar soy yo mirándome directamente mientras camino por la vida .

    Este sendero pasa por la plenitud, pues nos aleja de las leyes de causa-efectos del sueño.

    Todo tiempo es bueno para el trabajo interior. Sobre todo ahora. Porque no hay otro.

  • LA GALLINA DEGOLLADA

    LA GALLINA
    DEGOLLADA
    Horacio Quiroga

    -http://666-dark-666.blogspot.com/2009/10/la-ga...
    Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del
    matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían
    la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de
    ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles,
    fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas
    tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos
    se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad
    ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en
    el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes
    sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo,
    alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
    idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas,
    empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En
    todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado
    maternal.
    Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los
    tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y
    mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos
    enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de
    un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas
    posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los
    catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y
    radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche
    convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo
    examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal
    en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados
    recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del
    todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre
    las rodillas de su madre.
    —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su
    primogénito.
    El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
    —A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en
    todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
    —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
    —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto
    a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un
    poco rudo. Hágala examinar bien.
    Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el
    pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener
    sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
    Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hij
    Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los
    dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía
    idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor
    estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su
    apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más
    belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
    Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de
    redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y
    punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa
    amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que
    arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo
    abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a
    caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los
    lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando
    veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de
    baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se
    pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora
    descendencia.
    Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que
    el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus
    esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se
    agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
    en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que
    habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es
    patrimonio específico de los corazones inferiores.
    Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la
    insidia, la atmósfera se cargaba.
    —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las
    manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
    Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
    —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus
    hijos.
    Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
    —De nuestros hijos, ¿me parece?
    —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
    Esta vez Mazzini se expresó claramente:
    —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
    —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba
    más!... —murmuró.
    —¿Qué, no faltaba más?
    —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería
    decir.
    Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
    —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
    —Como quieras; pero si quieres decir...
    —¡Berta!
    —¡Como quieras!
    Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables
    reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así
    una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro
    desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia,
    que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en
    los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del
    todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran
    obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
    No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija
    echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida.
    Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al
    menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado
    habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel
    fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían
    por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí
    mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a
    crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La
    sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban
    casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota
    caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas
    que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y
    fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
    Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes
    pasos de Mazzini.
    —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
    —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
    Ella se sonrió, desdeñosa.
    —¡No, no te creo tanto!
    —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla!
    —¡Qué! ¿Qué dijiste?...
    —¡Nada!
    —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a
    tener un padre como el que has tenido tú!
    Mazzini se puso pálido.
    —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que
    querías!
    —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha
    muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos
    tuyos, los cuatro tuyos!
    Mazzini explotó a su vez.
    —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale
    al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón
    picado, víbora!
    Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló
    instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había
    desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han
    amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto
    hirientes fueran los agravios.
    Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las
    emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada
    largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una
    palabra.
    A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo,
    ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
    El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la
    sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había
    aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo
    como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados
    uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
    —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
    Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón,
    olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente,
    cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor
    con los monstruos.
    —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
    Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su
    banco.
    Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el
    matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un
    momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
    Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había
    traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos,
    más inertes que nunca.
    De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de
    cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba
    pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla
    desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto
    topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la
    mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio
    , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
    tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la
    mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus
    pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial
    iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
    pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del
    otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados
    en los suyos le dieron miedo.
    —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
    —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse
    del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
    —Mamá, ¡ay! Ma... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando
    los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la
    cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la
    vida segundo por segundo.
    Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
    —Me parece que te llama—le dijo a Berta.
    Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se
    despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
    —¡Bertita!
    Nadie respondió.
    —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
    Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le
    heló de horrible presentimiento.
    —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la
    cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó
    un grito de horror.
    Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del
    padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido
    como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
    —¡No entres! ¡No entres!
    Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la
    cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

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